Ocho
Era evidente que Manjiro ya no soportaba a Haruchiyo. Shinichiro tampoco lo hacía, a esas alturas.
Desde que ambos niños se habían conocido, Haru desarrolló una extraña y obsesiva fijación hacia él. El primer día que Manjiro tuvo que pasar junto a él por el celo de Wakasa, Haru se había empecinado en "cuidarlo": le cedía sus postres y sus juguetes, le enseñaba sus libros de cuentos, le palmeaba la cabeza cuando lloraba, incluso intentó cederle su chupón ya usado previamente.
Takeomi lo tomó con demasiado sosiego, incluso regodeándose de que su sobrino desde una edad tan tierna ya estaba ejerciendo de donjuán con un futuro omega.
A Shinichiro no le hizo ninguna gracia.
—Hablo en serio, Takeomi. Si Haruchiyo no aleja sus manos melosas de mi hijo, lo tomaré y me iré.
Wakasa le dio un codazo nada disimulado, pero que poco repercutió en el mal humor del alfa. Para más peso, Takeomi se burló riéndose en voz alta.
—No seas dramático, hombre. Es solo el instinto fluyendo libremente. Déjalos ser.
En ese momento los tres estaban jugando juntos en el suelo de la sala. Shinichiro, Wakasa y Benkei eligieron la tarde de un domingo para reunirse a almorzar y beber un poco; aunque al final se descartó lo último por la presencia de los menores.
Haru estaba sentado junto a Manjiro quién hacia chocar violentamente dos de las muñecas de Senju, simulando una feroz batalla que era vitoreada por la niña. Él se había dedicado a tomar mechoncitos del cabello rubio de Manjiro y peinarlos con un cepillo para muñecas, a pesar de que varias veces su portador se volteó para apartarlo; Haru seguía volviendo como un boomerang en automático.
Ambos niños ya tenían tres años cumplidos. Senju los secundaba apenas estando cerca de alcanzar los dos años. Se habían vuelto amigos desde el día en que Takeomi los obligó a convivir sólo para distraer a Manjiro de la lejanía de su papá. A Senju le gustaba jugar con él, todo el ritmo vertiginoso que implicaba una cita de juegos con Manjiro; ella realmente amaba correr entre tropezones tras él y participar en sus juegos. A Manjiro, por su parte, le gustaba el atrevimiento de la niña. A pesar de que había llorado la primera vez que interactuaron, resultó ser tan enérgica como él y disfrutaban jugar juntos a lo que sea.
—¡Ya no me toques! —se volteó con fiereza para espetar justo a la cara de Haru. Luego reanudó su juego con Senju como si nada.
Pero, sin importar cuanta renuencia Manjiro mostrara, Haru seguía tras él; y Manjiro detestaba eso. Obviamente Shinichiro estaba de lado de su hijo y lo detestó junto a él.
—Ya se hizo tarde. Tenemos asuntos que atender. —Wakasa creyó conveniente la hora para intervenir, ya que Shinichiro no lucía nada contento con que no se respetaran los deseos de su hijo y, aún más, que Takeomi se mofe de ello. Tomó la mano del niño para levantarlo como iniciativa.
—¿Tan pronto? —Takeomi inquirió, mirando al omega con una ceja alzada—. Deja que Shinichiro lo decida, no deberías hablar por él.
Ese alfa sabía la manera exacta de pinchar en los nervios de Wakasa. Le tenía cierta aversión que se molestaba en ocultar para no generar pleitos con su novio.
—Sí, de hecho, sí tenemos cosas que hacer —Shin concordó—. Manjiro y yo iremos de compras. Wakasa tiene asuntos pendientes con Benkei.
Los domingos ya no solía abrir el taller. En su lugar, lo dedicaba a pequeñas diligencias domésticas que involucraran pasar tiempo con su hijo o su novio; o simplemente alguna salida familiar. Sea como sea, eran días dedicados plenamente a su familia.
Pocas semanas después del celo de Wakasa, se mudó oficialmente a la casa de Shin, aunque ya pasaba el tiempo suficiente desde mucho antes como para creer que llevaba meses viviendo allí. Su mudanza consistió en llevar la ropa que le quedaba (porque ya la mayoría la tenía en el armario de Shinichiro) y los electrodomésticos que aún no había en la casa; lo demás lo vendió o se lo dejó a Benkei.
Ya tenía un año de relación estable. Sin contratiempos fuera de sus manos, solo peleas mundanas que se aseguraban de resolver conversando y fuera de los oídos de Manjiro, quién por supuesto había sido el más feliz desde que se encontraba al omega todos los días desayunando en su comedor.
Aunque no eran un matrimonio todavía, ya se denominaban una familia que incluso ya había creado mini tradiciones propias; como ver Gilmore Girls (a petición de Shinichiro) al menos una vez al año y pelearse por disyuntivas pequeñas sobre hechos de la serie. Incluso Manjiro y su elocuencia balbuceante ya formaban parte del debate.
Takeomi aceptó a regañadientes la justificación de Shin y tuvo que anticiparse llevándose a Haruchiyo antes de que armara una rabieta monumental al ver que se atrevían a llevarse a Manjiro sin su consentimiento. A Wakasa le parecía desagradable lo permisivo que Takeomi era con Haru cuando se trataba de Manjiro, ni siquiera tomando en cuenta la molestia de su pequeño; solo le gustaba jactarse de una coquetería precoz inexistente, porque apenas eran bebés todavía, por amor a Dios.
—Te espero en casa, ¿sí? No creo tardar mucho —Waka le indicó ya montado en su motocicleta, mirando al alfa que sostenía la manito del niño.
—Está bien, también trataremos de ser rápidos. Tenemos un maratón de películas pendiente hoy, no lo olvides —respondió sonriendo.
—Papá, yo también —Manjiro alzó la voz, tirando del pantalón de su papá con exigencia—. Yo también ¿verdad, papi? —esta vez se dirigió al omega con un puchero más lastimero.
Obviamente, para el mocoso era un pecado bestial que esos dos hicieran planes sin él. Él era imprescindible. Tenía que estar en medio de ambos siempre.
—Claro que sí, bebé —le respondió Waka con tono meloso condescendiente—. También pondremos películas para ti.
—Agradece que no te dejo con Haruchiyo una semana entera —Shinichiro bufó con fingido descontento por la intervención del pequeño. Éste, por supuesto, se lo tomó muy a pecho y le dedicó la expresión más ceñuda y enfurecida que pudo formar.
—No le hagas caso, Manjiro —Waka rio—. Y ya váyanse, o se les hará tarde.
Manjiro, a sus escasos 3 años —y medio—, ya conocía perfectamente las rutas que tenía que tomar para llegar al pasillo de dulces y al pasillo de juguetes cada vez que lo llevaban al centro comercial.
Ser pequeño contribuía a ser lo suficientemente escurridizo como para escaparse de su papá una vez que lo haya bajado del asiento para niños del carrito para empezar a pagar las cosas; las cuales, por cierto, no incluían dorayakis. Era gravísimo. Su propio padre lo había orillado a esa alternativa de tener que escaparse para conseguir sus preciados dulces. No tuvo otra opción.
Los inmensos estantes llenos de golosinas lo recibieron y Manjiro tuvo que aplicar especial concentración para centrarse en los dorayakis y no en los demás dulces que también parecían deliciosos. Sin embargo, al encontrar su tesoro, también se topó con el enorme problema de que la bolsita estaba en un lugar demasiado alto para su pequeño cuerpo, tan alto que ni pegando brincos llegaría a ella.
Mientras analizaba su situación (observar el paquete sin saber que hacer) se topó con una cabeza rubia justo a lado de su objetivo. Al soltar un tarareo confuso logró hacer que la niñita montada en el asiento para niños del carrito asentado justo al lado de los dorayakis, le devolviera la mirada. Ella tenía el cabello atado en dos coletitas en cada lado de su cabeza, sostenidas con lazos rosas y sus zapatos de brillantes colores colgaban arriba de los víveres en el carrito.
Manjiro ya sabía sobre colores y le era fácil identificar que su pelo era casi del mismo tono amarillo que el suyo.
Sin decir nada, apuntó hacia su bolsita objetivo mientras la miraba. La niña volteó hacia el lugar señalado, luego volvió sus ojos al niño, y de alguna manera captó el mensaje. Estiró su bracito hasta que sus diminutos dedos pudieron aferrarse a la punta de la bolsa de golosinas y lo dejó caer al suelo.
—Gracias —dijo Manjiro, aun con ceceo en su pronunciación, mientras recogía la bolsita.
—Okey —ella respondió devuelta con el mismo ceceo, pero ofreciendo una sonrisa de diminutos dientes de leche.
Mmmh, algo tiene esta niña, Manjiro quería pensar: ella aún olía a leche, pero había cierto aroma adherido a ella que no sabía reconocer con exactitud, pero que creía le gustaba. No sabía con qué palabras expresarlo y no quería frustrarse tratando de formularlas, así que estaba dispuesto a marcharse con su bolsita.
—¿Hiciste un amigo, Emma?
Un hombre con cabello amarillo apareció para tomar el carrito donde la niña estaba montada, después de depositar dentro un paquete. Emma —como parecía llamarse— al instante se recargó de alegría y sus piernas patearon con entusiasmo las barras de metal del carrito.
Manjiro lo miro curioso. Él también tenía algo... Quería pensar, pero nuevamente, su vocabulario aún no era lo suficientemente extenso como para expresarlo correctamente. Aun así, algo que sí podía reconocer era que el aroma extra que había identificado en Emma estaba muchísimo más acentuado en él, lo suficiente para discernir que era a quién le pertenecía.
Su aroma favorito era el de su papi Waka, pues siempre lo arrullaba para dormir y podía sentirlo de cerca, era tranquilizante y muy reconfortante. El de su papá Shinichiro destilaba protección. Era un poco más áspero que el de su papi, pero era el que tenía presente cuando despertaba de una pesadilla o cuando algo en la tele lo asustaba; así que lo tenía catalogado como un aroma acogedor, con el que sabía instantáneamente que todo estaría bien.
El aroma de esa persona era bonito, aunque no entraba en el mismo grupo que los aromas de sus papás.
—¿Y tus padres, pequeño? ¿Dónde están? —preguntó agachándose a su altura.
Mantuvieron miradas durante un par de segundos, donde el hombre frunció el ceño un momento antes de volver a relajar su expresión para evitar asustar al niño.
—Mi papá está con esa cosa que hace "bip" —trató de referirse a la caja registradora, sacándole una risita al hombre—. Vine por dorakis.
—No es correcto escaparse de los papás, ¿entiendes? —habló despacio, asegurándose que el niño comprendiera palabra por palabra, pero aun así Manjiro no supo que responderle a algo que ya tenía muy presente y decidió ignorar por voluntad propia—. Vamos con tu papá, o te perderás.
Justo en ese momento rememoró una de las advertencias sobre no escaparse de Shinichiro en el centro comercial, que lo infundió en terror y de inmediato sintió la necesidad de correr hacia su papá en la caja, si es que aún seguía ahí, pero justo cuando estaba a punto de ponerse en marcha, percibió el aroma de Shinichiro acercándose.
—¿Papi no te había dicho qué pasa con los niños que se pierden en el centro comercial? —escuchó su voz detrás de él. Para Manjiro fue un alivio, pues así estaría a salvó de ese peligro que Wakasa le había contado días atrás.
Shinichiro apenas se había asomado por la esquina del estante cuando Manjiro se enganchó a él, aferrando sus deditos a la tela de su pantalón, fingiendo que siempre estuvo ahí, aunque la bolsa de dorayakis aún colgara de su mano libre casi rozando el suelo.
El niño jaló del borde de la camisa de su papá una vez y estiró los brazos, esperando que éste lo levantara para marcharse; sin embargo, no pasó. Manjiro se preguntó si su papá se habría enojado lo suficiente para no levantarlo, pero eso rara vez sucedía. La última vez había sido por tumbar una caja llena de piezas de motocicleta simplemente porque lo creyó divertido, porque quería molestar a papá; pero dejó de ser divertido cuando notó que él estaba molesto de verdad. Aunque sólo le duró un día, fue escarmiento suficiente.
—Papá —llamó, volviendo a tirar de la tela para llamar su atención—. Vamos.
Nada.
Al alzar la cabeza, el niño notó que su papá no dejaba de mirar al hombre que le habló hace un rato, y así mismo, el hombre lo miraba de manera extraña, pero Manjiro no sabía aún como llamar a esa emoción. Solo sabía que iba a hacer un berrinche si su papá no lo levantaba para irse a casa con los dorayakis, eso era importantísimo.
—¿Yoshio?
No lo levantó todavía, pero el niño sintió uno de los brazos de su padre presionar contra su espalda para mantenerlo pegado a su cuerpo. También notó el cambio de ambiente en la alteración de los olores de ambos adultos.
Eso no se sentía bien.
—Mierda, no me digas que él... —el hombre pronunció, mirando a Manjiro con una expresión que podría describir como sorpresa. Sus dos manos rápidamente se aferraron al carrito, donde Emma también miraba confundida la escena—. Yo... Mierda, perdón, no sabía. Ah... Esto es extraño.
Hablaba pausado y agitado, como si hubiera corrido demasiado. Emma se hartó de la hostilidad del ambiente también y ella no se molestó en ocultar su descontento, ostentando su pronunciado ceño fruncido al hombre y pateando contra las paredes de metal del carrito.
—Papi, casa —demandó determinada, incluso cruzándose de brazos—. Casa.
El olor de su papá volvió a tener un cambio, mucho más súbito esta vez. Era la primera vez que lo reconocía tan... ¿Enojado? ¿Triste? No sabía, pero era malo y Manjiro solamente quería irse, porque injustamente en ese preciso momento donde no se sentía bien, Wakasa no estaba para abrazarlo.
Aunque... El aroma de ese hombre no se sentía mal.
—¿Ella es...? —Shinichiro no pudo completar la pregunta, pues una risa amarga lo interrumpió—. Cielos, ¿no conseguiste otro pobre idiota a quién legar toda la responsabilidad?
—¡Eso no se dice! —escuchó a Manjiro reclamar, haciendo referencia al "idiota" que se pronunció.
La niñita también parecía horrorizada por esa palabra.
—Voy a pedirte que no hagas suposiciones de ningún tipo, Shinichiro —Yoshio exigió, dedicándole una expresión fulminante.
—¿Y qué quieres que piense? Abandonaste a un hijo y enseguida corriste a tener otro, ¿qué carajos contigo?
Estaba plenamente consciente de que estaban armando un show en medio del pasillo, pero la ira que había tenido reservada era suficiente eclipse, tan potente que incluso las protestas de Manjiro eran arrojadas a segundo plano por su mente.
La bebé que lo había llamado "papá" lucía casi del mismo tamaño de Manjiro, y su habla también era parecida; así que sus edades no debían variar mucho.
Los tres eran jodidamente parecidos ahora que estaban juntos.
—No tengo porqué darte explicaciones —alegó con desdén. Pero, aunque mantenía un tono hostil y se aseguraba de remarcarlo con sus feromonas, durante algunos momentos miro a Manjiro durante un par de microsegundos, visiblemente suavizando el semblante—. Comienza a parecerse a ti.
—Obviamente. Es mi hijo —recalcó, sujetando al niño contra una de sus piernas.
Yoshio suspiró agotado antes de dirigirse hacia Emma y susurrarle que se calmara porque pronto irían a casa. La niña no se mostró convencida y siguió con expresión ceñuda y balanceando el pie con algo de fuerza, como si amenazara con hacer una rabieta aún más grande si no la complacían.
—Shinichiro, no te voy a pedir que me comprendas, pero tampoco me juzgues —impostó cruzándose de brazos, ostentando su determinación—. En ese momento no estaba listo para...
—Debes ser bastante rápido aprendiendo, entonces —interrumpió súbitamente. Sintió otro tirón a su camisa, que lo hizo recordar que no debía exaltarse. Uno, estaba frente a su hijo y dos, estaba aún en un lugar público.
Yoshio desvió la mirada, evidentemente evadiendo el reproche. Su mirada decayó hacia donde Manjiro aún se aferraba a Shinichiro intentando llamar su atención. El alfa distinguió en sus ojos un atisbo de desasosiego, pero no podía discernir el motivo exacto: o apenas empezaba a pesarle abandonar a su hijo, o solo estaba incómodo con el inesperado encuentro.
O quizá ambas.
—Me enamoré, esta vez de verdad —confesó con voz suave, mirando a su niña de reojo—. Es la primera persona con la que me sentí cómodo con la idea de una familia... Ya no soy como antes, Shinichiro.
—Y mientras tanto tu hijo posiblemente muriendo por desnutrición en el hospital, porque ni siquiera quisiste alimentarlo. —Shinichiro era consciente de lo duro que estaba haciendo, pero el rencor que había tenido retenido por tantos años abrían su boca y hacían que las palabras se soltaran solas.
—¡No quería encariñarme! —espetó—. No quería abandonar mi vida, no quería atarme de esa manera todavía. Si lo cargaba un segundo, iba a ser más difícil...
—¡¿Crees que para mí no fue difícil?! No sabía qué hacer —Sin querer, se le escapó cierto deje exasperado—, y mientras tanto tú viviendo tu vida, iniciando otra y, que ironía, teniendo una hija.
Yoshio arrugó las cejas y abrió la boca, preparado para responder, pero antes de soltar una sola sílaba Emma finalmente cedió a las emociones que la discusión le estaba provocando y su llanto se dispersó por el pasillo, distrayéndolos a ellos y atrayendo —aún más— miradas curiosas de desconocidos.
El omega de inmediato la tomó en brazos y le susurró una sarta de disculpas mientras la balanceaba con suavidad, pegando su cabecita contra su pecho.
Shinichiro sintió una frustración inexplicable cuando reparó en la atenta y curiosa mirada que Manjiro tenía puesta en la escena frente a él. ¿Era posible que de alguna manera lo supiera?
De alguna forma, su cabeza le proyectó una imagen futura de un Manjiro adolescente reclamándole lo injusto que era que su papá haya renunciado a su crianza por ocuparse con la de otra niña. Maquinó toda clase de repercusiones que este desplazamiento acarrearía en su niño, en cómo se sentiría cuando fuera más consciente de su verdad. Shinichiro sabía que su propio amor no sería suficiente para eclipsar ese sentimiento de abandono que se avecinaba para él, y eso lo frustró demasiado.
Finalmente cedió a la petición del niño y lo levantó en brazos, procurando marcharse de ahí antes que a Yoshio se le ocurriera decir algo más. Notó como Manjiro aún se esforzaba en mirarlo desde su hombro, estirando el cuello e inclinando su cuerpo hacia las figuras que dejaba atrás. Ese comportamiento lo decía todo: de alguna manera lo había percibido. Quizá aún no entendía suficiente, pero de alguna manera debía percibirlo. De por sí, era difícil que algo sin colores vivases o brillantes, o con al menos una ostentosa botarga encima enganchara su atención; posiblemente eran sus feromonas, o algún lazo a medio crear que formaron inconscientemente durante el tiempo de gestación, pero definitivamente Manjiro había captado algo en Yoshio.
Y esa neblina de arrepentimiento que opacaban los ojos del omega cuando miraba al niño, no le auguraba algo bueno.
—Oye, ¿y si vamos por pastel? —preguntó con suavidad rozando sus dedos contra la pequeña espalda, buscando atraer su atención—. Allá donde te gusta.
Contra su propio pronóstico, Manjiro gimió con queja y se retorció en su agarre. Que el niño adicto al dulce rechazara una oferta de pastel era insólito y realmente una mala señal, después de la escena que lo hizo presenciar. Maldita sea, ¿no pudo ser más considerado con su propio hijo?
Manjiro volvió a retorcerse en sus brazos con una queja, pero no parecía ser para pedir que lo soltaran. Estaba inquieto por algo que no sabía vocalizar, por un dolor que no sabía indicar ubicación exacta, y su cabeza debía ser un caos en ese momento con tantas emociones atravesándose entre sí.
Shinichiro lo acomodó mejor en sus brazos y dejó que el niño pegara sus ojos y nariz contra su cuello. Voluntariamente, dejó fluir un sutil rastro de feromonas destinadas a aliviar a su niño. Lo sintió dar un suspiro tembloroso contra su piel, seguido de pequeñas inhalaciones en busca del aroma.
—¿Te sientes mal? —preguntó con los labios pegados contra su frente—. ¿Te duele?
El niño asintió, dejando escapar un agudo quejido. No quiso seguir hablando para dar una explicación más profunda.
—Está bien. Ya nos vamos a casa —consoló balanceando con suavidad el cuerpecito en sus brazos, trayéndole calma—. Papá está aquí... Siempre estaré aquí.
Wakasa había estado obteniendo ingresos dando clases de artes marciales a niños en el mismo gimnasio donde Benkei trabajaba como entrenador personal. La paga no era tanta, pues la mitad del costo cobrado de las clases se destinaba al dueño del gimnasio, pero aun así era útil para cubrir al menos un par de caprichos, como salidas familiares al cine, comidas fuera de casa, o algún juguete para Manjiro. De todas formas, afortunadamente los ingresos del taller de Shinichiro aún eran suficientes para cubrir los gastos principales de la casa.
Hacía varios meses que él y Benkei habían empezado la planeación de su proyecto en conjunto: un gimnasio propio.
Dejarían de renunciar a fragmentos de sus pagos sin dejar de hacer algo que les gusta. Era un proyecto perfecto, aunque implicaba una enorme suma de dinero que aún con un préstamo generoso de sus padres y el banco, no abastecía del todo... ¡Pero, todo era parte del proceso! Inclusive Shinichiro había estado contribuyendo con los arreglos del lugar elegido, o con algún pago.
Wakasa creía sentirse un poco más completo ahora. Tenía un trabajo, tenía un pasatiempo, tenía un proyecto, tenía una familia que esperaba por él con comida casera servida en la mesa, tenía un bebé que lo llamaba papi, tenía un novio que parecía ser el maldito sol encarnado.
Definitivamente se sentía completo. Muy dichoso. Muy satisfecho con su vida actual. Mírame, Sayuri. Pude volver a ser feliz.
Cuando Shinichiro llegó a casa, Wakasa tenía reservado un tazón de dorayakis para su niño y dos tazas de café para él y el alfa. Sin embargo, la tensión del ambiente era fácil de percibir incluso antes de alcanzar el umbral.
Shinichiro tenía un brazo ocupado sosteniendo bolsas de compras, y el otro mantenía el cuerpo de Manjiro contra su hombro. Éste se aferraba a su cuello inclusive pareciendo estar dormido. No le preocupó demasiado ese hecho, pues Manjiro aún a su edad se dormía donde y cuando se le antojara; pero el semblante rígido y ausente del alfa era otra historia.
—¿Se durmió? Compré dorayakis para él —comentó en voz baja con tintes decepcionados, tomando al niño de los brazos ajenos y acomodándolo sobre su hombro.
—En buena hora. Yo los olvidé.
Wakasa arrugó las cejas por la respuesta inesperada, tan ajena, tan ausente; como una respuesta automática nada compatible con la personalidad tan eufórica de Shinichiro. Luego solo prosiguió a dejar las compras en la cocina, sin una palabra más, sin un relato atestado de referencias a programas de televisión y bromas sin gracia.
—¿Pasó algo, Shin?
El aludido le miro, aunque había una evidente renuencia en su semblante. Un atisbo de duda que le provocaba una mueca apesadumbrada involuntaria.
—¿Puedes llevarlo a su habitación primero? Te contaré a solas.
Ese era un pésimo augurio.
Asintió y acató de inmediato la petición. Dejó al niño en su habitación, rodeado de muros de mantas y con su puerta entreabierta. Para cuando volvió con Shinichiro, las manos ya le sudaban en medio de temblores helados.
El alfa le esperaba en el comedor. Las bolsas habían sido abandonadas sin desenvolver. Wakasa lucubró en miles de cosas a las cuales podía atribuir el comportamiento de Shinichiro, pero ninguno tan angustiante como la bomba que Shinichiro le soltó sin más:
—Me encontré con el otro papá de Manjiro.
Pensamientos entrecruzados se mezclaron en su cabeza apenas procesó esa frase. Ataron sus labios y sellaron su garganta, restringiéndole de poder responder.
Pero, ver cómo el semblante sombrío de Shinichiro de pronto se desfiguraba y rompía en lágrimas le sirvió de detonante.
—¿Qué ocurrió exactamente? ¿Qué habla...?
—Él tiene una bebé, Waka —le interrumpió con la voz rota, sin poder encarcelar un sollozo—. Abandonó a Manjiro y aun así tuvo otra bebé... ¡Mi hijo pudo morir y él sólo tuvo otra bebé!
Wakasa tuvo que abandonar su lado de la mesa para tomar lugar junto a Shin, abrazando su cuerpo y dejando que se deshiciera en lágrimas cuánto quisiera.
—Manjiro se sintió mal después de eso y tuvimos que regresar antes de tiempo. ¿Tú crees que él lo sabe, Waka? ¿Tú crees que él sepa que su papá lo abandonó por dedicarse a otra familia?
—Sshhh. —El omega apretó su cabeza contra su pecho, dando caricias a su mejilla—. Shin, él es aún muy pequeño para entender...
—¡Pero, entonces explícame! ¿Por qué lo miraba tanto? ¿Por qué lloró cuando lo alejé?
—No te martirices. Lo más probable es que tenga que ver con las feromonas. No lo pienses tanto...
De pronto, Shinichiro alzó la cabeza hacia el omega, exaltado y luciendo aterrorizado.
—Él no puede quitármelo, ¿verdad? Lo he criado por casi cuatro años. No puede hacerlo, ¿cierto? No cuando lo abandonó al nacer... ¿O-o sí?
El omega tuvo que agarrar agresivamente sus mejillas para obligarlo a frenar.
—Shinichiro —empezó con tono imperioso—. Ese niño es tuyo. Es tú hijo. Manjiro no conoce en absoluto a ese omega. Tú eres su papá, quien enmarca sus dibujos y abandonó sus antiguos placeres para dedicarse a su entera crianza. No hay comparación entre ustedes. Manjiro es tu hijo.
La respiración de Shinichiro menguó de velocidad, sosegándose ante el discurso de Wakasa.
Tenía un punto válido, suponía. Aunque la ley favoreciera a los omegas en el ámbito de la custodia de los hijos, no había forma de que algún juez insensato osara quitarle a su hijo para entregarlo a una persona que de ninguna forma estuvo implicada en su vida antes de ese desafortunado encuentro. Ni siquiera había intentado buscarlos antes, como para siquiera validar su supuesta "redención".
—Él también es tu hijo, Waka... Eres mucho más su padre de lo que él lo será algún día.
El aludido sonrió débilmente, pero podía sentir claramente como esa frase comenzaba a perder veracidad; como pintura desgastándose con la huella de las estaciones.
Tuvieron que transcurrir casi tres meses más para que Shinichiro volviera a ver a Yoshio, y esta vez fue en su propio taller.
Con su usual porte ególatra, aunque de facciones más maduras y agotadas (las consecuencias de criar un bebé), y de vestir más casual sin perder sofisticación.
—Shinichiro, hablemos como personas civilizadas.
Yoshio hizo reaparición magistral al fin.
Se viene el Wakasa vs Yoshio 😻 JAJAJJA
El tiempo va a avanzar un poquito más rápido ahora. Manjiro crecerá más, y ahora con el otro progenitor presente... El verdadero drama aún no comienza 😈
Creí que esto iba a durar como diez capítulos nada más, pero me equivoqué ajajjaaj aún falta bastante 😞
Gracias por leer! ❤
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro