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5.

     Se detuvo un segundo. Necesitaba reunir la mayor cantidad de oxígeno suficiente para unos pulmones que se negaban a dilatarse lo necesario para saciarse. Volvía a ser presa de la ansiedad. Le dio un poco de miedo observar a su alrededor por si ocurría algo más. Se esforzó por no dejar entrar en su cabeza cualquier intuición fortuita. ¿Por qué no podía ser normal como todo el mundo? «Estás loca». ¿Y qué si lo estaba? Porque estaba segura de que, sinceramente, no lo estaba. Él se empeñaba en evitar cualquier tipo de conversación con la intención de no aclarar nada. ¿En qué parte de la ciudad viviría? ¿Lo haría como uno de aquellos personajes de la ficción que vivían en lugares apartados, escondidos en viejos almacenes? ¿O en una enorme mansión amasando una cantidad indecente de dinero que a saber de dónde le llegaría? «Soy uno de esos superhéroes...»

    —¡Idiota! —murmuró por lo bajo con una mueca de burla.

    Sacudió la cabeza riéndose de sí misma por estar parada allí pensando en todos aquellos disparates. El estómago le gruñó. Se llevó la mano hasta él. Sería más sensato subir a casa y llenarlo de comida, que seguir allí absorta en pensamientos inútiles.

    Al entrar a casa el delicioso aroma la golpeó de lleno. Como si fuera una sonámbula, la llevó hasta la aromatizada cocina.

    —Hola, cariño. Deja tu mochila en la habitación y ven a echarme una mano. —Se acercó hasta los platos. Picó algo. Ella le dio suave en la mano—. ¡Eh! ¡No metas tus manazas en mi comida, aún! Antes lávatelas. No quiero que llenes de microbios mis delicias —bromeó ella, con una risilla burlona.

     Se movió hasta el baño. Se lavó las manos. Frente al espejo se reconocía cada vez menos. Sus ojos hinchados acompañados de unas ojeras más oscuras que el mismo tizón, le recordaba por el suplicio que estaba pasando.

    —¿Qué quieres de mí, Jayden? —le preguntó a su reflejo. Naturalmente, no obtuvo respuesta.

    Suspiró experimentando la decepción en sus huesos.

    —Da igual. Que le den —masculló, nada convencida.

    Su padre acababa de llegar. Lo saludó al salir al salón. Ayudó a su madre a terminar de preparar la mesa. Se sentaron a comer.

     —¿Qué tal en el instituto, hija?

    —Bien, papá. Bien. —Se negaba a preocuparle contándole la verdad. Aunque la tuvieran calada y no necesitaban mucho esfuerzo para ver cómo se sentía últimamente. Noches en las que April había tenido que entrar a abrazarla a causa de sus pesadillas. Otras que, por desgracia, estaban tan cansados que no la habían oído, no pudiendo socorrerla, y que ella se levantaba desmejorada.

    —¿Y a ti en el trabajo?

    —Bien. Se giró hacia mi madre—. Necesitan a alguien en la empresa que tienen en Pensilvania.

    April lo miró con espanto y preocupación.

    —¿No serás uno de los trabajadores que trasladarán allí?

    —Temporalmente. Lo soy. Como mínimo, para un año.

    —¿Y a qué esperabas a decírmelo? —se enfadó ella.

    —Te lo estoy diciendo. Me acabo de enterar.

    —¿Para cuánto tiempo?

    —Como mínimo, un año.

    —Un año... —April se sofocó—. Un año contigo fuera.

    —Estaré a cinco horas de aquí. Vendré a veros los días que libre.

    —Si es que te dejan librar.

    —Mujer. Pues claro que me darán algún día libre. Tendré los gastos del alojamiento y las comidas cubiertas. Es un chollo mientras me mantengan el salario. Mientras conserve el trabajo.

    Karen no podía creer lo que estaba escuchando. Ahora, su padre se iría temporalmente. Se quedaba con su madre, la cual iba a sentirse sola y con la mínima ayuda para cargar incluso con ella y con sus paranoias.

   —Nos apañaremos —escupió Karen de golpe, como queriendo aliviar el enorme disgusto que su madre mostraba—. Intentaré no dar demasiada guerra.

    —Pero tu hija está enferma. ¿No puedes poner eso como excusa?

    —¡No estoy enferma! —rebatió la joven frunciendo el ceño.

    —Lo he expuesto. Pero nada. No puedo huir de ello.

    —He dicho que no estoy enferma —repitió—. Que daré el mínimo trabajo.

    April desvió un segundo la vista para mirarla con tristeza. La regresó a su marido.

    —¿Cuándo te marchas?

    —La semana que viene. Tengo que ir preparando el equipaje.

    —Todo precipitado.

   El temor de su madre se iba acrecentando. Quedarse a solas con su niña, sus pesadillas, y esos momentos en los que parecía quedarse en blanco y no saber si iba a volver a ayudarla adecuadamente la angustiaba.

    Hubo un silencio. Edward y April mantenían la distancia molestos por la noticia; porque él no se lo hubiera dicho antes. No podían habérselo dicho tan precipitadamente. Seguro, no sabía cómo decirlo y apuró.

    Karen recibió un mensaje entrante.


  DESCONOCIDO

    •«A las seis en el centro comercial. Te mandaré la ubicación».


    ¿Era Jayden? ¿Quién era? ¿Quizá un mensaje mandado por error?


  KAREN

    •«¿Quién eres?»


    Nadie respondió. Notó un retortijón en el estómago. Si bien quería respuestas, el simple hecho de no conocer al remitente del mensaje la ponía inquieta. Levantó un dedo.

    —Voy al baño.

    —¿Te encuentras bien? Te veo pálida.

    —Sí. Es solo... Voy al baño —repitió.

    Se metió con prisas dentro. Levantó la tapa del váter y vació prácticamente su estómago. ¿Y si el remitente fuera un violador? Un psicópata. Un demente.

    Abrió la mensajería.


  KAREN

    •«No acepto citas con desconocidos», escribió.


  DESCONOCIDO

    •«Pensaba que buscabas respuestas»


  KAREN

     •«¿Jayden?


    Tardó un poco en contestar.


  DESCONOCIDO

    •«Sí».


    Lo agregó a la agenda.


  KAREN

    •«De acuerdo»


    Cerró la mensajería. Llamó a Madison.

    —¿Qué pasa? —inquirió alarmada.

    —Esta tarde me vas a acompañar al centro comercial —sentenció.

    Porque prefería ir con las espaldas cubiertas por lo que pudiera pasar. Era Jayden. Y Jayden era un tipo raro. No conocía sus antecedentes. Y aunque le había plantado cara varias veces, a solas se achicaba un poco.

    —¿Vamos de compras?

    —Jayden se ha citado conmigo.

    —¡No me jodas!

    —Quiere darme respuestas. Y yo las necesito.

   —¿En serio vas a ir? ¡Son solo pesadillas! No es real.

    —¿Sigues pensando lo mismo? Porque para mí sí es real.

    —Y esperas que Jayden te explique.

    —Así es.

    Tardó un poco. Acabó aceptando.

    —Muy bien. ¿Y a qué hora te has citado?

    —A las seis. Quedamos tú y yo a las cinco.

    —¿Tan pronto? ¡Tenemos muchas tareas hoy!

    —Tenemos que coger el bus. Necesitamos tiempo para ser puntuales.

    —Hazle esperar. Se lo merece.

    Karen oyó unos golpes en la puerta.

    —¿Necesitas ayuda? —gritó April desde fuera.

    —¿Te has encerrado en el baño?

    —Tengo el estómago revuelto. ¿Qué quieres que haga? Paso de preocupar mucho más a mi madre. Me ve como un lastre para su vida cotidiana.

    —Ayns. Madres. Seguro que no. Seguro que te adora igualmente.

    —Mi padre se va a Pensilvania por trabajo.

    —Espera ¿Qué?

    —Tengo las tripas revueltas por los nervios. Tengo que dejarte. Mi madre insiste. Chao.

    Se enjuagó la boca con agua. Luego con enjuague bucal, quitando cualquier rastro del sabor amargo que se le había quedado en el paladar. Abrió la puerta todavía ajustándose bien el suéter.

    —Estoy bien. ¿Por qué no debería de estarlo? Voy a adelantar deberes. He quedado con Madi esta tarde para ir a la biblioteca —largó del tirón para después encerrarse en su cuarto.

    Suspiró dejándose caer sobre la cama. Por fin él le iba a contar algo. Aún no se lo acababa de creer. Estiró el brazo en busca de su mochila para ponerse con el trabajo. No iba a dar ni una cuando su cabeza estaría en otro lugar. Tampoco podía dejarse caer en clase sin los deberes hechos.


    —¿Estás segura? —volvió a preguntarle Madison.

    —No del todo. Pero, ¿y cómo puedo averiguar qué me está pasando?

    —Carter y yo ya te anticipamos el diagnóstico. Se trata de ansiedad. Deja de darle vueltas al asunto. Incluso de la misma ansiedad hay quien se ha desmayado. O sufrido algo similar a un ataque al corazón.

    —¿Y mis sueños?

    —Imágenes revueltas de películas que has visto y te han impactado.

    Negó.

    —Son muy nítidas.

    Madison se encogió de hombros. Miraron unos minutos por la ventanilla.

    —No le has dicho nada a Carter, verdad? —la interrogó Karen.

    —Ni de coña. Ya sabes qué piensa Carter de Jayden. Está muy celoso. —Puso la mano sobre la de su amiga. Ella la miró—. Carter está muy colado por ti. Y es un buen chico. ¿Por qué no lo dejas acceder a ti? Es tu mejor amigo.

    —Y tú mi mejor amiga y no por eso me enrollo contigo.

    La hizo soltar una carcajada.

    —No te ofendas. Pero no eres mi tipo. A ver. Eres mi favorita y eso. Pero no eres mi tipo para relaciones amorosas.

    —Tampoco tú el mío.

    —Entonces, deberías darle una oportunidad a Carter.

    —Ya veremos.

    Madison levantó el dedo índice.

    —¡Ni se te ocurra colarte por Jayden! Los chicos malos no te quedan bien.

    —¿Crees que sea un chico malo?

    —Interpreta ese papel.

    —Eso es cierto.

    Estaban llegando a su destino.

    —Trata de ocultarte para que no te vea. No se sienta traicionado. O huirá. Y necesito que desembuche antes de la huida.

    La hizo reír. Se hizo una cruz sobre el pecho.

    —Prometido.

    —Gracias por arriesgarte por mí. —La abrazó.

   —Para eso estamos las buenas amigas.


    Se separaron. Karen se dirigió hacia la entrada mandando un mensaje y que Jayden le diera la ubicación. No tardó en llegarle. Se movió hasta donde él le indicó. No tardó en dar con él. Estaba apoyado en la pared con una pierna flexionada, tecleando en su teléfono. Estaba guapísimo. Vestía una cazadora negra, con un suéter gris que por el cuello le sobresalía un trozo de la camiseta interior de algodón negra que llevaba, unos pantalones rotos en negro de tela vaquera y unas botas de estilo militar. Karen experimentó un notable hormigueo en sus músculos pélvicos. El corazón se le estaba acelerando, al igual que su respiración.

    —Calma, muchacha —susurró, aconsejándose.

   Como si la hubiera intuido, levantó la cabeza para mirarla. Abandonó la postura para andar hacia ella. La excitación aumentó. Se llevó la mano al estómago. No debería de emocionarse tanto.

    —Hola, «buscadora». Pensaba que te rajarías.

    —¿Y perderme las respuestas? ¿Tu sabiduría? ¡Ni por todo el oro del mundo! —bromeó.

    La invitó a seguirlo. Subieron por las escaleras mecánicas hasta el piso de los recreativos. Se detuvieron delante del contador de canastas electrónico. Lo señaló.

    —Tres canastas, una respuesta.

    —¿Me tomas el pelo? Una respuesta por canasta.

    Él contrajo el rostro con una mueca de molestia.

    —Eso es demasiado fácil.

    —De entrada, prometiste darme respuestas. Así que deja de quejarte.

    —En ningún momento te he prometido nada —respondió serio.

    —¡No te vayas a rajar ahora! —le reprochó.

    Arrugó los labios en un mohín de disgusto.

    Echó una moneda en la máquina. De inmediato se escuchó sonar la música y una voz en inglés explicando que se iniciaba el juego. Tiró el primer balón. Encestó.

    —Me toca preguntar.

   —¡Un segundo! ¡Ni siquiera hemos sorteado el turno de a quién le tocaba primero!

    —Llegas tarde.

    Con rapidez ella tiró el segundo balón. Se fue fuera. Jayden elevó una ceja, impresionado por su torpeza, irónico.

    —¿En serio es todo lo que sabes hacer? —Ella gruñó airada—. Me debes dos respuestas.

    —¡Estás jugando sucio!

    —Que conste que no hago trampa. Has fallado. Y el primer tiro lo he encestado.

    Ella puso los ojos en blanco.

    —Vale. ¿Qué quieres saber? —inquirió crispada.

    —¿Qué menciono en tus visiones, sueños o lo que sea?

    —¿Por?

    —Solo responde.

    Karen se cruzó de brazos apretándolos con nerviosismo. Luego negó.

   —Todavía no me has dicho qué fue de aquel hombre.

    —¿Qué hombre?

   —El que sufrió el infarto. Estabas en el escenario del suceso. Negaste avisándome de que no viviría. Y la luz de la farola, bajo la que que estuviste, se apagó en cuanto negaste.

    —¿Qué? ¡Eso es imposible! No lo recuerdo. Tiene que haber sido fruto de tu imaginación.

    —Vi claramente lo que vi.

    Él negó rascándose la nuca. Alargando la mirada hacia la pista del fondo de bolos. El sonido de unos cuantos plenos se escuchó de fondo.

   —No estuve allí.

    —Mientes.

    La máquina avisó de que finalizaba el tiempo desde que se echó la moneda. Ella cogió el último balón con velocidad. Logró encestarlo.

    —¡Tomaaa! —celebro, con un ademán de victoria—. Me toca. ¿A qué te referiste cuando me preguntaste si era ella?

    —Jamás te he preguntado eso. —Ladeó la cabeza, perdido—. ¿Te has tomado algo ilegal antes de la cita? ¡No estás en tu sano juicio.

    —El otro día, en clase, adivinaste que estaba sintiéndome mal por una visión.

    —Te quedaste pálida. Mortecina. Y me preocupé.

    —¡No me conoces de nada! ¿Preocuparte? ¡Eso no cuela, Jayden! —Asintió con decisión—. Sabes cuándo estoy viendo algo y te preocupa qué pueda averiguar, o quién soy. O quién eres.

    El chico rio con desdén.

    —¿Cuántas pelis de terror sobrenatural o paranormal juvenil romántica te ves al día en Netflix, Karen? ¿Cazadores de Sombras? ¿Crepúsculo? ¿Crónicas Vampíricas? ¿The In-Between?

    Estiró sus comisuras en una risa burlona.

    —¿Qué criatura eres de todas ellas? —lo interrogó con sarcasmo.

    —¿Un fauno?

    —Gilipollas —vocalizó ella en un murmullo.

    —Te he oído. Tengo el oído muy fino.

    —Y una jeta que te pasas.

    Jayden soltó una carcajada.

    —Tienes suerte de pillarme de buen humor, Karen. —Se repuso colocando una mueca severa—. Agradece que me caes bien o ya no estarías respirando.

    Karen notó la garganta atorada.

    —¿Hablas en serio?

    —No. Sigo con tu broma de ser algún tipo de ser paranormal de tus fantochadas cinematográficas romanticonas.

    —¡Eso no ha tenido gracia! ¿Sabes? Estoy pensando seriamente someterme a una regresión.

    Al principio, Jayden puso mala cara. Luego relajó su rostro contrito.

    —Bien. ¿Y a qué esperas a hacerlo?

   —Tengo miedo a lo que me encuentre.

   Hizo una mueca reflexiva abriendo la boca exageradamente.

    —¿Sabes? Igual y resulta que, en tu pasado, fuiste Astartea.

    Ella entornó la mirada.

    —¿Quién es esa?

    —Es extraño que no conozcas a las de tu especie.

    —¿Y cuál es mi especie?

    Señaló hacia el bolsillo del que le sobresalía el teléfono.

    —Búscalo en Google.

   Lo hizo. Frunció el ceño furiosa.

    —¡No soy ningún monstruo aterrador!

    —No. Más bien podría etiquetarte como ese cuervo que no deja de graznar creyendo que su canto es hermoso.

    —¡Deja de meterte conmigo! No estoy aquí para que peleemos.

    —Ya lo sé. Buscas respuestas. ¡Qué extraño! ¿Acaso te he dado ya alguna? —Ella entornó la mirada, desafiante—. Oh. Un segundo. Hiciste una canasta. —Se inclinó hacia ella hasta quedarse a escasos centímetros de su oído. No se tocaban. Pero se sentía como un aura magnética y eléctrica a su alrededor—. Te las das de marisabidilla. Y en realidad, no ves más allá de tus narices —dejó caer en un susurro que hizo un leve cosquilleo en su piel para retroceder los pasos y quedarse a una distancia prudente de ella.

    —Esa no... no ha sido una respuesta —dijo como pudo con la respiración agitada—. ¡De... deja de bru... burlarte de mí!

    —Tómalo como un consejo importante. —Asintió—. ¿Te apetece hacer algo más o es la hora de nuestra despedida?

    A una velocidad inesperada tocó su mano tratando de averiguar qué fue lo que sintió cuando le puso anteriormente el dedo en la frente. Se escuchó una bocanada ahogada y se hizo un fundido en negro. Llamas. La mano de la pequeña. El llanto. Se separó de él bruscamente con lágrimas en los ojos. Él la observaba con un temor incomprensible en sus ojos. ¿O era la respuesta a sus preguntas?

   —¿Qué ha sido eso?

   —¿Qué... qué ha sido, qué? —formuló él como pudo casi sin habla—. ¿Qué has visto?

    Ella negó. Salió corriendo de allí con los ojos anegados de lágrimas. Lo escuchó llamarla a gritos. No le hizo caso. ¡Mentía! ¡Estaba claro que él mentía! Algo no encajaba. ¿Era ella la pequeña? Había visto claramente a sus padres dentro del coche que ardía. ¿O solo era una mezcla de sueños y cosas confusas de una misma tragedia? ¿Tal vez se volvía empática a la hora de sus visiones? ¿Y sus padres? ¿Por qué nadie podía darle una pista de su niñez y tenía que ver este tipo de imágenes en su cabeza?

    Cuando estuvo alejada de la sala de recreativos llamó a Madison.

    —¿Cómo ha ido todo?

    —Mal. Nos vemos fuera —dijo como pudo entre sollozos.

    —¡No fastidies!

    De regreso en el autobús le contó por encima.

    —No lo entiendo. ¿Y si los nervios por la cita te provocaron esa supuesta visión?

    —Es como si su piel, por alguna razón, reaccionara contra la mía. Me ayudó a ver cosas que sabe Dios si él las habría visto como yo en sueños o visiones. O si fue protagonista.

    —Prota... ¿De qué diantres hablas?

    —Él no pudo provocar el accidente porque, supuestamente y para entonces, tenía mi edad. Si fue así, ¿qué tiene que ver con lo sucedido?

    Madison le tocó el brazo.

    —Oye, Karen, me estás dando miedo. Cada vez te veo más incoherente. Más perdida. Más...

    —¿Ida? ¡Sentí claramente el calor excesivo en mi piel, el crepitar de las llamas, los gritos de angustia! Lo sentí claramente cuando lo toqué. Huyó de que lo tocará. ¿Qué esconde? ¿Qué trata de esconderme, Mad?

    —Se supone que esta cita era para darte respuestas.

    Ella negó.

     —Solo dijo: Te las das de marisabidilla. Y en realidad, no ves más allá de tus narices. ¿Qué no veo más allá de mis narices? ¡Qué trata de decirme! —gritó, consiguiendo que todo el mundo la mirara asustado, incluso el conductor del autobús.

    —Baja la voz, por favor —musitó Madison—. Van a echarnos del bus. Y ya no nos dejarán subirnos a él. Trata de tranquilizarte.

    —¿Quién es él? Aunque me gustaría formularlo de otro modo. ¿Qué es él?

   —¡Un estudiante tan común como el resto! ¿Qué tiene que ser? ¡Qué cosas tienes!

Karen negó.

    —Siquiera tú me crees.

    —Quiero creerte. Juro que me esfuerzo para creerte. Pero me cuesta mucho.

    —Carter es más comprensivo que tú.

    —Carter te da la razón para que no te cabrees con él. Y si con Carter estás mejor, a la próxima te lo llevas detrás —sentenció molesta, apeándose en esa parada, aunque aún le quedara otra más hasta la suya.

    Karen se frotó el rostro sintiéndose superada con todo. ¿Qué había pasado al tocarle? ¿Por qué había tenido aquella visión en cuanto lo hizo? La niña. Esa niña. Esa niña y todo lo relacionado le quitaba el sueño. Notó la respiración pesada. Cómo no. Estaba sufriendo otro ataque de ansiedad más.

    «Si fueras más lista verías más allá de tus narices. Mantente en la luz. Fíjate más en cualquier detalle».

    —¿Qué tratas de decirme, Jayden? —bisbiseó por lo bajo, entrelazando los dedos sobre su regazo; apretándolos.


    ¿Y ahora qué? Había un concierto para el sábado y Madison estaba enfadada. Carter iría. Pero, ¿y ella? ¿Tenía que llamarla para quedar? Esperaría a que Carter lo hiciera. El teléfono vibró en su bolsillo. Era Carter. Tardó un poco en responder porque todavía sentía su garganta trabada.

    —¿Sí?

    —¿Qué ha pasado? Madi dice que no irá al concierto. ¿Qué os ha pasado? ¿Puedes contármelo?

    ¡Bingo! Ahí estaba la respuesta a sus dudas.

    —No te lo puedo contar detalladamente...

   —¿Por qué?

    —Porque no. Pero sí. Se ha enfadado conmigo.

    —¿Por qué? Dime por qué y si tienes tú la razón me encargo de regañarla.

    —No. Déjalo. —Inspiró con fuerza—. Tengo que colgar. Estoy cansada.

    —¿Dónde estás?

    No iba a decirle que estaba llegando a casa porque no tenía el por qué saber dónde había estado. Salvo que Madison se lo hubiera contado.

    —En casa.

    —Te hago una videollamada y hablamos.

    —No. Mejor, hablamos mañana.

    —Por favor, Karen. Estoy preocupado por ti.

   —No lo estés. No es necesario que lo estés.

    —Me importas mucho, Karen. No me hagas esto. No me apartes de lo que necesites.

   —Carter...

    —Qué.

    —¿Me das la razón de mis paranoias para que no me enfade contigo? ¿O crees, al igual que Madi, que estoy loca?

    —Ha sido eso...

    —¿Qué?

    —¡Ha sido un comentario fuera de lugar de Madison!

    —¡No!

    —Voy a hablar con ella ahora.

    —¡Carter!

    No la escuchó. Ya le había colgado la llamada. Gruñó fuera de sí, creyéndose desgraciada. Por si no estaba todo lo suficientemente enrevesado, ahora iba a liarse aún más. ¡Adiós, concierto de Pink! Adiós a la amistad de tantos años.

    Entró en casa y pasó hacia su habitación como una exhalación. April llamó a la puerta con una creciente preocupación. La escuchó llorar.

    —Deja que entre y hablamos.

    —Ahora no, mamá. Por favor —suplicó ella desde dentro.

    April apoyó la espalda en la pared. A esto se refería cuando se sentía aterrada de quedarse sola y con toda la responsabilidad de su hija cuando Edward se marchara a Pensilvania. Había oídos tantos casos de suicidios en adolescentes que estaba aterrada por si su hija fuera la siguiente y no pudiera evitarlo. Que no fuera su hija biológica no significaba que no la quisiera más que a su propia vida. Porque la quería muchísimo más que eso.

https://youtu.be/kJbku6iSQ1k



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