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8. SLYTHERIN

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«Bien... he tomado una decisión", le informó la voz en su oreja.

«¡Por fin!», pensó Selena, sintiendo un impulso irresistible de huir de la sala.

- ¡SLYTHERIN! -gritó el sombrero, su tono resonando por toda la Gran Sala.

Una sonrisa iluminó el rostro de Selena al notar que la mesa verde y plata estallaba en aplausos y vítores, dándole la bienvenida al nuevo hogar.

- ¿Lo ves? -susurró Ron a Harry, inclinado hacia él con los ojos entrecerrados- Todos los magos tenebrosos terminan en Slytherin.

- No parece tan tenebrosa -murmuró Harry, observando a Selena, quien se dirigía hacia la mesa de los Slytherin.

- Es una Lestrange, Harry -dijo Ron, como si eso fuera la explicación más obvia del mundo.

- Claro -respondió Harry, frunciendo el ceño, disfrutando del enigma de lo que eso significaba.

Selena se sentó junto a un niño conocido como Blaise quien le sonrió con calidez. Otro chico a su lado, cuyos ojos brillaban con curiosidad, la miró de arriba abajo antes de añadir:

- ¡Bienvenida a Slytherin!

Los demás niños de su año la saludaron también, creando un ambiente acogedor. Selena no había esperado una recepción tan cálida.

La lista de estudiantes se redujo rápidamente. Finalmente, solo quedó un niño:

- ¡Nott, Theodore!

- ¡SLYTHERIN! -el sombrero gritó nuevamente, y los estudiantes aplaudieron efusivamente, mientras la profesora McGonagall enrollaba el pergamino con habilidad.

Un murmullo recorrió la sala cuando Albus Dumbledore se puso de pie, su presencia radiante llenando el gran comedor. Con los brazos abiertos como si abrazara a todo el mundo, habló con una voz melodiosa.

- ¡Bienvenidos! -exclamó con una sonrisa- ¡Bienvenidos a un nuevo año en Hogwarts! Antes de comenzar nuestro banquete, quiero compartir unas palabras. Y aquí están: ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco! ¡Muchas gracias!

Se sentó nuevamente, y un aplauso espontáneo estalló entre los estudiantes. Selena miró a su alrededor, sin saber si debía reírse o seguir el ejemplo de los demás.

Luego, todo sucedió con rapidez; los platos vacíos de la mesa se llenaron de comida en un abrir y cerrar de ojos. Nunca había visto tanto manjar: carne, pollo asado, chuletas de cerdo, salchichas y mucho más.

Selena, mientras se servía un poco de todo, no pudo evitar pensa en el orfanato. Si bien nunca había pasado hambre de manera extrema, sabía lo que era no comer lo que realmente deseaba. Así que, llena de emoción, comenzó a comer.

Justo cuando levantó la vista, maravillada por la deliciosa variedad, una sombra pasó silenosamente a su lado. Un fantasma horrible se sentó frente a ella: ojos vacíos y sin expresión, un rostro demacrado, y una ropa manchada de sangre plateada que resultaba inquietante. Su larga peluca rizada acentuaba su apariencia espectral.

Selena habría gritado, pero recordaba cómo, en el hall, habían cruzado al menos veinte fantasmas. Sin embargo, la presencia de aquel ser era mucho más impactante.

Draco Malfoy, sentado a su lado, frunció el ceño, evidentemente menospreciando la situación.

- ¿Quién es usted? -preguntó Pansy Parkinson, con una mezcla de curiosidad y desdén.

- Soy el fantasma de Slytherin -respondió el espectro con un susurro, su voz resonando en un tono siniestro- pueden llamarme Barón Sanguinario.

Impulsada por la curiosidad, Selena hizo una pregunta que luego lamentaría.

- ¿Por qué está manchado de sangre?

El Barón Sanguinario dirigió su mirada hacia ella, y Selena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

- Maté a alguien -susurró, su voz sombría.

Draco, que no había dicho una palabra hasta ese momento, soltó una risita nerviosa, creyendo que era una broma, pero el Barón mantenía una seriedad inquietante.

- Creo que lo decía en serio -comentó Selena a Draco, su voz baja y temerosa.

- Por eso llevo cadenas, como acto de penitencia -el Barón Sanguinario dejó ver las cadenas que colgaban de sus pies al levantarse de la mesa, el sonido metálico resonando en el aire.

- Fue grosero de tu parte preguntarle eso -replicó Pansy, cruzando los brazos y mirándole con desaprobación.

- No pensé que se enojaría -se encogió de hombros Selena.

- Mi padre dice que no es muy agradable -dijo Draco, inclinando la cabeza hacia ella-. Por cierto, soy Draco Malfoy.

- Pansy Parkinson -se presentó, sonriendo a pesar de su anterior desagrado-. Tengo entendido que tus padres son amigos de los míos. He oído que pertenecen a los Sagrados Veintiocho.

Draco y Pansy intercambiaron miradas, y Pansy se le quedó mirando, levantando un poco la barbilla con orgullo.

- Por supuesto, ¡soy sangre pura! -anunció ella con aire de superioridad-. ¿Y tú? -preguntó, entrelazando los dedos sobre la mesa y observando a Selena con interés.

- ¿Yo? -Selena titubeó, sintiéndose un poco fuera de lugar-. ¿Preguntas por mi sangre o por mi nombre?

- Ambas -respondió Pansy, cruzando los brazos con una expresión implacable.

Selena se encogió de hombros, intentando parecer indiferente. - Soy Selena Lestrange... B negativo, creo -dijo, sintiéndose cada vez más confundida por la insistencia de las preguntas.

Al ver las caras de sus compañeros, notó que Draco y Pansy intercambiaron miradas cómplices antes de soltar una carcajada. Draco se inclinó hacia atrás, riendo de una manera que le pareció despectiva.

- ¡Qué graciosa eres! -exclamó Pansy entre risitas, su tono cargado de sarcasmo.

Selena forzó una sonrisa, sintiéndose como si estuviera en una broma privada de la que no tenía conocimiento. La risa resonó a su alrededor, pero ella no podía evitar preguntarse qué había dicho que era tan divertido. La incomodidad le apretaba el estómago, y por un momento desearía que la tierra se la tragara y la liberara de esa situación.

- ¿Tu madre es Scarlett Avery, no? -preguntó Blaise que estaba a su lado. Su tono era más neutral, como si realmente le importara la respuesta.

- Sí, ¿la conoces? -dijo Selena, sintiéndose un poco esperanzada por la conexión.

- No, realmente solo escuché hablar de ella en el Profeta -respondió él, encogiéndose de hombros.

«¿Qué diablos es el Profeta?» La incomodidad se apoderó de ella, sintiendo un leve rubor en sus mejillas. Le daba vergüenza preguntar todo, no quería que se burlaran de ella.

- ¿Es verdad que viviste con muggles todo este tiempo? -preguntó Pansy con una mezcla de curiosidad y asombro.

- Sí -respondió Selena, sintiendo la presión de sus miradas fijas sobre ella.

Todos se quedaron en silencio, como si esperaran que ella siguiera hablando.

- Debió haber sido horrible -dijo Draco, frunciendo el ceño con una expresión de pena mezclada con asco-. Yo no podría haber soportado estar con esos asquerosos muggles -agregó con un gesto despectivo, arrugando la nariz como si estuviera oliendo algo desagradable.

- No estuvo tan mal... creo -respondió Selena, encogiendo los hombros, tratando de desestimar la incomodidad que sentía.

Mientras seguían comiendo, los restos de comida desaparecieron de los platos como por arte de magia, dejándolos limpios; un momento después, apareció la mesa de postres. Los ojos de Selena se iluminaron ante la vista de bloque de helados de todos los sabores, tartas de manzana y bombones de chocolate.

- ¿Quién limpia todo tan rápido? -preguntó Selena, sorprendida y fascinada. Definitivamente quería aprender a hacer todo eso.

- Los elfos domésticos -respondió Pansy, como si fuera la respuesta más obvia del mundo.

- En casa tenemos uno -dijo Draco, sonriendo con cierto orgullo.

Blaise, que había estado escuchando, interrumpió con una sonrisa burlona.

- No sabe que son, vivió con muggles, par de tontos.

Pansy le lanzó una mirada molesta, que hizo que Blaise se encogiera un poco, pero luego continuó:

- ¿Qué hay de ti, Nott? -preguntó, mirando a un chico que había estado callado, prestando atención a la conversación.

- Soy sangre pura -dijo Theodore Nott, sonriendo con un aire de satisfacción. Tenía piel muy pálida, cabello negro y ojos marrones que miraban con seriedad-. Toda mi familia perteneció a Slytherin. Mi madre está muerta; vivo con mi padre, que trabaja en el Ministerio -su voz era tranquila.

- ¿Y tú? -preguntó Daphne, una chica alta y morena con ojos avellana, que se encontraba junto a ella.

- Soy Tracey Davis, toda mi familia también fue de Slytherin. Mis padres estarán felices de que yo también lo sea -respondió ella, levantando la cabeza con orgullo.

- Imagina que hubieras sido Gryffindor -dijo Draco riendo, gesticulando dramáticamente-. Te hubieran dejado sin herencia.

Todos rieron, menos Selena, que solo pudo fingir una sonrisa.

- Esos perdedores de Gryffindor -rió Pansy, haciendo un gesto despreciativo con la mano-. Prefiero morir antes que ser una Gryffindor.

Selena miró a sus compañeros, cuestionando ese razonamiento. Ella no veía nada de malo en ser de Gryffindor o de otra casa; de hecho, los niños que había conocido en el tren eran todos de Gryffindor y habían sido muy agradables... bueno, casi todos...

- ¿Sabían que Slytherin viene ganando la Copa de las Casas siete años seguidos? -dijo Theodore, señalando a un chico que era muy parecido a él-. Juega en el equipo de Quidditch.

- ¿Quidditch? -se atrevió a preguntar Selena, interesada.

- ¿Acaso no sabes nada? -bufó Pansy, visiblemente molesta.

- Es un deporte que se juega con escobas -explicó Draco, lanzando una mirada de disgusto a Pansy-. Son siete jugadores; hay tres tipos de balones... es largo de explicar. Podríamos ir al partido cuando Slytherin juegue, y te explico las reglas. No son tan difíciles -añadió, sonriendo a Selena.

- Qué amable eres, Draco -dijo Pansy, en un tono sarcástico, cruzando los brazos y alzando una ceja, mientras le lanzaba una mirada a Selena.

Draco simplemente ignoró a Pansy y comenzó a servirse postre. Justo entonces, los platos de postre desaparecieron, y el profesor Dumbledore se levantó, su figura alargada proyectando una mezcla de autoridad y calidez. El Gran Comedor quedó en un silencio.

- Ejem... solo unas pocas palabras más, ahora que todos hemos comido y bebido -comenzó Dumbledore, su voz serena resonando en el espacio-. Tengo algunos anuncios que hacerles para el comienzo del año.

- Los de primer año deben recordar que los bosques en el área del castillo están prohibidos para todos los alumnos. Y algunos de nuestros antiguos alumnos también deberían tener presente ese pequeño detalle -añadió, dirigiendo su mirada hacia la mesa de Gryffindor, provocando un murmullo nervioso entre los estudiantes.

Selena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Las advertencias de Dumbledore parecían más que solo precauciones; había algo en su expresión que incitaba a la seriedad.

- También tengo un pedido del señor Filch, el celador, para recordarles que no deben usar magia durante los recreos, en los pasillos -continuó, su tono ahora más grave.

Y finalmente, con una pausa dramática, añadió:

- Y por último, quiero informarles que el corredor del tercer piso, del lado derecho, está prohibido para quienes no deseen sufrir una muerte muy dolorosa.

Selena rio, pero se desvaneció rápidamente al notar que todos la miraban con seriedad.

- ¿Lo dice en serio? -preguntó, sorprendida al no recibir respuesta.

Dumbledore sonrió levemente, como si disfrutara de la confusión que había provocado, y luego proclamó:

- Y ahora, antes de que nos retiremos a descansar, ¡vamos a cantar la canción del colegio!

Selena, sintiéndose desubicada, optó por quedarse en silencio. No conocía la melodía, mientras que los demás alumnos la entonaban a distintos ritmos. En medio del desorden sonoro, los mellizos de la mesa de Gryffindor destacaban, sus voces resonando con entusiasmo desmedido.

Cuando finalmente Dumbledore ordenó que todos se retiraran, los de primer año de Slytherin siguieron a Gemma Farley, la prefecta, a través de un tumulto de risas y charlas. Mientras caminaban, Selena no podía apartar la vista de los retratos en las paredes, que se movían y susurraban. Si hubiera pasado una mosca en ese instante, la niña se la habría tragado. Su asombro crecía; era un mundo mágico que desafiaba toda lógica.

- Deben tener cuidado con Peeves -advirtió Gemma, con una voz que sonaba un poco más seria. Ella avanzaba con paso firme, sin siquiera mirarse a los lados-. Es un poltergeist. No suele estar en esta área porque el Barón Sanguinario lo mantiene a raya, pero cruzará su camino en los pasillos o durante las clases... es bastante molesto.

- Le gusta hacer bromas -agregó Terence Higgs, el otro prefecto de Slytherin, manteniéndose en la retaguardia para asegurar que nadie se quedara atrás. Hizo un gesto con la mano, como desestimando el impacto de las travesuras de Peeves-. Traten de no darle mucha importancia. No suele respetar a nadie, salvo al Barón Sanguinario y a Dumbledore. Así que, cuidado.

Genial, pensó Selena mientras avanzaba entre sus compañeros hacia la entrada de la sala común de Slytherin. Un ligero escalofrío la recorrió al imaginar las posibles bromas y trucos que tendría que soportar aquí. «Ojalá no me cruce con ese tal Peeves», reflexionó, aunque no sabía bien qué era un poltergeist, tampoco quería averiguarlo.

Después de lo que pareció una eternidad caminando por pasillos oscuros y escaleras serpenteantes, finalmente llegaron a una habitación con muros de piedra que se alzaban como guardianes mudos. El silencio era abrumador.

- Esta es la entrada a la sala común de Slytherin -anunció Gemma en un tono que denotaba orgullo, señalando un punto en el fondo de la habitación sin dejar de sonreír. Selena frunció el ceño; no había ninguna puerta visible. Sin embargo, su mente comenzó a vagar, imaginando algo similar a lo que había escuchado sobre la estación 9 ¾.

Terence, el otro prefecto, se adelantó, cruzando los brazos. Su expresión era seria.

- No olviden que nunca pueden traer a los estudiantes de las otras casas a la sala común -dijo, su voz reverberando con un tono de advertencia. La mirada intensa que dirigió a los chicos los hizo estremecer ligeramente.

- Y tampoco mencionen dónde se encuentra la mazmora -agregó, apuntando al suelo como si pudiera abrirlo con solo desearlo. Selena sintió un escalofrío al pensar en lo que podría suceder si no seguían esas instrucciones.

Gemma se inclinó un poco hacia adelante, como compartiendo un secreto.

- Esto último es solo para molestar a las demás casas. No muchos estudiantes que no sean de Slytherin saben dónde está la entrada de nuestra sala común -dijo, dejando escapar una risa suave que resonó en el frío ambiente.

Los ojos de Terence chisporrotearon con picardía.

- Nos gustaría seguir manteniendo el misterio... ¿comprenden? -Su voz sonó más como una afirmación que como una pregunta, y todos los nuevos estudiantes asintieron rápidamente, casi en un movimiento de manada.

- Aeterna Victory -declaró Gemma con voz firme y una pizca de teatralidad.

Un momento después, una cabeza de serpiente esculpida en la piedra comenzó a emerger del muro, abriendo sus fauces con un crujido. El pasaje oscuro detrás de ella parecía invitarles. Los primeros años se miraron entre sí con una mezcla de admiración y nerviosismo, antes de avanzarse apresuradamente, sintiendo que el pasaje se cerraba a sus espaldas.

El acceso era estrecho, y las lámparas de araña brillaban en el techo, proyectando sombras danzantes sobre columnas decoradas con serpientes. A medida que se acercaban, una gran puerta de madera oscura se abrió ante ellos, como si la sala misma les diera la bienvenida.

La sala común de Slytherin se extendía bajo las aguas del lago negro, bañada por una luz verdosa que danzaba suavemente por las paredes de piedra. Frente a ella, grandes ventanales se asomaban al profundo abismo, permitiendo vislumbrar, incluso de noche, los movimientos furtivos de los peces y el vaivén de las plantas marinas. La atmósfera era mística y envolvente, con lámparas de un cálido tono verdoso colgando del techo sobre sofás y sillones de un elegante negro y verde oscuro. Una de las mesas de madera robusta, situada en un rincón, albergaba un ajedrez, donde las piezas parecían cobrar vida con cada jugada.

Las paredes estaban embellecidas con tapices que narraban épicas aventuras de magos y brujas medievales, mientras la chimenea, lucía un emblema de serpiente con ojos verde esmeralda que parecían brillar con una intensidad sobrenatural.

La mazmorras contaban con dos niveles, el segundo bordeado por estantes repletos de libros que creaban un balcón donde los estudiantes podían perderse entre las páginas de antiguas historias. A medida que se acercaban a la entrada, Gemma, les recordó que la contraseña de la sala se renovaba cada quince días y que podían encontrarla en el tablón de anuncios. Terence se hizo cargo de la logística, indicando que los dormitorios de los chicos se encontraban a la izquierda, mientras que los de las chicas estaban a la derecha.

Al llegar a la puerta, esta se abrió con un suave crujido, revelando un pasillo iluminado por luces cálidas que parecían invitarles a entrar. Gemma condujo a sus compañeras hasta casi el final del pasillo, donde les mostró su habitación.

El espacio era amplio y luminoso, con grandes ventanales que dotaban a la habitación de una atmósfera acogedora. Cinco camas, adornadas con sofisticadas cortinas de terciopelo verde esmeralda, estaban dispuestas de forma armoniosa, cada una con un baúl situado encima, esperando ser abierto. Agotadas por el día, las chicas se miraron con una sonrisa silenciosa y, sin muchas palabras, se pusieron su pijama y se deslizaron entre las sábanas, dejando que el cansancio las arrullara hacia un merecido descanso.

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