
24★
Abril empaquetó todas sus cosas, secándose las lágrimas, que corrían por sus mejillas. Le parecía mentira, dejar atrás esa casa en la que había vivido tantos momentos, algunos felices y otros no tanto.
Habían pasado tan solo tres meses desde que les habían anunciado su compromiso y ahora, estaba a pocos días de la boda. Pensó que sería todo más lento, que al menos tendría un año, si es que llegaba a producirse. Que tendría tiempo de sobra para asimilarlo, o para independizarse. Pero no, ahora tenía que mudarse a esa maldita casa.
Guardó todos sus recuerdos en cajas y sintiendo un pánico incontrolado, comenzó a tirarlo todo, esparciendo la ropa, los libros y las fotos por toda la habitación. Se derrumbó sobre la cama, dónde dormiría por última vez esa noche, y lloró. Lloro hasta quedarse dormida.
Amaneció, y tuvo que empaquetarlo todo de nuevo. Esta vez algo más calmada. Se dio una ducha, se vistió y se quedó a la espera de que llegara el camión de la mudanza.
Llegó pasado el medio día a su nuevo hogar. Donde Ina le dio una cálida bienvenida.
Subió a la que seria su nueva habitación, que hasta ese momento había sido la habitación de juegos de Robert. Era el doble de grande que su antiguo cuarto, con baño privado, un vestidor gigante y una bonita zona de lectura, junto a un precioso balcón lleno de flores. Comenzó a abrir una por una las cajas, ordenándolo todo en su sitio. Buscando el rincón perfecto para cada cosa.
Podía ser la casa perfecta, pero no lo era. Odiaba esa casa, odiaba estar allí, odiaba sentirse como un jilguero encerrado en una jaula de oro, y temía el momento en que volviera Robert.
Deseaba volver a su casa, se lo había pedido a su madre infinidad de veces, ya era mayor de edad, no podía retenerla, pero Abril tampoco podía mantener aquella casa ella sola. Pero no quería estar allí. No, cuando sabia que ese no era su sitio. No, cuando sabía qué él se había marchado a Escocia porque no soportaba estar cerca de ella.
Se sentó sobre aquella cama gigantesca y recordó aquella conversación. "Quizá seas tú la que intentes colarte en mi habitación" y deseó hacerlo y robar alguna de sus camisetas para no sentirse tan sola y poder dormir.
Marina entró en su cuarto con una sonrisa callada y el vestido que unas semanas antes eligió para la ceremonia.
— ¿Que tal está, mi niña? — preguntó esperando encontrar pronto una sonrisa .
Abril curvó su boca hacia arriba sin mostrar alegría. Estaba nerviosa. No podía evitarlo. Robert llegaría en cualquier momento y ella no podria huir esta vez. Robert había tenido razón. Tenían que haber hablado aquella noche que tuvo oportunidad, pero cabezota como era no quiso y ahora tendría que atenerse a las consecuencias, si la boda resultaba un desastre por su culpa.
Se mantuvo entretenida todo el día con los preparativos de la boda, evitando a toda costa estar presente cuando Robert llegara. Pero al atardecer, cuando subió a su cuarto, y al pasó por delante de su habitación, vio luz por el resquicio de la puerta. Sintió que el corazón se le aceleraba, y aceleró sus pasos, para entrar en su cuarto silenciosamente, como un ladrón colándose en una casa y cerró la puerta.
Se sentó en el suelo abrazando sus piernas, hundiendo mi cabeza entre ellas, tal como lo haría una niña asustada del monstruo del armario. Sintió el aire viciado, y la necesidad de respirar y tranquilizarse, la llevó a abrir las puertas del balcón, tratando de no hacer ruido.
Miró a la luna, estaba tan llena que iluminaba todo el jardín. Soltó toda la tensión con un suspiro demasiado alto. Y se tapó la boca como si pudiera acallar de ese modo el sonido que había producido.
Robert salió en ese momento al balcón, y se apoyó en la barandilla de forja, dejando que la música que se escuchaba en su cuarto se escapara también.
Abril temió ser descubierta y se escondió tras las gruesas cortinas, manteniendo la respiración, escuchando la letra de esa canción. Sintió rencor, miedo, tristeza. Tanto dolor que se reflejaba en su garganta de silenciar las lagrimas que no sabría si lo soportaría.
Los rayos del sol se colaron tímidamente entre las cortinas, dándole la bienvenida al nuevo día.
Pensó que no podría dormir esa noche, pero después de tanto llorar cayó rendida. Tenia los ojos hinchados, sin embargo, se sentía bien. Había pasado tanto tiempo reprimiendo ese dolor, tratando de no sentir, que después de pasar la noche revolviéndose en su mierda, se sintió renovada para volver a verlo. Ya no podía permitirse el pensar en él como el chico que le había roto el corazón. Tenía que verle, aunque odiara esa idea, como al hermanastro mayor, que era en lo que iba a convertirse en pocas horas.
Corrió las cortinas, y se volvió a asomar al escuchar las voces de los trabajadores montando la carpa, y otros moviendo y colocando sillas, y cajas a toda prisa.
Hacía un día estupendo, el sol calentaba y el aroma a hierva recién cortada y a azahar lo inundó todo.
"Pronto se dirán el 'si quiero'" sonrió ante esa imagen en su cabeza, sintiéndose feliz, todo lo feliz que puede estar una chica con el corazón hecho añicos.
Un "buenos días", le sacó de sus pensamientos. Giro la cabeza hacia el balcón contiguo y le vio. Recién duchado, tapado solamente por una toalla en su cintura. Su oscuro pelo, aun soltaba gotitas de agua, que se escurrían por su torso desnudo, mas tatuado aún, que la última vez, que le vio en aquella foto.
Abril apartó rápidamente la mirada, ante el deseó irracional de querer entrar en su habitación y abrazarle tan fuerte que no pudiera volver a irse. «Quizá tenga suerte y me deje pasar» Se le escapó una sonrisa, con mi estúpido pensamiento.
— Buenos días —. Respondió agachando la cabeza, dándose cuenta entonces que solo llevaba puesta otra camiseta robada de su armario, que obviamente, ya no le quedaba y apenas tapa su ropa interior.
El calor subió a su cara, e intentó meterse de nuevo en la habitación antes de que se diera cuenta, pero era demasiado tarde.
— Sera mejor que te tapes — dijo burlándose — o habrá más de un accidente ahí abajo por mirarte.— Abril dibujo una mueca avergonzada en e rostro y trató de taparse. — Si necesitas también pantalones, puedes coger alguno de mi armario. Supongo que sabes muy bien dónde los guardo. — Bromó sonriéndola. Y Abril no pudo resistirse.
— eh... si... Eh...será mejor que me vista — Respondió ignorando su sarcástica oferta. Se escondió tras las cortinas, y no pudo evitar reírse nerviosa por la pillada.
Tenia que intentar que esa situación cambiara. Tenía que haber dado su brazo a torcer aquella maldita noche, a haber llegado a un acuerdo, no podían continuar así. Quizá su oferta de hablar y sacar bandera blanca seguía en pie, después de tanto tiempo. Si iban a tener que ser hermanos... Esa palabra se le clavó como cuchillos en el pecho, pero esa, era ahora su única verdad.
Se puso algo de ropa decente, y sacó fuerzas de alguna parte y llamó a la puerta de su cuarto. Robert abrió sorprendido, y la invitó a entrar, sin embargo Abril declinó esa propuesta. Había pensado en él toda la noche. Había preparado todo un guión en su mente, para soltarle en el momento que le viera, y ahora que le tenía enfrente se había quedado muda, le temblaba la voz y le sudaban las manos. Pero era imperativo acabar con esa guerra. Y tenia ser en ese momento.
— Robert. Se qué... Siento ser una cabezota, y tenías razón, si vamos a tener que... Será mejor que intentemos llevarnos bien. — sus palabras salían atropelladamente por su boca y sin demasiado sentido, pero fue suficiente para Robert.
Cruzó el pasillo sin darle opción a réplica y bajo a la cocina a desayunar. Marina, le preparó un café y sirvió un trozo de pastel de chocolate. Aquella mujer, había sido casi su única compañía desde que se mudó a esa enorme casa. No le extrañaba que a Robert se le llenara la boca de halagos cada vez que la había hablado de ella.
Apenas le dio un sorbo al café, cuando oyó los inconfundibles pasos de Robert entrando en la estancia. Tragó saliva inquieta por su reacción y saludó con una sonrisa.
El la recibió, y a cambio le besó la mejilla, dudando de si era demasiado.
— Buenos días mi Ina — Abrazó a la mujer. — te eché de menos. — continuó diciendo mientras la sueltaba.
Abril les miró desde su posición, sufriendo un absurdo ataque de celos.
— Buenos días mi niño. Yo también a ti. Te prepare tu arroz con leche. — dijo sirviéndole un tazón.
Robert comió en silencio, sin apartar la vista de su arroz, como si en ese momento el resto del mundo desapareciera. Y Abril bajo la mirada a su pastel mirándole de reojo. Y cuando Bruno entró, Robert abandonó la cocina y salieron.
Su vestido turquesa, permanecía colgado en su percha, a la espera de atreverse a ponérselo. Tenía que admitir que era mucho más bonito de lo que parecía en el diseño. Con esa pequeña cola en el vuelo de la falda y pequeñas florecitas de pedrería que recorren el escote hasta el broche de la nuca dejando al descubierto la espalda.
— !Creía que era a la novia la que tenía que hacerse esperar! — Metió prisa Robert, desde el otro lado de la puerta.
Robert movía nervioso la pierna, mirando el reloj a cada segundo. Impacientándose por la tardanza de Abril. Estaban todos los invitados esperando. Su padre preparado, hasta Sofía ya estaba lista. Pero Abril no. Y todos estaban esperando por ella.
— ¡Voy! un momento. No consigo abrochar el maldito botón. — respondió de los nervios. Poniéndose a toda prisa el vestido.
El chico suspiró desde el otro lado. Miró de nuevo el reloj. Odiaba hacerse esperar. Aunque en una boda todo el mundo contaba con ello. — joder... — se quejó en voz baja — ¿Necesitas ayuda?.
— Eh… No... Solo es un segundo. — anunció, pero tenía las manos demasiado sudorosas como para atinar con el pequeño enganche. — ¡Joder si¡ No puedo. — Sería a la ultima persona que le pidiera ayuda, pero era es una urgencia, y no podía llamar a su madre y eso era solo un botón.
Robert abrió la puerta y accedió al interior del cuarto. Se acercó a ella por la espalda sin decir una palabra, y absorbió el aroma de su perfume, deseando tomarla entre sus brazos. Se mordió el labio y soltó todo el aire de sus pulmones.
El aliento en su cuello y el roce de sus dedos hicieron temblar las piernas de la chica y se le erizó la piel.
— ¡Vamos, se hace tarde! — dijo melancólico, consciente de la reacción incontrolable de su piel, mientras bajó rozando suavemente sus dedos hasta su cintura, apartando rápidamente después la mano.
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