
27.
Dudosa busca nuevamente a Enzo con la mirada. Él se acerca a nosotras y ella baja la cabeza. Es muy difícil que ella no actúe como sumisa cuando está acostumbrada a ello.
—Mi señor estoy a su merced ―expresa.
¿Qué tipo de psicología utilizarán los dominadores para lograr que estas mujeres obedezcan perdidamente a todo lo que ellos deseen? ¿Qué tipo de satisfacción aportará esto?
No podré cambiar su manera de actuar. Ella solamente obedece a Enzo. He decido cambiar el juego. Demostrarle que no necesita sumisión para tener a su jefe.
—Papi acuéstate sobre la mesa —pido a Enzo.
Él me analiza por segundos, en lo que debate si seguirme el juego o no. Yo le mantengo la mirada. La realidad aquí es una, quedamos en dejarnos llevar, en ocasiones el tendría el poder, en otras lo tendría yo. Incontables veces lo ha tenido él, ahora me toca a mí.
Llevo mi mirada está vez hacia la chica. Mira expectante a la actitud de su jefe. Enzo camina hasta donde le he pedido. La chica sigue con la vista asombrada sus pasos.
—Sígueme —expreso seria.
Llevo la bolsa que hemos traído con alimentos hasta la mesa donde estaba acostado mi bestia y los acomodo al lado de él.
—Desvístete papi —declaro.
Enzo pasa la lengua por sus labios y se toma los segundos que considera. Se levanta de la mesa y despacio insitándome, provocándome, retándome me mantiene la mirada. Se toma el tiempo en desprenderse de la ropa, como si lo que tuviera abajo fuese un tesoro o lo mejor del mundo.
Finalmente, cuando se quita la última prenda se queda de pie, permitiendo que tanto yo como su sumisa tengamos una vista increíble de su cuerpo. Está hecho a manos el maldito. Cada vez que lo veo me dan ganas de comerlo todo el tiempo.
—Acuéstate —ordeno.
No sé inmuta. Sé que ha sido.
—Sobre la mesa papi —digo y lo hace.
Con mi mano recorro su cuerpo mientras camino alrededor de la mesa, hasta llegar a los alimentos.
Lo primero que se me antoja probar es la crema. Tomo el pomo y empiezo hechando sobre su abdomen. Quiero recorrer los lugares más próximos de su polla, volverlo loco porque quiera que la tome en mi boca, como mismo el hace conmigo.
Lo bueno se deja para último o lo bueno se hace esperar, de cualquiera de las dos formas declaro que dejaré lo bueno para después, osea a mí.
—Aliméntate de tu señor —ordeno.
Ella se queda estática. Enzo lleva su mirada hacia ella y aquello parece ponerle más presión.
—Te enseñaré como se hace —paso la lengua despacio por el abdomen de Enzo tomando y saboreando la crema. Mi mirada se mantiene fija en la chica—. Su mirada es intensa, es desafiante, es dominante, pero sobre todo moja bragas. Sus ojos tienen que sumergirte en un placer infinito sin siquiera tocarte, utilízalos en ese sentido, no le tengas miedo.
Succiono, lamo y saboreo el manjar en mi boca. He dejado para ella.
—Hazlo —ordeno. Ella vuelve a buscar la aprobación en Enzo.
—Papi ¿Quieres probar? —inquiero.
Él asiente, pero como todo, con paciencia.
—Pídelo papi. Solo así funciona —comento.
Sonríe y tengo que admitirlo que esa sonrisa me encanta.
—Quiero probar mami —declara.
Paso mis labios por la crema y camino hacia él lento. Acerco mi boca a la de él permitiendo que tome la crema desde mis labios.
Su lengua recorre mi boca, sus labios succionan deseosos y el placer me envuelve.
La chica seguía en su posición.
—Te he dicho que te alimentes de tu señor —ordeno.
Ella busca con la mirada a Enzo. Yo le cojo la barbilla a ojos profundos y me como su boca con deseo.
Cuando levanto mi vista ya la chica degustaba la crema desde el abdomen de su jefe.
Camino despacio nuevamente hacia ella. Cuando levanta su cabeza su cara quedaba muy cerca de la mía.
—Ofrécele crema a tu jefe desde tus labios —ordeno—. Y deja de observarlo para accionar, la que da las órdenes ahora soy yo, no él.
La chica basa sus labios por la poca crema que quedaba y se dispone a llegar a la boca de Enzo.
Aprovecho para desprenderme de mi ropa y quedarme solo en lencería. Enzo sigue mis movimientos. La chica acerca su boca con la crema para que él la tome. La observa unos segundos y finalmente chupa la crema que había en sus labios.
Se me antoja ahora helado, así que tomo un pote y la cuchara de plástico que trae consigo. Me acerco a su cuello, camino por el otro lado de la mesa, osea, por el que no está parada la chica.
Ambos tienen su mirada en mí. Me encanta tener la atención, sin embargo, me pone realmente un par de ojos profundos.
Deslizo la cuchara con helado por su cuello. Enzo suspira por la frialdad.
—Lame —le ordeno a la chica.
Mantengo mi mirada en los ojos de Enzo. Sonrío provocativa. Me embarro los labios y los acerco a los de él para que saboreé el helado desde mi boca. Y así lo hace. Succiona, chupa, lame e incluso sigue con un candente beso.
La chica ha succionado el helado que había dejado sobre el cuello de él.
Rodeo la mesa hasta que estoy al lado de ella. Tomo la cuchara con helado y la paso esta vez por una de sus tetas, tapando con helado su pezón.
—Tu jefe pide más. Ofrécelo —ordeno.
Vuelvo a mi sitio mientras la chica acerca su teta a la boca de él, quién lame todo el helado que había. Ella gime al él llegar a su pezón. Sé lo delicioso que lo chupa y lame con insistencia. Me desprendo de mi ropa interior quedándome completamente desnuda.
Empiezo a excitarme al ver cómo él le da placer a ella. Imagino lo que siente ella con las maravillas que Enzo hace con su boca.
Noto como mi sexo percibe el deseo. Las puntas de mis tetas se ponen duras. Enzo termina su cometido y lleva su vista dominante hacia mí. Cómo puede ser que aún sin llevar el ritmo se muestre dominante. Baja la mirada hasta mis senos y una media sonrisa ridículamente sexy se muestra en sus labios.
—¿Quieres probar más de ello? ¿O ya has tenido suficiente? —inquiero con voz seductora.
—Quiero más mami —expone.
Subo encima de la mesa. Camino en cuatro hasta llegar a su pecho. Me siento sobre este con las piernas dobladas a sus lados. Tomo el pote de helado y con la cuchara dejo caer mucho de ello por mi sexo. Enzo se lame el labio. Acerco mi sexo hasta su boca. Él no demora en llevar sus labios. Chupa, lame, succiona todo el helado que había depositado. Gimo entregada a la exquisitez de los movimientos de sus labios y lengua. Su boca busca más, toma más. Se mueve frenética por todo el espacio. Las ganas se acumulan y me piden desesperadamente tenerlo dentro. Me mira a los ojos fijamente estudiándome.
Me separo despacio de él, bajando nuevamente de la mesa. Alcanzo el sirope y dejo caer un poco sobre la punta de su erección.
—Este solo lo degusto yo —comento autoritaria.
Paso mi lengua por su punta apropiándome del sirope. Una gota cae de mi lengua a mi labio antes del meter la lengua a mi boca. Lo miro mientras paso mi dedo por el labio quitándome de este la gota de sirope caída. Llevo el dedo a mi boca chupando el alimento, mientras se me escapa un sonido de satisfacción. Paso la lengua repetidas veces por toda su erección, de arriba abajo. Cuando llego nuevamente a la parte encima de sus testículos y donde comienza la erección, lamo con impaciencia y en reiteradas ocasiones succiono. Enzo se retuerce bajo mí. Paso la lengua nuevamente de arriba abajo e introduzco su polla en mi boca.
Cómo si hubiese llevado a mi boca el postre más delicioso del mundo, así lo devoro. Me vuelvo una fiera deseosa de más. Un sonido de satisfacción se escapa de sus labios avivando aún más mis movimientos. Lo llevo al borde del precipicio y justo antes de caer lo freno, impidiendo así que se lance completamente.
Me vuelvo a subir sobre la mesa esta vez, me acuclillo sobre su erección. La introduzco de una vez por todas en mi interior, exasperada por sentirla dentro.
Joder.
Mi cuerpo se estremece al tenerlo así para mí, al tenerlo dentro. Bajo y subo mis caderas, como si estuviese haciendo cuclillas sobre su erección.
Enzo pasa su lengua por su labio. Me encanta cuando hace ese gesto. Su mirada en mí me enciende aún más. Sigo manteniendo el ritmo y mi sexo me avisa que no necesito mucho más. Llevo mis manos a la punta de mis senos y tiro de ellos.
El placer se concentra en mi sexo y me hace explotar, gimiendo y temblando sobre el hombre de ojos profundos.
Me bajo sobre la mesa, colocándome nuevamente mi ropa. Sé cómo se pondrá esa bestia pero estoy capacitada y ansiosa por ver su reacción.
Les soy sincera me fascinó ver el poder que tengo, pero, me gusta más el Enzo dominante.
Sus ojos están más oscuros de lo normal. La cena de su cuello quiere explotar. Lo ignoro colocándome la ropa.
Paso por al lado de ellos y salgo de la casa. Espero a Enzo apoyada en la parte delantera del auto.
El aire choca contra mi cuerpo. Hay mucha tranquilidad aquí. Un poco solitario, pero bueno, ella estará acostumbrada a esto.
Enzo sale de la casa. Camina hasta mí con esa mirada que asusta, pero yo decido no preocuparme por ello.
—Última vez que me quitas autoridad delante de alguien más —expresa firme. La forma de hablar hace que vuelva a experimentar el placer. Ya lo mencioné me gusta dominante, este es un HOMBRE con todas las letras mayúsculas—. Y cuando la paras, la bajas.
Me vira tosco, colocándome de espaldas a él. Con una mano ejerce presión sobre mi espalda para que la mueva y apoyo sobre el carro.
Sube salvajemente mi saya y corre mis bragas. Coloca la punta de su erección a mi entrada y empuja con total brutalidad.
Joder.
Después de esto solo quiero follar duro.
Se mueve rápido e intenso. Tal parece que arriba de mí se desató una fiera y no un hombre. No me da chance a nada. Sus estocadas fuerte provocan gemidos...gemidos que suelto libremente. Estoy a nada de correrme. Una embestida, otra más y...
Enzo se corre y sale de mí. Dejándome a nada del orgasmo.
¡Mierda!.
Me alcanza un pañuelo, se acomoda el pantalón y sube al auto. Paso el pañuelo por mi sexo y lo boto ahí. Posteriormente subo al auto.
Al regresar a su casa nos bañamos. Otra vez Enzo me bañó. Es una adicción lo que tiene con pasar sus manos por mi cuerpo, resbaladizo por el gel. La práctica nunca ha podido ser contraria pues, no puedo negar que me sentiría como una sumisa. Es una estupidez, algo pequeño, bañar a alguien, pero, no puedo hacerlo.
Salgo del baño envuelta en una toalla seguida por Enzo. De los placeres más deliciosos que he ganado aquí verlo salir del baño envuelto en una toalla desde su cintura mientras aún quedaban gotas de agua en su pecho ocupa el puesto uno.
—Vamos —expresa tomándome la mano—. Quiero mostrarte un sitio.
—Dame un segundo para vestirme—digo queriendo soltarme de su mano para ir a vestirme.
—Así estás perfecta —declara.
Vamos a su vestidor. No digo nada, solo lo sigo. Toca algo en la pared que al estar a su espalda no puedo ver exactamente lo que es. Ante él se abre una puerta.
—Entra —me dice permitiendo mi paso.
—Entra tu primero que esto parece una película de esas de miedo que Keira ve —declaro haciendo que él ría.
Pasa él primero y yo lo sigo. Dentro Enzo toca un botón en la pared y la puerta se cierra. Durante un pequeño tramo, algo parecido a un túnel, observo en las paredes fotos de un niño con su madre. Imagino que es Enzo y su mamá. Algunas fotos eran tomadas en acuarios. Eran fotos preciosas que evidenciaba el gran amor que había entre ellos.
Estaba tan concentrada que no me di cuenta que ya habíamos salido del pequeño túnel y estábamos parados debajo de un enorme cristal que mostraba un océano en miniatura. Es decir, sobre nosotros había agua con muchísima variedad de peces. No solo eso, había una cama en el medio de la estancia y una vitrina en frente.
Enzo prepara un vaso con whisky y se sienta en la cama, con la espalda apoyada al respaldo.
—Ven aquí —comenta dándole palmadas a la cama.
Voy hasta la cama con la intensión de sentarme a su lado, pero el agarra mis caderas y hace que me siente en el medio de sus piernas, con mi espalda apoyada en su cuerpo.
Toma un buche de whisky y me entrega el vaso. Mis ojos miran admirados la belleza que hay sobre nosotros. Este lugar da una paz y tranquilidad desmedida. Le doy un sorbo al whisky.
Mencioné una vez que yo no era de planes románticos tipo vinito en la playa. ¿Esto no se le parece?. Estamos en esta posición, yo apoyada a él mientras su mano está sobre mi barriga, ambos mirando los peces moverse de un lado otro compartiendo un vaso de whisky.
¿Por qué no me voy? ¿Por qué no protesto? ¿Por qué incluso me siento bien aquí, así?
—Mi madre siempre me llevaba a un acuario. En ese entonces yo me quedaba durante minutos y a veces una hora mirando perdido los peces. Pensaba que mamá lo hacía porque era fascinante admirar la belleza de un acuario pero ahora, después que construí este sé que en el fondo le daba paz, le daba tranquilidad. Su vida al lado de mi padre fue un maldito infierno. Si hizo mi vida una mierda, dándome órdenes y obligándome a hacer lo que quisiera, como estudiar Administración de Empresas y casarme cuando no quería, imagino que la vida de mi madre fue mucho peor. Ella antes de morir, me hizo prometerle, que algún día tendría un acuario propio, en el que pudiera estar en calma, pensar, que incluso cuando estuviese perdido ella llegaría a mí a través de él.
Joder.
Me trae a un lugar tan significativo para él, tan especial y privado y me cuenta esta historia...una historia triste y a la vez bonita, una historia de su vida.
No tengo dudas que Enzo es transparente conmigo.
—¿Por qué me traes aquí? —inquiero—. Antes te diré que me ha encantado, no malinterpretes mi pregunta, es solo que quiero saber el porqué yo, el porqué compartes conmigo algo tan especial o es que has traído a alguien más antes.
También quería saber eso último. Realmente no me conozco. Enzo sonríe ante mis últimas palabras.
—No, no he traído a nadie más. De la existencia de este acuario solo sabe el hombre que se encarga de la alimentación de los animales y su cuidado. Y te traigo a tí porque tú eres especial Andrea.
Él de alguna forma también lo es para mí, así lo presiento.
—Tendré la paciencia de esperar que confíes en mí y me digas lo que realmente piensas o lo que te pasa. Incluso para hablar de lo difícil que haya sido tu pasado, de los miedos que puedas tener o tus preocupaciones. Quizás llamemos a esto solo un juego de deseo y satisfacción, pero, recuerda que no estoy solo para follarte —expresa.
No es que no confíe en él, es que me cuesta expresar en voz alta esas cosas. Realmente no puedo.
Se hizo un silencio durante minutos. No era incómodo. Estábamos sumergidos en la belleza que teníamos ante nuestros ojos.
—Creo que nos pasa lo mismo —hablo rompiendo el silencio que reinaba—. Estuvimos teniendo el control sobre otras personas, dando órdenes y pensábamos que era porque nos gustaba así, pero no, en el fondo es una forma de devolver el tiempo en que nos ordenaban a nosotros, donde nos controlaban. Dirigir los movimientos de esas personas nos hacía sentir que teníamos el poder, nos hacía sentirnos grandes.
—Nos hemos sanado Andrea. Ya no necesito tener a alguien que me diga constantemente señor y cumpla lo que le diga. Tú has logrado dejarte llevar sin necesidad de poner unas esposas. Y eso, fue siempre lo que busqué contigo. Al saber tu necesidad por el dominio, vi también mi necesidad, era algo enfermizo que teníamos ambos, lo aplicábamos de manera distinta, pero al fin y al cabo una enfermedad. Siempre te dije que quería llegar a dónde los otros no habían llegado y no solamente aplicaba en el sexo, quería esto, quería que fuéramos reparando juntos lo que fue destruido por otras personas. No solo yo llegué hasta donde no habían llegado antes, tú también lo hiciste.
Joder. Esto es demasiado profundo y estoy a nada de ahogarme.
***
Enzo recibe una llamada de alguien.
—Dime —contesta.
—¿Es grave? —inquiere.
—Está bien, te mantendré al tanto. Tranquilo. Espero que se mejore.
Cuelga el teléfono y se dirige a mí.
—A la mamá de mi amigo la van a operar. Tiene que cuidarla y estará ocupado los próximos días. Me toca asumir a mí nuestros negocios. Hoy conocerás lo que es Juego y el Paraíso.
Lo que me viene a la mente con esas dos palabras y en dependencia de como a él le gusta jugar, creo que es algo de sumisión.
—Hay algún atuendo en específico —pregunto.
—Carreras y burdel —expresa—. Puedes negarte si lo deseas.
Cuando escucho la palabra carrera mi cuerpo se vuelve euforia. Me encanta la adrenalina. Por otra parte, el burdel no me traería buenos recuerdos, mis desgracias, todas, han tenido como escenario un burdel.
Pero, ya he cambiado, ya no soy la misma niña de antes. Andrea creció y por tanto debe enfrentar sus miedos.
—Iremos —declaro—. Dentro de tu exclusiva ropa hay algo para ello.
El ríe.
—Cómo lo que se usa ahí no —expone.
Claro el no compraría atuendos que dejan tan poco a la imaginación, pero, igualmente iré así vestida.
—¿Aún nos queda tiempo? —inquiero y él asiente—. Necesito unas tijeras.
—Estás completamente loca —dice y sale de la habitación.
Voy al vestidor mirando lo que puedo arreglar a mi antojo. Una chaqueta de mezclilla color aqua, corta y rasgada en todos lados aparece en mi campo de visión. Genial, la parte superior está. Busco entre los pantalones que hay. Elijo finalmente uno del mismo color que la chaqueta.
—Aquí tienes —expresa Enzo entregándome la tijera.
Cojo el pantalón y la tijera y me siento en un sofá que hay dentro del vestidor. Doblo el pantalón de forma vertical, determino por dónde cortarlo y finalmente lo hago. La mirada profunda del hombre que tengo en frente sigue mis movimientos. Una vez picado el pantalón con los dedos intento deflecarlo en el borde. Esto quedará de puta madre.
—Cuchilla —le pido.
Mete la mano en el bolsillo y saca una. Es entonces que lo observo bien. Debería ganar esa maldita carrera solo por como luce. Tiene una camiseta negra que deja ver sus fuertes brazos. Un pantalón de mezclilla rasgados en medida que se ajusta perfectamente a sus piernas y un par de zapatillas de marca negras y blancas. En sus manos tiene unos guantes de material, con aperturas sobre estas que le permite ver el tatuaje que tiene en una mano.
Tomo la cuchilla cuando ya lo había mirado descaradamente durante segundos.
Hago dos corte en la parte delantera del short, que quedarían en cada muslo. Aplico la misma acción en la parte trasera justo al final de la nalga. Con mis dedos saco hilos, permitiendo que queden los cortes desflecados.
Voy hasta las gavetas que contienen ropa interior. Busco entre la variedad que hay. Finalmente encuentro las perfectas, un hilo rojo y un ajustador del mismo color que desde los tirantes en la parte de los hombros salían otras dos finas tiras hasta el borde inferior del ajustador.
Enzo se coloca a mi espalda. Lleva una de sus manos a una de mis nalgas y la aprieta.
—Creo que ahora mismo solo quiero correr una carrera contra el armario —expone con esa voz tan gruesa y sensual que me encanta.
—Evidentemente correrás más de una carrera hoy, pero luego de la principal —declaro.
Alcanzo mi sexy creación. Me introduzco dentro del short y me observo frente al espejo. En mi cuerpo luce realmente bien, obviando la modestia. Tomo la cadena que me puse ayer, que cae sobre mis tetas y abdomen. Alcanzo la chaqueta rasgada y la coloco encima. No me preocupo en cerrarla. Ahí habrán mujeres más expuestas que yo. Finalmente me coloco unas sandalias de tacón rojas.
—¿Te digo lo pienso en cubano o te lo digo como normalmente dirían las personas? —inquiere.
—Primero como normalmente dirían las personas —pido.
—Eres preciosa nena —comenta.
—Como cubano —digo.
—¡Qué rica mami! ¡Estás para comerte! —expresa.
—Definitivamente háblame como cubano —manifiesta.
Enzo coge una chaqueta igualmente rasgada como la que tengo puesta y salimos. Vamos hasta el garaje de su casa donde tiene alrededor de tres autos, al final, se encuentra reluciendo una moto.
Él sigue caminando hasta ella, yo me quedo justo en la entrada. No me perderé por nada del mundo la increíble vista que me proporcionará mi bestia sobre esa otra bestia.
Se monta sobre ella y la enciende. Empieza a retumbar un sonido grueso provocado por la moto. Enzo sale en mi búsqueda. Este hombre ahora me encanta más. Se detiene frente a mí.
Me subo a la moto y desde momento la adrenalina invade mi cuerpo. Enzo me entrega un casco que cubre completamente mi cara.
Después de minutos de camino, llegamos a las afueras de la ciudad. El bullicio y la cantidad de gente destacaba en el lugar. Todos prestan atención a nuestra llegada en silencio. Se puede percibir asombro en sus rostros.
Específicamente un grupo de personas dentro de la multitud empieza a gritarle a Enzo.
Me bajo de la moto despacio pero dominando mis movimientos. Todos estaban fijos en mí hasta el propio Enzo. Me quito el casco y acomodo mi pelo. Las miradas seguían en mí. No soy penosa, me encanta ser el centro de atención, pero, hoy he tenido atención como nunca.
Enzo se baja después quitándose el casco. Su pelo estaba salvajemente revuelto. Definitivamente me encanta más el Enzo promovedor de la adrenalina.
El grupo que anteriormente le gritaba a Enzo se acerca a paso acelerado y con locura hasta nosotros. Empiezan a saludar a Enzo efusivamente. Habían mujeres en el grupo y efectivamente todas tenían bastante poca ropa.
—Ella es Andrea, mi loca perdición —habla en voz alta Enzo.
Algo dentro de mí se enciende con sus palabras.
Todos me saludan igual de efusivos. Me encanta este lugar y voy a disfrutarlo al máximo. Sin dudas, la locura empieza realmente ahora.
—Ellos son los asere, mi banda. Nacidos en Cuba, residentes en Estados Unidos. Hoy competimos contra los parceros, colombianos residentes en Estados Unidos.
Entonces ante mis ojos tengo alrededor de cuarenta cubanos. Joder. Yo que tenía una maldita fantasía con ellos. Pero bueno, llegan tarde, su jefe me ha dado la cuota e incluso en exceso.
Solo una chica muestra su insatisfacción, incomodidad, envidia, dolor, no sé cuántas palabras más atribuirle. La verdad no disimula su genio.
La música empieza a sonar altísimo. La primera canción que colocan es Mamacita de Jason Derulo y Farruko.
Por dios no puedo estar tan tranquila. Empiezo a moverme al ritmo de la música, restregándole el culo a Enzo.
Su erección es notable. Lo provoco mucho más. Su mano agarra mi cuello y lo aprieta. El placer me recorre entera.
¡Quiero a este maldito loco para mí!
—Si lo parastes, lo bajas —susurra contra mi oído. Al terminar la frase me muerde el lóbulo de mi oreja.
El placer entonces sube no uno sino diez escalones más.
—Gana esa carrera, que el premio mayor te lo daré yo —expreso.
En ese momento está la parte de la canción que dice: “Bájalo mami, muévelo mami, que es lo que mami”.
Aprovecho para bajar hasta que quedo casi acuchillada bailando y vuelvo a su altura.
Seguimos siendo el centro de atención, no me importa. Me separo de él y me uno a las otras chicas.
—¿Que dicen mamis? ¿Dónde está el alcohol? —inquiero en voz alta. Ellas ríen, gritan ya ni sé, el ambiente este es bastante loco y me fascina.
Me alcanzan una botella de ron. La abro y levanto la botella. La música sigue sonando y ya mi cuerpo es adrenalina pura. Volteo la botella a centímetros de la boca de una chica para que beba alcohol, así hago con todas hasta que llego a la última. La chica se queda como una estatua con su mala cara. Paso de ella, levanto la botella sobre mi boca y dejo caer el líquido.
Continúo bailando con todas las mujeres menos con la sufrida. Hago de cuentas que no está ahí.
—Hey tú —me llama. Cuando giro para mirar en su dirección ella se va acercando a mí. Es esa la sufrida—. Te lo diré para que no te creas la jefa. Ese hombre de ahí —señala a Enzo. Yo busco con la mirada el objetivo de su seña y me encuentro con unos ojos profundos mirándome. Le sonrío y le lanzo un beso—, ese hombre estuvo en mi cama y está cada vez que yo quiera.
Me río en su cara. No soporto las escenas estas. Lo juro. Reclamando a un hombre. Ellos son libres, todos, aunque uno declare propiedad sobre ellos, ellos en su interior siempre estarán libres. Porque son así. Esos animales no se controlan.
—Ese hombre es tuyo mami, ese hombre es de todas —expreso. Las chicas estaban atentas a la situación. La fiesta está deliciosa para amargarla con una sufrida—. Folla demasiado bien para tenerlo solita para mí, debemos ayudar al prójimo —vierto otro trago sobre mi boca, un largo trago. El ron quema mi garganta cuando pasa, pero aún así me encanta. Le coloco la botella en sus manos—. Bebe y folla...con otro hombre, porque a ese de ahí hoy me lo follo yo.
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