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{7} Atenuante Promesa


'El acierto o la desgracia, ambas son una opción

Al que hayas doblegado tu frío corazón'


Intentaba concentrarme en el libro que tenía delante de mí, pero por mucho que me esforzaba, no podía interpretar el texto puesto que mi mente vagaba hacia otros pensamientos, protagonizados por vampiros, guerras y abrumantes preocupaciones. Entonces, cuando estuve a punto de abandonar el estudio debido a mi incapacidad para abordarlo, la puerta de mi habitación se abrió repentinamente, y mi mejor amigo ingresó por ella.

—Toc-Toc, Setter... —Se burló, mas su voz guardaba un ápice de tensión.

Caminó en mi dirección y se detuvo junto a mi cama, tomando asiento en ésta. En cuanto no hizo otro ademán más que observarme fijamente por largos segundos, como esperando algo de mí, recordé que horas atrás había colgado el teléfono en medio de nuestra conversación. Por supuesto, él no iba a desentenderse de mi acción.

—No puedes evadirme en persona. —Me acusó.

—Lamento lo de esta mañana. Tenía un... Tenía un largo día por delante. —Me excusé.

Él dirigió su mirada al escritorio, frente al cual yo estaba sentada.

—¿Has avanzado con Economía? —Inquirió, percatándose del libro abierto.

—No realmente...

—Entonces ¿Qué hiciste en este día tan largo?

No encontré una manera de responder a eso que no implicara mentir. Ante mi silencio, él prosiguió:

—Estoy preocupado por ti, Sia. Te has comportado extraño últimamente, ¿Qué está ocurriendo contigo?

Fijé la vista en mi regazo, inclinando mi rostro hasta que fue cubierto por mi cabello. No sabía cómo reaccionar a su interpelación. Segundos después, sentí algo impactar contra mi cabeza y levanté la mirada, encontrando una sonrisa divertida exhibida en los labios de Brian. Había lanzado un almohadón en mi dirección y se preparaba para arrojarme otro.

—Niña traumada de La Llamada, no me hagas sacarte una cita con mi madre. —Advirtió, bromeando.

—¡Deja de insinuar que necesito ir al psiquiatra! —Comencé a reír, tomando la almohada que había caído al suelo segundos antes y tirándola a su cara.

Pronto, dio inicio una lucha de almohadones y peluches que culminó conmigo tumbada boca arriba en el suelo, siendo golpeada por un oso de felpa, mientras soltaba agudos chillidos e intentaba defenderme.

—¡Ríndete ante mi poder! —Vociferó mi mejor amigo.

La golpiza que me estaba propinando se detuvo solo al percatarnos que alguien había abierto la puerta de mi cuarto. Mi pequeño hermano estaba asomado allí, negando con la cabeza mientras nos miraba a ambos.

—Inmaduros. —Murmuró la voz del infante.

—¿Tú también quieres, enano? —Lo incitó Brian, apuntándolo con el oso de peluche.

David sonrió a causa de la diversión, mas volvió a negar. Se acercó a mí con pasos lentos, así que me incorporé y me levanté del piso mientras lo hacía.

—Sia, mamá y yo estamos tomando la merienda en la casa de Pattie... —Avisó.

—Está bien. —Asentí, aunque no me había dado cuenta hasta ese momento que estaba sola en la casa.

—Y Justin dijo que abrieras la ventana. —Añadió mi hermano.

—¿Qué? —Inquirí, desconcertada.

Los ojos de mi mejor amigo se posaron en mí, su expresión también se tornó confundida.

—Justin me dijo que te diga que abras la ventana. —Emitió el pequeño, girando sobre su eje y saliendo de la habitación, marchando con aquel andar saltarín característico de él.

—¿Qué está pasando entre tú y ese tipo? —Interrogó Brian —Primero lo odias, luego te abalanzas sobre él en una fiesta, y ahora se hablan ventana a ventana como si fueran los mejores amigos de los años 70.

—Cállate. —Espeté, pasando por su lado para dirigirme a la ventana.

De un tirón, subí la persiana y la luz del sol se coló de inmediato a través de los cristales, alumbrando la habitación con el resplandor naranja de la tarde. Justin se ubicaba en el marco de su propia ventana, mirando fijamente la mía. Cuando me detectó allí, me dedicó un claro gesto con su mano, indicando que abriera los vidrios. Obedecí, asomándome por la abertura.

Sentí la ira contra él quemar en mi pecho y contraer las paredes de mi estómago, mas no fue con la intensidad abrumadora que habituaba. Incluso logré mantener la calma sin realizar un esfuerzo mayor. Tal vez mis instintos fueron atenuados al saber la verdad sobre ellos.

—Necesito hablar contigo. —Anunció su grave voz —Ahora. —Determinó.

Entonces, Brian se situó a mi lado y observó con escepticismo a mi vecino, quien al notar la presencia de mi amigo, endureció las facciones de su rostro impertérrito y enfrió sus ojos color ámbar puestos en mí.

» —O cuando sea, da igual. —Farfulló.

No entendí con ligereza el motivo por el cual Justin parecía disgustado en sobremanera, pero luego fui consciente de mi aspecto, jadeante y desaliñado, debido al juego que Brian y yo habíamos recreado anteriormente. Me sentí avergonzada, sabiendo que esa imagen podía ser prestada a malos entendidos. Asentí con mi cabeza rápidamente y articulé:

—Iré en un momento.

Lograr que Brian aceptara abandonar mi casa sin ninguna explicación respecto a lo sucedido fue una tarea sumamente difícil. De hecho, supe que se fue enojado ya que no se despidió de mí como acostumbraba a hacer. Sin embargo, sabía que debía atender el llamado de Justin. Él jamás se hubiera dirigido a mí si no se tratara de un asunto urgente.

Me encaminé a la casa de mi vecino a paso apresurado. Esta vez, logré apretar el botón del timbre antes de que alguien se adelantara a atender. Segundos después, Pattie abrió la puerta y, al descubrirme, sonrió.

—¡Hola, Alessia!

—Buenas tardes. —Devolví el gesto con cortesía.

—Ven, pasa. —Se movió para permitir que ingresara a su casa —Tu madre está en la cocina.

—Sí, Lo sé. Yo en realidad... —Dudé —Vengo a ver a Justin.

La mujer me dedicó una mirada que evidenciaba su sorpresa.

—¿A Justin?

—Sí. Él me citó. —Aclaré.

—Oh, bueno... Está en su habitación. Es arriba, aquella puerta. —Me señaló, aún denotando consternación en su voz.

—Gracias.

Le mostré una sonrisa antes de escalar los peldaños que me guiaban al piso superior. Una vez que abandoné las escaleras y me situé en el mismo, Justin abrió la puerta de su cuarto y reposó el costado de su anatomía en el umbral de ésta, observándome. Por un breve instante, sentí el impulso de correr hacia él, pero lo contuve con destreza. Aquel dominio propio que había logrado alrededor del vampiro me causaba orgullo.

—Lamento haber interrumpido lo que sea que hacías, pero hay cosas importantes que tratar. —Comentó con frialdad.

—Estábamos jugando una guerra de peluches... —Repuse apresurada.

—No me interesa. —Me interrumpió, mas su semblante inexpresivo fue arruinado por una mueca de aturdimiento cuando meditó mis palabras —¿Guerra de peluches?

—Sí. Nos estábamos golpeando con los almohadones y los peluches. —Expliqué.

—¿Con qué objeto? —Cuestionó.

—Ninguno, creo. —Me encogí de hombros —Solo divertirnos.

—Eso es estúpido. —Dictaminó, sin embargo, podía ver en su expresión un atisbo de curiosidad.

Volvió a adentrarse en su oscura habitación y yo lo seguí, analizando cada parte de ésta con mirada nuevamente. Pude percatarme de nuevos detalles, como la colección de balones de fútbol que reposaba en un estante, la cantidad de discos en una caja junto a un equipo de música y las inmensas pinturas que adornaban la pared.

—Tus entrenadores vendrán por ti. —Notificó el tono ronco de Justin, de forma tan repentina que no llegué a comprender sus palabras.

—¿Qué? —Posé mis ojos en los suyos, los cuales me examinaban detenidamente.

—Desde hace un tiempo, tus antecesores Venandis han estado ideando la manera de venir a buscarte. —Explicó —Fue debido a sus planes que yo me anticipé en llegar a ti y terminé por adquirir esta casa. Esperaba alcanzarte antes de que ellos lograran entrenar tus habilidades.

Inhalé profundamente, dejando ir el aire acumulado en mis pulmones con temblorosa lentitud.

—Por alcanzarme, te refieres a matarme ¿Cierto? —Indagué. No recibí respuesta. Justin se limitó a quedarse de pie a unos metros de distancia, observándome con aquellos grandes ojos color ámbar —Pero aún no lo has hecho. —Proseguí —Aún no me has dañado.

—Una vez más... —Su profunda voz fue expelida en un tono incluso más ronco —...Siento que estás en desventaja. Ni siquiera sabías sobre tu naturaleza hasta que yo te lo dije. Una vez más... Es como si aún fueras una bebé—Admitió, dejando evidenciar su frustración —Y si lucháramos hoy, seguiría siendo injusto.

—¿Por qué te importa? —Ahondé, comenzando a acercarme en su dirección —¿Por qué te importa que yo esté en desventaja ante ti? Haces explícito en cada gesto o mirada que me diriges lo mucho que mi existencia fastidia tu vida. No te importa tratarme mal, ni amenazarme, ni provocarme, ni rasguñar mi maldita ventana para atormentarme por las noches...—Enumeré, dando un paso hacia él por cada una de mis frases, al punto de llegar frente a su cuerpo —No te importa nada de eso, entonces ¿Qué es lo que realmente te impide atacarme? —Sostuve su mirada durante los segundos de silencio que prosiguieron a mis palabras

» —¿Sabes? —Murmuré —Creo que, en realidad, tú no quieres hacerme daño.

Al instante en que dije eso, Justin tomó mis brazos, ejerciendo en su agarre una fuerza descomunal. Jadeé a causa del dolor, mas fue la única reacción que logré expresar antes de que, con una velocidad que volvió su movimiento imperceptible, mi vecino me empujara hacia la pared. acorralándome entre ésta y su anatomía. No percibí mi espalda chocar contra el cemento, por lo que supuse que, dentro de la violencia a la que estaba siendo sometida, él había sido precavido para evitar eso.

—No te atrevas a hablar sobre lo que quiero como si lo supieras... No me conoces, no sabes absolutamente nada de mí. —Justin escupió esa advertencia entre sus dientes apretados.

Su rostro estaba tan cerca del mío que el aire exhalado por su boca colisionaba contra mí. Nuestros cuerpos, casi pegados, separados sólo por mis brazos, los cuales él aún sostenía con firmeza.

—Tú mismo lo dijiste. —Susurré —Dijiste que no podías odiarme.

—Pero eso no significa que vaya a tener piedad de ti a la hora de enfrentarnos. —Aseguró con dureza.

—No quiero enfrentarme contigo. —Determiné —No quiero esto, Justin. No quiero tener que pelear, no quiero dañarte.

Sus manos indujeron más presión en el agarre que me aprisionaba, provocando que gimiera una vez más.

—¡No seas necia! Estás logrando exasperarme con tu actitud ¡Maldita sea! —Vociferó, sin importarle que sus gritos alertaran a los demás presentes en la casa —Los entrenadores vendrán por ti en cualquier momento y lograrán que te conviertas en la misma escoria que son ellos ¡Deja de actuar como si yo te importara en lo más mínimo!

—No quiero ir con ellos, no quiero esto. —Repetí, desesperada por escapar de aquella encrucijada paranormal en la que se había sumido mi vida en el último tiempo —Y todo lo que digo es verdad. Si hubiera querido pelear contigo, Justin, si realmente no me importara dañarte, ya lo hubiera hecho. Ya hubiera cedido ante mis impulsos, pero no fue así.

Varias lágrimas escaparon de mis ojos y se deslizaron con lentitud por mis mejillas. Ni siquiera había notado que la ansiedad producida en mí gracias a las nuevas situaciones que me veía forzada a vivir había explotado en su punto culmine, en forma de llanto.

Justin vislumbró las gotas que humedecían mi cara y, de inmediato, aflojó el agarre que aún me sujetaba, mas no se alejó de mí. Un sollozo se gestó en mi garganta y no pude evitar que mis labios lo emitieran. El ceño de mi vecino se frunció, y finalmente liberó mis brazos para utilizar sus dedos con el fin de limpiar las lágrimas en mi semblante.

—Por favor, Justin. —Supliqué —No permitas que me lleven.

Él volvió a conectar su mirada con la mía un segundo antes de hacer algo que reemplazó mi angustia por perplejidad: enredó mi cuerpo entre sus brazos, estrechándome contra su pecho. Mi llanto cesó y parpadeé varias veces debido a la confusión. Sin embargo, le devolví el abrazo en cuanto fui inundada por aquella parsimonia que me despertaba su tacto. Las sensaciones que había iniciado en mí cuando me acunó al ser yo apenas una bebé y que aún en ese momento surtían efecto. Entonces, otra acción de su parte logró mitigar mi infortunio. Su voz, por primera vez amainada, me juró:

—No lo permitiré. 


-TatianaRomina-

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