4 de febrero: La luz que nos guía
El joven estaba perdido. Oficialmente lo estaba. Había salido del campamento, donde estaba realizando un curso de verano, hacía unas horas para alejarse del ruido. No creía que hubiese estado tanto tiempo, pero sí, llevaba horas caminando y ya no era capaz de encontrar el camino de regreso al campamento. Al principio, había mantenido la calma, pero según iban pasando las horas, la calma se iba esfumando con ellas. Estaba a punto de hacerse de noche, no quería estar de noche solo en el bosque, le aterrorizaba lo que podría haber allí y le aterrorizaba que no le encontrasen. Su estómago rugía con impaciencia, llevaba desde esa misma mañana sin comer. Cuando la noche se le echó encima, el muchacho se dejó caer en el suelo, derrotado y sucio y fijó su vista en el cielo. En ese momento, su mirada se iluminó. ¿Quién iba a suponer que la caída de la noche conseguiría que él pudiese volver al campamento? Siempre había sido muy malo para orientarse pero, al caer la noche y ver las estrellas luciendo en el cielo, fue capaz de identificar la Estrella Polar, que señalaba el norte, y eso le permitiría orientarse de regreso a casa...
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