|14| Golpea las fortificaciones del cautiverio
La celebración en la casa de Fabrizio D'amico comenzó al mediodía con una barbacoa y terminó cuando el sol ya había desaparecido del cielo, dando paso a la oscura noche. El hombre recorrió la sala, juntando vasos desechables y latas de cerveza para descartarlas en una enorme bolsa de basura. Hizo un nudo en ésta cuando culminó su tarea y se dirigió a la vereda con el propósito de depositarla en los botes.
Descubrió el cielo despejado lleno de estrellas y un aire cálido que soplaba con suavidad. El panorama era tan agradable que decidió tomarse unos segundos para admirar el firmamento.
Poco tiempo después, notó la presencia de una figura humana por la periferia de su visión. La observó, discerniendo, a pesar de la negrura, que se trataba de su hija.
—¿Qué pasa, Damita? —inquirió.
Desde que había cumplido tres años y había aprendido a expresarse con fluidez a través del habla, Linda siempre le había contado todo a su padre. Eran muy cercanos, incluso antes de que el divorcio estallara y se mudaran los dos solos.
Sin embargo, eso se había arruinado cuando Logan Roy llegó a la vida de la joven. Para defender a su conflictivo novio, se había visto obligada a ocultar cosas y mentir, lo que había dañado mucho el vínculo con su progenitor. Lograron repararlo con tiempo y esfuerzo, pero no volvió a ser lo mismo. Ella se había vuelto mucho más cerrada y ya no compartían todo como solían hacerlo.
Por eso, Fabrizio se sintió sorprendido que en ese momento Linda acudiera a él para desahogarse y buscar su consejo. Le contó todo: los maltratos que Justin sufría a manos de su familia, que lo estaban privando de su libertad, evitando que ellos estuvieran juntos, lo mucho que extrañaba al chico, lo mucho que deseaba poder hacer algo para remediar la situación de éste, para evitar que siguiera sufriendo.... Y lo que James le había dicho la noche anterior en una fiesta.
El impacto de las diversas revelaciones impresionó tanto al hombre que debió apoyar su mano en el borde del bote de basura para sostenerse mientras sus pensamientos cavilaban profundo aquella nueva información.
—¿Crees que deba decírselo a Justin? —consultó Linda, balanceando su peso de un pie al otro en un claro gesto de nerviosismo.
—Creo... Creo que deberías esperar a estar segura de que eso es verdad antes de divulgarlo —sugirió él— James bien podría haber estado mintiendo.
—Pero tendría mucho sentido si fuera verdad. Explicaría muchas cosas —expuso ella— Además, solucionaría muchas otras —agregó.
—Mira —empezó a enunciar su padre, concluyendo el plan que ideaba en su mente— Voy a hacer averiguaciones. Tengo algunos contactos en el registro civil. Pero es mejor que no sueltes una bomba así cuando no tienes certeza que sea cierta, Damita.
La aludida asintió, comprendiendo que eso era lo mejor. Quería ayudar a Justin, pero tenía que reprimir sus ansias si quería lograr hacerlo.
No obstante, fue difícil hablar con su novio por teléfono las noches siguientes y no ser capaz de comunicarle lo que acontecía. Con cada llamada que pasaba, la voz del muchacho se oía cada vez más apagada y empezaba a cerrarse en sus conversaciones nuevamente. Como al principio, se limitaba solo a escucharla y a hacer comentarios nimios de vez en cuando. Incluso, había vuelto a tartamudear en varias oportunidades. Su novia casi no podía soportar el impulso de decirle todo para darle una esperanza.
El miércoles, justo cuando Linda estaba considerando ceder ante su impulsividad, divisó a su padre en la puerta del edificio donde cursaba las materias de esa mañana. Se apresuró en su dirección, casi al trote.
—Hola, papi —sin esperar respuesta a su saludo, procedió a interrogar— ¿Y? ¿Haz averiguado algo?
—Sí —confirmó él, provocando que el corazón de su hija se acelerara debido a la expectativa— Justin Bieber obtuvo su cédula de identidad recién a los cuatro años —reveló— Antes de eso, no hay ningún registro de él, ni siquiera en el área de nacimientos.
—Es decir... —vaciló la joven, esperando que su interlocutor confirmara sus sospechas.
Éste asintió.
—Es decir que él no nació con ese nombre. De hecho, no se registró el nacimiento de otro Bieber en la región desde James.
Varios sentimientos se entremezclaron en el interior de Linda. Trató de ignorar aquellos de connotaciones negativas, como la preocupación, y se enfocó, en cambio, en el entusiasmo. Sonrió con amplitud y abrazó a Fabrizio.
—¡Muchas gracias, papá!
—Muchas gracias, señor —murmuró Justin esa tarde, con las mejillas coloradas y la mirada clavada en el piso.
Estaba ultimando unos detalles en el depósito de la Farmacia antes de irse. El horario de salida estaba próximo y no quería retrasarse con su trabajo. Entonces, como solía hacer de vez en cuando, el viejo farmacéutico lo había interceptado a él y a su compañero para conversar sobre las condiciones laborales y demás. También había anunciado un aumento en sus salarios, lo que significaba un poco de alegría para el chico, mas ésta fue pronto reemplazada por la vergüenza cuando el farmacéutico realizó otra de sus costumbres: regalarles condones.
—La prevención es el acto más inteligente que el hombre puede llevar a cabo. En especial, jóvenes como ustedes —recitó.
Justin no se atrevía a confesar que todos los condones que le había entregado durante años habían terminado en la basura u olvidados en su cajón. No quería imaginar lo que pensaría el hombre si supiera que apenas había tenido su primer beso hacía pocos meses.
Le habían impartido clases de Educación Sexual en la escuela y sus amigos en la secundaria habían hablado mucho al respecto, así que sabía la teoría sobre lo que debería hacer en un momento íntimo, pero tan solo pensar en llevarlo a la práctica lo ponía demasiado nervioso y hacía que el rubor incendiara su rostro.
No se creía capaz de atreverse, aún cuando su cuerpo realmente reaccionaba a la imagen de Linda en uniforme de porrista o a sus besos y caricias. Temía ser demasiado torpe y avergonzarse a sí mismo o, peor, ofenderla o lastimarla.
Sencillamente, no estaba listo.
Procuró alejar esos pensamientos de su mente, pues lo incomodaban. Juntó sus cosas y se dirigió a la puerta del depósito para ir a su casa. Sus ojos estaban ya tan acostumbrados a la umbría que, en cuanto salió al exterior, la luz del sol le cegó momentáneamente. Parpadeó un par de veces hasta que su vista se ajustó y, cuando lo hizo, descubrió a Linda de pie delante de él.
—¡Princesa! —exclamó, lleno de alegría.
Se apresuró a rodearla con sus brazos y estrecharla con fuerza. Se sentía tan bien tenerla cerca luego de haberla extrañado con intensidad los últimos días. Se separó un poco para poder admirar su rostro y proporcionarle un suave beso.
—Hola, Jay —susurró ella sobre sus labios.
El chico no podía demorarse mucho en llegar a su casa, por lo que tuvieron que caminar mientras hablaban. Iban tomados de la mano, mas Justin no podía resistir el impulso de abrazarla contra su costado cada tres metros recorridos.
La estaba sosteniendo de esa forma, un lapso de silencio se había gestado entre ellos mientras disfrutaban el contacto, cuando la joven lo interrumpió, preguntando:
—¿Qué harías tú si te enteraras que tus padres no son tus verdaderos padres?
El muchacho detuvo su andar de repente, sorprendido por el abrupto interrogante.
—Eh... No lo sé... —titubeó— Sería muy feliz, eso seguro —sentenció, teniendo presente todo el suplicio del que era víctima.
Linda se posicionó frente a él.
—Hablé con James el día del partido... Él me dijo que tú... —sonaba nerviosa e insegura, pero continuó expresando— Me dijo que no eras su verdadero hermano, que no eres hijo de sus padres.
Justin no se sintió tan sorprendido. No era la primera vez que James negaba que fueran familia, lo había hecho ya en múltiples ocasiones cuando llevaba amigos a su casa y ellos lo descubrían allí.
Al notar que su acompañante no lucía para nada extrañado, Linda agregó:
»—Es cierto, Jay. Los Bieber no son tus verdaderos padres.
Aquella frase sí logró impactar al aludido. Frunció el ceño, confundido, y parpadeó varias veces, procesando cada palabra para asegurarse de que había oído bien.
—¿P-por qué di-dices eso?
—Luego de que James me lo dijera, mi padre averiguó sobre ti en el registro civil y resulta que no hay datos tuyos almacenados antes de tus cuatro años. Ni de tu nacimiento, ni de chequeos médicos, ni el año de preescolar, nada... Ni siquiera obtuviste tu carnet de identidad hasta esa fecha.
—N-no e-entiendo —dijo él, aunque, en realidad, sí había comprendido, solo necesitaba una confirmación.
—Lo que trato de decir... —pronunció Linda con suavidad— ... Es que Justin Bieber no existía hasta que te inscribieron de esa forma.
Un fuerte mareo hizo que todo girara ante los ojos de Justin y que el suelo se moviera bajo sus pies, como si estuviera listo para abrirse y dejarlo caer. Tanteó la pared del edificio a su costado y buscó apoyar su espalda contra ésta, tratando de conseguir sustento.
Se sentía muy contrariado. No podía creer que las personas con las que había crecido, aquellas a las que había denominado durante toda su vida como su familia, no estaban verdaderamente emparentadas con él. A pesar de que habían sido despreciables, eran lo único que él conocía.
—¿Estás bien?
La voz preocupada de Linda llegó a sus oídos, haciendo que abandonara la montaña rusa que eran sus pensamientos y volviera a conectarse con la realidad. Enfocó su visión en el rostro de la inquieta joven.
»—No debí soltarlo así. Lo siento mucho, Jay —se lamentó, angustiada.
Él negó con la cabeza. Quería transmitirle que no tenía por qué disculparse, mas no fue capaz siquiera de abrir la boca. Su cerebro todavía trabajaba a toda marcha, abrumado por sus emociones. Era muy difícil procesar lo que sucedía. De hecho, guardaba aún su recelo, como si no terminara de creerlo.
Linda entendió que su novio necesitaba tiempo para pensar. Sin embargo, reacia a dejarlo solo en ese estado, se ofreció a llevarlo a su casa. Lo instó a meterse en su coche y comenzó a conducir.
El viaje fue silencioso. Justin se dedicaba simplemente a mirar por la ventana, aunque no parecía prestar verdadera atención a lo que ésta exhibía. Solo cuando ella aparcó, a tres cuadras del verdadero destino (pues no podía permitir que los Bieber la vieran), el chico emergió de la bruma en que se encontraba y puso su atención en la porrista.
—Gracias, Lin —susurró.
Se inclinó sobre la palanca de cambios y besó los labios de su novia fugazmente. Luego, bajó del automóvil y caminó hacia la entrada de su hogar.
Hogar... En realidad, nunca había sido un hogar para él, sino un techo bajo el cual se residía y del que deseaba escapar.
Ingresó al interior de la vivienda. Por algún motivo, en ese momento se sentía extraño atravesar el umbral. Cerró la puerta detrás de él y observó con detenimiento su alrededor, a la sala de estar. De la misma manera, atravesó más cuartos y pasillos, absorbiendo cada detalle de éstos como si fuera la primera vez que los veía, cuando, al contrario, los conocía muy bien, ya que allí había vivido siempre y, además, se dedicaba a limpiar todo regularmente.
—Llegas temprano.
La voz de su madre lo sobresaltó. Quitó su vista del enorme marco que contenía una foto familiar amplificada (en la cual él estaba ausente, por supuesto) y giró sobre sus talones para enfrentar a la mujer.
Entonces, sus ojos también la percibieron a ella como algo ajeno, junto al resto de la casa. Ya no veía a su progenitora, quien le había dado la vida y, por tanto, a quien le debía respeto. No. Solo veía a una extraña y ese pensamiento hizo que una brava corriente de enojo inundara su pecho al tiempo que daba rienda suelta al rencor que nunca se había permitido a sí mismo sentir.
—No hay nada qué hacer, así que ve a encerrarte en tu dormitorio. Te llamaré cuando tengas que limpiar después de la cena —ordenó ella con brusquedad.
Justin se recostó en su pequeña cama y cerró sus ojos, centrándose en las imágenes siendo reproducidas en su mente. Cada maltrato que había recibido, cada desprecio, cada rechazo... Todos los años que había transcurrido creyendo que había algo mal en él por el hecho de que su propia familia, sangre de su sangre, no era capaz de quererlo.
Todo en vano. Si Linda tenía razón, no había ningún lazo biológico que lo uniera con esas personas, sino que había terminado en esa casa por algún enigmático motivo que bien podría haberlo conducido a cualquier otra. No había nada significativo entre ellos. Los abusos que habían cometido en su contra eran solo un producto de la maldad corriendo en el A.D.N de los Bieber. Y él no era un Bieber.
Él no era un Bieber.
Ese pensamiento hizo que abriera sus párpados, golpeado por el inesperado júbilo que tomó posesión de él. Se sentó en el colchón con un movimiento repentino mientras una enorme sonrisa moldeaba sus labios.
¡Él no era un Bieber!
Comenzó a reír. Lágrimas humedecieron su rostro al tiempo que sus carcajadas resonaban. Era la primera vez que transitaba semejante experiencia como esa de llorar a causa de la alegría.
Tomó su teléfono celular y presionó el contacto de Linda. No tuvo que esperar mucho antes de que ella atendiera. Apenas empezaba a sonar el segundo pitido cuando su novia descolgó y exclamó:
—¡Justin! ¿Estás bien? Estoy tan preocupada por ti...
—¡No tengo nada que ver con ellos! —expresó él con entusiasmo, riendo una vez más—¡Cielos! No tengo nada que ver con ellos...
—Jay, ¿todo está bien? —interrogó la joven, cautelosa, pues el exabrupto de su pareja la tomó por sorpresa.
—¡Por supuesto que sí! —aseguró el chico— Ellos no tienen nada que ver conmigo, ¡no pueden decirme qué hacer!
—¡Exacto! —corroboró Linda, al fin entendiendo lo que sucedía con su interlocutor y uniéndose al regocijo— ¡Eso es lo que yo pensé! No debes esperar a cumplir la edad de emancipación, podrías irte de esa casa hoy si quisieras y ellos no podrían hacer nada al respecto.
—Puedo estar contigo —añadió Justin de inmediato— No tienen derecho a prohibirme nada. Puedo estar contigo... —repitió, feliz, para luego apresurarse a decir— Quiero verte, Lin. Quiero verte ahora.
—Eh... Deberíamos tomarlo con calma —aconsejó la aludida, manifestando preocupación— ¿Ya has hablado con ellos al respecto? Creo que debemos planear bien ese movimiento antes de hacerlo, no sabemos cómo pueden reaccionar si vas a confrontarlos tan directamente, podrían...
—Iré a verte ahora —dictaminó su novio, interrumpiéndola— No me importa lo que hagan. Ya no.
La señora Bieber se sintió sumamente irritada cuando vio a Justin caminar con paso tranquilo por la sala de estar, directo hacia ella. Le había demandado que no saliera de su cuarto y odiaba que la desobedecieran.
—¿Qué haces aquí? —exigió saber, mas no esperó respuesta— ¡Vuelve a tu dormitorio!
—¿Cómo pudiste hacer algo así? —increpó el joven súbitamente— ¿Cómo tuviste el descaro de tratarme como lo has hecho toda mi vida, utilizando como excusa el título de madre?
La mujer no pudo evitar sentirse sorprendida, no solo por el abrupto interrogante, sino porque era la primera vez que escuchaba al muchacho hablar con tanta firmeza, sin tartamudear.
No obstante, se recuperó del pasmo con rapidez.
—¡¿Cómo te atreves a venir a cuestionarme, basura?! —vociferó— ¡Discúlpate por tu impertinencia y vuelva ya a tu cuarto! No quiero ver tu desagradable rostro por aquí.
—No eres nadie para darme órdenes —repuso él.
Visiblemente furiosa, ella se apresuró en su dirección y golpeó con fuerza su mejilla.
Justin no se dejó amedrentar por eso. Ignoró el dolor, como ya estaba acostumbrado a hacer, y en esa ocasión fue mucho más fácil, pues solo debió soportar el ardor físico ya que el impacto, por primera vez, no había lastimado su corazón.
Hizo contacto visual con la mujer al pronunciar:
—Tú no eres mi madre biológica.
Esas palabras funcionaron como un hechizo de congelamiento. Provocaron que la señora Bieber se quedara totalmente inmóvil, cada músculo de su cuerpo se volvió rígido, como la atónita expresión de su rostro.
—¿Qué...? ¿Qué estupideces dices? —balbuceó.
—No eres mi madre. Ni tu marido es mi padre. Ni tu hijo es mi hermano. Ustedes no son mi familia— decirlo en voz alta era aún más satisfactorio para Justin, por lo que continuó descargando— ¿Creían que yo les debía mucho por haberme traído a su casa y haberme dado su apellido? ¡Ni de broma! ¡Eso no fue ningún favor para mí! —proclamó, elevando el volumen de su voz— ¡No les debo nada por toda la miseria que me hicieron pasar!
Giró sobre su eje y se dirigió con prisa a la salida. Comenzaba a sentir que sus emociones lo sobrepasaban y quería calmar la tempestad desatada en su interior. No quería desperdiciar ni un segundo en ira y rencor contra los Bieber. Ellos no lo merecían.
Cruzó la puerta al exterior y caminó para alejarse. Mientras ponía distancia entre esa casa y él, experimentaba la sensación que pesadas cadenas, antaño atadas a su alrededor, caían al piso, dejándolo libre.
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