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|12| Mudando al fuego lo que antaño era frío

—¡Me lo juraste! —vociferó Linda.

La joven había pasado la última hora y media gritando, por lo que sus cuerdas vocales ardían como si pequeños trozos de cristal estuvieran adheridos a su garganta. Además, podía sentir lágrimas calientes resbalando por sus mejillas de forma incesante, dejando un rastro húmedo y rojizo en su rostro.

No le importaba. Nada de eso le importaba ya. Tantos años padeciendo el mismo dolor la habían conducido al hartazgo. El recato y la compostura estaban más allá de sus capacidades.

—Me lo juraste, Logan —repitió, dejándose caer en la silla frente a su escritorio, apoyando los codos en sus rodillas y observando el suelo, con aire abatido— ¡Maldita sea! Me miraste a los ojos y me juraste que no tenías nada que ver con eso.

—¡Tenía que hacerlo, Linda! —gritó él en respuesta— ¡Fue por necesidad! Iba a quedarme en la puta calle si no pagaba la hipoteca, necesitaba el maldito dinero.

—¡¿Pero necesitabas ganarlo así?! —acusó ella, irguiendo su postura— ¿Crees que tus necesidades justifican que andes vendiendo droga? —remarcó la última palabra con asco, como si quisiera que penetrara en el cerebro de su interlocutor para hacerlo entrar en razón.

—¡Mira esto, mira donde estás!... —indicó su novio, abriendo sus brazos para señalar su alrededor, al dormitorio de la Universidad— ¡Es obvio que tú no entiendes nada de necesidades, princesita! Ni de que tu vida esté constantemente en el borde del abismo. Uno está dispuesto a todo para evitar que, al menos por un día más, no se caiga.

—¿Estás dispuesto a todo? —repitió Linda, incrédula. Se levantó de la silla, golpeando con su puño el escritorio— ¡¿En serio? Si estás dispuesto a todo, Logan ¡¿Por qué no aceptas el bendito dinero que yo te ofrezco?!

El aludido apartó la mirada. Su cabello negro estaba demasiado largo, algunos mechones caían por su sien y tapaban sus ojos color verde oscuro... Ojos por los cuales la chica frente a él solía sentirse cautivada antes de que rompieran su corazón una y otra vez a causa de todas las mentiras que ayudaban a esconder.

—Oh, entonces, en realidad, no estás dispuesto a todo... —continuó ella, escuchando su propia disfonía a causa de los precedentes gritos— Porque no eres capaz de renunciar a tu maldito orgullo, pero sí a tu dignidad, ¡procediendo a cometer un delito!

—¡Ya cierra la boca, Linda!

—¡No voy a callarme! ¿Acaso no quieres escuchar lo que tú mismo hiciste? ¡Estás delinquiendo, Logan!

—¡Que te calles!

—¡Y me dijiste que no lo habías hecho! Cuando los estúpidos de tus primos fueron detenidos en esa fiesta y te lo pregunté, me juraste que no estabas allí, que no te habías enterado. Me lo juraste... —Linda quebró de nuevo en un llanto desgarrador.

—Tenía que hacerlo. Tú no eres capaz de entender...

—¡Mentiroso! —exclamó la muchacha, interrumpiéndolo— ¡Desgraciado mentiroso! ¡Cobarde!

—¡Te dije que te calles! —explotó él.

Se acercó a Linda con rapidez, la tomó de los hombros y la estampó contra la pared. Ella sintió un dolor agudo cuando su espalda chocó contra ésta, mas no tuvo tiempo de quejarse por eso ya que, de inmediato, el chico comenzó a sacudirla, gritando:

—Es fácil juzgar desde tu perfecta vida, ¿sabes? ¡Pues no tienes idea de lo que es la vida real fuera de tu burbuja!

—¡Suéltame! —exigió la aludida, asustada y dolorida por el exabrupto.

Logan detuvo sus movimientos, quedándose inmóvil y parpadeando unas cuantas veces. Al parecer, estaba tomando consciencia de sus actos y, por la expresión que empezaba a moldear su semblante, Linda sabía que estaba arrepentido.

—Dios, Linda... —susurró, separándose de ella, soltando sus hombros y dando dos grandes pasos hacia atrás— Por Dios, Linda, lo siento mucho.

—Vete —ordenó la joven, aunque su voz salió casi inaudible ya que no paraba de temblar y debía sostenerse del escritorio para evitar que sus piernas cedieran y cayera el piso— Vete de aquí.

La respiración de Logan era pesada. Su pecho subía y bajaba mientras el aire entraba y salía por su boca entreabierta. Sus ojos verdes lucían vulnerables y su novia deseó poder abrazarlo para sacar de él todos los demonios que lo atormentaban.

Mas no podía. No en la situación en la que se encontraban. Linda sabía que él era merecedor de su rechazo y deseaba poder apartarlo de su lado para siempre, deseaba poder odiarlo.

Sin embargo, también sabía que eso no era posible. Él volvería a buscarla y ella lo perdonaría. Tal vez al día siguiente o tal vez en un par de semanas, pero tenía la certeza que, cuando él regresara, lo iba a estar esperando con los brazos abiertos. La historia se repetía de aquella manera una y otra vez...

Excepto que, en esa ocasión, cuando Logan Roy salió por la puerta, lo hizo de manera definitiva. No volvió por ella como incontables veces lo había hecho en el pasado, sino que, por fin, se había marchado de verdad.

La prueba final de que su ausencia era algo permanente llegó cuando se cumplieron doce meses de su partida.

A Linda le sorprendió darse cuenta que ya había transcurrido un año de aquel episodio con su ex novio. Y más le sorprendía percatarse que ni siquiera lo había notado hasta que vio la fecha en su teléfono celular esa mañana.

El último par de meses había perdido la cuenta que había llevado a cabo con rigurosa minuciosidad, y cada día era más difícil recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que vio a Logan. Llegada a un punto, finalmente, ya ni siquiera se molestaba en contar.

Estaba ocupada con otras cosas.

Terminó de atar los cordones de sus zapatillas y se puso de pie. Guardó sus sandalias junto con su ropa en el casillero y, luego de cerrarlo, se giró para enfrentar al grupo de animadoras.

—¿Están listas? —su voz retumbó contra el metal de las taquillas del vestuario, creando un eco imponente— Los chicos están a un paso de la final, lo que significa que nosotras estamos a un paso de las presentaciones estatales. Quiero que estemos todas centradas en el cuadro y que salgamos allí afuera a dar nada más que lo mejor —alentó bajo la atenta mirada de su equipo— Las encargadas de los Scorpion, no pierdan su foco y quiero a las bases firmes, ¿ok?

Hubo una exclamación general que expresaba afirmación. Linda sonrió.

—Ahora, ¡a moverse!

Una tras otra, salieron al campo de fútbol donde llevarían a cabo uno de los cuadros finales de la temporada. El sol ya se había escondido y, en su lugar, la luna había tomado posesión del cielo, resaltando en la negrura de la noche. Los reflectores apuntaban directamente a la zona y la luminiscencia de los mismos las golpeó con un potente calor.

Mientras esperaban que el presentador las anunciara, los ojos de Linda examinaron las gradas llenas a rebosar. La multitud de gente se apiñaba en los asientos, mas eso no impidió que localizara rápidamente a quien estaba buscando.

Justin se encontraba en primera fila. Llevaba puesto un enorme buzo con su respectiva gorra sobre la cabeza. A pesar de estar escondido detrás de su ropa, la muchacha sabía que se trataba de él. Su estómago cosquilleó y apartó la mirada para no distraerse más de la cuenta, pero fue imposible que sus pensamientos abandonaran al joven espectador, aún mientras realizaba la presentación.

La adrenalina se disparó en sus venas al inicio del cuadro y no se disipó luego de llevar a cabo el truco final. El estallido de aplausos las despidió antes de darle la bienvenida al equipo de fútbol, a quienes ellas se encargaron de alentar durante el primer tiempo. Una vez que este concluyó, el marcador todavía exhibía un empate de cero a cero, pero eso no afectaba el ánimo, pues las porristas expusieron la breve presentación de medio tiempo que mantuvieron el espíritu de entusiasmo vivo en la multitud.

Finalmente, un gol de James Bieber logró que el equipo se consagrara ganador de aquel enfrentamiento y consiguiera un lugar en la final del campeonato. Todos estaban eufóricos, incluidas las animadoras, quienes se precipitaron a los vestuarios profiriendo exclamaciones de júbilo.

Linda tardó cinco minutos en ducharse. Enredó su cuerpo en una toalla y se apresuró al cuarto de las taquillas, encontrando allí a varias de sus compañeras de equipo que continuaban conversando y aún no habían entrado a las duchas. Abrió su casillero para tomar ropa, pero quedó petrificada por la sorpresa al encontrar dentro de este un enorme ramo de flores.

Rose, quien se encontraba a su lado, soltó un sonoro suspiro antes de expresar:

—Justin es tan tierno.

Una amplia sonrisa estiró los labios de Linda cuando tomó en sus manos las flores, todas de colores suaves y olores impresionantes, que se mezclaban formando un aroma tan peculiar como grato. Aspiró con fuerza y cerró los ojos.

Estaba de acuerdo con su mejor amiga: Justin era el chico más tierno del mundo y se sentía afortunada de poder comprobarlo todos los días.

Hacía poco más de un mes, uno de los domingos en los que visitaron a su padre, ambos jóvenes habían paseado por el puente abandonado y él le había pedido, titubeando y con las mejillas encendidas de un potente tono rojizo, formalizar un noviazgo. Por supuesto, ella aceptó de inmediato y las semanas que habían transcurrido juntos se sentían como una novela romántica. El muchacho la trataba de una manera especial, con mucha dulzura, algo a lo que ella no estaba habituada y, por lo tanto, todavía no sabía corresponder del todo bien. Pero lo intentaba, y lo seguiría intentando porque, con cada día que pasaba, podía sentir que Justin Bieber se robaba otro pedazo de su corazón.

—Sí, lo es —confirmó los dichos de Rose— Es perfecto.

—Bueno, ya, no me empieces a empalagar. Quiero llegar a los treinta sin diabetes —se burló su amiga.

El sonido de una taquilla siendo azotada llamó la atención de ambas. Sus miradas encontraron a Annie, quien, de pie a escasos metros de ellas, acababa de cerrar la puerta de su casillero con más fuerza de la necesaria. Al verla, la culpa oprimió el pecho de Linda, logrando que las agradables sensaciones precedentes casi la abandonaran.

Como capitana del equipo, durante años había procurado que ningún problema perturbara a los miembros del mismo. Sabía que la armonía entre sus integrantes significaba coordinación y excelencia en las presentaciones. Sin embargo, no había podido evitar que Annie se enojara con ella cuando se enteró de su relación con Justin.

Linda era consciente que su compañera había sentido una atracción por él, mas nunca imaginó que fuera tan profunda, al punto de que, en ese momento, le dedicaba un evidente trato frio y hostil. Había intentado hablar con ella para arreglar las cosas, pero se había cerrado por completo ante la sugerencia.

—Ignórala, Lin —murmuró Rose, inclinándose para oler las flores— Se le pasará.

La aludida asintió y, aunque el malestar aún persistía en su interior, sonrió a su mejor amiga.

—Sí...

Apoyó el ramo de nuevo en el interior del casillero y extrajo de éste su ropa. Cuando terminó de ponerse sus pantalones y su camiseta, procediendo a tomar su abrigo, expresó:

—¡Espera! ¿Cómo hizo Justin para abrir mi casillero? ¿Le dijiste mi clave?

Rose negó con la cabeza al tiempo que respondía.

—Nop. No lo hice. De todas formas, vengo diciéndote desde que entramos a la Universidad que 2121 no es la mejor combinación para ser una contraseña —se mofó, sonriendo con diversión— No hay que ser un hacker para acertar.

—¡Hey! Es fácil de recordar y de colocar —se defendió Linda, respondiendo a la broma— ¿Vamos? Muero de hambre.

—Sí. Los demás me enviaron mensajes diciendo que nos encontrarán en el local de comida.

Se encaminaron a la salida, emergiendo nuevamente al campo de fútbol. Los atravesaron en dirección al estacionamiento. Linda llevaba puesto un sweater color crema para lidiar con el fresco invierno y las coloridas flores que sostenía cerca de su pecho resaltaban debido al contraste.

Encontraron a Justin en el aparcamiento, escondido bajo la sombra de las gradas. Se había quitado el gorro del buzo y su cabello color rubio oscuro se mostraba desordenado. Sonrió ampliamente cuando vio a su novia acercarse y dio varios pasos apresurados hacia ella para encontrarla a medio camino.

—¡Hola, preciosa! —la saludó, enredando sus brazos en la cintura de la joven y elevándola en el aire para juntar sus labios.

Compartieron un beso profundo. Llevaban un par de días sin verse debido a sus respectivas ocupaciones y era evidente en aquella expresión de cariño que se habían extrañado. Cuando se separaron, debido a la falta de aire y al sonido de las falsas arcadas que Rose fingía graciosamente, el muchacho exclamó:

—¡Estuviste espectacular! Quería seguir viéndote por siempre. Estabas radiante, Lin.

—¿Ah, si? ¿Y se puede saber en qué momento te escabulliste a los vestuarios? —lo increpó ella, sonriendo con evidente alegría— ¡¿Y cómo es que sabías la contraseña de mi casillero?!

El interrogatorio desconcertó a Justin. Intentando procesar aquellas palabras, depositó a la chica nuevamente en el piso y fue entonces que oyó el crujir del papel y notó el ramo de flores que ella sostenía.

—¿Qué...? ¿De qué hablas, Lin? —indagó.

—De esto —sostuvo las flores en alto— Son hermosas, Jay. Muchas gracias —volvió a besarlo, esa vez, fugazmente a modo de agradecimiento, y continuó enunciando— Pero, en serio, ¿cómo hiciste para dejarlas en mi taquilla?

—Lin... Yo... Yo no dejé nada en tu taquilla —confesó el joven, todavía observando el ramo con gesto confundido.

Asombrada, Linda examinó el rostro de su novio antes de fijar sus ojos en las flores. Entonces, como si cada pedazo de información se conectara de repente en su cabeza, soltó un grito ahogado y las dejó caer, provocando que golpearan el piso y varios pétalos se desprendieran, flotando alrededor debido a la ventisca.

La muchacha giró sobre su eje para enfrentar la totalidad del aparcamiento. Su mirada paseó frenética por cada una de las personas allí presentes, esperando detectar el rostro familiar que, sabía, debía estar por ahí. Sus pies cosquillearon por la necesidad de correr entre la multitud y buscarlo, no obstante, antes de que pudiera hacerlo, sintió una mano posarse sobre su hombro, atrayéndola de nuevo a la realidad y reteniendo su impulso.

Volvió su atención el rostro preocupado de Justin.

—¿Lin? ¿Estás bien? —inquirió él.

La aludida aspiró una bocanada de aire y tragó saliva al tiempo que asentía.

—Yo... Yo...

—Necesita un subidón de azúcar, no comemos nada antes de las presentaciones —excusó Rose, interrumpiéndola— ¿Vamos por esas hamburguesas o qué? —urgió.

Linda volvió a contemplar las flores y, de repente, se echó hacia atrás, tomando distancia de éstas como si fueran algo venenoso.

Justin no consideraba que su propia inteligencia fuera colosal, pero era totalmente capaz de discernir las obviedades. El ramo, o, mejor dicho, el remitente de aquel, era el que había desencadenado los nervios de su novia. Una hipótesis empezó a formarse en su mente, mas no permitió que su cerebro llegara a la conclusión, pues la misma lo ponía nervioso.

No.

La descartó de inmediato. Se convenció que, siendo Linda tan atractiva, cualquier chico con un par de ojos podría haberle dejado ese regalo.

Aun así, sin siquiera pensarlo, se agachó y tomó las flores para luego caminar al cesto de basura más cercano y botarlas en él. Se dio vuelta para enfrentar a sus dos acompañantes.

—Sí, vamos por esas hamburguesas —acordó.

Se sorprendió a sí mismo con su accionar y con lo firme que su voz sonó. Meses atrás, en cualquier situación parecida (una que lo inquietara así) su inseguridad hubiera aflorado en un ínfimo instante. Sin embargo, en ese momento, lo único que quería era aliviar la evidente agitación que su pareja sentía.

Se acercó a ella y le tomó la mano, llevándola a sus labios para besar los nudillos.

—Vamos, princesa. Te permitiré comer un poco de grasa extra hoy —anunció.

Vio como las mejillas de Linda, pálidas hasta entonces, comenzaban a recobrar su color mientras una sonrisa se formaba lentamente en sus labios.

—¿En serio? ¿Y qué hay de ti? —insinuó ella— ¿Me dejarás comprarte una hamburguesa doble con queso gratinado y mucho tocino?

—Definitivamente, no —sentenció su novio.

Los tres emprendieron camino hacia el automóvil de la muchacha, sin advertir que había dos pares de ojos observándolos atentamente. Uno de ellos pertenecía a James Bieber.

—¿Qué diablos...? —balbuceó éste.

Esa noche, el jugador de fútbol había encontrado su partida demorada por algunos de sus compañeros y una decena de fanáticos. Estaba siendo idolatrado por el gol de su autoría que los había llevado a la victoria, pero la satisfacción que sentía por los elogios recibidos se esfumó en cuanto reconoció a Justin en el estacionamiento.

Para su completo estupor, observó que éste caminaba sosteniendo la mano de Linda D'amico y ambos conversaban animadamente entre sí. Tuvo que parpadear repetidas veces para asegurarse que lo que estaba viendo era completamente real y no una ilusión evocada por el cansancio.

La hermosa porrista que él había anhelado poseer durante tanto tiempo siempre se había mostrado distante frente a sus coqueteos. Había oído los rumores de la complicada relación que ella tenía con un chico problemático, y había adjudicado eso como la razón de su indiferencia. No estaba acostumbrado a que le negaran las cosas, por lo que, mientras más lo rechazaba la chica, más se encaprichaba por tenerla.

Ver como ella reía al tiempo que se estiraba y besaba la mejilla de Justin hizo que su incredulidad cediera y abriera paso a una fogosa furia. Quería correr hacia ellos y dañar al muchacho de alguna forma, como lo había hecho toda su vida, aunque en esa ocasión tenía un motivo sólido para ello. 

Se abstuvo. No podía hacer un escándalo ante los presentes. Reprimió el impulso, apretando su mandíbula con fuerza y respirando pesadamente. Se consoló sabiendo que en pocas horas haría algo al respecto.

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