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[HOUSE OF DATES]

Tate no Yuusha.


En cierto lugar recóndito de Melromarc, hablando más bien en los pueblos bajos, hay cierto local que se ofrece como una casa de citas. Pero ésta no es como las demás donde puedas escoger una acompañante y ya.

El sitio tiene buena clientela por una de sus reglas: "tu pareja será la siguiente persona que venga al local, también, en busca de los servicios".

Esa experiencia hace todo más misterioso; no sabes con quién te tocará y el resultado puede ser gratificante, a medias o mediocre.

Bueno, al menos esas han sido las críticas y descripciones que escuchó Naofumi antes de entrar al local. ¿Qué hacía en primer lugar ahí? Simple, el héroe también tenía sus necesidades mundanas como cualquier otro humano.

El detalle era que, después de los sucedido con Perra, no quería volver a entablar relaciones cercanas con nadie (a excepción de su compañeras las cuáles ve como si fueran sus hijas) y por eso, al escuchar de la casa de citas pensó "No tengo nada que perder".

No tardaría mucho y sólo sería una vez, ya que las olas del caos se avecinaban y no quería entablar otra mala reputación después de limpiar su nombre. Además, su curiosidad al oír que había sitios como ese en un mundo de fantasía le ganó.

— Lo peor que puede pasarme es que me toque un hombre.– Habló en voz baja, pero descartó la posibilidad, ni siquiera el mundo podía ser tan cruel con eso ¿Verdad?

Se dió un golpe interno al encontrarse en la sala de espera con Motoyasu.

— Oh, el héroe del escudo, esto debe ser el destino.– Habló la encargada dirigiéndose a ambos jóvenes que se miraban con disgusto y sorpresa.

— En serio, de todas las personas en este reino, tú...– Titubeó Naofumi aún sin creer en su abismal mala suerte.

— ¡Eso debería decir yo! ¿Qué haces aquí?– Contestó Motoyasu encarando al pelinegro.

— Eso que te importa.– Habló de vuelta Naofumi sin intenciones de decirle que era su primera (y ahora última) vez en el local.

— Disculpe, ¿No podría esperar a alguien más?– Preguntó Motoyasu a la encargada con una voz casi suplicante.

— Lo siento, pero romper las reglas del sitio, incluso si se trata de los héroes, dañaría nuestro nombre. Además, no podría darles un reembolso aunque quisiera.– Contestó apenada la chica del puesto.

— Me da igual el reembolso, mejor me voy.– Respondió el de escudo dando media vuelta dispuesto a marcharse.

— Supongo que yo también y tal vez de paso, ya que me hiciste perder mi dinero y tiempo, le cuente a mi equipo y al resto del reino que te encontré aquí.– Recalcó lo último el de lanza haciendo detener en seco a Naofumi.

— No te atreverías bastardo.– Se acercó intimidante el pelinegro tomando de la camisa a Motoyasu.

— Mira, también hubiera preferido una dulce chica a mi lado y no un amargado como tú, pero también he estado tenso y esta es la última vez que podré estar aquí antes de las olas del caos. Así que espero puedas cooperar.

Naofumi lo miraba perplejo ¿Tan desesperado estaba por simple atención carnal?

— En verdad te odio.– Se separó el pelinegro de Motoyasu dejandolo libre del agarre.

— Tomaré eso como un "acepto". Señorita, ¿Puede guiarnos a la habitación?– Habló Motoyasu a la encargada igual de impactada por las palabras del chico rubio.

— C-Claro, síganme.– La chica abrió una puerta detrás del mostrador que mostraba un largo pasillo lleno de cuartos.

Los dos héroes siguieron a la joven. En algunas puertas se escuchaban los murmullos o jadeos de la gente que "estaba en lo suyo" y Naofumi, mientras caminaba a la par de Motoyasu, se volvió a replantear ¿En serio fue a él quien se le ocurrió esa estúpida idea?

No pararía de arrepentirse hasta la tumba.

— Llegamos, esta es su llave. Cuando entren, aseguren de cerrar para que no los interrumpan. Si requieren algo más estaré en el mostrador.– Se despidió la encargada caminando de nuevo a su puesto, de mientras, los dos héroes se miraban amenazantes.

— Despues de tí.– Ofreció con descaro Motoyasu recibiendo un gruñido por parte de Naofumi.

Entrando a la alcoba, el de escudo se sorprendió por los colores tenues y tranquilos, las clásicas velas que ayudaban a mantener el ambiente romántico y uno que otro aromatizante. A lado de la King size, había un pequeño mueble con cajones y una nota encima diciendo "para uso del cliente".

El pelinegro, aún sin aprender de su mala curiosidad, lo abrió y se encontró con lubricante y uno que otro juguete sexual.

— ¿Tienen todo esto pero no condones?– Se quejó Naofumi.

— ¿No lo sabías? Las casas de citas o prostíbulos están protegidos por un sello que anulan cualquier embarazo. Es por eso que son muy populares.

— ¿Vienes mucho a estos lugares?

— No, creo que es mi cuarta o quinta vez entrando a este sitio. Pero sirve mucho para desestresarme. Ahora, quisiera saber ¿Qué tanta experiencia tienes en el sexo?– Soltó Motoyasu de golpe.

El héroe del escudo se quedó callado, no le era cómodo decirle a alguien como Motoyasu que seguía siendo virgen.

— Espera, ¿Ni siquiera en Japón?– Volvió a insistir con su pregunta el rubio.

Más silencio por parte de Naofumi.

— Bueno, será complicado pero no imposible. Quítate la ropa.– Decidió proseguir Motoyasu aún con la inexperiencia de Naofumi.

— Antes quiero dejar algo en claro. Primero, nada de besarme o dejarme marcas; y segundo, no quiero toparme contigo de nuevo hasta que vengan las olas del caos ¿Lo entiendes?– Habló el de escudo con una mirada amenazante que hizo retroceder a Motoyasu.

— No es necesario que lo digas, de alguna forma sabía que esas iban a ser tus condiciones. Pero me lo dejas complicado.– Murmuró lo último Motoyasu recordando como en otras sesiones con sus acompañantes los besos eran clave para iniciar el acto sexual.

Naofumi no emitió palabra alguna y se sentó en la enorme cama para quitarse la armadura y quedar con una camisa holgada, sus boxers y su escudo. El pelinegro aunque quisiera no podía quitárselo.

En cambio, Motoyasu (estando al otro borde de la cama) no podía evitar dar ciertas miradas al cuerpo de su acompañante, sin la armadura se veía bastante delgado.

— Apresurate Motoyasu.– Habló Naofumi sintiendo la intensa mirada del rubio que aún no terminaba de desvestirse.

Motoyasu reaccionó y término solo con sus boxers.

Naofumi se acostó en la cama esperando las órdenes del rubio; aunque le doliera en el orgullo, su inexperiencia lo dejaba atrás.

— ¿Ahora que?

— Sólo déjamelo a mí, también es mi primera vez con un chico, pero no creo que haya gran diferencia.– Contestó Motoyasu alzando la camisa del pelinegro para empezar a tocar su abdomen.

Pero en la mente del rubio, era una excusa, solo quería tocar las pequeñas cicatrices que tenía el héroe del escudo en su cuerpo. Si él tenía magia de sanación ¿Porqué esas marcas seguían cubriendo su figura?

Por otro lado, el pelinegro intentaba evitar cualquier contacto visual con el de la lanza, ya era vergonzoso estar a merced de una persona desagradable como él.

Pero al sentir una legua escurridiza en su pecho le hizo voltear con rapidez. Motoyasu lamía el cuerpo del pelinegro esperando así que su miembro reaccionara ante los estímulos. Cosa que no tardó en ocurrir.

— ¿En serio es tu primera vez?– Preguntó sin afán de burlarse el rubio, empezando a sentirse bastante abusivo.

Naofumi solo alcanzo a asentir con su cabeza levemente. Odiaba verse tan dócil.

— Aunque no es algo que me importe. Es solo sexo a fin de cuentas.– Contestó después de su afirmación.

Al héroe de la lanza le disgustó el tono de Naofumi. Sabía que el chico era así; frío, serio y a veces (o al menos eso decían los rumores) realizaba acciones para beneficio propio que parecían más las de un rey demonio.

Sin embargo, detrás de todas esas capas de ira y dominancia, seguía el amable joven japonés que le hacía ilusión estar en un mundo de fantasía. El rubio había visto esa faceta del escudo antes de ser traicionado por todos.

Seguía creyendo en Perra, pero desde el juicio comenzaba a empatizar más con Naofumi y entendía que después de un drama así lo último que quería era relacionarse de nuevo con las personas.

Le dolía entender la razón y ver el resultado de una mala experiencia en alguien como su acompañante. Solo que, obviamente, no le diría tan fácilmente por su rivalidad con él.

— Motoyasu, ¿Sigues ahí?– Chasqueaba los dedos el pelinegro al ver a su acompañante en las nubes.

— ¿Eh? Perdón. Estaba considerando ser más gentil.–  Contestó lo primero que se le vino a la mente.

— ¿Crees que no aguanto unas simples caricias?– Cuestionó con voz molesta y sarcástico el héroe del escudo.

— ¡No quise decir eso!– Respondió el rubio con rapidez.—Además, tampoco has reaccionado ante mis toques, por eso estoy pensando cambiar de estrategia.

— Tal vez no tengo reacción alguna porque sé que eres tú.

Bueno, eso le lastimó por sorpresa a Motoyasu. Aunque le dió una idea.

— ¿Qué tal si te cubro los ojos? Así pensarás que soy cualquier otra persona.– Las palabras del rubio dejaron a Naofumi extrañado ¿Acaso era eso una muestra de amabilidad de su parte? Una muy rara a su parecer.

— Si eso hace que terminemos pronto, está bien.– El pelinegro no opuso resistencia.

Por parte de Motoyasu, esperaba una negativa o alguna respuesta ácida del contrario. Ver que aceptaba con facilidad le dió un pequeño sentimiento de felicidad.

Con rapidez, abrió el cajón del mueble cercano a la cama para sacar una tela negra y el lubricante. Volvió con Naofumi para pedir que se acercara y así, empezar a bendar sus ojos.

Para el chico del escudo le era una experiencia extraña, no podía ver absolutamente nada pero estaba calmado. Empezó a pensar de manera amarga que haber pasado peleas  intensas y ver la muerte más de una vez, hacía ver aquella situación como si fuera nada.

Al menos esa era la perspectiva de Naofumi, para Motoyasu era una revelación el tener a su disposición al héroe del escudo.

— ¿No está muy fuerte el vendaje?– Preguntó el rubio esperando pacientemente la respuesta de su acompañante.

— No. Ahora termina con esto de una vez.

— Sigues diciendo que me dé prisa, ¿No será que en el fondo estás emocionado?– Habló en modo de broma Motoyasu sabiendo que le esperaría un insulto como respuesta.

— ¿Quién sabe? Tal vez sea así.– Le siguió el juego Naofumi tomando con desconcierto al de la lanza.

Motoyasu decidió dejar de hablar para ponerse serio. Empujó con suavidad al pelinegro de vuelta a la cama y abrió el lubricante que llevaba sosteniendo hace unos momentos. Dejó escurrir entre sus dedos una considerable porción y llevó su mano al miembro de su acompañante.

Empezó a mover de arriba a abajo el falo, mientras que con su otra mano, tanteaba la entrada del pelinegro. Naofumi intentó usar sus manos para detener las acciones del rubio, las caricias le daban un cosquilleo raro en su parte baja y el hecho de que estaba temporalmente "ciego" hacia que sintiera todo con más intensidad.

— Ni lo intentes.– Motoyasu detuvo ambas manos con una de las sábanas que estaban tiradas en el cuarto.

Dándole otra vista a Naofumi con sus manos atadas y una venda cubriendo sus ojos le hacía sentir un cretino.

¿Cómo llegó a eso?

No tenía tiempo para repasarlo o recriminarse.

Y más cuando el pelinegro parecía ansioso y finalmente estaba erecto.

Volvió a masturbar el miembro del contrario, el chico maniatado parecía tener espasmos indicando que se correría en cualquier momento y sus jadeos entrecortados lo confirmaban.

Miró su propia parte baja y, como sospechaba, toda la acción lo estaba dejando duro a él también. Con una simple masturbación no iba a estar satisfecho.

— Ponte de espaldas.– Sentenció Motoyasu dejando el miembro contrario y un descontento por parte de Naofumi.

— ¿Qué diablos? No me dejes así idiota.– Se quejó de inmediato el del escudo.

— Tranquilo, no pienso ser tan cruel tampoco. Se que duele.

— ¿Y como puedes saberlo? No estás atado como yo.

— Lo sé porque gracias a tus expresiones estoy más duro que una roca.– El comentario innecesario del rubio hizo enrojecer a Naofumi, ¿En serio tenía que decirlo de esa manera?

Con la guardia baja, Motoyasu pudo voltear a su terco acompañante y seguir con su auto satisfacción. Posó un dedo en la entrada del chico, tanteaba aquel pequeño agujero para hacerlo temblar de placer, cosa que dió resultado pues Naofumi se impacientaba.

Introdució un dedo lentamente, el pelinegro se tensó y dió un quejido de dolor. Motoyasu sabía que era normal, siendo su primera vez le dolería, pero solo podía soportarlo hasta que la sensación cambiara.

Lo bueno del lubricante era que hacía el trabajo más sencillo. Pasaron los segundos y con eso, se fue introduciendo otro dedo a la carnosa entrada de Naofumi. El contrario intentaba controlar sus desesperados gemidos con la almohada, estampaba su cara en el suave mueble esperando así que no se escuchará muy necesitado.

Pero el resto de su cuerpo lo delataba.

— Creo que estás preparado...– Habló para si mismo Motoyasu tanteando la dilatada entrada del pelinegro con su miembro.

Entró con lentitud, las manos pasaron a la cadera de Naofumi para mejor soporte y sintió como aquel interior lo aprisionaba con éxtasis. Realmente era distinto hacerlo con un hombre.

Por lado del pelinegro, el dolor era inexplicable pero a la vez no quería detenerlo. Sus emociones se contradecían y su cuerpo tenía un choque repentino de adrenalina y sudor frío.

Motoyasu al ver que el de escudo no daba señales de querer parar, empezó a sacar y meter su falo lentamente para no lastimar a Naofumi.

El pelinegro daba gemidos ahogados que retumbaban en la habitación y sus manos se aferraban fuertemente a las sábanas para no perder el equilibrio. En un punto dejo de pensar en lo incorrecto que era su actividad con el rubio y decidió simplemente dejarse llevar.

Ambos héroes decidieron cambiar de posición y ahora se "veían" mutuamente mientras Motoyasu seguía sin salir del interior de Naofumi.

El pelinegro colocaba sus brazos, aún atados, alrededor de los hombros del rubio. Los suspiros de placer de Motoyasu chocaban cerca de los labios de Naofumi, pero seguía sin tocarlos.

El contrario al empezar a sentir su boca secándose por tantos jadeos y la necesidad de tener algo en la boca, aprovechó para empujar la cabeza de Motoyasu y plantarle un beso directo. Esto sorprendió al rubio, pero no sé quejó, su boca también comenzaba a sentirse necesitada.

Pasaron los minutos, dónde los cuerpos desnudos de ambos héroes chocaban entre sí con la lujuria a tope, besos húmedos e inexpertos intercambiandose y uno que otro arañazo ya sea por el pelinegro en la espalda de Motoyasu o éste mismo pellizcando y dando fuertes apretones a los muslos de Naofumi.

Era una extraña y única experiencia para los dos héroes.

— Espera Naofumi... –Jadeaba entre besos el rubio. — E-Estoy por...-

— So-Solo cállate. –Murmuró el de escudo. — Lo permitiré esta vez.

Con esa afirmación Motoyasu entendió que su acompañante ya no estaba en sus cinco sentidos, y aprovecharía la ocasión al menos por lo que duraba su sesión de desahogo.

El rubio aumentó la fuerza de sus embestidas y sus besos se volvieron más demandantes, mordiendo gentilmente los labios del contrario. Naofumi lo tomó como una señal de que su acompañante estaba al límite, por lo cual comenzó a mover más sus caderas para ayudar con el trabajo.

Segundos después llegaron al clímax, siendo Naofumi el primero en correrse entre los abdomenes de ambos y Motoyasu dejando toda su espesa semilla en el interior del pelinegro. Naofumi intentó fallidamente acallar sus últimos gemidos ante aquella extraña sensación.

Los héroes se tomaron unos momentos para calmar sus respiraciones; al lograrlo, Motoyasu trató de ser cuidadoso al sacar su miembro del cuerpo cansado de Naofumi.

— ¿Podrás caminar?– Preguntó más relajado el rubio.

— ¿Que clase de pregunta es esa? Obviamente sí. – Sin entender porqué la pregunta, Naofumi sintió unos escalofríos a través de su cuerpo al sentir aún los restos de semen entre sus piernas. Disimuló su disgusto e intentó ponerse de pie para buscar sus cosas, pero cayó estrepitosamente.

— Creo que me pasé. – Rió culposamente Motoyasu.

— Más vale me ayudes o cuando me recupere te rompo la cara.

— Te refieres la misma cara que besaste voluntariamente. – Siguió burlándose Motoyasu levantando a Naofumi.

— Mi boca se estaba secando, no tenía otra opción. – Se defendió con una excusa el de escudo.

— Pudiste haberme pedido que parara.

— ¿Y que me justifica que hubieras parado?

— Intentar no te hubiera matado.

— Ya olvídalo. No es como si volviéramos a hacerlo.– Concluyó la tonta pelea que tenía con Motoyasu.

— Lo sé, lo sé. No diré ni una palabra de lo sucedido. – El rubio le pasó la armadura a Naofumi para que se vistiera.

— Te estaré vigilando, así que más te vale cumplir.

Pasaron unos dos incómodos minutos de ambos héroes vistiéndose para salir de aquella casa de citas.

Hasta Naofumi se arrepentía un poco de haber sido cortante en su pequeña discusión.

— Entonces... ¿Quién saldrá primero? Si salimos al mismo tiempo se verá muy sospechoso. – Habló Naofumi terminando de colocarse sus botas.

— Si quieres, puedes salir primero, aunque de todos modos sospecharan al verte caminar tan raro.

¿Y de quien es la culpa?, Pensó de inmediato el de escudo.

— Me inventaré algo. Te veo cuando lleguen las olas. – Se despidió, a su manera, Naofumi caminando despacio hasta la entrada del local, donde era esperado por sus acompañantes.

— ¡Amo Naofumi! ¿Dónde estaba?– Hablaba Raphtalia preocupada mientras llevaba un cesto de verduras.

— Estaba arreglando ciertos asuntos... ¿A ustedes cómo les fue?

— ¡Bien Amo!, Terminamos la lista de compras que nos dejó y como sobró dinero, ¡Filo aprovecho para comprar un dulce!– Contestó la pequeña rubia mientras mostraba un palo con la mitad de una manzana acaramelada.

— Lo siento amo Naofumi, intenté detenerla...

— No te disculpes Raphtalia, yo hubiera hecho lo mismo. – Sonrió amablemente Naofumi a su compañera.

— Por cierto amo Naofumi, ¿Qué le pasó a su...?

— ¡Oye Naofumi, dejaste tu capa en el cuarto! – Salió del local de citas Motoyasu alcanzado al héroe del escudo.

— Amo Naofumi, ¿Porqué su capa estaba en esa casa de citas?– Habló sorprendida Raphtalia sintiendo que se iba a desmayar.

— ... Motoyasu, te daré cinco segundos para correr por tu vida.– Volteó Naofumi rojo de ira (y vergüenza) al rubio que le regresó su capa.

Motoyasu solo logro invocar a tiempo su lanza de teletransportación para largarse de ahí.

— Amo ¿Qué es una casa de citas?, ¿Se come?– Preguntó finalmente Filo sin comprender nada.

El resto del día, Raphtalia no le dirigió la palabra a Naofumi.

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