
Epílogo
El Emperador y Magnus Voreteon aparecieron dos meses después de su desaparición, tras un largo viaje a través del Velo que les dejaría profundamente heridos y maltrechos, pero vivos.
En ese entonces, Albia estaba sumida en el caos. Los albianos eran un pueblo experto en el sufrimiento y la pérdida, pero los acontecimientos que rodeaban todo lo sucedido con el Emperador estaban siendo especialmente dramáticos.
No podían volver a perder a un líder de aquella forma.
Por suerte, el regreso de Doric II trajo consigo la paz, y aunque el Emperador nunca volvió a ser el mismo, el país logró sanar la herida.
Dos semanas después del milagroso regreso se iniciaron las obras de reconstrucción de la Academia. Durante el periodo de espera, el futuro de la Hermandad Mágica había quedado en el aire, con demasiados detractores intentando destruirla definitivamente. Más que nunca, la rumorología no jugaba a favor del mundo mágico. Sin embargo, el Emperador había vuelto con las ideas claras. El proyecto se inició, y con su reconstrucción volvió parte de la esperanza y la ilusión que el pueblo había perdido durante aquellas semanas de terror.
Era el nuevo renacer de Albia.
Personalmente me hubiese gustado saber más sobre lo ocurrido. Conocer en detalle qué habían vivido y qué había pasado en la Academia antes de su derrumbe. Habría sido apasionante. Lamentablemente, no fue posible. Para cuando Doric y Magnus volvieron, yo ya llevaba un mes instalada en Throndall, en la corte de Frigg Heraldson y Selyna Auren. En contra de lo que había esperado y deseado, Mimosa se había negado a dejarme morir, y sin petición de socorro de por medio, el dios del Velo me había salvado la vida sin pedir nada a cambio.
Cuando desperté tres días después, a mi lado se encontraba Selyna, y por lo que decía, no había estado sola.
—Estuvo aquí hasta hace unas horas —me aseguró con emoción, incapaz de reprimir las lágrimas—. Estaba aterrorizado, Valeria, te lo juro. Estaba...
—¿Y no lo habrás soñado?
—¡No digas tonterías! ¡Te lo prometo: Oleq ha estado aquí! Deberías llamarle.
Debería haberlo llamado, Selyna tenía razón... pero no lo hice. En lugar de ello, en cuanto pude salir del hospital, recogí mis pocas pertenencias y acepté su propuesta de mudarme a Throndall.
Y seis meses después seguía allí... con la diferencia de que aquel día era especial. Me había puesto un impresionante vestido rojo y me disponía a disfrutar de una de las celebraciones más especiales de la vida de mi querida anfitriona, y es que, a pesar de todas las dificultades vividas, al fin había llegado el día de la boda de Selyna y Frigg. Un evento por todo lo alto al que habían sido invitado cientos de grandes personalidades, entre las cuales destacaba la presencia de varios de los miembros de la Familia Real albiana. La madre de Selyna no había querido perderse el evento, ni tampoco su hermano Alexander.
Pero tampoco su primo.
Seis meses después, volví a ver a Magnus Voreteon. Fue después de la ceremonia, durante los festejos, cuando la noche ya había caído y la música y la bebida llenaba de alegría el evento. Hasta entonces no habíamos coincidido, aunque sabía que se encontraba en la lista de invitados. La propia Selyna me lo había confirmado.
Tras mucho buscar, al fin lo encontré.
Vestido elegantemente con los colores negro y dorado propios de los Auren, y con las cicatrices de la cara aún muy presentes, Voreteon parecía un hombre nuevo. El dolor se había instalado en su semblante, hundiendo sus ojos verdes, los cuales ahora ya no brillaban con tanta fuerza. Estaba cansado y consumido. Agotado de la vida... pero feliz. Su sonrisa era sincera, y cuando nos encontramos y me abrazó, sentí más que nunca que sus sentimientos eran reales.
—¡No sabes cuán feliz me hace volver a verte, mi querida Valeria! —dijo con auténtica satisfacción—. ¡Tienes un aspecto espléndido! Confío en que hayas tenido tiempo de recuperarte de tus heridas. Me informaron de que habías estado muy mal.
—Por suerte, todo eso ya ha pasado —aseguré, aunque no era del todo cierto. Aún tardaría en estar completamente recuperada—. El sentimiento es mutuo, me alegro mucho de verte, Magnus. Me hubiese gustado ir a visitarte, pero sé que Albia es ahora mismo un hervidero.
—Lo es. Mi tío dice que hacía tiempo que no vivíamos una época tan convulsa como la actual, pero por suerte el orden está volviendo a instaurarse. A pesar de ello, no se engaña: Albia nunca volverá a ser la misma. El miedo ha colapsado el corazón de nuestra gente. Se dice que el tiempo aligerará las heridas, pero dudo que las cure.
Su visión era más pesimista que el mensaje oficial que se transmitía en las tierras del Sol Invicto, pero era comprensible. Mientras que la verdad de lo ocurrido había sido ocultada a la mayor parte de la población, Voreteon la había vivido demasiado de cerca como para negar lo evidente. Y tenía razón: después de aquella guerra contra la magia, nada iba a volver a ser como antes.
—Pero tenemos que seguir avanzando, no nos queda otra —prosiguió con ánimo—. El Emperador me ha pedido que me quede en Albia para ayudarle con la reconstrucción de la Academia. Tengo la sensación de que una vez acabe entregará su trono a su heredero, el príncipe Corven, pero hasta entonces nos queda una gran labor por delante. ¡Y es precisamente sobre ello de lo que quería hablarte, querida amiga! Gracias a ti, nuestra Hermandad está más viva que nunca. Hemos recuperado los tesoros por los que tantos siglos hemos velado, y es nuestro deber mantenerlos a salvo. Para ello había pensado en trasladar a mi familia a Ostara, donde empezar desde cero. Sin embargo, la petición del Emperador me ha obligado a modificarlos ligeramente. Me planteo instaurar de nuevo mi Hermandad... pero en Albia... y me gustaría que tú, Valeria Venizia, y tu Dos Vientos formaseis parte de este nuevo proyecto. Nadie mejor que su auténtica salvadora para proteger los grandes secretos de nuestra patria, ¿no crees?
Aquella madrugada salí a los jardines del palacio para tomar el aire. El encuentro con Voreteon había vuelto a abrir viejas heridas que el tiempo aún no había logrado cerrar. La perspectiva de volver a Albia me abrumaba... pero era innegable que me sentía atraída ante la posibilidad de volver a formar parte de una Hermandad. Últimamente aquel pensamiento rondaba mi mente, y Voreteon no había necesitado más que mencionarla para darme el empujón que necesitaba.
Pero volver a fundar Dos Vientos implicaría regresar a mi antigua vida, y dar aquel paso me asustaba. Tenía miedo de revivir todo lo que había vivido.
Además, había más motivos por los que temía el regreso a Albia. Los mismos que habían provocado que no llamase a Oleq antes de partir... y que, a su vez, me vistiese de rojo en la ceremonia, confiando en su asistencia. La nuestra era una historia aún no cerrada, y temía que, al volver, me viese arrastrada a intentarlo de nuevo.
—¿Has decidido ya?
Mimosa acudió a mi encuentro en los jardines, luciendo su traje de plumas. Desde que me había mudado a Throndall apenas nos veíamos, no tenía necesidad de solicitar sus servicios, por lo que de vez en cuando, por decisión propia, venía a verme.
Y aquella era una de aquellas noches.
Se situó a mi lado, con la mirada en el cielo plagado de estrellas, y dejó escapar un suspiro.
—Lo he oído todo, así que no finjas que no sabes de qué te hablo. Ese Voreteon ha vuelto con las ideas muy claras: quiere retomar su pequeño imperio, y quiere que le ayudes. ¿Qué te parece? ¿Te interesa?
—Podría ser —admití, incapaz de ocultar la verdad—. En el fondo, esto no es más que un parón. Si no regreso a Albia, volveré a Ostara, y mi objetivo será el mismo. He nacido para proteger a mi Hermandad.
—Una Hermandad que podrías volver a fundar a su lado... en Albia. —Mimosa volvió la vista hacia mí y paseó la mirada significativamente por mi vestido—. Una Albia que aún tienes muy presente, por lo que veo. Claro que, visto lo visto, yo no la perdería demasiado de vista. Ambos sabemos que para poder eliminar de raíz a ese mal Doric II debería haber perecido. Su regreso no hace más que alargar su desdicha.
—Sinceramente, prefiero no pensarlo.
—Haces bien, son problemas de albianos: que se las apañen. Pero volviendo a lo importante... ¿qué vas a hacer? ¿Vas a volver a casa o te quedarás? Aquí no te vas a aburrir, eso está claro... aunque claro, siendo tú tan, tan ostariana, sería raro.
—No me juzgues, anda. Bastante confundida estoy ahora mismo.
—¿Juzgarte yo a ti? Jamás lo haría. Al menos no mientras no cometas más tonterías que puedan costarte la vida. En el fondo, niña humana, sabes que sea cual sea el camino que elijas, contarás con mi apoyo. Al fin y al cabo, estamos hechas la una para la otra...
FIN
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