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21

El hombre sabio es fuerte, y el hombre de conocimiento aumenta {su} poder.
Proverbios 24:5


Mi regreso al castillo de Astaroth fue tan inesperado como desorientador. Apenas había cruzado el umbral de este territorio, cuando Asael, con quien había compartido tantos secretos, se despidió de mí con brevedad, alegando tener asuntos de urgencia que atender. Su partida repentina me dejó confundida, pero lo que realmente agitó mi curiosidad fue el encuentro que estaba a punto de tener.

Frente a la imponente entrada del castillo, el chico misterioso pasó a mi lado como si fuera el dueño del lugar, cerrando la puerta justo frente a mis narices. Mi molestia inicial se transformó rápidamente en curiosidad y no pude hacer otra cosa más que abrir la puerta y seguirlo. Este pasillo conocido por mí por conducir al despacho de Astaroth, ocultaba hoy un nuevo misterio, pues allí estaba él, conversando con Astaroth de manera que parecía secreta y urgente. Intenté pasar desapercibida, aunque una parte de mí deseaba ser descubierta.

El momento en que Astaroth posó sus ojos sobre mí, algo cambió. Sin embargo su reconocimiento de mi presencia no fue el que yo esperaba. En lugar de detenerse, simplemente me ignoró y continuó su camino como si yo no significara nada en este intricado entramado de secretos y sombras. La puñalada de incredulidad y dolor fue profunda.

¿Acaso no significaba nada para él?

El muchacho vestido con bata de monje, cuyo halo de misterio me envolvía completamente. Se acercó a mi y me comunicó que Astaroth llegara tarde y sin más se fue dejándome sola.

Movida por una curiosidad que no conocía límites, mis pasos me llevaron hacia una puerta apenas entreabierta. Parecía como si el propio destino me guiase a aquel espacio amplio y despojado, donde solo algunas armas y un muñeco de hierro rompían la monotonía. La decisión de emprender el entrenamiento no surgió únicamente del deseo de fortalecerme físicamente, sino también como un intento de huir de los pensamientos tormentosos que me asaltaban. La escena de Asael atacando a Paimon no dejaba de repetirse en mi mente, un cruel recordatorio de los horrores a los que había sido testigo.

Decidida a evitar manchar mi camisa con el sudor de la batalla, me despojé de ella, quedándome en brasier, en un acto simbólico de liberación de mis vulnerabilidades. Cada golpe que asestaba al muñeco de hierro era más rápido y preciso, transformando cada impacto en un grito de guerra, en mi forma de combatir contra los espectros del pasado que me atormentaban. La intensidad con la que me entregaba al entrenamiento era el fiel reflejo de la tormenta interna que me consumía, una batalla desesperada por hallar paz en medio del caos que me envolvía.

Me sentía exhausta pero, de alguna manera, más ligera. La reflexión sobre los sucesos recientes inundó mi ser. La sombra de Asael, sus motivaciones ocultas y la amenazante proximidad de Astaroth dominaban cada rincón de mi pensamiento. Pese al agotamiento físico, mi espíritu estaba lejos de encontrar reposo.

La calma del lugar fue rota abruptamente, no por un ruido, sino por una voz desconocida que elogiaba mi agilidad. Al detenerme, mis ojos se encontraron con la figura de un chico al umbral de la puerta, su vestimenta, la de un monje, brazos cruzados ante él. Intenté, sin éxito, retomar mi práctica, ignorando su presencia, sin embargo, el sonido de pasos aproximándose me indicó que la distracción no tendría un fin próximo. Con un gesto de fastidio, le exigí que se marchara, deseando fervientemente volver a mi concentración.

Para mi sorpresa, al dirigir nuevamente mi atención hacia la puerta, me percaté de que no era el chico del umbral con quien hablaba, sino otro completamente distinto, con una piel de porcelana y ojos que parecían escudriñar mi alma. Sus rasgos eran inusuales, una nariz digna de las esculturas griegas y unos labios pálidos que resaltaban bajo su cabello revuelto. La confusión se adueñó de mí; busqué con la mirada algún otro indicio de presencia en la habitación, pero estábamos solos.

— ¿Quién eres? — logré preguntar, tratando de disimular la inquietud que su mera presencia provocaba en mí. Su respuesta solo sirvió para profundizar el misterio, proclamándose como el único visitante y tildándome de ingenua por no haberlo notado antes. Su tono burlón y la afirmación de no ser humano no dejaban lugar a dudas: este no era un simple encuentro fortuito, sino el preludio de algo mucho más profundo y, potencialmente, peligroso.

Ese chico irrumpió en la escena, desplazándome sin previo aviso. Su actitud era de determinación, como si tuviera un propósito más allá del simple hecho de entrenar. Sin mediar palabra, comenzó a golpear el muñeco de hierro con una intensidad que reflejaba más que una simple rutina de ejercicio. De inmediato, mi entrenamiento fue interrumpido, y una mezcla de irritación y curiosidad se apoderó de mí.

Su comportamiento inusual despertó en mí una serie de preguntas. Al principio, dudé en acercarme, pero mi curiosidad pudo más.

— ¿Eres de la tierra? — pregunté esperando descifrar la razón detrás de su intensidad. Para mi sorpresa, se detuvo bruscamente y respondió con un tono entre molesto y desafiante que no lo era aún, pero que tenía planes de serlo en otro lugar. Esto solo avivó aún más mi curiosidad.

No pude resistir el impulso de saber más sobre él. ¿Era realmente de este mundo?, ¿Qué lo motivaba?. A cada pregunta que formulaba, él parecía más irritado, hasta el punto de cuestionar mi incapacidad para permanecer en silencio. Sin embargo, estaba claro que detrás de esa fachada de impaciencia, había una historia, una ambición que lo impulsaba y yo quería descubrirla.

Decidida a sacarle información y quizás acercarme a él de una manera poco convencional, se me ocurrió proponerle una apuesta. Sabía que la intriga y el desafío eran difíciles de rechazar, y no me equivoqué; su mirada intrigada confirmó mi teoría.

— ¿Qué tipo de apuesta? — preguntó, con una sonrisa segura.

— El primero que toca el suelo con cualquier parte del cuerpo, fuera de los pies, tendría que cumplir una petición del ganador — le expliqué las reglas simples pero emocionantes.

La aceptación del desafío por parte de Zack no se hizo esperar. Con un brillo competitivo en sus ojos, se posicionó listo para el combate improvisado. Lo que siguió fue una mezcla de risas y tensión, pues cada movimiento que él intentaba, yo lograba bloquearlo con agilidad. Sin embargo, no fue fácil; Zack demostró ser un oponente digno, sus golpes eran fuertes y precisos, obligándome a emplear cada gramo de habilidad para esquivarlos o bloquearlos. La batalla estaba en su clímax cuando noté un patrón en sus movimientos, una brecha en su defensa que no tardé en aprovechar, logrando desequilibrarlo y verlo caer al suelo con una mezcla de sorpresa y admiración en su rostro.

Triunfante, le extendí mi mano para ayudarlo a levantarse.

— Nada mal — comenté, intentando aligerar el momento. Él aceptando mi mano, se puso de pie y soltó una risa.

— Supongo que debo un favor ahora — mencionó con una sonrisa.

Al ver su buena actitud ante la derrota, sentí una conexión instantánea. La apuesta había logrado su objetivo principal: romper el hielo y acercarnos de una manera única.

— Por cierto, nunca capté tu nombre — añadí curiosa por saber más sobre él.

— Soy Zack — respondió, sus ojos ahora mostrando un destello de interés y una promesa de futuras conversaciones. En ese momento sabía que esta apuesta no solo me había ganado un favor, sino también el inicio de algo especial.

Zack y yo nos quedamos mirando fijamente durante un momento que pareció eterno; ambos sentados en el suelo frío de mi habitación, buscando en los ojos del otro una respuesta a las preguntas no formuladas. La tensión en el aire era palpable y finalmente, con una voz decidida pero ligeramente temblorosa, rompí el silencio.

— ¿Eres humano? — le pregunté.

— No — respondió rápidamente despejando casi de inmediato cualquier suposición que había hecho sobre él hasta ese momento.

Su respuesta impulsó mi curiosidad a nuevos niveles.

— ¿Qué eres entonces? — le pregunté, esperando profundizar en el misterio que era Zack. Él me ofreció una sonrisa torcida, casi como si disfrutara del juego de preguntas y respuestas en el que nos habíamos sumergido.

— Es complicado, pregunta otra cosa —  contestó, evadiendo mi inquisición. Sin embargo lejos de disuadirme, su evasiva solo sirvió para avivar mi curiosidad.

Decidí cambiar de táctica.

— ¿De dónde eres? — pregunté, esperando que esta pregunta pudiera revelar más sobre su esencia.

— De Umbra — dijo, como si eso explicara todo. La confusión debió ser evidente en mi rostro — Es un territorio lejano del infierno, pero no somos almas perdidas que llegan aquí –añadió.

Aquellas palabras me dejaron aún más desconcertada; el concepto de Umbra, un lugar distinto del infierno habitado por seres desconocidos, era algo que jamás había considerado.

La idea de que existieran otros territorios, otros seres viviendo en dimensiones tan próximas y a la vez tan lejanas a la mía, era asombrosa. Empecé a reflexionar internamente sobre lo que Zack había revelado. Este encuentro había cambiado drásticamente mi percepción del mundo; el infierno, un concepto ya de por sí amplio y misterioso, de repente parecía aún más extenso e inexplorado.

En un giro inesperado de eventos Zack hablo.

— ¿Como llegaste al infierno? — su pregunta me hizo recordar todo lo que pase.

— Mi llegada al infierno fue el resultado de las manipulaciones de mi amiga, cuyas acciones no solo me transportaron a este reino de desesperación sino también le valieron un severo castigo.
— respondí.

Era una situación difícil de digerir, estar rodeada de fuego y desesperanza, escuchando el eco de almas condenadas. A pesar de esto, encontré un insólito apoyo en Zack, quien con curiosidad indagó sobre las circunstancias que me habían llevado a tan lúgubre lugar.

Zack con una mezcla de sorpresa e interés, no podía dejar de preguntarse cómo una humana había terminado en el infierno. Su curiosidad escondía detrás una sombra de empatía, algo raro en este lugar. Me brindó consuelo, un gesto que en el contexto del infierno se antojaba tan raro como preciado.

— Ten paciencia, seguro saldrás de aquí — me dijo con una certeza que casi me hizo creer que era posible. Este apoyo aunque inesperado, era una bocanada de aire fresco en un ambiente sofocante.

La conversación tomó un giro aún más personal cuando Zack mencionó a Asael, haciendo que un torbellino de emociones confusas se agitara en mi interior. No sabía cómo describir lo que Asael significaba para mí, solo que la mera mención de su nombre hacía que mi corazón latiera a un ritmo frenético. Zack observando mi reacción, no pudo ocultar su escepticismo. Su aproximación posterior.

— Es peligroso que un humano frágil este entre tantos demonios— susurrandome al oído dejó en mí una profunda reflexión sobre mi presencia en este lugar y mis conexiones emocionales, especialmente hacia Asael.

Mi estancia en el infierno, marcada por encuentros inusuales y revelaciones personales, me ha hecho reflexionar sobre la fragilidad humana y la fortaleza que se puede encontrar en los lugares más inesperados. La curiosidad de Zack, su apoyo inusitado y las complicadas emociones hacia Asael son recordatorios de que incluso en el infierno, la conexión y el apoyo mutuo pueden ofrecer un resquicio de esperanza y quién sabe, quizás una posibilidad de redención. Aunque inicialmente desorientada y temerosa, estas interacciones me han llevado a una introspección profunda, haciéndome cuestionar no solo mi lugar en este reino de desolación sino también las relaciones que definen y dan forma a nuestra existencia, donde quiera que estemos.

F. P. 🦋

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