
CAPÍTULO 5: METAL Y ROCA
Hace ya varios días que aquel extraño llegó a nuestras vidas. Ha conseguido recuperar su habla por completo y también su forma física. Sin embargo, sigue sin recordar nada que nos pueda resultar útil.
Me arreglo temprano. No diría que pierdo demasiado tiempo, pero sí que me maquillo un poco, para que mis incipientes ojeras y falta de rubor no sean muy notables. Me alegro de haber superado la fase de “yo no me maquillo como las otras chicas”.
Aquel pensamiento hace que mire mi estantería de soslayo. El libro sigue ahí, no ha desaparecido por arte de magia, como tampoco ha aparecido nada en el documento de word que lleva abierto semanas en mi ordenador. Últimamente lo único que hace es coger polvo. Lo peor de mi primera novela no es que no crea poder superar su éxito, es que ahora ni siquiera creo que fuera tan buena. Intento replicar lo que me llevó a escribir aquello, pero no soy capaz. Ya no soy la misma chica.
Recuerdo que mi parte favorita había sido escribir el personaje de Fred, el salvador de la protagonista. Creo que es la razón de que tuviera tanto éxito. Todos queremos ser salvados, en mayor o menor medida. Tal vez por eso me aferro tanto a él, tal vez Henrry sea mi salvador, quizás él sea mi musa. Necesito volver a encontrar aquella chispa y no ocurrirá mientras esté sentada en casa delante de una pantalla.
Me cruzo con mi padre al salir, ha vuelto a tener turno de noche.
—¿Algo? —pregunta con voz cansada.
Niego con la cabeza.
—Nada.
—No te preocupes, ya te llegará. Y recuerda que si no siempre puedes ir a la universidad y retomar lo de la escritura más adelante. Sabes que te apoyaré con lo que decidas.
Asiento distraída. Ese no es el problema, siento que si no lo consigo ahora nunca volveré a tener la oportunidad de publicar. La fama es efímera y yo ya llevo un par de años rezagada. Una vez que se olviden de mí será demasiado tarde.
Me encamino a casa de Nate, esquivando deliberadamente el edificio en ruinas que casi acaba con mi vida la última vez. Es la primera vez desde que publiqué aquel libro que no me siento tan perdida. Siempre he pensado que hay algo en el mundo para mí, que todo tiene que tener un propósito y que yo encontraría el mío. Si lo que yo puedo aportar al mundo es mi escritura, ¿porque ni siquiera puedo hacer eso bien?
Aún sigo rumiando aquello cuando Nate me abre la puerta.
—¿Nada? —pregunta él.
—Nada —respondo. Ya se ha convertido en costumbre aquel interés por mi escritura.
—¿Vosotros?
—A parte de sus pesadillas constantes, poca cosa. Aunque ya tiene claro que debían de realizar algún tipo de experimentos con él, pero mejor entra y que te lo cuente.
Pasamos el día juntos. Empiezo a disfrutar de su compañía y creo que Nate también, aunque siempre le noto algo receloso. Bien, al menos uno de los dos debería de conservar la sensatez.
—¿Y te acuerdas por qué o quién experimentaba contigo? —inquiero.
—Lo siento, no recuerdo nada más. —De repente sus ojos brillan con más fuerza y alza el rostro—. Espera sí, hay algo. No sé cómo de importante es, pero no era el único. Tengo la sensación de que había más gente como yo y… también alguien importante. Creo que tiene relación conmigo, de algún modo.
—¿A qué te refieres? —pregunta Nate.
—Ojalá me acordara, solo sé que era una persona importante para mí, creo que por eso lo recuerdo. Sea quien sea no puedo dejar que siga ahí.
—Ahí ¿Dónde? —Mi corazón da un vuelco ante la esperanza de que haya recordado algo más.
—Ahí… en… en ese sitio, con el metal y la roca y y…
Se le hunden los hombros y se encoge sobre el sofá. Hemos dado con otro muro. Por su forma de hablar deduzco que sus recuerdos todavía deben de estar ahí, en alguna parte, solo necesitamos seguir desenredándolos. En estos días se ha recuperado físicamente y todavía no me creo que no fuera deportista de élite, porque está claro que aquellos músculos de alabastro no son producto de sus repetidas lecturas de “Mujercitas”. He intentado buscar desapariciones de atletas y otras personas con características similares, pero no he podido encontrar nada.
A pesar de su aparente mejora física hay algo que no anda bien. No sabría explicar qué es, pero noto que algo en él pierde fuelle, por muchos recuerdos que recomponga y heridas que sane algo en él se está marchitando y ni siquiera estoy segura de lo que es.
A medida que los días avanzan aquella sensación de que algo no marcha bien empeora. Creo que Henry se ha dado cuenta de ello, pero ha decidido ignorarlo. El chico se mueve más lentamente y duerme casi doce horas al día. Nate lo achaca a que todavía debe de estar recuperándose, pero yo estoy segura de que hay algo más detrás de esto.
—¿Seguro que podemos confiar en él? —Nate me sujeta del brazo antes de que pudiera salir de su propiedad.
Es tarde y tengo ganas de volver a casa, aun así me detengo para responderle.
—Eso creo.
—Diana… Solo quedan un par de días para que vuelvan mis padres.
Suspiro. La información no me pilla por sorpresa. Hemos confiado demasiado en que conseguiría recordar algo útil antes de que se nos acabara el tiempo, pero no ha sido el caso. Y no solo eso, además ahora parece que está empeorando, así que no me siento cómoda dejándole ir sin más.
—Tienes razón —asiento a regañadientes— Si no conseguimos respuestas antes de que lleguen tus padres le dejaremos ir.
—O podríamos llamar a la policía.
—¿Y qué bien le haría eso?
Nate se encoge de hombros. Estoy a punto de replicar cuando suena mi teléfono. Él que me faltaba. Bloqueo la llamada sin perder un segundo.
—¿Quién era?
—Marc —respondo— Todavía me llama de vez en cuando, ya se debe de haber dado cuenta de que le he bloqueado en todas mis redes sociales.
Él pone los ojos en blanco pero no dice nada. Aquél imbécil había sido mi inspiración para el personaje de Fred un caballero de armadura plateada que había acabado por ser un auténtico cretino. Me había puesto los cuernos con mi no tan mejor amiga pocos meses después de empezar a salir. Si tenía que sacar algo positivo de aquella situación diría que por lo menos me hizo abrir los ojos respecto a lo de esperar a tu caballero andante. Hay que tener cuidado con ellos, porque es fácil que te salgan rana. Aunque es más fácil la teoría que la práctica.
—Me voy ya, mañana conseguiremos algo más de información.
—Cómo estás tan segura.
—Porque no tenemos otra opción.
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