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La tragedia de los Eloi

Y, como os iba a explicar, estas dos fuertes potencias están enzarzadas en una encarnizada guerra desde hace treinta y seis lunas. Empezó de la manera siguiente. En todas partes se admite que el modo original de cascar los huevos para comérselos es [...]

Viajes de Gulliver. Jonathan Swift.

El aspecto del camarote del almirante era espartano, impregnado de una suerte de sobriedad militar. Cuando nos instalamos allí, pude comprobar lo reducido de sus dimensiones y la sencillez de su decoración. Como recordatorio de su familia, él había colocado unos discretos hologramas con su hembra cangrejo y con Perlita. El mobiliario consistía en un único camastro para cangrejos, una pequeña taquilla y una especie de sillita baja junto a un escritorio de tamaño limitado sobre el que descansaba una holoconsola. Eso era todo. Y hablamos del camarote más importante del portadrones, no en vano pertenecía al almirante, mi amo, también el mando supremo de la nave insignia de la flota.

Cuando entramos en la habitación, se recostó con presteza en el camastro. Allí jugueteaba con un objeto metálico alargado que yo entonces no sabía qué era, pero que después supe que era el cetro que le confería el mando supremo de la flota. Yo, como buena mascota, siguiendo sus indicaciones me senté en el suelo, que también sería mi cama en los días sucesivos.

—Llevamos miles de años guerreando —dijo—. Sus sistemas de inteligencia artificial nos conocen perfectamente. Siempre saben cómo vamos a atacarlos, anticipan el lugar dónde iniciaremos la ofensiva. Somos, por consiguiente, predecibles. Y eso no es bueno si quieres combatir.

—¿No han creado modelos aleatorios cuyos parámetros de ataque dependan de distribuciones de probabilidades, almirante? —le pregunté a mi amo.

—Por supuesto, capitana Vargas —respondió, mientras empleaba el cetro para rascarse la parte superior del caparazón, allí donde no alcanzaba con las pinzas o las patas—. Pero, y esto quizá te sorprenda, también en eso somos predecibles. Necesitamos tácticas y estrategias nuevas, no contaminadas por nuestros conocimientos y nuestra historia; que sean planteamientos radicalmente nuevos. Originales. Necesitamos planteamientos tan absurdos que el enemigo no sea capaz de anticiparlos. Buscamos ideas novedosas, sorprendentes, incluso estúpidas...

—... y ahí es donde entro yo.

—Eso es —se volvió para mirarme—. Lo has entendido enseguida. Bueno, ahora me preocupa que quizás no eres tan estúpida, porque te necesito planteando ideas muy... ehr... originales.

—¿Por qué los Eloi están en guerra?

—Acompáñame —dijo, y de un salto se levantó del camastro, me enganchó la cadena al collar y el almirante sacó a pasear a su mascota.

La puerta del camarote se abrió automáticamente y salimos a un amplio pasillo por el que comenzamos a caminar. Iban y venían numerosos cangrejos. Los que pasaban cerca del almirante (y su mascota) se paraban momentáneamente para levantar la pinza derecha en señal de respeto.

—Los Morlocks —continuó hablándome el almirante ajeno a los que le rodeaban— son una civilización que, desde siempre, disputa nuestros recursos, unos malditos cobardes con un concepto del universo totalmente desquiciado. Ellos consideran que la materia debe organizarse atendiendo a su criterio...

—Si me permite, almirante. Esa es una vieja historia. Entre el león y la gacela no hay más que una discrepancia sobre cómo organizar la materia que compone los tejidos de la gacela. El león discrepa y considera que debe organizarse atendiendo a su material genético, algo en lo que la gacela no está de acuerdo.

Se volvió hacia mí, sin disimular su perplejidad.

—León y gacela son términos con los que no estoy familiarizado. Interpreto que quieres decir depredador y presa. Y no te falta razón, capitana Vargas; pero en este caso no es una mera discrepancia sobre códigos genéticos. Esto es algo más profundo. Los Morlocks, te lo aseguro, son pura maldad. La lucha con ellos es a muerte. Hay que erradicarlos de este universo.

—¿Y no podrían ustedes ponerse de acuerdo, definir unas fronteras y dedicarse a vivir en paz? Las guerras a largo plazo no suelen ser buenas.

—Imposible. Nuestra guerra es una guerra que lleva miles de años sin ver la paz, y que continuará miles de años después de que tú y yo hayamos fallecido.

—Muy grandes deben ser sus diferencias, almirante.

—Insuperables —respondió, meneando el cetro de mando en el aire.

El objetivo —según me explicó el almirante— consistía en liderar una expedición de castigo, es decir, hacer llegar un potente grupo de combate a un sistema planetario enemigo para destruirlo totalmente. La idea era llegar allí, arrasar todo lo que se encontrase por el camino y luego replegarse rápidamente antes de recibir el contraataque del enemigo. Devastación. Se quería la destrucción total del sistema.

La galería terminaba en una puerta de grandes dimensiones que permanecía abierta. Al dejarla atrás, nos adentramos en el espacioso puente de mando. Numerosos operarios trabajaban con gran actividad en diversas holoconsolas.

—El almirante está en el puente —sonó la voz un cangrejo corpulento con marcas de oficial en el caparazón, que nos aguardaba cumpliendo las regulaciones. Estaba cerca de una butaca más grande que las demás y que presidía la sala.

El almirante se acomodó en la butaca. Yo me senté a su lado en el suelo, sin que el almirante me desencadenase.

—¿Cómo va todo, segundo? —le preguntó al oficial corpulento.

—Todo correcto, almirante.

—Puede retirarse.

Al parecer, el almirante estaba en el puente, y su hombre de confianza podía tomarse un descanso. Aproveché para continuar con alguna cuestión que me seguía inquietando:

—Almirante, si se me permite, perdóneme esta pregunta que quizá nace de mi desconocimiento, pero es que no consigo entenderlo. ¿Por qué? ¿Por qué destruir hasta los cimientos toda la civilización de un sistema planetario? ¿Por qué la aniquilación absoluta? ¿No sería acaso mejor organizar una operación de desembarco allí, quiero decir, llevar un contingente de infantería de marina y ocuparlos? Invadirlos, almirante, no destruirlos. ¿No podríamos perdonarles la vida y ser magnánimos en la victoria? Si en vez de exterminar el sistema, lo ocupásemos, podríamos fortalecer las defensas y prepararlo para cuando llegue el contraataque del enemigo. Mejor que destruirlo, ¿no sería más útil defenderlo para transformar ese sistema tan valioso en un activo, en una contribución positiva para nuestra civilización?

—No lo has entendido, capitana Vargas. Eso es imposible. En nuestra guerra no hay cuartel, ni misericordia, ni piedad. La devastación total del enemigo es la única opción posible.

—¿Por qué sin piedad, almirante? ¿Qué puede haber de malo en la piedad?

—Déjeme explicárselo —dijo el cangrejo—. Las estructuras del universo están organizadas de dos formas claramente distintas: una atiende a la materia que tú y yo conocemos, esa materia de la que tú y yo estamos hechos; la otra es una especie de materia negativa, que en contacto con la materia ordinaria explota con violencia sin igual.

—La antimateria.

—Eso es. Los Morlocks, con sus planetas, sus sistemas planetarios, su civilización... Todo lo que ellos son, toda su civilización, todos ellos están constituidos de antimateria. En contacto con nuestra materia, su antimateria es altamente inestable. No podemos invadir un planeta de antimateria. Explotaría. ¿Lo entiendes ahora?

Recordé entonces que Octavio me había hablado largo y tendido sobre el tema. Durante el Big Bang de nuestro universo de origen se produjeron numerosos períodos de aniquilación de materia-antimateria. Las asimetrías de las leyes de la física habían sido la causa de que hubiera más materia que antimateria y eso determinó la eliminación casi total de esta última. Por ese motivo, nuestro universo está formado casi totalmente de materia. La materia ordinaria predominó. Aquí, en este universo al otro lado del Big Bang, la situación parecía distinta. Este tema, solventado en los primeros segundos de vida de nuestro universo, aquí parecía un asunto pendiente.

Había numerosas diferencias entre este universo y el nuestro. La primera era la de la velocidad de la luz en el vacío, que en este extraño universo era una constante con un valor mucho más elevado, facilitando los viajes interestelares. Luego estaba la escasez de agujeros negros, la presencia de estrellas oscuras y el mascarón, un material altamente exótico que permitía construir las naves interestelares. Ahora, en esta conversación con el almirante, descubrí una nueva particularidad: en este universo abundaba la antimateria, liberando una fuente extraordinaria que proporcionaría la enorme energía necesaria para viajar por las estrellas. Con razón estas civilizaciones se extendían sobre diversos sistemas planetarios.

Y mientras yo pensaba en estas cosas, el almirante continuaba con sus especulaciones paranoides. El almirante cangrejo suspiró:

—Ellos son pura maldad. Nuestra galaxia se formó cuando, en el pasado remoto, dos galaxias colisionaron: una de materia, la otra formada de antimateria. Y los sistemas planetarios se mezclaron y se confundieron en la galaxia resultante. Siempre han estado en guerra. Cuando la materia y la antimateria cobraron vida, se volvieron inteligentes y tomaron consciencia de sí mismas, y continuó la lucha por la supervivencia. No habrá cuartel, ni clemencia. Sólo puede quedar uno. Esta guerra era a muerte.

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