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||Dieci||

|10|Dudas y problemas

Una leve nube de humo salió de los labios delgados de Paguro hacia el techo del consultorio. Hace mucho que no mucho que no pisaba ese lugar donde el constante y consecutivo tic tac del metrónomo se mezclaba con el sonido relajante de la lluvia de afuera. El olor a incienso y cigarrillo inundaban la habitación. Luca miro de reojo la ventana donde aquel gato obeso de manchas blancas anaranjadas y negras dormía desparramado en el borde bajo aquel atrapasueños y cristales "medicinales". Dejó salir un suspiro en lo que se estiraba para tirar las cenizas de su cigarrillo. Todo bajo la mirada tranquila de aquel hombre delgado –con apariencia de vagabundo–, piel blanca y cabello rubio sucio. Moonwind, quien era su psicólogo desde todo lo ocurrido, un hippie que lo ha apoyado en todo, lo miraba con preocupación desde su puff.

–Hace mucho que no fumas, muchacho –habló algo decaído ladeando un poco su cabeza–, creí que había terminado contigo el año pasado.

–Solo lo hago para calmar mi angustia –musitó mirando con pesar como la llama de su cigarrillo se consumía lentamente. Exhaló y miro a su psicólogo–, Alberto me dio una oportunidad el martes.

Fue todo lo que tuvo que decir para que el hombre entendiera la situación.

–Ya veo –Moonwind suspiró y se sentó de piernas cruzadas sobre su asiento–. ¿Cómo te sientes con eso?

–¿Feliz? –respondió con una mueca, para nada seguro de su respuesta. Tenía tantas emociones que no sabría qué es lo que sentía realmente.

–No lo pareces –dio mientras se estiraba a la mesita de café del medio y tomar su taza de té de jamaica–. ¿Estás seguro de que quieres volver con él?

–¡Claro que lo estoy! –exclamó en voz alta mostrándose aterrado por alguna razón, peinó su cabellera hacia atrás con fuerza mientras su otra mano seguía sosteniendo aquel cigarrillo olvidado– solo que como afrontarlo, digo –agachó su mirada–...le hice mucho daño al irme sin decir nada.

–Luca, muchacho, el año pasado te diste cuenta de tus errores como los de él, ambos no podrían afrontar algo como eso, cuando apenas experimentaban su propio amor. Te diste cuenta que estuvo mal culparlo por no aparecer para que impidiera el abuso y también que no debiste culparte a ti mismo por no verlo venir, abmirabas a Giovanni tanto que no lo veías venir. Él te manipulaba tanto que ocasionaba esas peleas entre tú y Alberto.

–Siento que lo arruinare de nuevo –musitó apagando su cigarrillo en el cenicero.

–Estuvo mal que lo dejaras solo, pero era porque no sabías como afrontarlo.

–Me sentía sucio y usado.

–La mayoría de víctimas de abusos sexuales se sienten así. Hace dos años comenzaste a tener más confianza en salir con otros hombres, a volver a tener encuentros sexuales después de todo ese tiempo. Has tenido tu progreso. ¿Por qué no tener la confianza de volver a intentar algo que les fue arrebatado a ambos?

–¿Y si se arrepiente de salir conmigo? –le preguntó con nudo en su garganta y su mirada cristalina. Odiaba hablar del tema. Solo su abuela, su tío, Miguel y Alberto eran los únicos que estaban enterados de aquella tragedia, no tenía el valor de decirles a sus demás amigos. Miguel fue su roca por varios años, siendo el único secreto junto con su sexualidad que no ha rebelado. Sentía vergüenza que alguien más se enterara y lo viera como un simple debilucho.

–Él te dio una oportunidad por algo, por lo que me decías ayer por llamada; él no te culpa del todo. No te culpa por lo sucedido, sino porque huiste sin decirle nada. Ni siquiera lo terminaste.

–Él fue el que me terminó por llamada, yo no sabía que él fue a España por mí.

–Deberían aprovechar esa oportunidad, ambos ya crecieron –le sonrió débilmente.

Luca no respondió, solo bajó la mirada al suelo. Desde que salió del departamento el martes por la noche, pasando por todo el miércoles hasta terminar esa misma mañana, estuvo teniendo una horrible batalla mental consigo mismo que le recordaba una y otra vez sus errores del pasado. No había visto a Alberto desde esa noche, tampoco se ha atrevido a mandarle un mensaje o llamarlo, tampoco sabría cómo iniciaría una conversación con él. Hace años que no se sentía así de temeroso por hablar con un hombre.

–Hace días me dijiste que adoptarías a un niño –murmuró el mayor una vez que bebido de su té–, me sorprendió que hayas retomado ese deseo de volverte padre.

–Hay muchas cosas que volví a retomar estos días –sonrió con tristeza–. Volver hablar con Alberto fue la más significante para mí.

–Estoy orgulloso del progreso que te ha tardado tanto en luchar.

No volvió a responder solo exhaló tratando de mostrarse positivo.

[...]

–¡Claro que no! Olvídalo por una maldita vez –le regañó su cuñado desde el otro lado de la pantalla de su teléfono.

Alberto dejó salir un suspiro. Deslizándose en la silla de su oficina, solo levantó su celular para ver la silueta concentrada de Ercole, su cuñado y mejor amigo –aunque no se lo diría jamás en voz alta– en su oficina en el ejército de Portugal. Con su uniforme de general el hombre de bigote y perilla se mostraba muy inconforme con la idea de que él volviera con su exnovio después de todo lo que le hizo. Por desgracia Visconti era el único que sabía del abuso del que paso Luca, tras una confesión de ebrios aquella noche de despedida de soltero donde lloro en los brazos de su cuñado; quien era el único sobrio del grupo –ni loco se emborracharía un día antes de su boda y menos con bebidas baratas–. Ya el día siguiente le hizo todo un interrogatorio de lo que sucedió con el nieto de una de las familias más ricas de todo el sur de Europa.

–¿Acaso se te olvido todo el mal que te causo? –le recordó mirándolo molesto atreves de la pantalla–. Ese hombre solo te causara problemas –se pellizcó la fuente de su nariz con fastidio–, te quiero recordar toda la baja autoestima que tenías tras perderlo porque pensabas que todo fue tu culpa.

Scorfano hizo una mueca, mordiéndose el interior de su mejilla. Encogiéndose aún más en su silla.

–Escucha, eras celoso, sí, pero también tenía la culpa de Paguro por cancelar las salidas contigo para irse con él. Aun fuera del abuso y los coqueteos que él no veía, Paguro prefería pasar su tiempo con su supuesto "tutor" –hizo comillas con su mano– que contigo. Aléjate de él.

–Sabes que por más que lo intenté; no pude –dejó caer su mejilla sobre su escritorio mientras miraba su teléfono. Tenía suerte de ser un momento de vagancia en lo que esperaba el siguiente avance de su equipo.

–Giulia te matara.

–Giulia apenas puede moverse, ahora es una albóndiga con patas.

–Deja en paz a mi albóndiga –le reclamó con un ligero tic en su ojo derecho; odiaba que otra persona le dijera albóndiga a su esposa–. Ella con un corazón enfermo tiene a tres princesas en su vientre, es obvio que no se puede mover, pero aún conserva su puntería.

Alberto esbozó una risa, le daba gracia la relación entre su cuñado y su hermana. Él la cuidaba mucho, pero también la insultaba de manera infantil.

–No puedo creer que Guido haya arruinado la sorpresa, quería ver tu rostro cuando la vieras cargando a mis tres diablillas.

Ercole gruñó.

–Mira, prefiero saber por el idiota de Guido que llegar a Italia y ver a mi esposa embarazada cuando estuve casi todo un año en el extranjero.

–Giulia nunca te engañaría, más que nada porque te domina. Aun estando embarazada da miedo.

–Lo sé y me gusta –sonrió orgulloso del carácter de su mujer–. Amo a esa mujer que es capaz de morder a alguien.

Otra risa volvió a parecer en los labios del pecoso. Ambos eran mejores amigos –nunca lo dirían a viva voz– poco antes de que el mayor saliera con su hermana. Alberto le tenía la confianza de hablarle de Luca sin miedo de que él le dijera a su esposa, era el único secreto que le ocultaba a ella. Sabiendo que la pelirroja sería capaz estando embaraza ir a Portorosso para golpearlo. Ella comenzó a odiar a Paguro tras todo lo que hizo a su querido hermano y dudaba mucho que lo perdone.

Scorfano se enderezo en su silla apoyando su teléfono en uno de los portapapeles que tenía en su escritorio para beber de su taza de café.

–¿El gordo ya sabe que será tío?

–Se rio al saber que eran trillizas, gritó: karma mientras seguía riéndose, hasta que lo llevaron a la enfermería.

Rio suavemente detrás de su taza de café.

–Supongo que es porque tú odiabas a muerte a Giulia en su juventud y ahora te toca tres pequeñas versiones de ella –opinó burlón–. Ay, como extraño a Ciccio –dramatizó un poco colocando su mano sobre su corazón.

–Volviendo al tema de Paguro –dijo serio obteniendo la mirada desconcertada del menor–; te recomiendo que te alejes de él.

–Sabes que eso no pasara...–soltando un suspiro dejo su taza a un lado, algo incómodo–, si te soy honesto tampoco me siento del todo seguro si quiero volver con él. Digo. Antes solo me preocupaba de que ambos seamos de distintas clases sociales, pero ahora...

–Eres un jodido hombre con dinero, Scorfano, trabajas como jefe de mercadotecnia en una de las empresas más famosas del continente.

–Lo soy, pero Luca es mi jefe y no me agrada la idea que piensen que gane mi puesto por ser su pareja o esas mierdas, desacreditan lo que tanto he trabajado –se recargo en su silla y dio una vuelta completa antes de peinar hacia atrás su cabello notándose inquieto–. Además la idea de alejarme de Luca es imposible; LITERALMENTE –recalcó mirando seriamente a su cuñado.

–Cierto; olvidaba tu jodida suerte. Es más probable que si sales con los ojos vendados a la calle termines chocando con Paguro antes que te atropellen –fastidiado cerró su mirada y suspiró–. Solo no hagas nada estúpido, ya estoy cansado de ser tu niñero y el de Guido. Aun estando en otro jodido país tengo que asegurarme que no se mueran. Ya ni Giulietta, QUE ES MI ESPOSA ENFERMA –exclamó irritado.

–Mira el lado positivo ya tienes experiencia para cuidar a mis sobrinas –bromeó con una sonrisa.

Ercole blanqueó la mirada.

–No hagas que me arrepienta de llamarte.

Él rio por última vez, amaba joderlo. No obstante tuvo que parar de reír al escuchar como alguien tocaba suavemente su puerta.

–Señor Scorfano, ya está aquí el señor Paguro –anunció su secretaria desde el otro lado.

Al escucharlo termino liberando un suspiro, bajo su cara con pesar y miro a su amigo; quien había escuchado también.

–Más te vale poner límites, Alberto.

Un escalofrió recorrió su espalda ante el tono muerto en cual lo llamo antes de colgar la llamada sin ni siquiera despedirse. Bajo la pantalla de su teléfono contra la superficie de su escritorio una vez que se puso negro.

–Hágalo pasar, per favore –dijo en un tono cansado mientras se recargaba en su asiento y tallaba su rostro ante la conversación que tuvo.

El girar de la perilla se hizo presente al igual de leve rechinido de la puerta. Scorfano destapo su rostro encontrándose con Paguro. Él le sonreía algo incómodo mientras jugaba con la correa de su bolso de cuero y sostenía el libro que estaban a nada de acabar.

–Dime, per favore, que esa vieja se murió y es su último libro que publicar –exclamó fastidiado.

Luca negó suavemente mostrando una pequeña mueca en su rostro antes de adentrarse por completo a su oficina emparejando la puerta detrás de él. Alberto liberó un fuerte quejido dando una vuelta completa en su silla; acción que provoco una pequeña risa en el menor. Sorprendido al escucharlo lo miro de reojo, haciéndolo sonrojar al ver que lo escuchó.

–Ella en verdad te odia –murmuró acercándose al escritorio y extendiéndole el libro con las nuevas observaciones de la autora.

–Y yo a esa bruja malagradecida –estresado y cansado se estiró con pereza para tomarlo y comenzar a hojear aquellas hojas marcadas con postits de colores–. Maldita loca –gruñó apretando los dientes al leer sus observaciones.

Luca lo miraba algo inseguro, era la primera vez que intentaría ser "lindo" con Alberto después de tantos años. Aprovechó que el mayor estaba maldiciendo y gruñendo con la mirada concentrada en la novela juvenil que se sabía de derecho y al revés para sacar de su bolso de trabajo la chaqueta y la sudadera de Alberto –recién salidas de la tintorería, pero con un ligero toque del perfume que utilizaba él–, y extendérselas en frente de él con un ligero sonrojo en su rostro.

Scorfano al ver las prendas de reojo bajo el libro e inconscientemente lo cerró para dejarlo por un momento a un lado. Miro a su jefe con sorpresa, sintiendo un pequeño ardor en sus mejillas al presenciar el elegante aroma de Luca en las telas.

–Toma –expresó avergonzado y sin atreverse a verlo–, gracias por prestármelas.

Una risa avergonzada salió de los labios del mayor y los tomó. Ambos rosaron sus manos sintiendo una fuerte corriente eléctrica recorriendo toda su espalda, que provoco que sus corazones latieran con fuerza y un océano de mariposas gobernaran sus estómagos...como la primera vez que se encontraron.

Grazie –susurró con una pequeña sonrisa–. No te había visto desde el martes, creí que ya te arrepentiste –bromeó juguetonamente en lo que dejaba las prendas en el archivero de su costado.

–¿Qué? ¡No! –exclamó avergonzado, poniéndose aún más rojo al darse cuenta que elevo la voz. Rápidamente se arrepintió pellizcándose la fuente de su nariz– No, no me he arrepentido –se apoyó en el mueble de al lado manteniendo la mirada fija en el suelo mientras que Alberto lo miraba sorprendido–...solo no quiero que se vea forzado o incomodarte, no quiero presionarte.

Esa respuesta no la esperaba, un momento recordó como Giulia se refería a Luca como un egoísta, pero no lo parecía.

–Ya veo –musitó en un delgado hilo de voz que apenas fue escuchado por su jefe.

Luca se mordió el interior de su mejilla al sentir la misma tensión de siempre, no fue hasta que recordó que tenía algo más que darle. De su bolso saco un envase de medio litro de yogur griego con salsa de frutos rojos y cereal. Alberto al verlo rio suavemente, tomándolo con una sonrisa incrédula.

–No lo has olvidado –lo miro de reojo sin borrar su sonrisa.

–Como tú no has olvidado mi pastelería favorita ni mi café con miel.

Alberto volvió a reír.

–Sigo pensando que tarde o temprano te dará diabetes por tanta azúcar.

Esta vez fue Luca quien rio suavemente, moviendo uno de sus risos detrás de su oreja. Alberto sonrió de lado al ver ese comportamiento que Luca siempre oculta en el trabajo. Mando en ese instante al carajo la conversación con su cuñado.

–No tenías que haberme dejado tu chaqueta ni el tiramisú ni mucho menos haberme dejado dormir.

–Siempre te esfuerzas por cumplir tu trabajo, teniendo demasiada paciencia con todos, no está mal agradecerte de vez en cuando –respondió alzando sus hombros–. Además, ¿Cómo olvidaría aquella pastelería que cada vez que pasábamos babeabas con el aroma?

–Recuerdo que aun teniendo escaso dinero, siempre me llevabas una galleta pequeña de allí.

Una risa apenada apareció en el mayor mientras rascaba su nuca; era un jodido enamorado de uno de los chicos más ricos de la universidad, por no decir que era el numero uno.

–Debiste sentir vergüenza por salir con alguien de pocos recursos.

Luca lo miro sorprendido y extrañado.

–Para nada. Yo no me enamore de ti por tu estatus –sonrió con melancolía mientras que sus mejillas se teñían de carmín–, me enamore porque me hacías feliz.

–Yo creí que era por el excelente sexo –exclamó con orgullo.

–También.

Ambos rieron, sintiéndose a gusto entre ellos. Alberto se levantó de su silla para tomar asiento en el borde de su escritorio para estar más cerca del menor. Haciendo notar la gran diferencia de estatura de ambos. Sus ojos se reencontraron haciendo resaltar aquel brillo que tanto les atraía del otro.

–¿Puedo invitarte a una cita? –dijo sin pensar Luca sin dejar de ver sus hermosos ojos esmeraldas.

Scorfano corto el momento al mostrar una mueca y desviar la mirada.

–Estos días estaré demasiado ocupado con el final e inicio de temporada, aparte de arreglar los últimos detalles de la obra de esa vieja loca –expresó incomodo mientras rascaba su mejilla–. Lo siento.

–Está bien, lo entiendo –respondió algo decepcionado e intento camuflarlo con una muy falsa sonrisa–. Creo que lo mejor es que lo deje trabajar y no lo haga perder más de su tiempo, señor Scorfano.

Un malestar surgió dentro de él al verlo dar la vuelta. Respiró hondo sabiendo que se arrepentiría de lo que iba hacer. Antes que Luca tomara de la perilla lo tomó de su muñeca y lo jaló hacia él; provocando que el menor se estampara contra su pecho. Confundido y sonrojado Paguro levanto la mirada, volviendo a perderse en la mirada del mayor. Scorfano al estar hipnotizado también, acaricio con tanta delicadeza su mejilla, sintiendo un fuerte palpitar en su pechos al verlo dejarse acariciar –Luca siempre le recordaba a un felino–. Sin esperar mucho, lentamente se fue agachando, ambos cerrando sus miradas para terminar uniendo sus labios.

Ese calor que sentían en su juventud volvió a encenderse, creando un compás adictivo para ambos. Alberto tenía el completo control de aquel vals que tenían sus labios, Luca no se quedaba atrás y enredador sus brazos al alrededor de su cuello. Poniéndose de puntillas para alcanzarlo. Poco a poco aquel beso se fue profundizando, Alberto recordaba aquellos labios delgados que siempre portaban un dulce sabor, ante todas las cosas dulces que él comía.

Lentamente sus cuerpos buscaban más contacto físico, Scorfano lo tomo de sus muslos y colocándose en medio de sus piernas lo sentó en el borde de su escritorio para acariciar descaradamente su cintura y piernas; logrando que un jadeo saliera de los labios de Luca, dándole la oportunidad que su lengua se reencontrara con su compañero sin dudarlo.

Las grandes manos de Alberto se escabulleron debajo de su camisa blanca. Tocando su piel de manera experta. Luca se retorcía entre las caricias. Se sentía tan bien, que tenía que ahogar sus jadeos y suspiros en los labios ajenos. Pegando su pelvis a la de él en búsqueda de más contacto, mientras que sus manos se perdían en la larga cabellera castaña blonde. Ambos estaban tan sumergidos en el placer que solo tuvieron que escuchar un fuerte carraspeo para que se separaran de manera brusca y alarmada.

Completamente rojos de la vergüenza se encontraron con la mirada seria de la señora Paguro; quien los miraba de brazos cruzados desde la puerta. No se veía muy contenta de encontrarse al jefe de mercadotecnia devorándose a su adorado y único nieto en su empresa.

–Luca, querido, el escritorio no es un buen lugar para ese tipo de cosas –expresó indiferente, logrando que su nieto desviara la mirada avergonzado y bajara del escritorio mientras se fajaba la camisa. La anciana volteo a ver al pecoso. Alberto tragó saliva al verla tan seria–. Señor Scorfano, per favore, envíale a mi secretaria tu informe de este fin de temporada.

–Sí, señora –asintió nervioso.

Ella imitó su acción con otro asentamiento y dio media vuelta con intenciones de irse, pero sin antes de dedicarle una última mirada amenazante al hombre de piel bronceada.

–Alberto, hijo.

–¿Sí? Señora Paguro.

–Más te vale llegar a tiempo a la cena de esta noche o si no estarás despedido –expresó con indiferencia y al fin saliendo de la oficina. Dejando completamente rojos al par.

Una vez que la puerta se cerró Alberto se dejó caer preocupado y pálido en su silla –no tenía idea como es que aún conservaba su trabajo después de eso– mientras que Luca no sabía cómo reaccionar. Estaban jodidos.

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