|21| A su fin han de llegar los momentos de fiesta
Si bien las regiones norteñas se caracterizaban por su clima cálido, el otoño había traído consigo unas ventiscas frías que hacían volar las hojas esparcidas por el suelo cerca de los árboles. Los estudiantes de la Universidad de Gold North las admiraban mientras caminaban por el campus, ajustando sus chaquetas y dirigiéndose a sus clases.
Linda, por el contrario, se encontraba ajena al espectáculo de colores que volaban con el viento. Su auto estaba aparcado lejos de los caminos que guiaban a las Facultades. Estaba sentada dentro de éste, con su cabeza apoyada en el volante y sus ojos cerrados.
Había dormido poco el último par de noches debido a unas inexplicables pesadillas que, realmente, no podía recordar. Además, todas las emociones que pesaban en ella desde el regreso de Logan la tenían agotada.
Suspiró y levantó su cabeza para mirar a través del parabrisas. Incluso su visión estaba cansada. La luz del sol provocó que sus párpados se fruncieran. Tomó los anteojos de sol de su guantera y se los puso, enderezando su postura en el asiento.
Su primera materia del día había comenzado hacía una hora y allí estaba ella. En casi cuatro años de carrera, era la primera vez que faltaba a clases sin estar enferma. Tenía la sensación de que, en cualquier momento, notarían su ausencia, la buscarían por cielo y tierra y se metería en grandes problemas. Por supuesto, ese era un miedo infundado, pues no era la primera ni la última alumna en saltearse clases, mas su paranoia fluía porque estaba haciendo algo que no debería.
Vio a Logan en ese instante. Caminaba en su dirección por el medio de la calle y, aún si no había tráfico, era una acción sumamente imprudente. La luz del sol bañaba su figura, causando que su semblante resplandeciera a pesar de la seriedad que denotaba. Abrió la puerta del lado del acompañante e ingresó al coche de Linda. El interior del mismo se impregno de inmediato con su perfume y la chica aspiró con disimulo, sintiéndose casi embriagada por el familiar olor.
El muchacho la miró, notando sus anteojos. Entonces, elevó su mirada al cielo un segundo antes de volver a posarla en ella. Una sonrisa peleaba por estirar sus labios al tiempo que enunciaba:
—Estoy seguro que el sol no está pegando tan fuerte, pequeña dramática.
La aludida ignoró su comentario. Procedió a abrochar su cinturón de seguridad y demandó a su acompañante que hiciera lo mismo. Encendió el motor y manipuló la palanca de cambios para comenzar a acelerar por el camino.
—El lugar al que nos dirigimos son los depósitos de SportShop —comentó tras algunos minutos de silencio— Es la central que suple a muchas tiendas con artículos de deportes. Necesitan empleados para encargarse del inventario de los camiones. He hablado con el dueño del lugar e hizo lugar en su agenda para entrevistarte —giró a la derecha, entrando en la carretera, y activó la tercera velocidad— ¿Traes tu currículo?
A modo de respuesta, Logan levantó a la altura de su rostro la pequeña carpeta que sostenía para luego apoyarla con descuido sobre el tablero. Linda quitó los ojos del camino por un segundo y los fijó en aquel objeto, manifestando curiosidad. Se preguntaba qué había escrito su ex novio en el currículo. Sabía que él nunca había tenido un verdadero empleo que pudiera blanquear.
—Fui a verte a una de tus presentaciones finales la temporada pasada, ¿sabes? —declaró repentinamente el chico.
—Sí... Dejaste flores en mi casillero —recordó la porrista.
—Sí... Tu amiguito las tiró a la basura.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó sorprendida.
—Estuviste grandiosa —aduló él, ignorando el interrogante— Había extrañado tanto verte en acción. Sigues siendo la mejor, Linda.
—Gracias —murmuró ella.
Condujo pocos minutos hasta llegar a su destino. Los galpones que servían como depósito estaban rodeados por un alto muro y debían pasar a través de un portón vigilado por un guardia para acceder a ellos. Sin embargo, todavía era temprano, por lo que se abstuvieron de hacerlo. En cambio, se dirigieron a una cafetería próxima y se sentaron a una mesa, uno frente al otro, para repasar algunos detalles de la entrevista.
—¿Qué pusiste en tu currículo? —inquirió Linda, expresando al fin su intriga.
Logan bebió un sorbo de café antes de sacar varias hojas de su carpeta y extenderlas hacia la joven. Ésta las tomó y leyó en voz alta, delatando incredulidad en su tono:
—¿"Vastos conocimientos en el ámbito de la producción arquitectónica"? —miró a su acompañante exhibiendo una expresión perpleja— ¿Qué es esto?
El aludido se encogió de hombros.
—Trabajé un verano en la construcción de una casa con mi tío, ¿recuerdas?
—Pero, Logan, ¡apenas pegaste unos cuantos ladrillos!
—Ya. Es lo mismo.
Linda dejó el papel sobre la mesa con el propósito de utilizar las manos para tapar su rostro. Quería aparentar exasperación con ese gesto, pero, en realidad, estaba ocultando la gracia que aquello le había causado.
—Sé que te estás riendo, pequeña dramática —escuchó que insinuaba la voz masculina.
Dejó al descubierto su semblante, revelando la sonrisa plasmada en éste, mas no miró a su ex novio. Tomó un trago de su batido para luego retomar el habla:
—Esto es serio. Al contrario de lo que la mayoría piensa, no es nada buena exagerar sus currículos. En las entrevistas personales ellos te presionaran para obtener detalles específicos, es todo lo que les interesa, ¿qué harás entonces?
—Puedo manejarlo, Linda —aseguró Logan.
—Eso espero.
Un largo momento de silencio se instaló al quedar ambos sumidos en un intenso contacto visual. Los ojos verdes del joven brillaban por la iluminación del lugar y su ex novia se veía atraída a éstos como siempre le había sucedido. Empleó todo su esfuerzo para apartar la mirada y enfocarse en la pila de servilletas para aplacar los latidos de su corazón que habían comenzado a acelerarse.
—¿Dónde has estado todo este tiempo? —interrogó, casi en un murmullo.
—En muchos lugares —contestó él vagamente.
—¿Haciendo qué?
—Diferentes cosas.
Tal imprecisión comenzaba a irritar a la chica.
—¿Estabas solo?
—No. Con uno de mis primos.
—¿Con cuál?
—Con Dani.
Linda cerró sus ojos, apretando sus párpados con fuerza, como si aquellas palabras la hubieran golpeado.
—Por favor, dime que no te metiste en lo mismo que él —suplicó.
Logan se había criado en un barrio pobre, allí donde las personas sufren tantas carencias que están dispuestas a todo con tal de suplir sus necesidades. Ese es un rasgo atrayente para los comerciantes del mercado ilegal. Muchas veces, él había aceptado entregar ciertas drogas aquí y allá, mas era el único acto delictivo que había llevado a cabo.
Opuesto era el caso de Dani, su primo, quien se dedicaba a robar desde la temprana adolescencia. Al principio, solo entraba a tiendas y escondía comida en su ropa, hasta que terminó por asaltar muchas de ellas a mano armada. Pero su mayor habilidad eran los coches. Podía robarse uno tan rápido que la alarma sería inútil.
Linda no quería siquiera imaginar a Logan cometiendo crímenes de esa índole.
—No. Por supuesto que no —respondió él.
Pero la chica no quedó convencida. Le resultaba difícil creer en la palabra de alguien que le había mentido deliberadamente en tantas ocasiones.
Un pinchazo de dolor atacó su pecho y suspiró. No debía pensar en esas cosas. Él quería cambiar, ella iba a ayudarlo. Eso era todo.
Su móvil empezó a sonar en ese instante. Asustada, lo sacó de su bolso, esperando encontrar que alguna autoridad de la Universidad o su mismo padre la estaban llamando. Una ola de alivio la inundó al ver el número de su madre en la pantalla. Atendió:
—Hola, mamá.
—¡Preciosa Lilin! ¡¿Cómo estás?! —saludó con efusión la mujer.
—Bien, ¿cómo estás tú?
Logan continuó bebiendo su café mientras observaba por la ventana. Parecía genuinamente desinteresado en la conversación que su acompañante mantenía en el teléfono, aunque eso cambió en los segundos siguientes.
—¡Mejor que nunca! ¿Adivina qué? —Candy tarareó una melodía de suspenso antes de anunciar— ¡Alex y yo vamos a casarnos!
Al escuchar eso, un repentino sentimiento de furia nació en el interior de Linda de manera inesperada. No se sentía con fuerzas suficientes para afrontar las manías de su madre en ese momento.
—¿De qué hablas, mamá? —cuestionó.
Su voz salió tan tensa que su ex novio volvió a poner la atención en ella, mirándola fijamente.
—La boda será en unas semanas. Me lo propuso ayer. Deberías ver el anillo de compromiso que me dio, ¡es perfecto!
—Sí, dijiste lo mismo de los últimos siete —ironizó su hija con hostilidad para, luego, finalizar la llamada.
Tiró el móvil en su bolso y exhaló con fuerza.
—¿Todo en orden? —preguntó Logan.
Linda levantó el rostro y se sintió reconfortada al ver a su compañero. Él ya había estado a su lado en otros casamientos y divorcios de Candy. Sabía lo que era. Podía comprenderla.
—Mi madre va a casarse de nuevo —confesó, expeliendo un aire resignado.
El muchacho asintió y guardó silencio unos segundos antes de sondear:
—¿Quién es esta vez?
—Un cirujano plástico o algo así. Solo lo vi dos veces en las fiestas. Su nombre es Alex.
—Al menos suena mejor que ese político progresista de hace algunos años.
El desenfadado comentario tuvo la intención de sosegar a la joven y dio resultados inmediatos, pues ésta no logró reprimir unas carcajadas.
—Bueno, eso es cierto.
Logan le dedicó una sonrisa (una de sus sonrisas sinceras) y Linda experimentó una sensación de bienestar pleno a pesar de las circunstancias.
Se marcharon de la cafetería poco tiempo después y se dirigieron al perímetro donde estaban situados los depósitos. Anunciaron sus presencias a la recepcionista en el edificio central y ella les indicó que esperaran en el salón contiguo. El mismo estaba decorado con fotografías de campeonatos y adornos relacionados con el deporte. Deambularon por allí durante un largo rato, admirando los detalles.
Linda estaba atenta a una escultura hecha con palos de golf cuando oyó que Logan la llamaba unos metros a su izquierda.
—Ey, Linda...
Se acercó al muchacho y, cuando llegó a su lado, él le señaló un marco en el muro.
»—Ahí está tu padre.
La imagen de Fabrizio D'amico corriendo a toda velocidad con el balón de fútbol delante de sus pies hizo sonreír a su hija.
—Sus días de gloria —proclamó con orgullo, mas su sonrisa se desvaneció al agregar— Antes de que dejara todo por mí.
—Ya, niña de papi. Todos sabemos que tú eres sus días de gloria —se burló su ex novio.
Linda le dio un codazo juguetón en las costillas a modo de respuesta, aunque, una vez más, su acompañante había logrado iluminar su humor.
A lo largo de toda su vida, nunca pudo permitirse ahondar y cavilar sobre la situación con sus padres, pues era como una mancha en la fachada perfecta que había adoptado para sí. Logan era la única persona frente a la cual demostraba cuán afectada se sentía respecto a ello. Por lo demás, lo mantenía oculto... incluso de ella misma.
La recepcionista se asomó por el umbral del salón. Les avisó que el dueño ya estaba disponible y, luego, dio media vuelta para volver a marcharse.
Linda miró al chico y le sonrió.
—Estoy segura que lo harás bien —dictaminó.
Él se limitó a asentir. La observó con intensidad mientras estiraba la mano para apartar un mechón de pelo de su cara y ponerlo detrás de su oreja. Ella dio un paso atrás, apartándose con rapidez para ignorar el cosquilleo que comenzaba a nacer en su mejilla, lugar donde habían hecho contacto.
Tenerlo cerca era abrumador para la joven. Era como si una nube cargada de electricidad los encerrara cada vez que estaban juntos. Y era tan idéntico a Justin que mirarlo confundía sus sentimientos. Por momentos, no estaba segura a cuál de los dos estaba viendo realmente... a cuál de los dos estaba deseando besar.
—Te veo en un rato —se despidió Logan, tomando su carpeta y dirigiéndose al lugar donde iba a ser entrevistado.
Exhalando un prolongado suspiro, Linda se sentó en un sofá y sacó el móvil de su bolso. No fueron las múltiples llamadas perdidas de su madre lo que capturó su atención, sino la hora. Se le había hecho tarde para las prácticas con las porristas. Aún faltaban 15 minutos para que iniciara, pero no había forma de que llegara a tiempo.
Un fuerte pesar la golpeó. Ella nunca había faltado a ningún ensayo, ni siquiera cuando tuvo un tendón roto, ni las múltiples ocasiones en las que tuvo un corazón destrozado. Siempre había estado allí, con lluvias, con insoportable calor. Siempre.
Excepto ese día.
Buscó el número de Rose y le envió un mensaje: "¿Podrías encargarte de las prácticas hoy? Tuve una urgencia y no llegaré a tiempo"
La respuesta fue inmediata: "¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien?"
Sabía que su mejor amiga estaba en clase, caso contrario, la hubiera llamado para interrogarla. Intentando tranquilizarla, dijo:
"Todo bien. Lo prometo"
Y, en su interior, tuvo la sensación de que mentía. Y aquella era la segunda promesa que estaba rompiendo en pocos días.
Ignoró la culpa y guardó el teléfono, centrándose nuevamente en las imágenes de las paredes. Sus pensamientos la arrastraron a la profundidad de su mente, donde no tenía noción del tiempo. Solo el sonido de su móvil anunciando una llamada entrante fue capaz de rescatarla de aquel estado taciturno.
Frunció el ceño en señal de confusión cuando vio el nombre de Justin en su pantalla. Él sabía que ella tenía prácticas a esa hora, por lo cual era extraño que estuviera llamándola...
A no ser que supiera que ella no estaba en las prácticas.
Tragó saliva para favorecer su garganta seca por los nervios y atendió:
—¿Hola?
—¡Lin! ¿Estás bien? —inquirió la preocupada voz de su novio.
—Sí...
—¿Dónde estás?
—¿Por qué preguntas? —indagó, inquieta.
Por un breve instante, la línea permaneció en silencio, hasta que el chico habló:
—Porque no estás en la práctica.
—¿Y cómo sabes eso?
Otro silencio se prolongó, causando que la porrista se sintiera descubierta.
—Linda, ¿dónde estás? —repitió Justin, sonando mucho más serio.
—En... En unos depósitos de unas tiendas de deportes —reveló, incapaz de mentirle— Pertenecen a un amigo de mi padre y yo... Tenía algo que atender por aquí. Pero todo está bien, Jay, en serio.
—Oh, bueno. Estaba preocupado por ti, princesa —admitió él— A veces, antes de ir a mis clases, vengo al campo para verte ensayar. Cuando no te encontré aquí, realmente me asusté.
Después de esa confesión, no fue remordimiento lo que Linda sintió, sino amor. Verdadero amor. No podía seguir ocultando aquello a su novio. Lo amaba demasiado como para hacerle eso. Había cometido un error al no hablar con él desde el principio, mas había decidido que lo haría en cuanto volviera a su residencia.
—Te contaré todo sobre esto, ¿sí? —afirmó— Te llamaré cuando regrese a mi departamento.
Eso sucedió dos horas más tarde.
Linda aparcó su auto en el estacionamiento y tanto ella como Logan salieron del mismo. Al ser otoño, el sol había empezado a esconderse más temprano y en ese momento casi había desaparecido del cielo, dejando a la oscuridad reinar. Caminaron en silencio las pocas cuadras que restaban hacia el departamento de la muchacha. Una vez ante a éste, se posicionaron uno frente al otro.
—¿Seguro que tienes cómo volver a tu casa? —volvió a preguntar Linda.
Logan asintió, aunque no parecía estar prestándole verdadera atención. Sus ojos se movían escudriñando cierta zona cerca de la residencia y su ex novia se preguntó si realmente podía vislumbrar algo en medio de la negrura.
Finalmente, centró su mirada en ella y dijo:
—Gracias por todo lo que has hecho hoy por mí. Me ha encantado pasar el día a tu lado.
La aludida simplemente asintió, clavando su vista en el suelo. No obstante, Logan tomó su barbilla y elevó su rostro con delicadeza.
»—Me alegra saber que lo que tenemos sigue intacto —añadió.
Esa declaración le resultó chocante a los oídos de Linda. Abrió la boca para responder, pero él se inclinó y besó su mejilla antes de que pudiera hacerlo. Su cuerpo se tensó, su respiración se aceleró. Tan afectada se sentía que no pudo reaccionar, ni siquiera cuando el chico ya se estaba alejando.
Se obligó a sí misma a darse la vuelta y caminar hacia su departamento. Eran tan solo unos cuantos pasos. No llegó a dar más de dos cuando el sonido de un sollozó hizo que se detuviera.
Una sombra se movió en la oscuridad y, luego, emergió a la luz del porche.
Era Justin.
Y su rostro estaba empapado en lágrimas.
—Me-mentirosa.
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