Capítulo 7
El miedo es una de las emociones más crudas. Surge de lo más profundo de nosotros, pero nos atraviesa y adopta entidad propia, ampliándose, extendiéndose por encima, volviéndonos pequeños y vulnerables. Nos arrebata la sensación de control que, como seres finitos, ansiamos tener.
Lo odiaba. Odiaba el miedo. Y, sobre todo, odiaba que en ese momento fuera a causa de un trastero. Había luchado contra verdaderos horrores toda mi vida, soportando noches interminables de pavorosas pesadillas. Sin embargo, eso era diferente. Los sueños tenían una razón que argumentaba su existencia, pero las voces que oía estando despierta... No podía conjurar una explicación para ello que no implicara un deterioro en mi salud mental, lo cual me negaba a aceptar.
Ese es el problema con el miedo. Surge de lo desconocido. Llenamos con nuestra imaginación los espacios en blanco de lo que no entendemos, exacerbando y distorsionando una verdad oculta. Necesitaba develar esa verdad para vencer el temor y, al parecer, había alguien capaz de proporcionarme respuestas. Justin Blackburn.
Justin había aludido a las voces. Quizá solo pretendió condescender a mis alucinaciones, viéndome en el estado de desesperación en el que me hallaba, o quizá él también creía que los susurros eran reales. Necesitaba hablar con él. Me preguntaba si estaría despierto en ese instante.
Eran casi las cuatro de la mañana y yo aún no podía conciliar el sueño a pesar de haber tomado una dosis extra de mis pastillas. Los acontecimientos del día atribulaban mi mente, generando emociones y pensamientos que no me permitían un segundo de paz. Me había excusado para faltar a la cena alegando una indisposición y mi abuela denotó su preocupación visitándome en mi cuarto por la noche.
—Estoy bien —juré, y la mentira escapó con facilidad de mis labios.
Apoyé la cabeza en la almohada y cerré los ojos, practicando unos ejercicios de respiración que mi madre me había enseñado para calmar la ansiedad. Tratando de ignorar mis precipitados pensamientos y turbulentas emociones, me concentré solo en mi respiración. Empecé a sentir el cansancio, primero en mi cuerpo, luego en mi mente. La consciencia de mí misma y mis alrededores desaparecía, apagándose de a poco.
Mi cerebro evocaba imágenes sin sentido mientras el sueño me envolvía. Lenon y yo nos hallábamos tras bastidores antes de salir a escena en un bar. Él hacía ejercicios vocales mientras yo probaba notas en el bajo.
—Destino —profirió mi amigo repentinamente.
Levanté la vista de mi instrumento y la fijé en él.
—¿Qué dijiste? —interrogué.
—Destino —repitió, girando la cabeza para mirarme, y noté que el verde de sus ojos estaba desprovisto de brillo— Es hora.
—¿Hora de qué?
Lenon me ignoró. Atravesó las cortinas de tela que nos separaban del escenario y desapareció tras ella. Escuché a la multitud gritar como siempre hacía cuando él aparecía.
—¡Lenon!
Lo seguí y la luz del reflector me cegó un breve instante antes de poder distinguir que el bar se hallaba vacío.
—¿Lenon?
Estaba sola. Ninguna persona se había presentado a ver nuestro concierto y el resto de la banda también había desaparecido. Apreté el mástil del bajo buscando algo reconfortante, solo para descubrir que ya no lo tenía en mis manos.
—¿Quieres esto?
La hostil voz femenina dirigió mi atención al centro de la oscura pista, donde Penelope sostenía mi preciado instrumento.
—Prometiste enseñarme a tocarlo —me recordó.
Desconcertada por todo lo que sucedía, titubeé unos segundos antes de poder encontrar mi voz.
—¿Dónde está Lenon? —inquirí.
—¿Lenon? —murmuró Penelope— ¿Te refieres al traidor?
—¿Qué...?
Alguien me tomó por los hombros de repente y jadeé, sobresaltada, antes de detectar el rostro de Justin a escasos centímetros del mío.
—¡No hay nada entre nosotros! —exclamó con ardor, aunque disminuyó la intensidad de su voz para continuar— No hay nada entre nosotros... Ya no.
Abrí los ojos repentinamente y, primero, identifiqué el resplandor que iluminaba las paredes del dormitorio. Luego, mis oídos captaron los chasquidos constantes y, por último, mi nariz aspiró el humo que me envolvía.
Fuego.
Me impulsé hacia arriba de un salto, poniéndome de pie y girando sobre mis talones para vislumbrar las enormes llamas que se elevaban hacia el techo. El pánico activó mi respuesta de huida y corrí a la puerta, abriéndola de un tirón y emergiendo con ímpetu al pasillo. Pero el pasillo era una masa oscura que me engulló de inmediato. La negrura acaparaba mi visión y el absoluto silencio ejercía presión en mis oídos.
—Destino. Es hora.
Las palabras volvieron a hacer eco, aunque ya no eran murmullos. La voz que las pronunciaba era grave y ronca, y se encargó de expedir un eco de carcajadas maliciosas luego. Quise gritar pidiendo ayuda, pero cuando abrí mi boca, descubrí que mis cuerdas vocales eran inútiles. No podía proferir sonido alguno.
Desperté entonces, abriendo los ojos y vislumbrando el sol a través de la ventana. La posición elevada y su fuerte destello delataban el mediodía. Exhalé con fuerza, intentando calmar la marcha acelerada de mi corazón.
Me incorporé con lentitud, sentándome en el borde del colchón mientras obligaba al miedo abandonar mi sistema. Miré alrededor, escaneando cada detalle del dormitorio mientras acariciaba la colcha, detectando la textura con mis dedos para asegurarme que mi entorno era real. Lo era. Por fin había escapado de la tortura onírica, aunque el plano de la vigilia, las preocupaciones seguían vigentes, como si la pesadilla aun no terminara.
Tomé mi teléfono y le envié un mensaje a mi psiquiatra, solicitando un turno de emergencia. También respondí los mensajes de mi madre y mis amigos con una selección de emojis, ya que no había prestado verdadera atención a sus palabras.
Hallándome cubierta de sudor, escogí ropa limpia de mi armario y me dirigí al baño, donde me dispuse a tomar una rápida ducha antes de cepillar mis dientes y tapar mis ojeras con maquillaje. Al abandonar mi habitación y encontrarme en el rellano, centré mi vista en el pasillo derecho. La puerta del trastero estaba allí, despertando mi más profunda inquietud, como una amenaza alertando mis sentidos de defensa.
Exhalé con fuerza mientras me acercaba a ella con pasos cautos, agudizando mis oídos por si captaba algún sonido fuera de lo normal. Nada. Silencio. Las únicas voces provenían del piso inferior, donde al parecer estaban reunidos los habitantes de la casa, y no podía escuchar con claridad lo que decían, solo identificar que se trataba de una conversación bastante seria a juzgar por la entonación que empleaban.
Finalmente, me detuve frente a la puerta. Tomé la última respiración profunda antes de tomar el pomo y girarlo, abriéndola de un tirón.
Justin no mentía, de verdad era un trastero. Había pocos estantes de madera con productos de limpieza, una caja de herramientas, escobas y trapos en el piso. Verlo con mis propios ojos hizo que mis nervios decrecieran considerablemente, sin embargo, tampoco me sentía cómoda, por eso cerré la puerta y bajé las escaleras a toda prisa, queriendo alejarme de ella lo más rápido posible.
En mi descuido, tropecé en el último escalón y mis pies resbalaron. Probablemente hubiera caído sentada en el piso si no fuera por mis reflejos, ya que logré sostenerme de la barandilla.
—Wow, Moira... —Fred me miró desde la cocina— Despacio.
Solté una carcajada nerviosa y me impulsé hacia arriba, parándome correctamente.
—Estoy ansiosa por almorzar —bromeé, esperando que la agitación no se notara en mi voz.
Mientras me acercaba a la cocina, el aroma a masa fresca y salsa picante me incitó a apresurar el paso hacia la entrada. Annie estaba en la encimera, aplanando un trozo de masa. Mi abuela picaba cebolla en la mesa y, en cuanto levantó la vista y me vio, preguntó:
—¿Qué tal dormiste?
—Bien —murmuré, evadiendo su mirada.
Tomé un vaso limpio y abrí la heladera en busca de la limonada. En cuanto me serví un poco, tomé un trago, echando la cabeza hacia atrás, y descubrí a Fred observándome con atención. Él desvió la atención a su esposa y anunció que iba a trabajar en el llano un tiempo más hasta que las pizzas estuvieran listas.
—¿En qué puedo ayudar? —pregunté a Annie al terminar mi refresco.
—Ven —me indicó— Echa un poco de salsa sobre la masa.
Me acerqué a ella y tomé el cucharon que me ofrecía.
—Así que... —la voz de Annie apenas era un murmullo, como si intentara que mi abuela, a menos de un metro de distancia, no la oyera— Justin me dijo que te encontró algo alterada anoche.
Me tensé de inmediato, mas procuré que no se notara manteniendo el ritmo regular en los movimientos que hacía para esparcir el tomate.
—Yo diría que los dos estábamos alterados —intenté defenderme, recordando la forma en la que Justin había actuado— Estábamos discutiendo. Nada importante. A esta altura, llevarnos mal ya es deporte.
—Sé que Justin puede ser complicado —admitió ella, asintiendo con solemnidad— Pero ayer se veía realmente... preocupado por ti.
Tuve que reprimir una carcajada generada en parte por lo absurdo de lo que Annie había dicho, pero también por los nervios de que Justin me hubiera delatado con respecto a las voces. No quería que Annie también se enterara de eso.
—No pasó nada grave, en serio —reiteré.
—Sabes que puedes confiar en mí y decirme lo que sea, Moira. Estoy aquí para ayudarte.
Cerré los ojos con fuerza mientras sentía el calor subir a mis mejillas, comprendiendo que Annie sabía lo que había sucedido la noche anterior. Evidentemente, su hijo se lo había contado... Pero, ¿qué le había contado exactamente? Jamás admití que oía voces, sin embargo, Justin supo que ese era el problema. Si creían que yo estaba loca, entonces él tampoco estaba exento de la acusación.
—Estoy bien —mascullé, volviendo a poner mi atención en la salsa.
Terminé de armar las prepizzas, las metí en el horno y aproveché para poner distancia entre Annie y yo, sentándome al lado de Dorothy.
—¿Cómo estás, abue?
—Muy bien, niñata —me sonrió— ¿Cómo va tu canción?
Bufé.
—No quiero hablar de eso. Bastante tengo con Lenon atormentándome para terminarla.
—Ese chico necesita una novia—opinó ella, haciéndome reír, lo cual agradecí, ya que liberé una enorme cantidad de tensión con mis carcajadas.
No podía imaginar a Lenon con novia. Sí, él era capaz de comprometerse, pero a un precio demasiado alto. Su nivel de exigencia resultaría una tortura para cualquier chica. La única razón por la que yo lo soportaba era porque su presión me resultaba beneficiosa casi siempre.
No en ese momento, claramente.
Las pizzas estuvieron listas y almorzamos juntos, a excepción de Penelope y Justin que, como de costumbre, no estaban allí. Fred volvió a trabajar en la llanura una vez que terminamos y mi abuela se retiró para dormir una siesta. Annie y yo nos quedamos limpiando. Ella ponía los utensilios usados en el lavavajillas mientras yo me encargaba de repasar la mesa con un trapo húmedo.
Oí la considerable cantidad de aire que Annie exhaló al emitir un suspiro repentino y noté por la periferia de mi visión que el mismo desinfló su cuerpo. Supe que iba a decirme algo importante antes de que abriera los labios.
—Moira, tenemos que hablar.
Me concentré en ella, abandonando mi tarea. Me anticipé a afrontar una conversación condescendiente sobre los sucesos de la noche anterior, pero me sorprendió al adelantar el tema.
—Creo que debimos haberte dicho esto antes. Es decir... Yo quería hacerlo, pero Dorothy pensó que era mejor darte tiempo hasta que te adaptaras.
Un atisbo de curiosidad quiso emerger en mí, aunque la preocupación era más fuerte y logró opacarla. Al oír el nombre de mi abuela, me inquietó lo que estaba a punto de escuchar.
—¿Qué sucede? —pregunté, ansiosa.
Annie volvió a suspirar y recargó el peso de su cuerpo contra la mesada, echando la cabeza hacia atrás para observar el techo. Cruzó los brazos sobre su pecho, luciendo tan a gusto con esa charla como yo me sentía.
—Voy a ser directa. Sé que lo apreciarías —anunció, y yo asentí, dándole la razón— El trastero... es donde guardo mis herramientas para... Yo...
Hizo una pausa. Finalmente, centró su mirada en la mía. Había mayor determinación en su expresión y mi expectación estaba llegando a su punto máximo.
—Soy una canalizadora de ángeles.
La observé fijo durante largos segundos mientras procesaba sus palabras. Habían ingresado por mis oídos, pero mi cerebro no les encontraba sentido.
—¿Qué? —murmuré.
—Soy canalizadora de ángeles. Puedo comunicarme con ellos si necesitan traer un mensaje a la tierra.
Allí estaba otra vez, el miedo. Lo sentí calar profundo hasta manifestarse en mi piel en forma de escalofríos. Por instinto, di un paso atrás, temiendo la posible inestabilidad de la persona que estaba frente a mí y clamaba poder hablar con ángeles.
Sé que estaba siendo hipócrita, considerando que yo había oído voces menos de doce horas atrás, pero me conocía y sabía que no había cruzado el límite de la insania. No podía estar segura con Annie.
—Sé que suena loco —se explayó ella, notando mi reacción— Pero es la verdad. Nací con la habilidad de codificar la lengua angelical, por eso me buscan. No debes temer, son buenos...
La mención a mi estado me irritó, aún si era totalmente cierta.
—No tengo miedo —mentí con convincente firmeza— Es solo que... esto es...
—Extraño. Lo sé.
Annie sonrió, y su amable semblante me recordó que era alguien familiar, alguien con quien debería sentirme segura. Al menos hasta que encontrara la forma más rápida de escabullirme de allí.
—Entonces... Ellos te... ¿Dan mensajes? —balbuceé.
—Exacto.
—¿Sobre...? ¿Sobre qué?
—Siempre varían. Generalmente, son sobre personas.
Asentí a pesar de que la vaga explicación no había calmado mi recelo. Me fui acercando al arco de entrada con la mayor sutileza posible.
—Eso es... bueno —solté, sin estar segura de qué decir.
Me detuve justo cuando mi espalda quedó frente a la salida. Seguramente, ella se percató de mis movimientos y mi urgencia por escaparme, así que se apresuró a terminar.
—Moira... Fueron ellos a quienes escuchaste hablar anoche.
Mis nervios se encendieron, provocándome palpitaciones. Inhalé con profundidad y exhalé despacio, tratando de enviarle la señal a mi cerebro de que no estaba en peligro, incluso si no estaba segura de ello.
—Debo irme —solté bruscamente— Prometí a Fred ayudar con los caballos.
Era otra mentira, mas no me sentía culpable por expedirla. Emprendí mi huida y no me detuve hasta llegar a la entrada, ni siquiera cuando Annie me pidió que volviera.
Cerré la puerta detrás de mí y continué alejándome de la casa a paso acelerado. Recorrí en poco tiempo la vasta distancia hacia el árbol en el que solía sentarme a componer y me apoyé contra el tronco, sintiendo mis piernas temblar por el esfuerzo muscular.
Jamás había estado tan incómoda en mi vida como en esa conversación. Estaba segura que la cosa de los ángeles era una fantasía, pero también estaba segura que Annie la creía. Y, de alguna forma, quería involucrar mis propios delirios en ello.
No. No eran delirios. Yo había oído voces en el trastero donde Annie había asegurado guardar unas especies de herramientas. Entonces, tal vez, ella tenía aparatos en ese lugar que proyectaban voces, aunque no los había visto en la inspección de ese mediodía.
Necesitaba hablar con Justin. Él había estado conmigo esa noche y, además, había sido mi delator.
Frío. De repente, sentí frío. Una corriente helada golpeó mi espalda a pesar del calor típico del sol extendiéndose en la explanada. Ya podía reconocerla, por lo que, cuando miré sobre mi hombro y encontré los ojos de Justin no estaba sorprendida.
—Vamos a hablar —pronunció con lentitud su áspera voz.
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