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19

El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Corintios 13:6-7


Aquella noche, mientras la luna iluminaba débilmente el patio de entrenamiento, mis pensamientos se dirigían incesantemente hacia Asael. A pesar de los esfuerzos de Paimon por mantener mi mente ocupada en otras cosas, cada momento de descanso se convertía en una batalla interna contra los recuerdos que me atormentaban. No entendía por qué su imagen persistía en mi mente; después de todo, él era uno de esos demonios del infierno, criaturas que no deberían provocar en mí nada más que desdén. Sin embargo Asael se diferenciaba en mi corazón, un hecho que me turbaba profundamente.

La figura de Paimon emergía en esos momentos de oscuridad como un faro de apoyo y distracción. A pesar de ser un ser mágico, con poderes muy distintos a los humanos, su empatía y esfuerzo por entender mis conflictos internos me proporcionaban cierta paz. Era contradictorio cómo estos seres, a menudo categorizados bajo un mismo estigma de maldad, podían mostrar más humanidad que muchos otros que presumían ser virtuosos.

El contraste entre mis sentimientos hacia Asael y la idea generalizada de los demonios como entidades malévolas era algo que constantemente luchaba por reconciliar. Sabía que el sentimiento de afecto hacia un demonio era considerado una locura, una traición a mi propia especie. Pero en Asael veía algo diferente, una luz entre las sombras, que me hacía cuestionar todo lo que había aprendido sobre el bien y el mal.

Con la esperanza de distraer mi mente y aliviar la carga emocional que estos pensamientos acarreaban, me dirigía cada noche al patio de entrenamiento. Allí, bajo la luz de las estrellas, encontraba refugio en el ejercicio físico, forzando mi cuerpo al límite para silenciar las voces en mi cabeza. Era en esos momentos de esfuerzo y cansancio cuando lograba un breve respiro del constante conflicto emocional.

La búsqueda de distracción a través del ejercicio se había convertido en un ritual necesario, una forma de mantener a raya los recuerdos de Asael y la confusión que estos me causaban. Aunque el cansancio físico era un precio pequeño a pagar, sabía que la verdadera batalla se libraba en mi interior, un combate constante por entender mis propios sentimientos y por hallar la paz en medio de un caos emocional provocado por un amor prohibido y malentendido.

La llegada al patio en esa noche específica se sentía diferente. Habitualmente, una compañía invisible, constituida por sombras y susurros de mi mente, solía envolverme con su presencia casi reconfortante. Sin embargo esa noche, el vacío era palpable, una ausencia que hacía eco en cada rincón oscuro del jardín. Mis pies me llevaron, casi por voluntad propia, hacia ese espacio abierto, bajo un manto de estrellas extrañas que no lograba iluminar mis pensamientos sombríos. La sensación de soledad se mezclaba con la extrañeza de no sentir aquellas presencias que, hasta ahora, habían sido una constante en mis noches de insomnio.

La lucha interna comenzó cuando el olor a lirios invadió mis sentidos. No había lirios en el jardín, nunca los hubo. Era mi mente, ese enemigo implacable, creando torturas olfativas para desatar una guerra psicológica contra mi propia estabilidad. Con cada paso que daba, el aroma se intensificaba, convirtiéndose en una némesis invisible que me empujaba hacia el límite de mi cordura. Cerré los ojos fuertemente, en un vano intento de bloquear aquel estímulo inexistente, pero su esencia se impregnaba cada vez más en mi ser, haciéndome dudar de mi percepción de la realidad.

Mi rutina de escape se vio interrumpida al detectar una presencia. Al abrir los ojos, mis pupilas capturaron la figura de Asael, bañado en la luz argéntea de la luna. Mi primer impulso fue el de negar su existencia, pensando que mi mente, ahora en su papel más cruel de ilusionista, había conjurado a alguien que no podía, no debía estar allí. En un acto desesperado por aferrarme a cualquier rastro de lógica, cubrí mis ojos con las manos, contando hasta cinco, esperando que al retirarlas, esa visión desapareciera como el humo.

Pero ahí estaba él, Asael, más real y cercano de lo que mi confundida mente podría aceptar. Su apariencia, aunque marcada por un visible cansancio, no ocultaba la belleza que siempre le había caracterizado. Mi corazón en un tumulto de emociones encontradas, batallaba entre la alegría de verlo y el miedo a aceptar su presencia como real. La idea de que fuera solo un producto de mi imaginación se diluyó cuando noté el detalle de su expresión, cansada pero genuina, imposible de ser meramente fabricada por mi mente. El aroma de los lirios, de repente, pareció desvanecerse, como si Asael con su mera presencia hubiera disipado la ilusión. Me encontré ahí, frente a él, teniendo que aceptar la realidad de su existencia, de nuestra existencia compartida en ese patio bajo el velo nocturno, un lugar que había sido testigo de la ausencia y ahora de este reencuentro inesperado.

Fue entonces cuando vi, casi como si el destino lo hubiera dispuesto, un mechón de su cabello ondulado obstinadamente colocado sobre su frente. Actuando de manera instintiva, y sin entender por completo por qué, me acerqué a él y con un gesto suave, coloqué el mechón detrás de su oreja.

Asael sorprendido por mi acción, giró su rostro para mirarme directamente a los ojos. Lo que vi en ellos, una mezcla de sorpresa y algo que no supe identificar, hizo que mi corazón latiera con fuerza. Su voz teñida de una rareza que nunca había percibido, me hizo una pregunta que no llegué a comprender del todo.

— ¿Por qué? — empezó a decir, pero la confusión se apoderó de mí, impidiéndome formular una respuesta coherente. Antes de que pudiera intentar descifrar el verdadero significado de sus palabras, él se acercó más?

— No has dicho mi nombre últimamente, Hazel — susurrando a mi oído con una voz ronca. Esa simple frase desató en mí una tormenta de emociones, una electricidad que recorrió cada fibra de mi ser, dejándome sin aliento.

La proximidad entre nosotros se hizo más intensa, casi tangible. Asael se inclinó un poco más, y por un instante, sus ojos se encontraron con los míos, pero no era una mirada cualquiera. Era una mirada que parecía escudriñar mi alma, que comunicaba más de lo que las palabras podrían expresar. Entonces, en un gesto que me tomó por sorpresa, colocó su frente contra la mía, y el tiempo pareció detenerse. Mi corazón ahora desbocado, era lo único que podía oír, marcando un ritmo frenético que resonaba en el silencio de la noche. Los nervios me embargaron, y cerré los ojos, incapaz de sostener su mirada por más tiempo, temerosa de que si lo hacía, mis impulsos tomaran el control.

En ese momento de vulnerabilidad y cercanía abrumadora, sentí algo suave y tibio posarse en mis labios. Un gesto íntimo, tan lleno de significado y emociones no dichas, que selló todo lo sucedido esa noche entre nosotros. La reacción de mi cuerpo fue inmediata, un torbellino de sentimientos me invadió, desde una alegría inexplicable hasta un miedo paralizante por las implicaciones de lo que acababa de suceder. Pero por encima de todo, lo que predominaba era una sensación de conexión indescriptible con Asael, una certeza de que después de este momento, nada sería igual.

Abrí mis ojos confundida, sintiendo un vacío inmediato a mi lado donde, hasta hace un momento, había estado. No entendía aún qué había ocurrido, pero la desorientación inicial dio paso a una curiosidad incontrolable. Asael con su habitual serenidad, ahora se encontraba a unos pasos de mí, mirando fijamente hacia un punto indeterminado en el espacio, su postura rígida como si fuera una estatua.

Impulsada por mi intriga, giré mi cabeza hacia donde Asael dirigía su intensa mirada. La vista que encontré fue, por decir lo menos, desconcertante. A unos metros de distancia, parado con una expresión que oscilaba entre la confusión y el asombro, estaba Paimon. Su boca ligeramente entreabierta, no lograba pronunciar claramente las palabras que intentaban escapar de sus labios.

— ¿Qué acabo de ver? — alcanzó a emitir, antes de señalar hacia Asael, aunque le faltó el aliento para continuar.

La escena surrealista en sí misma, se volvió aún más extraña cuando una pesadez abrumadora me invadió, haciéndome caer al suelo mientras observaba cómo Paimon luchaba visiblemente contra un peso invisible que parecía aplastarlo.

En ese momento, con la autoridad que siempre lo caracterizaba.

— Paimon, tú no viste nada — Asael habló.

La presión del aire alcanzó un nivel casi insoportable. Era como si el mismo mundo se congelara a nuestro alrededor, esperando la respuesta de Paimon. Con voz fatigada, pero sin titubeos, respondió.

— No vi nada, ok.

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, la presión desapareció y pude respirar con facilidad nuevamente. El alivio fue inmediato, pero dejó tras de sí un sinfín de preguntas sin respuesta.

La experiencia lejos de ser una mera anécdota, se convirtió en un punto de inflexión en mi comprensión del mundo que me rodea y especialmente, de la figura que Asael representaba en él. Era evidente que las fuerzas en juego eran de una magnitud que escapaba a mi entendimiento previo. La autoridad con la que Asael había manejado la situación, y la sumisión instantánea de Paimon, sugerían una dinámica de poder que trascendía lo meramente humano o lo conocido.

Me encontré en el suelo, luchando por recuperar mi postura erguida. Mis intentos de levantarme eran complicados, mis músculos no respondían como esperaba. Fue entonces cuando Asael apareció. Sin embargo el contacto de sus manos fue torpe, tratándome con una delicadeza que parecía temer quebrarme, como si fuera de cristal. A pesar de la extraña torpeza de su gesto, logré ponerme en pie, dejando escapar un susurro de agradecimiento. Asael me observaba preocupado, examinando mi figura en busca de alguna herida.

Justo en ese momento, Paimon, que siempre había sido un amigo confiable.

— Vamos a entrenar Paimon — dije pero se rehusó entrenar al ver la escena. La excusa que murmuró no dejó duda de que, de alguna forma, Asael influía en su decisión.

— Se me quitaron las ganas — dijo antes de abandonar el patio precipitadamente.

La confusión se apoderó de mí. Mi ceño fruncido era el claro indicio de las preguntas sin respuesta que danzaban en mi mente, mientras mi mirada se cruzaba con la de Asael, quien ya había fijado sus ojos en mí. Sus ojos dejaron entrever algo más, una complejidad que sabía, sería un desafío olvidar.

La ambivalencia de mis sentimientos se hacía cada vez más evidente, un torbellino emocional que Asael parecía intensificar con su sola presencia. Era difícil descifrar lo que sentía; una mezcla de gratitud, confusión y una atracción que no podía, o no quería, admitir. Asael rompió el silencio, marcando con sus palabras la distancia que pronto nos separaría.

— Hazel, me voy por ahora. No olvides llamarme — dijo con una voz que sugería una súplica más que una simple petición. Su desaparición en una bruma negra, tan repentina como su llegada, dejó un vacío que no estaba preparada para enfrentar.

No deseaba revelar a nadie lo que sentía, menos aún ahora que parecía estar sumida en un infierno del que no veía salida. La ausencia de Asael dejaba más preguntas que respuestas, y cada momento sin él sólo intensificaba la lucha interna con mis propios sentimientos. Era una batalla que elegí enfrentar en silencio, guardando para mí las emociones que Asael había despertado.

Mis pensamientos entrelazados con los recuerdos y sentimientos hacia Asael, se convirtieron en una tormenta impulsándome a buscar alivio en el dolor físico. Luchaba, no contra un enemigo tangible, sino contra la presencia opresiva de alguien en mi corazón, alguien que ya no deseaba tener allí. Este conflicto me consumía desde dentro hacia afuera, empujándome a entrenar con una intensidad que iba más allá del agotamiento y la razón.

El pico de mi lucha interna encontró un giro inesperado cuando, agotada y vencida, caí al suelo solo para descubrir la figura de Paimon acercándose. Nuestra interacción, reveladora y cargada de emociones, marcó un momento de claridad en medio del caos. Paimon con su presencia y sus palabras, no solo me ofreció un espejo donde mirar mis propias acciones desde una perspectiva externa, sino que también me brindó un momento de comprensión y conexión.

— Paimon creo que ya tengo un pecado — la honestidad brutal con la que admití me hizo pensar en que me pasaría.

— Ya lo note, Hazel — dijo con tono de voz algo rara.

Nuestra conversación trascendió el simple intercambio de palabras, fue una exploración de emociones profundas y verdades duras. Reconociendo mis propias faltas y deseos oscuros, encontré en Paimon una especie de juez compasivo. Su declaración sobre mi pecado ya notado no fue tanto una condena como una constatación de mi estado. En este momento de vulnerabilidad compartida, donde lo invité a acostarse a mi lado, simbolizó mi aceptación de su compañía y consejo, un deseo de no enfrentar mi oscuridad solo.

La culminación de este encuentro y las reflexiones que surgieron de él me dejaron en un estado de introspección profunda. Mi lucha interna, aunque lejos de resolverse, encontró un momento de respiro a través de mi interacción con Paimon. El reconocimiento de mis acciones, impulsadas por una tormenta emocional hacia Asael y la confrontación de mis deseos más oscuros, me ofrecieron una oportunidad para replantear mi camino. La desesperación que me llevó a un extremo físico fue templada por la comprensión de que mis acciones tienen consecuencias, no solo para mí sino para mi esencia misma.

Nuestra conversación, aunque breve, fue poderosa, dejando una impresión duradera sobre mi percepción de mí misma y mi comprensión de la vida y sus desafíos. Al final queda claro que la lucha más dura es aquella contra los fantasmas internos, pero también es una batalla que no tengo que enfrentar completamente en solitario.

F. P. 🦋

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