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1:56

Fue triste que nuestro cuarto y último día completo en Barcelona antes de tomar un avión se presentara tan rápidamente. 

Todos aquellos días entre conferencias y turismo invernal por las costas catalanas me habían hecho darme cuenta de toda la vida que se movía al otro lado de unas fronteras. No me cansaría de repetirlo nunca, por más edificios que viera o comida que probara, todo seguía impresionándome y sorprendiéndome de una manera exorbitante. La abrumadora simetría de los rascacielos que se perdían entre nubes como si no pertenecieran a la tierra sino a un lugar exterior más lejano de nuestro conocimientos era impresionante. Y las delicias tanto saladas como dulces que nada más introducirlas a la boca parecía que tus pupilas gustativas bailaban del buen sabor era algo que nunca olvidaría. 

Todo aquello me hacía padecer una tristeza profunda al saber que dentro de poco tendría que despedirme y dejar atrás esta tierra donde me había sentido cálido al aterrizar. Era extraño. Había vivido toda mi vida en Busan y, sin embargo, una parte de mí sentía que tenía las raices enterradas aquí, a miles de kilometros de "mi hogar". 

Tal vez era porque en la ciudad donde nací las cosas no me fueron sencillas desde el principio. Fui diferente al resto y, como es algo que ya está normalizado, como el beber agua, la gente me repudió. «Lo extraño es peligroso», habían dicho aquellos quienes, encerrados en una sintonía, se perdían el amplio abanico de melodías fuera de la rutina. 

Era como volar por el cielo. Cuando me di cuenta de que los abusos de mis compañeros y las palizas de mi padre tan solo eran la correa que mantiene inmovilizadas las alas de un pájaro a su cuerpo, las cosas cambiaron. Toda mi vida estuve rodeado de gorriones. Pero, ¿y si yo no era como ellos? ¿Y si, quizá, yo era más como una golondrina? Aquel ave con un significado tan pleno y la cola recortada de una forma tan afilada que, vista contra el sol, parecían las hojas de una puntiaguda tijera.  

Encontrar mi nido en un lugar extraño rodeado de personas me hizo fijarme en ellos. Ese bello y brillante plumaje azabache no pasaría desapercidivo para cualquiera, y la forma de sus alas que se alzaban libres por el firmamento me hizo manetnerme expectante. Eran golondrinas. 

Al haber dado por terminada la conferencia científica, aquel día nos dejaron despertarnos más tarde. Mi cuerpo debió acostumbrarse a levantarse temprano y sentir el frío calador desde primera hora de la mañana porque ya no temblaba tanto al abandonar las sábanas del colchón. Bajé a la cocina, dejándola de lado cuando un chocolate caliente esperaba por mí en la máquina dispensadora y aquel dulce sabor a penas a las 10 a.m. me calentó por dentro. Le dí los buenos días a un Jimin sonriente que me hizo compañía al ser el único docente despierto y nos quedamos charlando un rato en el patio común. Minutos más tarde, observamos como Taehyung y Bambam llegaban con los pijamas aún puestos y el pelo revuelto. Las actividades que aquel viaje planteaba habían sido demasiado movidas para aquel par, drenandoles toda su energía y haciéndolos volcarse en un sueño profundo nada más su cuerpo rozaba la cama. Por ello se encontraban adormecidos y con cara de no saber dónde estaban actualmente. Un rato después, Chaerin apareció ya vestida y ligeramente maquillada por las escaleras que daban a los cuartos.

—Cuando estéis listos nos vamos— dijo la recién llegada sirviéndose una taza de café.

—¿Adónde váis? —Se interesó el mayor.

—Como tenemos tiempo libre, pensamos en ir a ver algunas tiendas de la zona y comprar recuerdos— la voz de Taehyung salió algo ronca a pesar de que su rostro era como ver una pequeña ardilla, todo abultado y con los ojos entrecerrados, cegados por la claridad.

—Entiendo, tened cuidado y cualquier cosa llamadme.

—¿Por qué no vienes con nosotros?— la propuesta de Kim nos pilló desprevenidos a todos.

Tardó unos segundos pero, al fin, Jimin respondió con una encantadora sonrisa adornando su rostros.

—Creo que ya he tenido suficiente tiempo rodeado de jóvenes, podéis ir sin mí. —Negó amablemente.

Sinceramente, tuve la sensación de que Jimin era una persona fanática de los 80s o algo por el estilo. No solo su estilo de vestir con aquellos chalecos de lana y pantalones de mezquilla, sino también su forma de actuar y lo enrrevesadas que eran sus palabras. No había nada de malo con eso, pero dudaba que en pleno siglo XXI alguien pudiera entenderlo completamente. 

De cualquier modo, no insistimos y nos despedimos de él cuando el par de amigos dormilones terminaron de vestirse. Salimos a la calle enfundados de nuestros abrigos y algún que otro calentador de manos en los bolsillos. El sol nos iluminó, haciendo el fallido intento de mantenernos cálidos. 

Como buen fanático de los amaneceres que era, no había perdido la oportunidad de apreciar la salida del solo en Barcelona. Era tan extraordinaria y singular la forma en la que, de un vacío absoluto, algo tan abstracto como la luz se mezclaba en el cielo. Sin duda alguna pude sentir cada uno de los colores impregnados en mi pecho como si yo tambien formara parte de aquella maravillosa vista mientras otros muchos se mantenían durmiendo ajenos a la majestuosidad. Los amaneceres españoles fueron otra de las muchas cosas que me hicieron sentir en casa.

Nuestros pies avanzaron distendidos mientras que recorríamos con la mirada los distintos puestos y tiendas que conformaban la calle. Chaerin hizo un gran trabajo traduciendonos cada uno de los carteles que lucían en el exterior para que pudiéramos hacernos una idea de qué tipo de locales visitabamos. Nos detuvimos en una panadería, una papelería para comprar postales de recurdo y, por último, una droguería. Sí, como lo oyen. Aunque en ese tipo de tiendas lo último que vas a encontrar son drogas o cosas de ese tipo. En su lugar, en las drogerías españolas vendían jabones, productos de limpieza y todo tipo de perfumes o sales de baño aromáticas. Nada más entrar, un intenso pero agradeble olor a lavanda me inundó los pulmones. Decidimos que separarnos por parejas sería la mejor opción para recorrer aquel amplio local y así lo hicimos. Junto a Taehyung, llegamos a la zona de champús y acondicionadores para pelo. 

—¿Has olido este? ¡Es de lima! —me dijo entusiasmado a lo que solté una risa y acerqué la nariz al bote que sostenía.

—Sí, huele increíble —asintió.

Bastaron minutos para que entre los dos hubiéramos olfateado todos y cada uno de los botes de champú en los estantes.

—¿Vas a quedarte alguno? Todos huelen de maravilla —me lamí el labio inferior, indeciso.

—Me gustó el de cereza, pero es demasiado abrumador si lo respiras por un tiempo.

—¿Qué opinas de este? —me tendió, posiblemente, el único frasco que me quedaba por oler.

—Creo que acabo de enamorarme de una fragancia —Taehyung se rió, tendiéndome el bote para que me lo llevara—. ¿De qué es?

—Mandarinas.

—Oleré a mandarinas entonces. —Y tras habernos reunido con el resto, seguimos nuestro recorrido.

Tenía una pregunta. ¿Acaso se puede ser más feliz que en ese momento donde observas a todos tus seres queridos disfrutar juntos? La duda siempre estaba presente, pero en ese momento mi corazón me decía que había conseguido todo lo que alguna vez de pequeño deseé. Bueno, el amor aún era un caso perdido, pero aún así la vida me había enseñado a apreciar lo que tienes, a no pedir más antes de dar gracias, a que la ambición y el deseo humano era el punto débil de las personas. Todo lo que tiene necesidad es manipulable, así lo decían y era verdad.

Por eso dejé que el simple momento de la cena, reunido con el resto de estudiantes, me llenara por completo. Las bromas eran lanzadas al aire como los pétalos de una flor que, al caer al suelo, la tierra era bendecida con una capa de gracia. Si la alegría tuviera aroma propio, ahora mismo lo estaría respirando. Incluso en lo más profundo de mi cabeza sentí que así era en el momento en el que el moreno me dió a oler el bote de champú. 

La gente es feliz cuando no se siente amenazada o bajo presión, y rodeado de personas sonrientes que se comunican entre ellas con el fin de dejar una pequeña parte en cada uno de los presentes es inevitable no sentirse a salvo. 

La cena terminó entre risas aún cuando el sol no se había escondido por el horizonte. Y es que ese día, al ser nuestra última noche –mañana a primera hora los autobuses vendrían a recogernos para llevarnos al aeropuerto– los profesores habían contratado una especie de ruta nocturna que nos revelaría algunos de los secretos y leyendas que se escondían en las sombras donde la luz del alumbrado no llegaba a iluminar. La excitación y el terror de andar de noche por unas calles que no conocía me mantuvo inquieto durante todo el día. ¿O tal vez fue el altercado con Yugyeom?

En serio, a veces llegaba a pensar que nací con una maldición encima que hacía mi existencia miserable incluso cuando nada podía salir mal. Y os preguntaréis que pintaba Yugyeom en todo esto. Yo también me hice esa pregunta cuando, tras la hora de almorzar, fui a dar un paseo no muy lejos del hostal y me encontré con el rubio que había salido por un motivo similar. Aprovechamos que ya estábamos juntos para seguir andando y comentar las diferentes cosas del viaje. ¿Y Yugyeom? Ahora iba a ello.

—El Dr. Dobaran fue impresionante. Su manejo en el campo de la física y su manera de explicar las teorías estuvo realmente claro —hablaba Jimin en relación a la conferencia—. ¿Y su pronunciación en coreano? ¡Debió trabajar muy duro para aprender nuestro idioma!

Lejos de preocuparme en hacer funcionar los mecanismos en mi cabeza para entender la cuerda de palabras científicas que soltaba y que estaba seguro que no lograrían causarme más que un dolor de cabeza, me concentré en su voz. El movimiento de sus labios carnosos al abrir y cerrar la boca y la manera sensual en la que la nuez en su garganta subía y bajaba cuando soltaba una risa era hipnótico. Al estar mirando su boca, fue imposible evadir la vez que lo besé a la fuerza en un estado de delirio y un repentino ardor se acumuló en mi rostro. Sonrrojarme era algo de lo que no estaba muy acostumbrado a padecer. En las situaciones más vergonzosas o acalorantes era capaz de mantener la calma de cierta manera para que no se presentara de forma física como un sorojo y me dejara completamente al descubierto. Pero es que yo estaba tan perdido por Jimin y aquel beso... Deseaba que se repitiera.

Fueron sus pupilas avellanas mirándome directamente las que me hicieron viajar de vuelta al mundo real y hacerme tragar saliva.

—¿Qué pasa?— pregunté al habernos detenido sin ningún sentido mientras su ceño se fruncía poco a poco.

—Me ha parecido que alguien te llamaba.

—¿A mí? —ahora eran mis cejas las que se juntaban.

—¡Jungkook! —esa vez si lo oí.

Girando el rostro a la vez, Jimin y yo miramos a nuestra izquierda donde un amplio boulevard daba paso a una pequeña fuente en el centro, rodeada de árboles y pasto verde. Yugyeom se encontraba a unos pasos de nosotros con su mano en alto mientras caminaba decidido hacia nosotros. Sin tiempo a reaccionar, el menor nos había alcanzado hasta pararse a mi lado con una sonrisa enorme.

—Jungkookie, me alegra verte —dijo, para depositar un rápido beso en mi mejilla que me descolocó por completo.

—Yug, ¿Qué haces aquí?— pregunté confundido. Sus ojos se aflojaron junto con su sonrisa pero sin llegar a borrarse del todo. 

—Viaje de investigación, ya sabes, las chorradas que mandan los profesores hoy en día con la excusa de cogerse unas vacaciones mientras trabajan —comentó. Y fue entonces cuando noté que había algo mal con él porque Yugyeom nunca hubiera opinado así frente a un profesor si no fuera porque le pasaba algo.

Un poco incómodo por lo cerca que estaba de mi cuerpo, di un paso atrás y observé a Jimin de reojo.

—Entiendo —fue lo único que alcancé a decir.

No era como que las cosas estuvieran mal entre nosotros, pero ya no podía decir que aún había una llama dentro de mí que me consumía entero cuando lo veía. Aún seguía encendida, pero ahora era más pequeña.

—¿Y tú que haces por aquí, amor? —Extraño.

—Una conferencia científica. Bastante interesante, ¿no, Jeon?

Jimin mantenía una expresión seria que dirigía completa y exclusivamente a Yugyeom a pesar de que una mueca exagerada –suponía que era un intento de sonrisa– avarcaba el diámetro de su boca.

—Sí, estuvo bien... —me sentí acorralado.

—Dime, Kookie, ¿has probado los churros que venden aquí? ¡Son tan deliciosos! Casi tanto como tú — Yug me guiñó el ojo descaradamente, rodeándome la cintura con el brazo. Me pareció escuchar a alguien soltar un bufido a nuestro lado pero no me atreví a mirar por temor a encontrarme algo que no quería ver.

—Deberíamos regresar, Jungkook, ya llevamos mucho tiempo fuera— esta vez sí lo miré. Y cuando iba a asentir, Yugyeom ejerció más fuerza en el agarre.

—Lo siento, Sr. Park, Kook y yo tenemos un asunto pendiente.

—¿Un asunto?— el rubio no parecía dispuesto a ceder. Era como que ambos se encontraban en una pelea territorial de la que no tenían pensado abandonar.

—Una cita. —¡No estaba entendiendo nada!

—¿Es ese el caso? —cuestionó el mayor de los tres.

La situación se estaba descontrolando. ¿En qué momento el pelinegro empezó a ser tan abierto respecto a nuestra relación? ¡Y más con mi profesor! Estaba perdiendo los hilos de lo que hacía o sentía y todo aquello se debía a lo rápido que el bombardeo de mi órgano me dejaba saber que estar entre aquellos dos era peligroso para mi salud. Mi primer amor y mi actual romance. Jimin y Yugyeom. Y si no fuera porque era imposible, diría que ambos estaban peleándose con la mirada por tenerme. Imposible.

Lo que ya no era producto de mi imaginación era la decisión que debía de tomar. ¿Yugyeom o Jimin? ¿Jimin o Yug? Tan difícil... ¿Ven cuando digo que solo estas cosas me pasan a mí? ¿Qué probabilidad había de encontrarme al menor en Barcelona? Odiaba mi destino, realmente lo detestaba. 

Me había perdido tanto en mi enjambre de pensamientos que no fui cosciente de cuando un nudo en la garganta comenzó a dejarme sin respiración.

—Sí. —Dije sin control ni sentido.

De lo que vino después es historia. Observé a Yugyeom sonreírle al mayor antes de que me dijera algo que no escuché porque mi atención apuntaba en dirección al rubio. En un zas de segundo, una sombra se deslizó entre sus pestañas. ¿Esperaba una respuesta diferente? ¿Por qué siempre tenía que cagarla con quienes menos lo merecían? Lo peor era que Jimin  podría pensar que Yug y yo nos encontrábamos en una relación y entonces todas mis oportunidades se deslizarían como granos de arena entre mis dedos. Ya nos había encontrado una vez en una situación un tanto indecente en la universidad y ahora esto. Tenía más que motivos suficientes para creer lo que no era. Pero, aún así, lo más probable era que no le importara en absoluto.

Cuando Yugyeom me alejó del callejón hablándome de un millón de cosas de las que tampoco podría nombrar ninguna porque no oí, su presencia seguía notándose a nuestra espalda. Evité girarme, no quería mirarlo y confirmar que, efectivamente, aquel destello de celos en lo más profundo de su retina solo había sido mi imaginación jugando conmigo y él se alejaba de nosotros con el viento siendo tranquilo. 

Así fue como lo dejé allí, sintiéndome un completo idiota cuando vi a Yugyeom mirar por encima de su hombro y sonreía hacia atrás con la prepotencia moviendo sus facciones. Había elegido a la persona equivocada, lo sabía, y aún así no fui capaz de darme la vuelta y regresar por donde había venido. Aquel dato se me recordó durante las próximas horas cuando recibió una llamada de Jisoo y se pasó hablando con ella todo el tiempo que estuvimos juntos.

Con la decepción encima, regresé al hostal. Volví solo y dolido. Le había dicho al menor que me encontraría con unos amigos a unas calles de distancia y él no se molestó. Más bien, creo que ni llegó a prestarme atención cuando se lo dije, porque seguía hablando por teléfono y solo me dedicó un sutil tarareo en despedida. Obviamente, no hubo más compañía a lo largo del retorno que mis propios pensamientos y la carretilla de estrés que arrastraba.

Jimin no me miró a la cara en toda la cena, y la falta de su perfume rondándome alrededor o su dulce sonrisa dejándome atontado comenzaba a afectarme. En su lugar, tan solo me quedó llenar el silencio con suspiros y dejarme torturar internamente por mis decisiones.

Nos abrigamos hasta las orejas antes de lanzarnos a las calles nocturnas de Barcelona como último recuerdo de la ciudad. Llegué a la conclusión de que ya me preocuparía cuando estuviéramos de vuelta en Corea sobre Jimin o Yugyeom y todos los problemas que parecían encontrar cobija a mi alrededor. Por el momento, trataría de disfrutar del poco tiempo restante que me quedaba, aún si eso implicaba dejar de sentir absolutamente todo.

Cómo habíamos estado haciendo hasta ahora, el guía –que solo hablaba español y que Chaerin se encargó de traducir– nos contó varios de los misterios más interesantes que se escondían por las callejuelas mientras que paseábamos absortos mirando las fachadas y ventanas iluminadas por las farolas. Fue un recorrido largo pero interesante. Un gran cierre que darle a nuestra excursión.

Cuando minutos más tarde regresábamos a nuestro lugar de alojamiento con el fin de dormir una última noche más, inconscientemente terminé caminando de los más retrasados del grupo junto a Caín y alguno de los chicos que estuvieron en los juegos de la noche anterior y, para el colmo, los profesores habían decidido que sería el rubio quien iría el último para asegurarse de que ninguno se desviaba del camino.

Caín mantenía una altiva conversación con el resto de personas que no fui capaz de seguir y por ello me retrasé aún más, quedándome escasos pasos por delante de él. De mis labios surgió una nube de vaho denso. Estaba cansado por el viaje y no recordaba la última vez que dormí en mi propio colchón, a miles de kilómetros.

Si me preguntaran, volvería a repetir aquella aventura sin dudarlo ni un instante. La conexión con la tierra fue inmediata, y también creía que sería duradera. Por otro lado, el tema de compartir habitación y el resto de actividades con otros habían supuesto mayor esfuerzo del que llegué a pensar. Nada más llegara a mi departamento, me daría una larga ducha sin temor a que alguien entrara.

—¿Te ha gustado?

No pensé que se dignaría a hablarme, pero no iba a ignorarlo tampoco.

—¿De qué hablas? —le pregunté a Jimin de vuelta.

—Del viaje, la ciudad, las actividades... un poco de todo. —Sin querer mirarme de frente, sus ojos estaban fijos en el cielo estrellado.

—Ha sido divertido, sí— me tomé unos segundos para recordar cada detalle de la excursión—. ¿Qué hay de ti?

—Podría haber sido diferente, pero ha estado bien. —De pronto, una sonrisa triste se formó en su rostro.

—¿A qué te refieres?— por fin me miró. Y lo que menos esperaba era que una expresión tan seria pero calmada dejara entrever un miedo profundo al final de sus pupilas.

—Hoy... ha aparecido una puerta nueva frente a mí de la que no sé dónde buscar la llave.

—¿De qué se trata?— soné despreocupado, con el impulso nervioso recluido en mi interior.

A partir de esa pregunta, aparecieron largas pausas pensativas a lo largo de nuestra conversación.

—Es algo extraño, como si hubiera una amenaza de la que no puedo defenderme —comenzó a hablar.

—¿Esa amenaza es algo que tiene que ver con otros?

—Sí.

—¿Alguien a quien aprecias?

—Sí. —Asintió.

—¿Esa persona corre algún riesgo?— esta vez titubeó un poco antes de contestar.

—No, no lo creo. —Negó.

—A ver si he entendido algo. Hay una amenaza que tiene que ver con otros pero que no supone ningún daño a esa persona, ¿Voy bien?— él movió la cabeza en asentimiento—. ¿Esa persona está haciéndote daño?

—¡No!— su voz salió tan enérgica que me hizo dar un respingo en mi lugar—. No es nada de eso, solo... —se mordió el labio.

—Está bien, Jimin, no tienes porque hablar si no quieres.

Hay que ver las cosas que hace uno por amor. Las diferentes caras que puede tener una persona para satisfacer a otra que aprecia. Yo me moría de ganas de que él se abriera a mí, que me mostrara un poco de su mundo y de sus preocupaciones como yo había hecho últimamente. Y decirle que estaba bien guardar silencio... quise golpearme en la cabeza.

—¿Crees que contármelo te servirá de algo?— ante su silencio y el hecho de que no dejara de recorrer mi rostro en su totalidad con los ojos, volví a hablar.

—¿Con quién sino podría hablar de esto?— soltó una risa que me supo más bien amarga —. Jungkook, eres mi alumno y yo, tu profesor— asentí sin entender demasiado—. Y como tal debería de preocuparme por tu bienestar académico, nada más— sus manos comenzaron a moverse para tratar de expresarse tambíen con el cuerpo—. Pero, ¿Por qué resulta tan difícil cumplir con lo que está bien?

—¿Por qué es difícil? ¿Acaso he hecho algo mal...?

—No, claro que no— negó y se quitó las gafas para frotarse el puente de la nariz—. Tú no has hecho nada malo, Jungkook, el problema es conmigo.

—Dime lo que está mal y trataremos de resolverlo.

Pedí una respuesta. En su lugar, recibí una leve sonrisa afligida que no entendí.

—No debería haberme sentido así cuando te vi con tu novio —dijo al fin, cuadrando las piezas de un puzle que ya me temía.

—No es mi novio. Él no... Es complicado, pero no es mi novio— aclaré.

—¿Y los otros que dijo el idiota de la fiesta?— se refería a Jaeyong. No pudo contenerse, y aquella preguntas nos sorprendió a ambos—. Perdón, yo no-

—No, tienes razón— decidí contestarle—. ¿Qué es lo que quieres saber?

—¿Por qué lo haces? Me refiero, ¿No te molesta tener relaciones con personas diferentes?

—No cuando te acostumbras. Uso el sexo para despejar mi cabeza. —Sus labios se fruncieron disconforme con mi respuesta.

—Existen otras formas de evadirse.

—Lo sé.

—Puedes hacer ejercicio o pintar —sugirió.

—Entiendo. —No sabía qué decir. 

—No lo hagas más. —Y, de un segundo a otro, parecía ser una persona dolida la que hablaba.

—¿Por qué?

—Me hace sentir...

—¿El qué, Jimin? —Se calló.

Mi corazón parecía que iba a salirse de mi pecho de un momento a otro. Una parte de mí sabía la respuesta, o creía saberla. La otra solo me decía que era improbable que aquel ser angelical pudiera sentir celos en alguien como yo, que estaba más que corrompido.

Jimin me observó con el pavor de confesar un gran secreto en voz alta que instantáneamente detonaría en caos. Lo entendí y respeté su silencio, porque forzarlo a hablar no iba conmigo. Así que, sabiendo que aquella última noche en Barcelona no pegaría ojo con la incertidumbre aportando insomnio, anduvimos un rato más en silencio para alcanzar al grupo que se había adelantado en llegar al hostal y nos deseábamos unos a otros las buenas noches ya dentro del edificio, resguardados del frío.

—Jungkook —fui a subir las escaleras cuando él me llamó, deteniéndome en seco—, ¿Estamos bien?

—Sí, más que bien —la sonrisa en mi rostro pareció aflojar varios músculos bajo su piel—. Buenas noches, Jimin.

—Descansa.

Fue una deprimente predicción acertada cuando la pantalla de mi teléfono desprendió un brillo bajo al encenderla y comprobar que, una vez más, el misterio por desvelar me llevó a permanecer despierto a la 1:56 de la mañana. Una combinación numérica que me resultó extrañamente hermosa, como la cercanía que poco a poco mi relación con el rubio iba creciendo.

¿Qué era lo que Jimin sentía en realidad?




Nuevo capítulo!

Un dato curioso es que, el primer día que comencé a escribir este cap me puse a darle vueltas y vueltas para poder ponerle un título al capítulo y no lo encontré. Entonces miré mi teléfono y me di cuenta de que era la 1:56 de la madrugada y pareció que algo en mi cabeza hacia un "Clik" cuando ya había decidido que aplicaría aquel número como título.

Espero que les haya gustado y muchas gracias por leer!

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