
•02•
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YoonGi rascó su nuca algo incómodo. ¿Qué haría con este chico que se creía un verdadero genio?
Las horas habían pasado y solo había conseguido que el chico se calmara mostrándole animaciones en la televisión. Dicho tiempo en que el mismo se la había pasado preguntando como niño pequeño que era cada cosa y de qué estaban hechos. Admitía que era alguien enigmático y algo... ¿tierno?
Algo cansado de ver caricaturas, cambio de canal a un programa de cocina que estaban dando. Estaban preparando unas deliciosas brochetas de cordero. Con algo de hambre su estómago llamó la atención del rubiecillo y de inmediato se sintió algo avergonzado. Ji Min le regaló una sonrisa, gateo por la alfombra y se acercó hasta las rodillas del pelinegro, quien le miró algo sorprendido.
— ¿Quiere algo de comer amo? Puedo traérselo. Solo diga, "yo deseo..." —le animó con una sonrisa. YoonGi resopló.
— ¿Y gastar un fabuloso deseo por unas brochetas que puedo comprar en la equina? No gracias. —dijo sarcástico. — Toma, ve lo que gustes. —le indicó, dándole el control remoto.
Se levantó en dirección a su habitación, buscó algo de ropa limpia, pues aún andaba en pijama a la una de la tarde y se pensó muy bien si entrar a bañarse con su... "invitado" en casa. Miró por el pasillo, echándole un vistazo al de rubios cabellos aún sentado en su alfombra mientras experimentaba con el control remoto en sus manos. Estaba realmente entretenido pasando los canales con asombro y tocando la pantalla de vez en cuando. Una ligera sonrisa curvó sus labios al ver como intentaba hablarles a los cachorros de un programa que estaban pasando en uno de los canales. Se recompuso y entró rápido a bañarse.
Diez minutos después se hallaba cambiando y buscando sus llaves por todos lados. Rebuscó entre su ropa sucia, entre las sábanas, bajo la almohada, pero éstas no aparecían por ninguna parte. Caminó a su sala y comenzó a buscar nuevamente, levantando los cojines del sofá y entre los recovecos del mismo. El joven rubio lo vio ir y venir de un lugar a otro entre bufidos y bajas maldiciones. Se levantó y anduvo tras él como una sombra.
— ¿Necesitaba algo amo? —le preguntó, cuando el susodicho dio la vuelta y chocó contra él. La boca del pálido rozó levemente su nariz y le hizo soltar una breve risita. YoonGi se sonrojó ante la falta de respeto hacia su espacio personal, dio un paso atrás y aclaró su garganta.
— Yo... Busco mis llaves. —contestó. — ¿Tú las has visto?
Ji Min llevó uno de sus dedos hasta su boca y su cabello se volvió gris, echó un rápido vistazo a la sala, caminando algunos pasos y chasqueó sus dedos al dar con su objetivo. Se dirigió hasta el baúl de madera en el suelo, se agachó hasta éste, buscó entre las cosas allí y pronto dio con el juego de llaves en el fondo. Con una enorme sonrisa en su rostro, el ahora pelirrosa se levantó y caminó de vuelta hasta, YoonGi, quien se encontraba de brazos cruzados, observando escéptico la escena. Ji Min extendió su mano dándole las llaves.
— Aquí están amo. —sonrió mas haciendo sus ojos desaparecer.
— ¿Cómo supiste que estaban ahí? —le preguntó boquiabierto. Mas levantó su dedo índice callando al pelirrosa antes de que hablase de magia nuevamente. — Olvídalo, no quiero saber.
YoonGi guardó su teléfono, billetera y las llaves en sus respectivos bolsillos y se encamino hacia la puerta, pero al tener la mano en la perilla de ésta, recordó que había alguien más en su casa. ¿Era buena idea dejarlo solo en su casa? Después de todo, era un extraño. ¿Por qué aún no se iba a su propio hogar?
— ¿Quieres venir? —le preguntó un poco dudoso. Ji Min asintió varias veces con su cabeza alegremente. Iba a acompañarlo hasta la puerta cuando el pálido noto algo mas y lo detuvo. — Espera. No sé si sea buena idea que salgas vestido así. —sugirió, señalando sus ropas.
— ¿Qué tiene mi ropa amo? —indago algo curioso e inocente, en tanto se miraba así mismo, tocando su atuendo con sus manos.
— Te dije que no me llames así. —le empujó levemente mientras rodaba los ojos y regresaba a su habitación. Ji Min lo siguió de cerca. — Soy YoonGi. Dime, YoonGi, ¿de acuerdo?
— De acuerdo... Amo YoonGi. —susurro algo juguetón y sin malicia.
YoonGi le dedicó una mirada entornada en advertencia. Pero el pelirrosa sólo se encogió de hombros con aire inocente. El pálido abrió una de sus cajoneras de nuevo y saco de allí una mudada de ropa deportiva que pocas veces usaba, no sólo por que pocas veces hacia deporte, sino porque los pantalones eran una talla más grande, su cintura era demasiado pequeña y sus piernas muy delgadas para llenarlo. Dejó la ropa sobre su cama y se giró para ver al contrario.
— Usa esto. Te servirá más que a mí. No sería bueno que alguien te moleste por andar vestido así por las calles. —le indico, mientras caminaba fuera del dormitorio para dejarle a solas.
Pero cuando se giró antes de salir para avisarle que lo esperaría afuera, se sorprendió al ver que el pelirrosa ya se encontraba desvistiéndose. Su camisa estaba sobre la cama y sus manos ya estaban en la cinturilla de sus pantalones bombachos. Carraspeó algo apenado atrayendo su atención antes de que el contrario los bajase. Ji Min le miró atento y YoonGi rasco su nuca como cada vez que se encontraba nervioso antes de hablar.
— Yo... Te, te espero afuera. —mencionó dándose la vuelta y retomando su camino al exterior de la habitación entre bajos siseos.
Ji Min asintió sin mayor problema y continúo desvistiéndose. Se puso la ropa que le habían indicado y finalizo doblando perfectamente su traje para dejarlo en una esquina de la cama. Con suave andar, regreso hasta encontrarse con el dueño de sus, "extrañas pero muy cómodas ropas"
— Bien, andando.
Ambos salieron del apartamento, YoonGi cerró perfectamente y le hizo una señal al, -hasta ahora temporalmente pelirrosa- para que lo acompañara en dirección a los ascensores. Su apartamento se encontraba apenas en el segundo piso, pero pocas veces utilizaba las escaleras. Era preferible ya que evitaba encontrarse con los hijos de sus vecinos que siempre jugaban en estas dejando juguetes tirados o tapando el paso. Aunque no podía evitar encontrarse de vez en cuando con sus pesada vecina del apartamento 232.
— ¡YoonGi oppa! —la castaña entro al ascensor, saludándole con un breve beso en la mejilla e ignorando por completo a la otra persona en el ascensor.
Soo Miyeon.
Una chica bella, pero algo fastidiosa vecina universitaria que siempre se la pasaba averiando sus tuberías para hacerlo subir hasta su departamento y distraerlo con sus mil y un relatos de sus fracasos amorosos, exámenes, etc. Reiteremos, YoonGi no era precisamente alguien paciente pero intentaba no ser duro con la chica, puesto que aunque a veces le incomodaba con sus "discretas lanzadas", era amable y siempre que podía le llevaba algo de comida no preparada por un microondas. Además de que vivía lejos de su familia, estaba sola en la ciudad por sus estudios y él sabía bien lo que era la soledad.
— ¡Que bueno que te veo! Mi regadera a estado fallando estos días. ¡Me he bañado con agua helada hoy! Mira. —dramatizó acercando su mano a la de YoonGi, mostrándole que aún estaba algo fría. Pero al darse cuenta que le había sujetado su mano sin permiso ni educación, se ruborizó y río con nerviosismo. — Yo... L-lo siento. —balbuceó entre risas.
— No pasa nada. —le tranquilizó. Pero de inmediato notó algo también; Miyeon ni siquiera había tomado en cuenta al chico pelirrosa a su lado. — Ji Min, ella es Miyeon, mi vecina. —le susurró, para que este se presentara, sin embargo, Ji Min no hizo ningún movimiento.
— ¿Disculpa? ¿Me llamaste? —preguntó la chica al escucharlo susurrar, mas no había entendido a quien le hablaba. YoonGi estaba por presentar al chico cuando el sonido del ascensor les distrajo y las puertas se abrieron. — Oh... ¡Te veo luego YoonGi oppa! ¡Debo preparar una exposición importante! —exclamó, mientras salía disparada a la salida del edificio.
YoonGi se encogió de hombros y miró al ahora pelinaranja tras de él. En cuanto sus ojos se encontraron, su cabello regresó al rubio rápidamente. Quiso preguntarle, ¿Qué significaba ese color? Pero en lugar de eso le llamo para que le siguiera.
El rubiecito estuvo algo callado durante el trascurso. Llegaron hasta un pequeño bar/restaurante a un par de calles de su edificio, entraron y se sentaron en una de las mesas pegadas a los ventanales cristalinos con vista a la calle. En cuestión de minutos, una joven mesera se acercó a dejar la carta amablemente y se retiró un momento en lo que decidían que pedir. YoonGi suspiró con fuerza mirando los platillos y sonrió al ver que aquellas brochetas de cordero que se le habían antojado estaban en el menú de ese día. Cuando éste levanto la mirada hacia su acompañante, pudo darse cuenta que el joven de cabellos rosas le miraba atentamente sin siquiera haberle echado un ojo a la carta, pero lo extraño es que ni siquiera tenía una carta... ¿La chica habría olvidado darle una carta?
— Ji Min... ¿Cierto? —le llamó. Aunque estaba un poco distraído tratando de recordar que significaba el rosa. Rosa=Alegría. Ji Min le miró sonriente. — ¿Estás, feliz? —le preguntó. El pelirrosa asintió, recargando su mejilla en su mano, con el codo puesto sobre la mesa. — ¿Por qué? —indagó curioso.
— Porque hace mucho no salía amo... —miró a su alrededor con asombro. — Muchas cosas han cambiado desde la última vez. —susurró nostálgico, pero su cabello seguía en rosa. Una feliz nostalgia. YoonGi le miro con interés, "la última vez..."
— ¿Hace cuánto no salias? —inquirió, poniendo su carta a un lado y mirándole atento. Ji Min pareció pensarlo un momento.
— ... Treinta años, creo. —susurró. YoonGi le miró escéptico.
¿Seguirá jugando?
— Ok... ¿Cuántos años tienes? —dijo, en ese instante, la mesera volvió hasta su mesa.
— ¿Desea ordenar ya? —preguntó con una sonrisa. Esta vez YoonGi no pasó desapercibido la falta de educación por parte de la joven al ignorar a chico frente a él. Sin embargo continuó.
— Comeré las brochetas y una cerveza oscura por favor. —murmuro. La chica apuntó rápidamente. YoonGi algo exasperado indagó por su cuenta. — ¿Qué quieres comer Ji Min?
— ¿Disculpe? —dijo la chica, al creer que le había hablado a ella y no había escuchado bien.
— ¿Qué ordenaras? —le dijo a Ji Min, pasándole su carta.
El pelirrosa le miró, parecía ocultar algo. La chica observó un poco extrañada como el pelinegro extendía el menú hacia un sitio vacío en su mesa.
— ¿Señor? —balbuceó ella, con un toque de preocupación. YoonGi le miró de mala gana.
— Aún no ordena, ¿puede esperar? —le pidió bruscamente.
— ¿Pero...?
— Que no escu...
— Ella no puede verme, amo. —susurró de nuevo el rubio interrumpiéndoles y ganándose una autentica mirada desconcertada del pálido.
— ¿Qué?
Ji Min se levantó del asiento, se acercó a la chica y pasó su mano frente a los ojos de ella, quien ni por un segundo se inmutó y seguía mirando solamente a YoonGi.
— ¿Lo ve?
YoonGi no podía creerse lo que pasaba. ¿De verdad todo el mundo podía estar confabulando con ese tonto de Hoseok para aquella broma tan absurda?
El rubio regreso a su lugar, regalándole una sonrisa al contrario, quien a pesar de verse algo molesto, continuaba estático y callado. La chica se marchó ligeramente asustada por donde había llegado. Ji Min volvió a sonreír con empatía.
— Aún no me cree, ¿cierto?
¿Cómo creer en algo tan extraordinariamente ridículo? Negó despacio con su cabeza.
— ¿Quieres que crea que nadie aquí excepto yo, puedo verte y estar contigo? —farfulló.
— ¿Cómo puedo convencerle? —preguntó.
YoonGi trago saliva y se removió incomodo en su asiento, mirando hacia los demás comensales. ¿Por qué de pronto se sentía nervioso?
— ... Muestrame. Demuéstralo. —susurró muy bajo.
— ¿Cómo?
— Haz algo... lo que sea. Solo muéstrame y te creeré. —su respiración se había agitado.
¿De verdad estaba pensándose creerle?
— Pida un deseo, y yo lo cumpliré. —susurró.
YoonGi miró una vez más a las personas a su alrededor relamiéndose los labios mientras pensaba algo lo sufientemente bueno y milagroso para que Ji Min no fuese capaz de cumplirlo y por fin atraparlo en sus mentiras. Suspiró pesadamente antes de volver la mirada a chico peligris frente a él y murmurar...
— Deseo...
— "Yo deseo..." —se apresuró a corregir. YoonGi bufó, rodando los ojos.
— Yo deseo... Saber que fue de mi madre y en dónde está... Si realmente eres un genio... Dímelo. Haslo. Muéstrame. Trae a mi madre conmigo. —murmuró, su expresión era seria y casi podía escucharse el trinar de sus dientes al apretar con fuerza su mandíbula.
Ji Min le miró atentamente, mordió sus labios algo nervioso y con lentitud, estiró su mano sobre la mesa para tratar de alcanzar la del contrario. YoonGi se sobresaltó un poco al ver como el peligris le tomaba y unía sus manos. Mas no se movió un centímetro. A pesar de todo, la mano del joven era suave y eso se sentía extrañamente, cómodo. Ji Min apretó el agarre de sus manos y se quedó un largo tiempo mirándole en silencio. Al pasar algunos minutos más así, el cabello de Ji Min se volvió castaño oscuro y con un pesado suspiro, soltó la mano de YoonGi desilusionado.
— Yo… No, no puedo traerla. —musitó. YoonGi negó con la cabeza y una sonrisa victoriosa surcó sus labios.
— Lo sabía.
Otra señorita apareció a su lado, dejando en la mesa su pedido, al parecer la anterior mesera no había querido hacerlo por su cuenta. La señorita se despidió con un simple asentimiento y susurrando un "que lo disfrute", antes de irse. YoonGi le miró irse y fue entonces que llevando la botella de cerveza a su boca, con molestia masculló:
— Eres un fraude Ji Min. ¿De verdad creíste que me engañarías? —añadió con arrogancia, mientras le daba otro largo trago. Los ojos de Ji Min se llenaron con decepción y bajó su cabeza castaña.
— … Lo siento. No puedo traerla... Pero sé dónde está. —musitó, levantando su rostro, el cual parecía estar realmente conmovido. YoonGi no creía hasta donde quería llegar. Sonrió con un claro sarcasmo y se cruzó de brazos.
— ¿A sí? Y según tú, ¿Dónde? —le preguntó.
Ji Min miró de nuevo hacía sus manos, las cuales se encontraban bajo el mantel de la mesa y luego levanto la vista hacia las demás personas en el lugar antes de mirar hacia la puerta de salida.
— Debe acompañarme. —dijo con voz baja, pero sin una pizca de duda.
¿Por qué estaba escuchándolo?
Él quería dejarlo ahí e irse. Pero también, algo lo obligaba a mantenerse allí. Respiró con fuerza, miró el ahora helado platillo frente a sí, el hambre se le había ido, pero no gastaría en vano su escaso dinero. Comió sin ganas, ignorando como todos los demás al chico castaño de cabeza gacha en el asiento contrario y al finalizar pidió la cuenta, pagó y se puso de pie para salir de aquel lugar de locos. Ji Min se quedó ahí sentado en silencio. Con algunas lágrimas queriendo salir rebeldemente cuando escucho un:
— ¿Vendrás o qué? —indagó con voz demandante el pelinegro. Ji Min giró a verle algo confundido. Pero al ver que era en serio, se levantó y fue hasta él para irse.
…
YoonGi comenzaba a irritarse nuevamente. El peligris le había traído caminando por casi media ciudad sin darle algún dato del supuesto lugar en el que se hallaba su madre. Eran más de las cinco de la tarde y la temperatura había descendido algunos grados. Se apretó un poco más a su chaqueta con los brazos cruzados. Ciertamente había llagando un punto en el cual ya ni siquiera reconocía el paisaje. ¿Seguían en la ciudad?
Tras caminar algunos minutos en completo silencio, la curiosidad le hizo romperlo.
— ¿A dónde se supone que vamos? Esto es ridículo... ¿Por qué rayos estoy siguiéndote? Ni siquiera te conozco… —refunfuñada.
— Falta poco.
Susurro simplemente. Y no dijo otra palabra más por otro largo rato, el pálido creyó que había sido más fácil tomar un taxi que caminar, pero Ji Min se negó, ya que no sabría explicarle a donde dirigirse. El sólo estaba siguiendo aquella difusa conexión. Los pies de YoonGi estaban comenzando a doler y nuevamente volvió a hablar.
— ¿Siquiera sabes a dónde vas?
— No.
— ¡¿No?! —exclamó con sorpresa. YoonGi se adelantó para detener en seco al rubio por los hombros. Pero antes de que pudiera seguir cuestionándole, Ji Min sonrió levemente.
— Es aquí. Llegamos.
YoonGi dejó caer sus brazos, soltando al contrario y despacio, se giró para ver tras de sí. Su expresión era indescifrable, pero entre todos los sentimientos revueltos en su rostro, la confusión reinaba. ¿Por qué le había llevado a un cementerio?
— ¿Qué significa esto? ¿Qué hacemos aquí? —murmuró. Pero no obtuvo una sola respuesta. Se giró de nuevo esperándola pero se dio cuenta que se encontraba solo. — ¿Ji Min?
Le llamó y buscó con la mirada. Sus ojos fueron capases de divisar al chico adentrándose al lugar y no dudó en seguirle. Quería explicaciones. Quería saber por qué lo había llevado allí. A paso veloz corrió tras de él, pero no lo alcanzó. Corrió entre algunos caminos creados entre el espacio de las lápidas. Su razón esfumándose y sus latidos apresurados. Girando la vista hacia todos lados grito:
— ¡Ji Min! —sus manos en su cabeza, eso era una locura.
— Aquí… —susurró.
La voz de Ji Min se escuchó muy cerca. Cuando YoonGi le buscó, pudo ver como el castaño se encontraba a unas cuantas lápidas de distancia, observando con total atención una de ellas en el suelo. Levantando su rostro y sus miradas se conectaron un segundo antes de que Ji Min le llamase hasta él. De pronto, los pies y pulmones de YoonGi se habían vuelto plomo. Él no podía moverse o hablar, siquiera respirar… él no podía creer lo que estaba cruzando su cabeza. Se negaba.
Sus dormidas piernas reaccionaron y muy despacio se acercó al castaño. Pero al instante, estas flaquearon al mirar el nombre inscrito en esa tumba. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se puso de cuclillas al no poder estar un minuto más de pie. Puso sus manos en su nuca sobrellevando. Aquello era imposible. Ilógico. No era real. Ji Min bajó acercándose y puso su mano sobre la espalda del pelinegro intentando consolar su dolor.
— Lo lamento, amo YoonGi. —susurró con suave y pacífica voz.
Pero el castaño en su cabeza era símbolo de su compasión y tristeza. Ji Min estaba triste por no poder cumplir el primer deseo de su amo. Él no podía interferir con la muerte. YoonGi levantó su rojos y cristalizados ojos hacia la lápida luego de un buen rato, estirando su mano y tocando las letras impresas. No podía creer lo que sus ojos veían. Su madre, su dulce madre había muerto hace solo tres años. El sentimiento lo envolvió y fue incapaz de callar sus sollozos, aún con su mano en su boca. Se negaba. Era tan cruel. Tan injusto.
— ¿Cómo murió? –—balbuceó. El nudo en su garganta le dificultaba hablar correctamente.
— Amo…
— ¡DIMELO! —gritó, las lágrimas brotando con furia.
Ji Min mordió sus labios conteniéndose y puso su mano sobre la lápida.
Con tocar algo o a alguien, Ji Min era capaz de saber su pasado. Cerró sus ojos con tristeza y miró a los ojos contrarios lleno de esas memorias, tanto felices, como dolorosas de su madre.
— Tus abuelos. —comenzó. — Sus padres, no estaban de acuerdo con su matrimonio, su madre era muy joven cuando usted nació. —suspiró antes de continuar. — La obligaron a separarse. Ella jamás quiso lastimarlos, siempre los amó, nunca dejó de pensar un solo día, en su padre y usted. Murió, de tristeza. —añadió, sus ojos se habían cristalizado al ver el llanto desolado de su amo. Daría lo que fuera por no darle ese dolor.
Pero el daño estaba hecho.
…
Habían pasado un par de horas desde que habían tomado un taxi de regreso al apartamento de YoonGi y éste se encontraba callado, reticente, apartado. Sus ojos y nariz aún tenían un toque rojizo por las anteriores lágrimas, recostado sobre su sofá mirando el techo. Ji Min se encontraba a un lado del mismo, pero sentado en el alfombrado piso, abrazando sus piernas y mirando a la nada.
El antes mencionado le había permitido entrar nuevamente a su casa y allí se encontraban ambos en un sepulcral silencio. YoonGi exhaló sonoramente y se levantó del sofá, haciéndole voltear en automático al peligris. Sin decir una palabra, este se fue caminando por el pasillo hasta perderse al interior de su habitación. Ji Min se levantó también y le siguió unos pasos atrás. Sorprendentemente, el pelinegro no se había encerrado, la puerta estaba abierta y desde ésta el peligris podía ver al dueño de la casa tumbado sobre la cama, con los ojos abiertos y una expresión impenetrable. Ji Min caminó por la habitación y la mirada de YoonGi le siguió en silencio hasta verlo sentarse a su lado en la cama.
— ¿Cómo sabias que estaba ahí? —dijo, con la voz un poco más ronca de lo normal a causa del pasado llanto.
— Sólo lo supe. —musitó. Se movió un poco más arriba, hasta quedar recostado exactamente igual que hace muchas horas esa mañana.
YoonGi aspiró el suave aroma del contrario, sintiéndose extrañamente aliviado de no estar ese día solo en su hogar. Ji Min deslizó su mano un poco más cerca de la del pálido y éste al ver esa pequeña mano a la altura de la suya, reunió toda la fuerza en su desolado cuerpo sin energía para sujetarla con suavidad y convencerse de que aquel chico era real. Con su pulgar, acariciando su tersa piel y miró con resignación esos ojos avellana frente a él. YoonGi tenía tantas preguntas y no sabía por cual empezar.
— ¿Puedes abrazarme? —musitó.
— ¿Es un deseo? —indagó. YoonGi negó con la cabeza. Ji Min se acercó un poco más al pálido, permitiendo que éste se acurrucaba entre sus brazos.
— Si tuviera miedo de todo, ¿podrías creerme? —susurró.
YoonGi estaba tan confundido. Temeroso. Las comparaciones se habían vuelto su rutina. Siempre queriendo ser alguien mejor, impaciente y nervioso. No deseaba nunca más ser menospreciado, no deseaba más burlas. Deseaba algo por lo cual sentirse orgulloso alguna vez. Ji Min le abrazo hasta que se quedó dormido. Nuevamente el rosa había aparecido al ver más tranquilo a su amo. Se arrepentía por haberle causado tristeza a su corazón, pero él deseaba y merecía saber la verdad. Soltó una de sus manos y con cuidado apartó algunos mechones azabaches que cubrían sus ojos. El corazón del pelirrosa se llenaba al poder ver esos lunares en la pálida piel de su amo.
…
A la mañana siguiente, el primero en despertar fue precisamente, YoonGi. Sintiéndose avergonzado al ver el agarre posesivo que tenía sobre la cintura del muchacho a su lado. ¿Él realmente había llorado como un bebé y pedido que le abrazara? Quiso darse mil y un bofetadas por ello, pero lo cierto es que jamás en su vida había dormido tan cómodamente como lo había hecho la noche anterior. Miró a su acompañante, y aunque intentó resistirse, levantó su delgada mano para tocar aquel extraño y colorido cabello que cambiaba sin explicación aparente. Eran suaves, muy sedosos. Ni siquiera parecía haber sido teñido alguna vez.
¿A qué lejana y extraordinaria galaxia pertenecía ese chico?
Ji Min se removió con un leve gruñidito y entonces abrió despacio sus ojos. YoonGi jamás creyó ver algo así. Podía jurar haber visto un par de estrellas brillar al interior de sus pupilas, como si en ellos pudiera encontrarse la vía láctea. ¿Cómo era capaz de aquello con una mirada?
— Hola. —repitió con una sonrisa, al pálido incluso le parecía más melodiosa su voz al acabar de despertar. Esta vez, el pelinegro no cayó del otro lado de la cama.
— Hola. —respondió.
Se alejó un poco del joven genio y se río ligeramente al notar que el rosa cambió al castaño un segundo antes de volverse gris. Comenzaba a descubrir lo cambiante que era su humor y lo fácil que lo hacía comprender sus estados de ánimo. Miró el reloj a un lado de la cama, eran las 11:30 am. Vaya que había dormido bien. Se giró hacia Ji Min quien le veía como esperando una orden.
— ¿Quieres un café para que hablemos? —le invitó. Esta vez quería escuchar atentamente toda la historia. Quería respuestas. Ji Min asintió.
Ambos se levantaron de la cama por sus respectivos lados y luego de una rápida lavada de cara y dientes, salieron a la cocina. Nuevamente esa sensación de comodidad apareció. Una vez en dicha estancia, YoonGi hizo su rutina diaria con la cafetera, y se recargo de la encimera, observando atentamente al de rubios cabellos tomar asiento en uno de los bancos. ¿Qué pregunta debía hacer primero?
— ¿Te gusta el café solo o con leche? —se sintió algo idiota al preguntar aquello. Ji Min se encogió de hombros.
— Nunca lo he tomado, amo YoonGi. —susurró.
— Te daré uno como a mí me gusta. —le sonrió abiertamente. Dando una breve vista de sus rosas encías.
Fue hasta su alacena, tomó un par de tazas rojas limpias y con cuidado vertió el obscuro líquido en ellas. Una vez hecho, llevó ambas tazas hasta la encimera y puso una frente a Ji Min, quien con un ligero aspiro sonrió ante el olor de dicha bebida. Con mucha curiosidad, el rubio levantó la taza para llevarla a su boca, sin embargo, YoonGi le detuvo un poco antes de que esto se completara poniendo su mano entre medio, haciendo que los labios del genio dieran un beso sin querer en el dorso de su mano.
— Cuidado... Esta, algo caliente. —dijo un poco apenado.
Ji Min sonrió asintiendo y con precaución, le dio un corto sorbo. YoonGi le miró expectante y no pudo evitar soltar una gran carcajada al ver como la cara del chico se descomponía con una mueca de asco.
— ¡Está amargo! —siguió haciendo muecas. — ¡Huele bien pero sabe horrible! —se quejó, y su cabello se volvió rojo cereza nuevamente mientras hacía un puchero y cruzaba su brazos enfurruñando. YoonGi había notado que cuando éste se molestaba, olvidaba llamarlo, “amo”
— ¿No te gusto? —preguntó entre risas. Ji Min negó de inmediato.
— Prefiero las cosas dulces. Odio lo amargo.
— Entonces pon más azúcar. —le dijo, mientras acercaba el recipiente. Ji Min negó un poco.
— Creo que no me gusta el café amo. —confesó, moviendo en círculos la taza entre sus manos. El negro líquido se disolvió y en su lugar un dulzón aroma a limón apareció. El café se había vuelto té de limón. YoonGi miró aquello anonadado. — Este es más rico. ¿Quiere probar? —le sonrió, acercándole la humeante taza de té. YoonGi sorprendido y curioso por saber si eso era real, aceptó darle un sorbo.
Realmente era té de limón. Un dulce té de limón. Y aunque no le agradaran las cosas demasiado dulces, admitía que su sabor era delicioso.
— Es bueno. —admitió ante él. Ji Min sonrió hasta que sus ojos desaparecieron y tomó su bebida con gusto.
La cabeza de YoonGi era un tumulto de preguntas. ¿Cómo era posible?
Suspiró dándole un trago a su propia taza y se dio ánimos para sacar una conversación más o menos lógica. Quería saberlo todo de él y de su mundo. Si es que se podía llamar así. Dejó su taza en la encimera, fue por una caja de galletas tipo sándwich de chocolate con crema y se las ofreció a chico antes de comenzar a bombardearlo de preguntas. Ji Min casi gritó alegre al probar aquellas galletas y podía jurar que su cabello se había puesto más rosa que nunca. Sus gestos algo infantiles le hacían ver adorable.
— ¿Cuántos años tienes, Ji Min? —le preguntó, al recordar qué no había obtenido respuesta el día anterior.
Ji Min comió por completo su galleta e hizo un ademán con sus dedos al contar mientras masticaba. Al terminar, sonrió y dijo;
— Mil ochocientos... tres. —vaciló algo confuso y avergonzado por olvidar su propia edad. YoonGi levantó sus cejas boquiabierto.
— Mentira. —susurró perplejo.
— ¡Es verdad! —puchereo. — Soy muy joven, lo sé, pero tengo algo de experiencia, —levantó su cabeza y enderezó sus hombros con honor. YoonGi rascó tras su oreja algo escéptico, pero asintió.
— Quitémosle el cero y tres del final y… dejémoslo en dieciocho, ¿De acuerdo?
— Cómo usted guste amo YoonGi. —consintió. YoonGi quiso poner sus ojos en blanco al escucharlo decir aquello nuevamente.
— Bien. ¿Entonces eres un genio? —pregunta tonta, lo sabía.
— Sip. —asintió repetidas veces. — Lo soy. Su humilde sirviente hasta que sus deseos sean cumplidos.
— Me sobran dos, ¿no es así? —preguntó. Ji Min estaba por comer otra galleta, cuando con su grisácea cabellera, le miró atento.
— Lo es. —susurró.
YoonGi había usado su primer deseo al saber el paradero de su madre. Por lo tanto, quedaban dos libres y perfectos deseos. Miró a su alrededor, contemplando su humilde hogar. Su apartamento era pequeño, tenía varias deudas que pagar por ese lugar, su trabajo era poco remunerado y apenas había conseguido educación básica en el orfanato. Él sabía perfectamente lo que pediría. Giró su vista hacia el peligris quién también le miraba expectante, e incluso había dejado a un lado la caja de galletas que le habían encantado. Echó un suspiro más y relamió sus finos labios con algo de ansiedad creciendo en su interior. Tenía la oportunidad frente a sí. Para bien o para mal, debía aprovecharla. Quería intentarlo. ¿Qué era lo peor que podría pasar? ¿Qué tenía que perder?
Sin darse cuenta, había comenzado a morder sus uñas despiadadamente. Ji Min extendió su pequeña mano hasta la del pálido y lo hizo dejar de morderlas.
— ¿Pedirá un segundo deseo? —le susurró. YoonGi algo confuso y dudoso, asintió.
— Lo haré. —musitó. Ji Min asintió despacio.
— Sólo diga, yo deseo...
YoonGi se sentó en otro banco, quedando frente a frente con el peligris, con solo la encimera dividiéndolos. Suspiró y con firmeza continuó.
— Yo deseo... Ser el dueño de una empresa prospera y bien habida, que pueda llenarme de riquezas y dichas. Quiero ser alguien importante. —decretó.
Ji Min sonrió con algo de nostalgia, una sonrisa que no llegó a sus ojos, aun así, asintió.
— Sus deseos son órdenes para mi, amo.
Y Ji Min se levantó de su asiento, con suave andar, caminó hacia el otro lado de la encimera hasta quedar atrás del pelinegro y llevó ambas manos al rostro contrario para cubrir sus ojos con delicadeza. YoonGi pudo sentir el roce de su voz en su cuello al susurrar.
— Hecho.
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MIN∆BRIL
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