Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Capítulo 28

—¿Ha despertado ya?

—Sí.

—¿Y has podido hablar con él?

—¿Yo? ¿Y de qué iba a hablar con él? No tengo nada que decirle.

—¿En serio?

—Esto es cosa vuestra, niña humana: a mí déjame a parte. Bastante he hecho ya.

—Te debo la vida.

—Me debes muchísimo, pero lo de hoy te lo paso por alto.

Me temblaban las piernas.

Mientras hablaba con Mimosa notaba que me faltaba el aliento. Aún estaba muy débil, habían pasado menos de veinticuatro horas desde el incidente de la cueva, pero el tratamiento de shock al que me había sometido «la grulla» me permitía ponerme en pie. No durante demasiado rato, necesitaba descansar, pero sí lo suficiente como para hacer lo que todos ansiaban que hiciera. Porque, aunque Magnus aseguraba que respondería a todas las preguntas, primero quería hablar conmigo; con la mujer que había salvado la vida a su esposa. Y precisamente por eso estaba allí, en la quinta planta de una de las torres de la fortaleza de Vikkler, despidiéndome de Mimosa antes de entrar a su habitación. De haber podido elegir me habría quedado en la mía, recibiendo los cuidados de Oleq, pero las circunstancias me obligaban.

Alexander necesitaba que lo hiciera.

Respiré hondo para relajarme. Ante mí, los dos vigilantes throndall que custodiaban la entrada observaban con inquietud cómo Mimosa se perdía entre el sonido de cristales rotos. Aquella era la ocasión que más tiempo había pasado en nuestra realidad, prácticamente un día entero, y daba las gracias por ello. Nos había ayudado muchísimo.

Por desgracia, ahora era mi turno.

Volví a coger aire y entré en la habitación. En su interior, bañados por la luz de la mañana, se encontraba la pareja, con ella sentada en la cama y él a su lado, cogiéndole de la mano. Una escena que me resultó muy familiar, pero cuyas circunstancias eran totalmente distintas.

Les observé desde la entrada, encontrando en sus semblantes cansados una sonrisa, y acudí a su encuentro. Caminaba lento, acusada aún por la herida del vientre, pero con decisión. Era un momento importante en mi vida, probablemente el más perturbador de los últimos años, y quería estar a la altura.

Lessia aún estaba delicada, Mimosa había pasado mucho tiempo con ella tratando de estabilizarla, pero tenía mucho camino por recorrer. Era dudoso que recuperase la voz: la bruja le había dañado gravemente las cuerdas vocales, pero teniendo en cuenta que había estado a punto de morir, aquello era secundario.

Pero, aunque el estado de Lessia había sido una mis mayores preocupaciones hasta entonces, Magnus Voreteon la eclipsaba.

Magnus y sus impresionantes ojos verdes.

Ahora que conocía sus orígenes, creía ver en él cierto parecido con Doric II. Los lazos familiares los convertían en tío y sobrino, y parte del porte nobiliario del Emperador residía en él. Magnus era un hombre apuesto y distinguido al que ni tan siquiera las circunstancias ensombrecían. Se notaba la sangre Auren en las venas, aunque también la ostariana. Al fin y al cabo, aquel hombre era el resultado de la unión de la Corona Albiana y una de las Hermandades más importantes de Ostara. Una condición que le convertía en un ser único.

Alguien que jamás podría olvidar.

—Valeria, te debo la vida —fueron sus primeras palabras.

Tomó mis manos entre las suyas y se las llevó a la frente, hincando una rodilla para ello. Un gesto cargado de agradecimiento y sentimiento frente al que no pude más que sonreír. Parecía tan sincero que no me negaba a creer que estuviese fingiendo.

Era imposible.

—Por favor, levanta... —le pedí, tirando suavemente de sus manos—. No es necesario. En el fondo no ha sido cosa mía. Yo... bueno, no sé ni qué decir.

—Pero yo sí —insistió, poniéndose en pie—. Le has salvado la vida a mi mujer cuando creía que la había perdido. Yo lo veía todo a través de los ojos de Shissel, la bruja, y sé lo que has arriesgado. En vez de ir a por ella y detener su ataque has decidido salvar a Lessia y eso es algo que no voy a olvidar jamás.

Emocionada, Lessia se secó varias lágrimas.

Era una situación complicada. Ambos parecían tan agradecidos que costaba creer que al menos él fuera el culpable de una de las peores maldiciones que había sufrido Albia en toda su historia. Pero lo era, estaba convencida. Poco importaba la fachada que mostrasen, seguía creyendo ciegamente en lo que había visto.

—Hice lo que tenía que hacer —me limité a decir, prefiriendo no ahondar más en mi decisión. Las consecuencias podían haber sido tan nefastas que era mejor pasarlo por alto—. Y me alegro de que hayas podido salir adelante, Lessia. Conocí a tu hermana hace un par de días y apuesto a que se alegrará de saber que estás bien. Ella y su marido te estaban buscando.

—Pronto volveremos con ellos y con nuestros hijos —me secundó Magnus, dedicándole una amplia sonrisa a su mujer—. Aunque es probable que tengas que adelantarte. Tengo mucho que hablar con Alexander Auren.

—¿Debo interpretar tus palabras como que estás decidido a hablar?

Magnus asintió.

—Ahora sí: estoy preparado.




Nos trasladamos a uno de los despachos de la segunda planta, donde Alexander ya nos esperaba cuando llegamos. Con él estaban Irina y Selly, pero daba por sentado de que, en caso de necesidad, contaríamos con un auténtico ejército a nuestro servicio.

Me quedé en un segundo plano para observar el encuentro. Había cierto parecido físico entre los primos. Magnus prácticamente duplicaba en edad a Alexander, pero incluso así sus facciones y su mirada denotaban el parentesco.

Tomaron asiento en la mesa y me indicaron que me uniera a ellos.

—No quisiera molestar —me disculpé—. De hecho, no sé si no será mejor que me retire.

—Siéntate —insistió Alexander—. Que no se te olvide que eres la culpable de esta situación.

—¿Y eso es bueno o malo? —Me situé en el lateral de la mesa, de brazos cruzados—. Supongo que como se mire, ¿no?

—Para mí es una bendición —intervino Magnus—. Me habéis liberado de mi encierro y estoy agradecido. Quise reservarme las primeras palabras para Valeria, ya que arriesgó su vida para salvar la de mi esposa, pero lo cierto es que estoy en deuda con todos. Cuando Shissel atacó a Lessia perdí la esperanza de poder escapar.

—Shissel es la bruja que te retenía en la cueva, ¿verdad?

Fue una buena manera de empezar su narración. Si bien conocíamos poco de nuestros antagonistas, la bruja que había engañado a Jenna era una de las pocas de las que sabíamos algo. Sin embargo, ahora que le poníamos nombre, se volvía más real.

—No es humana —empezó—. La primera vez que la vi a bordo del Verdia tuve ciertas dudas, pero no tardé en comprobar que su naturaleza era propia del Velo. Hace más de una década de nuestro primer encuentro. Ese día nos enfrentábamos a una tormenta terrible y achaqué su visión al nerviosismo. A la desesperación, incluso. Además, fui el único que la vio en lo alto de la torre de observación, por lo que preferí fingir que no la había visto. Unos años después, volvió a aparecer en la cubierta. Era muy pronto y había salido a disfrutar del amanecer, en alta mar es impresionante. Para mi sorpresa, para cuando quise darme cuenta, ella estaba a mi lado, observando el horizonte con su larga melena blanca. Era un ser tremendamente bello y poderoso. —Sonrió con amargura—. Su mera presencia me abrumó. Aquel día mantuvimos una conversación sencilla, parecía querer conocerme, pero poco más. Después, cuando empezó a despertar la tripulación, se esfumó. A partir de entonces, y durante años, fue apareciendo de forma ocasional. Siempre lo hacía cuando estaba solo, y sabía el motivo. No quería que nadie más supiera de su existencia. Y yo, en cierto modo, lo respetaba. Nunca le hablé a nadie de ella, ni a la propia Lessia, ni a mi abuelo. Era mi secreto.

Su relación era singular. Si bien Magnus siempre había sido consciente de su evidente interés en él, no había dejado que sus coqueteos le engañaran. Lo que Shissel realmente anhelaba era su conocimiento. La bruja sabía que era poseedor de un gran tesoro gracias a su Hermandad, y era cuestión de tiempo que intentase apoderarse de él. Pero él se mantenía firme.

—Era muy dada a explicarme cómo funcionaba el Velo. No daba demasiados detalles, pero me permitía aprender un poco de lo que aguardaba más allá de nuestra realidad. Encerrado en el Verdia rara era la ocasión en la que podía recibir información del "exterior", y ella era una fuente sin fin. Pasamos varios años así, no recuerdo el número exacto. Lo que sí que recuerdo con claridad fue nuestro último encuentro. Fue hace cuatro años, y en ese entonces se presentó en compañía de un hombre. Era un anciano con el cabello largo y barba frondosa...

—Malek Noor —adivinó Alexander.

Magnus asintió. Malek Noor, el anciano que había visto en la sala del tribunal junto al propio Magnus y Megara, había acudido a su encuentro para conocerlo en persona. Shissel le había llevado hasta el Verdia con el claro objetivo de captarlo para su causa.

—Malek Noor era un hombre muy sagaz. Incluso siendo la primera vez que nos veíamos, lo noté. Aparentaba conocerme bien, y si no fuera porque era imposible, diría que me leía la mente. Y es que, aunque eran pensamientos pasajeros, sabía que había una parte de mí que guardaba rencor hacia mi familia paterna.

Un dolor provocado por el trato que había recibido su madre, Camille.

A pesar de que ella había intentado proteger a su hijo de los traumáticos acontecimientos que habían rodeado la muerte de su padre, Magnus no había podido evitar contagiarse de parte de sus sentimientos. Consideraba que habían tratado injustamente a su madre, que habían sido crueles con ella incluso, y aquel rencor había ido creciendo poco a poco en su corazón, convirtiéndose en una espina de la que dudaba poder desprenderse nunca.

—Pero aquel resentimiento era residual —aseguró—. Habían pasado muchos años desde la muerte de mi padre y Maximilian ya no estaba: no tenía sentido seguir con aquel rencor. Al fin y al cabo, ni mi tío Doric ni ninguno de sus hermanos había participado en la caza de brujas. Malek Noor, sin embargo, creía que podría captarme con aquella historia. Decía que tanto él como su Señor eran enemigos del falso Emperador, como ellos llaman a Doric II, y que debía unirme a su causa para combatirlo y recuperar lo que me correspondía. Porque siendo yo el único hijo de Alexander Auren, era el justo heredero al trono... —Suspiró—. En fin, intereses. Fuese cierto o no, era una batalla que no me interesaba librar. Lo único que quería era tener una vida real, no enfrentarme a un país entero.

—¿Y qué tal se tomaron el rechazo? —me interesé—. No creo que lo aceptaran sin más.

—Insistieron. Primero intentaron convencerme ensuciando el nombre del Emperador. Malek Noor decía conocer en profundidad su lado más oscuro, pues había formado parte de su Academia, y aseguraba que me sobraban motivos para odiarlo... pero eran palabras vacías. A aquel hombre le movía un odio del que no quería contagiarme... así que me alejé de ambos y durante un tiempo, me dejaron en paz. Fueron unos meses de gracia... los mejores meses de mi vida, seguramente. Nacieron mis hijos e incluso pasé una temporada en tierra. Visité al Rey Gunnar para presentarle a mi familia y, después, cuando creía que mi regreso al Verdia sería imposible, lo conseguí. Volví, retomé mi vida... y ellos volvieron. Volvieron para insistir en que debía unirme a ellos, y sus formas ya no eran las mismas. Las peticiones se convirtieron en exigencias y pronto empezaron las amenazas. Nos enfrentamos incluso. Malek Noor me aseguró que tendría que ayudarle me gustase o no, que era mi destino... y entonces, llegó la tormenta.

Una tormenta que había provocado la propia Shissel con tal de obligarle a colaborar.

—El océano engulló el barco. Tardé demasiado en darme cuenta de que ella lo estaba provocando, y para cuando quise reaccionar, era tarde. Me tenían a su merced: o cedía a sus deseos o acabarían con toda mi familia... así que no tuve más remedio que obedecer. Acepté ayudarlos a cambio de sus vidas, y cuando me pidieron que convocara la Luna Fría, accedí a su petición. Fue una decisión egoísta, lo sé, pero ya la tenían en su poder y era cuestión de tiempo que encontrasen a alguien que pudiera convocarla. Además, el Velo había devorado el Verdia: si no lo hacía, la tortura sería eterna para los miembros de la Hermandad y mi familia.

—¿Fuiste tú entonces la persona a la que vi en ese tribunal? —pregunté con inquietud—. Tus palabras fueron «una maldición para alguien maldito». ¿De verdad eras tú?

Magnus negó con gravedad.

—Podía tener mi cara y mi voz, pero no era yo. Pasé del barco a la cueva, y una vez la pisé, no volví a dejarla. Llevo mucho tiempo encerrado en esa prisión onírica, viendo toda la destrucción que provoca la maldición. A veces desde los ojos de la bruja, a veces desde los de Noor. Pero hay algo innegable, y es que yo soy el culpable y asumo las consecuencias.

La sinceridad de Magnus Voreteon era tan brutal que ninguno de los presentes dudamos en ningún momento de su palabra. Podría haber intentado distorsionar la historia para escudarse detrás del chantaje y quedar indemne de sus actos, pero ni tan siquiera lo intentó. Había decidido proteger a su familia por encima de los intereses de Albia y lo asumía.

Claro que, siendo sinceros, era complicado saber qué decisión habría tomado en su lugar. Siendo Albia un país vecino que tanto daño había hecho a su familia, ¿por qué iba a tener que sacrificar a los suyos por él? Era innegable que el volumen de víctimas no era comparable, pero siendo prácticos, Voreteon había mirado por su propio interés.

—¿Cómo podemos detenerlo? —preguntó Alexander, tragándose el orgullo para ir al grano. Tan solo había que mirarle a la cara para saber que en ese entonces tenía un nudo en la garganta—. Desconvoca la maldición: ¡deshazte de ella de inmediato!

—Lo haría si pudiera, pero no es tan fácil. Valeria puede decírtelo: las maldiciones tienen un componente mágico y otro material que no se puede eludir.

—¿Les entregaste los pergaminos?

—Los robaron todos cuando tomaron el Verdia. Lo arrastraron al Velo y ahora navegan por los ríos de irrealidad con todo su cargamento. Gea es afortunada de que no sean capaces de activar las maldiciones y los hechizos que la Hermandad Voreteon protegía, de lo contrario ya habríamos desaparecido.

—¿Megara está con ellos?

Megara. Antes incluso de que reaccionara a mi pregunta, sentí un vacío en el corazón. Los últimos acontecimientos me habían arrastrado a creer que podía haber aún bondad en él, que no dejaba de ser un prisionero más de la causa, pero ahora que al fin se acercaba el momento de la verdad temía que no hubiesen sido más que ilusiones.

—Hasta hace unos días, mi respuesta habría sido contundente: sí, está de su lado —reflexionó—. Lo ha estado desde el principio. Es más, no es casualidad que se trasladase a Ostara en busca de Dos Vientos. Buscaba a tu padre.

—Es cierto, le buscaba a él... —admití con cierta cautela—, pero hasta donde sé, porque quería aprender más sobre nuestras técnicas de sanación...

Magnus asintió con lentitud, endureciendo la expresión.

—Conocí a tu padre cuando era un niño, Valeria. A él y a Eeman Blais, al que doy por sentado que conoces.

—¿Los conocías? —me sorprendí—. ¿Cómo es posible? Se supone que habéis pasado siglos aislados.

—Así es, el aislamiento de los Voreteon ha sido casi total, con alguna salvedad. Y esa salvedad viene de la mano de tu padre y de Eeman, Valeria. Ellos estaban con nosotros en el Verdia. En ese entonces yo aún no había nacido, pero mi abuelo me habló de ellos. Al parecer eran dos huérfanos que recogieron durante una de las paradas en la costa. Pasaron una temporada a bordo cuando eran críos, hasta que Dos Vientos se hizo cargo de ellos. Fue poco tiempo, pero suficiente para que, llegado el momento, Megara y los suyos creyeran que podrían llegar a ser útiles para su causa.

—No hablas en serio... —murmuré boquiabierta.

Jamás había oído una palabra de la boca de mi padre al respecto, pero tampoco me sorprendía. Si algo caracterizaba a Valerio Venizia era su compromiso total y absoluto con las Hermandades y la causa ostariana. Además, habían sido solo unos años siendo pequeños, ¿qué importancia real habría podido tener? Sí, sabían mejor que nadie de la existencia de los Voreteon, pero poco más. Una vez se unieron a Dos Vientos, aquella etapa quedó atrás...

O al menos en la teoría. La realidad evidenciaba lo contrario.

Apreté los puños con rabia.

—Voreteon, decías que ahora ha cambiado tu opinión sobre Megara —intervino Alexander, prefiriendo reencauzar la conversación—. ¿Por qué?

—Por ella —respondió con rotundidad, señalándome con el mentón—. Megara se comporta de forma protectora con ella y eso me confunde. Vosotros aún no habíais llegado a la cueva cuando pasó algo inesperado. Pretor, tú sí estabas, lo notaste, ¿verdad?

Irina, que hasta entonces había permanecido de brazos cruzados escuchando, dedicó una fugaz mirada a Alexander antes de responder.

—Hablas del rayo de luz, ¿verdad?

—El mismo. De no ser por ese fogonazo, la bruja habría acabado con su vida, pero él la detuvo. Lo vi con mis propios ojos. Fue una visión fugaz, pero lo reconocí. Utilizó la magia de vuestro Sol Invicto para protegerla.

—Tiene sentido —reflexionó Alexander, desviando la mirada hacia mí. Y no dijo más.

Coincidía con él, tenía sentido Por alguna razón, aunque estuviese involucrado en aquella extraña empresa, Megara había cuidado de mí. Quizás fuese por los años que habíamos pasado juntos, o quizás porque su visión sobre la Luna Fría hubiese cambiado. Sea cual fuese la respuesta, era evidente que había querido no solo salvarme la vida, sino también mostrarme la localización exacta de Magnus, y el objetivo no podía ser otro que rescatarlo.

Así pues, ¿qué era en realidad? ¿Aliado o enemigo? ¿Sería posible que todo aquello formase parte de algún tipo de estrategia para salir victoriosos?

Sinceramente, ya no sabía qué pensar a aquellas alturas.

—Además de ver a través de sus ojos, a veces podía leer alguno de los pensamientos de Shissel, y ella desconfiaba de Megara. Le culpaba de algunas filtraciones, y teniendo en cuenta lo sucedido, no me cabe la menor duda de que tenía razón: o Megara está jugando a dos bandas, o su plan es mucho más retorcido de lo que puedo llegar a entender.

—Hemos llegado hasta ti gracias a él —reflexioné—, así que no sé qué pensar. Porque te necesitan, ¿verdad? Te necesitan para seguir convocando la maldición.

Voreteon asintió con gravedad.

—A mí, o a alguien con mis conocimientos, y teniendo en cuenta que de los Voreteon solo quedo yo, el círculo se reduce. No obstante, cabe la posibilidad de que busquen la ayuda de tu padre o de Eeman.

—Mi padre ha muerto —murmuré con amargura. Incluso con la distancia del tiempo, seguía pesándome aquella afirmación—. Murió hace poco más de un mes.

Magnus bajó la mirada.

—Vaya, lo lamento. Entonces el círculo se reduce aún más...

—¿Crees que podrían ir a por el anciano? —intervino Alexander con inquietud.

Podrían. Antes incluso de que Magnus lo confirmasen, el temor se había apoderado de mí. Eeman sería un buen candidato para sustituir a Magnus si lo consideraban capacitado.

—Irán a por él, o puede que a por ti —sentenció Magnus, fijando la mirada en mí—. Las circunstancias han cambiado ahora que ya no cuentan con mi poder. Si realmente quieren volver a usar la Luna Fría contra Albia, y estoy convencido de que así será, van a tener que buscar un sustituto rápido.

—Alexander, déjame ir a Ostara —intervino Irina, dando un paso al frente—. Buscaré al anciano y lo pondré a salvo.

—No te conoce: no irá contigo —aseguré con amargura—. Además, es terco como pocos: va a ser complicado hacerle entrar en razón... debería ir yo.

—¿Tú? —Auren dejó escapar una carcajada amarga—. Ni de broma: a partir de ahora Voreteon y tú quedáis bajo estricta vigilancia. No podemos permitirnos que caigáis en manos del enemigo. Sin contar que vas a tener que dar muchas explicaciones al Emperador, Magnus. Quiero pensar que eres consciente de ello.

La brusquedad de Alexander fue bien recibida por Magnus, que lejos de mostrar oposición, se limitó a asentir. Por suerte para todos, Voreteon estaba resultando ser una persona tremendamente comprensiva y lógica. Sabía lo que cargaba a las espaldas y la gravedad de sus actos, y estaba dispuesto a asumir su responsabilidad, algo muy loable.

—Volveremos a Albia —sentenció Alexander con determinación—. Me encantaría poder asistir a la boda de mi hermana, pero esto es prioritario. Mañana mismo partiremos hacia allí, el Emperador debe saber lo que está pasando.

—Aceptaré ir con la condición de que pueda traer conmigo a mi familia y jures darles protección. Ellos no son culpables de nada, yo soy el único responsable. Lessia, mis hijos, Mihail y Kali, ellos no merecen sufrir ningún castigo.

—Tienes mi palabra —aseguró Alexander, llevándose la mano al corazón—. Me encargaré personalmente de que no les falte de nada.

Agradecido, Magnus desvió la mirada hacia la ventana. La conversación había fluido con relativa facilidad, abordando los distintos temas que en aquel entonces habíamos considerado de capital importancia. Sin embargo, quedaba uno esencial en toda aquella historia. Un dato que, aunque hasta entonces habíamos pasado por alto deliberadamente, había llegado el momento de abordar.

Quién.

Quién estaba detrás de toda aquella conjura. Quién había organizado a Shissel, Megara y Malek Noor para hacer realidad aquella maldición...

A quién servían.

Quién era el auténtico culpable.

Quién odiaba tanto a Albia como para intentar destruirla.

Por desgracia, ni tan siquiera el propio Magnus tenía respuesta para aquella cuestión.

—Nunca lo vi ni traté con él. Sospecho que se trata de algún ser del Velo, puede que algún Dios, pero desconozco su identidad. Es probable que la persona que más cerca haya estado de él sea la propia Valeria, que lo ha tenido cara a cara, pero si en ese entonces empleaba mi apariencia, me temo que no sabemos nada de él salvo que odia a Doric II con todas sus fuerzas...






Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro