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|3| La voz que asediaba sus pensamientos

Linda no estaba disfrutando la fiesta y eso le causaba una inmensa frustración. Ella solía divertirse en ese tipo de reuniones antes de que Logan intoxicara su vida con aquel amor nocivo que le brindaba. Deseaba tanto volver el tiempo atrás hasta encontrar esa joven llena de entusiasmo y goce que había sido alguna vez. Pero ya había desaparecido. Se había ido... y también Logan.

Seis meses y doce días. Él aún no había vuelto.

—¡Aquí! Toma un trago —la incitó Rose, extendiendo hacia ella un vaso lleno de un líquido transparente.

Linda se esforzó por sonreír a su mejor amiga al tiempo que negaba con la cabeza para rechazar el ofrecimiento.

—Una de nosotras tiene que mantenerse sobria para conducir devuelta —señaló, elevando el tono de su voz para ser oída por sobre la música y el barullo de los invitados— A no ser que quieras tomar un autobús —bromeó.

—No puedes pasarte la noche de pie aquí, mirando al espacio y pensando en lo que no deberías —enunció Rose, enfatizando la última parte con evidente reproche, indicando que sabía lo que pasaba por la mente de su interlocutora— Al menos ven a bailar con nosotras —imploró.

Mas Linda ya no le prestaba atención. Sus ojos divisaron al anfitrión de la fiesta caminando en su dirección y ahogó un gemido de protesta. Otro de los motivos que volvían penosa su noche eran los constantes acercamientos y descarados coqueteos de James Bieber. Ya no podía soportarlo.

—Voy a dar algunas vueltas ¿ok? —anunció a su mejor amiga e ingresó a la improvisada pista de baile antes de que ella pudiera responderle.

Procuró perderse entre la multitud de gente, esfumarse entre la muchedumbre para que James no pudiera localizarla. Salió al otro lado de la sala y, rápidamente, transitó algunos pasajes de la enorme residencia, buscando un lugar donde pudiera sentirse menos abrumada, tanto por sus pensamientos como por el jugador de fútbol empeñado en acosarla. Arribó a un pasillo angosto y oscuro que, para su sorpresa y suerte, estaba desolado. Recargó su espalda contra la pared y cerró sus ojos, exhalando un prolongado suspiro.

Seis meses y doce días.

Sintió cómo las lágrimas acudían a ella y apretó sus párpados con mayor fuerza, intentando retenerlas. Debería estar aliviada porque su ex novio se fugara, llevándose con él la pesada carga que significaba su relación, pero en su pecho había un profundo vacío, un hueco, como si su corazón hubiera sido arrancado de allí. ¿Por qué seguía aferrada a algo que le provocaba tanto dolor? Logan era egoísta y mezquino, la había dañado en más de una ocasión solo por conseguir su propio objetivo, no tenía sentido que ella siguiera enamorada de él... Sin embargo, allí estaba, contando cada día. No podía controlar lo que sentía.

Justo al momento en que Linda sucumbió al llanto, unos fuertes ruidos la alertaron. Eran risas masculinas y varios pasos acercándose. No quería que nadie la viera en ese estado, por lo que se escabulló a un pequeño armario situado a su derecha y tomó algunas respiraciones profundas para calmarse y evitar hacer ruido. Esperaba que el grupo de jóvenes simplemente pasara de largo por el corto tramo, mas se vio sorprendida cuando abrieron la puerta del pequeño cuarto donde ella se encontraba.

—¡No! —escuchó que un chico exclamaba.

No podía ver mucho a causa de la oscuridad, pero sintió el calor de un cuerpo humano siendo empujado en su dirección, por lo que retrocedió un paso hasta chocar con una estantería. Entonces, la puerta se cerró con un potente golpe.

—¡N-no! ¡Por favor! —volvió a proferir la misma voz, en esa ocasión, a pocos centímetros de ella.

El pasmo la paralizó unos pocos segundos, pero pronto reaccionó.

—¡¿Qué diablos acaba de suceder?! —clamó.

Escuchó un grito ahogado y, luego, una luz se encendió. Sus ojos se sintieron agobiados por el repentino resplandor, así que los tapó con una mano hasta lograr que se acostumbraran a la luminiscencia.

Justin estaba más allá de sorprendido cuando descubrió la figura de una chica frente a él ¿Qué podría estar haciendo alguien, solo en mitad de la noche, en un armario de escobas? Por un breve segundo, pensó que ella también formaba parte del sádico juego de los amigos de James y que estaba allí para dañarlo, tal como ellos. Ese pensamiento fue puro instinto, pues ya era costumbre para él resultar agredido. Pero en cuanto vio la manera en que la joven se tapaba el rostro para evadir los rayos de luz, llegó a la rápida conjetura de que debía estar ebria. O drogada. Reforzó esa hipótesis cuando, lentamente, ella dejó caer su mano, revelando un par de ojos brillantes y coloreados con un tinte rojizo. Éstos se agrandaron cuando se fijaron en él y en sus facciones se moldeó una mezcla de conmoción y alarma, tanto que Justin estaba seguro que ella hubiera salido corriendo si hubiera podido.

—¿Estás bien? —preguntó, cauteloso.

Su corazón aún latía desenfrenado por la agresión que acababa de sufrir en manos de los chicos, mas no podía dejar de preocuparse por aquella desconocida, en especial cuando vio que el poco color en su rostro desaparecía y una inquietante palidez la asaltaba.

Ella movió sus labios, pretendiendo contestarle, pero ningún sonido salió de ellos. Para entonces, Justin ya tenía la certeza de que estaba drogada, no obstante, finalmente, la chica negó con la cabeza y logró articular las palabras:

—Sí. Lo siento, yo... Pensé que eras alguien más.

A pesar del tenue titubeo, su voz sonaba clara y firme, así que la posibilidad de que estuviera bajo los efectos de algún estupefaciente quedó descartada por el joven. Sin embargo, seguía siendo un intrigante misterio qué hacía ella en ese lugar. Casi olvidando el motivo por el cual él mismo se encontraba allí, se dedicó a observarla con curiosidad. Entonces, se percató de un detalle que, mientras se centraba en sus previos pensamientos, había pasado por alto: los rasgos de la chica eran desmesuradamente hermosos.

Nunca había visto belleza igual y, de repente, la voz de su baja autoestima, que solía hablarle en el oído de vez en cuando, hizo su aparición para recordarle su propia apariencia. Su viejo pijama, sus raídas pantuflas, su rostro (cuyo semblante delataba su cansancio) y su cabello despeinado. Estaba hecho un desastre. La mirada de la joven en él lo hizo sentir cohibido, por lo que agachó su cabeza para evadirla, clavando la vista en el piso del armario. Sentía el calor cosquilleando en sus mejillas y deseó con todas sus fuerzas que ella no pudiera ver su rubor.

—¿Cómo te llamas? —escuchó que ella inquiría.

—S-soy Ju-Justin —respondió.

Al percibir su propia tartamudez, la sensación de malestar incrementó en él. Se sentía tan avergonzado. Quería salir corriendo por la puerta, escapando de allí. Entonces, recordó los sucesos anteriores y que, en realidad, estaban encerrados. Se giró y manipuló el pomo una vez más, constatando que estaba bloqueado.

—Justin... ¿qué? —siguió interrogando la voz femenina.

El chico la miró sobre su hombro, realmente sorprendido que se mostrara más interesada en su apellido que en el hecho de que estaban atrapados en un diminuto armario.

—Bi-Bieber.

Una expresión de entendimiento templó el semblante de la joven, como si acabara de resolver un enigma. Luego, sus labios se curvaron en una sonrisa genuina y Justin sintió los latidos de su corazón desbocarse ante esa visión.

—Eres pariente de James ¿cierto? —infirió.

Él asintió, tragando saliva, mientras volvía a poner su atención en la puerta.

—Soy su he-he-hermano —reveló en un murmullo, tirando el pomo nuevamente hacia abajo, sin mayor éxito.

—¡¿La han bloqueado?! —notó ella, exclamando su incredulidad y, enseguida, agregó— ¿Qué fue lo que pasó recién? ¿Quiénes eran ellos?

De ninguna manera Justin iba a confesar lo que acababa de pasar. Bastante lo habían humillado los amigos de James, haciéndolo sentir impotente ante su ataque, como para seguir perpetuando aquel suceso en palabras.

—Es s-solo una bro-broma —garantizó, dándole la espalda a la puerta otra vez para enfrentar a la chica y fingir una sonrisa— ¿Qué es-estás haci-ciendo tú aquí? —buscó desviar el tema.

El rostro de la aludida se moldeó con algo de inquietud.

—Estoy escapando de tu hermano —enunció finalmente.

—¿Escapando? —indagó él, sintiendo curiosidad.

—Sí. Él es un poco... uhm... insistente.

Usó una clasificación recatada para no ofender a su interlocutor, pues estaba hablando de su familiar, mas éste no dudó en adherir a su opinión:

—Sí, es un niño caprichoso.

Durante toda su vida, Justin había tenido que padecer penosos desprecios mientras James obtenía todos los privilegios, inclusive el cariño de sus allegados. Era admirado por todos, en especial cuando entró al equipo de fútbol. Encontrar personas que no consideraran a su hermano de esa forma le causaba cierta satisfacción. No es que lo envidiara (aunque lo había hecho cuando eran más jóvenes hasta concluir que James era una persona desagradable y jamás querría ser como él) pero se sentía aliviado sabiendo que había otros compartiendo su punto de vista.

—Disculpa... —la chica empezó a hablar, dudó un segundo y luego prosiguió— Voy a ser un poco entrometida y puedes mandarme al demonio si crees que estoy siendo impertinente, pero noté que por momentos hablas de corrido y en otros ejecutas entrecortes —observó— ¿Siempre sucede?

La interpelación fue directa pero también espontánea, por lo que Justin no se sintió atacado. Podía reconocer la curiosidad en ella, pues él mismo era de naturaleza contemplativa. Efectivamente, cuando se vio centrado en otras cosas y perdió conciencia de la poca valía que se atribuía, su ansiedad disminuyó y logró articular las palabras con fluidez. Sin embargo, ante el cuestionamiento, volvía a sentirse expuesto.

—N-no. So-solo cuando est-toy... Es-estoy nervioso —confesó, sintiendo nuevamente el rubor cubrir su rostro.

—Ah, sí. Mi párpado tiembla cuando estoy nerviosa —comentó ella con naturalidad— No puedo ocultarlo. Una vez, estaba rindiendo un examen final y el profesor me detuvo en medio de la exposición para preguntarme si me encontraba bien porque mi maldito ojo no paraba de bailar.

Justin liberó varias carcajadas sin poder evitarlo. Resultaba extraño para él reír, pues no lo hacía con regularidad ya que le faltaban motivos. Intentó calmar su gracia lo más rápido posible. Apretó sus labios e hizo contacto visual con la chica, quien le dedicó una amplia sonrisa antes de anunciar:

—Soy Linda.

El joven elevó sus cejas, sorprendido por la declaración y, antes de que pudiera detenerse a pensarlo, soltó las primeras palabras que acudieron a su cerebro.

—S-sí. Muy.

Ella tensó su mandíbula, como si estuviera haciendo su mayor esfuerzo para no reír.

—Me refiero a que me llamo Linda. Ese es mi nombre —esclareció.

En esa ocasión, Justin sintió que el calor acumulado en sus mejillas no solo aumentaba, sino que se desplazaba al resto de su rostro y a su cuello. Masajeó su nuca con nerviosismo mientras dirigía su mirada hacia el suelo una vez más.

—Ah —exhaló.

Linda observó el potente tono de rojo que coloreaba el semblante de Justin mientras evitaba mirarla. Había notado, como esas, muchas otras señales en él que delataban una pronunciada timidez. Nunca había conocido a un chico que actuara de ese modo y jamás pensó que, de todas las personas, precisamente el hermano de James Bieber iba a ser capaz de hacerlo.

—¿Qué edad tienes? —preguntó, totalmente intrigada por su actitud.

Justin carraspeó antes de contestar:

—Ve-veinte —con lentitud, ascendió sus ojos desde el piso hacia el rostro de Linda— ¿Y tú?

—Veintidós —elucidó ella, sonriendo cuando sus miradas se encontraron nuevamente— No vas a Gold North ¿cierto? Te hubiera visto por allí antes.

Él negó con la cabeza.

—No voy a la Universidad.

—¿Trabajas, entonces?

En esa ocasión, el aludido asintió.

—Sí... —detuvo su oración, dubitativo.

Linda parecía una persona agradable y su presencia no lo hacía sentir tan incómodo, no obstante, no quería entrar en detalles sobre su vida privada con ella. Muchas eran las razones. En primer lugar, no creía que tuviera algo para decir que pudiera impresionarla, o siquiera resultarle interesante. Y aquella era su baja autoestima hablándole de nuevo. En segundo lugar, simplemente no quería abrirse en lo más mínimo a ella. O a nadie. Jamás. La mayoría de las personas no habían hecho más que dañarlo. Las pocas que mostraban genuino interés por él, lo hacían evidenciando también su lástima. Se había sentido desamparado durante mucho tiempo, tanto que ya estaba habituado. No era necesario cambiarlo.

El sonido de un zumbido vibró en el aire del armario, inundando enseguida el reducido espacio. Linda sacó un teléfono celular de su bolsillo, cuya pantalla iluminada delataba una llamada entrante, así como la vibración que emitía. Ella deslizó el ícono verde y llevó el aparato a su oído.

—¿Rose? —atendió.

—¿Dónde diablos estás, Lin? Juro que si te fuiste a tu casa... —Linda escuchó la voz de su mejor amiga saliendo del auricular.

—Sigo en la fiesta —se apresuró a interrumpirla— Oh... Bueno, al menos sigo en la casa— se corrigió.

—¿En qué parte de la casa? ¡Ya te he buscado por todos lados! —exclamó Rose.

—En el armario de escobas —indicó.

La chica encontró divertida su contestación, en especial cuando su interlocutora chilló:

—¡¿Cómo que el armario de escobas?! Estás bromeando ¿verdad?

—Nop. Realmente estoy en el armario de escobas —confirmó— Y te agradecería que vinieras a sacarnos porque, de hecho, estamos encerrados.

—¿Estamos? ¿Con quién estás?

—¡Solo ven! ¿Sí?

—¡Ya voy, ya voy! —Rose exhaló un fuerte suspiro— ¿Dónde siquiera está eso?

Linda trató de rememorar el camino que había hecho para poder guiar a su amiga, pero ella estaba en la cocina y no tenía idea de cómo orientarla desde allí. Apartó el móvil de su oído y miró a su acompañante, encontrando que él ya estaba observándola.

—Justin —le sonrió— ¿qué tan lejos está la cocina de aquí?

Cuando la escuchó pronunciar su nombre, Justin sintió algo raro en el pecho, un inexplicable cosquilleo. Trató de concentrarse para dictarle el camino, al tiempo que ella se lo comunicaba a quien estuviera del otro lado de la línea. Finalmente, escucharon dos golpes en la puerta.

—¿Lin? ¿Es aquí? —una voz amortiguada llegó del otro lado.

—¡Sí! ¡Aquí estamos! —respondió la aludida.

Se oyeron varios sonidos ahogados hasta que, por fin, la puerta se abrió. Justin no se había dado cuenta lo sofocado que estaba hasta que sintió una nueva corriente de aire impactar contra su rostro. Tomó una profunda respiración, llenando sus pulmones. Entonces, fue consciente de las tres figuras femeninas dispuestas en el umbral.

—¡Linda D'amico! —profirió una de las chicas, aquella que sostenía aún el pomo de la puerta— ¿Qué diablos pasó?

Entonces, sus ojos encontraron a Justin. Por un breve instante, se mostró realmente atónita, el asombro se marcó en cada uno de sus rasgos. Mas pronto se tornó crispada. Llevó la atención a su amiga otra vez.

—¡Sal de ahí! —demandó.

Ella estaba dispuesta obedecer, pero le hizo un gesto con la mano a Justin para indicarle que saliera primero. Él lo hizo. Abrumado por la repentina atención que estaba recibiendo, dio varios pasos por el pasillo, alejándose de las recién llegadas. Sin embargo, se detuvo a mitad de camino y se giró. Por algún motivo, sentía que era incorrecto escapar sin despedirse de Linda.

La joven lo estaba mirando y, para su sorpresa, parecía que estaba a punto de ir tras él. Le sonrió cuando lo vio detenerse y sus miradas se encontraron. Caminó rápidamente en su dirección, ignorando a las que manifestaban ser sus amigas.

—¿Podrías pasarme tu número? —pidió.

—¿Mi número? —repitió Justin, tratando de cerciorarse si había oído bien.

Tenía un teléfono celular, un modelo realmente viejo pues no lo utilizaba demasiado. Los únicos contactos que tenía almacenados eran sus compañeros de trabajo, sus antiguos pedagogos que aún lo trataban cuando necesitaba ayuda con su dislexia y aquellos a los que solía denominar amigos en la secundaria y con los cuales cada vez se comunicaba menos. Nunca, ningún par de su edad le había pedido su número. Menos una chica. Mucho menos una chica hermosa.

—Sí. Me gustaría mantener el contacto contigo si tú quieres... De verdad, me has caído genial —decretó ella.

Frente a esas palabras, la sorpresa golpeó a Justin y lo evidenció en sus facciones. No recordaba que alguien le hubiera dicho eso alguna vez. De hecho, una parte de él se mantenía cautelosa, como si realmente no lo creyera. Después de todo, no creía tener algo en él que a los demás les agradara. Sí, allí estaba la voz de su bendita autoestima otra vez.

—S-sí. Cla-claro —accedió.

—¡Perfecto! —profirió Linda cuando anotó en su móvil los dígitos que el chico expidió para ella— Hablamos luego, entonces —sentenció, sonriéndole mientras empezaba a alejarse de él, caminando hacia atrás— ¡Adiós, Justin! —se despidió, dándose vuelta y dirigiéndose al grupo de chicas que aún la esperaban.

El aludido solo pudo asentir, encontrando su garganta demasiado seca para hablar. Su cuerpo reaccionaba de manera anómala cuando la escuchaba decir su nombre, o cuando le dedicaba una sonrisa. Seguía sintiéndose extraño cuando entró al trastero que tenía como dormitorio, casi arrastrando sus pies. Se dejó caer en el colchón.

Ya ni siquiera escuchaba los ruidos de la fiesta.

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