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Esa sensación de echar de menos


       PAULA

Reviso de nuevo las fotos que nos hicimos en el camerino con Sebastián Yatra. Es un chico muy simpático. Además de tener una voz increíble. Y como mis amigas me torturaron todo el tiempo que estuvimos planeando el concierto con sus improvisados Karaokes, las hice cantar delante de él. Tuve que terminar uniéndome a ellas, casi a punta de pistola. No me importó. Sebastián quedó encantado con este coro de locas.

    ¿Sabes Guillén? No estuvo tan mal como esperaba este plan sorpresa. Tengo una gran suerte de contar con personas que saben cuidar de mí y me dedican su tiempo. Aunque estas tres personitas estén siempre al borde de la locura.

    Le sonrió al techo, iluminado apenas por la luz de la lamparilla. Por suerte, no encontré a Olimpia entre la multitud del concierto. Y es que dijo que iría con Inés. ¡Para mí fue un verdadero alivio! Desde que se me declaró, no sé cómo enfrentarme a ella.

    De todas formas, no todo el tiempo se puede huir de alguien. Como prueba, hoy regreso al trabajo y estaré cara a cara con ella. ¡Ya estoy echando de menos el próximo puente de San Isidro! El que está a la vuelta de la esquina. Ya han comenzado algunos eventos y conciertos en algunos bares de copas de la ciudad. De seguro que asistiremos a alguno de ellos. Esos directos que molan tanto. Unas inquietas mariposas se acomodan en mi estómago al meditarlo.

    ¡No, Paula! Dudo que Marcos vaya a tocar a cualquiera de estos lugares. Bueno, su grupo. Lo de la fiesta de Borja fue pura casualidad. Por compañerismo, supongo. Por amistad. Trata de calmarte.

    No estoy tan de acuerdo con la vocecilla de la sapiencia de mi interior, la cual puede que ahora mismo se esté equivocando. Y mucho. Los encontré bastante profesionales como para no atreverse a cantar delante de cualquier público.

    Suelto una bocanada de aire del tirón recordando que necesito salir de la cama. Las mañanas ya no son tan frías. Al menos, eso es una ventaja para mí, que soy una friolera en potencia. Y es que ya vamos de camino a la estación veraniega. Aunque todavía no lo hayamos alcanzado. Vale. No. Mayo es un mes de lo más variado. Aún pueden sucederse cambios en el tiempo. Cambios en los que, de madrugada o de noche pueda llegar a sentir un leve tiritar. Eso de dormir sola en la cama es lo que tiene. Se echa de menos ese calor humano que me hacía sentir tan a gusto. Esa propina extra de mimos que consiguen hacerte olvidar de cualquier momento malo del día. O que no puedas estar bien y los necesites para sanar. Lo que yo digo: el síndrome del nido vacío cuando muere un gran amor. Guillén y yo encajábamos como las piezas de un perfecto rompecabezas. Era mi mejor amigo, amante, compañero, da igual de batallas, que de risas, que de lágrimas. Pero ahí estábamos: el uno para el otro. Pocas parejas pueden decir lo mismo. De no haber fallecido, estoy segura de que habríamos envejecido juntos, embadurnados de ese amor que es pletórico y envidiable.

    Ahora... ahora eso no viene al caso. Porque lo que viene al caso es darme prisa si no quiero hacer tarde. Paso de que tía Rosa se mosquee. Además de que, reflexionar demasiado, solo me hiere.


    Me lo pienso un poco antes de entrar en la floristería. Tengo que hacerlo. Ya es la hora. No tardo en cruzarme con Olimpia que me observa con resentimiento. Sé que teme que siga enfadada. Que está molesta porque no la acepto.

    —Buenos días —la saludo, sin sonreír. Me he vuelto cautelosa si quiero que no me malinterprete.

    —¿No fuiste al concierto, al final? No te vi —dice, por decir algo, supongo. Por romper un hielo que acaba de convertirse en un témpano gigante entre ambas.

    —Sí que fui. Aunque no nos vimos en ningún momento. Había mucha gente como para encontrarnos.

   —Sí...

    —¡Buenos días! —saluda mi tía, saliendo con energía de la trastienda, con una emoción extra que me hace pensar que este fin de semana pueda haber pasado por un acontecimiento importante—. Ha salido un bonito día, ¿verdad? —canturrea.

    Frunzo el ceño, dubitativa.

    —¿Qué me he perdido? —susurro a Olimpia.

    Ella me observa a través de sus greñas azules encogiéndose de hombros. Tampoco lo sabe.

    —¿Acaso te ha tocado la lotería? ¡Eso estaría bien! Así, nos mudaríamos a un local mucho más amplio —bromeo, tratando de disimular la inquietud que me provoca tener a mi alrededor a Olimpia. Bueno, justo a mi lado.

    —¡Ay! ¡Hija! Como si, para estar contenta, nos tuviera que tocar pasta. ¡Y me gusta este local! Está bastante bien.

    —Bueno, yo estaría encantada de que me tocase un buen puñado de billetitos. Me compraría un piso propio en el barrio más bonito de la ciudad. Me costaría decidirme. Tengo unos cuantos en mente —explico, como si ya me hubiera tocado el gordo—. Llegaría a fin de mes sin que me diera un colapso el corazón cuando voy a revisar la cuenta del banco.

    Le provoco que suelte una carcajada. Reconsidera lo del local más amplio.

    —Eso de buscar algo más grande que esto me ayudaría a tener más género para vender. Y con ello, más clientes interesados en ello.

    —Al almacén de atrás de la tienda le falta un poco de espacio.

    —Le falta bastante. Es demasiado pequeño para tanto. Lo sabéis. Por eso tengo en alquiler otra planta baja donde guardamos el atrezzo para las decoraciones de eventos. Todo, no cabe en esta mediana tiendecilla.

    Miro a mi alrededor. Sí. Estaría mejor ordenado con algo más de espacio. Con mucho más espacio.

    —Sería una pasada tener todo a mano —opino.

    —Más que genial. Ya lo creo —responde mi tía.

    Olimpia nos observa sin soltar palabra. Me observa a mí, más que a ella. Estoy segura de que tiene algo que decirme. Quiero atrasar ese momento porque sé qué desea y no le puedo ofrecer. Solo nuestro pacto de compañerismo y amistad. ¡Y sefiní! No puedo aportar mucho más.


    Entre los pedidos nos han llegado varias sansevierias. Recuerdo que Marcos se llevó dos. Que su secretaria fue quien vino a recogerlas. Y que gustaron.

    Marcos...

    Me quedo observando la planta como quien contempla una obra de arte excepcional.

    —¿Tal vez esperas a que te hable? —bromea Olimpia dándome un codazo por sorpresa, elevando una ceja.

    Retrocedo muerta de vergüenza. Comienzo a tartamudear.

    —No... Yo... No... Yo...

    Se parte de risa. ¡Será cabrona!

    Baja la voz observando de reojo a mi tía para asegurarse de que no oye lo que va a decir desde donde está.

    —Tranquila. No voy a morderte. Por ahora... Lo prometo —sentencia enseñando sus dientes en una sonrisa burlona. Dicho esto, se larga como si nada. Como si no me hubiera hecho pasar unos minutos de lo más embarazosos. ¡La mato! ¡Juro que la mato! Lo hace adrede. No sabe que, conmigo, eso no va a funcionar.


    Entra una clienta que tenemos desde hace años. Es una anciana de ochenta años a la que le encantan las plantas. Los balcones de su piso están preciosamente decorados de todas esas plantas que va adquiriendo con el tiempo. No sé cómo le caben muchas más.

    —Buenos días, doña Aquilina. ¿Cómo está? —pregunto, ayudándola a cruzar la tienda hasta el mostrador sujetándola del brazo con cuidado.

    —Pues, hija, mis piernas cada día están peor. Suerte que mi cabeza sigue en su lugar —dice, con una sonrisa. Es extraño encontrarla de mal humor. Y eso que su salud no es demasiado buena.

    —¿No habrá venido sola hasta aquí?

    —No. Me ha traído mi nieta. Está estacionando el coche. Ya sabes el problema que hay de aparcamiento en esta enorme ciudad y que tiene que dejarme en la puerta. Pues nada. Que ahora vendrá.

    Isabel suele ayudar a su abuela. Trabaja por las tardes como cajera en una pequeña tienda de su barrio. Por las mañanas, le hace compañía a Aquilina. La ayuda con la compra y demás. Lleva tiempo queriendo tener hijos, pero la fortuna no le sonríe. Dice que, estar tan entretenida, quizá logre engañar a su sistema endocrino y por error, sus ovarios hormonen en el tiempo adecuado para fecundar y le dé la oportunidad de lograr su sueño. Quiere confiar en los médicos cuando le han dicho que no tiene ningún fallo, salvo la obsesión por buscar ese embarazo. Es suficiente para que su cuerpo la traicione. Lleva demasiadas lágrimas derramadas por tantas decepciones a cada final de mes. Cuando la menstruación sigue apareciendo y eso indica que no ha sucedido nada.

    Me quedo un minuto pensativa. ¿Algún día podré ser madre? ¿Quiero serlo? ¿Estoy preparada para serlo? ¿Qué se sentirá? ¿Qué se sentirá cuando sea anciana y necesites más cuidados de lo habitual, dejando de ser completamente independiente? ¿Caeré enferma de tristeza, pues soy de esas personas que me gustan hacerlo todo por mí misma, y no podré? ¿Me cuidará tan bien como Isabel a su abuela?

    —No te quedes ahí, Paula. Mira que quiere la señora Aquilina —me azuza mi tía—. Buenos días —saluda a doña Aquilina, dándole un cuidadoso abrazo. Porque mi tía es de esas personas efusivas en exceso que no pueden vivir sin apachuchar.

    —Quiero ver qué cositas tan lindas has traído a la tienda.

    —Pues nada, pase y mire. Hemos recibido algunas que no tienen flor, pero que sirven igualmente de decoración por ser llamativas. ¿Las quiere de interior, o de exterior?

    —En el balcón ya no me caben. Mejor para el interior.

    —¡Ay, abuela! Que tu casa parece la selva esmeralda.

    Lo que ha soltado Isabel nos hace reír.

    —¡No dirás que no queda precioso! Y purifican el aire.

    —O lo engullen. ¿Sabes que, por la noche, no es bueno tener las plantas metidas en la habitación mientras duermes? En una habitación cerrada, digo. No son tan buenas, abuela.

    —¡Exagerada. Y yo no me cierro de noche la habitación. ¡Deja de decir bobadas! Sabes que es mi afición.

    —Lo sé, abuela. Lo sé. Pero ya no te caben más en casa.

    —¿Quién dice que no?

    —Pues yo.

   La anciana niega despacio. Nos hace reír la discusión. Pero es que Isabel está en lo cierto: ella nunca tiene suficientes plantas. Y nosotras, agradecidas de que nos las compre.

    Echa un vistazo, enganchada del brazo de su sobrina, a nuestro expositor de plantas de interior. Termina llevándose un par: una con flor y la otra, más verde y ornamental. Me las llevo hasta el mostrador y saco el comprobante. Isabel lleva el monedero de Aquilina y es quien lo paga.

    —Que pasen un buen día —las deseo.

    —¡Tendrías que vestirte de chulapa en estas próximas fiestas de San Isidro! —me dice la anciana—. Te quedaría estupendo el vestido.

    Vestirme de chulapa. Bailar un chotis... ¡Pues fíjate que no lo he hecho nunca!

    —¡Qué vergüenza! No estoy hecha para eso.

    Me señala dibujando una tierna sonrisa.

    —Será porque no lo has probado nunca.

    Isabel niega, torciendo los labios. Sabe cómo es su abuela de aduladora.

    Las observo atravesar la tienda y salir.

    —Ojalá llegue a su edad tan lozana como ella —menciona mi tía, acompañándolo de un suspiro.

    —Tiene sus achaques. No hay que olvidarlo. Pero ella se ve muy bien —opino, sintiendo simpatía por ella.

    —¡Pues yo quiero tardar en envejecer! Solo de pensarlo me entra el pánico.

    Miro a Olimpia y doy mi opinión.

    —Envejecer nos aterra. Nadie se libra de ello. Solo vive feliz y atesora recuerdos bonitos que recordar entonces con una sonrisa y decir que has vivido cuanto has necesitado. Incluso, disfrutar de tus nietos y biznietos, si los llegas a tener. Ojalá que sí los lleguemos a tener.

    —No digas tonterías, Paula. Envejecer significa que se te termina el tiempo. Y eso me produce bastante grima.

    En parte tiene razón. Pero, ¿qué ganamos siendo así de pesimistas?

    —Prefiero ver el vaso medio lleno —concluyo, poniéndome en marcha hacia la trastienda. Definitivamente, Olimpia y yo tenemos poco en común. Yo hago por salir ilesa de esta vida a pesar de los palos recibidos y ella, más bien, se deja arrastrar hacia sus miserias. Así, solo perdemos constantemente cuando dejamos de luchar. Yo he dejado de luchar en algún momento. Pero luego he recordado que eso me arrincona y me oscurece hasta tal punto que la vida pasa ante mis ojos sin disfrutarla. Y esta reflexión me lleva a que me estoy dando cuenta que los pensamientos negativos solamente me restan. ¿Cuánto tiempo he necesitado para darme cuenta? Mucho más del necesario. Tropiezo, e intento convencerme a mí misma que puedo avanzar incluso con raspones en mis rodillas.


    Voy a echar un vistazo a las plantas que hemos dejado como reclamo en el exterior. Quiero asegurarme de que siguen allí. No sea cosa que alguien haya hecho alguna pequeña escabechina. Todo parece en su lugar. Observo a mi alrededor y sonrío. La gente viene y va sin ser consciente de que puede envejecer —de hecho algunos de los transeúntes ya han envejecido—, de que se les está acabando el tiempo. Suspiro. El tiempo se me está pasando deprisa. Y mi vida sigue solamente hilvanada, a la espera de que se le pase un pespunte que fortalezca más la unión de cualquier pieza. Inspiro, preocupada. La culpa la tiene Olimpia por contagiarme de su negatividad.

    Noto un toque en mi brazo.

   —¡Eh! ¿Te va a quedar ahí, todo el día?

    —No. Solo reflexionaba.

    —Sobre qué.

    —Me has hecho pensar. Y no quiero pensar en cosas feas. Todo es por tu culpa —gruño.

    Niega y sonríe aderezando su mueca con ternura. Va a tocarme el rostro. Pero retrocedo.

    —Deja de ser pesimista porque contagias a todos de ello —espeto, para, enseguida, meterme dentro. No quiero pensar. Creía que podría ser fuerte, positiva, arriesgada. Incluso he renunciado a las visitas al psicólogo que mi médico de cabecera me recetó tras la muerte de Guillén, en mitad de mi profunda depresión. De mi autodestrucción. Para que luego venga alguien y rompa cada uno de mis esquemas. ¡Pues no! No me parece nada justo.

                                                                       *****

    Remuevo la sopa, pensativa. Anoche preparé un poco de caldo de pollo como algo socorrido de varias tomas. Algunas de ellas las he metido en el congelador en recipientes de porciones acertadas para cada vez que lo necesite. Hoy me ha servido para prepararme algo rápido, nutritivo, que me alimente el cuerpo que sigue arrastrando la reflexión de esta mañana.

    «La vida es corta». ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Por qué mi madre se empeña en que debería de buscar a alguien más que me acompañe en este largo camino de la vida? ¿Y si realmente quisiera estar sola porque puede que no encuentre a nadie más que se complemente conmigo? ¿Y si no quiero ser madre? ¿Y si mi vida es distinta de la que he tratado de imaginarme? ¿Incluso distinta de la que ella ha querido imaginarse?

    Escucho el timbre del telefonillo. Eso me saca de esta cavilación que me estaba poniendo paranoica. Respondo. Escucho una voz masculina al otro lado.

    —¿A qué piso vas?

    Menciona el mío. Pero no espero a nadie.

    —¿Y quién eres tú?

    —¿Vale. Quizá me haya equivocado. Creo que voy al... —hace una pausa—. ¿Alguno por arriba del tuyo?

    ¡Como pensaba! Ya sé dónde va.

    —De acuerdo. Te abro.

    Seguro que va al sexto. Algo más arriba del mío. La chica que vive allí tiene un novio distinto cada vez. ¡Ella si que sabe vivir la vida! Yo no podría llevar su ritmo sin sentirme culpable. Será que no estoy hecha de su misma pasta. No creo que los chicos sean una colección de cromos que adquirir . Que descambiar cuando esté repetido, o no se vea interesante. No soy de iniciar relaciones esporádicas. Lo dicho: no estoy hecha de esa pasta.

    Escucho el timbre de mi puerta. ¡Y dale! Que se empeña el chico en que esta es la puerta.

    Cuando abro, a punto de soltarle la parrafada al individuo, me quedó petrificada. En realidad, había hecho un pleno.

    —Hola, Paula.


Sefiní: expresión coloquial para decir que se acabó.


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