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Capitulo 10: La elegida del viajero

Nunca en mi vida había sentido un hormigueo en mi abdomen, que se desplazaba por mi sacro y elevaba la sensación inusual por mi columna vertebral, dejándome la piel erizada en su recorrido ascendente. Nunca creí que un hombre simplón, fuese a hacerme sentir así, por primera vez en veintidós años, un tipo captó mi atención. 

Creí que era una persona cualquiera, lo único que le destacaba a un chico de mi año, era la típica vestimenta rococó masculina. Le vestía un saco largo de color negro, el cual le llegaba hasta detrás de las rodillas, con decoraciones doradas estrafalarias. Debajo de este, portaba una camisa color perla con un lazo sutilmente hecho, decorándole el pecho y un chaleco por encima, del mismo tono que aquel aparente abrigo refinado. 

Todo bien en su manera de trajearse, lo encontré inalcanzable, a pesar de no saber absolutamente nada de él. Tenía un cabello majestuoso, largo y castaño, recogiendo el que correría por sus sienes, en una media coleta baja, dispersándose el resto por sus hombros, resbalando como cascadas en su pecho.

¿Quién eres? y ¿Por qué el destino nos ha hecho encontrarnos?. Pensé en mi mente, sin embargo, creí haberlo hecho así, me equivoqué, mis labios me traicionaron.

— Erzherzogin, haben Sie Italienisch gelernt? —dijo él en un tono de pregunta, seguía sin entenderles nada a quienes hablaban en un idioma diferente al mio.

¡Ay, Lucía!, ¡Te dije como mil veces que repasaras los guio...

¡A ver, autora!, ¿Quién es la que está narrando aquí?, ¿Tú o yo? 

¡Tú!, pero ya te habia dicho que estudiaras el alemán. Si tú no les entiendes, las lectoras menos.

¡Bueno, bueno!, ¿Que quiso decir ese papucho?

Él preguntó: "Archiduquesa, ¿ha aprendido italiano?". Además, si yo estuviera en tus zapatos, no le llamaría de tal modo a ese distinguido caballero. 

¿Por qué todos insisten en llamarme archiduquesa?, Mejor aún, ¿puedes explicarme por qué mierda me enviaste aquí?

Emh...

¡HORA DEL CORREO DE LOS LECTORES! 

¡¡HIJA DE...!!

https://youtu.be/VTdUnQ1iQxQ

— No sabía que del mismo modo en el cual le agrada mi música, tambien se interese por mi jerga nativa —sonriente comentó aquel hombre en mi idioma, se levantaba del asiento perteneciente al piano, haciendo su largo saco volar al emprender sus movimientos gentiles—. Será todo un honor enseñarle italiano y el arte de la armonía, pese a que el archiduque Leopoldo de Habsburgo-Lorena, haya dado la orden de instruirla únicamente en la música.

Yo permanecía inmóvil a escasos centímetros de cercanía con la puerta, por la que me hicieron ingresar. Seguía atónita, dedicándome solo a escuchar las palabras del apuesto hombre, aunque no comprendiera la mayoría de sus enunciados y lo que buscaba comunicarme. Él comenzó a aproximarse, el misterio y temor se incrementó en mí, al toparme con esa mirada severa, sazonada con una ligera pizca irascible. 

Inconscientemente, di un paso hacia atrás cuando él detuvo su andar frente a mí. No hice nada, me quedé como una estatua, desconcertada, como si mi raciocinio se hubiese fugado al espacio sideral, desde mi llegada me sentía de esa manera. Mi estática se vio en un estado de alteración, cuando él tomó mi mano con sutileza y me dio un beso en el dorso de dicha extremidad, reconocí su muestra de cortesía.

Que elegancia la de Francia... Digo, de Austria. 

Y decir que dentro de muchos años más, mi madre nacería aquí, no en el palacio, pero sí en Viena. El lugar donde nos encontrábamos, era una especie de estudio a la antigua, el hombre misterioso se había elevado desde el piano clásico que yacía en el centro, antes de saludarme. Era una habitacion realmente espaciosa, el piano no era el único instrumento, al rededor se encontraban violines y sobre las encimeras refinadas, se tendían lo que asemejaban partituras.

Analicé cada detalle con especial cuidado, era hermoso. Mi admiración por el sitio se interrumpió por las palabras del hombre.

— ¡Pero que descortés! —expresó él, por el tono intimidante que usó, el miedo se acumuló dentro de mi corazón, provocando aceleraciones repetitivas.

— ¿Hice algo malo?, ¡Lo lamento mucho! —respondí de inmediato espantada.

— ¡Oh no, respetada archiduquesa! —dijo él con arrepentimiento—. Me refería a mi persona... Fui descortés al no presentarme, permítame hacerlo.

— ¡Eso me gustaría muchísimo saberlo! —comenté aliviada, relajando mis brazos con desgane a mis costados y encorvando ligeramente la espalda—. Porque si de honestidad hablamos, estoy demasiado liada mentalmente, desde que llegué todo luce super demente... Soy como un pez fuera del agua.

Él hizo un gesto de asombro, aunque mezclado con extrañeza. ¡Oops!, volví a abrir el hocico de más, tal vez era algo que debía controlar, si bien sabía que mi forma de hablar era diferente. Mi semblante de seguridad y frescura, fue remplazado por uno vergüenza al notar la mirada juzgona del hombre sobre mí. Percibí mis mejillas ruborizarse, ¡yo en lo absoluto soy penosa!, es que... Con toda esta gente que parecían reliquias sacadas de un libro de historia europea, toda mi personalidad comenzaba a ser moldeada, era como si me hicieran minúscula. 

¿Que me está pasando?. Pregunté en mi cabeza. 

De acuerdo, Lucy Lucía, tienes que calmarte. Era la manera en que me refería a mi misma cuando hablaba internamente.

— Si me permite... —dijo el hombre, hizo una pequeña reverencia apaciguada y prosiguió—. Soy el maestro de capilla de su tío el emperador José II, Antonio Salieri.

— ¡Ah!, Antonio Salier... ¡¿Como dice que dijo?! —exclamé indiscreta, abriendo exagerada mis ojos y boca.

— ¿A que se debe dicho asombro, archiduquesa? —cuestionó en medio de una risa vacilante y aserenada—. Y de que modo tan peculiar, creo que... posee un italiano impecable, excelente conocimiento del lenguaje, ¡es usted muy talentosa!

Antonio Salieri, Antonio Salieri, ¡¿Que mierda?!

Ni siquiera yo sé como fui capaz de evitar desplomarme en el suelo, luego de haberme desmayado. Por fortuna, me evité tal bochorno creado en mi imaginación, conseguí mantenerme de pie sin prestarle la debida atención a mi confusión, evadiendo un desmayo que no me daría una solución ante tremendo lio que se desató en mi cabeza. 

A veces, no hay más remedio que la resignación. No podía creer que estuviese entablando conversación con uno de los personajes más importantes de mi querida Italia, me arrepentí de haberlo alagado vulgarmente en mi cerebro, era una deshonra. Aunque, no dije nada de eso en voz alta, por lo que la vergüenza era únicamente de mi pertenencia, no había porque angustiarme de más por mi imagen ante ese hombre tan significativo.

El apreciado Salieri se comportaba muy cordial y encantador, sin embargo, existía algo que no terminaba de cuadrarme y es que, no se parecía para nada al viejo aburrido de las pinturas, quizás me lo topé siendo aún más joven. Su voz era majestuosa, al igual que su aspecto, sin dejar atrás que me daba un trato cortés. No cuestioné nada sobre él, consideré que me divisaría más linda o educada si permanecía en silencio escuchándole, sumando que era una "archiduquesa" y debía disimular un titulo enteramente ignorado por mi cultura general.

Conversamos un poco, con "conversar" me refiero a que él hablaba y hablaba cosas extrañas, con un acento y vocabulario interesante de modismos añejos, mientras yo lo oía sin entender una sola oración. No sé si él sentía que estaba atenta, pero, al final me tomó de la mano con delicadeza, envolvió mis nudillos en una confortable caricia que terminó por asustarme, yo estaba tan desconcertada que fue imposible realizar un movimiento en su contra. 

Ninguna persona en mi vida me había provocado actuar con mansedumbre. Reconocí que se trataba de otro año, un siglo distinto, por lo que cada muestra de cordialidad, las cuales desde mi perspectiva contemporánea, pudiesen interpretarse como un interés romántico, era solo simpatía y "caballerosidad". 

— Reláteme, archiduquesa María —comentó Salieri, mientras me guiaba de la mano con nuestros cuerpos en una distancia considerada y los brazos unidos estirados como si no quisiera acercarse—. ¿A que se debe su distinguido afluir ante mi irrelevante presencia?

Detuvo sus pasos sosegados cuando nos hallamos con el piano de frente, él volvió a sentarse en el taburete rectangular del instrumento enorme, haciéndome permanecer parada en la misma posición donde liberó mis dedos de su agarre garboso. 

Te preguntó algo... ¿Se refería a mí, cierto?, yo no me llamo María, pero, ¿Que quiso decir?... Lo que sea, ¡solo miente para protegerte!

— Digamos que... —respondí sin sentido, no me sentía preparada, sin embargo, no sé de donde tomé la seguridad que me hizo hablar a lo bruto—. Mi padre... Leopoldo, claro... Mencionó que no era lo suficientemente buena con la música, pero lo mio no son los instrumentos... Me fascina el teatro.

¡Bien, Lucía!, ¡Bien!

— ¡Deslumbrante!, ¡El teatro! —refirió Salieri con admiración— Deambula usted por una exquisita travesía de disciplina y primor, averiguando sobresaliente sus preferencias, constato que no está del todo extraviada en respecto al arte y la belleza de la ilustración. 

— ¡Pero que hermosas palabras, sir Salieri! —vale, se me escapó la expresión, siendo honesta, me encantaba su manera de hablar.

— ¿Le importa si comenzamos con su lección? —propuso con amabilidad.

Lo único que pude hacer fue asentir con mi cabeza, su esencia me transmitía una sensación de protección o inclusive de cariño. Era acogedora la manera en que rozaba sus dedos con los míos para instruirme, a la hora de formar una linda melodía al presionar las teclas del instrumento antiguo. 

Me mostraba y explicaba las partituras, las notas trazadas en ese papel de tonalidad cobriza. Interpretó una dulce sonoridad que me daba la impresión de encontrarme frente a frente con un momento de ilusión romántica, solo para mi corazón. 

¡No, Lucía!, ¡No puedes estar sintiendo algo por él!. Reprimí en mi mente: ¡Es un personaje histórico de Italia y Austria!, ni siquiera sabes por cuanto tiempo estarás aquí, lo peor que puedes hacer es enamorarte.

Tal vez, para él no significaba nada la forma en que acariciaba mis dedos y corregía mi postura con suavidad. Lo supe por su nula expresión facial que delatara un sentimiento, se veía supremamente profesional. Aunque para mí, me hacía dudar mucho más de lo normal. 

Nunca sentí mis mejillas arder, ni siquiera con Basilio quien, en las ultimas horas de estadía en mi año verdadero, me dio el primer beso de toda la vida. Hice hincapié en mi propio regaño, era imposible que percibiera una atracción por el respetable Antonio Salieri, así que, principié con mi objetivo de ignorar ese inusual encanto que inyectaba en las venas, con su liquido de hechizo intentando depositarse en mi corazón, mediante un recorrido travieso por mi sangre circulante.

Ni siquiera sé cuanto tiempo pasé en esa tortuosa lección de musica, supongo que una hora, la cual asemejaba ¡miles de horas!. Sir Salieri era muy bueno, ¡talentosísimo!, sin embargo, era realmente diferente a la manera en que yo lo interpretaría en la obra. 

Estaba presente a un Salieri apacible, en lo poco que leí de él, lo pintaban como alguien serio y conservador, mientras tanto, seguía sin poder creer que lo tuviese contemplándome a los ojos. Alguien de quien sabes su paradero, resultaba escalofriante. Quizás, conmigo se portaba diferente por ser mujer, por creerme una archiduquesa, hija del hermano de su emperador y sobrina de la reina de Francia, Maria Antonieta.

Tremenda desilusión se llevaría cuando descubriera la verdad y yo temía por los problemas que llegarían a mi puerta. 

— Está bien, archiduquesa —expresó Salieri con serenidad, luego de escucharme tocar el piano con un estrepitoso caos y es que, no soy buena con la musica—. Lo ha hecho impecable... para ser primeriza, no obstante, notará dentro de poco que será una excelente pianista y su padre, adulará su esplendido avance.

De nuevo no hice más que sonreír mientras fingía, me quedé sentada en el taburete y alejé mis manos del piano. 

— Archiduquesa María Clementina, siéntase orgullosa —comentó permaneciendo con esa animosidad que cada vez más, me transmitía terror sobre la gran mentira que estaba formando—. Fue una interpretación sublime, aunque, admito que falta mejorar.

Lucía, tal vez, Sir Salieri pueda ayudarte... Ha sido muy amable, si le digo la verdad, ¿Comprenderá?, ¿Qué tan abierta tienen la mente en el siglo XVIII?

No vi otra escapatoria, más que confesar mi verdad y rogar por ayuda a Salieri, de todas las personas que me encontré, él fue quien mejor me trató. Esperaba que su buena cortesía fuese honesta y no por hipocresía, lo deseé con todas mis fuerzas. 

— Sir Salieri, ahora que finalizamos la lección de hoy —dije en pausas, los nervios comenzaban a invadirme—. ¿Le gustaría escuchar algo descabellado?

¡No lo hagas woody!, ¡Te queremos!

Es tarde, autora.

— Bueno... He escuchado cosas peores —respondió Salieri en medio de una risa calmada—. ¿Que puede ser tan malo si proviene de usted?

— Se lo suplico, prometa que no entrará en pánico. 

Él me observó con una evidente confusión, fue como si le contagiara mi desconcierto. 

— ¿Hay algo de lo que deba enterarme, archiduquesa?

— Tambien le pido que deje de llamarme así —solicité con gracia, sin mostrarme fría, liberando una sutil sonrisa—. No soy quien usted imagina, pero por favor, no me haga daño... Solo quiero volver a casa —junté mis manos en suplica y noté mis ojos empañarse—. Por favor, apiádese de mí, yo lo admiro con respeto.

— Acaso... No es usted... ¿María Clementina? —cuestionó alarmado—. Si no es así, ¿Quién es en realidad? 

— Yo... Soy... —titubeé en exageración, sentí mis manos entumecerse, como si sudara frio y todo el cuerpo me temblara.

Decidí que para mostrarme valiente y segura, con seriedad, levantarme del taburete era una buena opción. Me mantuve de pie con firmeza, colocando rígida mi espalda, abriendo levemente el pecho y sosteniendo un tono de voz valeroso. No importaba si me surgían alas gloriosas desde la espalda y levitaba como un angel frente a él, de todos modos, era muy pequeña ante sir Salieri.

— Mi nombre es Lucía Corpus Sira y no pertenezco a este lugar, soy una viajera en el tiempo... Específicamente, la elegida del viajero.

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