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Capítulo 6.

Hi~ Estoy con mucho hype con este fic again, lo echaba harto de menitos siendo sincera, me dan confort estos pequeños acercamientos que se empiezan a dar saltos ya, así que, sin más que anunciar hasta las notitas del final. Mil gracias a quienes se toman el tiempo para leer.

¡Espero que les guste!

Ash se despierta con la esperanza de que las cosas sean diferentes por arte de magia, a estas alturas debería parecerle ingenuo (incluso tonto se atreve a decir) irse a dormir con aquel deseo, pedirlo es como esperar que la tierra rote al revés por su mera voluntad, que el universo le provea del concepto de justicia que lleva una eternidad esperando, donde los niños no sean culpados de los traumas que les ejercen los adultos y los hermanos mayores no deban irse a guerras fantasmas para volver siendo cadáveres repletos de recuerdos y pasados. Pero a pesar de su reticencia, esta mañana, cuando abre los ojos se da cuenta de que absolutamente todo ha cambiado y contra sus vacilantes expectativas, estas mejoran por primera vez.

Tal como todos los días, se quita la sábana de lino pegoteada y empapada de sudor, el verano canta en su ventana y esta vez no le molesta la tonada, de pronto, su cuarto huele muy bien, es intoxicante de una manera desconocida, no se parece a los desodorantes asquerosos que Shorter rocía en lugar de las duchas, no es el perfume de galante de Max que lo hace rodar los ojos o el hedor de la pandilla, no, esto es diferente, es...cálido. Pero no solo es su olfato lo que cambia, sino que el amanecer luce más brillante a través de sus cortinas de tela, los colores son más vivos, más reales, más agradables, es curioso, hasta su cuerpo se siente diferente, siente una presión que le sangra al corazón, es tibia, suavecita y reconfortante, quizás ha sido demasiado pesimista este tiempo, sí, tal vez no deba poner de biblia a Hemingway y sus leopardos, tal vez puede cambiar y ser un Glenreed, ¡sí!

Si el mundo es diferente, él también puede ser diferente.

—Mhm.

Pero aquel jadeo lo saca de su trance y los recuerdos de anoche le llegan de golpe, Eiji fue a buscarlo por consuelo y es acá cuando se percata de que el mundo no ha cambiado, los colores no son gamas nuevas sin descubrir, su cuarto aún apesta a camisas sucias y libros viejos, lo único diferente es que el japonés dormita encima de su tórax, se ha hecho una bola, no sabe cómo han terminado juntos, sin embargo, el pecho le duele mucho.

¿Cómo puede ser tan adorable mientras dormita? La mayoría del tiempo Okumura es un gran dolor de culo. Debería usar este momento para vengarse y patearlo de la cama, para demostrarle su poder y obvia superioridad.

«Tengo miedo, Ash».

Pero no puede.

Shorter tiene razón, Okumura lo altera de sobremanera.

Hijo de puta.

—Mhm. —Vuelve a quejarse antes de restregarse contra su pecho como si hubiese elegido ese lugar para construir su nido con recelo y meticulosidad, sin importar qué tanto Ash lo intente, Eiji no deja que escape o se mueva—. No quiero ir a entrenar.

—Okumura.

—Cinco minutos más.

Aslan contiene un grito contra su almohada, ¿quién lo diría? El lince feroz ha quedado atrapado bajo el conejo mordelón, vaya, hasta escucha a su dignidad craquelarse contra el suelo y hacerse añicos, además, ¿no se supone que los deportistas madrugan? Pues no posee nada de madrugador si acabó despertándose primero, tiene suerte de que no lo tire de la cama gracias a su personalidad tan dulce y benevolente, de hecho, no tiene que tirarlo de una patada para empeorar su dolor, puede intentar ser menos bruto, como con un toque o una palmadita, traga duro, metabolizando este plan porque la presión en su tórax ya no lo deja respirar y teme haberse convertido en el nido de este sujeto.

—Oye Okumura. —Intenta sonar lo más indiferente posible a pesar del sueño—. Es tarde y no tengo intención de quedar atrapado el resto de mi preciado día contigo.

—¿Ash? —Pero el resto de las palabras mueren en su boca, porque Eiji se ve jodidamente adorable al despertar con las mejillas sonrosadas por el llanto previo y sus onditas convertidas en un desastre que se curva para sus orejas—. Buenos días. —Sus mechones brunos no tardan en hacerle cosquillas contra el mentón igual que las plumas de su almohada, es grácil y delicado, ¿dónde quedó el rebelde pandillero a quien tanto adora patearle el trasero?

—B-Buenos días. —Huele increíblemente bien, alto, Ash ni siquiera se lavó los dientes, ahora Eiji va a pensar que apesta y le da igual, ¿por qué diablos debería importarle la opinión de su némesis? Por supuesto que su relación ha cambiado, no obstante, nada en el universo puede aplacar esa rivalidad.

—Tus pecas se ven lindas al despertar. —Dice aún somnoliento y la cara se le pone más caliente que una tetera hirviendo directo en el fogón, su corazón tamborilea igual que disparos en guerra, apenas puede respirar, sus manos tiemblan contra su propia chaqueta sin saber si cerrar el abrazo, huir o hacerse el muerto cual zarigüeya—. Me gustan.

—¡¿Te gustan?! —El japonés se frota los párpados despertando progresivamente, mostrándole esos ojos de gacela bajo el velo dorado del alba y ¿cómo se atreve a ser tan lindo de mañana? Lindo si te gustan las cosas terriblemente feas, claro—. ¿Por qué?

—Parecen constelaciones alrededor de tu nariz. —Y como Aslan tiene 200 puntos de IQ hace lo más intelectual posible.

Lo patea.

Literalmente lo patea de la cama.

—¡Ash! —Eiji gimotea totalmente despierto, tiene el ceño tan tenso que puede jurar que sus arrugas le gruñen, la línea de su mandíbula se ha endurecido y qué alivio le da, han matado la magia con su enemistad—. ¿Por qué hiciste eso?

—Me estabas babeando mi camiseta favorita. —Se defiende apuntando acusatoriamente la mancha que yace justo en el medio de la tela—. ¿Esa es tu manera de pagarme por mi hospitalidad?

—¡Yo no te manché la polera! —Contradice plantándose frente a Aslan como si sus piernas tuviesen un resorte extendiéndose a la alfombra de la habitación, le recuerda a uno de esos muñecos contra la ira que al golpearlos regresan tercamente a su lugar—. Tú comes como cerdo, tú te manchaste.

—Ajá.

—¡Es verdad! —Gimotea.

—¿Acaso insinúas que con mis impecables modales yo mismo me manché?

—¡Por favor! Te he visto devorar los perritos calientes y créeme, no hay nada de impecable en cómo te los tragas enteros. —Bufa, cruzándose los brazos con suma indignación por encima del pecho.

—Te juntas demasiado con Yut-Lung, se te está contagiando esa boca sucia.

—Irónico que lo digas tú cuando literalmente eres quien se ensució.

—Solo admite la culpa, me babeaste para marcar territorio igual que un conejo feo y mordelón.

—¡Los conejos son adorables! —Claro que defiende a su especie con la cara muy roja por la ira y los puños tensos alrededor de esos shorts deportivos ridículamente cortos y apretados, ¿acaso puede ejercitarse en eso? Parecen mallas—. Además ni siquiera tiene sentido.

—Claro que lo tiene, estás hablando con un genio certificado, dah.

—Con un idiota ciego. —Entonces Eiji se lo explica muy pero muy lento, tratándolo igual que lo hace con los cavernícolas del equipo deportivo—. La mancha es de kétchup, es roja, no es saliva.

—Puede ser tu brillo de fresa.

—Yo no uso brillo de fresa.

—Claro que sí, todos los deportistas metrosexuales usan.

—Me imagino que debes haberte besado con bastantes deportistas metrosexuales para saberlo.

—¡Tú...! —Ash jadea mortificado, apretando la mancha de la camisa, frunciendo el entrecejo frente a la obvia mueca de satisfacción en Okumura, cree que ha ganado la batalla—. Tu argumento infantil no prueba nada.

—¿Quieres comprobarlo con tu propia boca acaso?

—¡Bien! —Grita con firmeza—. Pero probablemente sepas a brillo de fresa.

—Ven y compruébalo.

—Claro que lo haré. —Y entonces se inclina con mucha determinación hacia el deportista ya que no perderá una discusión ante él cuando ambos caen en la cuenta de lo que acaban de decir, Eiji lo mira con unos nervios repentinos, sus mejillas se inflan levemente antes de espolvorearse de rosado, sus labios tiemblan y de repente, no es fresa a lo que huelen, esto es más...tentador.

—Esto es tan tonto. —Finalmente suelta, arrojándose a la cama de Aslan, apretándose el estómago con el objetivo de mitigar sus carcajadas—. Nuestras discusiones cada vez se ponen peores.

—Tú eres quien pone los argumentos irracionales. —Ash defiende lo indefendible, tirándose al lado, mirando al techo craquelado mientras un delicioso aroma se cuela por las rendijas desde la cocina.

—No tienes que seguirme el juego, ¿sabes?

—Entonces déjame ganar.

Y aunque Eiji rueda los ojos, le sonríe y Dios, es una expresión absorbente y liberadora, se cuestiona sobre el origen de esta simpatía y los miles de motivos aún sin desglosar que hacen que contarle sus secretos a este deportista insufrible sea tan sencillo. Cree que tiene que ver con la reciprocidad, con la moneda de cambio que exige toda relación, es fácil hablar con Eiji puesto que Eiji no espera nada de Ash y viceversa, así de simple. Además, no va a mentirse, es divertido permitirse ser tan infantil, no tener que sostener una fachada todo el tiempo, ya sea de jefe, de hermano, de amigo, de lo que sea. Sino existe cariño de por medio, ¿importa mostrarse tan despreciable como es? No pierde nada.

—Deberíamos irnos. —Pero...¿realmente no hay cariño de por medio? Y si la respuesta sigue siendo ese no sostenido entonces no debería querer tocar tanto al moreno.

—Tú puedes irte. —Le dice con reticencia—. Yo me esconderé acá, no volveré al dormitorio con Yue ni puedo ver a Ibe-san a la cara, así que me quedaré acá para siempre.

—¡Oye! —Ash se levanta como un gato mañoso ante la idea, lo intenta tironear para ahora sí, sacar al invasor de una patada, sin embargo, el rey de los tozudos se ha aferrado al respaldo de madera y no cede—. ¡Sale de aquí! —Le ordena y no puede creer que se atreva a faltarle el respeto así, Bones admira a Okumura por ser el único con las bolas suficientes para enfrentarlo.

—¡No! ¡No pienso irme! —Pero Aslan piensa que le falta un tornillo.

—¡Griffin!

—¿En serio me vas a acusar con tu hermano mayor? —Su voz se quiebra en pánico—. ¿Dónde quedó tu hombría?

—¡Griff!

—¡Eres tan inmaduro! —Eiji batalla, intentando patearle la cara (qué original) mientras él lo tira de la cintura, intentando no enfocarse en la tibieza de su piel o en lo firme de su vientre—. ¡Ash! ¡Basta!

—¡Griff! ¡Ayúdame!

—¿Aslan? ¿Están...? —El nombrado ni siquiera sabe cómo terminar la pregunta ante la imagen: dos niños forcejeando para tirarse mutuamente de una cama con menos de un metro de altura como si estuviesen recreando la escena del rey león—. ¿Qué están haciendo?

—Eiji no quiere salir de mi cama. —Gimotea con falsa inocencia—. Dile que se vaya.

—Ash está intentando golpearme y estoy lastimado del tobillo. —Pero claro, fue un error subestimar a su contrincante, lo sabe cuándo su hermano se acomoda los brazos encima de la cintura y lo mira con indignación, casi con saña.

—¿Es eso verdad, Aslan? —¿Y por qué diablos lo regañan a él? Es un adulto, no tiene cinco años.

—Sí, pero...

—¡Max! —Griffin llama a su prometido—. ¿Puedes revisar a Eiji? Yo tengo que charlar con Aslan. —Su pareja no tarda en asentir con cierta timidez desde la cocina, apaga el fogón, el aroma a quemado y verduras crudas le tumba el apetito—. Él era médico en el ejército, es importante que te revise.

—G-Gracias. —Y vaya, Okumura luce genuinamente avergonzado y eso es lindo.

—Puedes soltarlo, Aslan.

—¿Eh?

—Su cintura. —No se había dado cuenta de lo fuerte que lo estaba apretando hasta que Griff le tira la indirecta, lo suelta con una brusquedad propia de los felinos, lo escucha caer de porrazo sobre su preciado colchón y quejarse bajo el chirrido de los resortes—. Ahora vamos, ayúdame a cocinar.

—Qué divertido.

Max se queda en su cuarto para examinar a Eiji, si bien, no está familiarizado con los roles que Lobo tuvo durante la guerra asume que existió una exuberante cantidad de escasez para que inclusive los ajenos a la disciplina tuvieran que tomarlo, o quizás, Max tuvo un pasado en medicina, no tiene idea siendo franco porque conocerlo parecía mucho más divertido cuando era una mera figura fantasmal en las cartas de Griff, cuando era el compañero simpático que lo ayudó a sobrellevar la guerra o su mejor amigo, no la razón por la que desapareció por diez años y de alguna manera convirtió a Aslan en el fantasma intrusivo, en ese resqueme que trata de dejar atrás pasando de página mientras forja un presente con su prometido. Sus propios pensamientos lo desinflan, se ha sentado frente al mayor en la cocina, sin embargo, se profesa ausente e ido.

—Así que... —Griffin intenta sonar duro, más, aquella fachada apenas le dura la primera letra, sería poco decir que Ash es su debilidad y contradictoriamente su fortaleza—. Eiji Okumura. —El nombre genera una reacción de sobresalto en el menor que lo trae de regreso, pronto sus ojos vidriosos tal como las piedras recobran su brillo extraordinariamente astuto y afilado.

—Eiji Okumura. —Repite con una sonrisa irritada—. ¿Qué pasa con él?

—Pensé que te llevabas mal con ese chico.

—¡Lo hago! Nuestras pandillas son enemigas. —Le explica, cruzándose los brazos encima del pecho, estirando la trompita e inflando las mejillas porque es muy maduro y ama demostrarlo—. Okumura es insoportable, me golpeó la cara la última vez, ¡tú lo viste!

—No lo sé, Aslan. —Griffin es perceptivo y no se deja intimidar—. No vas a la casa del enemigo para que te abrace.

—¡No quería abrazarlo! —Se defiende, mostrando garras y dientes, este es el resultado de su magno trabajo de hermano mayor: un niño que vive defendiéndose porque en el fondo, teme al abandono, teme encariñarse con quien sea ya que en cualquier momento pueden dejarlo, por eso Ash se pone el parche antes de la herida, es su culpa, no lo crío bien—. Apenas puedo tolerarlo.

—Ajá.

—Es la verdad. —Rebate—. ¿Quién se cree para tumbarse en mi cama sin mi permiso? ¡Además Eiji se cree con el derecho de irrumpir no solo mi pacífica existencia con la pandilla y tiene las bolas para confrontarme! Sino que ahora le dio por arruinar mi vida personal, es un dolor de culo, se cree genial porque salta y sabe pelear, pero la verdad es que ni siquiera puede hacer un ensayo de un libro y es tan tonto que...

—Aslan. —Pero no es necesario que lo detenga.

—No. —Él se corrige solo—. No es tonto, él lo intenta de verdad, le cuesta la diferencia de idioma y estudia más que nadie aunque el deporte le consuma todas sus horas disponibles y aun así, hace un esfuerzo sobrehumano por mantener todo en equilibrio mientras su vida se derrumba, no abandona a Yut-Lung ni a los chinos, no desiste en el deporte por las Olimpiadas ni quiere sentir vergüenza por ser echado de la universidad. Es amable, compasivo y lindo, pero es muy duro consigo mismo y eso me duele mucho...me gustaría que tuviera un espacio seguro, me gustaría verlo sonreír más.

Griffin parpadea anonadado por la confesión, desde que Eiji apareció en la vida de Aslan no ha sido más que objeto de constantes quejas y reclamos, y aun así, acá está su hermanito, entregándole las palabras más adorables que jamás ha escuchado en la vida con las mejillas realmente rojas, con esos jades resplandeciendo como si fuesen llamas indómitas en la oscuridad y una sonrisa tímida grabada en las durezas, es interesante de sobremanera y le alivia.

—Pareces encariñado. —Se burla con una sonrisa socarrona, sacándolo del trance, provocando que se ponga cinco tonos más rojos y maldición, su hermanito es adorable.

—¿Encariñado? —Ríe con histrionismo—. Por favor, es insoportable.

—Qué curioso. —Tantea un poco más fuerte—. Usualmente las personas no quieren convertirse en el espacio seguro de quienes consideran insoportables.

—Nunca dije que me quisiera convertir en ese espacio seguro. —Brama—. Dije que me gustaría que lo tuviera, no que quiero serlo yo.

—Y aun así le abriste la puerta de tu hogar y lo dejaste entrar. —Las palabras de Ash mueren encima de su lengua antes de que pueda pronunciarlas—. Aun así, le diste una zona segura.

—No eres para nada divertido. —Gruñe, erizándose igual que lo haría un gato arisco.

—No debo ser divertido, debo ser tu hermano.

—Un hermano con un terrible gusto para los hombres por cierto, el viejo es horroroso.

—¡Max no es feo! —Gimotea ofendido—. Y no cambies el tema, jovencito.

—No lo estoy cambiando. —El brillo burlón acompañado de una sonrisa de Cheshire lo contradicen, el soldado siente que debe retirarse o perderá la batalla, pero no puede, no va a darle el ejemplo al ser un cobarde—. Pero debes admitir que tu gusto para los hombres es...

—¿Es qué? —Griff alza una ceja en señal de advertencia—. Por favor, continúa.

—Cuestionable.

—Aslan.

—Sabía que eras gay como la mierda, pero nunca creí que además estabas desesperado.

—¡Max es guapo!

—Si te gustan los que tienen cara boba. —Y de pronto, ambos explotan de la risa, dejando que toda la tensión se esfume de sus pulmones, que abandone sus cuerpos y dejen entrar dentro de sus almas esas cosas que jamás dicen pero quieren decirlas y no desaparecen por ignorarlas—. Te extrañé. —Entonces admite con una voz muy pero muy baja, casi con temor a ser escuchado.

—No me fui por tanto tiempo. —Ash encoge la cabeza, tímido.

—Para mí se sintió de esa manera. —Le explica, enroscando sus puños hacia los muslos de sus jeans roñosos, tensando sus zapatillas en los bordes metálicos de la silla—. ¿Por qué no volviste antes?

—No podía volver antes.

—Griff. —Aslan se atreve a darle la mano—. No me mientas.

—Yo no...

—No me mientas más, te lo suplico.

Y esa petición le hace trizas el corazón, ¿cómo explicarle a su hermano menor todo aquello que pasó y tan desesperadamente quiere olvidar?, ¿qué se perdió a sí mismo en Irak? Griff resurge lo pasado esos años con una vividez escalofriante, todavía ve los cadáveres por doquier, las pilas de cadáveres doblados y tiesos como trozos de valla rota, cadáveres tan esqueléticos y desfigurados que no tienen forma humana, cadáveres que mira en el espejo y encuentra en sí mismo. No la pasó bien en guerra, aunque no hable del tema pasó hambre, tanta hambre que sus huesos fueron obscenos, sus ojos se volvieron cuencos vacíos e inexpresivos, estaban vacíos mientras apretaba el gatillo con uñas azules, es un trauma en movimiento, un sobreviviente que es libre de la guerra pero la guerra no lo dejó ir en paz. No puede explicarle esto a su hermanito, lo ve como un héroe y no quiere matar su fantasía, si Griffin no regresó antes es porque es más trauma que persona.

Aún consciente de esto, se juró que la guerra no proyectaría sus sombras sobre su hermano, aquella convicción se cristalizó como su único objetivo: «Aslan no puede saberlo jamás». No quiere meterle en la cabeza la imagen de él drogándose para tolerar las muertes, arrastrándose sobre una montaña de cadáveres mientras el enemigo les disparaba y desmoronándose entre los brazos de Max con un llanto tan lastimero que solo podría pertenecer a un animal. No quiere que eso caiga encima de Ash y al mismo tiempo, teme que Ash le pierda respeto, cariño o valía por lo que ha pasado, no pretende darle a conocer este capítulo ensangrentado de su historia y a la vez, sufre sintiéndose un impostor indigno de su amor si lo cierra. Por eso Lobo significa tanto, lo ama habiendo visto lo más horroroso, inhumano y patético de él, se enamoró en un mundo repleto de muerte y aun así...

Se quedó.

Y no solo eso, Max lo salvó.

Max lo ayudó a ponerle nombre a lo que le había pasado y lo mantuvo esperanzado para regresar a casa, no es exagerado decir que Griffin vivía por Aslan, nada importaba mientras pudiese regresar a salvo con su familiar. Precisamente esas cosas rotas y repletas de desesperanza que lo mantuvieron vivo y cuerdo, son las que Ash es incapaz de soportar, por eso, donde Griff ve alivio y alegría, Ash ve dolor y pérdida. Ash ve a un hermano ausente en un trauma y Griff ve un trauma sobrevivido gracias a su ausencia.

—Eres un cobarde. —Ahora Aslan lo reciente, pero no es tan fácil hablar de los traumas después de pasar años empujándolos a lo más hondo de la conciencia, esperando que el silencio lo salve o libere cuando no hace más que encerrarlo en una nueva guerra—. Ni siquiera puedes decir lo desagradado que te sientes por lo que pasó con el entrenador de béisbol. —Y más encima, luego de sobrevivir se entera de esto, de que Ash estuvo a punto de pasar por traumas innombrables, es mucho para Griff, es un ser humano apenas de pie, Irak le quitó una parte de sí mismo imposible de recuperar.

—No es desagrado. —Es impotencia, es rabia, es ira, es que no quiero que te conviertas en mí y más encima no pude protegerte cuando me mantuve vivo con ese objetivo, oh Aslan, lo siento. Pero tiene la boca zurcida con bombas de batalla y está demasiado drogado con el pasado para hablar—. Aslan, no es desagrado, jamás podrías desagradarme.

—¿Entonces qué es?

—Otra cosa.

«Tienes que decírselo a Aslan» lo confrontaba Max «Tienes que encontrar la manera de hablarlo ya que mientras más tiempo esperes, más duro te será sacarlo».

Y tenía razón, todavía la tiene, sin embargo, es terrible imaginarse que la personita por quien estuvo sobreviviendo tantos años lo mire con odio y decepción, claro que Aslan tiene derecho a elegir como el adulto en el que se ha convertido, pero Griffin, ¿podrá soportarlo?

—De todas maneras, ahora juegas béisbol en la universidad, significa que te superaste. —No podría, esa es la cruda y fea verdad—. Me siento muy orgulloso de ti. —Ash no impresiona cómodo con este halago, al contrario, se ha puesto más rígido que una tabla y a la defensiva.

—Claro, soy la estrella del equipo.

—Me gustaría verte competir algún día. —Griffin es un mentiroso.

—Me encantaría que me vieras. —¿Pero Aslan? Aslan es el más mentiroso de todos—. Te dejaré tan sorprendido que acabarás cayéndote de espaldas en la banca.

—Estoy ansioso.

—Me alegra.

Cobardes los dos.

—Eiji está bien. —Gracias a Dios Max abre la puerta y corta esa creciente tensión—. Su tobillo se ve desinflamado, aunque los moretones que le dejó la otra pandilla requirieron curaciones.

—Gracias por sus cuidados. —El japonés sale del cuarto ofreciendo una reverencia, sus modales son impecables incluso en estas circunstancias, lo deja algo anonadado—. Ya debería irme.

—¡Espera! —Ash se levanta de la cocina con un solo salto—. Te acompaño.

—¿Por qué? —Claro que el desgraciado es arisco cuando le conviene—. No necesito tu ayuda.

—Tenemos que terminar tu ensayo. —Lo amenaza con la mirada—. ¿Recuerdas? —Y espera que las neuronas de Eiji al menos le permitan leer la incomodidad debajo de sus palabras, su señal de ayuda para salir de este apartamento habitado por las mentiras y el pasado y no volver jamás, claro, puede ignorarlo porque siguen siendo de bandos contrarios.

—Cierto. —No obstante, Okumura nunca lo hace—. Tenemos que terminar ese ensayo. —Y aunque ni siquiera le agrade hace todo lo posible para resguardarlo y sacarlo de acá—. Vamos, Ash.

Es extraño, piensa.

Debe ser porque es extranjero, se miente.

Sale del departamento con una sensación de pérdida y mareo en la lengua, vive con un desconocido, con el cascarón de lo que fue Griffin o tal vez, de la idealización que se forjó, y probablemente él sea caso similar para Griff, probablemente Griff cree que vive con un desconocido o el cascarón del niño adorable que alguna vez fue, es lo justo en ese sentido. Y no es que Ash no anhele desprenderse del recuerdo para vislumbrar realmente quién ha regresado a su casa, es que no lo deja, es que aparece esta barrera de manera constante y agresiva, marcando un antes y un después, marcando un «Griff y Max» y un «Griff y Aslan». Bufa amargado por su propio negativismo, al menos tuvo las bolas para tocar el tema sin agresiones de por medio y pedirlo de buena forma, debe ser un avance, ja, incluso fue más sencillo de lo pretendido bajar la guardia, se cuestiona por qué.

Mira a Eiji en la inconsciencia y sonríe.

—¿Y ahora qué? —Le pregunta sin detener sus pasos, no tienen un rumbo fijo, se limitan a caminar por las deprimentes calles de Nueva York, nunca le logró gustar del todo esta ciudad, sino fuera por Shorter y los chicos se habría ido—. ¿Ahora qué hacemos?

—Hacemos me suena a una manada. —Eiji no lo mira al responder, se encoge dentro de su uniforme deportivo y de su chaqueta preferida de mezclilla, ni siquiera tuvo la decencia de devolver la prenda usada por mera contingencia, es una lástima, va a tener que desinfectarla luego, aunque...se le mira incluso bien, le queda grande de sobremanera, los bordes le llegan hasta la cadera y aun así, resulta sumamente encantador de vislumbrar, quizás sexy si fuera cualquier otro ser humano, en el moreno no, absolutamente no—. No iremos a ninguna parte.

—Me obligaste a salir de mi propio apartamento.

—Sino mal recuerdo, tú me echaste a patadas. —Okumura frena sus pasos y lo confronta cara a cara tras alzarse en la punta de sus pies, a Aslan le es hilarante que intente inflar el pecho para lucir más grande igual que un sapo, los conejitos no hacen eso—. Literalmente, me quisiste patear de tu cama.

—Tú me estabas babeando el pecho.

—Podrías haber sido más hospitalario. —Dice exigente y ¿hola? Su apartamento no es un hotel cinco estrellas y tuvo suerte de que lo dejara entrar—. Y no, me sacaste a patadas aun estando lastimado, ¿qué clase de persona eres, Lynx? No quiero ser una manada contigo.

—Pero tú me obligaste a salir de mi cuarto. —Aslan entrecierra la mirada, divertido—. Así que por ahora, somos una manada.

—¿Un conejo y un lince?

—Mientras el conejo no haga nada que irrite al lince para que se lo coma, todo bien. —Entonces lo incita a rodar los ojos y eso le roba un suspiro, Nueva York está frío, su chaqueta se resbala por sobre los hombros del moreno, mostrando sus bronceadas y marcadas clavículas, Ash tiene muchas ganas de reacomodársela para protegerlo de esa estúpida musculosa, pero no lo hace, sería raro, piensa.

—¿Se supone que es una amenaza intimidante?

—Si fueras sensato lo sería.

—No me da miedo que me coma un lince.

—Y a mí no me da miedo comerte, estamos a la mano.

—Idiota. —Los enemigos no se tratan de esta forma—. Americano idiota.

—¿A dónde vamos, entonces?

—No tengo planeado regresar a mi apartamento a confrontar a Yue. —Eiji luce extraordinariamente pequeño y frágil tras pronunciar aquel nombre, se abraza a sí mismo a pesar de la aspereza del forro, fue extraño verlo tan vulnerable y seguramente por eso sintonizó con el pertiguista, si existe alguien que comprenda lo duro que es estarla pasando mal y tener que sostener una coraza es Aslan—. No quiero regresar al entrenamiento hoy tampoco, el entrenador Fox me matará pero en esta condición no sería responsable asistir, no me siento bien todavía.

—Podemos ir a la biblioteca. —El japonés alza el ceño con indignación, como si estuviese insinuando que ese es el único lugar en el que Aslan va a pasar el tiempo y efectivamente es de esa forma, pero no se lo dirá, tiene un orgullo que mantener.

—No está abierta toda la noche.

—¿Necesitas que esté abierta toda la noche?

—Sí, no volveré a mi dormitorio por ahora, por primera vez quiero respetar lo asustado que estoy.

—¿Qué está abierto toda la noche? —Ash arruga la nariz y piensa—. Podemos ir a algún restaurante de comida chatarra y pedir cafés de a dólar para que no nos echen.

—¿Y cómo pretendes llegar?

—Puedo conducir. —Esos ojos de ciervo relumbran con curiosidad y le inflan sin querer el ego.

—¿Tienes un auto?

—No. —Eiji resopla y ¿acaso el hijo de puta se atrevió a resoplar? Oh no, ahora es personal, es cosa de orgullo y dignidad—. Tengo algo mucho mejor.

—¿Nos vas a llevar en tu bicicleta?

—No te quiero en mi bicicleta. —Se defiende con el ceño tenso—. Sé conducir motocicleta también.

—Claro que sabes conducir una motocicleta, eres el típico cliché americano.

—¡¿Eso qué diablos significa?!

—Por favor. —Eiji se para de frentón, enumerando los puntos—. Eres jodidamente guapo, estudias una carrera intelectual y eres el mejor en esa, manejas una pandilla, tienes una actitud típica de uno de esos bad boys que enloquece a las chicas, conduces una motocicleta, lo único que te falta es que seas un alma atormentada que escribe poesía o canciones en una banda de rock. —Pero Aslan está lejos de sentirse ofendido por menuda lista de tonterías—. Básicamente eres un James Dean en una versión millennial de rebelde sin causa.

—¿Crees que soy jodidamente guapo? —Al contrario, se profesa en las nubes tras esa confesión, no culpa a Okumura por ser tan sincero, de hecho, sería raro que no admitiese su obvia superioridad.

—Las chicas creen eso. —Gimotea dando una patada contra el suelo con la cara roja—. Yo no.

—No lo sé. —Ash le da un empujón de hombro, divertido—. Te escuchaste algo gay cuando lo dijiste.

—¡No es mi culpa! Lo dicen bastante en la facultad, tienes algo que le encanta a las mujeres.

—Y aún así. —Tararea—. Tú lo dijiste, no una mujer.

—¡Ash!

—Deberías aceptar que te encanto y ya, no tienes que hacerte el difícil. —Y entonces le da un bufido repleto de saña e indignación que se manifiesta en un puchero de mejillas regordetas y boca estirada que lo hace querer molestarlo aún más, Eiji es tan molestable y eso lo encandila—. Te gusto.

—¿Ves? Es la misma actitud insoportable de los yanquis. —No lo estás negando, mitiga.

—Y eso en qué estereotipo te convierte a ti, ¿el otaku virgen o el deportista metrosexual? —Él le da un codazo de respuesta, intentando apartar a Ash porque es insoportable e irracional.

—En ninguno. —Bufa.

—¿Entonces no eres virgen? —Y la pregunta escapa de la nada.

—¿Por qué? ¿No quedaste satisfecho con la salchicha del otro día?

—¡Eiji! —Ahora es Aslan quien gimotea—. Esta discusión ya no es divertida.

—Porque yo iba ganando.

—Es difícil ganarle a alguien que usa argumentos totalmente irracionales.

—Una victoria es una victoria. —Se encoge de hombros—. Entonces... —Y le sonríe con una chispa de diablura de la que Aslan definitivamente desea ver más—. ¿Dónde está tu supuesta motocicleta?

—Esperaba que preguntaras eso.

Por supuesto, Ash no tiene motocicleta o Griff se desharía pacíficamente de esta tirándola mientras duerme, así que debe recurrir a robar o más bien, tomar prestado sin permiso alguno de Wong, no le importará, se dice, ni siquiera la usa y la deja sin candado a las afueras del Chang Dai, es tan crucial demostrarle lo genial que es a Eiji en estos momentos, es de vida o muerte. Se para a pensar en esta relación que se hallan forjando, ni siquiera se encuentra seguro de cómo llamarlo ¿un enemigo? No obstante, sus emociones no se asemejan a las que guarda por el resto de la pandilla china, descarta la simpatía antes de considerarla, probablemente es una mera fascinación, le gusta estar cerca luego de haber visto lo peor del otro en una especie de liberación mutua y ya. No es la gran cosa.

¿Verdad?

—¿Listo? —El ronroneo del motor aparta esos pensamientos, le pone el casco más grande que tiene Wong escondido porque es un cabezón y nota su vacilación, vaya, ¿dónde quedó el chico descarado de hace un rato? Lo ve mirarse los pies, parece haberse hundido con nerviosismo en el piso, manos ansiosas juguetean en los bordes de su chaqueta, su labio inferior queda atrapado entre sus dientes en un gesto inconsciente que es incluso lindo—. ¿Eiji?

—Yue conduce bastante motocicleta. —Por supuesto que lo hace, es una maldita diva—. Intenta ser cuidadoso, yo no quiero más... —El japonés protege su tobillo de manera casi automática—. Pasar por el quirófano otra vez no es algo que quiera.

—Hey. —Ash atrapa sus ojos oscuros, tan ennegrecidos como estanques oscuros relumbrando bajo la luna, brillando con expectación y miedo—. Te lo dije, mientras estés conmigo nada te pasará, eres mi presa. —Eso lo hace sonreír y le da la confianza suficiente para sentarse en el asiento trasero.

—¿Los linces siempre son tan posesivos con su comida?

—No. —Sus palmas sudan hacia el acelerador—. Pero yo sí.

—Está bien. —El susurro de Eiji contra su cuello lo quema, todo este teatro emocional lo ha atraído más y más, succionándolo cual agujero negro hasta devorarlo por completo, esta majestuosidad es confusa y no por eso menos tentadora—. No me molesta. —Aslan traga duro y siente a su manzana de Adán danzar mientras el casco lo hace sudar, está nervioso, el corazón le arremete con ferocidad.

—¿Estás listo? —Es por el verano, se dice.

—Lo estoy.

No es por Eiji, se miente.

Y la mentira se vuelve insostenible cuando siente los dedos del susodicho deslizarse alrededor de su torso, cuando lo siente acurrucarse contra su espalda, presionando su mentón contra sus hombros, consiguiendo que su estómago dé un vuelco bajo la iridiscencia de la autopista, provocando que en algún lugar de él mismo quiera acelerar para que se afirme más fuerte y pegado. Su corazón grita desesperadamente, contiene el jadeo tras sentir una risa mientras cabalgan en la ciudad de concreto y cristal, luce etérea, con los letreros de neón forjando un caleidoscopio, con el dorado derritiendo la piel acaramelada de Eiji y las luces violetas, rojizas y azuladas besando sus hebras esponjadamente negras, es hermoso y no se había percatado de lo hermosa que podía ser Nueva York o tal vez (solo tal vez) no es Nueva York lo hermoso sino su habitante.

Alto, ¿Eiji?, ¿hermoso?

No.

Definitivamente no.

Llegan a un McDonald's abierto por 24 horas, piden una comida para compartir y con la bandeja de plástico en mano se arrojan a una butaca aún más plástica que está rediseñada para hacerlos sentir saludables mientras comen, la franquicia ha reemplazado sus colores vibrantes por verde y mentiras sobre lo sustentable, los letreros no lo hacen sentir menos enfermo al ver sus tristes patatas aguadas en el empaque biodegradable o al concebir los focos de neón demasiado radiantes ardiendo en piel.

—¿Entonces, este es tu plan? —Le pregunta, hundiendo una patata frita en el recipiente de kétchup, dejándola de lado al ver esa sonrisa de mierda que le grita: te dije que la mancha en tu camiseta era de condimento y no brillo labial.

—Me quedaré a dormir acá. —Eiji le confirma en el asiento de enfrente, tratando de encontrar algún lugar cómodo para recostar su espalda entre la butaca y el cartel verde del restaurante—. Pediré de esos cafés hasta que amanezca y luego regresaré a mi dormitorio.

—¿Llegarías tan lejos para evitar a Yut-Lung?

—Claro que sí.

—No entiendo tu reticencia para no volver, ¿no se supone que son amigos?

—Lo somos. —Y de pronto, su semblante se quiebra, es fácil para Ash apreciar las grietas nacientes en la fachada del japonés—. Pero ¿cómo decirlo? Soy el soporte de Yue, soy quien le cuida la espalda y lo protege, sería inaceptable que me quebrara de esta manera ante él, piénsalo como un hermano mayor con el menor, ¿con qué cara se apoyaría en mí si me ve mal? Soy su seguridad.

—Un hermano mayor. —Griffin, ¿acaso él se sentirá así?, ¿tan presionado?

—Exacto. —Musita, encogiéndose aún más dentro de la mezclilla.

—Eso debe ser pesado.

—Un poco. —El japonés juguetea con una mancha encima de la mesa, se mira más triste y desinflado que la caja de nuggets que pidieron—. No me malentiendas, no es que lo cuide obligado ni nada por el estilo, yo quiero cuidarlo, sin embargo, Yue tiene una imagen mucho más idealizada y firme de lo que realmente soy, cree que estoy recompuesto, que he superado mi lesión y que estoy sano, que soy indestructible y no es así, estoy mal, me siento mal.

—Eiji.

—Pero cada vez que quiero decírselo o hablarlo, me freno a mí mismo.

—¿Por qué? —Los dedos de Eiji golpean la mesa de plástico, arrugando el mantel de papel, aunque no ve sus piernas las escucha tensarse contra la butaca—. ¿Por qué no se lo cuentas? ¿No confías?

—No se trata de confianza.

—¿Entonces de qué se trata?

—Me da miedo que los papeles se intercambien y él me vea como una... —La boca le tiembla en un ansioso movimiento, sus ojos vacilan hasta encontrarse con los suyos—. Como una carga, se supone que soy el mayor y debo mantenerme fuerte, se supone que eso es parte del amor, tú lo dijiste.

—¿Y no se te ocurre que quizás él quiera apoyarte? —No habla por la víbora, proyecta está situación sobre su propia hermandad—. ¿Qué él no te juzgará por pedir ayuda?

—No temo que él me juzgue. —Le explica—. Temo juzgarme yo aún más duro si le cuento.

—Oh.

—Porque sino puedes cumplir con el rol que tú mismo te has autoimpuesto, a fin de cuentas, ¿qué puedes hacer bien? Son pensamientos medio intrusivos difíciles de detener, mucho más al instante de hablar con esa persona, porque quieres estar para ella, quieres apoyarla, quieres darle seguridad, es muy duro chocar contra la realidad y aceptar que no puedes hacerlo y eso se te sale de las manos, que aunque no es voluntario te sientes inútil en cierta medida y fracasado.

—Ya veo.

Piensa en Griff y en lo reticente que fue a aceptar su ayuda tras volver de Irak, recuerda lo fuera de sí mismo que lucía con esa mirada hueca y alerta, como si siempre estuviese esperando el siguiente bombardeo o ataque, recuerda esa vez que lo acompañó a la universidad y retumbaron las alarmas como parte de un simulacro, recuerda el terror en sus ojos añiles, los gritos y lo encarcelado que se veía en sus síntomas de estrés post traumático. Si Aslan no le ha dado más importancia a esa guerra es porque Griffin se lo ha prohibido, mostrándose adaptado y orgulloso de ser un sobreviviente, las únicas veces que ha aparecido esa vulnerabilidad ha sido con Max. Y tal vez, no odia a Max, sino que odia las cosas que le quitó de su hermano, porque mientras él estuvo fuera, Aslan lidió con su propia guerra para hacerse más fuerte y apoyarlo, ¿con qué derecho le niegan su lugar? Pero esa ni siquiera es la pregunta correcta, sino que resguarda unas muchas más duras de enfrentar: ¿por qué Griff no confía lo suficiente en Ash y sí en Max?, ¿cuál es la diferencia?, ¿hay alguna diferencia?

Y si hay una diferencia, ¿cómo podría acortarla?, ¿cómo podría ser suficientemente fuerte para que lo considere de apoyo? El silencio no es una armadura que protege, es una espada que mata.

—¿Qué harás con Griffin? —Y Eiji parece leerle la mente al poner el tema, al hablarlo, al sacarlo bajo la mesa y colocarlo encima—. Le dijiste que estabas en el equipo de béisbol.

—Estabas escuchando. —Intenta burlarse en vano, su sonrisa queda a medio camino, no tiene ganas de darle una completa.

—Ash. —La voz de Eiji se torna suave y dulce, como solo las cosas imperfectamente perfectas saben hacerlo—. ¿Qué quieres hacer?

—Tal vez debería darle una oportunidad al deporte. —Lo considera con cuidado, mirando su propia voz en el aire como si las palabras pudiesen materializarse, les fuesen a salir piernas y se le lanzaran encima para morderlo—. Solía gustarme, en algún momento de mi vida me gustó. —Aunque es duro desglosarlo con el trauma tan encima, ha tomado la decisión de no menospreciarlo más, ni tampoco de menospreciarse, sí, fue duro lo que pasó en Cape Cod y ya.

—¿Cómo planeas entrar al equipo?

—Siempre tienen vacantes abiertas. —Le explica.

—Pero si me pediste ayuda para practicar es porque debes estar algo oxidado. —Y vaya bajo aquella maraña esponjada deben quedar neuronas vivas—. ¿Cómo vas a entrar apestando en los deportes?

—No apesto. —Gruñe, llevándose a la boca una triste patata frita—. Solo necesitaremos aplicarnos más.

—¿Aplicarnos? —Eiji alza una ceja—. Me suena a manada otra vez.

—Tú quieres ayuda con tus ensayos, yo quiero ayuda con el deporte, es un trato justo. —Y ve cómo las quejas mueren en su boca con una increíble satisfacción, es una victoria pequeña e ínfima que a sus ojos luce monumental.

—Tienes un buen punto. —Admite—. Lo justo es que te ayude a practicar.

—Gracias. —Se regodea.

—¿Y luego? Digamos que logras entrar al equipo de béisbol, ¿luego qué pasará?

—Supongo que invitar a Griffin a un partido para demostrarle lo mucho que he avanzado desde que se fue.

—Lo que es una vil mentira.

—No es mentira si omito información. —Eiji rueda los ojos, divertido.

—Eso es algo que Yue diría.

—La víbora, por supuesto. —Aslan gruñe, arrugando la nariz como si acabase de comerse una patata podrida—. No sé cómo Shorter pudo soportarlo sin enloquecer antes de venir a nuestro bando.

—Eso es porque... —El japonés abre y cierra la boca igual que un pez, mira un punto al fondo durante algunos minutos antes de volver esos ojos de Bambi hacia el verde pétreo de Aslan—. No tengo idea de lo qué pasó entre ellos dos. —Oh, sorpresa, no es solo Shorter quien evita el tema, debió ocurrir algo realmente feo entre ellos para que ambos lo escamoteen de esa manera.

—Tampoco estoy seguro. —Confiesa—. Pero tengo mis teorías.

—¿Qué teorías? —Y le enternece lo genuinamente interesado que el moreno se muestra hacia todas las cosas que Aslan habla, escuchándolo atentamente como si fuera la persona más interesante que jamás haya conocido y eso nunca lo cansa, eso vuelve tan fácil hablar—. Tengo curiosidad.

—Qué Yut-Lung intentó envenenarlo y Shorter huyó.

—¡Ash! —Y claro que gimotea, no sabe hacer otra cosa y es lindo cuando lo hace, así que no molesta tanto—. Estoy hablando en serio.

—Yo también.

—Por favor. —Resopla—. Esa teoría no es realista.

—¿Tienes una teoría más realista acaso? —Y el japonés se sienta recto, inclinándose sobre el mantel con algo brillante en sus ojos, una luz interior que solo parece asomarse durante sus conversaciones con Aslan y lo hace profesarse embelesado, quiere obtener más de esto, quiere ver tanta luz en esos ojos cobrizos que Nueva York quede cegado.

—De hecho sí.

—Estoy ansioso por escucharla. —Lo incita, provocando que se sonroje y sus ojos de ciervo lo miren igual que un par de dagas.

—Creo que fueron pareja en el pasado y terminaron mal. —Ash parpadea con suma paciencia frente a aquella confesión completamente irracional, si bien, Shorter nunca ha mostrado indicios de tener un gusto decente (es cuestión de mirar sus ropas) no cree que tenga un gusto tan grotesco para salir con Yut-Lung Lee, la serpiente a quien llevan enfrentando desde que forjó su maldita pandilla.

—¿Qué? —Aslan se rasca la oreja, como si quisiese sacarse un tapón—. Creo que te escuché mal.

—¡No es tan imposible! —Okumura defiende su teoría, no debería sorprenderle dichosa terquedad, cree que incluso ha llegado a disfrutarla—. Hay una tensión extraña entre ellos dos.

—Bien, eso es verdad. —Admite, recordando lo tenso que se pone su mejor amigo apenas menciona al histriónico, pero sería un error quedarse en esa incomodidad superficial, algo mucho más intenso, doloroso y visceral se esconde tras su propia carcasa de hielo—. Pero de ahí a ser pareja es...extraño.

—¿Por qué?

—Porque ellos son tan opuestos.

—Ya sabes lo que dicen. —Eiji se encoge de hombros, más relajado—. Los opuestos se atraen.

—Si fuera de esa manera tú y yo estaríamos locos por el otro. —Ash brama y no tiene idea de porqué ha dicho eso, espera algún insulto de regreso de esa lengua mordaz, no obstante, lo único que logra obtener al alzar el mentón son una sinfonía de rosas y unos puños tensos, casi como si Eiji estuviese luchando contra sus propios pensamientos o sentimientos—. A menos que sí estés loco por mí.

—¿Qué? —Hasta las orejas se le encienden de un escarlata absolutamente adorable—. ¡No! Tienes toda la razón, no hay forma de que los opuesto se atraigan, es imposible que me llegues a agradar.

—¿Ah? —Y aunque Ash puso el tema, de repente se siente jodidamente ofendido—. Yo debería ser el único insultado con esa insinuación, ni siquiera me caes bien, Okumura.

—Lo mismo digo, Lynx.

Ambos bufan en una competencia de madurez, tensando sus brazos encima de sus torsos para forjar barreras, apartando las piernas que jugueteaban entre los roces de zapatillas, bajan las miradas para evitar contacto visual y de pronto el ambiente es pesado, casi sofocante, Ash supone que hasta aquí llegó su breve tregua y camaradería, que tal como suele pasar cuando rompe las expectativas de los demás será botado, que fue bueno mientras duró pero ya se acabó.

—Pero ¿sabes...? —Eiji es el primero en dar un paso, relajando su ceño y mostrándole una expresión dulce y bondadosa, muy acorde a él—. Si los opuesto se atrajeran de verdad, no me molestaría tanto que tú fueras el mío. —Sus defensas se desploman en un instante, no tiene oportunidad de alzarlas ni debería sorprenderse puesto que este chico solo las salta.

—Sí. —Y sabe que debe terminar lo que sea que sea esto porque le es fiel a su pandilla, sin embargo, no puede evitar pensar que es demasiado pronto para despedirse de Eiji y que todavía no se concibe listo para dejarlo ir—. Lo mismo digo.

Así que se permite quedarse un poco más y entender que esta mañana ha despertado y las cosas sí han sido diferentes.

Porque Eiji está a su lado.

Ahora existe un panomara más completo sobre Griffin el cual se irá ahondando de a poco porque la guerra es una situación traumatica de por sí, cambia los funcionamientos defensivos y tiende a reprimir y reprimir, incluso se han dado casos de soldados con catatonía lo que es fisicamente paralizarse en una posición o sea, no es cuestión de hablarlo o no. Muchas veces no es tan simple por muy simple que se vea, si fuera tan facil cambiar el funcionamiento defensivo todos lo hariamos a voluntad, pero es un proceso y requiere ayuda. Y acá se les cuento desde mi experiencia de terapeuta, cada quien tiene su timing para sacar las cosas, todo el camino previo es necesario e igualmente valido, se nota mucho eso en este fic, puesto que a fin de cuentas los sucesos y su liberación suceden en cadena. Eso, mil gracias a quienes se toman el cariño para leer, nos estamos viendo mañanita porque ando hypeada acá.

¡See ya!

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