Capítulo 4
El miércoles siguiente, mis padres y yo vimos la gran mansión sureña desde las ventanillas del auto alquilado.
— ¡Guau! —fue la exclamación de admiración que pudimos decir. Una impresionante casa colonial de dos pisos se erguía frente a nosotros, imponente y majestuosa.
Un envejecido y cansado Henry respondió al llamado, note reflejos plateados en su pelo negro. Me estudio con sus ojos color avellana.
— ¿Cuál de las siete Harris eres tú?
—Ella es Sophia—respondió papá.
—Ah, Harris número cuatro. No te reconocí tan grande.
Le dio la mano a mi papá y abrazo a mamá, umbral de por medio. No estaba seguro de como saludarme, por lo que tan solo me saludo inclinando la cabeza.
—Vengan a conocer a mis hijos.
Lo seguimos a la sala de juegos, en el piso inferior.
—William, Abigail, vengan a conocer a los amigos de papá.
Dos cabezas de cabellos color castaño claro se asomaron en el lugar donde los niños estaban mirando un video de Barney, acostados boca abajo. Rápidamente se pusieron de pie y corrieron hacia su padre. William parecía una réplica de su papá. Los tímidos ojos de color gris de Abigail deben de haber venido de su mamá. Sus regordetas mejillas pedían ser besadas por mí. Me resistí ya que Abigail no me conocía y parecía una acción un poco atropella para una desconocida. Me dolió el corazón por esos niños sin mamá y jure inundarlos de amor y atención mientras estuviese allí.
Henry nos acompañó hasta la habitación de huéspedes.
—Sophia, ¿te molestaría compartir la habitación con Abigail? Tengo solamente dos habitaciones adicionales en la casa principal y pensé que, si no te importa, les daré el dormitorio de la planta baja a mis padres. Hay otra habitación separada de la casa, si prefieres.
—Me gustaría mucho compartir la habitación con Abigail, ¿qué te parece a ti, señorita? —no pude evitar acariciar los rizos de la niña. Abigail asintió tímidamente con la cabeza, sonriéndome. — ¿Me muestras donde está tu habitación?
Luego de otro movimiento de cabeza me llevo por la escalera hasta la habitación.
El dormitorio de Abigail era muy femenino, decorado con lazos y adornos rosados, la cama con dosel estaba ubicada en el medio de la habitación. Por lo que había visto de la casa hasta el momento, Regina parecía tener muy buen gusto. Era claro que los Crawford estaban muy bien económicamente. Luego de colgar mi vestido azul y de mover mi equipaje del medio, decidí conocer la casa por mi cuenta.
En la sala me detuve a admirar una foto que supuse era de Regina. Los ojos de la mujer se parecían a los de Abigail.
—Es Regina—me confirmo Henry desde la entrada, detrás de mí.
Asentí con la cabeza diciendo
—Abigail tiene sus ojos. Era muy bonita; debe extrañarla mucho.
Mi voz se tornó melancólica al pensar que la vida de Henry y Regina habría sido como un cuento de hadas. Parecía tan romántico dejar a un lado todos los proyectos y los sueños por amor a una persona, tanto, que nada es más importante en la vida que tener a esa persona a tu lado. Eso es lo que Henry había hecho por Regina; debió haberla amado con profunda pasión.
—La belleza es superficial. No te engañes pensando demasiado bien de mi esposa muerta. No era más que una cualquiera.
Jadeé. Me di vuelta y me encontré con unos ojos llenos de dolor y sufrimiento. Su rostro mostraba la amargura que había escuchado en su voz; y algo dentro de mi corazón quería salir en ayuda de ese hombre sufriendo con el corazón roto.
—Lo siento, no lo sabía—dije, incomoda, con la mirada baja mirándome las manos fuertemente apretadas— Es solo que... —hice una pausa, observando nuevamente la foto—es muy linda, y tú eres... —de repente, avergonzada por lo que estuve a punto de decir, sentí un calor que me subió al rostro. Levante la vista hacia Henry, cuyos ojos reflejaban diversión por mi aturdimiento—. De todas maneras, eran un pareja atractiva—levante un poquito el mentón— con hermosos niños y una linda casa; todo parece un cuento de hadas.
Henry me sonrió y sus ojos azules se tornaron cálidos.
—Ningún cuento de hadas—dijo. Noté que le costó tragar— Nuestras vidas eran lo más lejano al dicho común "y vivieron felices para siempre"—suspiro y se rasco el cuello—. Las cosas rara vez son como aparentan. Lo lamento, espero no haber sonado descortés al principio, pero, tarde o temprano ibas a enterarte; esta en todos los periódicos de la zona.
— ¿Qué quieres decir?
Henry entro a la habitación y se sentó en el borde de una silla. Inclinándose, apoyo los brazos sobre las piernas. Se veía como un hombre agobiado por el peso de haber tomado malas decisiones. Sufría por él y anhelaba poder darle alivio. Me senté en otra silla igual y espere a que continuara.
—Los padres de Regina, los Hatton, pertenecen a la alta sociedad de Nashville. El hecho de que su hija casada muriese en un accidente automovilístico con un hombre casado, también de la sociedad y que no era su marido, es alimento para la gente curiosa la cual se nutre con este tipo de noticias.
Mis ojos llorosos no podía enfocarse en el hombre que, con la cabeza inclinada hacia delante y la mirada en el suelo, estaba allí sentado. Intente tragar el nudo que sentía en mi garganta. ¿Que podría decirle para consolarlo? En mi cabeza escuchaba las palabras de Mateo: "Venid a mí, todos los que estáis cansado y cargados, y yo os hare descansar".
Ore en silencio: "Dios, ayuda a Henry a encontrar el camino hacia ti".
—Lo lamento—dije en voz baja. Sentí el profundo dolor y la traición que el sentía; de alguna manera su dolor paso a ser mío.
Henry levanto la mirada y me sonrió; era la sonrisa más triste que jamás haya visto.
—Mis padres me advirtieron, me suplicaron que me mantuviera alejado de ella. Mi mamá dijo que a veces el diablo tiene ojos grises. Recuerdo que mi papá dijo que la tentación viene envuelta en la forma que nosotros creemos que queremos y necesitamos—levanto la mirada hacia la foto de Regina— Me dijo que tenía que alejarme de todo aquello que me mantuviese alejado de Dios y de sus proyectos. En este momento deseo haber escuchado... —me miro y siguió—ya basta, estoy contento que hayas venido. Al igual que tus hermanas, eres como una hermana para mí. ¿Recuerdas mi última visita a California?
Asentí con la cabeza y dije:
—Justo después de haberte graduado de la universidad.
—Y tú de octavo grado.
—Y Kate de la secundaria.
—Tu mamá nos hizo una fiesta para nosotros tres.
—Te quedaste con nosotros casi un mes.
—Luego tuve que regresar para comenzar en la escuela de aviación Moody. Los extrañe a todos, y aparte de tu mamá, Natalie fue la única que me escribió. Solía escribirme una vez por semana hasta que me case; después nunca más supe de ella.
—Cuando estaba en segundo grado ella soñaba con ser tu esposa algún día. Lloro al enterarse que te casarías con otra mujer.
Ambos reímos.
— ¿Recuerdas nuestros juegos de baloncesto por la noche?
Asentí con la cabeza de nuevo.
—Tu papá, tú y yo jugábamos contra las otras seis. Ganábamos siempre.
—Sí, pero tú y mi papá nunca me pasaban la pelota; no sé cómo seguía jugando en el equipo de ustedes.
—Parecía justo darles a ella, las tres mayores y las tres menores; así que escogíamos a la del medio.
—Es la historia de mi vida. Nunca la más grande, ni las más chica, ni las más linda o inteligente, solo Sophia—dije las palabras en tono de broma, pero sabía que él había leído algo más en mis palabras por la forma en que sus ojos perforaron mi alma.
—Nunca hubo nada simple ni ordinario en ti, Sophia, y tampoco parece haberlo ahora.
Nuestras miradas se cruzaron por un instante; luego, mi papá hablo desde la entrada de la habitación:
—Henry ¿cuándo viene tus padres?
Henry retiro de mí su mirada.
—Mañana por la tarde. Hace tres años que no viene; Abigail era una bebe. Sera bueno verlos de nuevo.
—Para mí también—dijo papá
—Si me permiten, iré a hacerme amiga de Abigail y Thomas—les dije a ambos.
—Sophia, gracias por escucharme—asentí y me fui en busca de sus hijos.
Estaba maravillada de lo fácil que fluyo la conversación entre ambos. Era algo que siempre me gusto de él. Rara vez podía hablar con otro hombre que no fuera papá sin sentirme nerviosa y tímida. El tiempo se desvanecía cada vez que Henry volvía a nuestras vidas. Parecía como que nos pertenecía; como que era uno de nosotros, incluso ahora.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro