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|11| Expeliendo destellos de ensueño al pasar

Ya que habían salido juntos a diversos lugares siendo solo amigos, había sido difícil para Justin encontrar un buen sitio donde llevar a Linda para su primera cita oficial.

Una vez que el receso de invierno terminó y ambos estuvieron asentados nuevamente en la rutina, el chico pidió consejos a la única persona en la que podía encontrar ayuda: Hugo Janks. Lo llamó por teléfono y le contó lo sucedido con la muchacha. Había podido apreciar a través de la línea que su tutor sonaba realmente emocionado por el tema.

El hombre le explicó, para esclarecer la nebulosa en la que Justin parecía encontrarse, que aquella etapa era la 'previa al noviazgo' y que era hora de empezar a concertar algunas citas. Si todo funcionaba bien en éstas, significaba que eran idóneos como pareja y podían dar el siguiente paso hacia una relación. Aquella información hizo que el joven se sintiera presionado.

—¿Y qué ti-tipo de ci-citas? ¿En d-dónde? —inquirió con preocupación.

La risa de Janks retumbó en su oído, incrementando sus nervios.

—Eso lo tienes que idear tú, niño mío.

Mientras trabajaba en el depósito de la Farmacia, su mente no paraba de maquinar planes que pudieran impresionar a Linda. Entonces, justo cuando estaba abriendo una enorme caja que contenía jarabe para la tos, sintió que su cerebro se iluminaba y llegaba a la conclusión perfecta.

Sonriendo con amplitud, comenzó a descargar el contenido del envase, ansioso por terminar su turno y dirigirse a la universidad de Gold North.

Linda estaba ansiosa por retomar la actividad con las animadoras. Las vacaciones habían sido provechosas para ella, pues ya tenía decenas de cuadros en su mente para entrenar y realizar en las presentaciones. Se lo comunicó a sus compañeras de equipo en los vestuarios y, pronto, vio su propio entusiasmo reflejado en el rostro de cada una de ellas.

Cuando ya todas se encontraban ataviadas con el traje pertinente, se dirigieron al campo y su capitana ordenó que comenzaran a elongar antes de la práctica. La misma fue ardua, pero el descanso del que habían gozado había renovado sus energías y la llevaron a cabo con destreza.

Al concluir, tres horas más tarde, Linda salió de las duchas y se enfrentó a la fresca brisa del exterior. Ésta impactó contra su pelo húmedo y provocó que un escalofrió se extendiera por su espina dorsal. Rose estaba a su lado y ambas estaban enfrascadas en una conversación mientras se encaminaban a la salida del campo. Podían vislumbrar un par de los jugadores del equipo de fútbol trotando alrededor de la cancha, pues el horario de su entrenamiento estaba por empezar.

—¡Ahí está Chad! —señaló Rose— Deberíamos ir a saludar.

El sonido de la voz de su mejor amigo llegó a los oídos de Linda como un eco ya que no le prestó atención. Su mirada había encontrado a Justin, de pie detrás de las gradas, medio escondido.

Se precipitó hacia él mientras sus labios se curvaban para mostrar una sonrisa. Habían estado separados poco más de veinticuatro horas, pero ya sentía en su interior que le hacía falta estar a su lado. Él la hacía sentir bien, verdaderamente bien, y no podía decir eso de muchas personas.

—¡Jay! —exclamó, deteniendo su carrera justo antes de chocar contra el pecho del chico, lo que provocó que resbalara un poco.

Justin la tomó de los brazos para ayudarla a estabilizarse y, en cuanto se cercioró de que estuviera bien, se echó a reír.

—¡Lin! Ten cuidado —sugirió entre carcajadas.

—Te extrañé —reveló ella.

La confesión escapó de su boca, sorprendiéndola. Su propia actitud la desconcertaba. No solía comportarse así, tan risueña y afectuosa, sin embargo, lo agradeció cuando vislumbró la enorme sonrisa que eso moldeó en el rostro de Justin.

—Yo también te extrañé —le respondió.

Él deseaba inclinarse para presionar sus labios contra los de la joven, mas no sabía si tenía el derecho a hacerlo. Antes de que su debate interno pudiera desembocar en alguna conclusión, Linda se estiró y lo besó con dulzura.

—Qué bello espectáculo.

Ambos se separaron para encontrar a Rose de pie a pocos metros, sonriendo con gracia. 

—Hola, Justin —lo saludó ésta.

—Hola, Rose.

La aludida sonrió.

—Es bueno volver a verte. Lin me ha dicho que has pasado las fiestas con su familia.

—Sí —confirmó él— Fueron las mejores vacaciones.

—No lo dudo —se mofó ella con gracia, guiñándole un ojo a su mejor amiga— Tú y yo hablaremos más tarde. Nos vemos en el dormitorio. Adiós, Justin.

La animadora se alejó de ellos a paso apresurado hasta desaparecer.

—Bueno, vine porque te extrañaba, eso seguro —empezó a decir el joven, acariciando la mejilla de Linda— Pero también quería... invitarte a un lugar —anunció, nervioso— Este sábado por la noche, ¿qué dices?

La chica estaba sumida en las sensaciones producidas por el tacto de aquellos dedos en su piel. Asintió, contemplando los ojos color ámbar frente a ella.

—Me encantaría ir contigo —aceptó— ¿A dónde, exactamente?

Él sonrió.

—Es una sorpresa —aseguró— Para nuestra primera cita.

Las palabras llenaron el corazón de Linda con pura emoción. Volvió a besarlo, esa vez, prolongando la acción.

Durante la semana, hablaron por teléfono en las noches como habituaban, pero no volvieron a verse. La estudiante asistía a las primeras clases de nuevas materias a las que debía prestarles suma atención y encontraba su tiempo divido entre ellas y el entrenamiento con las porristas.

No pasó mucho antes que volviera a sentirse agobiada, así que estaba feliz cuando el sábado finalmente arribó. La noche había barrido la luz del cielo como una ola de espesa umbría, no obstante, el firmamento despejado exhibía millones de estrellas y volvía la negrura algo hermoso.

Descubrió una temperatura agradable cuando abandonó su dormitorio y se enfrentó al exterior. Ingresó a su coche y condujo hacia la ubicación que Justin le había indicado por la tarde. No había reconocido la dirección y sentía en su estómago el cosquilleo provocado por la anticipación. Estaba realmente entusiasmada por la sorpresa.

Veinte minutos transcurrieron hasta que aparcó en un punto próximo al destino, ya que solo tuvo que caminar una cuadra para encontrarlo. Se trataba de un local que, a primera vista, parecía un pintoresco bar. Amplios ventanales ornaban la construcción de madera y basalto, revelando el interior del lugar. Un vistazo allí dentro bastaba para resolver que no era un bar común: altos estantes repletos de libros funcionaban como paredes.

Linda estaba cautivada por la escena y su vista comenzó a pasear por cada detalle. Entonces, la misma se topó con Justin sentado en un taburete de cuero, frente a una mesa redonda de vidrio. Sonriendo, ingresó por la puerta y se encaminó hacia él.

En cuanto Justin vislumbró a Linda, tuvo la sensación de que su corazón se salteaba un par de latidos. Se puso de pie para recibirla al tiempo que ella llegaba a la mesa.

—¡Hola, Jay! —lo saludó, otorgándole un breve abrazo.

—Hola, Lin —murmuró él en su oído, devolviéndole el gesto.

Se separaron unos centímetros y la chica aprovechó para examinar sus alrededores con mayor detenimiento.

—¿Esto es un café-literario? —interrogó— ¡No sabía nada sobre este lugar!

La fascinación que la joven delataba en su semblante hizo que Justin se sintiera satisfecho con su elección. Mostró una gran sonrisa al responder:

—Así se llama, pero no sirven mucho café, para ser sinceros. Aquí vienen algunos escritores cuando están pasando una etapa de bloqueo en su escritura y... bueno, ya sabes lo que sucede entonces —explicó.

Linda comenzó a carcajear, comprendiendo rápidamente lo que su interlocutor insinuaba. Un par de sus compañeras en el equipo de porristas eran estudiantes de Escritura Creativa, así que estaba familiarizada con ese tipo de comportamiento.

—Deberíamos llamarlo entonces un "whisky-literario" —bromeó.

—Exacto —corroboró Justin, uniéndose a su risa— Pero nosotros no venimos para eso. No al menos esta noche.

—¿Qué hay esta noche? —indagó Linda, tomando asiento junto al muchacho.

—Noche de poesía —reveló él— Hay micrófono abierto para que los asistentes compartan sus poemas favoritos, o lean lo que ellos mismos han escrito.

—¡Eso suena fantástico! —exclamó ella, asombrada.

—Lo es. Es mi noche favorita, ¿sabes? Yo... Bueno, yo no puedo leer poesía, así que esta es la única forma que tengo de acceder a ella —admitió.

Un camarero se acercó y les tendió dos cartas. Ambos inspeccionaron la lista de bebidas y alimentos allí plasmados.

—¡Cielos! De verdad hay muchos tipos de whisky —observó la chica.

—Sí, y deberías ver la sección de vinos: hay como tres páginas.

Ellos, por su parte, no ordenaron nada que contuviera alcohol. ÉL eligió una ensalada y un jugo natural, mientras ella optó por un sándwich de albóndiga y una soda de fresa.

—Todas tus arterias van a estar tapadas antes de que cumplas treinta —predijo Justin, cuando la comida estuvo en la mesa y divisó el plato de su compañera.

—No lo creo, señor salubre. Quemo toda la grasa en cada práctica con las animadoras.

—No toda. Jamás se puede quemar toda —argumentó el muchacho.

—Entonces, es una suerte que vaya a tenerte para ayudarme a desintoxicar mi sangre, ¿no?

Justin tuvo la sensación que su corazón golpeaba violentamente contra su pecho al oír aquella declaración, pues ésta aludía un futuro juntos.

—Sí, es una suerte —dictaminó, sonriendo.

Un micrófono estaba situado en la esquina más iluminada del bar. Uno de los empleados lo utilizó para anunciar el inicio formal de la Noche de Poesía. Tan solo un segundo después, un chico saltó de uno de los taburetes y caminó apresurado al lugar. Pese a su aparente entusiasmo por ser el primero en leer, su rostro delataba los nervios que sentía.

Después de echarle un rápido vistazo, Justin se inclinó para acercarse al oído de Linda y susurrarle:

—Seguro que va a leer algo sobre amor. Algo como... de un anhelo intenso.

La aludida lo miró con asombro evidenciado en su expresión.

—¿Cómo lo sabes?

—Vengo hace muchos años —explicó él— Ya puedo reconocer los patrones. Está muy nervioso y no para de mirar a la chica con la que vino. Probablemente, ella es el motivo por el que eligió el poema.

—Hola... —la voz del joven se escuchó amplificada por los parlantes— Eh... Quería compartir una de las obras maestras del gran poeta maldito, Baudelaire: "A una transeúnte". Eh... Así que... Aquí va... —carraspeó, sosteniendo cerca de su rostro un libro delgado, del cual comenzó a leer:

"Aullaba entorno mío la atronadora calle.

Alta, delgada, de riguroso luto, y majestuoso dolor,

una dama pasó, que con gesto fastuoso

recogía los oscilantes volantes de su velo;

ágil y noble, con sus piernas de estatua.

Yo bebí, crispado como un loco,

en sus ojos, cielo lívido donde se origina el tornado,

la dulzura que fascina y el placer que mata.

¡Un relámpago!... ¡Luego la noche! Fugitiva belleza

cuya mirada me hizo renacer de golpe.

¿Sólo en la eternidad podré verte de nuevo?

¡En otro lugar, lejos de aquí,

demasiado tarde, acaso nunca!

Pues no sé a dónde huyes, ni sabes dónde voy.

¡Tú, a quien yo hubiese amado! ¡Sí, tú que lo supiste!"

Los presentes aplaudieron con ímpetu cuando la lectura terminó. Linda había estado tan abstraída oyendo los versos que la repentina explosión la tomó por sorpresa. Procedió a unirse a la ovación, mas dirigió su atención a Justin:

—Tenías razón —apuntó, deslumbrada.

Él solo se encogió de hombros.

—Te dije, de verdad vengo mucho aquí.

Los aplausos cesaron. La chica aprovechó el silencio para hablar en voz más tenue:

—Así que, si yo tomara el micrófono, ¿qué crees que leería?

Una sonrisa moldeó los labios de Justin mientras examinaba el rostro de su acompañante. Luego, por un breve segundo, sus ojos se dirigieron al rincón del micrófono antes de volver a posarse en ella.

—Debería verte allí para adivinarlo —sentenció.

Aceptando el reto tácito, Linda se puso de pie. Los pasos que la condujeron al rincón fueron lentos, pues estaba revisando los archivos de su teléfono, buscando su poema favorito. Lo encontró justo al momento en que se posicionó detrás del micrófono. Cuando levantó la vista, se encontró con toda la atención del público puesta en ella, lo que provocó que se cohibiera.

Agachó la cabeza para esconder su rostro y comenzar la lectura, eludiendo presentaciones o cualquier otra palabra que no estuviera impresa en la poesía (después de todo, conjeturó que cualquiera de ellos sería capaz de reconocer a Shakespeare).

"¡Ay de mí! ¿Qué ojos ha puesto el Amor en mi cabeza?,

que no se corresponden con la visión real.

¿O dónde, si lo hacen, ha volado mi juicio?,

pues con error censuran lo que correcto ven.

Si es bello todo aquello que a mis ojos encandila,

¿por qué me dice el mundo, después, que no lo es?

Luego el amor revela que los ojos del Amor,

no son tan fidedignos como el ojo del hombre.

¿Cómo pueden los ojos del Amor ser veraces,

si están siempre ofuscados por vigilias y lágrimas?

No me sorprende, pues, que yerre con mis ojos,

cuando no ven ni el sol, hasta que el cielo aclara.

¡Oh, astuto Amor! Con lágrimas me ciegas,

para impedir que vea tus infames defectos."

Un par de segundos de silencio prosiguieron a las últimas palabras. Linda no se atrevía a levantar la vista de su móvil, tanto para no enfrentar las miradas sobre ella como para no revelar lo mucho que aquel soneto producía en su interior.

Entonces, repentinamente, la algarabía estalló. Aplausos y silbidos llenaron el lugar y fue en ese momento que decidió echar un vistazo. Al parecer, esas eran el tipo de obras favoritas de los concurrentes. Su mirada encontró a Justin entre la multitud. Él también aplaudía, aunque su semblante parecía un poco contrariado, como si realmente no supiera qué sentir.

Cuando volvió a sentarse a su lado, lo único que él comentó fue:

—Definitivamente, no hubiera acertado contigo.

Linda esperaba que dijera algo más, pero el chico le dedicó una sonrisa sincera y volvió a centrarse en los nuevos lectores que ya habían acaparado el rincón.

El resto de la velada resultó encantadora. Tomaron café mientras Justin le enseñaba de poesía formalista. Incluso trajo algunos libros a la mesa para mostrarle. Se trataba de una corriente literaria que propagaba el imperio de la forma de las palabras.

—No importa lo que se dice, importa cómo se dice —expuso él— Por ejemplo, este poema forma el dibujo de un espantapájaros con palabras y eso es más importante que el significado de ellas... Como yo, realmente, no puedo leer lo que dicen, este tipo de poesía me hace sentir muy bien.

La muchacha estaba encantada. Tanto por la cita como por su acompañante. Percibía que Justin era un ser maravilloso y, mientras más conversaban, abriendo sus almas uno al otro, más se preguntaba por qué diablos no se había derretido a sus pies cuando lo vio por primera vez en aquel armario de escobas tiempo atrás.

Porque, en ese bar, en esa noche, por primera vez en cinco años, diez meses y doce días, su mente había olvidado por completo la existencia de Logan Roy....

Pero el recuerdo volvió a surgir en su memoria apenas puso un pie fuera del bar, y fue el mismo Justin quien lo trajo a la vida.

—¿Eso es lo que crees del amor? —preguntó de forma abrupta, mientras ambos caminaban por la vereda, bajo las luces de los faroles que interrumpía la espesa negrura de la noche— Me refiero al poema que leíste... —esclareció el chico— ¿Eso es lo que crees del amor?

Linda suspiró con fuerza para responder:

—Eso es lo que conozco del amor.

Justin guardó silencio. Sabía que se refería a su ex novio y se arrepintió por haber tocado el tema. Sin embargo, el arrepentimiento duró tan solo un segundo. Descubrió que no había motivos para dejarse amedrentar por el recuerdo de Logan. Por primera vez, se sentía superior a alguien, pues sabía que jamás sería capaz de lastimar a Linda como ese tipo lo había hecho. Nunca le causaría daño semejante que la hiciera cuestionar su propia valía y el concepto del amor. Él también había padecido aquello y también había vivido sin esperanza...

Pero, entonces, la había conocido.

Detuvo su paso, por lo que su compañera hizo lo mismo. Se posicionó frente a ella para mirarla a los ojos.

—¿Y qué hay del amor en ese poema del chico que pasó primero? —interpeló.

—¿El de Baudelaire? Se enamoró de una mujer que pasó y jamás la volvió a ver, lo que lo dejó devastado. Tampoco es un final muy feliz —apuntó la joven en tono de broma.

—Un relámpago, una luz. Una sola mirada le bastó al poeta para renacer —declaró Justin— Puede que nunca llegaron a estar juntos, pero el sentimiento fue suficiente para traerlo devuelta a la vida... Eso hace el amor, Lin. Eso es el amor.

La aludida tragó saliva para deshacer el nudo que se había formado en su garganta. No quería extender aquel tópico de conversación porque estaba gestando una fuerte angustia en su interior. Había pasado una de las mejores noches de su vida, no quería terminarla llorando.

Se estiró hasta que sus labios encontraron los de Justin. Él procedió a abrazarla al tiempo que la besaba con plena suavidad. Una vez más, toda la tensión que ella cargaba abandonó su cuerpo y solo era consciente del ensueño y la alegría en su pecho. Sonrió en mitad del beso mientras enredaba sus brazos alrededor del cuello del muchacho.

Era feliz. En ese instante, era feliz.

Él rompió el contacto de sus bocas, pero no deshizo la presión del abrazo. Manteniendo los ojos cerrados, pegó sus frentes y sonrió.

—Gracias por venir conmigo hoy, Lin —susurró.

—Gracias a ti por invitarme —contestó la aludida en un murmullo— Es una experiencia maravillosa y es hermoso que la hayas compartido conmigo.

Los párpados de Justin se abrieron, encontrando la mirada de su acompañante de inmediato.

—Hermosa eres tú —aseguró, besando la nariz de Linda— No puedo creer que esté así contigo, a veces creo que estoy soñando. De verdad, muchas gracias por esto.

—Bien, ¿qué tal si dejamos de agradecernos uno al otro y me sigues besando? —insinuó ella, algo tímida por los halagos recibidos.

Él sonrió ampliamente.

—Ese es un buen plan.

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