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Capítulo 22

Soñé de nuevo con la tormenta.

Con el barco.

Con Magnus en lo alto de la torre de vigilancia, con su catalejo.

Con las sombras de los marinos tirando de cabos.

Con los gritos...

Con el agua salada en la cara, en los labios, en la garganta.

Con el mascarón recortado contra la oscuridad...

Soñé que me hundía en las profundidades del océano, en las aguas congeladas, y una fuerza invisible tiraba de mí, impidiéndome escapar.

Sentí la opresión en los pulmones, la falta de oxígeno... sentí que se me escapaba la vida...

Y entonces, desperté.



Se oían dos voces en la habitación cuando desperté. Susurraban, seguramente tratando de no despertarme, aunque el tono bajo les duró poco. Tan pronto vieron que abría los ojos, Mimosa me saludó con su voz cantarina.

—¡Buenos días, niña humana!

Me incorporé alarmada ante su presencia. No habíamos vuelto a vernos desde nuestro encuentro en Caelí, y el que de repente estuviese en mi habitación me preocupó.

Pensé lo peor.

Claro que no tardé en darme cuenta de que su presencia no era lo más perturbador de la escena. Mimosa estaba junto a la mesa, con el pico mojado después de haber estado bebiendo del largo vaso de zumo que el propio Oleq le había preparado.

Un Oleq al que le faltaba la ropa de cintura para arriba.

Estaban desayunando. Desconocía cuándo habían empezado o de dónde había salido la comida, pero parecían muy relajados, como si dos viejos amigos hubiesen quedado para verse tras una larga temporada separados.

Me los imaginé brindando.

—¿Tú aquí? —pregunté con cautela.

Hice ademán de levantarme, pero al notar las sábanas resbalar sobre la piel desnuda me detuve. Dudaba que hiciera falta dar detalle de lo que había pasado la noche anterior, pero quería pensar que aún habría alguna posibilidad de que no hiciera ningún comentario.

No tardé en darme cuenta de lo equivocada que estaba.

—Pues quería conocer un poco más a tu amigo —dijo abiertamente, con cierto retintín—. Para ser albiano, no está mal. Porque imagino que sabes que es albiano, ¿no?

Oleq me miró con cierta extrañeza, entre confuso y divertido.

—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó, volviéndose hacia «la grulla»—. Es bueno, ¿no?

—Definitivo —exclamó Mimosa con diversión—: me gusta este chico.

Agradecí que Oleq no se quedara mucho más. Se acabó la taza de café que en ese entonces tenía entre manos y recogió del suelo el resto de su ropa. Después, despidiéndose de mí con un rápido beso en la mejilla, se retiró con la promesa de que más tarde hablaríamos.

Ya a solas, me bajé de la cama, sin importarme ya estar desnuda, y me di una ducha. Al salir Mimosa seguía en el mismo sitio, contemplándome con los ojos brillantes.

Parecía satisfecha.

—Podrías prestármelo.

—¿El qué?

—A tu humano.

Se ganó un bufido.

—Déjate de tonterías, anda. ¿Qué haces aquí?

Tomé asiento en el borde de la cama, donde empecé a secarme la melena con la toalla. La ropa se me pegaba un poco al cuerpo por las prisas de la ducha, pero con la temperatura tan agradable que se respiraba en las habitaciones gracias a la calefacción, no tardaría en secarse.

—Estaba preocupada —confesó, recuperando la seriedad—. Anoche, cuando usaste mi magia para curarte a ti misma, noté que algo iba mal. Quizás no seas consciente de ello, pero utilizaste mucha: debían ser heridas graves.

Sentí un escalofrío al recordar. Los golpes habían sido muy violentos, al menos así los había sentido, pero me había apresurado tanto a curarlos que apenas había sido consciente de su gravedad. El escucharlo ahora de boca de Mimosa me resultaba estremecedor.

—¿Qué pasó?

—Es complicado de explicar... —murmuré, valorando si debía compartir con ella lo ocurrido. La confianza entre nosotras había sido siempre ciega, pero el resultado de nuestro último encuentro no había sido bueno. Me había sentido muy presionada, y la consecuencia directa era que estaba allí, en Throndall. De no haber sido por ella, me hubiese quedado en Ostara—. Demasiado complicado.

—¿Tiene que ver con Megara?

Captó mi total y absoluta atención.

—¿Qué sabes tú de Megara?

—Contactó conmigo hace unas horas.

—¿¡Cómo!? ¿Has hablado con él?

Los ojos de «la grulla» se tiñeron de satisfacción. Envaró las plumas, adoptando una expresión provocadora.

—¿Por qué debería ser yo sincera contigo, cuando tú no lo eres conmigo?

—¡Oh, vamos, déjate de rollos! ¿Has hablado con él, o no?

Mimosa asintió.

—Poco. En realidad, era a ti a quien quería llegar, pero dadas las circunstancias acudió a mí para darte su mensaje.

—¿Qué mensaje?

Me señaló con el pico.

—El mismo que casi te deja inválida, por lo que veo. No lo vi, solo lo reproduje: no estaba segura de que fuera a poder visualizarse varias veces. Me pidió que te lo transmitiera.

—¿A mí? —Acudí a su encuentro, incapaz de reprimirme. Notaba el corazón acelerado en el pecho—. ¿Qué más dijo?

No había mucho más que contar.

—Lo noté nervioso. Diría que se sentía observado... que lo vigilan. Están aquí, en el Velo: él y el resto de los suyos.

—¿En el Velo? —me sorprendí—. ¿Estás segura?

—De lo contrario, no habría podido contactar conmigo como lo hizo, créeme. Él no tiene vía abierta como tú. —Mimosa desvió la mirada hacia la ventana, pensativa, y se acercó con paso lento—. Os están vigilando.

—¿A nosotros? ¿Por qué?

La mirada de Mimosa trató de fulminarme.

—¿Es que hay que explicártelo todo? ¡Lee entre líneas! Si te ha hecho llegar ese mensaje a escondidas, y entiendo que es así por su actitud, será por algo. ¿Qué te decía? ¿Qué viste?

Antes incluso de narrarle lo que había visto, ya no tenía ninguna duda: Megara quería que encontrásemos el barco. ¿El motivo? Por el momento lo desconocía, pero teniendo en cuenta que nos encontrábamos en plena búsqueda de los Voreteon, quería pensar que nos intentaba ayudar. Que, en el fondo, no era un miembro más del grupo de Magnus, sino un prisionero.

—No os va a quedar otra que arriesgaros —sentenció Mimosa tras escuchar mi historia—. Tenéis que encontrar esa embarcación.

—Ya, bueno, no creo que vaya a ser tan fácil... pero dices que están ocultos en el Velo, ¿no podrías llegar hasta ellos?

Mimosa habría arqueado las cejas en caso de haber tenido. Se tuvo que limitar a abrir mucho los ojos.

—Poder puedo, desde luego, otra cosa es que deba. No nos interesa a ninguna de las dos que nadie sepa de mi participación en este jueguecito vuestro. Hay que mantener unos límites.

—Nunca entenderé las reglas de tu Velo, Mimosa.

—Ni tú ni nadie. Encuentra el barco, y si algún día te aburres de él, déjame a tu humano.



Aquella misma mañana me reuní con Alexander para explicarle todo. Oleq ya le había puesto en antecedentes, pero no fue hasta que escuchó la parte final en la que Mimosa se veía involucrada como mediadora que no decidió dar por finalizada nuestra estancia en Tysgard. Habíamos marcado la jornada siguiente como día de partida para iniciar el periplo por Throndall, pero lo adelantamos. Reunió a todo el equipo, informó que en menos de cinco horas partiríamos, y se fue en busca de su hermana para despedirse.



Dejamos Tysgard aquella misma tarde, con la sensación de estar dejando a Selyna a su suerte. Quería pensar que estaría bien, al menos de momento no tenía motivos para pensar lo contrario, pero me iba preocupada. Incluso quedándose Mars con ella, tenía la impresión de que iba a notar nuestra ausencia.

Con suerte, volveríamos pronto. A unas malas, para su boda.

Partimos divididos en tres coches, con el todoterreno conducido por el equipo de seguridad throndall que nos había asignado Frigg al frente. Dentro iban tres soldados norteños cuyos nombres era incapaz de recordar. Por suerte, se les distinguía rápido: uno era bajo, aunque ancho como un armario, otro calvo, también como un armario, y el tercero tenía una barba larguísima de color naranja. Él parecía estar al mando del grupo, aunque tampoco lo tenía claro. Lo único que sabía era que era el único que hablaba un poco de albiano, lo que marcaba la diferencia.

Ah, y que también era como un armario.

Tras él viajaba Alexander con tres acompañantes: dos legionarios, Selly Banda y Víctor Vermanian, y Irina Sumer. Por lo que había podido descubrir, Selly era una de las mejores legionarias de la VI. Alexander y ella se llevaban muy bien a pesar de la diferencia de edad, Banda podría ser su madre, y había accedido a acompañarle. Víctor, por su parte, era uno de los sobrinos de Eric Vermanian, con el que Alexander había pasado mucho tiempo. También era mayor que él, de mi edad, pero compartían una conexión singular. Finalmente, Irina Sumer venía de la mano del propio Emperador, y aunque por el momento no había dado muestras de ello, sospechaba que formaba parte de la Casa de la Noche. Al menos, su apellido estaba muy vinculado al a Hermandad.

Y cerrando la comitiva estábamos Oleq y yo, que compartíamos el coche más pesado de los tres. En los asientos traseros y maletero habíamos acumulado todo el equipaje, por lo que nos movíamos con algo más de esfuerzo. Con suerte, si el tiempo respetaba y no había ninguna ventisca, todo iría bien...



Hicimos varias paradas antes de llegar a la ciudad de Vikkler. Nuestra coartada para dirigirnos al norte se basaba en el interés de Alexander por conocer Throndall, por lo que antes de alcanzar nuestro objetivo tuvimos que visitar otras zonas para no levantar sospechas. Tres días de turismo rural por el país norteño que, para sorpresa de todos, nos demostró que había grandes maravillas ocultas en aquellos bosques.

Throndall era un país digno de ver. Sometidas a unas temperaturas extremas en las que la nieve y la lluvia marcaban el día a día, aquellas tierras ofrecían paisajes únicos cuya belleza era tan majestuosa que calaba en lo más profundo. Parecían estar tallados por los dioses. Sus lagos, sus cascadas, sus bosques, sus pantanos... todo Throndall era pura fantasía. Sin embargo, aunque el entorno natural era impresionante, sus pueblos no se quedaban atrás. Incluso en las aldeas más pequeñas había auténticas genialidades arquitectónicas. Capillas integradas en la propia montaña, cuyas puertas daban acceso al interior de espaciosas cavernas; puentes que atravesaban enormes ríos de caudal salvaje; bunkers subterráneos preparados para soportar las peores tormentas; torres que se alzaban como agujas hasta perderse entre las nubes...

Todo parecía tener cabida en aquel país de contrastes. Desde las construcciones más sencillas hasta las que rozaban lo imposible.

Pero no solo su arquitectura y su naturaleza hacían de Throndall un lugar único. Sus gentes se mostraban abiertas y cercanas, dispuestas a dar una oportunidad a los recién llegados siempre y cuando no cruzasen los límites. En caso de hacerlo, su faceta amistosa desaparecía por completo dejando paso a la más belicosa, pero hasta entonces se mantenían serviciales y respetuosos. Parecían gente... ¿normal?

Todo fachada, seguro.

Sea como fuere, durante aquellos días disfrutamos de la gastronomía, simpatía y belleza throndall... pero en cuanto empezamos a acercarnos al norte, con las costas recortándose contra el horizonte, las cosas empezaron a cambiar.



Vikkler era el último puerto seguro de Throndall. Una ciudad fortificada regentada por uno de los comandantes del rey Olaf Heraldson, Celes Meriestonn, un guerrero con varias décadas de lucha a sus espaldas cuya población, soldados en su mayoría, vigilaban de cerca las costas y los fiordos.

El norte era peligroso, con una ausencia total y absoluta de leyes que pudiesen proteger a sus habitantes. En los fiordos y las costas se habían instalado distintas tribus de nómadas y extranjeros que vivían al margen de la ley que, con el paso del tiempo, habían ido haciéndose fuertes, sobreviviendo a costa de esfuerzo. Había delincuencia, narcotráfico y tráfico ilegal de mercancías. Incluso se practicaba la piratería, aunque no en la zona. El Auténtico Throndall Libre, como ellos se autoproclamaban, estaba lleno de marginalidad y de violencia, pero no hacia los locales. Las distintas comunidades se respetaban entre sí, y aunque no llegaba a haber colaboración real, en los últimos tiempos había hecho muestra de una unión inusual.



Nos instalamos en Vikkler unos días. Celes Meriestonn era nieto de albiano, y sus raíces se remontaban a la vieja Herrengarde, nexo que provocó que entre él y Alexander surgiera un gran interés mutuo. Era fácil hablar con el throndall, y aunque a veces sus modales eran un tanto bruscos, violentos incluso, parecía entenderse bien con los legionarios.

Con ellos, claro, yo, en cambio, lo veía todo desde otra perspectiva. Si bien los albianos me habían parecido unos chulos prepotentes, la visión de los throndall no era mucho mejor. Por mucho que lo disimulasen, aquellas gentes eran unos salvajes.

Eran peligrosos...

Eran desafiantes.

Y lo que era aún peor, eran impredecibles.

Resultaba curioso que fuesen tan diferentes a los ostarianos habiendo ciertas similitudes religiosas. Ambos pueblos creíamos en la naturaleza, aunque de un modo diferente. Mientras que ellos creían en los dioses de la naturaleza, nosotros nos quedábamos con los del Velo. Una diferencia radical que cambiaba de raíz nuestra mentalidad, pero que nos alejaba por igual de culturas monoteístas como la albiana o la talosiana.

Así pues, aunque coincidíamos en que éramos totalmente distintos a la mayoría de las culturas, resultaba complicado sentirse parejo a aquellas gentes. Cuanto más lejos me hallaba de mi patria más la echaba de menos, y más en un lugar como aquel en el que ni tan siquiera podíamos llegar a sentirnos seguros.




Al caer la noche de la primera noche en Vikkler, Alexander nos reunió en su habitación para planear los siguientes movimientos. Al tener a la guardia de Heraldson con nosotros no iba a ser tan fácil que él pudiera moverse con libertad, por lo que la responsabilidad caía sobre nosotros. O más en concreto, sobre mí.

Más que nunca, mis orígenes se convertían en la clave para poder seguir indagando.

—Meriestonn dice que la comunidad ostariana que reside en Vikkler no se encuentra demasiado lejos de aquí, a tan solo veinte kilómetros, en un pueblo en la costa —explicó Alexander, que se había pasado toda la tarde reunido con el gobernador mientras nosotros permanecíamos en nuestras habitaciones. O celdas, depende de cómo se viese—. Inicialmente vivían dentro de la muralla, con el resto, pero hace más de veinte años que decidieron trasladarse.

—¿Con qué motivo? —pregunté con interés.

—Fue una petición expresa de su líder, una tal Nataliya Dress. Según parece, le habló del «nacimiento de un nuevo dios» en la zona, y toda la comunidad se trasladó para velar su llegada, o algo así. Meriestonn no lo entendió demasiado bien en su momento. La cuestión es que se fueron y desde entonces no se ha vuelto a saber de ellos.

La situación de los ostarianos en el norte de Throndall era peculiar. Sin bien no habían llegado a desaparecer, pues se seguía comerciando con ellos y era habitual verlos en la ciudad, no era posible llegar a su nueva población. Era como si las coordenadas no fueran correctas. En cualquier caso, los throndall tampoco habían sentido especial interés en ir a conocer su población. La comunidad ostariana nunca se había caracterizado por su cercanía con el resto de los habitantes de Vikkler, por lo que las relaciones habían sido frías. Además, mientras acudieran a la ciudad cuando se les reclamase, tal y como habían estado haciendo hasta ahora, no habría problema.

—Es un buen punto de partida —reflexionó Oleq, de brazos cruzados—. Aunque teniendo en cuenta que los throndall no han sido capaces de dar con ellos en todos estos años, no creo que vaya a ser fácil. ¿Es algo habitual en vuestra cultura? Lo de desaparecer, me refiero.

—Te sorprendería de lo que somos capaces —respondí, aunque no hablaba del todo en serio—. Pero no, no solemos desaparecer. De todos modos, tenemos que ir: siendo ostariana, tiene sentido que quiera ir a conocer a mis compatriotas. Los buscaremos.

—Me lees la mente —me secundó Alexander, satisfecho—. Intentaré deshacerme de los throndall y reunirme con vosotros lo antes posible, pero no puedo prometer nada.

—Tranquilo, nos ocupamos.

Siete horas después, con la llegada de la primera luz, Oleq y yo dejamos Vikkler y nos encaminamos a la costa.











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