Ursa
—¿A dónde vamos?
Íbamos en su camioneta. Puse mi lista de música y él sonrió.
—Conozco un lugar que, espero, te guste. Sospecho que sí, pero veremos.
—Uhm. —Arqueé una ceja—. Sí, ya veremos.
—Es que mi chica lista es muy difícil de complacer.
Fruncí el ceño.
—¿En qué momento empecé a ser tu chica lista?
—¿No eres lista?
—¡No! ¡O sea sí! —rectifiqué enseguida—. Me refiero a... A esa otra palabra —renegué.
—Te tengo una buena noticia —dijo de pronto—. Se vendió uno de los brazaletes.
Me sorprendí y me puse nerviosa.
—Eso fue rápido. ¿Le gustó?
—Bueno, dejó cinco estrellas, así que imagino que sí. Preguntó si de verdad lo había hecho una evolucionada. Debería tomarte una foto y ponerla para que vean que eres real.
—Uhm. —Junté mis manos sobre mis muslos—. No lo sé.
—Tania me ayudó a idear alguna especie de biografía en el perfil. Mira. —Me dio su teléfono y lo tomé con duda, ya que se suponía que era personal—. Ese es.
La foto era el de un gato y lo miré de forma acusatoria, a lo que él sonrió encogiendo los hombros.
"Desde un pueblo entre las montañas, trabajo el cuero a mano para realizar finos brazaletes. Soy una chica evolucionada que ha decido dar a conocer su arte."
—No es tan extenso porque éramos dos trogloditas intentando escribir algo coherente por primera vez luego de años desde la escuela —se excusó—. Y mi hermano no estaba. Él es el inteligente.
—Me parece que está bien. No dice mucho. Eso es más que suficiente.
Sonrió ampliamente y su expresión cambió.
—Ah. Soy lo máximo, ¿eh? Por eso me llamo Max. —Ahogué una leve risa—. Voy a subirles el precio, si te parece bien. Ya encargué una tarjeta, además. Te la doy en cuanto llegue.
—¿En cuánto dinero humano los has puesto?
—Quince dólares.
—Es demasiado.
—¿Qué? No. Debes contar las horas que te toma hacer cada uno, el costo del material, de las herramientas, el costo por tu trabajo y agregarle el hecho de que eres una gatita y a los humanos les encanta lo exótico.
Posiblemente eso lo sabían los artesanos, costureros y otros similares oficios en mi pueblo, para vender algunas de sus cosas más "diferentes" a lo genérico.
—Con que exótico.
Me miró sonriente y volvió a ver al frente.
—En un negocio es así. Tiene que cubrir el producto y además tienes que pagarte a ti misma. Entonces el dinero del negocio es aparte del tuyo propio. No sé si me estoy explicando bien, pero es algo así, por eso se hacen esos cálculos.
Arqueé una ceja.
—¿Y dices que el listo es tu hermano?
Me miró con extrañeza.
—Créeme, no lo soy.
Me guió por las calles de la ciudad. Miraba a mi alrededor viendo los llamativos anuncios. Los edificios altos, la gente andando con ropas tan extrañas y diferentes. Había mucho ruido para mí, pero no me importaba.
Un anuncio me llamó la atención por sus colores llamativos. Era una mujer sobre el pecho desnudo de un hombre, llevaba joyas que se veían como oro, y un vestido amarillo. Había una botellita al lado y decía "perfume".
Arqueé una ceja. Miré a otro anuncio y había otra mujer mirando a alguna parte, con unos lentes de sol, más joyas, y un bolso rojo con detalles dorados también.
Miré mi falda y mi blusa sencillas.
Me espanté cuando más allá vi otro anuncio con otra mujer recostada en una silla bastante baja, con ropa interior y un sombrero grande que la cubría del sol.
—Vaya —resoplé. Me di cuenta de que Max la veía y me ofendí—. ¡Qué miras! ¡Está en ropa interior! Qué descaro.
Soltó una carcajada.
—Es un traje de baño. ¿Recuerdas? Como en la playa en la que estuvimos.
—Pues está mostrando todo su cuerpo a todos los hombres.
Volvió a reír.
—Nosotros los humanos no hacemos alboroto por eso. Creo que ya lo he dicho —me calmó—. Ven. Ya estamos cerca.
Entramos a un local y una mujer son escoltó a una mesa. Había una pared baja al lado, que pasaba por todas las mesas, llevando platos pequeños con extraños bocadillos.
—¿Qué desean de bebida? —Notó mis ojos y vio a Max de forma disimulada, luego a mí de nuevo y se aclaró la garganta, volviendo a ver a su libreta.
—Un té —dijo él, con cierta emoción—. De esos que tienen una flor y cuando se le echa el agua caliente, se expande y eso.
Ella asintió y se fue.
—¿Qué son esos? —señalé a los platitos que iban pasando.
—Es sushi. Es hecho con pescado crudo, mariscos, pollo o carne cocidas. También los hay con pescado cocido. Puedes tomar el que te llame la atención, o pedimos de la pantalla para que lo preparen y venga.
Sonreí.
—¿Y cómo saben que fuimos nosotros los que agarramos los platitos?
Encogió los hombros.
—Supongo que tienen un sensor por mesa. Anda —me animó—. Prueba uno.
Levanté uno de los platitos que tenía dos bolitas de arroz con un pedazo de pescado encima. Tenía, además, un poco de crema verde a un costado.
—¿Es salsa?
Hizo una mueca.
—Es lo más picante que puedes probar en tu vida. Al menos eso dicen. Así que, si no te gusta lo picante, recomiendo evitarlo.
—Oh, bueno. —Lo olfateé—. Yo no, pero a mi papá sí le gusta lo picante. A veces exagera y luego lo escuchamos lamentarse en el baño del jardín más alejado de la casa.
Soltó una sonora carcajada que hizo que mi estómago fastidiara de pronto, pero también me hizo sonreír.
Volvió la mujer y dejó una jarra pequeña con dos tazas. Max agradeció y ella volvió a irse. Me sirvió el agua caliente sobre la flor seca que estaba en la taza, y esta empezó a abrirse. Sonreí a labios cerrados. Brotó el aroma de esta y el vapor del agua humedeció mi nariz.
—Si gustas, y si todavía dudas un poco sobre los gérmenes, puedes beberlo desde la parte en la que está el asa. Oh, bueno. —Se rascó la parte trasera de su cuello unos segundos—. Al menos eso decía mi mamá. —Sonrió, cruzando los antebrazos sobre la mesa—. Decía que por ahí casi nadie bebía, y así no había tanto germen, en caso de que no estuviera bien lavada. Aunque puedo asegurar que ahora las hierven.
Asentí y decidí seguir ese consejo de todas formas. Sin embargo, pensé, al ver a otras personas con vasos sin asas.
—¿Qué pasa si es uno de esos vasos?
Él volteó a ver y rio entre dientes.
—Ah, supongo que no se puede escapar de los gérmenes. Claro que puedes usar uno de estos. —Levantó un tubito de cartón de los dos que la mujer había dejado en la mesa.
Sonó una corta y baja alarma y, en otro carril superior al que tenía los platitos, vino un plato hasta detenerse a nuestro lado. Él lo tomó y lo puso en medio. Era sopa. Luego agarró otros de los platitos.
Me animé a probar el que tenía un relleno extraño junto con un marisco desconocido para mí, porque era del mar, algo que no teníamos en el pueblo, y los sabores explotaron en mi boca.
Tenía algo que era hecho con leche, que, según la descripción, era "queso crema". El marisco era entre chicloso, como un cartílago muy suave, y también tenía aguacate. Todo adentro de la bolita de arroz, envuelta en una planta marina y salsa marrón encima.
—Uhm. —Estaba estupefacta.
—¿Sí te gustó?
Asentí y me llevé otro a la boca, haciendo que riera entre dientes.
—A mí y a mi hermano nos encantaba venir aquí. Últimamente no hemos tenido tiempo, pero vale la pena.
—Nosotros a veces tenemos peces del lago y los cazamos —comenté—. Solo una temporada, porque, según los ancianos, tenemos que dejarles un tiempo para que se multipliquen de nuevo y no se acaben.
—Me parece haber leído hace años que hay un pueblo de evolucionados cerca al mar, pero algo lejos de aquí. Imagino que ellos sí tienen acceso a esa fauna. Y vaya que han de ser fuertes, porque lo salvaje del mar puede estar contaminado. Esto es hecho con animales provenientes de "granjas". O sea, no han sido pescados en el mar.
—Oh. Vaya.
Los humanos quizá carecían de muchas cosas, pero habían sabido suplir sus carencias en muchos aspectos. Ya no tenían que cazar porque ellos criaban a los animales.
Nosotros solo criábamos unos pocos, como un par de aves, las vacas, para que ayudaran a los agricultores, o en caso de emergencia, tener que sacrificar a una. A papá, eso no le agradaba, ya que él las cuidaba, pero era el ciclo de la vida.
Si nosotros criáramos venados o conejos, ya no tendría que cazar...
La noche estaba fresca. Caminábamos por un "parque", que era como los humanos llamaban a sus áreas verdes. No había tanto árbol como en mi pueblo, pero los que estaban ahí se les notaba bien cuidados. Había también un pequeño lago. Él estaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta abierta, se veía muy casual.
Veía personas trotando con ropas pegadas. Imaginaba que intentaban hacer ejercicio o despejarse del estrés que ellos mismos se ocasionaban. Otros caminaban como nosotros. Algunos en grupo, o en parejas, tomados extrañamente de las manos, como si pudieran perderse.
Llevaban a sus perros, animales que querían olfatearme o me ladraban desde lejos. Sus dueños los detenían y seguían. Como estaba oscureciendo, no notaban mis ojos, además de estar distraídos.
Todavía escuchaba el ruido de los autos corriendo desde una de las autopistas, pero me recordaba un poco al sonido del mar, así que no me molestaba.
No había estrellas, pero sí un par de luces que se movían. ¿Eran aviones?
—Uno es un dirigible —aclaró Max—, y otro un helicóptero que ha de estar yendo a algún hospital.
Giré para quedar frente a él, deteniendo mi caminata.
—Por cierto. ¿Ese mensaje que mandaste acerca de brincarte encima...? —Él rio y siguió caminando hasta rodearme con sus brazos, disparando mi corazón—. Si lo hago, podría romperte alguna costilla —seguí hablando, controlando que mi voz no sonara entrecortada o rara por mis latidos.
Aunque probablemente él no notaría esos cambios mínimos como un evolucionado lo haría. Alcé la vista y mis ojos encontraron los suyos. Se sentía bien estar rodeada por sus brazos con esa chaqueta que tenía puesta, contra su pecho caliente.
—Creí que era Jorge y quise bromear. No pensé que fueras tú en verdad, pero eres mi chica lista, así que perdón por subestimar tus poderes. —Arqueé una ceja, mirándolo incrédula. ¿Qué clase de broma rara era esa?—. Y discúlpame por decir que hoy no podía ir a verte. Es que soy un estúpido.
—Dudo que eso sea una excusa.
—Lo es. Es que... Estoy asustado, supongo. —Me liberó parcialmente de su abrazo. Tomó mi mano que estaba contra su pecho y la retuvo así—. Has entrado aquí. —Volví a alzar la vista, sorprendida, con mi corazón latiendo a mil. Su mirada era sincera y profunda—. Y-y tengo miedo. —Negó—. Porque sé que, si decides salirte, vas a romperme.
Entreabrí los labios. Mis mejillas se estaban tibiando.
—Ah... —Me aparté un paso—. ¿Cómo romperte?
Resopló y volvió a negar con una sonrisa de culpa.
—Perdona. No soy bueno con esto de confesar sentimientos, así que iré directo al punto. Es mejor. —Sus ojos profundos no se apartaban de los míos—. No voy a decir que eres mi otra mitad o alguna tontería de esas. Tú eres una mujer completa, hecha y derecha, y por eso quiero estar contigo. Me gustas, siento algo muy diferente por ti. Quiero intentar darte todo lo que mereces. No soy bueno en esto, no soy romántico, pero haré todo lo que me nazca, por ti. Prometo hacerte sentir segura, hacerte sentir muy bien.
—Eres humano.
—¿Y?
—No puedes prometer eternidad.
Sus hombros decayeron levemente.
—Ah... ¿Quién dice que no?
Me abracé a mí misma. Yo también estaba asustada, pero porque, en parte, recordaba lo feo que sentí cuando Sirio me dijo que se iría. Aunque él nunca sintió algo más allá de amistad y hermandad conmigo.
—C-creo que también me gusta estar contigo —confesé con un hilo de voz, así que recuperé mi tono—. Pero, si un día se te pasa, como les sucede a los humanos, y te vas, yo solo habré perdido el tiempo.
—¿Crees que enamorarte y pasar buenos momentos con alguien es perder el tiempo? O, bueno, tal vez para tu cultura, pero yo no creo que sea así.
Sí quería sentir ese poderoso sentimiento. Todo lo que podía causar si era correspondido, como había dicho mi mentora. Lo poco que había experimentado con Max me había tibiado el corazón, me hacía querer más, me hacía querer intentar lanzarme al vacío con él.
Los humanos, además, eran menos recatados con lo que sentían y no se guardaban nada en cuanto al contacto físico. Me gustaba sentirlo cerca, me gustaba que me rodeara en brazos, o incluso el mínimo contacto.
—No tienes que responder ahora. Podemos seguir saliendo y ver si te animas o si no. No hay problema. —Apretó los labios en una sonrisa, restándole importancia, aunque parecía hacer eso a fuerza—. Ven. Hay más cosas por ver en este parque —me animó.
Aunque yo no pude dejar de pensar en lo que había dicho. Mi corazón daba un brinco con cada sonrisa que me daba, cuando su brazo rozaba con el mío al caminar, cuando me ofrecía probar un dulce de un puesto de los que había en el lugar.
Subí con él a una máquina, conteniendo la risa. Era un "simulador" de una montaña rusa. Así que no tenía que preocuparme por la seguridad, ya que sabía que estaba al nivel del suelo.
No conté con que los movimientos de la máquina fueran a sentirse tan reales, con la vista en primera fila a la montaña, como si de verdad estuviera ahí. Había visto a las otras máquinas girar, y entonces supe que sí que iba a sentirlo.
Abrí la boca mientras "subíamos" a lo más alto, presintiendo ya la caída. Tragué saliva con dificultad y mi mano se aferró al plástico que me mantenía pegada al asiento, mientras que la otra se posó en algo firme y tibio. La pierna de Max.
Reaccioné y él rio.
—Tranquila. Estamos en el suelo, es una simulación.
Asentí volviendo a mirar al frente. Su mano se había posado levemente sobre la mía, la giró despacio al sentir que yo movía la mía, y mis dedos encontraron su camino hasta entrelazarse con los suyos.
Mi corazón latía a mil, golpeando mi pecho, mientras nos acercábamos al borde de la caída. Respiré con los labios entreabiertos, sintiendo esa cálida y fuerte mano aferrada a la mía. Subía a las estrellas.
Caímos, y no pude evitar soltar un grito mientras él reía.
Bajé y reí, acalorada, respirando agitada por haber gritado, por haber liberado tanto. No sabía que había necesitado tanto gritar. Gritar con mucha fuerza. Había necesitado eso desde que era una niña. Estaba segura de que me habían escuchado afuera, así como yo escuchaba a los que estaban en las otras máquinas que daban vueltas en su mismo eje.
Max me miraba con diversión, riendo entre dientes.
—Se nota que has estado conmigo ahí adentro —bromeó. Aunque no entendí bien a qué se refería—. Creo que le tengo envidia a esa máquina ahora —susurró al final.
Le sonreí levemente y mis ojos lo recorrieron para luego quedarse en los suyos. Él había dejado de sonreír para dedicarme esa profunda mirada suya.
Retrocedí un par de pasos, invitándolo a seguirme solo con mis ojos, como lo había hecho antes, y me alejé.
Había gente bailando y brincando cerca de un escenario.
—Ustedes celebran por todo —comenté.
Giré, caminando de espaldas para mirarlo.
—¿Puedes culparnos?
Encogí los hombros y me detuve. Él no lo hizo, así que lo tomé de las solapas del cuello de su chaqueta al tiempo que sentía sus manos por mi cintura. Nos miramos unos segundos, mi corazón volviendo a ser víctima de esas sensaciones intensas y prohibidas.
Levantó una mano y pasó suavemente su dedo pulgar sobre mi labio inferior. Sostuvo mi rostro y sus ojos volvieron a los míos, con una pregunta no dicha. O era quizá una advertencia, de que ya no iba a haber vuelta atrás.
Se inclinó, su aliento acarició mis labios, y pronto los suyos cubrieron los míos.
Di un muy leve respigo ante su calor intenso. Sonrió de forma fugaz y sus labios se apoderaron de los míos con fuerza, robándome el aliento. Sentí que me hacía agua. Sus brazos me apretaron contra su cuerpo, succionaba mi labio inferior, y mis manos habían subido por su cuello hasta quedar rodeándolo.
Poseyó mis labios con suavidad. Era húmedo. Había sentido sus dientes en una suave mordida. Me apoderé de su carnoso labio inferior y mordí también, disfrutando de sentirlo adentro, entre mis dientes.
Ahogó un quejido contra mi boca y se tensó, pero los latidos fuertes de mi corazón no me hicieron reflexionar sobre eso. Lo liberé despacio y continué con ese suave y caliente jugueteo, disfrutando de su aroma, del sabor de su piel, del sentimiento de intimidad que me daba el estar rompiendo la barrera del espacio personal, que éramos más, más que amigos, hasta que sentí en sabor característico de la sangre.
Me aparté y él se llevó los dedos a un punto enrojecido debajo de su labio inferior.
—Au —dijo riendo levemente.
Reaccioné. ¿Había sido mi colmillo? Pero si no era largo ni tan puntiagudo.
—L-lo siento.
Negó con diversión.
—Eres una fiera, gatita. —Su voz sonó como un ronroneo mientras tomaba mi mentón y se inclinaba para volver a apoderarse de mis labios.
Le dio atención a cada uno de forma suave. Todo mi cuerpo vibró y volví a reaccionar, apartándolo de forma instintiva.
—Se hace tarde —solté.
Suspiró.
—Sí. Debo regresarte a casa temprano. —Guiñó un ojo.
Me ofreció su mano, así que la tomé y caminamos así.
Sentía que caminaba en nubes. Era extraño. Mis labios latían, habían quedado calientes, húmedos, reflejando muchas sensaciones, rememorando los suyos. Parecía irreal, pero el punto enrojecido debajo de su labio inferior me hacía recordar que había estado ahí. Ese labio había estado entre los míos, entre mis dientes.
Sonreí ampliamente, mi estómago presentaba extraños hormigueos, pero era feliz...
Era feliz...
***
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