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CAPÍTULO 6: SIEMPRE HAY SANGRE

El corrector hace lo que puede, pero no encuentro manera de tapar mis ojeras. Me he pasado la noche en vela y las consecuencias son inevitables. Suspiro y lo dejo por imposible. Espero que por lo menos el plan que he ideado (si es que puede llamarse así) merezca la pena. No tenemos mucho tiempo de maniobra.

—¿Algo nuevo? —pregunta mi padre cuando salgo por la puerta.

—Para nada, pero creo que estoy cerca —miento.

Mi idea posiblemente sea otro callejón sin salida, pero no perdemos nada por intentarlo.

—Buenos días —Saludo a Nate en cuanto me abre la puerta.

No me pregunta por mi avance con el libro inexistente. Él también ha decidido concentrarse en el problema que tenemos delante. No soy la única con ojeras.

—¿Y Henry? —pregunto.

—Se acaba de despertar, ahora baja.

Intento que no se note mi preocupación, pero por como me mira debo de tenerlo tatuado en el rostro. Nunca se había levantado tan tarde. Intento no darle más vueltas, convencerme que no es nada. Es inutil, se que algo raro le está pasando. Desde que sus heridas se cerraron su estado no deja de empeorar. Es sutil: sus ojos brillan un poco menos, sus respuestas son menos precisas y reacciona más lento a cualquier estímulo. El último síntoma es la somnolencia y pienso aprovecharme de ello.

Como siempre, nos reunimos en el salón. El pelo de Henry está ligeramente alborotado y sus profundos ojos azabache todavía se están acostumbrando a la luz del día.

—Tengo una idea, pero no te va a gustar —afirmo, sin andarme con rodeos.

Entorna los ojos, receloso. Pero tras meditarlo unos segundos, bosteza y se estira como si de una pantera recién levantada se tratara. Su mirada tiene ese efecto, como la de un gran felino es peligrosa e hipnótica al mismo tiempo.

—Creo que no está la cosa como para ponerse quisquilloso.

A Nate, que había intentado parecer serio y concentrado, se le escapa una risa. No le hará tanta gracias cuando le diga de qué quiero hablar.

—Nate me ha comentado que has estado teniendo pesadillas —afirmo.

Henry fulmina a mi amigo con la mirada al instante. Efectivamente, la sonrisa se le ha borrado del rostro. Nate había intentado preguntarle por ellas y digamos que no se había mostrado demasiado receptivo. Opto por no decir nada más y el silencio se alarga en un pulso tenso, en el que por más que lo intento no consigo sostener la mirada a aquellas dos ascuas negras. Finalmente Henry cede, no porque quiera hacerlo, sino porque no tenemos más hilos de los que tirar.

—Siempre hay sangre —afirma sin previo aviso.

Nate saca un pequeño cuaderno de su bolsillo trasero y comienza a anotar. Si las miradas pudieran matar Henry habría sido condenado por homicidio en primer grado en aquel mismo instante. Es una de las increíbles cualidades de Nate: el bad timing.

—¿Tuya? —pregunto.

—Creo... creo que no. —Duda—. Es confuso, los sueños no son una cosa concreta. Hay gente que me grita, sangre, batas blancas y caras borrosas que no consigo reconocer. Mientras duermo creo que sé quienes son, pero en cuanto despierto se me escapa entre los dedos.

Se mira a las manos, intentando vislumbrar entre los pliegues de su piel la información que tanto necesitamos. No la encuentra.

—Está bien, esto es nuevo. Pero necesitamos algo más —afirmo—. ¿Sueñas que te persiguen?

Henry se revuelve, incómodo, pero responde.

—Casi siempre.

—¿Recuerdas algo de ellos? lo que sea. El color de su ropa, si llevaban uniforme, pelo largo o joyas... algo.

—Algo...

Cierra los ojos y todos en la casa contenemos la respiración. Su respiración se vuelve regular y tras sus párpados sus pupilas se mueven de un lado a otro, buscando un retazo de información que podamos usar. El silencio se alarga y cuando por fin decide romperlo ni siquiera Nate se atreve a distraerlo tomando notas.

—Hay un círculo, no...un símbolo. Tiene algo dentro.

No muevo un músculo mientras él sigue explorando en sus recuerdos. Si no consigue recordarlo ahora puede que no volvamos a tener otra oportunidad. El silencio se vuelve a alargar varios minutos. Ahora su rostro es de total confusión.

—No lo entiendo, es como si hubiera dos imágenes superpuestas.

Antes de que Nate pueda reaccionar Henry le arrebata el cuaderno de las manos y se pone a dibujar en el frenéticamente.

Delante nuestro se presentan dos dibujos. Ambos representan una circunferencia sorprendentemente bien dibujada, pero su interior es completamente distinto. El primero tiene una especie de llama sostenida por algo, que no tengo claro que es y por cómo lo mira Henry, él tampoco. El segundo está mucho mejor dibujado, así que supongo que lo recuerda con más claridad. Sin embargo representa algo mucho más abstracto.

Acaricio el papel con mis dedos. Esta vez soy yo la que intenta recordar. El esoterismo siempre me ha interesado, así que, aunque inicialmente pienso que es una reinterpretación rara del símbolo de venus, que se usa para representar al género femenino, enseguida me doy cuenta de que realmente es el símbolo alquímico del mercurio.

—¿Por qué hay dos? —pregunta Nate— ¿Te perseguía más de un grupo? ¿O son dos personas?

Henrry se encoge de hombros.

—No lo tengo claro. Este no lo recuerdo bien. —Señala el garabato de las llamas—. Creo que es de donde estaba antes. Sin embargo este otro está mucho más claro, tengo la sensación de que quien me estuviera persiguiendo cuando me encontrasteis debía de llevarlo.

No presto atención a sus palabras. Creo reconocer ese símbolo de alguna parte, pero no acabo de ubicarlo.

—Aún así —afirma Nate—. Esto no nos dice nada.

—Me marcharé hoy mismo —Henry interrumpe bruscamente mis pensamientos.

—¡No! —exclamo más alto de lo que pretendía—. No —repito esta vez con calma—. No creo que estés en condiciones de ir a ninguna parte.

Henry parece sorprendido de que haya notado su declive. Aún así recompone su expresión enseguida, tanto que dudo si me lo he imaginado.

—Estoy perfectamente —afirma, y por un segundo consigue que me lo crea—. Agradezco todo lo que estáis haciendo por mí, pero no puedo seguir poniéndoos en peligro. No sé qué es lo que hice o dejé de hacer, pero quien quiera que me esté buscando no tiene pinta de que se vaya a apiadar de vosotros cuando se entere de que me habéis escondido. No quiero... No quiero arriesgarme a que os hagan daño.

Y de repente caigo en algo en lo que no había pensado. Somos las únicas personas que conoce, el resto de su mundo está atrapado por una niebla perpetua dentro de su cabeza. Ahora mismo somos su único apoyo y aunque parezca imposible aquella amenazadora pantera se había encariñado de sus cuidadores. Por el rabillo del ojo veo que Nate se revuelve incómodo. Parece que Henry no es él único que ha desarrollado aprecio por el grupo.

—Todavía tenemos un día más hasta que lleguen los padres de Nate —afirmo mientras todos los engranajes de mi cerebro se ponen en marcha.

—Tienes razón, todavía tenemos algo de tiempo... —Nate suspira.

—¿Cuál es el punto de alargarlo? —Pregunta Henry— Me puedo ir esta misma noche.

Dejo que el silencio se alargue unos segundos, mientras ordeno mis pensamientos.

—El punto... es que creo que reconozco uno de esos dibujos.

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