
A masquerade
Había pasado una semana desde aquel partido Ravenclaw-Slytherin que tan fatídico había sido para el equipo de las águilas y tan beneficioso para el de las serpientes.
Aquel otro sábado, Margot y Cris estudiaban, frente a frente, en la Biblioteca de Hogwarts, con sus cabezas casi pegándose de tan concentradas que estaban las dos.
De cuando en cuando, Margot hacía un apunte sobre el libro de Pociones que estaba leyendo en un cuaderno que tenía al lado, y Cris no paraba de subrayar cosas en su libro de Cuidado de Criaturas Mágicas.
Estaban casi solas en la Biblioteca, pues aunque ese sábado no había quidditch ni ninguna salida a Hogsmeade planeada, eran pocos los que decidían sacrificar tiempo del fin de semana para ponerse al día. Aunque también eran pocos los que obtenían unas calificaciones como las de aquellas dos chicas.
Cris pasó una página suspirando, y justo entonces la puerta de la Biblioteca se abrió y Jaime Travers apareció en el umbral, con una sonrisa socarrona.
Cuando lo vio, a la bibliotecaria por poco se le cayeron las gafas, y de hecho dejó caer el lápiz que estaba sujetando: como maga sangre limpia que era conocía a Jaime Travers y a su familia de toda la vida, pero, en los seis años que llevaba trabajando en Hogwarts, era la primera vez que Madame Segara veía al chico entrar en sus dominios sin contar las ocasiones en la que había estado castigado.
Con total confianza, Jaime se dirigió hacia el mostrador y se apoyó sobre él.
-Hola Mizar -saludó a la bibliotecaria, que, de hecho, era prima suya-, ¿no te aburres por aquí?
Mizar Segara sacudió la cabeza, reajustándose las gafas de pasta azules que realzaban el tono ligeramente más oscuro de sus ojos y pasándose la mano por la parte trasera de la cabeza para comprobar que, en efecto, su moño seguía en su sitio.
El padre de Jaime y su madre eran hermanos, y de pequeña él siempre había sido su tío favorito, ya que era quien solía contarle todas las historias que la hacían soñar.
Como sus padres tenían que viajar a menudo por negocios, Mizar se había acostumbrado a pasar largas temporadas en la casa de los Travers, que eran sus padrinos. Durante este tiempo, y a pesar de los diez años que los separaban, se había convertido en una especie de mezcla entre amiga y hermana mayor de Jaime. Y, aunque después de que ella dejara Hogwarts y se independizara se habían distanciado un poco, seguían manteniendo buenas relaciones.
-Ya sabes que no soy capaz de aburrirme entre libros -replicó con la sonrisa enigmática que Jaime tenía asociada a su rostro-. Pero, ¿y tú por aquí? ¿Seguro que no tienes fiebre?
El chico rubio contuvo una carcajada cuando Mizar se puso de puntillas al otro lado del mostrador para medirle la temperatura de la frente con la mano.
-Pues no -dijo la bibliotecaria, pensativa-. No tienes fiebre.
-A mí también me sorprende, no te creas.
Mizar sonrió y volvió a acomodarse en su silla.
-Cuéntame entonces… ¿Qué necesitas? Últimamente los de séptimo me piden mucho Doma y manejo de animales mágicos. Tú también tenías esa asignatura, ¿no?
Jaime asintió.
-Sí, pero no te preocupes. Lo comparto con James.
-¿Entonces? -Mizar le miró enarcando las cejas.
-La zona de estudio es esa, ¿no? -Preguntó dubitativo, señalando hacia el lugar donde empezaban las mesas, aunque solamente algunas se podían ver desde aquel ángulo.
-Exacto. Y te aseguro que entrar ahí no es cancerígeno ni va a hacer que se te caiga el pelo ni nada -dijo Mizar con una risita-. Puedes entrar y concentrarte tranquilamente, que no se lo diré a nadie.
Jaime negó con la cabeza.
-Calla, calla, que yo todavía tengo una reputación que mantener, no la voy a comprometer de esa manera. No vengo a estudiar.
-Ya decía yo… A ver, ¿entonces? Te advierto que si has quedado en mi biblioteca para darte el lote con alguna de esas frescas con las que sales… -Mizar hizo una pausa para pensar en una amenaza adecuada-. En ese caso pondré en la puerta las fotos del verano en que fuimos de vacaciones a Liverpool.
Jaime se puso pálido.
-Ni hablar. Ni siquiera tú podrías ser tan cruel.
-No me pongas a prueba -Mizar guiñó un ojo-. Y ahora que ya estás advertido, dime.
-Pues para tu información no he quedado con ninguna para darme el lote en tus dominios. No estaría mal, pero…
-¿Y entonces? Me pone nerviosa la de vueltas que le das a todo, Jaime.
-Pues… -Jaime bajó la voz instintivamente, aunque no había nadie para oírles-. ¿De casualidad está aquí Cristina Avery?
Mizar enarcó una ceja rubia.
-Está en una mesa al fondo, medio oculta por las estanterías, con Margot Greengrass, en la que llamamos la mesa de las serpientes, porque además sólo ellas dos la utilizan o si acaso si vienen con alguien… Es muy raro, pero incluso cuando la Biblioteca entera está llena nadie se pone en esa mesa -Mizar se encogió de hombros-. Por lo visto siempre ha sido así. Cosas de slytherins.
-Vale, creo que me las apañaré.
-¿Qué te traes con la Princesa de Slytherin, Jaime? ¿Es tu nuevo ligue?
Jaime la miró, de forma indescifrable.
-No, pero aposté con ella y perdí… Y ahora me toca pagar.
-Tú y tus apuestas, ¿eh? ¿Cuándo aprenderás que los Slytherin sólo apuestan para ganar?
-Estoy en ello, no lo dudes -Jaime se echó a reír y, tras despedirse, se perdió entre las estanterías en busca de Cristina Avery.
¿Quién le habría dicho a él que iba a acabar precisamente en la Biblioteca en busca de una slytherin que, encima, llevaba años despreciándole? No se le habría ocurrido ni a Trelawney. Pero qué ironías tiene la vida…
Las encontró, en una mesa que, como Mizar había dicho, estaba semioculta por varías estanterías, y que era la única que daba a una ventana con inmejorables vistas de los terrenos. Además, casualidad o muy probablemente no, se encontraba muy cerca de una parte de la Sección Prohibida sin apenas vigilancia.
Margot tomaba apuntes en un cuaderno sin mirar siquiera lo que escribía, prestando atención nada más al libro que tenía delante, parando sólo de vez en cuando para retirarse el flequillo de los ojos.
Frente a ella, Cris llevaba el pelo recogido en un moño en lo alto de la cabeza, y se mordía el labio con expresión de extrema concentración mientras subrayaba en un libro.
Jaime se sentó en la silla que había a la cabecera de la mesa, pensando que a lo mejor podría pasar a la historia como el primer gryffindor en sentarse en aquella mesa. Ya, lo que vieras.
Las dos slytherins, tan concentradas como estaban, ni se dieron cuenta de su presencia, y Jaime -que no quería recibir ninguna maldición imperdonable por molestar, bastante se estaba arriesgando ya- esperó pacientemente.
Fue Margot la primera en darse cuenta de que estaba ahí, cuando tuvo que pasar la página de su cuaderno y levantó la vista.
Le dedicó una mirada capaz de helar el mismo infierno, y que hizo estremecerse a Jaime a su pesar, pero no dijo nada. Simplemente dio una patadita a su mejor amiga por debajo de la mesa y, con una sonrisita socarrona se dirigió a ella.
-Anda Cris… Si ha venido tu "amiguito" a hacerte una visita.
Cristina levantó la mirada, aún con el subrayador destapado en la mano, y miró alternativamente a Margot y a Jaime, par al final detenerse en él.
-¿Qué haces aquí Travers? -Preguntó, ladeando la cabeza-. ¿No tienes miedo de que se te pegue la inteligencia al estar en este lugar?
-Hola Avery… Venía a pagar la apuesta que hicimos -respondió él, ignorando la puya.
-Ah sí… Ya recuerdo. Aquella apuesta que gané de una forma tan increíblemente aplastante.
-Sólo porque tuviste suerte.
-Lo que tú digas. Pero gané. Así que quiero mis cupcakes. Quince galeones en repostería de Molly Weasley, corrígeme si me equivoco.
-Exacto, quince galeones en repostería… Pero permíteme recordarte que parte del trato era que los compartiéramos.
-¿Ah sí? Yo no recuerdo eso.
-La memoria selectiva es un problema muy extendido entre los de Slytherin -filosofó Jaime-. El Sombrero Seleccionador debería comentarlo el próximo uno de septiembre.
Margot, que hasta entonces se había limitado a observarles entretenida, intervino.
-Venga Cris, que no se diga que los slytherin no tenemos palabra -comentó, ligeramente burlona-. Que Travers te invite a merendar, total…Seguro que te lo pasas la mar de bien.
Cris dedicó una mirada asesina a su amiga.
-Fulana.
-Yo también te quiero, Cris.
Las dos se sacaron la lengua y Jaime pensó que no las entendía.
-Bueno Avery -dijo el merodeador, impacientándose-, vámonos antes de que decida comerme yo solo los cupcakes.
-¡Pero que no voy a comer cupcakes contigo!
-Sí que vas a hacerlo.
-Venga Cris, deberías ir aunque sea por los cupcakes… Y además así podréis resolver esa tensión entre vosotros… -Apuntó Margot, con la malicia de las mejores amigas.
Cris estaba lista para soltar una réplica, pero Jaime se la adelantó.
-Tú podrías aprovechar el tiempo para ir a buscar a Louis Weasley entonces. Porque ahí si que hay tensión no resuelta.
Pero Margot no se sonrojó y bajó la cabeza ante el comentario, si no que le miró fijamente a los ojos y respondió, muy tranquila.
-Tensión puede que haya, pero resuelta te aseguro que está.
-Cualquiera lo diría, Greengrass. Yo diría que aún queda mucho por resolver ahí.
-Pues te equivocarías, Travers. La Comadreja y yo nos enrollamos en el invernadero el día que empezó a salir con Jordan, errores que hasta yo puedo cometer. Pero, obviamente, no significó nada y ahí acaba todo. Resuelto a la perfección.
Por una vez, Jaime no supo qué decir. Margot recogió sus cosas, las metió en el bolso de bandolera que llevaba y se levantó para irse.
-Aprovecha ya que te invitan y tráeme algo, no seas rácana. Nos vemos luego, ya me contarás. Adiós, Travers. Espero que Cris no acabe contigo hoy; con un poco de suerte tardará un par de días en hundirte.
Antes de que nadie pudiera decir nada, Margot se fue, dejándolos solos.
Cris y Jaime se observaron, midiéndose con la mirada durante un momento. Él habló primero.
-Bueno, ya has oído a tu amiga, Avery. ¿Nos vamos? Podemos guardar un cupcake para que se lo des y quedes bien.
Cris le miró durante un momento más.
-Que conste que esto sólo lo hago por los dulces que me debes.
-A mí con que lo hagas me dan igual tus motivaciones personales.
Cris puso los ojos en blanco.
-Eres imposible, Travers. Vamos, no quiero perder más el tiempo -Cris recogió sus cosas en la mochila llena de parches y chapas, se subió la cremallera de la sudadera gris con capucha y se echó la mochila al hombro.
Jaime sonrió burlón, y los dos salieron de la Biblioteca a una prudente distancia.
Mizar, que había estado atenta, los vio salir, y ocultó una sonrisa tras su libro al tiempo que se reajustaba las gafas de pasta. No se rozaban, ni tampoco se miraban. Pero algo flotaba entre ellos. Un amigo de Mizar, un conocido científico que actualmente trabajaba en París, en el centro mágico de investigación Marie-Hélène la Belle, sostenía que el amor era una mentira, solamente una invención de la mente. Y una invención que, además, se acababa. Pero al acabarse, las personas tenían ya tan asumido el hábito de estar juntas que simplemente seguían como antes porque no sabían qué más hacer. Podía ser una teoría interesante para mucha gente pero, personalmente, Mizar la encontraba ofensiva. Ella era puramente de letras, y muchos de los que la conocían decían que tenía alma de poetisa, como en efecto había demostrado al publicar su primer libro de poemas: "Sueños de corazones en la niebla". Y creía en el amor, sin más ni más, como algo que simplemente existe y que no hay quien lo mida. Y también creía en la predestinación, en el hecho de que ciertas personas estaban destinadas a conocerse antes o después y a tener una cierta clase de amor.
No correspondía a Mizar decir si Jaime y Cris Avery se querían o se gustaban. Pero sí podía decir que tenían algo entre ellos que, de un modo u otro, algún día iba a estallar.
Elena había colocado varias almohadas extras sobre su cama, y ahora mismo estaba recostada sobre ellas leyendo un antiguo tomo sobre la traducción de runas antiguas que James había sacado de la biblioteca para ella unos días antes.
La chica sonrió al acordarse de James. El chico se había portado increíblemente bien con ella durante aquella semana, y había cumplido con creces la promesa de ser su enfermero… Un enfermero sexy. Elena sacudió la cabeza, cerrando el libro, pues no era capaz de concentrarse mientras pensaba en él...
-Joder, estoy loca -murmuró, mientras se pasaba la mano por el pelo.
"¿Qué estoy haciendo con mi vida?" -Pensó, mordiéndose el interior de la mejilla. Había jurado que no caería en las redes de James Potter por mucho que él intentara conquistarla… Pero lo estaba haciendo, no podía negarlo por más tiempo. El único consuelo que la quedaba era saber que James no era lo que ella había pensado en un primer momento. Sí, era un seductor: nadie podría negar eso. Pero también era una increíble persona. Era divertido, amable, siempre dispuesto a ayudar… Y en el fondo tenía ideas bastante profundas respecto a la mayoría de las cosas y anécdotas respecto a casi todo. Y bueno… Si Dominique tenía razón, y Elena empezaba a darse cuenta de que la tenía, el chico de pelo negro brillante y ojos color avellana sentía las mismas cosas. A lo mejor era verdad que había cambiado. ¿Por qué no?
Y hablando del rey de Roma… James Potter, alto, musculoso y con su típico aire arrogante entró por la puerta. Pero Elena notó que le faltaba la sonrisa.
-Hola pelirroja -saludó, con un cierto abatimiento que no le pasó desapercibido a ella, y se sentó en la cama de al lado-. ¿Estabas leyendo esa bazofia infumable que me pediste que te sacara de la Biblioteca?
Elena frunció el ceño.
-No es tan malo, la verdad es que además de las claves para traducir las runas cuenta algunas anécdotas y cosas sobre el contexto histórico que son de lo más interesantes y hay una parte sobre…
-Vale, vale, no he dicho nada. Las runas antiguas son mejores que el chocolate, ¿contenta?
-Y mejores que la leche condensada -rió Elena-. Pero dime qué te pasa. Traes cara de velorio… ¿Alguien ha intentado que te peines? Cuéntaselo a la Tita Pelorrojo.
James soltó una carcajada.
-Eso sí que sería una tragedia. Apuesto a que mi Club de Fans no lo superaría -dijo, pasándose una mano por el pelo para desordenarlo aún más-. Pues verás, Tita Pelorrojo, resulta que en dos semanas es la segunda prueba y yo todavía no tengo ni puta idea de qué tengo que hacer con el maldito arco del centauro para saber qué voy a tener que hacer… Ni nada.
Elena cerró los ojos un momento, para pensar mejor.
-¿Qué has probado? -Preguntó, aún en la misma posición.
James le explicó entonces las cosas que había hecho para tratar de descifrar el enigma, todas ellas sin resultado.
Elena abrió entonces los ojos y se le quedó mirando por unos momentos, observando como el pelo le caía sobre la frente morena, su nariz recta, sus pómulos bien definidos… Sí, definitivamente estaba tonta.
-¿Has probado a ver si tiene varias capas? -Preguntó, pensativa.
-¿Varias capas?
-Es algo que te enseñan nada más empezar con Preparación de Amuletos… Pero claro, en Hogwarts no tenéis esa asignatura.
-¿Y crees que funcionaría?
-No puedo asegurarte que sí al cien por cien, pero si ya has probado todas esas cosas y nada ha dado resultado habrá que probar algo diferente, ¿no? Yo puedo ayudarte.
-¿En serio?
-¿Estás tonto o qué? ¡Claro!
James se echó a reír de puro alivio que sentía, y la abrazó.
-Muchas gracias. Voy a por el arco, dame diez minutos que ya vuelvo…
-Es lo menos por lo mucho que me has ayudado, así que venga, tráemelo.
James asintió y salió corriendo en busca del problemático arco.
Una vez estuvieron en el exterior, Jaime se situó detrás de Cris y la tapó los ojos.
-¡Pero qué haces! -Gritó ella, apartándole las manos de mala leche.
Jaime la miró con la exasperación pintada en su mirada gris.
-Intento que el lugar al que voy a llevarte sea una sorpresa -explicó, poniendo los ojos en blanco-. Chica, visto está que no te dan muchas sorpresas, y menos teniendo ese carácter. Podrías aprovechar, que por una vez…
-No me dan muchas "sorpresas" de esas que tú dices porque no acostumbro a juntarme con idiotas, Travers.
-Me encantaría oír tu definición de idiota, seguro que es la mar de curiosa, pero ahora no tenemos tiempo. Si quieres estropear mi sorpresa, allá tú pero luego no te quejes.
Cris asintió, con la expresión terca que siempre ponía cuando estaba haciendo algo a regañadientes, y le hizo un gesto para que siguiera adelante.
Muy seguro de sí mismo, Jaime la condujo hacia el Bosque Prohibido por el camino más corto.
-¿Vamos a entrar en el Bosque Prohibido? -Preguntó Cris cuando estuvieron casi en la linde-. ¿Pero tú estás mal de la cabeza?
-Venga, no te hagas la remilgada, Avery, que seguro que no es la primera vez que entras.
Cris no dijo nada, porque él tenía razón. Había estado en el Bosque Prohibido para algunas ceremonias del cercle, pero en aquellas ocasiones había sido en grupos numerosos, con gente en la que confiaba y teniéndolo todo bajo control. En aquel momento estaba a solas con Jaime Travers y no tenía ni idea de lo que él estaba planeando.
Pero, por supuesto, su orgullo la impedía reconocer que estaba nerviosa, así que se encogió de hombros y lo siguió.
-Ya hemos llegado -anunció Jaime, parándose frente a dos altos árboles que, con sus ramas, ocultaban lo que había más allá de ellos.
Y, antes de que Cris dijera nada, Jaime la agarró y la cogió entre sus brazos, como si fueran una pareja en la noche de bodas. Sin hacer caso de las protestas de ella, pegándola más a él, de hecho, el chico pasó por entre las ramas con cuidado, hasta llegar a un claro relativamente grande.
Por un momento, Cristina se olvidó de que estaba en los brazos de un merodeador y casi completamente a su merced, maravillada hasta el lugar en el que estaba.
Se trataba de un círculo casi perfecto entre los árboles, con la hierba salpicada de pequeñas florecillas blancas, azuladas, amarillas y rojas. Las ramas de los árboles que los rodeaban por todas partes creaban una bóveda sobre sus cabezas que les impedía vislumbrar el cielo, pero aún así entraba la suficiente claridad.
Y, en el centro, el típico mantel a cuadros blancos y rojos con una cesta encima, repleta de todas las delicias que preparaba Molly Weasley.
Todo era precioso, y perfecto en su sencillez.
Salvo la compañía, pensó Cris, cuando de nuevo fue consciente de la presencia de Jaime demasiado pegado a ella, pero todo no se puede tener en esta vida.
-Bueno, ¿me sueltas ya? -Preguntó Cris, con impaciencia.
Jaime sonrió socarrón.
-Sí, sí, ya te suelto, no vaya a ser que te emociones…
-¿Perdona? Eres tú el que me ha cogido.
-Chica, porque alguien lo haga por una vez en tu vida.
Cris puso los ojos en blanco y cuando al fin la soltó, prácticamente corrió hacia la cesta y se hizo con un volcán de nata.
-Umm -prácticamente gimió-, los volcanes de nata son mis preferidos. Creo que podría pasar el resto de mi vida alimentándome a base de ellos.
Jaime se mordió el labio, tratando de ocultar cómo le había puesto verla así, y sobre todo oír su gemido.
-Así que volcanes de nata, ¿no? -Preguntó, sentándose frente a ella como si nada.
-Y Remolinos de Menta -añadió Cris, cogiendo uno de esos y comiéndoselo con la misma expresión de placer extremo. Jaime tragó saliva.
-Vaya, qué generosa repartiendo información, Avery. ¿Qué será lo siguiente, confesarme a qué quieres dedicarte?
-Medimaga -dijo ella, sin hacer caso del tono de él, mientras elegía otro dulce.
-Ah, medimaga... Claro, para poder cargarte a gente sin que sospechen, ¿no?
Cristina rió, recordando las ocasiones en que Margot le había dicho algo parecido.
-Me has pillado.
Cristina Avery y Jaime Travers nunca habían pasado tanto tiempo juntos, y mucho menos sin lanzarse nada a la cabeza, pero aquel día los dulces obraron magia y consiguieron pasar un rato normal. No quería decir que fueran a hacerse amigos de repente, pero podía considerarse una tregua.
Hablaron, no demasiado pero más de lo que solían. Y empezaron a darse cuenta de que, a lo mejor -y sólo a lo mejor-, el otro no era tan malo. Sólo malo a secas.
Sentada en el alféizar de la ventana de su habitación, a solas, Lily Luna Potter contemplaba la carta que una lechuza moteada acababa de traerle. Ni siquiera la había abierto aún: se había limitado a tocar el sobre y a leer una vez tras otra el remitente, escrito en gruesas letras negras. Lysander Scamander.
Lily suspiró y se bajó del alfeizar, dejando la carta ahí. Entró en el baño y volvió a salir al poco, con el pelo recogido en una coleta alta y el rostro con restos de agua. Se sentó, esta vez apoyada en el vidrio de la ventana, y volvió a coger la carta, lista ya para abrirla.
Pasó las manos por el cierre, que enseguida cedió. Se mordió el labio. Y al fin sacó los papeles.
Pero estos se le cayeron de las manos cuando sus ojos se nublaron y una nueva visión la invadió. Vio a Albus y a Rose. Y a Dominique y a Elena frente a ellos. Scorpius estaba en el centro de todo. Y sobre ellos, algo que la joven vidente tardó un rato en reconocer.
Al día siguiente, Madame Pomfrey y Ella Clark decidieron que Elena estaba ya lo suficientemente bien como para recibir el alta aunque, como apuntó Ella haciendo referencia a una de sus películas preferidas, Grease, seguía teniendo más cardenales que el Vaticano.
El día anterior James y ella habían conseguido desvelar el misterio que ocultaba el arco del líder centauro, y aquel día el chico se había encerrado en su habitación para investigar sobre qué debía hacer, así que fue Albus quien la acompañó.
-Bueno, después de esta semanita de vacaciones que te has tirado, ¿preparada para volver a la rutina? -Dijo Al, pasando un brazo por sus hombros en un gesto amistoso.
-Ni que hubiera estado en un luxury resort golf and spa -se rió la pelirroja.
-Um, tanto no, pero una semanita sin tener que salir de la cama, sin nada que hacer y con mi hermano de mayordomo… No está tan mal, ¿no?
-Se puede estar peor, se puede estar peor.
-Si es que las hay con suerte… El finde que viene me debes un maratón de Star Wars, que lo sepas, así que no hagas muchos planes.
-Eso está hecho.
Llegaron al Gran Comedor, pues era ya la hora de la cena, y se dirigieron hasta la mesa de Gryffindor, donde Dominique, Rose y Scorpius estaban comentando algo.
-¡Anda mira, si es nuestra amiga desaparecida! -Bromeó el slytherin, levantándose para que se sentara en su sitio, pues de todos modos se tenía que ir ya.
-Ya os habíais olvidado de mi cara, ¿eh? -se rió Elena, aunque en realidad habían ido a visitarla casi todos los días.
-Sí -añadió Nique-, Rose y yo estábamos hasta buscando otra compañera de cuarto, hemos puesto un anuncio y todo…
Elena se rió con ganas.
-Ay, qué ganas tengo de comer algo con fundamento de una vez, y no esos calditos de la enfermería -dijo, cuando apareció la comida. E inmediatamente se lanzó sobre la empanada.
Justo antes de que los postres aparecieran, McGonagall se levantó y esperó a que todos estuvieran atentos.
-Bien, ahora que tengo la atención de todos -empezó la directora de Hogwarts-, quiero comunicaros algo importante. El viernes de esta semana no, de la siguiente, se ha fijado para celebrar la Segunda Prueba del Torneo de los Tres Magos, y por tanto no habrá clase. Los directores de los tres centros hemos considerado que sería una buena oportunidad para juntarnos todos y estrechar lazos celebrar una fiesta el día siguiente, sábado. Para que, además, os animéis más a conocer gente nueva, se tratará de una fiesta de disfraces y todo el mundo deberá llevar una máscara que no se retirará hasta la medianoche. El fin de semana que viene podréis ir a Hogsmeade a comprar lo que necesitéis o a la oficina de Correos si queréis que vuestros padres os manden algún paquete con la ropa. No vamos a oponer ninguna norma respecto a los disfraces, pero sí que os pedimos un mínimo de decoro. Eso es todo.
En cuanto McGonagall volvió a sentarse todo el mundo comenzó a comentar la noticia con alegría. Una mascarada… Iba a ser muy divertida.
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