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Defensiva

Capítulo 5

- Sabía que estabas aquí.- Dijo Rodrigo abriendo la puerta, vendría con un par de café de Starbucks, un Frappuchino para él, y un Macchiato para Adrián.

Adrián le sonrió y tomó su café de buena gana, estaba terminando de prepararse, tenía el lazo arremangado en el cuello estaba a punto de prepararlo cuando llegó su amigo de toda la vida.

- Ya lo que falta es que te mudes a la oficina. - Le replicó preocupado.

- Sólo estaba poniendo al día la propuesta para la nueva clase que propones. Como no pude dormir, aproveché y me fui a trotar temprano en la madrugada y terminé aquí. - Adrián se sentó al frente de su escritorio mientras soplaba su café, miró su reloj eran las 7:30am. - Además espero concretar un negocio a las 8:00am no podía arriesgarme a no llegar a tiempo, ya sabes que el embotellamiento es del diablo a estas horas.

- ¿Un nuevo negocio?

- Cuando tenga claro que es lo que está ocurriendo, te prometo que te lo contaré todo. ¿Y cómo va el embarazo? - Preguntó Adrián para cambiar de tema, aún no le había dicho nada, absolutamente nada, estaba enajenado de todo. Prefería no decirle todavía sus planes de seguro no iba a estar del todo de acuerdo.

- Estoy que me lleva el diablo... -Dijo encendiendo un cigarrillo, Adrián detestaba que lo hiciera pero no le dijo nada sabía que Rodrigo no lo estaba pasando bien. - Tiene once semanas y lo quiere abortar. Por un momento pensé que no era mala idea, todo fue un error craso de parte de ambos, pero cuando iba a darle el dinero para hacerlo, me arrepentí y sólo la escuchaba maldecir mi nombre unas cien veces.

- Nadie te manda a meterte con esa veinteañera. Te calentó lo suficiente y terminaste embarazándola. No creo que sea justo para el bebé que se desquiten con él por sus burradas.

Adrián se destacaba por su sinceridad, Rodrigo lo sabía y aunque su verdad podía ser media incómoda, la aceptaba en silencio.

- Mira, se que detestas que te de sermones. ¿Pero para cuándo piensas madurar? No eres un chamaquito de high school, tienes 34 años y ahora viene un bebé en camino y si Andrea no está dispuesta a responsabilizarse, tu deber es hacerlo tú.

- ¡Oh! ¡Golpe bajo! - Exclamó poniendo cara de muerte.

- ¡Bah! No seas imbécil, te apoyaré sea lo que sea, pero cuando no esté de acuerdo en algo te lo dejaré saber.

- ¿Y cuándo pides permiso para dar tu opinión?

Rodrigo lo observó detenidamente, vio el atisbo de una sonrisa pero sabía que algo inquietaba a Adrián.

- ¡Hey! ¿Estas bien?

- Perfectamente. Sólo estoy en la espera.

- Adrián, no se pero a veces pienso que me ocultas cosas. Es como si temiera que me dijeras alguna mala noticia en cualquier momento. - Rodrigo se levantó y se sentó en la orilla de su escritorio lo escrutaba con la mirada. Adrián le devolvió la mirada tras sus lentes.

- Lo que falta es que me tomes la mano, maricón. - Intentó ser serio pero no lo logró de inmediato terminaron en una sonora carcajada. Hasta que un leve golpe en la puerta los obligó a callarse.

Adrián miró la hora eran justo las 8:00am.

Cuando Roberto Salas el chofer me recogió en el building, le vi su sonrisa sincera y fue muy contagiosa, no pude evitar devolverla.

- Como siempre hermosa señorita Betancourt.

- ¡Ay por favor! Dígame Noelia, Roberto. Prefiero el tuteo. - Le dije mientras tomaba asiento, en cambio recibí un asentimiento silencioso por su parte.

De camino a la oficina miraba a través del parabrisas y sentía un hormigueo en el estómago. Sería mi primera vez ir algún lugar a trabaja sin hacer necesariamente mi trabajo, en el fondo sentí una dicha culpable. Me vestí lo más apropiado posible; una falda alta hasta la cintura, era roja, al lado derecho en la orilla le adornaba unos botones negros, tenía un largo apropiado hasta arriba de las rodillas, pensando en que estaba muy escandalosa con el rojo, lo suavicé un poco con una blusa blanca de manga larga, tenía en el cuello un hermoso lazo, me recogí el pelo en una coleta alta desde la coronilla, los zapatos eran altos, vamos a ver cuanto tiempo duro en ellos en una oficina. Cuando me vi en el espejo me sentí satisfecha, esperaba por alguna razón que fuera del agrado de Adrián.

Estábamos en pleno noviembre, era otoño pero hacia bastante frío afuera y mis nervios no me ayudaban. Me estrujé dentro de mi abrigo buscando calor. Roberto me miraba por el espejo retrovisor, me di cuenta, no lo hacía con ningún tipo de malicia en su mirada, todo lo contrario era una mirada dulce, como lo haría un padre. Bueno, nunca tuve uno así que me imagino que así debería ser aquella mirada.

- Estoy seguro que le irá bien, el joven Adrián puede ser medio callado y sumido en su trabajo pero él le va ayudar.

Le devolví la mirada, no sabía porque me dijo eso pero me gustó que lo hiciera, era algún tipo de consuelo saber que le preocupaba.

- Llevas mucho tiempo trabajando para él, ya que lo conoces tan bien. -Le dije más como una confirmación.

- A ese muchacho lo conozco yo desde que estuvo en el vientre de su madre. Trabajo con la familia Lucas Duque desde hace mucho tiempo. Desde que su padre decidió hacer de su hobby un negocio, que Dios lo tenga en su gloria.- Acto seguido se persignó.

- Así que es huérfano. -Dije con un hilo de voz.

- De padre sí, de madre pues es una historia muy complicada. - Susurró pensativo. -Desde que su padre falleció se ha echo cargo del negocio familiar. - Continuó despavilándose de lo que fuera que su memoria le capturaba su atención. - Le ha ido bien, el joven tiene talento para los negocios, lástima que no es así de exitoso en otras facetas.

Ambos nos miramos por el espejo retovisor , Roberto se calló de inmediato, era como si hubiera dicho algo que no tenía que decir y luego carraspeo, y continuó mirando hacia adelante.

- ¿Siempre es así de misterioso?-
Le pregunté para alejarlo de su propia incomodidad, además quería saber un poco más acerca del que sería mi jefe por alrededor de seis meses.

- ¡Misterioso! - Exclamó mientras sonreía. - No lo llamaría misterioso, más bien reservado, taciturno.

- ¿Entonces siempre ha sido así? - Pregunté porque sabía que no del todo era verdad. Sé que par de horas compartidas hace dieciséis años no me hacen una experta en conocerlo, pero si algo nunca había olvidado de aquella noche, fue su osadía, su sonrisa, su vergüenza y la manera tan cómica de hacer un contrato prometiéndome que nos volveríamos a ver.

- Nada que ver; antes era un parlanchín, un bromista, un soñador empedernido, como todo joven tenía planes que deseaba hacerlo realidad, pero las cosas de la vida lo hicieron cambiar. - Me contestó sin perder su sonrisa, aunque su voz se apagó un poco.

No dije nada más; ya que en esto consiste crecer y madurar, no todos los sueños se pueden hacer realidad, en esta vida. Hay dos cucharadas por tomar, la dulce y la amarga. ¿Cuál de ambas abra tomado Adrián? No lo sé, pero tengo que admitir que me gustaría averiguarlo. En mi caso yo si sé cuál fue la que tome y no fue muy agradable.

Mi mente divagaba, entre el joven de 18 años que conocí por cosas de la vida y el hombre con el que compartí la noche más apasionada que jamás creí que viviría nunca. Aún sentía sus labios recorrer mi piel resbaladiza, mi cuerpo recuerda su mirada punzante endulzar cada parte de mí. Aquella área de mi vida que llevaba enterrada desde siempre en mi, despertó de su letargo aquella noche entre sus brazos. En el cuerpo de aquel hombre taciturno.

Mientras luchaba por las sensaciones que recorrían entre mis piernas escuchaba en la lejanía que estábamos a punto de llegar a pesar del embotellamiento apoteósico.

Al cabo de unos minutos llegamos a un edificio pequeño de unos 5 pisos, pero estaban en proceso de expansión. Jóvenes y adultos de todas las edades entraban y salían, algunos de ellos con uniformes de cocineros. Al mirar justo arriba sobre mi cabeza estaba el eslogan "Hotel Institute Lucas Salazar House of Culinary Arts". No pude evitar sorprenderme así que no solo dirigía un restaurante, sino que también maneja un instituto con su nombre.

Caminé a lo largo de un pasillo donde al parecer eran las oficinas administrativas, salón de conferencias y alcance ver una cafetería. Entre al ascensor junto con Roberto, tenerlo cerca me impartía un poco de seguridad me costaba creer que estaba nerviosa.

Llegamos al quinto piso, era uno un poco solitario, el chirrido de una puerta me sorprendió y vi otro salón al parecer una sala para profesores. Habían otras puertas cerradas, no se si eran salones o parte de la obvia expansión del Instituto. Pero como si supiera ya para donde iba a terminar me encontré de frente con una puerta doble hoja de madera roja, mi corazón palpitaba a mil y cuando vi su nombre grabado en la esquina de la pared al lado de la puerta, suspiré y toqué. Alcancé a escuchar un adelante, pero antes de poder tocar el pómulo de la puerta alguien más se había adelantado. Miré a Roberto y le sonreí, él asintió tranquilo.

Un caballero que no reconocí me abrió al puerta nos miramos por un momento, el sonrió con coquetería. De seguro era tremendo puto, pero no era esa mirada, ni esa sonrisa la que esperaba, al mirar detrás de aquel hombre como de unos seis pies estaba Adrián recostado de su escritorio, con los brazos cruzados, con sus mangas remangadas a los codos, un lazo negro en el cuello a combinación de sus lustrados zapatos.

Nos miramos por unos segundos, sentía que me brillaban los ojos y tuve que mirar hacia el lado y me percaté de la mirada extrañada del puto a mi lado.

- Ese que no tiene filtro al mirar es mi mano derecha, Rodrigo Salazar es el Master Chef del Instituto el que se hace cargo del curso de Artes Culinarias y de el pequeño restaurante que se halla en el lobby del Instituto. Rodrigo, ella es mi nueva asistente, Noelia Betancourt.

- ¿Así que esto era lo que esperabas? - Dijo Rodrigo que por alguna razón se me hacía conocido, me dio la mano enseguida y se disculpó por la pregunta tan fuera de lugar.

Nuestras miradas se cruzaron y el asintió a lo que Rodrigo sonrió al darse cuenta que ya tenía que marcharse.

- Creo que se me hace conocido. - Comencé a decir mientras tomaba asiento, Adrián me siguió los pasos y nos quedamos mirando de frente.

- Rodrigo Salazar es un conocido chef, me atrevo decir que internacional, ha ganado varios premios, y ha estado en programas de televisión entre competencias y esas cosas, tiene experiencia cocina internacional pero su fuerte es la comida criolla latina, es profesor en el Instituto y se hace cargo del restaurante ya que también lo utilizamos como un centro de práctica para nuestros estudiantes.

Adrián comenzó a hablar de forma pausada y serena. Yo sólo pude responder con un wao bastante patético a lo que él sólo sonrió con dulzura. Su escritorio estaba muy bien acomodado, todo en orden, hasta la pila de documentos estaban en perfecto orden a pesar de que hizo un paréntesis de esos medios extraños y me enfatizó que le falta organizarse.

- Bueno, es bueno que sepas que lo verás muy seguido por aquí. Confío en él como si fuera mi sombra, pero aún no le había comentado que usted vendría por aquí.

- ¿Por qué no le dijo? - Me atreví a preguntar.

- Quizás se te hace conocido no tanto por su título o por todo lo que sabe. Fue él quien dio contigo para la que vinieras la noche de mi cumpleaños número dieciocho.

Adrián se acomodó en su asiento y se ajustó sus espejuelos mientras sacaba de una gaveta otra pila de papeles.

- ¡Oh! ¿Así que fue él? - Había olvidado aquel chico intrépido que me pidió hacerle miles de cosas, que nunca llegue hacerle, al menos no esa noche.

- ¿No querías decirle que tiene como asistente a una puta en su flamante instituto? - Lo dije con el sarcasmo más puro que me pudo haber salido en el aquel momento.

- No sé lo dije porque no quería incomodarla. Conozco a Rodrigo y de seguro de entrada ya te hubiera leído la cartilla. Algo que es totalmente innecesario ya que soy socio al igual que él y mis decisiones son sólo mías.

Adrián me atajó con aquella voz serena que tuve que bajar mi rostro con vergüenza. Pudo haberme mandado al infierno en ese mismo instante más sin embargo no perdió la cabeza al escucharme hablar de aquella manera tan impertinente.

- Disculpe, suelo ser un poco impulsiva.

Dije aquello y lo miré de nuevo. Su mirada penetraba la mía. No se veía molesto más bien ignoró mi manera absurda de defenderme, ya que siempre siento la necesidad de hacerlo.

- Tendrás que controlar un poco tu impulsividad. No todo el mundo está en tu contra.

¡Fuck! ¿En serio me está llamando la atención? Mis ojos se abrieron más grande si cabía y tragué en seco, buscando las palabras adecuadas para decir.

- Disculpa. - ¡Ejele! Que palabra tan ingeniosa, estúpida Noelia, estúpida, estúpida.

- Al trabajar conmigo te encontrarás con personas que pueden ser una gran molestia. Necesito de tu temple y que no dejes que cualquier cosa te deshuvique. Eres explosiva y se que puedo manejarlo pero no todos serán tan amables.

- ¡Manejarlo! - Exclamé las palabras quemaron mi boca. -¿Crees poder manejarme?

- Ese es tu problema cualquier cosa que no te agrade te pones a la defensiva.

Mierda, este hombre me pone los pelos de punta. Lo miré y me contuve para no levantarme del asiento y marcharme. Lo menos que quería era pasar como una mujer incapaz de soportar escuchar nada sobre mí.

- La verdad es que usted puede llegar a ser tan sincero que incomodas.

- ¿Yo incomodarla? - Me susurró se levantó de su asiento y caminó lento hacia mi, se sentó en la orilla de su escritorio con sus piernas cruzadas que rozaban las mías, yo mientras tanto no le quitaba la vista de encima.

- Mi sinceridad es un mal o bien depende por la vara que lo midas. No pretendo incomodarla, pero si quiero dejarle saber cuáles son sus puntos débiles. Porque a partir de hoy nadie tiene derecho a señalarlo, sólo yo y creeme lo hago por tu bien.

- ¿Por mi bien? Pero que se cree buen samaritano o algo así.

Muy bien la vieja Fátima afloraba en mi, estaba de pie junto a él, furibunda, con mi ceño fruncido. En cambio la suavidad de su mirada pretendía desarmarme. El sonrió, ¿acaso eso es lo único que sabe hacer?

- Creo que podemos ser un buen conjunto de buenos samaritanos. - Su aliento me pegó en la cara, entre la menta y el café de la mañana. Mi corazón estaba a mil, no sabía si enojarme o salir corriendo. Se derritieron mis labios con su cercanía, mi vientre era puro fuego porque se antojaba de recordar lp imposible de olvidar.

- No soy un buen samaritano, ni soy una buena persona, no hago las cosas desinteresadamente, todo tiene un fin. Me gusta vivir bien, me gusta lo bueno y si me metí en esto sólo lo hice porque no tenía nada que perder. ¿Son sólo seis meses no?

Se lo dejé claro no estoy aquí porque lo necesite, estoy aquí porque quiero. En mi interior me di una palmadita en el hombro.

- Mientras más difícil te me pongas, más fácil se me hace leerte. Tus impetinencias no me van hacer desistir de ti.

¡Boom! Otro puñetazo en la cara y esto a penas comienza. Estuve a punto de cometer una locura, tal vez un beso, tal vez tocarlo, tal vez asegurarme que él era real. Sin querer o queriendo, no sé, nos hallamos de frente respirando el aire caliente que salía de nuestras bocas. Al parecer las huellas de aquella noche aún no se habían borrado.

El bip del teléfono nos interrumpió la voz de una chica, intuí que era la secretaria salió adelante sin sospechar el ambiente que había dentro de aquellas cuatro paredes.

"Señor Lucas, se me hizo imposible evitar que ella no fuera a su despacho. La señora Melissa está hiendo para allá justo ahora".

En ese instante cuando escuchamos el aurricular, Adrián cambio el gesto, puso sus manos en la cabeza como si sintiera una punzada de dolor. Un espasmo recorrió su cuerpo y logró doblar su cuerpo. Su cabeza se recostó levemente en mi hombro y yo paralizada no supe que hacer.

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