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Día 3 Festival

Como no sabía que escribir ;-; me base en la historia del Festival Tanabata

https://www.japan.travel/es/es/blog/tanabata-el-festival-de-las-estrellas-que-recuerda-la-tragica-historia-de-amor-de-dos-amantes-japoneses/

«Cuenta la leyenda que el príncipe Takemichi, un hábil tejedor, se enamoró locamente del cuidador de rebaños Manjiro Sano...»

Los orbes azulados brillan como pequeños luceros en el cielo, sus manos acarician los delgados hilos y empieza a cantar una canción.

La melodía resuena en la habitación mientras el joven inicia su trabajo, hilar es su oficio.

Le gusta sentir el tacto de los hilos sobre sus manos y como puede crear maravillosas telas que solo los dioses pueden poseer.

Un peli-lila entra en el recinto, el yukata que trae se arrastra con suavidad por el suelo, los colores azules y morados contrastan con sus ojos, la suave tela acaricia su figura. Una sonrisa se asoma en su rostro mientras se acerca al azabache.

—Takemichi —en un hábil movimiento el joven arrebata uno de los hilos, Hanagaki se queda mirando sus manos vacías y hace un pequeño puchero.

—Mitsuya-Kun aún no termino mi trabajo.

—Demasiado trabajo Takemichi. Voy a salir un rato con Hakkai y Angry ¿quieres venir? — la sonrisa amable de Mitsuya no lo deja pensar con claridad.

No quiere negarse, pero quiere acabar su trabajo.

—Sé lo que estás pensando, vamos Takemichi, tienes que salir. Además podemos conseguir hilos nuevos en la tienda de los Sanos.

Una luz envuelve al azabache que no duda un segundo más en aceptar la propuesta, se levanta de su asiento dando pequeños saltos como un niño pequeño. El viento que se cuela por la ventana entra de golpe y acaricia sus cabellos.

«Algo interesante va a suceder, piensa  al sentir la suave caricia de la brisa »

El cálido clima y los tenues rayos de sol reciben al grupo de jóvenes que caminan alegremente, todos conversan sobre los nuevos yukatas que Mitsuya preparó para el padre de Takemichi.

—Sí, pero las telas de Takemichi ayudaron mucho —declaró el modista.

—No Mitsuya-Kun tu talento es el protagonista.

—Takemichi no seas así. Tus manos son muy hábiles, por eso eres el mejor tejedor de todo el cielo —afirmó con fervor Hakkai.

El azabache se sonroja y agacha la cabeza jugando con sus dedos.

— Ya llegamos —. Angry se adelanta llevándose a Hakkai a rastras

Mitsuya y Takemichi se rien por los gritos de auxilio del dramático chico y los persiguen hasta llegar frente a una gran tienda que tiene una establo al costado.

Una chica de cabellos dorados los recibe, Emma Sano. La chica los saludo con euforia al percatarse de sus clientes favoritos.

—Hola Emma-chan —saludaron al unísono.

—Hola chicos, ¿lo de siempre Takemichi-kun?

El azabache asiente y sigue observando el lugar, la chica  le sonrie y empeza a buscar los hilos entre los estantes.

Takemichi busca con la mirada a cierta personita, levanta los pies para tener una mejor visión, hace varios pucheros como un niño pequeño. Se resigna al no ver rastro alguno del rubio.

Todos notan las acciones del chico y se miran entre ellos con una sonrisa.

—¿Buscas a Mikey-kun?

Los colores se le subieron y tuvo un mini infarto al verse con las manos en la masa, su hobbie es quedar siempre en ridículo.

Asiente con vergüenza sus amigos solo se burlan de él y la chica de rubios cabellos le informa que su hermano llegará en unos minutos.

A lo lejos un grupo de pastores caminan apresurados, tres de ellos intentan seguirle el paso a su amigo.

—Parece un idiota

—El amor te vuelve idiota

—Yo nunca me veré así —vocifera Baji 

—Baji-San puede cargarme me duelen los pies —, el azabache no dudo un segundo de cargar a su rubio "amigo"

—Sí, claro —ironiza Draken.

Manjiro sigue en su desesperada carrera para encontrarse con Takemichi sin importarle el rebaño y sus amigos.

Llega a la tienda de su hermana para encontrar a su chico conversando, se acerca por detrás y salta envolviendo el esbelto cuerpo de Takemichi.

—Mitchy a venido a visitarme —afirma restregando su rostro contra las suaves mejillas del chico.

—Mikey, ¿dónde están las ovejas? —el rostro enfurecido de la menor de las Sanos asusta a los presentes menos a su descuidado hermano.

—Ken-chin esta con ellas. Mitchy vamos a caminar —El azabache se levantó para tomar la mano del rubio.

—Mitsuya-kun voy a regresar en la noche, guardas los hilos por favor.

Su amigo acepta y todos se despiden de la pareja.

Los rayos de luz ya eran más tenues. Takemichi siente la calidez de la mano ajena.

Suspira, decide seguir disfrutando de su caminata, los verdes campos son muy extensos y su yukata se arrastra por la hierba hasta llegar bajo un gran roble que les ofrece refugio bajo su sombra.

—Quiero verte más seguido —la voz de Mikey se nota más apagada de lo normal. Era cierto que no podían verse mucho, sus obligaciones los detenían.

Takemichi se sintió culpable, bajo la cabeza, se levanta para ponerse  defrente del rubio y toma sus manos con delicadeza.

—Hay que vernos mañana aquí mismo —señala el viejo roble donde descansan.

—¿Tu padre?

—Descuida me voy a fugar, nadie se va a enterar.

Pero las mentiras tienen patas cortas. Y así empezó una serie de escapes entre los dos amantes, huían de sus responsabilidades, dejando todo atrás. Nada importaba más que sus sentimientos y la calidez que les brindaba estar juntos.

Mikey cada día era más descuidado con los rebaños, las ovejas se quedaban abandonadas en los campos, si no fuera por sus amigos que lo salvaron de ser regañado posiblemente ahora estaría en serios problemas.

Sin embargo, la ayuda de sus socios no podía acompañarlo por siempre.

El mismo caso se repetía con Takemichi, los dorados hilos que alguna vez decoraron sus manos ahora están regados en el suelo, la vela que usaba escasas veces ahora estan por acabarse. Tiene unas notables bolsas oscuras en los ojos, ya que se pasa toda la noche intentando acabar las telas que Mitsuya y sus otros clientes le exigen.

«Debo acabar antes que Mitsuya vuela a reclamarme, pensó »

Los ojos le empiezan a pesar y tiene la necesidad de ir a recostarse, disipa la idea al imaginar lo que podría pasar si no cumple con sus deberes. La noche continúa entre pequeñas siestas...

La felicidad no les duró mucho. Llegó el día en el que el príncipe Takemichi dejó de producir telas y a Manjiro se le escaparon las vacas y el caos se adueñó del cielo.

Todos advirtieron a los jóvenes enamorados, pero ellos no oían razón y perdieron la cuenta del tiempo que transcurría bajo el roble.

Como consecuencia, el dios del cielo y padre de Takemichi, Tentei, los castigó separándolos a cada uno en un lado del río de Amanogawa.

Los orbes azulados del azabache se cristalizaron y lloró a amargamente al verse cautivo en el castillo, las frías paredes eran quienes escuchaban sus sollozos. Sus amigos intentaron calmar su dolor, pero nada tranquilizaba a su corazón. Los días pasaron, su pecho dolía y las lágrimas  se volvieron tan normales como el despertar.

Para Manjiro todo se volvió tan gris, tan insignificante, sin tener a su pequeño rayo de luz alumbrando su camino, su rostro que parecía tener una sonrisa pegada ahora solo tenía una mueca.

Una noche Takemichi no soporto más el dolor y decidió rogar clemencia a los pies de su padre.

El corazón del dios se sintio vulnerable al ver a su hijo tan desesperado, pero no podía cambiar su mandato, tenían que aprender de sus errores así que permitiéndoles reencontrarse únicamente una vez al año: el séptimo día del séptimo mes.

Los amantes se vieron después de unos largos meses, sus rostros decían todo lo que habían soportado y Takemichi rompió a llorar, las lágrimas florecieron con fervor y corrió a los brazos de su amado.

Ambos cayeron sobre la hierba y se fundieron en un apasionado beso, sus labios se acarician y empiezan a repetir la acción hasta que el aire les hace falta, sus manos recorren con lentitud el rostro ajeno.

—Te extrañé tanto —las lagrimas caen  sobre el pálido rostro de Manjiro que solo atina a aferrarse más a su novio. El cuerpo del azabache tiembla al recordar que el tiempo con su amado es efímero. — No quiero separarme de ti.

—Nunca lo harás. Te amo Mitchy .

Y cada siete del séptimo mes se vuelven a encontrar añorando sentir la calidez del otro para siempre.

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