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1

Llegó a la casa de Molly en cuanto el primer chaparrón de una espesa lluvia comenzó a caer, impulsado por el viento caliente de la tormenta que, como si estuviera anocheciendo, había envuelto el día en penumbras a tal punto de que las luces de las casas estaban encendidas de par en par. En cuanto ella escuchó la camioneta estacionarse frente a la puerta, abrió para esperarlo y que se mojara lo menos posible. Ryan apagó el motor, bajó del vehículo y corrió hacia la casa, mientras las hojas caídas de los árboles remolineaban en las calles.

—Vaya clima, por Dios... —murmuró ella, viendo a través de la ventana.

—Y ya sabemos a quien obedece el clima —respondió Ryan, de forma sombría—. ¡Mierda, quería ir a quemar el árbol esta misma tarde! ¿Cómo se supone que pueda plantarle cara a esto? No puedo detener la lluvia.

—Tendremos que esperar, no nos queda otra —Se acercó a él y le apoyó una mano en la cintura—. ¿Tan desagradable es mi compañía que te parece terrible la idea de quedarte aquí un día más?

Él la miró con una sonrisa cansada, al mismo tiempo que se inclinaba para darle un beso en la frente.

—Sabes que no, Molly. Solo quiero terminar con esto, nada más. Asegurarme de que esa puta cosa no vuelva a rondar por aquí.

—¿Has comprado la gasolina?

—Sí, dos bidones. Creo que con eso es más que suficiente —asintió Ryan. Molly se estremeció con un escalofrío repentino.

—Dios, que chucho —comentó. Al hacerlo, el vaho salió de su boca como una pequeña nubecita. Jake asomó desde el pasillo, como si estuviera intentando abrazarse a sí mismo, con los brazos por encima del pecho.

—Mamá, tengo frío... —dijo.

Ryan miró hacia todos lados, confundido. Se acercó a una de las ventanas, corrió un poco la cortina y vio que la lluvia seguía cayendo de forma copiosa, pero el cristal de la ventana y los bordes de madera del alfeizar estaban cubiertos con una fina capa de escarcha.

—Pero que puta... —murmuró. Luego miró a Molly, al mismo tiempo que volvía a colocarse la chaqueta. —Ve a abrigar a Jake, algo está pasando.

—Vamos, hijo.

Molly guio al niño de nuevo a la habitación, mientras que Ryan rebuscó en sus pertenencias hasta encontrar la grabadora de mano. Aún le quedaba más de medía cinta sin usar, de modo que la tomó en una mano y encendiéndola, presionó el botón de REC.

—Para el registro, quizá este sea el último. Es martes, son doce menos cuarto del mediodía. He viajado a los accesos interestatales de Grelendale para comprar combustible con el cual quemar la Sylva Americana. He visto a Nawathenna, parado en medio de la calle, y también me ha atacado una bandada de gorriones. Ahora me encuentro en la casa de Molly Anderson y no solo está lloviendo de manera torrencial, sino que la temperatura ha bajado considerablemente, al menos diez grados como mínimo —dio un suspiro, se detuvo en cuanto ella volvía al living, junto con el niño, y continuó hablando—. Mierda... todo esto es una puta locura, pero está ocurriendo, y tengo la sensación de que esto recién empieza.

En efecto, no iba a ser lo único. De repente, todas las luces de la casa se apagaron. El living se sumió en la más profunda penumbra, mientras las gotas de lluvia helada golpeaban los cristales de las ventanas. Jake dio una exclamación de susto en cuanto la luz se cortó, y Molly lo estrechó un poco más contra sí misma.

—Tranquilo, es solo un apagón —Le dijo, como queriendo infundirle paz. Sin embargo, y aunque le costase admitirlo, lo cierto era que ella también estaba bastante intranquila. Ryan se acercó a una de las ventanas y miró hacia afuera, todo el vecindario parecía estar a oscuras.

—Se ha cortado la luz en general.

—Creo que tengo un par de velitas, déjame buscar —dijo ella, caminando hacia un mueble del living estilo biblioteca, donde comenzó a revisar los cajones hasta sacar tres velones blancos que guardaba en caso de apagón, como ahora.

De pronto, el olor a la Sylva Americana comenzó a invadir el ambiente. Apenas perceptible primero, de forma clara después, empalagando las fosas nasales de todos con su característico aroma dulzón. Como si recordara lo que había pasado, Jake miró a ambos y comenzó a llorar, al mismo tiempo que un graznido seco se escuchó en el patio. Ryan miró a través de la ventana y no dio crédito de lo que veía, aquello era una locura total. En el cerco de madera que limitaba la propiedad con la acera, estaban posados decenas de cuervos, que miraban hacia el interior de la casa como esperando algo en particular. Y no conforme con eso, también estaban las plantas. Las plantas de patio que Molly tenía en su jardín, crecían a un ritmo alarmante. Las ramas de los rosales y los arbustitos se estiraban rumbo a las puertas y ventanas como serpientes vegetales, creciendo y reptando por el suelo.

—No puede ser, esto es una demencia... —murmuró.

—¿Qué? —preguntó ella, mirándolo de pie frente a la ventana. Caminó hacia él y parándose a su lado, observó hacia afuera, abriendo grandes los ojos. —Dios santo.

—Quiere taponarnos las salidas. ¿Tienes un machete?

—Creo que tengo un hacha de mano en el depósito de herramientas, espera.

Molly corrió hacia el pasillo, donde frente a la puerta de la habitación del niño había una puerta pequeña, disimulada en la tapicería de la pared. La abrió, y revisó dentro del pequeño cuartito de un metro cuadrado donde no había más que escobas y escobillas de jardín, una pala, un rastrillo de mano, un serrucho y un hacha. Tomó el hacha por el mango de goma y cerrando la puerta, volvió de nuevo hacia el living.

—Mamá, tengo miedo. Va a venir por mí, ¿verdad? —preguntó Jake, temeroso. Ella lo abrazó contra sí usando su mano libre.

—Nadie va a venir por ti, cariño. Solo quédate con nosotros donde podamos verte.

Ryan tomó el hacha que ella le ofrecía, y abriendo la puerta de entrada, salió a la lluvia para comenzar a cortar las ramas que se acercaban hacia la puerta de entrada y las ventanas. Molly no daba fe de lo que estaba viendo, casi hasta podía sentir que estaba perdiendo la razón, de alguna manera. Por cada rama que Ryan cortaba blandiendo el hacha, otras dos más comenzaban a reptar por el suelo de alguna manera indescriptible y horrenda, como si fueran animales con vida, intentando llegar a sus piernas y a sus manos. Al estar fuera, los cuervos que estaban posados en el cerco de madera y el portoncito de entrada, levantaron vuelo y entonces comenzaron a pasar rasantes por encima de Ryan, buscando picotearle los ojos.

—¡Ryan, entra! —exclamó ella, al ver que intentaba cubrirse con una mano y cortar el anómalo crecimiento de las plantas, con la otra. Dio un par de hachazos más hacia una rama de arbusto, levantó la cabeza, golpeó con el hacha hacia adelante en el airé e hirió gravemente a un cuervo, el cual cayó al suelo agitándose entre plumas caídas y con un ala cortada. Luego volvió adentro, corriendo y cerrando la puerta tras de sí de un golpe. Estaba bastante mojado y de la punta del hacha caían algunas gotitas de agua mezcladas con la sangre del pájaro.

­—Tenemos que hacer algo, no podemos esperar más —dijo, con la respiración agitada. Molly negó con la cabeza.

—¿Y qué hacemos? Está lloviendo, no podemos encender el árbol así.

—Sí, sí podemos, el gasoil es inflamable de todas maneras y tenemos suficiente como para que encienda. No podemos quedarnos aquí encerrados como ratones en una ratonera, esperando que esa cosa...

Ryan se interrumpió en cuanto escuchó el primer golpe. La lluvia pareció arreciar con un poco más de fuerza, a la par que el viento y los relámpagos. De pronto otro golpe, como si alguien desde afuera le hubiera dado un manotazo a las paredes. Y entonces Jake comenzó a gritar, señalando a una de las ventanas.

La forma oscura y gigantesca de Nawathenna podía verse a través de la ventana de la cocina, de pie en medio de la calle y alejado de su casa, observándolos inamovible. Su cuerpo era tan oscuramente denso que parecía absorber la penumbra de la tormenta a su alrededor, creando un halo de oscuridad que, palpitante, parecía rodearlo por completo.

—¡Ryan, Dios mío...! —exclamó ella, señalando con un dedo tembloroso. —¡Está ahí!

—¡Tenemos que salir de aquí, ahora! —ordenó.

Molly corrió hacia su habitación para buscar un pilot de lluvia y una campera impermeable para el niño. Ryan revisó el bolsillo derecho de la chaqueta, notando que el Zippo que había comprado estuviese aún allí, tomó su arma, comprobó el cargador, las llaves de la camioneta y se dirigió a la puerta de entrada. Las ramas de los arbustos habían tomado ya buena cuenta del patio, casi cubriéndolo en su totalidad, y habían comenzado a trepar por las paredes de la casa casi llegando al alfeizar de las ventanas. Ryan abrió la puerta y tomando el hacha de mano, comenzó a cortar vegetación a su paso para poder salir sin tropezarse, tan rápido como podía, mientras que ella cerraba la puerta tras de sí.

Al lograr salir del patio, Molly se dirigió a los asientos traseros para que Jake subiera con rapidez, rodeó por detrás y corrió hacia la puerta del acompañante, mientras que Ryan subió del lado del conductor con prisa. El niño se volteó entonces mirando hacia atrás, donde de una altura imponente, la criatura los miraba en la distancia. Ryan también miró por el retrovisor, sin poder creer que nadie más que ellos pudiesen verlo.

—No quiero que me lleve de nuevo... —sollozó el niño. Molly se giró sobre su asiento.

—Jake, mírame a mí. No mires atrás, solo míranos a nosotros, ¿de acuerdo?

Ryan encendió el motor, las luces largas y arrancó velozmente, escupiendo un poco de agua tras las ruedas.

—Cuando lleguemos, quédate con Jake. Yo haré el resto.

—Iré contigo, Ryan, no es un tema sujeto a discusión.

Él la miró de reojo.

—Esa cosa va a ir tras de mí, así que lo voy a alejar de ustedes. Bloquea las puertas, quédate con mi arma y espérame aquí. No vas a dejar al niño solo, yo puedo con esto.

A medida que avanzaba por la calle, las farolas a su alrededor comenzaron a apagarse paulatinamente. Molly comenzó a sentirse cada vez más nerviosa, a la par que su hijo. El único que parecía sostener la calma era el propio Ryan, quien con los ojos fijos adelante, se concentraba tanto como podía en continuar con su objetivo. Al mismo tiempo que la lluvia parecía arreciar y calle a calle se alejaban del centro de Grelendale, rumbo al bosque, por encima del horizonte unas luces parpadeantes comenzaron a girar en el cielo. Recordaba esto, la propia Molly se lo había dicho la primera vez que había charlado con ella acerca de la desaparición de Jake. Le había contado que algunos vecinos habían visto luces extrañas sobre el río, pero ahora quien las veía era él.

Repentinamente, la radio se encendió sola. Las estaciones de FM cambiaban en el tablero digital de Ryan como si los números estuviesen locos, provocando estática y mucho ruido a voces. Apartó una mano del volante para apagarla, pero no había caso, por más que presionara el botón de encendido, la radio continuaba actuando por su cuenta. Hasta que finalmente, se detuvo en una estación en particular que no tenía número. En la pantalla solo se veía XXXXXXX, y en el ruido blanco de la estática, se escuchó un débil susurro gutural y sombrío.



"Te veo"



—¡Ryan, cuidado! —gritó Molly, señalando hacia adelante.

Al levantar la mirada, vio como venía un enorme oso pardo, bramando y rugiendo en medio de la lluvia y la calle desierta, corriendo hacia ellos. Ryan dio un rotundo insulto, volanteó a la derecha, el morro de la camioneta topó una de las farolas, derribándola al suelo en medio de un estrépito de cristales rotos, y luego se detuvo. Miró por el retrovisor respirando agitado, y aunque lo normal sería que el oso se volteara para atacarlos de nuevo, lo cierto es que allí no había nada, tan solo era una ilusión.

Continuó el camino a velocidad moderada, queriendo llegar cuanto antes pero también prestando atención a las anomalías que ocurriesen. De reojo, volteó hacia Molly, quien estaba pálida y aferrada de su asiento.

—¿De donde mierda salió eso? —preguntó él, confundido.

—No lo sé, apareció de repente. Todo esto es una locura...

—Lo sé, por suerte ya falta poco —levantó los ojos hacia Jake, a través del espejo retrovisor—. ¿Estás bien, campeón?

—No, tengo miedo —murmuró.

—Lo sé, yo también lo tengo, pero no nos va a pasar nada, eso te lo aseguro —Le sonrió, intentando infundirle ánimos.

Pisó acelerador intentando acortar el camino que los distanciaba del bosque, hasta que por fin, pudo ver más adelante el cartel indicativo del camino principal que bajaba al río. Aminoró la marcha, dobló a la derecha por el camino de tierra mojada, y al detenerse cuando el camino agreste comenzaba, dejó la camioneta encendida y se quitó rápidamente el cinturón de seguridad. Tomó la pistola de la guantera, y se la dio a Molly en las manos, señalándole una palanquita junto a la culata.

—Con esto quitas el seguro, hacia abajo. Sujeta la corredera así —Le mostró, poniendo una mano encima y jalándola hacia atrás—, y luego la sueltas, volverá sola al lugar. Apunta con ambas manos, la mira está aquí —dijo, señalando una pequeña cresta en la boquilla.

Ella lo miró aprehensiva. Casi sin darse cuenta había comenzado a temblar.

—Ryan, no tienes porqué hacer esto solo. Llévatela contigo, yo no sé usar esto. Si algo sale mal da un disparo al aire, y correré en tu ayuda —dijo.

—Tienes que cuidar de Jake, Molly. El niño te necesita, yo estaré bien.

Ryan le apoyó una mano en la mejilla y le asintió con la cabeza. Ella lo miró directo a los ojos, y sin poder evitarlo, una lágrima se resbaló desbordando por su mejilla izquierda. Entonces le dio un beso y luego apoyó su frente en la de él, y cuando aquella despedida terminó, Ryan abrió la puerta y salió a la intemperie. Rodeó la camioneta hasta el maletero, lo abrió, tomó ambos bidones de combustible y cerrando la puerta, corrió por el camino bajo la preocupada mirada de Molly, desde su lugar.

Se metió entre la maleza y la espesa vegetación. No era de noche y a pesar de que la tormenta oscurecía todo aún más, al menos podía ver lo suficiente como para no tropezarse y caer. Sin embargo, tampoco estaba solo en aquel sitio. Los árboles parecían más grandes de lo habitual, entrelazando sus ramas entre sí, como si de alguna manera quisieran cortarle el paso. A lo lejos, pudo escuchar un alarido ahogado, una voz de mujer que gritaba su nombre de forma insistente, y Ryan apretó los dientes al mismo tiempo que sentía los ojos ardiendo de las lágrimas, ya que reconocía aquella voz. Era su hermana, aquella cosa estaba jugando con él, buscando provocarlo o quizá hacerle cometer un fallo, pero no cedería tan fácil, por lo que continuó corriendo como un autómata.

El bosque comenzó a hacerse cada vez más nebuloso, como si una espesa neblina comenzara a cubrir todo a su alrededor, y más pronto que tarde Ryan comprendió que debía estar atento, o se perdería muy fácilmente. Tras su espalda, el sonido a las hojas siendo aplastadas por algo —o alguien— de gran tamaño comenzó a hacerse escuchar, de modo que continuó corriendo y al llegar al tronco de un enorme pino, se refugió tras él, respirando agitadamente y mirando de reojo. Allí no había nada, o al menos nada que él no viera, pero con horrenda lucidez, observó como por el sendero donde él estaba corriendo hace un instante atrás, las hojas se aplastaban bajo el peso de algo invisible. O al menos, parcialmente invisible, ya que parecía como si la realidad misma se distorsionara a medida que algo avanzaba, curvando las siluetas de los árboles como si tuviese un centro de gravedad propio. Era ilógico y antinatural, pero ahí estaba.

El sonido se detuvo, y aquella visión también. Ryan entonces salió de su escondite y continuó corriendo tanto como sus piernas le permitían. El airé estaba frío, cargado de susurros pútridos y oscuros que rozaban sus oídos, y cuando ya había recorrido un buen tramo de bosque, algo lo sujetó del tobillo haciéndolo desplomarse al suelo. Los bidones de combustible rodaron por las hojas frente a él, sus manos se llenaron de tierra y al mirar hacia atrás, notó como la rama de una enredadera comenzaba a subir por su pierna derecha, trepando como una suerte de boa, impidiéndole el paso. Ryan intentó sujetar la rama con las manos para romperla, pero le era imposible, y cada vez lo estaba apretando más fuerte. Dando un quejido de dolor, miró a su alrededor de forma desesperada, hasta que pudo ver una piedra saliendo entre las hojas caídas. Arrastrándose tanto como pudo, la tomó en sus manos y usándola como una especie de martillo, comenzó a golpear a la rama junto a su pie, hasta poder quebrarla.

Al sentir como aflojaba la tensión en su pierna, se apartó con rapidez y poniéndose de pie, tomó los bidones del suelo y continuó con su loca carrera, mientras sentía como las sombras propias de la penumbra del bosque parecían cernirse cada vez más cerca. Ryan no quería admitirlo, pero tenía la horrible sensación de que todo el tiempo estaba siendo observado por algo, podía escuchar pasos que no eran suyos, corriendo a su par, además de los susurros. Sin embargo, cuando miraba hacia atrás, lo único que podía ver eran sombras fugaces que se desvanecían entre los árboles, para no volver a su campo de visión.

Por fin, llegó al claro. Frente a él se extendía la Sylva Americana, imponente y alta, con su tronco ancestral tallado por todos los sitios. Esbozó una sonrisa, al mismo tiempo que jadeaba agotado. Tenía el rostro sucio de tierra, además de las manos y la ropa, pero no le importaba. Con rapidez, corrió hacia el árbol, abrió uno de los bidones y comenzó a rociarlo por todo el tronco del árbol, hasta vaciarlo. Luego tomó el segundo bidón, continuó volcando el gasoil, sin darse cuenta que se había salpicado a sí mismo en su afán de actuar rápido, y una vez que lo hubo vaciado por completo, se apartó del árbol metiendo la mano al bolsillo interno de su chaqueta, donde estaba el Zippo. Miró triunfante el grueso tronco, encendió el mechero y entonces sonrió.

—Vete al carajo, hijo de puta —murmuró.

Lanzó el Zippo a los pies del árbol, haciendo que la gran cantidad de gasoil derramado se encendiera con rapidez. El fuego hizo su ruido característico al hacer combustión, y de pronto subió envolviendo todo el tronco del árbol en sus lenguas rojas y verdes. Ryan gritó levantando los brazos en gesto triunfante, pero no pudo ser capaz de continuar festejando, porque de pronto un rugido enorme hizo estremecer la propia tierra, tanto que incluso pudo sentir como vibraba bajo sus pies. Tras el árbol se materializó Nawathenna, a pocos metros de su posición. Y entonces fue cuando comprendió que estaba metido en un grave problema.

Ahora la deidad era completamente tangible, y podía verla en su forma real. El torso gigantesco de la criatura alcanzaba por lo menos los diez metros de altura, desconocía donde estaban las piernas, pero sin duda que estaban sumidas en lo profundo de la tierra. Su cuerpo estaba cubierto de una piel rugosa y oscura, como la corteza de un árbol viejo y retorcido, putrefacto, cubierto de musgo y con restos de carroña. Su rostro era una masa grotesca con ojos huecos que brillaban de un color rojizo, y sus fauces eran enormes y desproporcionadas con respecto a la cabeza, repletas de filas de colmillos amarillentos. De su cráneo enorme se alzaban cuernos retorcidos que se perdían entre las ramas más altas de los árboles aledaños.

Sus extremidades eran largas y musculosas, como troncos de árboles gigantes que se movían como queriendo abarcar todo, y ante un gesto de aquella criatura, parte del fuego que consumía a la Sylva Americana pareció extenderse como un torrente de agua hacia el resto de los árboles alrededor del claro, envolviéndolos en llamas y encerrando a Ryan con ellas. Giró sobre sus pies, miró a todos lados y comprobó que, por desgracia, estaba rodeado. Tras su espalda, una muralla de fuego se extendía. Frente a él, el árbol quemándose hasta la copa, y la criatura presenciando la escena casi con deleite, antes de abalanzarse encima suyo para destrozarlo por su osadía.

Golpeó con sus enormes manos en el suelo y entonces un montículo de tierra emergió bajo los pies de Ryan, haciéndolo caer de espaldas. A su lado un árbol se inclinó y envolviendo sus pies con las ramas más flexibles, lo levantó en el airé y lo arrojó varios metros hacia atrás, haciendo que su cuerpo golpease contra uno de los tantos árboles que comenzaban a tomar fuego. El golpe le dejó sin airé, había impactado de lleno con el pecho y la madera era dura, se trataba de un fresno americano. En el momento en que algunas de sus raíces iban a aplastarlo, Ryan giró sobre el suelo y arrastrándose, evitó el impacto. Con horror, contempló como la tierra se abría bajo las raíces de aquel árbol, como si fuese un sumidero buscando tragarlo.

Sabía que debía hacer algo para escaparse de ese sitio, o la entidad acabaría por matarlo, no tenía más opciones que armarse de valor y atravesar el anillo de fuego a sus espaldas. Sin embargo, Ryan no esperó un solo momento más. Se quitó la chaqueta y haciendo una especie de capa con ella para cubrirse la cabeza, giró sobre sus pasos y corrió hacia el fuego. Era una demencia, no tenía alternativa, pero cualquier cosa era mejor que esperar a que esa bestia lo despedazara con sus propias manos. El calor era intenso, y el resplandor aún más. Sintió el olor a la tela quemándose mientras corría, gritó en cuanto las lenguas de fuego tocaron sus dedos y también las perneras de su pantalón, pero continuó avanzando hasta que por fin logró traspasar el cinturón de fuego con el que la criatura buscaba retenerlo.

Sentía un dolor abrasador en la espalda, el pecho, y el brazo derecho, y al verse a sí mismo comprobó que la mitad de su chaqueta estaba en llamas incluida su camiseta y por ende, su propio cuerpo, por lo que la arrojó al suelo y luego se tiró al piso, rodando sobre la hierba mojada con una desesperación brutal. Tardó treinta segundos en apagarse a sí mismo las llamas, treinta segundos que le parecieron unos eternos treinta siglos, y cuando hubo logrado su cometido, se puso de pie con dificultad. Sentía trozos de ropa pegada a la piel, todo el cuerpo le temblaba, y estaba sudando frío. El corazón le latía con una fuerza sobrehumana, y comenzaba a marearse, a la vez que respiraba agitado. Sabía que significaba aquello, estaba experimentando un cuadro de shock, debido casi con toda seguridad a las quemaduras, por lo que tenía poco tiempo para salir de allí.

Empezó a correr tanto como sus fuerzas le permitían, trastabillando y sujetándose de los árboles al pasar. Sentía la vista nublada y las piernas le flaqueaban, al mismo tiempo que la vorágine de su mente se preguntaba si serían quemaduras graves. Se quejaba de forma lastimosa, sentía como si le estuviesen marcando las costillas al rojo vivo con un hierro candente, y la espalda era lo peor, querría arrancársela si fuese posible con tal de no soportar más aquel dolor atroz. Aún en la intemperie, podía sentir su propio olor a carne quemada, pero palmo a palmo continuó corriendo tanto como sus fuerzas le permitían. Volteó un solo segundo para mirar por encima de su hombro, al escuchar los rugidos antinaturales de aquella criatura, y aunque no distinguió llamas, si pudo ver el resplandor rojizo del bosque al comenzar a incendiarse junto con ese maldito árbol.

La confusión previa al desmayo comenzaba a ganarle terreno a su cordura. Parpadeó un par de veces, respirando agitada y superficialmente. Estaba faltándole oxígeno, comenzaba a ahogarse debido al cuadro de shock, conocía ese síntoma. Trotó durante unos veinte metros más, trastabilló y cayó al suelo. No podía rendirse ahora, se dijo. Tenía que llegar a la camioneta, era la única forma de salvarse, que Molly lo viera y lo llevara al sector de urgencias del centro médico, pero primero tenía que salir del bosque y si se desmayaba antes...

Estaba frito...

Estaba...

Y dos metros después, Ryan se desplomó al suelo, boca abajo y con los brazos extendidos.

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