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Capítulo 10

El humo salía en espirales del té caliente y lo soplé para alejarlo de mi rostro antes de dar un sorbo. La temperatura quemaba mis palmas, pero seguí apretando la taza, esperando ocultar a Dorothy el temblor en mis manos.

Estaba encorvada en el asiento, pues la columna me dolía si rozaba el respaldo, aunque negué estar sintiendo molestia alguna cuando mi abuela lo preguntó mientras tomaba asiento frente a mí. La mesa de la cocina nos separaba, mas podía notar las manchas púrpuras bajo sus ojos, delatando su desvelo. Desvíe la mirada, centrándome en la ventana de la cocina donde asomaban los primeros rayos de sol irrumpiendo la oscuridad de la noche.

—Abue... ¿Por qué no duermes ahora? Podemos hablar más tarde —sugerí.

—No —respondió, tajante— Esto es importante. Ya no puedo aplazarlo...

Esperé a que continuara, pero no lo hizo. Un velo taciturno nublaba su vista posada en el paisaje detrás de los cristales. El silencio se extendió por un minuto antes de que ella lo rompiera con un murmullo.

—No sé por dónde empezar —confesó.

Contuve el impulso de preguntarle por mi guitarra. Sabía que otros temas apremiaban, como los recuerdos perdidos en algún lugar oscuro de mi memoria que no podía evocar a pesar de mi esfuerzo. Era importante restaurar lo sucedido desde que tuve la pesadilla en la laguna hasta que desperté en mi dormitorio, pero en mi mente prevalecía la imagen del instrumento roto, la cual me producía un agudo pinchazo en el costado izquierdo de mi pecho.

Me eché el cabello hacia atrás con una de mis manos mientras intentaba ordenar mis pensamientos. Volví a tomar un sorbo de té para deshacer la sequedad en mi garganta y proceder a hablar.

—¿Cómo llegué aquí? —interrogué— Estaba en la laguna componiendo y... desperté en mi cama.

—Penelope te trajo en la camioneta —respondió Dorothy— Por suerte, ella te encontró a tiempo.

Fruncí el ceño, concentrándome para entender sus palabras. Penelope había aparecido en mi pesadilla, pero no recordaba que se hubiera presentado en la vida real.

—¿Ella me encontró dormida? —inquirí.

En ese momento, Dorothy clavó su mirada en mí.

—Moira... Lo sucedido en la laguna no fue una pesadilla, fue real.

La confusión se esparció como neblina en mi mente, opacando mis pensamientos. Al principio, supuse que Dorothy estaba haciendo una broma sin gracia y me dediqué a observarla fijamente. Ni siquiera parpadeé mientras escudriñaba su rostro, buscando una señal que diera sentido a lo que acababa de oír. Pero la seriedad volvía duras sus facciones y supe que, para ella, no era un chiste.

Fue entonces que el nerviosismo se extendió por mi cuerpo, endureciéndolo. Me tensé de forma que mi espalda quedó recta, causando que el dolor se propagara por mi espina dorsal. Tragué saliva y tomé una respiración profunda.

—No —susurré.

Un sudor frío emanó de mi cuerpo y sentí que me paralizaba. Mi lengua se volvió pesada en mi boca y no fui capaz de articular más palabras.

Recordé algunos detalles que dieron sentido a circunstancias en las que me hallaba en ese momento. Mi espalda. Me la había golpeado al caer sobre ella mientras intentaba escapar de la criatura. Mi guitarra también había sufrido las consecuencias de ese enfrentamiento.

Negué vigorosamente con la cabeza. No podía ser real. Había sido una pesadilla.

—Lo siento, Moira —la afligida voz de Dorothy se coló en mis oídos— Debí haberte dicho esto antes.

Solté una carcajada nerviosa y limpié el sudor que caía por mi frente.

—Abuela... ¿De qué estás hablando?

—Es importante que no vuelvas a alejarte de la casa, ¿de acuerdo? —advirtió, la contundencia plasmada tanto en su tono como en su semblante— La entidad en la laguna pudo llegar a ti porque estabas lejos de la protección.

Me puse de pie bruscamente, provocando que las patas de la silla chirriaran al arrastrarse unos centímetros hacia atrás. Me froté la cara con ambas manos, queriendo espabilarme y quizá darme cuenta de que estaba alucinando esa conversación.

—Esa cosa no era real —farfullé.

—Esa cosa era muy real —contrapuso ella— Esa cosa era un demonio.

El temor sofocó mis sentidos y mi cuerpo se volvió una cáscara blanda que albergaba solo mi desbocado corazón palpitando con tal fuerza que podía percibirlo retumbando en mis oídos.

Apoyé las palmas de mis manos en la mesa para ganar algo de estabilidad y, al inclinarme, mis ojos encontraron los de Dorothy.

—¿Te has vuelto loca? —susurré con lo que pude encontrar de mi voz.

Para amplificar mi consternación, ella emitió una risotada.

—Hace mucho tiempo ya, querida. Pero con esto hablo en serio.

Durante esos segundos, estuve convencida que mi abuela había perdido la cordura, pero luego medité en ello y llegué a la conclusión de que, en consecuencia, yo también la había perdido, pues había visto exactamente lo que ella describía.

La debilidad en mis piernas las hizo flaquear y me dejé caer en el asiento. La expresión de Dorothy había vuelto a tornarse grave.

—Desde que naciste, —empezó a explicar— entidades malignas han deambulado cerca de ti. No me preocupé por ello al principio, ya que suelen molestar a todas las almas, pero mientras crecías, descubrí que había algo diferente contigo...

» —Parecían especialmente ensañadas. Te vigilaban de día y te atormentaban de noche. Tuve que abrir un canal con los ángeles para asegurarme que estuvieran cuidando de ti...

—¿Tuviste que... qué? —la interrumpí, oyendo el recelo en mi propia voz.

Dorothy hizo una mueca de vacilación antes de responder.

—Yo también soy una canalizadora de ángeles.

El espanto me redujo al silencio y la observé con la boca entreabierta. Al percatarse que yo no iba a proferir otro interrogante, ella continuó.

—Instauré una protección especial para ti. Es un escudo que puedo ver con claridad a tu alrededor —describió, dejando a su vista vagar por mi silueta—, pero cada vez que cumples años, esa protección pierde un poco de poder. Puedo ver el escudo haciéndose más delgado... Y mientras más delgado es, más cerca están las entidades.

» —Por eso es importante que no te alejes de la casa. Con la ayuda de Annie, podemos mantener una barrera que aleja las malas influencias de estas paredes.

El sol ya había asomado su brillante rostro por encima del horizonte. Contemplé a través de la ventana su resplandor sobre los kilómetros de hierba y matorrales. Algunos de los pocos árboles esparcidos por la llanura aún se mantenían en sombras, sus figuras oscuras contrastando con el marco fulgente como fantasmas acechando un día soñado.

Estaba entumecida. La historia de mi abuela hacía eco en mi mente y, palabra a palabra, iba helando mi sangre. Ella era una de las pocas personas cuyo juicio yo estimaba, por eso era difícil dudar de sus palabras. Sin embargo...

—Es una locura —reiteré.

Ella asintió una vez.

—Sé que es complicado de asimilar. Como dije, fue mi error no habértelo dicho antes.

Sacudí la cabeza, volviendo a centrar mi mirada en ella.

—No puedo creer semejante cosa —sentencié.

Dorothy suspiró. Reconocí en su expresión la decepción que sentía por mí. En cualquier otro momento, me hubiera dolido, mas en esa situación, creía que mi posición estaba justificada de sobra.

—¡No puedo creerlo! —me justifiqué— ¿Demonios que me persiguen? ¿Ángeles que me protegen?

—Lo sucede a todas las personas, todo el tiempo, Moira. Solo que contigo... Es un poco más poderoso.

—No me digas... ¿Y por qué es eso? ¿Eh? ¿Qué es lo que los demonios quieren de mí?

Fruncí mi rostro al sentir el calor subir a mis mejillas cuando escuché las cosas que estaba pronunciando. Sonaba como una chiflada, lo cual me avergonzaba.

Mi abuela se frotó los ojos, denotando cansancio.

—¿Qué quieren esas entidades de ti? Solo los ángeles saben, pero han estado muy callados últimamente... Bueno, hablaron contigo en el trastero.

Mis ojos se agrandaron, provocando que mis cejas se elevaran.

—¿Las voces en el trastero? —señalé, incrédula.

—Sí. Al parecer, los ángeles quieren comunicarse contigo...

Me puse de pie nuevamente. Esa vez, mis piernas estaban firmes, igual de sólidas que la resolución incipiente en mis pensamientos.

—Todo esto... —gesticulé con una mano para señalizar alrededor, aunque hacía alusión a algo que no se hallaba ahí— Es demasiado. Es mejor que hablemos cuando ambas estemos mejor descansadas —sugerí, indicando que nuestro nivel de fatiga podría ser el causante de aquellos desvaríos.

Di unos cuantos pasos hacia el arco que conectaba la cocina con la sala, donde encontraría las escaleras que me llevarían directo a la seguridad de mi habitación.

—Moira —volví mi vista a Dorothy ante la seriedad de su llamado— De verdad, no puedes abandonar esta casa —insistió— No salgas de aquí sin Justin o Penelope.

Mi frente se arrugó debido a la confusión provocada por su advertencia.

—¿Justin o Penelope? —bufé— No me digas, ¿ellos también hablan con ángeles?

—Oh, no. Definitivamente no se comunican con ángeles —esclareció ella con rotundidad— Pero son los únicos que pueden protegerte. Solo... Confía, por favor. Ten un poco de fe.

Vi otra vez en mi memoria el extraño brillo que rodeaba a Penelope en la laguna, las pequeñas centellas rojas que manaban de ella. Lo ignoré.

Subí las escaleras y tropecé con un par de peldaños ya que estaba distraída intentando comprender. Al encerrarme en mi dormitorio, eché un vistazo a la cama, sintiendo el cansancio físico en cada parte de mi cuerpo. Sin embargo, mi mente continuaba funcionando con celeridad, tratando de hallar sentido a todo.

Me acerqué al ventanal y centré la mirada en la llanura, aunque mis ojos no la veían, nublados por el predominio de mi mundo interior. ¿Cómo era posible que Dorothy supiera lo que había pasado en mi pesadilla? Tal vez yo lo había contado mientras me traían de vuelta a la casa, mas no podía recordarlo.

Empecé a morder la uña de mi pulgar y sentí el esmalte barato resquebrajarse por mis dientes. Aquel no era un hábito mío, pero en ese momento, no sabía qué hacer para controlar la ansiedad mientras cavilaba en los relatos de mi abuela, conectándolos con los sucesos que me habían asediado toda mi vida, como mis pesadillas o las parálisis del sueño. De alguna forma, aquel absurdo encajaba dentro de los hechos.

No. No podía ser.

Resoplé y volví a enfocar mi atención en el presente. Al parecer, había transcurrido un largo período de tiempo, pues el sol ya se había alzado en todo su esplendor y divisé por el ventanal a Annie junto a Fred dirigirse al sector de la huerta.

Cerré las cortinas con brusquedad y el ardor que eso provocó en mi mano izquierda me llevó a descubrir que había mordido casi todas las uñas hasta la cutícula.

—Perfecto —murmuré, irritada.

Me senté en la cama y solté una larga exhalación justo en el instante en que la puerta del cuarto se abría. Me sorprendí al ver a Justin cruzando el umbral.

—¿No podías tocar antes de entrar? —exigí, expresando un enojo naciente.

Él no respondió. Ni siquiera me miró. Fue directo a mi escritorio y se sentó en la silla frente a éste. Su cuerpo mantenía la postura rígida que lo caracterizaba, pero sus hombros estaban algo caídos y su cabeza gacha en señal de resignación. Parecía tener las mismas ganas de estar allí conmigo que yo de estar allí con él.

Eso me enfureció más. Me puse de pie para enfrentarlo.

—Vete de aquí —ordené, señalando la salida.

—No puedo —respondió su grave voz.

—¡Quiero que te vayas!

—Yo también quiero irme —admitió, suspirando— Pero es mi turno de hacer guardia.

Aquello hizo emerger mi intriga. Observé a Justin unos instantes, recordando la declaración de Dorothy sobre la capacidad de los hermanos Blackburn para protegerme de disparatadas amenazas, lo cual me llevó a pensar también en su petición para que yo tuviera un poco de fe.

—¿Y por qué tienes que hacer "guardia"? —enfaticé la última palabra.

Justin quitó su atención de las libretas abiertas sobre mi escritorio y me miró con aquellos ojos huecos, carentes de brillo. Lamió sus labios resecos, tan pálidos como el resto de su rostro, antes de responder.

—Para mantener lejos a esas entidades.

—¿Qué entidades? —indagué.

—Ya sabes qué entidades—contestó, sonando aburrido— Has soñado con ellas toda tu vida y, ahora, las has visto de frente.

Me congelé. Esperaba oír de Justin alguna discrepancia que expusiera toda aquella historia como un invento. Pero, una vez más, me hallaba ante una exposición certera.

La impotencia hizo un nudo en mi garganta frente al nivel intolerable de miedo que me ataba. Cerré los párpados y los apreté con fuerza, esperando evadir la realidad que, de repente, parecía más amenazante que mis pesadillas.

No podía controlar esa situación, lo cual me desesperaba aún más. Volví a morderme las uñas, esta vez de la mano derecha, olvidando que las necesitaba para tocar las guitarras sin púa. Dejé pasar unos minutos, mi vista clavada en el piso.

—¿Y tú...? —hablé de nuevo, mi voz sonando mucho más débil— ¿Tú puedes hacer algo con esas entidades? Es decir... —aclaré mi garganta— ¿Por qué tu podrías contra ellas?

Justin había vuelto a leer mi libreta de canciones, continuó pasando las hojas descuidadamente mientras respondía.

—Por mis habilidades.

—¿Qué habilidades? —inquirí.

—Las que tengo.

Inhalé lentamente, tratando de no frustrarme.

—¿Qué tipo de habilidades? ¿Cómo las de Penelope?... ¿Tú también brillas?

Mi última pregunta provocó que Justin levantara la vista con brusquedad para clavarla en la mía. Por primera vez desde que lo conocía, había alguna clase de interés radiando en sus ojos.

—¿Qué dijiste?

—Uh... —titubeé— Los brillos rojos... —intenté explicar, aunque mi aprehensión me lo impedía.

Él se puso de pie y se acercó a mí, lo cual me sorprendió al punto que me eché hacia atrás para alejarme.

—¿Lo viste? —me interrogó.

—Sí... Creo...

—¿De verdad?

No podía asegurar que había sido real. No obstante, descubrí que tampoco podía negarlo.

—Eso creo.

—Todavía no lo crees.

Entonó aquellas palabras de forma tal que sonaron como una acusación, así que atiné a defenderme.

—Bueno, perdón si me cuesta aceptar que tienes seres paranormales viviendo en tu trastero.

—¿Recuerdas lo que te dije sobre tener la mente muy cerrada para ser una estrella de rock?

—¿Recuerdas si en algún momento me importó tu opinión?

Justin estiró su brazo para alcanzar el mechón de cabello que caía sobre mi rostro y sus dedos quedaron enredados en los nudos. Me observó fijamente.

—Luces horrible —pronunció con lentitud.

Le di un golpe a su mano para alejarla de mí y me giré para enfrentar el espejo. Mi semblante lucía enfermizo, como si fuera a vomitar o a desmayarme. Había manchas de barro seco en mis mejillas y la sorpresa ahogó un grito en mi garganta al tiempo que imágenes de lo sucedido en la laguna llegaban a mi mente con nitidez.

Demasiada nitidez para tratarse de un sueño.

—En este momento —escuché que emitía la voz de Justin a mis espaldas y sus pasos retrocedieron, probablemente volviendo a la silla en mi escritorio— En este momento te acaba de importar mi opinión. 

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