|6| Tiempo de purgar aquellos escombros
El lugar era espacioso y bien iluminado. Las mesas estaban esparcidas de forma que la charla entre los comensales no podía ser escuchada por el resto de los presentes. Justin agradeció aquel grado de intimidad pues se sentía ya bastante nervioso. Miró hacia el enorme ventanal junto al cual estaba sentado y que exhibía cuán desiertas se encontraban las calles de la ciudad. La mayoría de las tiendas ya habían cerrado y solo algún que otro transeúnte irrumpía la soledad del panorama.
Chequeó la pantalla de su teléfono. Faltaban cinco minutos para las doce y media, horario que habían acordado para el encuentro. De repente, una oleada de pánico lo asaltó. Su mente se vio asediada por múltiples pensamientos que lo incitaban a no concretar aquella reunión. Su instinto lo impulsaba a que corriera antes de enfrentarla.
Había salido de su empleo hacía veinte minutos y se había dirigido directamente hacia aquel bar. Ni siquiera se había molestado en cambiarse la camiseta con el logo de la Farmacia ni sus pantalones de trabajo. Sabía que no lucía espectacular, pero era la única ropa de su talla que tenía y la prefería antes que a las prendas viejas de James. Sin embargo, en ese momento, le pareció impropio, no solo su atuendo, sino él mismo.
Se preguntó en qué había estado pensando cuando aceptó almorzar con Linda. Consideraba que no era hábil manteniendo conversaciones a flote, que no tenía carisma, no era divertido, ni ingenioso, ni interesante. Aunque le gustaba hablar por teléfono con ella, cuando la tenía en frente apenas era capaz de formular un par de frases correctamente. Aceptar verla había sido un error. Solo se sentiría intimidado, se comportaría de manera torpe y terminaría por matar el interés que la chica mostraba por él. Concluyó que prefería matarlo largándose de allí antes que haciendo el ridículo.
No obstante, al momento en que se puso de pie, la puerta de entrada se abrió y Linda ingresó al local. Justin se quedó inmóvil en su sitio, observándola. Había pasado una semana desde su primer encuentro y en su mente la imagen de la joven ya había empezado a difuminarse, pero ahí estaba otra vez para reforzar sus memorias y ratificarle que era real, no un producto de su imaginación.
Y era un deber hacerle frente a lo real. No podía huir como en sus fantasías.
Cuando ella lo divisó, una amplia sonrisa se extendió en sus labios. Lo saludó con una mano al tiempo que caminaba presurosa en su dirección. Aquello tomó por sorpresa a Justin, quien, con disimulo, miró sobre su hombro para cerciorarse que el efusivo gesto iba dedicado a él. Cuando no vio a nadie más a sus espaldas, volvió la atención a la recién llegada y le devolvió el saludo con retraimiento.
—¡Justin, hola! —exclamó Linda cuando abordó la mesa— ¿Acabas de llegar? —inquirió, notando que él estaba de pie —¿O ibas a escapar?
Su expresión entretenida mostraba que su interrogante había sido una broma, mas como había acertado y era lo que él en verdad se disponía a hacer, Justin no pudo evitar que su rostro adoptara un color rojizo. Emitió una risa corta para disimularlo.
—Ho-hola. Es bu-bueno v-verte otra vez —comentó, intentando desviar el tema de conversación.
—Lo mismo digo.
La joven tomó asiento y él la imitó. Al quedar frente a ella, pudo contemplar sus rasgos con mayor detenimiento. El armario de escobas donde se habían conocido, a pesar del foco que había disipado escasamente las sombras, era bastante oscuro. No había podido apreciar el rostro de Linda como en ese instante, cuando la luz del ventanal lo iluminaba por completo. Sin poder evitarlo, sus ojos se deslizaron por cada detalle en sus facciones, las cuales eran incluso más bellas de lo que había percibido esa noche. Justin sintió un extraño cosquilleo en el estómago, en especial cuando ella lo miró y le mostró una sonrisa.
—¿Ya has visto la cartilla? —le preguntó.
—Eh.... N-no —el chico titubeó y aprovechó para esconder su cara detrás del menú.
Sus nervios incrementaron cuando enfrentó las palabras impresas allí. Su mente no podía hacer que las letras concordaran y empezó a sentirse mareado. Estrechó sus ojos, empleando todo su esfuerzo en ganar esa disputa contra su dislexia de la manera más sutil. No podía ponerse a tamborilear la mesa en ese lugar y, aunque lo hiciera, no creía que hubiera muchos afijos qué reconocer en un listado de sustantivos propios.
—¿Justin?
Emergió de aquel estado de leve desesperación cuando escuchó la voz de su acompañante. Levantó la vista y encontró una camarera de pie junto a su mesa.
—¿Listos para ordenar? —inquirió la empleada.
Por fortuna para el abrumado joven, Linda hizo el pedido primero.
—Sí. Quiero unas alitas de pollo con salsa picante. Una porción de papas fritas con cheddar y panceta, y una soda de naranja, por favor.
La mesera asintió mientras anotaba lo dictado en una libreta. Luego, dirigió su atención a Justin, quien se apresuró a decir:
—Lo mismo que ella.
Linda lo miró con asombro, mas espero a que la camarera se marchara antes de enunciar:
—¿Qué pasó con tu aversión a la soda? Había toda una sección de platos naturales para gente obsesionada con las grasas como tú —señaló risueña.
La frescura con la que fue interpelado provocó que una pequeña sonrisa se plasmara en el rostro del aludido.
—No est-toy obs-sesionado —repuso.
—Eso dices, pero la primera vez que dije en voz alta "Coca-Cola", casi te desmayas —se burló su interlocutora.
Justin emitió unas carcajadas. Experimentaba una especie de alivio por haberse librado de la situación anterior. Después de eso, sentía que, tal vez, tenía fuerzas suficientes para afrontar el resto del almuerzo.
—P-pediste mu-mucha c-comida —observó.
—En realidad, no. Vine aquí un par de veces con unos amigos y las porciones son bastante moderadas —explicó ella— Pero aún si no lo fueran, suelo asistir a parrilladas con equipos de fútbol enteros. Sentada a una mesa con ellos, aprendes enseguida a tragar lo que sea que haya en tu plato —reveló.
Linda procedió a comentarle que su padre había sido un futbolista profesional en el pasado, aunque se había retirado hacía varios años y, en ese momento, se dedicaba a entrenar al equipo universitario. Ella, por su parte, era miembro de las porristas que, si bien era considerada una actividad independiente, complementaba a dicho equipo, por lo cual también formaba parte de aquel conjunto.
La chica ya le había mencionado en una de sus charlas telefónicas que formaba parte del grupo de animadoras. Justin no se había sentido para nada sorprendido por la información, aunque sí por el entusiasmo que Linda destilaba cuando se refería a ello. Se sentía cautivado por la imagen de ella luciendo tan emocionada como un niño en navidad, por lo que solo se dedicó a escucharla atentamente mientras sonreía.
—Sé que muchos piensan que es algo tonto y superficial —dijo— Que se trata solo de agitar pompones y gritarles bobadas a los jugadores en el campo, pero no tienen idea del esfuerzo que implica crear y ejecutar cada cuadro. Es, verdaderamente, una disciplina.
El joven asintió con lentitud, asimilando sus palabras. Él tampoco tenía una opinión elevada de las porristas cuando asistía a la secundaria, aunque eso se debía a que muchas de ellas solían burlarse de él.
—¿Y cuál es tu pasión? —interrogó Linda repentinamente, tomando desprevenido a su interlocutor.
—¿Mi p-pasión?
—Sí, ya sabes... Eso que amas hacer, que cambia por completo tu humor, que hace que olvides todo lo demás —esclareció.
Justin meditó unos segundos.
—¿La música? —respondió, inseguro.
Los ojos de su acompañante brillaron al tiempo que le sonreía.
—¿En serio? ¿Tocas algún instrumento? —indagó.
—Bu-bueno, a-a veces to-toco la b-batería —reveló— Y un p-poco la gui-guitarra. Pero me gusta mu-mucho escucharla. T-todos esos sonidos se m-mezclan entre sí y ha-hacen algo t-tan... tan...
—Hermoso —culminó la joven por él, comprendiendo el sentimiento.
—Sí. Hermoso.
La camarera llegó en ese instante, transportando la comida. Depositó cada plato frente a ellos, quienes le agradecieron su atención antes de que se marchara.
—¿Qué guitarra tienes? —siguió interrogando Linda, mientras mojaba una pieza de pollo en la salsa.
—Oh, no, ni-ninguna. Un... —vaciló, buscando una calificación para el señor Janks que no delatara la verdadera naturaleza de su relación— ...a-amigo es quien m-me la pr-presta.
—¿Sabes? Yo tengo una guitarra en mi casa que jamás uso. De hecho, ni siquiera sé tocarla, solo me sé los acordes del 'feliz cumpleaños' —confesó la chica.
—¿Y p-por qué la ti-tienes, entonces? —inquirió Justin, sonriendo.
—Mi mamá se casó con un cantante de rock hace unos años y el tipo la dejó en su casa cuando se divorciaron —enunció en tono casual— Me la dio a mí cuando la encontró. De todas formas, no me sirve para nada, así que estaría encantada de dártela.
La perspectiva de tener su propia guitarra emocionaba al chico, sin embargo, no quería privar a Linda de la suya, por mucho que ella solo supiera tocar la canción del cumpleaños. Negó con la cabeza, pretendiendo declinar la oferta, mas fueron otras las palabras que salieron de sus labios:
—¿Tu mamá se casó con un cantante de rock?
Se arrepintió al instante de formular esa pregunta. Había sido imprudente de su parte inmiscuirse de esa manera, pero ese detalle había acaparado lo suficiente su atención como para anular su juicio momentáneamente.
No obstante, la aludida no se mostró incómoda. Le dedicó una sonrisa cargada de gracia al contestarle:
—Mi mamá se casó ocho veces.
Justin casi se atraganta con la soda que estaba bebiendo. Dejó el vaso en la mesa y miró fijamente a la joven con una expresión de asombro.
—¿Ocho? —jadeó.
—Sip. Y el cantante de rock fue lo menos excéntrico.
—Wow... Yo... No sabía que alguien podía casarse tantas veces —se sinceró.
—Supongo que eso de 'una vez y para siempre' ya no rige en la sociedad posmoderna —sentenció ella.
Él lució pensativo un segundo antes de retomar el habla.
—A mí me gustaría que fuera así —murmuró.
Aquella declaración provocó que en el pecho de Linda se gestara una oleada de simpatía por el muchacho sentado frente a ella. Estaba confirmando sus sospechas de que Justin era, realmente, único en su especie. Había notado las veces que él se había encogido en su asiento, evitando su mirada y sonrojándose. No estaba fingiendo esa actitud y a la joven le parecía sorprendente, a la vez que le resultaba sumamente tierno.
Además, sentía satisfacción cuando su acompañante empezaba a sentirse cómodo hablando con ella, lo suficiente para abandonar sus nervios y la tartamudez que los mismos causaban. Ese era su objetivo, hacer que él se sintiera a gusto a su alrededor. Le gustaba verlo bajar la guardia, aunque fuera un poco. No había dicho nada al respecto, pero había percibido que, aquella noche, en el armario, los chicos que los habían encerrado lo hicieron como un acto de malignidad en su contra. Se había sentido indignada a causa de ello.
—A mí también, creo —concordó— Pero, bueno, no soy la más indicada para opinar sobre amor —agregó en un murmullo.
Y, entonces, tras sus propias palabras, un fuerte pesar atacó su corazón.
Seis meses y dieciocho días.
—Yo menos —aseguró Justin, también empleando un tono de voz bajo.
Procuraron cambiar de inmediato el tema de conversación mientras continuaban comiendo. Por primera vez, el chico abordaba el habla sin titubear ni mostrarse inseguro. No comunicó mucho sobre sí mismo, se abstuvo de dar muchos detalles sobre su vida, pero fue sincero a la hora de compartir sus emociones u opiniones respecto a ciertos tópicos. Y sonrió mucho. Linda encontraba agradable vislumbrar su sonrisa, pues su semblante casi siempre parecía abatido. Procedió a bromear más de lo que usualmente hacía solo para verlo reír.
En un momento, estaba gesticulando con sus manos al contar una anécdota particularmente divertida cuando la mirada de Justin se deslizó hacia su cuello y su atención quedó fija allí. La muchacha palpó esa parte de su cuerpo, sus dedos tocaron el collar que llevaba puesto. La cadena era bastante sencilla, un trozo de cuero negro poco elegante, pero el dije que colgaba de ella era oro puro, moldeado para simular la forma de un diente de tiburón.
Su compañero pareció emerger del trance en el que había estado sumido y volvió a hacer contacto visual con ella.
—Ese dije es... original —señaló, aclarando su repentino acto— Es genial.
—Sí, lo es —confirmó ella, acariciando distraídamente el objeto mencionado.
Seis meses y dieciocho días.
—La comida en verdad estaba buena —admitió el joven luego de terminar el último bocado, limpiando sus manos con una servilleta.
—¡Ajá! Acabo de corromperte con todo este aceite.
—No volverá a pasar —sentenció, riendo— La próxima vez iremos por ensaladas.
Linda sonrió ampliamente ante aquel anuncio.
—La próxima vez, ¿eh? —repitió.
Las mejillas de Justin se pintaron con un leve rubor.
—M-me re-refiero a que...
—A mí me encantaría hacer esto regularmente —expresó ella, interrumpiéndolo antes de que se retractara— De verdad, me caes muy bien, Justin.
El aludido volvió a adoptar una postura tímida, aunque sus rasgos también delataban curiosidad.
—¿Por qué? —inquirió, sin poder evitarlo.
—Porque eres una persona agradable. Me gusta hablar contigo. Eres como aire fresco en medio de la contaminación que son los chicos imbéciles.
Él comenzó a reír, mas calmó su diversión para manifestar:
—Mu-muchas g-gracias por de-decirme eso —su sonrojo se hizo aún más prominente al tiempo que agachaba su mirada.
—Es la verdad. Así que, ¿qué dices? ¿Te gustaría que seamos amigos? —insistió ella.
Justin levantó la vista para observar a Linda. Sí, a él le encantaría ser su amigo, pero había demasiadas barreras impidiéndole concretar su deseo... Mas la oportunidad de terminar con su tortuosa soledad era demasiado tentadora. No tenía porqué revelarle a la joven los detalles sombríos de su vida que, seguramente, provocarían que lo rechazara. Si todos sus encuentros se llevaban a cabo como aquel, podía mantenerla como compañía.
—S-sí —aceptó— Seamos amigos.
La sonrisa que le dedicó al enunciar eso quedó guardada en la mente de Lila durante todo ese día, aún a última hora de la tarde. Ella se encontraba caminando por el campo de fútbol, contemplando el sol escondiéndose en el horizonte justo detrás de un arco.
Los miembros del equipo estaban entrenando en ese momento, sorteando a la carrera una serie de obstáculos hasta llegar al balón, el cual pateaban hacia un punto determinado. La chica los observó durante un breve instante antes de acercarse a su padre, quien les gritaba directivas.
Al ver a su hija, el profesionalismo que contorneaba las facciones de Fabrizio desapareció y fue reemplazado por una radiante alegría.
—¡Hola, damita! —exclamó, colocando su brazo sobre los hombros de la joven y besando su cabeza— ¿Cómo estuvo tu día?
—Bien —respondió ésta— Iremos mañana a la cancha para ver las semifinales, ¿verdad?
—Claro que sí. Reservé las entradas hace algunos días —aseguró el hombre, sus ojos habían vuelto a centrarse en los movimientos del grupo— Más les vale a estos perezosos que lleven sus traseros a la final —declaró.
Linda no supo si estaba hablando de su antiguo equipo o de los muchachos frente a ellos, o de ambos. Notando que varios empezaban a desviar la atención de su tarea, Fabrizio miró la hora en su reloj y dio por finalizada la práctica. Ordenó que hicieran unos últimos estiramientos antes de que se marcharan.
—Entonces nos veremos mañana en la mañana —anunció la chica.
—¡No tan temprano! —gritó uno de los futbolistas— Saldremos esta noche, ¿recuerdas?
Se trataba de Chad. De todos los deportistas en la Universidad, él era al único lo suficientemente decente para que Linda lo considerara su amigo. Le sonrió antes de replicar:
—Solo nos juntaremos un rato, nada de descontrol.
—¿Y por qué nadie me invitó? —intervino James.
Éste último estaba elongando sobre el césped y, cuando Linda encontró su mirada, le disparó una sonrisa que pretendía ser seductora. A ella solo le causaba repudio.
—Bieber, mantente sobrio si quieres seguir en el equipo —amenazó Fabrizio con aspereza— Y tú... —se dirigió a su hija— Mantente sobria si quieres seguir con vida.
La aludida estalló en carcajadas. Fabrizio había sido siempre protector con ella, pero jamás había cruzado ningún extremo. Solía ser permisivo porque confiaba en su decisión. Nunca le había impuesto mayores restricciones...
Hasta que llegó Logan Roy.
Su padre no tardó mucho en descubrir que el vínculo con su ex novio era problemático y había intentado, mediante diferentes estrategias, mantenerla alejada de él. Le había dictado extensas charlas para hacerla entrar en razón que nunca funcionaron. Entonces, lleno de frustración e impotencia, había empezado a discutir con ella, la había castigado, incluso había empezado a controlar sus salidas.
Sin embargo, de alguna forma, Linda siempre lograba eludir los impedimentos. Siempre encontraba la manera de estar con Logan. Siempre lograba volver a él.
Siempre. Excepto en aquel momento.
Seis meses y dieciocho días.
¿Debía empezar a resignarse? ¿Debía afrontar que aquel había sido el adiós definitivo y el dolor que eso significaba?
¿Realmente él jamás volvería?
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