05
Seungkwan toca el timbre de Mingyu por cuarta vez, sin respuesta. Suspira cansado de esperar y se resigna a volver a su casa.
Pero la sombra a lo lejos, entre los árboles, lo hace detenerse antes de dar un paso. ¿Está siendo paranoico una vez más, o realmente hay alguien observándolo?
Voltea entonces cuando escucha el ruido de una ramita quebrarse a sus espaldas y se encuentra con el chico moreno caminando hacia él.
Mingyu lo ve y lo saluda con entusiasmo, agitando su mano sobre su cabeza; como es de noche no lleva ninguna sudadera, viste una camisa blanca que expone la suave piel morena de sus brazos.
—Hola, Kwannie —saluda con el apodo que ha adoptado últimamente gracias a Seokmin.
Seungkwan lo examina de arriba a abajo, tratando de ser discreto, encontrando unas diminutas manchas rojas sobre el cuello de la tela, antes de contestarle.
—Hola. Quería saber si tenías azúcar—se inventa, porque pasó tanto tiempo esperando por el chico que ya no recuerda a qué estaba yendo.
El castaño asiente mientras abre la puerta de su casa, dejando entrar a Seungkwan primero. —Claro, espera aquí.
Es la segunda vez de Seungkwan entrando en aquella casa y, finalmente, se da cuenta de que no hay ningún espejo por los alrededores. Las cortinas esta vez están recogidas hacia los costados y puede ver su propia casa a través de las ventanas.
—¿Qué hay con eso de no tener espejos? —indaga el menor después de echar un vistazo dentro del baño sólo para encontrar los azulejos vacíos. Si Mingyu no veía su propia imagen, ¿cómo era capaz de verse tan bien todos los días?
Mingyu sale de la cocina poco después y da un paso errático que lo hace empujar uno de los muebles, así que termina tirando una pequeño marco con una fotografía que estaba sobre la mesa ratonera.
Seungkwan se apresura a ayudar a levantar los trozos de cristal.
—Nada —vacila Mingyu —. La mudanza los rompió cuando sacaban las cajas.
—¿Todos?
Mingyu asiente. —Todos.
El peli-azul, de manera intencional, toma de manera descuidada uno de los cristales que cubrían la foto, así que un hilillo de sangre pronto comienza a escurrir de su dedo índice. —Auch —se queja, observando de reojo la reacción del más alto —. Ah, debí tener mas cuidado. Ahora mancharé tu alfombra.
Mingyu vacila, pero se apresura para incorporarse lo más rápido que puede. Corre hasta la cocina y le ofrece un pañuelo a Seungkwan (porque no cuenta con un kit de primeros auxilios para situaciones como esas).
—Lo siento. No tengo nada más —admite.
Seungkwan entrecierra los ojos decepcionado cuando Mingyu decide no ayudarlo; el chico simplemente desvía la mirada y se aleja rápidamente después de darle el papel, flaqueando repentinamente en su postura.
Seungkwan observa también por un segundo la fotografía que ahora ha sido descubierta. Se trata de Mingyu junto a un par de personas más —demasiado borrosas como para distinguirlas—, y están todos frente a una biblioteca. Seungkwan se pregunta por un momento si el moreno ya ha pasado por el pueblo antes, pero descarta la idea ya que carece por completo de sentido. La biblioteca había sido destruída hace años, seguramente se trataba de algún otro lugar y Seungkwan está confundiendo la arquitectura porque es similar.
—Está bien. —Murmura y mantiene la vista sobre el castaño. —Gracias —dice cuando se levanta. Ahora que la sangre se ha secado, se atreve a acercarse a Mingyu. Pasa su dedo sobre la camisa blanca, ahí donde ha visto las manchas antes, y las delinea con lentitud, sintiendo su propio pulso martilleando ante la cercanía. —¿Qué te pasó aquí?
Mingyu retrocede un paso, pero Seungkwan no se separa, al contrario, se acerca una vez más y se pierde en sus ojos. El mayor titubea por un segundo. No contesta, se limita a apresar la mano de Seungkwan y alejarla de su torso.
—No es nada —responde por fin.
Seungkwan siente su corazón latir ante la cercanía, tan errático y desenfrenado, que incluso se avergüenza de sus propias acciones. Echa un vistazo a los labios contrarios, en lugar de ser rojizos y brillantes son de un color tenue y apagado, aún así parecen suaves y Seungkwan no puede evitar tragar duro cuando Mingyu pasa su lengua y los humedece.
Levanta la vista por fin. Los ojos del contrario parecen más intensos que antes.
Y justo cuando Seungkwan cree que lo besará, Mingyu lo arrastra hasta la entrada de su casa y le pasa la azúcar de forma brusca antes de cerrarle la puerta en la cara.
ni al caso, pero me entró la duda de si se escribía « la » o « el » azúcar. al final resulta q es un sustantivo de género ambiguo y ambos son correctos ⌯'ㅅ'⌯
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