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Capítulo 20


El sonido de la tormenta quedó mitigado por la gran cantidad de rocas que nos mantenían encerrados en aquel lugar oscuro como lo más hondo de un pozo. Había desaparecido la corriente de aire que antes había hecho que mis huesos temblaran dentro de la carne, sin embargo mi espalda estaba cubierta por una capa de sudor frío, fruto del pánico, que se mezclaba con los restos de lluvia que todavía me hacían estar empapada.

– ¡Rona! – Zay gritó el nombre de la chica que se había separado de nosotros justo antes de que la casa se viniera abajo, por lo que desconocíamos si había conseguido salir antes de quedar sepultada. Yo también la llamé, esperando, no muy convencida, que el eco de ambas voces llegara al exterior.

Me moví a lo largo de aquella cueva intentando hallar un simple resquicio entre las piedras, con los brazos extendidos para evitar golpearme con algún saliente, pero aquella negrura absoluta indicaba que no existía ni un simple hueco por el que pudiera colarse la luz o el aire.

– ¡Shiloh! – el chico pronunció el nombre varias veces sin llegar a obtener respuesta en ninguna de las ocasiones.

– Si apenas podemos apreciar los truenos, dudo que podamos escuchar sus voces. – Murmuré, siendo de repente sacudida por una oleada de escalofríos que me obligaron a abrazarme. Mis pies tropezaron con grandes fragmentos de hormigón desperdigados por el suelo y supe que me había abierto cortes en los tobillos.

– Espero que no intenten mover el muro, tiene pinta de que es tan inestable que toda la estructura podría acabar por derrumbarse del todo. – Escuché sus pasos moviéndose en círculos, probablemente tratando de delimitar el perímetro de aquella caverna. – ¿Tenía Shiloh todas las provisiones?

– No, yo le ayudé a mover una de las mochilas. Espera. – Palpé la zona a mi alrededor y me arrodillé en el suelo cuando estuve segura de que no iba a abrirme la cabeza. – Debería tener aquí algo con lo que encender un fuego.

– Tenemos que ser rápidos, sino las llamas consumirán el poco oxígeno que tenemos aquí dentro. Encendemos una hoguera un rato, vemos si hay algún hueco por el que podamos pasar a otra zona más abierta y luego lo apagamos. – Su actitud de liderazgo hizo que parte de la ansiedad que me oprimía el cuerpo se disipara. ¿Cómo era capaz de mantener la calma en una situación como aquella? ¿Cómo podía mantener la cabeza fría y actuar con raciocinio?

–Si conseguimos salir de aquí puede que el otro lado de la casa no esté en tan malas condiciones. – Susurré, intentando que la voz no temblara al ritmo de mis dientes castañeteando. Él se quedó callado, como si realmente estuviera barajando las posible veracidad de mis palabras, pero ni yo misma estaba convencida de que fueran ciertas. Busqué a tientas la cremallera del cargamento y rebusqué en su interior esperando que quien hubiera preparado el equipaje pensara que tener algo con lo que encender un fuego era bastante importante. ¿Pero qué esperaba encontrarme? ¿un mechero, cerillas quizás? – ¿Sabes usar el pedernal? – Escuché un suspiro, como si él también se hubiera esperado algo más sencillo y estuviera luchando por seguir manteniéndose tranquilo.

– Hace tiempo que no lo hago. ¿Dónde estás? Ni siquiera puedo verme los pies. – Lo escuché trastabillar, como si al igual que yo también se hubiera topado de mala manera con un montículo de rocas.

– Creo que a tu derecha, ten cuidado, estoy en el suelo. – Extendí los brazos en su supuesta dirección, orientándome por el sonido de su voz y de sus pasos. Le toqué la pierna, él me palpó la espalda para asegurarse de mi posición y se acuclilló a mi lado. Le pasé el hierro y el pedernal, luego rebusqué con el objetivo de dar con algún material inflamable en el que prendieran las chispas. – Creo que aquí hay algo de tela.

– Probablemente sea la chaqueta de Shiloh, es mejor que te abrigues con ella en vez de quemarla, estás calada hasta los huesos.

– No importa, tú también lo estás, puedo aguantar un rato más.

– Lo bueno de tener que ocultarme de todos los que me rodean es que tengo tantas capas de ropa encima que tendría que tirarme al mar para empaparme hasta la piel. – El volumen de su voz descendió hasta que sus palabras fueron simples susurros, como si existiera la mínima posibilidad de que nuestros compañeros pudieran llegar a escucharnos al otro lado de aquella cárcel de cemento. Sus dedos estaban todavía en mi costado, como si estuviera tratando de mantenerme serena. – Tiene que haber otra cosa.

– Creo que hay algunas vendas, pero aguantarán las llamas solo unos pocos minutos.

– Tiempo suficiente para ver si podemos salir de aquí por nuestra cuenta, sino tendremos que esperar a que ellos nos saquen. –A mis oídos llegó el rozar de las piedras, y a cada contacto saltaban chispas que iluminaban nuestro alrededor durante medio segundo. Vislumbré el rostro de Zay un par de veces, con la capucha proyectando sombras en su rostro y el ceño fruncido en una mueca de concentración. Al final las lenguas de fuego lamieron la tela.

Ambos nos pusimos en pie casi al mismo tiempo y repasamos el lugar tan rápido como pudimos: Trozos de pared ennegrecida por el paso de los años conformaban aquella prisión que casi me causaba claustrofobia. El suelo estaba cubierto por una alfombra de polvo, guijarros y algunas rocas más grandes. El techo irregular solo se alzaba un par de centímetros por encima de la cabeza del chico y se sostenía sobre una gruesa columna que había caído de manera diagonal, por lo que se inclinaba tanto que había zonas que solo podríamos atravesar tumbados.

La pared que se había formado en la entrada, que pertenecía a la zona alta de aquella gruta, era irregular, pero las rocas estaban tan pegadas que probablemente ni siquiera una gota de agua podía penetrar.

– Allí. – Anuncié, señalando hacia la zona más estrecha de la cueva, donde parecía haber un pequeño túnel por el que solo podríamos colarnos arrastrándonos muy pegados al suelo.

– Vale. – Murmuró el chico, liberando un suspiro profundo. Me pareció vislumbrar cómo sus hombros se relajaban ligeramente. Tuve la necesidad de decir algo para calmarlo, porque al igual que yo, él también estaría siendo carcomido por el pánico. Lo miré de reojo y le dediqué una leve sonrisa. Los músculos de su mandíbula dejaron de estar tensos.

Aprovechando la poca luminosidad que aún nos quedaba, me deshice de la cazadora empapada con su ayuda, ya que el tejido se me pegaba a la piel y mis manos temblorosas no hacían mucho en contra de esto. Me envolví en el abrigo de Shiloh, que era demasiado grande para mí y apenas me dejaba moverme con agilidad.

La luminosidad del lugar se disipó por completo al mismo tiempo que las llamas.

– Vamos a salir de aquí ¿Vale? – Debió de notar el modo en el que temblaba mi cuerpo, no solo por el frío, sino también por el terror, porque depositó una mano en mi brazo y me lo acarició como si quisiera hacerme entrar en calor y para tranquilizarme al mismo tiempo.

– Claro, ¿qué es lo peor que nos puede pasar? ¿Que muramos sepultados? – Bromeé

– Que nos coman las ratas. – Escuché una leve risa y supe que poco a poco ambos nos sentíamos más aliviados.

Zay intentó colarse por el estrecho túnel delante de mí, pero el par de espadas cruzadas a su espalda chocaban con los laterales y hacía que avanzar fuera todavía más difícil. Se deshizo de ellas y las dejó tiradas en una esquina, probablemente no muy satisfecho de quedarse sin armas en un lugar como aquel. Yo me arrastré detrás de él, más lenta y ruidosa.

Era tan estrecho que los salientes de roca se enganchaban y abrían agujeros en las prendas.

Nos arrastramos durante unos insufribles metros en los que la angustia se volvió a intensificar hasta un punto agónico. Un movimiento en falso haría que toda aquella montaña de escombros se desprendiera y nos aplastara los órganos.

El silencio hubiera sido totalmente absoluto si nuestras respiraciones agitadas no hubieran resonado con un eco fantasmagórico. El roce de nuestros cuerpos con el suelo también rompía aquella calma propia de un cementerio.

Mi corazón martilleaba bruscamente contra el esternón, como si él tampoco tuviera espacio suficiente para latir y estuviera tratando de abrirse paso a través del hueso a base de golpes.

En cuanto pudimos escapar de aquel pasadizo hecho de puro pánico, entramos a una nueva sala en la que el fresco nos asestó una bofetada.

– Por aquí tiene que haber un sitio por el que entre el aire. – Distinguí la figura de Zay moviéndose sobre sí mismo para buscar el origen de aquel frío casi renovador. Probablemente habría algún pequeño agujero por el que la luz se podría haber colado si la noche no hubiera caído ya sobre nosotros. Los truenos y rayos de la tormenta habían cesado, pero todavía se podía escuchar el goteo leve del agua sobre los escombros.

Imité sus movimientos y di un par de giros para observar lo que me rodeaba, pero a pesar de que la penumbra no era tan extrema como unos minutos atrás, no se podía ver más allá de un metro por delante de nuestra cara.

Distinguí unos peldaños algo más iluminados que ascendían hacia lo poco que quedaba del piso superior, con el tejado colapsado sobre él. Probablemente algún hueco había quedado abierto entre las tejas.

Pero me quedé inmóvil como una estatua cuando mi vista periférica distinguió otra cosa en aquella sala.

Zay también debió distinguir los escalones, pero cuando se movió hacia ellos dispuesto a ascender por ellos, lo sujeté por el hombro y le hice el más leve de los gestos hacia la esquina que había a mi izquierda.

Un gruñido. Un figura agazapándose. Una bestia asustada, hambrienta y agresiva.

PD: Foto de Shiloh.


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