
25
Si eres débil en día de angustia, tu fuerza es limitada.
Proverbios 24:10
En aquella habitación, Gabriel se retiraba lentamente, dejando tras de sí un silencio espeso y cargado de significado. Su voz firme pero no carente de cierta suavidad, resonó en el espacio estrecho con una simple sugerencia.
— Toma tu tiempo para pensar bien tu decisión.
En ese instante y ante la inminencia de su ausencia, sentí cómo el peso de la incertidumbre se asentaba sobre mis hombros, arrastrándome hacia un mar de reflexiones sobre las decisiones críticas que debía enfrentar. La soledad de aquel momento parecía ser el escenario perfecto para contemplar cómo había llegado a ese punto de inflexión en mi existencia.
La traición tiene un modo único de desfigurar la realidad, de darle un giro siniestro a lo que una vez se percibió como un remanso de confianza y seguridad. Recordé con amargura cómo mi amiga, movida por un egoísmo implacable, me había condenado a un destino peor que la muerte. Su traición no fue un simple acto de deslealtad, sino el umbral hacia un infierno personal, un lugar donde las sombras se entrelazan con desesperación y los ecos de una amistad desvanecida resuenan con dolor. En este abismo, me encontré cara a cara con demonios que desafiaban toda descripción conocida, carentes de las características típicas relatadas en antiguos manuscritos y leyendas. Estas entidades, tan extrañas como aterradoras, no trajeron consigo fuego y azufre, sino una oscuridad más penetrante: el reflejo distorsionado de mis propias incertidumbres y miedos.
Herida, tanto en el cuerpo como en el espíritu, empecé a comprender la extensión de mi caída. La experiencia de este inframundo no fue solo un viaje a través del tormento físico, sino también un espejo que reflejaba las fracturas de mi alma, heridas infligidas no solo por traiciones externas, sino también por aquellas decisiones que, en momentos de debilidad, me habían llevado por este sendero oscuro. La charla con Gabriel, aunque breve, había encendido una llama de introspección, una luz tenue en la oscuridad que me invitaba a reflexionar sobre las lecciones aprendidas en este paisaje infernal.
Ante esta encrucijada de rumiaciones y revelaciones, comprendí que el verdadero infierno no estaba en los demonios con los que me había encontrado, sino en la incapacidad de enfrentar y aprender de las fallas propias y ajenas. La traición de mi amiga, aunque un catalizador de mi descenso, era también un llamado a la reflexión sobre la fragilidad de las relaciones humanas y la importancia de la resiliencia personal. Ahora, con el recuerdo de las palabras de Gabriel resonando como un mantra, sabía que me encontraba en un punto crucial donde las decisiones futuras definirían no solo mi salida de este abismo, sino también el curso de una vida redimida.
Atada y recostada sobre un suelo que robaba cada hálito de calor de mi cuerpo, la realidad de mi situación empezó a aclararse entre la niebla de mis pensamientos. Había sido engañada por Samael, quien en un cruel giro del destino, me entregó a los ángeles, sellando mi suerte en este frío lugar. Mi mente en un constante estado de confusión y desilusión, no podía dejar de preguntarse cómo había acabado aquí, cómo el suelo bajo mí parecía más un pedazo de hielo que de tierra infernal. Los recuerdos de mis padres, sus rostros marcados por una preocupación que jamás verían resuelta, asaltaban mi corazón con una fuerza devastadora. El entendimiento de que no volvería a casa, que me encontraba atrapada en un lugar cuyo nombre hasta entonces solo conocía en cuentos, sumía mi corazón en un abismo de desesperación y nostalgia por una vida que parecía haber pertenecido a otra persona.
Mi corazón, sin embargo, encontraba maneras de atormentarme con recuerdos más confusos aún, centrados alrededor de una figura que jamás hubiera imaginado ser parte de mi mundo. Asael. Con cada latido, imágenes de su sonrisa, su mirada, inundaban mi mente, dejando un rastro de incertidumbre emocional. Recordaba las palabras de Astaroth, insinuando un amor no correspondido que Asael albergaría hacia mí, una revelación que revolvía aún más los turbios aguas de mis pensamientos. ¿Cómo podía ser esto posible?, ¿Cómo podía encontrar mi corazón atrapado en la telaraña de una atracción inexplicable hacia alguien en este lugar, bajo estas circunstancias?
El conflicto interno era inmenso. Por un lado, la desesperación por mi situación, la necesidad de escapar, de volver a una vida que me había sido cruelmente arrebatada se enfrentaba con la incomprensible realidad de tener sentimientos por Asael. Estos pensamientos y emociones emergían en los momentos más inesperados, a veces como un susurro, a veces como un grito, haciéndome cuestionar no solo el futuro, sino la naturaleza misma del amor en un lugar destinado al castigo y al dolor. Me encontraba atrapada no solo físicamente, sino emocionalmente, entre la espada y la pared, entre el frio inerte del suelo y el calor confuso de un corazón joven e indescifrable.
****
Me encontraba en esa habitación cuya presencia se sentía como si atravesara las eras, un espacio donde cada segundo parecía dilatarse hasta el infinito. La soledad y el estancamiento de aquel lugar comenzaban a desgastar mi cordura, hilvanando una mezcla de desesperación y resignación dentro de mi ser. Las paredes, impolutas y sin adornos, parecían observarme, testigos silenciosos de mi lenta desintegración mental. En medio de esta tormenta interna, el agotamiento me venció y mis ojos se cerraron, buscando un escape en la negrura del descanso.
Súbitamente un calor desconocido rozó mis pies, erizando cada centímetro de mi piel. Mis ojos, impulsados por un miedo primario, se abrieron para encontrarse con una figura alta y pálida, vestida de blanco, que sujetaba la soga atada a mis piernas. Su presencia, tan abrupta como inquietante, rompió el monótono paisaje de mi prisión. Sin decir palabra, comenzó a arrastrarme fuera de la habitación, mis súplicas y gritos de libertad eran ignorados, perdidos en el vacío de aquellos pasillos. Traté de resistir, de luchar contra el inquebrantable agarre que me sujetaba, pero fue en vano.
A medida que era arrastrada, mi vista se llenaba únicamente con el blanco de las paredes, un blanco que comenzaba a odiar con cada fibra de mi ser. Ese color, que alguna vez simbolizaba pureza y calma, ahora se convertía en un espectro de desesperanza y claustrofobia. Mi mente, en su estado frágil, encontraba en aquel matiz un enemigo, un recordatorio constante de mi impotencia. La luz, cruda y sin sombras, parecía burlarse de mi desdicha.
El viaje llegó a su fin frente a una puerta, diferenciada del resto por sus adornos dorados y su estructura de madera noble. El cambio de escenario, por mínimo que fuera, sembraba una semilla de curiosidad y miedo sobre lo que me esperaba al otro lado. Sin embargo antes de que pudiera procesar completamente la situación, fui arrastrada hacia el interior, dejada en el centro de una nueva habitación, tan misteriosa como la anterior, pero con una atmósfera decididamente diferente.
Esta nueva cámara, aunque compartía el silencio de la anterior, parecía vibrar con una energía distinta. Mi corazón, por primera vez desde que fui capturada, sentía un atisbo de esperanza, o quizás solo era otra forma de desesperación. Aún atada, mi mirada se perdía entre los decorados desconocidos de esta nueva prisión, preguntándome si este sería el lugar donde finalmente encontraría respuestas o simplemente otro capítulo en mi eterno cautiverio.
Desde el suelo, mi vista se elevó hacia el techo, capturando cada detalle de la sublime pintura que adornaba la estancia. Los ángeles, rodeando una luz dorada entre miles de rosas, parecían bailar en una armonía perfecta. Era imposible no perderse en la belleza de los detalles, desde los delicados pétalos de las flores hasta las expresiones celestiales de los seres alados. Los adornos que llenaban la habitación seguían un patrón peculiar pero hermoso, cada uno contando una historia propia, una narrativa visual que invitaba a la reflexión.
Mientras mis ojos se deleitaban con la vista, una voz familiar cortó el silencio, erizando mi piel instantáneamente.
— Creo que te di el suficiente tiempo para que pienses — dijo, con un tono que conocía demasiado bien pero nunca esperaba encontrar aquí. La sorpresa y el miedo se entrelazaron dentro de mí, paralizándome aún más, si eso fuera posible. Las ataduras en mis muñecas y tobillos ardían, recordándome mi incapacidad de moverme o huir de la situación en la que me encontraba.
Las pisadas se acercaban, cada paso aumentando el latido de mi corazón. Quise gritar, pedir ayuda, pero ¿De qué serviría? Estaba sola, atrapada en esta habitación con una persona cuyas intenciones aún no podía comprender completamente. A pesar del dolor físico que provocaron las ataduras, el miedo a lo desconocido era aún más agudo. La familiaridad de la voz no ofrecía consuelo, sino todo lo contrario, planteaba preguntas sobre cómo había llegado a esta situación y por qué.
Mis ojos se encontraron con los de Gabriel. Su presencia dominaba el espacio, un hombre de aspecto apuesto cuya mirada ocultaba misterios insondables. A pesar de su belleza, una voz interna me alertaba de un peligro latente, haciendo eco de una intuición que no podía ignorar.
— Ya te di mi respuesta — logré articular, intentando poner distancia entre su propuesta y mi inquebrantable decisión.
Gabriel rodó los ojos con desdén, acercándose para acariciar mis pies atados. Con una voz suave pero cargada de intenciones ocultas, señaló.
— Eres extraña. No quieres la salvación que te asegura la salida de este lugar — Sus palabras se derramaban como miel envenenada, y mientras sus dedos ascendían por mi muslo, insinuaba — ¿Qué te ata al infierno si ya tienes una salida?
Me removí, intentando en vano alejar el contacto de su piel.
— ¿Qué te importa? — conteste con voz temblorosa. Gabriel me observaba, cada vez más intrigado, su rostro se acercaba al mío, borrando cualquier distancia que hubiera entre nosotros.
Sin embargo el curso de aquel encuentro tomó un giro abrupto y dramático. Un estruendo de vidrios rotos irrumpió en la habitación, anunciando la entrada de un ser misterioso. A su lado un hombre caía ensangrentado, su cuerpo marcado por heridas profundas. En medio del caos, pude distinguir lo inimaginable: una ala desgarrada y ensangrentada, la otra ausente, dándole un aspecto casi celestial pero a la vez grotesco. Yacía inconsciente, su entrada no solo alterando la atmósfera sino también cambiando la expresión en el rostro de Gabriel, que pasó de una curiosa fascinación a una seriedad imperturbable.
La aparición de este ser alado trastocó todo lo preestablecido. Gabriel cuya presencia había sido hasta entonces opresiva y decidida, mostraba ahora un semblante tenso, como si el curso de los acontecimientos hubiera escapado de su control. Su reacción ante el nuevo personaje no solo revelaba sorpresa sino tal vez un atisbo de temor, alterando la dinámica previa y colocando el poder en un delicado equilibrio.
Gabriel miraba con frialdad al hombre que yacía inconsciente a su lado. La luz del atardecer bañaba la escena, otorgando a su traje blanco un brillo casi etéreo, manchado crudamente por la sangre que brotaba del desconocido. Mi mente no lograba procesar la escena ante mí; solo pude articular unas palabras temblorosas.
— ¿Qué demonios?
Sin embargo, Gabriel, ajeno a mi confusión, alzó la vista hacia algo invisible para mí, su voz adquirió un tono que nunca antes había escuchado, mencionando un nombre que retumbó en mi pecho.
— Asael.
En ese instante un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Algo en la forma en que pronunció ese nombre, Asael, provocó que mi corazón latiera con fuerza descontrolada. Mis pensamientos fueron interrumpidos por un grito.
— ¡Gabriel, estás muerto!
Fue entonces cuando lo imposible se manifestó ante mis ojos. Con un movimiento brusco y desafiante a las leyes de la naturaleza, Gabriel rompió las restricciones de su traje, liberando un par de alas gigantes y majestuosas de un blanco puro. La luz del atardecer se reflejaba en ellas, dotándolas de un resplandor sobrehumano.
El miedo y la fascinación se entrelazaron dentro de mí. Los acontecimientos sobrenaturales que se desplegaban ante mis ojos desafiaban toda lógica, toda realidad que alguna vez había conocido.
F. P. 🦋
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