
10★
Se quedaron parados uno frente al otro, sin saber que decir. Abril bajó la mirada al suelo, y comenzó a jugar con un mechón de su cabello.
— ¿Que tal está tu hermana? — Preguntó al fin, volviendo al asiento.
Robert tomó asiento a su lado y forzando una sonrisa contestó.
— Bien. Ya mejor. Gracias.
— Siento no haberte contestado. Pensarás que soy idiota. Pero si me hubieras dicho por lo que estabas pasando ... — Abril apretó los labios, sin dejar de mirar al suelo. — pensé que … ¿como iba yo a saber que tú hermana…?
Robert aún estaba molesto, aunque sabía que tenía razón. El posiblemente tampoco habría cogido el teléfono si hubiera sido al revés. Se había comportado como un idiota al enfadarse y ahora se daba cuenta. La rabia que había sentido por la mañana se había desvanecido. Abril le miraba arrepentida, y eso le desarmó.
Se quedó callada de nuevo, mordiéndose el labio como buscando las mejores palabras. Y él tuvo que apartar la vista para no perderse como un tonto en su triste sonrisa.
— Ya… pero y ¿Y que querías que te dijera? Estaba así por mi culpa. Yo no... — bajo la cabeza y comenzó a jugar con un azucarillo.
Abril frunció el ceño y le miro directa. — ¿Tu culpa? ¿Que pasó? — preguntó queriendo saber.
— Me quedé a cargo de ella. Por la tarde se encontraba mal, se acurrucó en el sofá y no cenó. La acosté y después se metió en mi cama con fiebre, me dijo que tenía frio y yo ni me di cuenta. Desperté de madrugada y ella casi no podía respirar, apenas tenía fuerzas para moverse. Estaba bañada en sudor, y yo le daba más calor aún. — sus ojos se cristalizaron al recordarlo. — Tenía que haberme dado cuenta antes y haberla llevado al hospital.
— ¡Pero no fue tu culpa! Si, podías haberla llevado antes, pero seguramente eso no habría cambiado mucho. Y la llevaste a tiempo, eso es lo importante.
Se acercó a él y le acarició la mano, sin decir nada más. Robert soltó el azucarillo con el que jugaba y entre la cogió la mano, entrelazando sus dedos a los suyos. Sus manos eran pequeñas, blancas y suaves a comparación de las suyas. Se había sentido mal durante ese último mes, rezando por qué la niña se recuperase, aguantando las miradas de su familia en el pasillo del hospital, que le juzgaban en silencio, o al menos eso sentía él. Pero ella no le miraba así. Le miraba con compasión, preocupándose por como se sentía él, y la sonrió agradecido, con sus blancas manos entre las suyas.
Abril apoyó su cabeza en su hombro, como un gatito ronroneando, y el giró la cabeza, tenía su boca demasiado cerca para poder contenerse, deseaba probar esos labios rosados más que nada, pero y si la besaba… ¿que haría ella? Quizá le diera un tortazo y le diría que está loco. pero era un riesgo que necesitaba correr.
Estuvo a punto de hacerlo, pero en ese momento, ella bajó la mirada avergonzada, y separó su cabeza al ser consciente de su cercanía. Un escalofrío cruzó su espalda, y no podía ocultar la sonrisa al imaginar sus labios sobre los de él. Se quedaron en silencio por un momento, pero no fue un silencio incómodo, si no todo lo contrario, como si todo estuviera bien y no hubiera más que añadir.
— Me tengo que ir, ya es tarde. — dijo ella sin muchas ganas.
Robert bufó frustrado. No quería que se fuera todavía, al menos no, hasta que saboreara sus labios.
— ¿Y por qué no llamas a tu madre y le dices que estas conmigo?
— ¿Estás loco? Entonces me preguntaría, que qué hago contigo. Y ¿Qué la digo? ¿Que te vi por casualidad?
— Tampoco sería tan raro, pero no. Puedes decirla que te llamé y quedamos. — se rio.
— ¿Que quedé con un chico? ¿Y nada menos que contigo? Entonces me matará. No. Déjalo, gracias. Prefiero que solo me regañe por llegar tarde.
Robert soltó una carcajada ante ese pensamiento tan exagerado. — Y yo pensando que cualquier madre estaría feliz de tenerme como yerno. Pues nada, vámonos que no tengo ganas de llevar flores a tu tumba.
Ella se rio, propinándole un codazo, con las mejillas encendidas. — Seguro que mi madre estaría encantada de tenerte de yerno, si yo tuviera diez años más y tu no fueras el hijo del Sr. Salcedo. — dijo ella, imaginándolo. Y cogidos de la mano, salieron de allí.
El camino a su casa, se le hizo muy corto. Ella rodeó la cintura con sus brazos y se sintió en el cielo. Paró en el cruce cerca de su casa y apagó el motor. Robert se quitó el casco y ella se bajó quitándose el suyo.
— ¿Me llamas luego? — Pregunto él. Temiendo que si fuera él, el que llamará, ella tuviera un problema con su madre.
Se encogió de hombros deseando y acepto. Se acercó a él para despedirse con dos besos, pero el ya no aguantó más las ganas y sujetando su cara con ambas manos la besó en los labios.
Apenas fue un roce al principio, esperando su reacción. Pero sintió su boca sonreír junto a la suya, y ese beso se intensificó, abriéndose paso con la lengua saboreando lo que tanto tiempo había deseado.
Se separaron al cabo de unos instantes, manteniendo juntas las frentes, sintiendo sus mejillas encendidas y el pecho acelerarse.
Robert bajó las manos hasta su cintura y Abril mordió su labio inferior muerta de la vergüenza. Sus ojos brillaban y la sonrisa parecía no poder borrarla ni disimularla, hasta que se volteó, alejándose hacia su casa.
Robert se puso de nuevo el casco y arrancó la moto siguiéndola, asegurándose de que llegaba bien. Abril se dio cuenta y se dio la vuelta, regalándole una sonrisa antes de entrar en el jardín.
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