Ecos del pasado
Actualidad, Clemencia.
Despertar, trabajar, dormir. Su vida era una sucesión de la misma rutina. A veces, veía a su familia y amigos, pero el resto de los días eran una copia del anterior y el anterior.
Si veía en perspectiva, su vida no era mala. Trabajaba de lo que quería, tenía buena salud, su familia era unida y la apreciaba, y poseía un par de buenos amigos que mantenía desde que iba a la escuela. Su vida era promedio pero quizás muchos podrían envidiar la estabilidad que vivía. Aún así, convivia con un vacío que le costaba llenar. Cómo si hubiese algo que necesitaba para ser completamente feliz y estar satisfecha consigo misma pero que le costaba reconocer qué era.
Se veía a sí misma como una persona insulsa y monótona.
— No eres una persona aburrida —le había dicho una de sus amigas un día que se quejaba en voz alta. Ella la miró con ironía para comenzar a enumerar todo lo que le molestaba.
— No salgo, no tengo pareja, apenas te veo a ti cada tanto, solo trabajo y duermo. Antes al menos miraba series y películas pero ahora solo me la paso trabajando —comentó. Su amiga la había mirado con tristeza, y ella respiró hondo para ahuyentar la decepción hacia ella misma—. Quiero hacer algo, ser algo más —había prometido, pero sus palabras siempre quedaban en promesas que nunca cumplía...
Si no trabajaba, dormía porque por lo menos sus sueños eran más interesantes que su realidad, aunque muchas veces los olvidaba al despertar o la seguían los recuerdos de voces de personas que no conocía pero que de algún modo extrañaba.
No me olvides, te encontraré.
Esa frase hacía eco en su mente usualmente, y más allá que al inicio odiaba esa voz que la perseguía, con el tiempo fue encontrando cierto confort en esas palabras.
Un día sin siquiera meditarlo mucho, decidió ir a pasear por la ciudad después del trabajo. Estaba cansada de quejarse de su rutina y no hacer nada para remediarlo. Estaba soleado y el viento de los anteriores días había calmado. Caminó por Clemencia hasta llegar a la puerta del museo histórico, que al parecer tenía una exhibición que pronto terminaría. Había un extraño presentimiento en ella que la hizo moverse inconscientemente hasta el interior.
Se mimetizó entre las personas, contemplando con curiosidad las esculturas, cuadros y leyendo los fragmentos de historia. Había una pequeña sonrisa en su rostro que hacía mucho que no tenía, y sus ojos grandes no sabían en qué cosa detenerse a admirar.
— Hay un relato antiguo que afirma que esta pintura fue creada por un antiguo rey —comentaba una mujer señalando un pequeño cuadro en la pared. Ella lo miró con curiosidad, notando un terreno verde y una casa modesta donde dos niños y una niña jugaban afuera—. Si bien él no era un pintor, durante sus años lejos de las batallas aprendió el arte —agregó.
Los ojos grandes y negros de Aria deambularon una vez más por la habitación, y se posaron en las fotografías de los restos encontrados. Espadas, escudos, restos de uniformes militares. Ella sintió un extraño sentimiento recorrerla sin poder precisar cuál era.
— Antes de ser rey, el príncipe había sido un importante soldado que peleó grandes batallas con el héroe conocido como Nicodemus. Se cree que ambos eran amigos —la voz de la mujer obligó a Aria a detenerse. Un escalofrío recorrió su cuerpo, buscó lo que la señora señalaba. Eran cuadros de batallas perdidas y ganadas, personas muertas entre charcos de sangre y halos brillantes sobre los campos de batalla.
Los latidos de su corazón se tornaron rápidos, repercutiendo en sus oídos.
— Los halos que se suelen mostrar en estas pinturas es la representación de los dioses que participaban en las batallas. Usualmente, un dios elegía un hombre para iluminarlo con el éxito de la guerra. Así como una vez Atenea guió a Perseo, se cuenta que ella era la diosa que guiaba al héroe Nicodemus —con cada fragmento de información, Aria se removía incómoda.
Sus ojos se detuvieron en una pintura que homenajea al héroe; un hombre alto y robusto, de piel morena, con un escudo en una mano y blandiendo su espada contra un enemigo en la otra.
Tienes que sobrevivir, Megan.
— Las batallas de él junto con el rey, que en su momento, era un príncipe eran famosas en la región. Sobre todo porque un soldado de una famosa familia de guerrero y un príncipe exiliado eran quienes encabezaban las victorias —explicó.
Maté a mi madre al nacer, mi padre me exilió a una vida militar lejos de mi hogar, y las personas me consideran maldito por mis ojos.
Aria sintió el calor rodearla, casi sofocante ante el recuerdo de sus sueños. De la imagen de Nicodemus pasó a otro cuadro; un joven sentado en una silla de oro, pelo negro y rostro inexpresivo, con una mano apoyado sobre una espada, y una mujer a su lado con actitud guardiana. Zander y la diosa Artemisa; decía bajo el cuadro.
Sintiendo su cuerpo débil, se acercó a los cuadros de la misma persona hasta detenerse en uno donde su rostro era más claro. Su pelo negro caía sobre su rostro inexpresivo, y sus ojos brillaban casi blanquecinos.
— Se lo llamaba el príncipe maldito por el color de sus ojos, su padre lo exilio pero a pesar de eso, terminó ganándole a sus otros hermanos el trono —la voz de la mujer se oía lejos. No le importaba si llamaba la atención de las demás personas o no.
Aria comenzó a respirar agitadamente, con flashes de los sueños que tenía desde que era una niña, las voces que no conocía pero extrañaba, la emoción que vivía al ser alguien más.
— No son solo sueños —susurró, con los ojos llenos de lágrimas rememorando cada fragmento que día tras día quería olvidar. Incrédula y triste, se dio cuenta que había dejado atrás a personas que habían significado todo para ella, pero viendo la forma en que terminaron, se dio cuenta que les había fallado—. ¿qué les sucedió? —se preguntó entre lágrimas sin poder tolerar un minuto más allí.
— Disculpa, ¿pero, estás bien? —inquirió una voz que la tomó desprevenida. Secó sus lágrimas con torpeza y rapidez antes de ver a la persona que estaba a su lado. Su sonrisa enmascaraba tristeza, pero el chico que la miraba simuló no darse cuenta. Los ojos verdosos de él la evaluaron cuidadosamente.
— Eh, si... solo comencé a sentirme mareada y me faltaba el aire —respondió con torpeza, acomodando su corto pelo negro para que ocultaba las manchas rojizas de su rostro por el llanto.
El chico sonrió gentilmente y con su mano le señaló la salida. Con una energía protectora, la acompañó hasta el pequeño patio interno del museo. Los recuerdos junto con la tristeza fueron mermando ante la presencia del extraño quien la miraba preocupado.
— ¿Mejor? —inquirió con una sonrisa que iluminaba su rostro. Aria asintió, aún sensible con sus emociones, mirando por un instante demasiado largo al extraño.
— ¿Nos conocemos? —preguntó ella ante la familiaridad que sentía al verlo. La sonrisa del chico se extendió aún más, aún con el aura meditabunda, y luego negó suavemente.
— Soy Liam —dijo él, sin quitar sus ojos de ella. Si acaso no se sintiera incómoda por lo sucedido, definitivamente estaría intimidada por la forma en que la miraba. Poseía esa energía juguetona y cómplice, como si compartieran un secreto pero ella estaba segura que no había nada que conociera de él.
— Aria —respondió ella. Él asintió silenciosamente antes de decir su nombre como si quisiera saber qué se sentía pronunciarlo.
— Es un gusto conocerte, ¿qué te parece la exhibición? —inquirió con curiosidad Liam, acomodando su postura. Era casi dos cabezas más alto que ella y piel bronceada. Con el sol su cabello lucía dorado.
— Me gusta mucho, hacía tiempo que no venía aquí —murmuró, mirando a las personas que pasaban cerca de ellos—. Creo que debería venir más seguido —sonrió, distinguiendo desde la lejanía la pintura de la casa con los tres niños.
Zander, Nicodemus y Megan. Ahora sabía bien quienes eran.
Volvió sus ojos hacia Liam, quien suspiró lentamente. Su sonrisa brilló una vez más, y la energía amigable que poseía le transmitía tranquilidad. Le resultaba extraño sentir tanta familiaridad con un extraño, pero no le molestaba.
Sintiendo la vibración de su teléfono, miró el mensaje que acababa de entrar. Se trataba de su amiga, preguntándole si quería hacer algo esa noche. De algún modo, su espíritu estaba revitalizado y tenía energía más allá del cansancio.
<<¿Quieres cenar a las 8 en casa?>> le preguntó.
— Lo siento, pero creo que debo irme —murmuró con torpeza, señalando la salida.
— ¿Ya estás mejor? —le preguntó él, y ella asintió rápidamente.
— Gracias —susurró acomodando su mochila, y alejándose lentamente—. Un placer conocerte, hasta luego —lo saludó viéndolo mover su mano con aquella sonrisa que a Aria le resultaba tan atrayente.
— El placer fue mío —canturreo él viéndola irse. Ella salió apresurada para poder ir a su casa, sin notar como la sonrisa del chico desaparecía rápidamente, convirtiéndose en una expresión meditabunda casi sombría.
— Supongo que volveremos a vernos, Megan —fueron las palabras que Liam dijo antes de ver a Aria desaparecer entre el gentío.
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