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|9| Las primeras brisas que soplan libertad

Linda sentía que al fin podía respirar. El receso por las festividades de fin de año había llegado y, por fin, podía disfrutar de aquellas breves vacaciones sin la presión continua de sus responsabilidades. Aunque le quedaban pendientes un par de exámenes finales, había aprobado las instancias parciales de sus materias y podía relajarse esas dos semanas antes de iniciar otro cuatrimestre.

En ese momento, se encontraba conduciendo por la carretera que se dirigía a su antigua ciudad. Restaban escasos kilómetros para llegar allí, y luego, quedarían pocas cuadras para arribar a la casa de su padre. Podía sentir que, mientras más cerca estaban, más nervioso se ponía Justin.

Él se encontraba en el asiento de acompañante. No había hablado mucho durante el trayecto. Su mirada estaba centrada en la ventana que exhibía el inmenso cielo cubierto de nubes. El color gris se mezclaba con intensos tonos de negro, delatando una inminente lluvia por primera vez en mucho tiempo.

Aquel era el Estado más caluroso del país. Aún siendo invierno, era extraño que lloviera en la zona, y las temperaturas seguían siendo relativamente altas. Ese 24 de diciembre, sin embargo, parecía que el clima iba a darles una sorpresa (y un merecido descanso del calor). Linda observó que una potente ráfaga agitaba los árboles que marcaban la entrada a la ciudad.

—El viento ya se está levantando —comentó, solo para distraer a su amigo, pues éste se había tensado en el asiento en cuanto puso las balizas y dobló hacia la urbanización.

—S-sí. V-va a llo-llover en cu-cualquier minuto —observó él, distraído.

—Eso espero. Necesitamos refrescarnos un poco.

—Sí...

La joven lo miró de reojo. Quitó la mano de la palanca de cambios y le apretó el hombro con ella.

—Jay, relájate —pronunció con suavidad— A no ser que te conviertas en un enorme nacho con queso, ninguno de nosotros va a morderte.

Justin comenzó a reír, sintiendo esfumarse la inquietud que previamente lo asaltaba. Quitó la vista de la ventana y la dirigió a su amiga.

—Sí. Lo siento. Ya sabes cómo me pongo —apuntó.

Linda volvió a manipular las velocidades para activar la tercera. A pesar de que su atención seguía puesta en el camino, sonrió.

Cuando llegó a la casa de su padre, estacionó su automóvil en el camino de entrada al garaje. Vio, por el espejo retrovisor, que un Audi modelo R8 color negro estaba aparcado en la calle. Hizo rodar sus ojos, imaginando ya a quién pertenecía. Seguramente su madre ya estaba allí con su pareja de turno.

Logan y ella, que debían esconderse para lograr pasar tiempo juntos en las festividades, se veían durante el día y, luego, Linda se dirigía a su casa para pasar la noche con su familia. Desde el primer año, habían creado un cínico juego entre ellos. Cada vez que Candy venía de visita, intentaban adivinar la profesión de su nuevo novio a partir del coche que éste poseía. Se quedaban en la esquina, observando el vehículo que estuviera aparcado en la casa y apostaban una cantidad de dinero a sus suposiciones.

Una pequeña sonrisa tiró de la comisura de sus labios mientras seguía examinando el Audi. Se percató de que era un modelo excéntrico, pero elegante. Su mente llegó a una conjetura de inmediato y, sin razonar, se giró a su acompañante, proclamando con entusiasmo:

—Cinco dólares a que este año es un médico.

Entonces, el velo de los recuerdos se disipó y enfocó mejor su visión en los rasgos del chico a su lado. Se percató que los ojos que la observaban eran de color ámbar, no verdes, y lucían sumamente desconcertados.

—¿Qué? —inquirió Justin, sin comprender.

Ella negó con la cabeza, apresurándose en abrir la puerta y salir del auto. Sintió un profundo pinchazo de dolor en su pecho, pero duró tan solo un ínfimo instante. Últimamente, las memorias de su ex novio llegaban con menos frecuencia y dolían con menos intensidad. Eso la sorprendía tanto como la llenaba de un tenue orgullo.

Nueves meses y treinta días sin ver a Logan Roy. Finalmente, empezaba a habituarse a la vida sin él. Se sentía como un adicto que, por primera vez, disfrutaba su sobriedad en lugar de lamentarse por la abstinencia. Se sentía bien. Se sentía casi libre.

Justin siguió a su amiga hacia la puerta de entrada, caminando lentamente detrás de ella. Sintió los nervios volver a florecer al tiempo que Linda presionaba el timbre. Ésta, una vez más, al notar su ansiedad, puso la mano sobre su hombro para brindarle un leve apretón.

Un hombre abrió la puerta pocos segundos después, sonriendo ampliamente.

—¡Damita! —exclamó, abrazando a la chica.

—Hola, papi —saludó ella.

En cuanto la mirada de Fabrizio encontró a Justin, su expresión delató una profunda perplejidad, pero se retractó de aquel extraño gesto con rapidez. Pronto, su semblante volvió a ser ameno y sonriente.

—Tú debes ser Justin —señaló, separándose de su hija y estirando su brazo en dirección al joven.

Justin tragó saliva para humedecer su garganta, seca por los nervios, antes de estrechar la mano que el hombre le ofrecía y presentarse:

—S-soy Ju-Justin B-Bieber.

En ese momento, más que nunca, detestó su tartamudez. Mas el hombre no pareció prestarle atención a ello, pues se mostró más interesado en su apellido.

—¿Bieber? —repitió— ¿Eres algo de James Bieber?

El aludido asintió.

—Es m-mi he-hermano —afirmó.

—Oh, no sabía que tuviera un hermano —articuló Fabrizio, mas, para fortuna de su interlocutor, dejó ir el tema de inmediato —Es bueno conocerte, muchacho.

Ingresaron a la vivienda, atravesando la sala hacia el comedor, pero antes de que pudieran llegar a su destino, alguien se precipitó hacia ellos emitiendo un agudo chillido. Justin observó a la mujer que se acercaba haciendo sonar sus tacos contra el suelo. Vestía un atuendo llamativo y su paso, aunque apresurado, era elegante, delatando los años que había dedicado a recorrer pasarelas.

El chico la reconoció de inmediato: la había visto en varias de las revistas que poseía su madre y a las cuales él debía sacarles el polvo en la limpieza de los fines de semana. Era Candy Paige, la modelo contemporánea más hermosa según los tabloides de moda.

Y la madre de Linda.

Su amiga hablaba poco sobre Candy, no la mencionaba a no ser que fuera necesario y no le contaba historias de ella como sí lo hacía de Fabrizio D'amico. Le tomó pocos minutos averiguar porqué.

—¡Lilin! —exclamó la mujer, dándole a su hija un corto abrazo efusivo antes de separarse y tomar el rostro de la misma entre sus manos —¡Estás tan preciosa, Lilin!

Linda murmuró un 'hola, mamá' que fue opacado por la misma voz de la aludida. Ésta miró sobre su hombro hacia un caballero de traje que estaba saliendo del comedor y exclamó:

—¡Alex! ¡Ven! ¡Lilin está aquí!

El hombre se acercó, ofreciendo una sonrisa cortés.

—Un placer, Linda —saludó.

—¿Lo ves? Sé que parecía imposible que existiera alguien más hermosa que yo... —bromeó Candy con alegría— pero mira esto —apretó con más fuerza la cara de la joven— ¡Y es MI hija, eh! Yo hice esto...

Esto.

La palabra retumbó en el cerebro de Linda mientras percibía el calor de la vergüenza cubrir sus mejillas. Desde que había nacido, su madre solía presumirla de esa manera frente a todos, como si fuera un bello objeto. A veces, sentía que la trataba más como a una muñeca que como a un ser humano.

A veces, sentía que era un "esto" y no un "alguien".

Pero apartó las sensaciones amargas. Ya estaba acostumbrada a las actitudes de Candy Paige, hacía tiempo habían dejado de lastimarla. Había aprendido a aceptarla y quererla tal como era. Ese tipo de exabruptos ya no afectaban su vida. O eso se decía a sí misma.

Justin se percató enseguida de la incomodidad que Linda emanaba, no solo por el sorpresivo rubor en su cara, sino por su expresión abrumada. Queriendo aliviar el malestar de su amiga, olvidó el suyo propio y dio un paso adelante para que Candy lo notara.

—Hola. Soy J-Justin —se presentó— A-amigo de Linda.

La mujer soltó a su hija y lo observó con manifiesta curiosidad.

—¡Hola, guapura! —lo saludó por fin, luego de inspeccionarlo con la mirada —Tienes un lindo cabello —apuntó— Lástima que eres tan joven, podrías hacer publicidad de tintes, pero ellos solo contratan hombres en sus cuarenta, lo que es totalmente injusto porque...

A pesar del parloteo de Candy, Justin pudo escuchar un resoplido a sus espaldas y, pronto, sintió dos palmadas en el hombro. Supo que se trataba de Fabrizio y aquel gesto le provocó gracia, mas apretó los labios para lo reírse.

La modelo devolvió su atención a Linda, sonriendo

—Yo también traje un amigo —guiñó un ojo y señaló al hombre de traje— Él es Alex Preston. El cirujano plástico más prestigioso del país ¿sabes? —bajó la voz hasta convertirla en un murmullo para su siguiente declaración— Le ha hecho cirugía a las Kardashian.

—No hay cirujano en el mundo que no haya tratado a las Kardashian —comentó Alex con modestia mientras estrechaba la mano de los jóvenes.

Justin pensó que era un hombre agradable.

Linda pensó que, de haber estado con Logan ese año, ella habría ganado la apuesta.

Finalmente, avanzaron al comedor. Allí, el muchacho conoció a Molly, la madrastra de Linda, y a Zoey, la hermanastra de la misma. Ellas eran amables y parsimoniosas, aportaban a la atmosfera el aire de normalidad necesaria para aplacar la excentricidad que Candy Paige acarreaba. Por suerte, ambas cosas se equilibraban al juntarse en la escena. Y, además, las dos mujeres se llevaban muy bien.

De hecho, todos se llevaban muy bien. Justin contempló, mientras los presentes conversaban en voces altas y reían, la solidaridad y el afecto impregnados en el ambiente. Aquella imagen de familia unida (aún cuando se trataba de una familia bastante disparatada) era algo totalmente nuevo para él.

Incluso entre Candy y su ex esposo había un lazo amistoso. Ambos se dedicaban a sacar la comida del refrigerador mientras discutían sobre camisetas de fútbol. Por su parte, él ayudó a Linda y a Zoey a colocar la mesa. Una vez que estuvo todo listo sobre ésta, los comensales tomaron asiento.

El bullicio era enorme. El sonido de cubiertos chocando contra la vajilla mientras comían, las diversas conversaciones que se mezclaban en el aire, las risas, los gritos que empleaban para enfatizar una anécdota, las bromas que Fabrizio no paraba de lanzar. Todo en esa familia parecía desordenado y, aun así, de alguna forma, Justin se sentía más a gusto en aquel alboroto que en las pulcras cenas en la casa de sus padres.

Quizás era porque, con amabilidad inusitada para él, lo hacían partícipe de la interacción. Cada uno de los presentes se había encargado de hacerlo sentir cómodo, en especial Linda. Algunas veces, cuando su pierna empezaba a moverse de manera inconsciente por debajo de la mesa, manifestando su ansiedad, su amiga ponía la mano sobre su rodilla para calmarlo. Sentía como si ese toque traspasara la tela de sus jeans y quemara su piel. Al principio, se había vuelto tímido ante el gesto, pero luego empezó a anhelarlo, por lo que movía su pierna a propósito, esperándolo.

El sentimiento de inclusión dentro de aquel grupo fue tan poderoso que lo dejó sobrecogido. En especial, después del postre, cuando dieron las doce de la noche y todos brindaron con sus copas, profiriendo sinceros buenos deseos.

—¡Feliz navidad, Jay! —exclamó Linda, besando su mejilla.

—Feliz navidad, Lin —respondió él, percatándose que aquella era la primera Navidad que recibía con una sonrisa.

Candy y su novio se marcharon poco después a la habitación de hotel que habían reservado. Zoey se había ido a dormir luego de abrir sus regalos y Fabrizio junto a Molly continuaban tomando champagne en la cocina cuando Justin y Linda les dieron las buenas noches.

—El cuarto de invitados está listo —anunció el hombre mientras los jóvenes subían las escaleras.

Pero no se dirigieron allí, sino a la habitación de Linda. Su amigo entró detrás de ella, pidiendo permiso aún cuando ya había sido invitado. Echó un rápido vistazo alrededor, aparte de unos pocos muebles y posters en las paredes, parecía bastante vacío.

—Llevé la mayoría de mis cosas al departamento en el campus —explicó la chica, como si adivinara sus pensamientos.

Se sentó en la cama y palmeó el colchón a su lado, indicando que la imitara. Con timidez, él obedeció.

—Tu familia es genial —comentó en un murmullo en cuanto estuvo ubicado al lado de ella.

Su tono de voz delataba la mezcla de pena y añoranza que sentía. Estaba muy conmovido por el cálido recibimiento, mas continuaba pensando que era demasiado bueno para durar. Ellos habían sido agradables con él porque todavía no sabían la verdad sobre su condición. Entonces, terminarían despreciándolo, como su propia familia...

Tragó el nudo en su garganta cuando escuchó a Linda indagar:

—Realmente te llevas mal con la tuya, ¿no?

La joven observaba con atención el semblante de Justin. Lucía tan turbado. Había llegado a conocerlo los últimos meses y sabía que su amigo era una persona encantadora, no se merecía el tipo de dolor que evidenciaban sus rasgos.

—Muy mal —susurró el chico, sus ojos estaban clavados en el suelo aunque parecía que su atención estuviera vagando lejos de allí —Ellos... Ellos... —titubeó.

Había estado a punto de confesar los maltratos que recibía, sin embargo, como siempre, decidió callar. No iba a ser capaz de expresar en voz alta su martirio.

O eso creyó, hasta que Linda volvió a apoyar la mano sobre su rodilla, dándole un ligero apretón, diciéndole con aquel gesto lo mismo que durante la cena: no estaba solo, había alguien preocupándose por él.

Entonces, por primera vez en toda su vida, habló:

—E-ellos son re-realmente malos conmigo —declaró— Mi p-padre no está n-nunca en casa y cuando está, solo me ignora, como si yo d-de verdad no ex-existiera. James es-es r-rudo conmigo. S-siempre está mo-molestándome, como si eso fu-fuera divertido. Y mi madre... —respiró profundo antes de continuar— Ella me da ta-tanto miedo. Me obl-obliga a servirle, me d-dice cosas ho-horribles y m-m-me... me... —sacudió la cabeza, apretando sus párpados con fuerza para evitar derramar las lágrimas allí acumuladas— Me golpea.

Soltar esas palabras provocó un dolor similar a cortarse a sí mismo. Entendía, entonces, porqué jamás había hablado sobre el tema: era demasiado difícil, lo hacía real.

Escuchó el suspiro tembloroso que Linda emitió. Ésta sentía una fuerte simpatía por el muchacho en ese momento. Le parecía injusto lo que debía padecer y quería quitar la carga de él, aunque no encontraba una solución, lo que la conducía a la impotencia.

—Dios mio, Justin... —exhaló— Lamento mucho lo que tienes que soportar, no lo mereces.

Justin miró hacia otro lado, hacia la pared en el extremo opuesto, evitando que Linda pudiera verlo mientras enunciaba:

—Sí, lo merezco.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —interrogó ella con incredulidad.

—S-soy... t-tengo... yo... Tengo di-dislexia.

Nunca le había dicho eso a nadie, pues, para él, era el peor defecto que tenía, el causante de sus males. Pero ya no quería ocultarlo de su única amiga, no en aquel momento en el que finalmente estaba revelando su vida y, a pesar de que sentía su corazón ardiendo a causa de la angustia, otra parte de él, casi imperceptible, empezaba a sentirse aliviada

—¿Y eso qué tiene que ver? —proclamó la chica, denotando indignación— Es duro pelear contra la dislexia, lo sé porque lo he estudiado en Psicolingüística, pero no es nada imposible y, definitivamente, no es algo por lo que deban estigmatizarte.

Justin estaba tan sorprendido con esa sentencia que giró su cabeza nuevamente para hacer contacto visual con su amiga.

—Yo... Yo... No p-puedo hacer c-cosas que para los de-demás son f-fáciles.

—Yo tampoco —dijo ella, sorprendiéndolo— Para ti es fácil tocar la guitarra, ¿cierto? —el aludido asintió— Pues para mí no —explicó— De hecho, resultó una verdadera tortura aprenderme solo la canción del cumpleaños. Apesto en la música, pero para ti, Justin, es tan fácil como respirar. No por eso tendrías el derecho a pasar por encima de mí, así como nadie tiene el derecho a pasar por encima de ti... —dictaminó.

Él caviló esas palabras durante los segundos de silencio que prosiguieron. No las creía por completo aún, mas el hecho de que Linda las creyera llenaba su pecho de esperanza: no estaba juzgándolo, no estaba rechazándolo.

—Sabes... —ella retomó el habla— Mi ex novio... —empezó a relatar y aquel enunciado captó la atención de Justin inmediatamente; fijó sus ojos en la muchacha, descubriendo que ésta destilaba un aire ausente— El solía... Bueno, él también tenía malas actitudes conmigo a veces —confesó— Estuvimos juntos por más de cinco años hasta que terminamos diez meses atrás. Como verás, fue mucho tiempo y desde el principio él... Bueno, peleábamos la mayor parte de los días. Era exhaustivo tener que estar siempre en pie de guerra, nunca pude sentirme realmente relajada con él porque podía explotar en cualquier segundo. Se llevaba toda mi energía, todo de mí. No le importaba mentirme en mi maldita cara ni... manipularme —su voz tembló en la última parte, así que carraspeó antes de seguir— Se metía en mi cabeza y de, alguna forma, daba vuelta cada situación para que yo hiciera o creyera lo que él quería —aspiró con fuerza mientras echaba la cabeza hacia atrás, saliendo de su ensimismamiento y enfocando su vista en el techo— Llegó a lastimarme físicamente algunas veces. Se mostraba arrepentido luego, pero, a pesar de que las marcas en mi piel se iban, las heridas que abría dentro jamás sanaban... —parpadeó, intentando retener las lágrimas.

Justin entendía tan bien aquel sentimiento. Era algo que él vivía constantemente y jamás se lo hubiera deseado a nadie. Mucho menos a Linda. Estiró el brazo para tomar la mano de la joven, entrelazó sus dedos y la apretó con fuerza. Deseaba poder quitarle el dolor.

Pero también había otro deseo serpenteando en su interior: por primera vez en toda su vida, sentía el ansia de querer golpear a alguien. De tan solo imaginar al chico que había lastimado a su amiga, afloraba en su cuerpo un intenso enojo. Sabía que con su contextura delgada y su falta de fuerza no podía causar mayores daños, no obstante, estaba seguro que si tuviera a ese tipo frente a él en ese momento, se las apañaría de alguna manera.

—Él es un idiota —masculló con enfado, acariciando con su pulgar la mano de su compañera— Muy, muy, muy idiota —agregó.

Una pequeña sonrisa estiró los labios de Linda, mas no duró mucho. Se desvaneció al decir:

—Es horrible cuando la persona que se supone que debe amarte, te lastima. Eso te hace sentir como si fuera tu culpa —ella lo miró fijamente —Pero no es nuestra culpa, Justin... No es tu culpa.

El aludido sintió el aire abandonar sus pulmones. Escuchar aquella aseveración en voz alta había sido como desatar un salvaje río en su pecho, solo que el agua estaba hecha de puro sosiego. Podía sentir el consuelo brotando de su corazón, creando bravas corrientes de paz.

¿No era su culpa?

No sabía hasta qué punto lo creía realmente, pero, una vez más, el hecho de que así Linda lo planteara, le bastaba para sentirse casi libre.

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