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30 - La Feria del Diablo

A lo largo de su vida, Joel fue aprendiendo que, tras un abrazo, un mundo de palabras e intenciones se manifestaba entre el silencio y la acción.

La preocupación, protección, alegría y cariño. Memorias, perdón, y gratitud, eran los sentimientos y emociones que, hasta entonces, fue brindando con ese simple y necesario gesto que el ser humano poseía para decir aquello que no podía expresar en palabras,

Sin embargo, después de esa tarde rojiza y difusa, Joel descubrió que el temor, la desconfianza, la manipulación y la traición, también eran capaces de esconderse en una acción tan humana y piadosa como esa.

Y el, en su inocencia, firmó un pacto en blanco con ese simple abrazo, ante el cual, decidió cerrar sus ojos grises para no ser herido por la terrible verdad que, hasta entonces, presa de engaños, estuvo ignorando.

Ariel, ese niño ácido como un limón, que, ante él, demostraba ser de un carácter dulce dentro de sus caprichos, de repente, se transformó en otra persona; retirando de su tez, capas de piel que se llevaron consigo todo vestigio de esa dulce amistad, sostenida hasta entonces, en las manos de un extraño.

Los cambios en su amistad no se hicieron esperar. Afectando en un inicio, las amadas excursiones de Joel, las cuales, dieron un abrupto fin gracias a Ariel. Éste, repentinamente, mostraba deseos de conocer una zona en específico de Montesinos y de la que todos, parecían hablar.

La zona se ubicaba en las orillas.

Un área básicamente abandonada por la colonización del pueblo, que dejó esa zona destinada a un pequeño deshuesadero, ubicado frente a un muro de piedra que se extendía a lo largo, marcando con su imponente imagen, el límite de Montesinos.

Ahí, junto al deshuesadero, se divisaban algunos lotes baldíos, siendo la siguiente finca visible, una fila de bodegas que se rentaban cada cierto tiempo.

A los ojos de Joel, era un lugar indeseable; carente de calidez humana y belleza. Además, llegar a ese sitio fue una tortura para ambos.

Caminar sobre el duro suelo era mucho más cansado que rondar por el suave manto que la tierra del bosque ofrecía a sus pies ligeros. Además, la falta de árboles que tenían esas calles, convertía su andar en un horrible castigo visual y sensorial.

Nada en ese "paseo", por llamarlo de algún modo, resultó cómodo para el moreno que, al ver el largo callejón al que se adentrarían, tomó aire y tragó saliva. Llegar a la "Tienda del diablo'', esa de la que tanto le hablaba Ariel, le estaba resultando cada vez más tedioso.

No podía comprender como fue que cambiaron los senderos frescos; sinuosos, salvajes pero piadosos que les ofrecía aquel bello y verde reino de gigantes sabios, por ese horrible infierno caluroso, austero, gris y despiadado.

Por instinto, Joel buscó la mano de Ariel. Esa mano que había sostenido muchas veces en el pasado, para tranquilizarse.

   —¿Qué haces? —le preguntó Ariel, alejando su mano como si le hubiese caído una olla llena de aceite hirviendo—, aquí no podemos hacer eso, Joel. ¿Estás loco? ¿Quieres que nos tachen de maricas?

¿Maricas? era la primera vez que le escuchaba decir esa palabra. Además, ¿Qué era esa expresión de profundo asco que Ariel le otorgó? Joel no lo comprendía; si desde siempre, acostumbraban a hacer ese gesto como muestra de apoyo y protección.

   —Perdón, la costumbre— Joel le brindó una sonrisa forzada, mientras miraba como Ariel deslizaba las manos sobre sus muslos, como si estuviese limpiando algo, para luego, ocultarlas en los bolsillos de su chamarra.

Ambos caminaron hasta llegar al fondo de ese largo callejón sin salida, donde un feo letrero carcomido por la lluvia, el sol, y los años, indicaba con letras rojas, que ese establecimiento no era más que una inconveniente tienda de abarrotes; solitaria y fantasmal, cuya existencia era un chiste mal contado dentro de aquel desierto ignorado.

Ahí, en su pobre fachada descuidada, se alzaba esa pequeña construcción pegada al muro que marcaba el final absoluto de la calle. La banqueta estaba rota y prácticamente conquistada por la naturaleza, algo que el moho aprovechó para extenderse por la humedad en las paredes y carcomer sus esquinas con avidez. Además, en los muros que conformaban su estructura, no había un solo espacio que se mostrara libre de grafitis.

Así, la dichosa "tienda del diablo", no era más que un establecimiento sucio, viejo y descuidado. Ubicado en aquel estrecho callejón donde sus muros de piedra portaban pequeñas flores blancas creciendo en libertad, deseosas de darle algo de vida y belleza las ruinas que ahí habitaban.

A pesar de ser el día más soleado de ese gris otoño, la oscuridad que manaba de ese lugar resultó alarmante para el moreno, quien aún no le encontraba sentido a la decisión de colocar una tienda en una calle donde no entraba ni dios.

   —Así qué, esta es la tienda — dijo Joel ocultando su decepción.

La tienda, de cerca, era más grande de lo que aparentaba. Y hasta cierto punto, se miraba bien surtida. Sin embargo, la instalación era horrible. El mostrador, viejo y oxidado, parecía que se vendría abajo en cualquier momento. O bien, se le haría un agujero, dejando caer la mercancía que exhibía en su superficie.

Las lámparas sobre sus cabezas, tubulares, largas y blancas, colgaban peligrosamente del techo, exhibiendo varios cables pelados, envueltos en un miserable trozo de cinta negra. Los azulejos del suelo no eran la excepción a la decoración tan pobre. Estaban rotos. Se sentían huecos al pisarlos y estaban horriblemente manchados con tonos amarillentos. Joel juraba y perjuraba que las manchas, eran orines de perro.

   —Buena tarde señor— saludó Ariel al encargado de la tienda. Un hombre mayor, de rostro severo, calvo y narizón, con una fea verruga que asomaba junto a sus delgados y casi inexistentes labios. Delgado y encorvado gracias a una eterna y mala postura.

El señor tras el mostrador leía una revista en la cual, Joel alcanzó a divisar una hermosa mujer de melena rubia posando en paños menores, mientras su interesado lector, emitía un gruñido sin siquiera mirarlos.

Ante el silencio de esa persona tan grosera, Ariel carraspeó: — Señor, disculpe, estamos buscando un par de boletos para ''la feria '' ¿Aun tiene?

El hombre alzó la vista por fin, divisando a ese par de pequeños curiosos.

Miró hacia la entrada de la tienda con cierto recelo, y finalmente habló: —¿Qué edad tienen, chamacos? — preguntó despectivo —. Parecen recién salidos del kínder.

   —Tenemos la edad necesaria. Quiero dos boletos, por favor.

El hombre gruñó, ignorando su petición: — ¿Quién les dijo de este lugar?

   —Nadie en específico. Iba pasando y unos niños de sexto estaban hablando de este lugar... ¿Tiene boletos o no?

   —Escuincle malcriado— escupió, y mirando a Joel dio un fuerte golpe al mostrador, asustando al moreno —. ¿Y tú? ¿Qué acaso no hablas? Porque no te veo muy convencido de estar aquí. Y eso sí, de una vez les digo; una palabra acerca de la feria, y los buscaré hasta por debajo de las rocas para cortarles la lengua.

La seriedad en el rostro del señor hizo que ambos tragaran saliva mientras lo miraban con miedo y asombro. El hombre soltó una carcajada fuerte, rasposa y breve, mientras abría un cajón del mostrador. Pronto, les extendió un par de boletos color marrón, mal impresos y recortados por una mano temblorosa y poco hábil.

   —Son 20 pesos por mono. 50 en total si no saben contar.

   —Tramposo. Ahí tiene 40 — escupió Ariel, dejando dos billetes de 20 sobre el mostrador.

El hombre los tomó, encogiéndose de hombros: — Busquen una sombra o vengan más tarde. La feria se abre hasta las cinco y cierra a las 9 para los menores de 15 años. No quiero problemas con la gente de aquí y no quiero gente haciendo preguntas que me comprometan, ¿Entendido?

Joel se encogió de hombros, mirando a Ariel quien solo se limitó a rodar los ojos con hastío.

   —¿Qué es lo que esperas ver ahí adentro, Ariel? —preguntó Joel al cabo de casi dos horas de espera, donde no hicieron más que estar sentados en la banqueta, justo al lado de la tienda, levantándose de cuando en cuando para desentumirse las piernas.

» No es por criticar, pero ¡mira los boletos que nos dieron!, ¡Yo podría hacerlos mejor! — exclamó, indignado—. ¡Esto no vale 20 pesos! Ese don es un estafador. Y luego, que es eso de ''feria''. Septiembre ya pasó, No entiendo de dónde sacan qué aquí puede haber una feria.

   —Solo le dicen así, bobo. Es más llamativo de esa forma, pero no es una feria como tal. Aunque tampoco sé muy bien que es lo que vamos a encontrar, ya que este lugar está desierto —suspiró Ariel, irritado. Se puso de pie, demostrando su impaciencia mientras Joel permaneció en su lugar, con su espalda recargada en el muro—. La verdad espero que valga la pena, porque en este maldito pueblo no hay nada interesante y esto parece ser lo único rescatable.

El moreno encogió sus piernas hasta su pecho y recargando la barbilla sobre sus rodillas, mirando como su amigo, iba y venía.

«Curioso. No entiendo por qué, pero, de repente, siento que me estoy quedando atrás. Me siento como un tonto. Un tonto que solo mira como todos lo adelantan, mientras yo, solo puedo quedarme atrás» pensó con tristeza. «Pero ¿soy yo el lento? ¿O es Ariel, él que está corriendo muy rápido?»

   —Ari...—la voz de Joel era apenas una vaga nota en el inmenso silencio de ese frío desierto —. ¿Planeas dejar este pueblo algún día?

La pregunta tomó por sorpresa a Ariel, quien soltó una risa incómoda antes de responder: —¿Por qué?, ¿Ya te urge que me vaya?

   —No es eso. Todos los que quieren irse, siempre dicen eso: que aquí no hay nada interesante. Que es aburrido. Que no hay futuro...

Ariel lo miró unos segundos. Escrutó la zona, notando que seguían siendo los únicos en el lugar, y, poniéndose en cuclillas, justo frente a Joel, se sinceró: —No te mentiré. Sí, quisiera irme de aquí —admitió.

   —Lo sabía —chistó, ligeramente molesto —. Jaime también quiere irse...

   —Irnos a la ciudad es lo mejor, Joel. Aquí no hay nada para nosotros.

   — Para ti no habrá nada, pero en mi caso, para mí, no hay nada de la ciudad que pueda interesarme...

Ariel apretó los labios, mirando en el rostro esquivo de Joel, un pequeño aire de frustración: —Entonces... ¿no te irías conmigo?

Joel dudó: —¿Ya no quieres cazar a la bruja entonces? — preguntó con tristeza, a lo qué Ariel negó con la cabeza.

   —No...la verdad, me cansé del bosque. Pero en un futuro, si nos vamos de aquí, cuando volvamos, podemos darle una vuelta. Pero entonces... ¿irías conmigo o no?

   —No sé. Me gusta este lugar.

   —Bueno, a lo mejor después cambias de opinión —dijo Ariel, brindándole una de sus confusas miradas—. De todos modos, si no te decides, cuando me vaya a la ciudad, estaré esperándote.

La convicción de Ariel parecía ser real. Algo a lo que Joel, se aferró desesperadamente para sobrevivir a ese día tan extraño y lleno de malos pensamientos.

La hora estipulada estaba cada vez más cerca. Y por ello, pequeños grupos conformados por varios jóvenes comenzaban a acumularse en la zona. Algunos llegaban en patinetas, otros en bicicletas y algunos andando. Tenían entre trece y diecisiete años y todos, parecían estar rodeados de un aura que, a Joel, le pareció cancerígena. Cuando el malhumorado encargado del local abandonó la tienda, lo despidió una lluvia de silbidos, gritos e incluso bromas que, al señor, no parecían agradarle.

   —¡Eh! ¡Adiós, señor del ano silbador! — gritó uno de los jóvenes de más edad, quien abrazado a la cintura de lo que parecía ser su novia, soltó una gran carcajada cuando el hombre, sin detenerse, le mentó la madre con un gesto.

   —No les haga caso, ya sabe cómo son. ¡Que le vaya bien, Don Silvano! ¡Nos vemos el siguiente viernes! — se despidió de él un joven al que Joel, ya había visto trabajando en el mercadillo, en el área de las verduras.

Era conocido como el "Shaggy", ya que se parecía al mítico personaje de la caricatura. Era un joven no mayor de los 25 años; alto y delgado. Con dos grandes ojeras asomando bajo sus pequeños ojos y una mata de cabello castaño cobrizo sobresaliendo por debajo de su gorra. Tenía un aire ligero, despreocupado y hasta cierto punto, divertido, siendo así, el relevo de Don Silvano. Iba acompañado de dos amigos, que al igual que las personas ahí reunidas, deseaban entrar a la dichosa feria del diablo.

Se detuvo frente a la puerta del local, miró con seriedad a cada uno de los jóvenes presentes mientras rascaba su triste y escasa barba. Después alzó ambos brazos, en lo que fue un grito de victoria y felicidad, despertando la algarabía hormonal que tenía en frente.

   —¿Listos para el desmadre? —profirió Shaggy, y sin perder un solo segundo, corrió hasta el costado izquierdo de la tienda, donde una puerta de metal se encontraba cerrada. A los ojos de Joel, parecía ser un cuarto cualquiera. Una simple bodega con tiliches. Nada más. — Ya se la saben morros, dos filas: damas y caballos, ambos con boletos en mano.

Todos se formaron frente a dicha puerta y entregando los boletos, uno a uno, fueron cruzando el umbral. Perdiéndose en las oscuras entrañas del averno. Ariel sonrió, emocionado, buscando por inercia la mano de Joel, pero limitándose a sujetarlo por la manga de su chamarra.

   —Ey, ¡ustedes son caras nuevas! — exclamó Shaggy, deteniendo su paso con un gesto—. ¿Qué edad tienen, Pequeñines?...

   —Trece —mintió Ariel.

Shaggy los observó, en silencio.

Y después de un escrutinio rápido, finalmente, se encogió de hombros: — Entre más gente venga, más me pagan. Así que fingiré que les creo. Pueden pasar, pero, antes, una recomendación — señaló la mano de Ariel, aferrada aun a la manga de Joel —; A no ser que quieran ser la burla de todos, mejor suelta a tu amigo. No se va a perder. Y tengan cuidado con las escaleras — Shaggy soltó una sonrisa socarrona y les señaló el camino —. Si quieren beber algo, hay un mostrador al otro lado...

Ambos asintieron, indecisos de adentrarse a ese pasillo oscuro, cuando Shaggy los empujó al interior: — ¡Disfruten la feria del diablo, chiquitines! ¡Y den sus primeros pasos al pecado!

El lugar al que entraron era una enorme bodega subterránea, donde la oscuridad era mancillada solo por las intermitentes luces led, que parecían cambiar de color según el ritmo de la estridente música; siendo esa, y varios letreros brillando en neón, con frases en ingles que Joel no lograba entender, distribuidos por todo el lugar, la única luz que existía ahí dentro para guiarse torpemente en sus tinieblas.

Al entrar, Joel observó las inquietantes imágenes que adornaban las paredes. Eran enormes murales que parecían contar diferentes historias.

Sin embargo, el mural que te daba la bienvenida era uno donde, una calavera desnuda y amarillenta, portaba en una de sus huesudas manos una afilada guadaña y en la otra, un gran tarro repleto de cerveza, espumosa y fría; mientras a su lado, un ángel lo miraba con una sonrisa enigmática al puro estilo de la mona lisa. Era un ángel hermoso, casi profano dentro de su pureza. Y ahí, sentado junto al ángel, con ropas elegantes y piel carmesí, se encontraba el diablo; el tercero en discordia, el único que no parecía estar al pendiente de su propio mundo entintado, y que, por el contrario, prefería observarlos a ellos. Atento, sádico y emocionado.

El mural, contaba con varias imágenes de esa índole en cada uno de sus muros. Mostrando personajes casi paganos, haciendo actividades cotidianas de la mano angelical de seres bíblicos cuan mitológicos. Dándole un aspecto grotesco y demoniaco a aquella capilla del pecado, donde, las almas jóvenes e inexpertas, probaban los deliciosos frutos de la vida, y servían como ofrendas a la perdición.

Quienes caían en los encantos de ese lugar, nadaban en una vana ilusión, mientras bailaban al suave ritmo de la música, en medio de la pista de baile. Ahí, las jóvenes parejas, con los humos de la sexualidad enardecidos, aprovechaban para palpar a su acompañante y después de un par de canciones, aislarse en las sombras. Navegando en lo que eran fuegos peligrosos para las hormonas embravecidas que yacían en su interior.

Por otra parte, en algunas mesas, algunos grupos de personas se dedicaban a jugar a las cartas; donde se apostaban hasta los calzones con tal de obtener una experiencia más divertida y llena de adrenalina. Joel, tan solo en esa tarde, vio a más de uno salir de esas apuestas descalzo y solo con los pantalones a cuestas.

En esa cueva clandestina, además de parejitas precoces, apuestas y baile, existían los más ruidosos y molestos de todos; los cuales, para sorpresa de Joel, bebían cerveza pegados a una barra donde Shaggy, se encargaba de proporcionar frituras, refrescos, chucherías en general y, para los más ''pudientes'', cigarros y alcohol.

En ese sitio, a esa hora, todo cobraba sentido. El que una tienda, en medio de la nada, estuviera bien surtida a pesar de que ni un alma se asomara por ahí, sobreviviendo al paso del tiempo sin clientes aparentemente asiduos, era gracias a esa bola de adolescentes que gastaban lo que no tenían para entrar y consumir en las alocadas y poco morales ferias del diablo; quien, como si se tratara de un chiste, los miraba desde la primera fila, saboreando su festín.

El ser que tuvo la idea de crear ese lugar, sin duda sabía cómo explotar la principal problemática adolescente de Montesinos: el aburrimiento. Las normas y la cotidianidad. La feria del diablo, existía gracias a que, la mayoría de los que estaban ahí, eran presas de un hambre feroz por explotar su juventud y ahí, encontraban lo que tanto necesitaban. Libertad. Libertad de toda supervisión adulta, al menos, en su mayoría, ya que Shaggy servía de arbitro y solo abandonaba su puesto de bebidas cuando debía poner orden en la sala. Por ejemplo: cuando alguna pareja se pasaba de exhibicionista o algún par de tipos se volvían agresivos.

Sin embargo, las intervenciones de este joven eran muy escasas, permitiéndoles divertirse y actuar como si fuesen adultos, al menos, un par de noches a la semana, durante los próximos 6 meses, ya que la feria del diablo solo estaba abierta los viernes y sábados, durante las estaciones de otoño e invierno. Esto debido, a que la estancia allí abajo, era imposible durante los calurosos veranos.

El ambiente viciado, apestaba a humo, cerveza, frituras y un fuerte hedor a sudor, magnificado por el mar de hormonas ahí acumuladas, lo cual, provocaba que Joel, con su excelente olfato, sintiera náuseas de vez en cuando. Pero ir al baño a vomitar no era una opción, gracias a los desfiguros que algunas parejas realizaban allá adentro. Y salirse a tomar aire, solo, era algo que lo asustaba debido a la oscuridad que yacía en el abandono de esa zona.

Los días pasaron, y a pesar de su descontento, Joel era arrastrado por su amigo cada viernes hasta ese horrible cuarto.

Por si no fuese suficiente la desgracia de Joel, la mayor parte del tiempo se la pasaba en soledad, ya que Ariel, se había vuelto muy aficionado al juego de apuestas. Resultó ser muy bueno con las cartas y envió a casa a más de uno con la dignidad por los suelos, y una lista de trabajos que debían realizar para pagar sus recientes deudas adquiridas. Ariel, no se andaba con juegos tontos, y aprovechaba su posición de poder para conseguir favores.

Además, su pálido y ácido amigo, comenzaba a hacer nuevas amistades en ese círculo del infierno. Amistades que, a Joel, no le agradaban para nada, ya que eran muchachos que estaban próximos a cumplir dieciocho años y a pesar de eso, ligaban con niñas mucho menores que ellos, haciéndolas beber para después, aprovecharse ''un poco'' de ellas.

Eran gritones y durante el juego de cartas, les insistían hasta el hartazgo para que se unieran a ellos y fumaran o bebieran un poco de cerveza; según ellos, para que se fueran "curtiendo" en el arte de ser ''hombres''

Hubo una ocasión, donde su insistencia fue tanta, que hizo rabiar a Joel ya que, Ariel, presionado por las risas, las expectativas y las burlas, se doblegó a sus peticiones. Todos le festejaron, como si hubiese hecho la gran acción de su vida, mientras el moreno, quien trató de impedirlo por todos los medios, desistió por completo.

Era cansado ser esa sombra que ''eclipsaba'' la diversión, y, por lo tanto, abandonó la batalla. Tomando asiento en una mesita para dos, donde planeaba quedarse hasta que dieran las nueve y así tomar a Ariel y largarse de ahí.

   —Hola niño. —le hablaron repentinamente una de tantas veces; donde esperar, era todo lo qué podía hacer.

Era una niña poco mayor qué Joel. De piel morena, cabello crespo y ojos luminosos dentro de sus oscuras pupilas. Ella le sonreía, mostrándole sus hermosos hoyuelos instalados en cada una de sus sonrosadas y lozanas mejillas.

Joel la saludó con agrado y ella, cubriéndose los oídos con ambas manos y una mueca de molestia, le hizo una seña, invitándolo a salir un momento de aquel horrendo cuarto. A lo que Joel no pudo negarse.

Ya afuera, tomó una bocanada de aire fresco, mientras la blanca luz que provenía de la tienda iluminaba la oscuridad creciente de esos terrenos solitarios.

   —¡Qué exagerado eres niño! —observó ella, riendo, al ver la expresión de alivio en el rostro de Joel.

   —Ya no aguantaba ni un segundo más ahí adentro —confesó, percibiendo en el aire un ligero aroma a cereza —. Gracias por darme una excusa para salir. Mis oídos duelen. Creo que me quedaré sordo.

   —Descuida, yo aún no he quedado sorda. Y llevo más tiempo aquí. ¿También vienes por un amigo? —Joel asintió, viéndola tomar asiento en la banqueta —. Es horrible. No entiendo para que nos hacen venir si nos van a dejar ahí tumbados.

Joel apoyó la noción, imitándola y tomando asiento a su lado.

El nombre de esa linda niña, la cual le ganaba con dos años de edad, era Cristina. Una niña relajada y divertida, empática e inteligente. Y en poco tiempo, hablaron como si se conocieran de toda la vida y, como si estuviesen destinados, descubrieron con agrado todas esas cosas que tenían en común. Y una de ellas, fue como una señal divina para el moreno, ya que Cristina, disfrutaba mucho ir a las excursiones escolares, porque generalmente, estas acostumbraban a realizarse en el bosque.

A Joel le brillaron los ojos con esta información, y después de contarle sobre sus propias escapadas al bosque, pronto, comenzaron a hacer los preparativos para ir de excursión juntos.

Sin embargo, inesperadamente, Ariel los interrumpió, alegando que debían irse ya, puesto que estaba aburrido y debía llegar temprano a casa. Y sin pedir permiso, tomó a Joel del brazo, llevándoselo casi a rastras mientras este, sin despegar la vista de Cristina, le aseguraba que la próxima vez que se vieran, acordaban la fecha. Ella le sonrió con alegría, despidiéndose de él.

   —¿Quién era la morena? —le preguntó Ariel más tarde, cuando en una de las tantas subidas que tenía Montesinos, empujaban sus bicicletas, ya cerca de casa.

Joel le contó brevemente sobre ella, entusiasmado y sin escatimar en halagos hacia su persona.

   —Oh, ¿entonces planean ir pronto al bosque? —preguntó Ariel, interesado.

   —Si. Bueno, estábamos en eso cuando llegaste. Ya que la vea el siguiente viernes, veremos bien que día iremos.

   — Oh, muy bien. Y, por cierto, también estuve hablando con unos niños hoy. Se ve que son buena onda. Quieren que nos veamos mañana. ¿Vienes? Sirve y van conociéndote.

Joel aceptó aquella invitación, aun cuando presentía que no se llevaría bien con los nuevos amigos de Ariel. Sin embargo, a esas alturas, poco importaba su opinión.

Iría, como la sombra a la que estaba acostumbrado a ser, y esperaría con ansias a que llegara el siguiente viernes para volver a ese infierno, hablar con Cristina, y huir de ese ambiente indeseable.

Pablo y Quique, los nuevos "amigos" de Ariel, eran un dueto peculiar

Pablo era delgado como un lápiz y ruidoso como una locomotora; audaz y entusiasta. Y Quique, de complexión algo más grande, era el equilibrio de esa amistad, portando la tranquilidad y la lógica antes de actuar con imprudencia.

No parecían ser malas personas, además, para sorpresa de Joel, tenían su misma edad; lo que significaba que también habían mentido para poder entrar a la feria.

Eran divertidos, ingeniosos y hasta cierto punto, amables dentro de su tosquedad. Parecían ser amigos desde la cuna, así que eso les daba un aire fraternal bastante fuerte, pareciendo primos o incluso hermanos separados al nacer.

   —¿Qué opinas de Pablo y Quique? ¿Te cayeron bien? —preguntó Ariel al día siguiente, mientras los esperaban en el parque.

   —Sí, mucho. Son buena onda.

   —¡Genial! Entonces, seguimos con el plan— exclamó entusiasmado, dando un aplauso para proceder a frotar sus manos. Joel sonrió, extrañado ante el ánimo de su amigo. Cuando iba a preguntarle de que plan hablaba, justo cuando aparecieron aquel par con un balón en mano.

Ese miércoles por la tarde, jugaron basquetbol hasta que se cansaron. Las risas y el juego disiparon la pregunta de Joel y en ese momento se dispusieron enteramente a ser lo que eran: unos niños.

El ansiado viernes llegó, y mientras Joel se preparaba para salir, recibió la llamada de Ariel, quien decía estar muy enfermo y que, por ello, no podría ir a la feria ese día.

Joel, desanimado, le deseó pronta recuperación y prometió ir a verlo al día siguiente. Cuando colgaron la llamada, el moreno entró en un conflicto interno. La idea de ir, buscar a Cristina y simplemente acordar el día para verse, era tentadora.

Pero la verdad, no se imaginaba yendo por esos caminos en soledad. Así que, sin más, desistió de ir ese día, pensando en que el próximo viernes, tendría la ocasión para verla allí, y entonces, le pediría su número para estar en contacto.

Sin embargo, eso no pasaría, ya que justo ese día, la feria del diablo fue descubierta y su existencia, armó un gran escándalo en Montesinos. Escándalo que solo aumentó cuando, esa misma noche, después de que los adolescentes fueron prácticamente sacados a la fuerza de aquella bodega, un gran y misterioso incendio devoró el establecimiento y todo cuanto pudo a su paso, un par de horas después.

Las llamas se esparcieron por cada rincón, cada viga y cada objeto existente; engullendo con ferocidad todo lo que estuviera a su paso; mientras el único testigo, el único capaz de reconocer al culpable de su propia destrucción, era aquella pintura donde el rostro del diablo, divertido y burlón, festejaba el haber sembrado, entre todas esas almas, la semilla de un pecado puro, delicioso y letal.

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