
CAPÍTULO 2: El Devoracuentos
—¿Escritor? ¿Qué es un escritor? —preguntó Pasado.
—Un escritor es alguien capaz de crear narraciones, personajes y por supuesto una historia, fábula o cuento. Que, normalmente, acaba publicada en forma de libro para que la gente pueda leerla —dijo Mark cogiendo uno de los miles que ocupaban cada rincón de su hogar—. Como este.
—¿Libro? —Pasado cogió y hojeó lo que le mostraba—. Eso es imposible. ¿Para qué entonces se necesitarían a los cuentos como yo...?
—Bueno, no todos los libros son cuentos—se explicó Mark.
—¿Y qué son? —preguntó Pasado.
—Estos son libros de divulgación científica, análisis psicológico, economía, política...—Mark fue enumerando libros al pasar, y los fue dejando en una pequeña mesita—, todos estos no cuentan cuentos.
Pasado se removió inquieto, algo asustado y asombrado. Mundo no era lo que decían ser en la escuela. Un lugar sin magia, sin ilusiones y sin sabiduría. Si los seres tenían historias y libros, ¿para qué necesitaban cuentos? Quizá... todo lo que había aprendido no servía de nada. Quizás él ya era solo un vestigio de un mundo pasado que los demás querían olvidar. Por eso ya nadie quería escucharle. Eso no se lo habían explicado, claro. Empezó a pasear preocupado. Su cabeza iba en todas direcciones. Si los cuentos ya no eran necesarios... entonces...no había esperanza. Se dejó caer rendido en un sillón cercano y miró la oscuridad de la noche por la ventana.
—Los cuentos ya no importan —dijo apesadumbrado—. Estamos yendo hacia nuestra extinción, ¿no es así? Los humanos podéis hacerlo sin nuestra ayuda. Tenéis... ¿cómo se llama? Imaginación, inspiración. No tengo nada nuevo que aportar.
—Te equivocas —replicó Mark sonriente—. Los cuentos son realmente importantes. Sin ellos, ¿qué escribiríamos los escritores? Tú mismo lo has dicho son: inspiración. Solamente que no son personas como tú, sino que salen de la imaginación del escritor. Seguramente debes de ser un fantasma... quizás estabas leyendo un libro y...
—Pero...no puedo haber soñado todo lo que he vivido. No sé nada de este lugar, excepto lo que me han contado. Tienes que creerme. Hace tiempo que existo, no sé cuanto, quizás haga siglos. No cambio. Nada más recuerdo abrir los ojos en la Escuela del Cuento, la directora me asignó al Aula de la Infelicidad, tras la prueba de aptitud —musitó Pasado en un extraño susurro. Su voz acartonada por el asombro y la preocupación—. Ahí nos enseñan a ser cuentos y a crear el nuestro propio. Luego, cuando consideran que estamos listos, nos envían a Mundo. Aquí contamos nuestros cuentos, enseñamos nuestra moraleja y desaparecemos para ir al mundo soñado y creado por nosotros —indicó enumerando con los dedos, para dar énfasis a sus palabras—. Todo esto es lo que me han contado. Es lo que yo estaba haciendo cuando te encontré. Es imposible...no podría haberlo imaginado.
—Bueno, es una muy buena historia... ejem... ¿Cómo te llamas? —preguntó Mark.
—Siempre me han llamado Pasado —indicó, levantando la mirada. Sus ojos se clavaron en los del escritor Mark—. De eso trata mi historia. Si estuvieras dispuesto a escucharla, quizás entonces... todo recobraría el sentido.
—Sin embargo, ¿desaparecerías? ¿Irías a ese mundo soñado? —Pasado asintió—. De acuerdo, entonces si ese es tu destino... cuéntamela —comenzó a contar su historia. Sin embargo, la cara de Mark pareció alterarse y cambiar. Ponía caras raras, reía, hasta que finalmente, le acabó preguntando—: ¿De qué va esta historia tan triste? No acabo de entenderla... No tiene sentido.
—Bueno, si me interrumpes ya no sirve de nada. Tendré que volver a comenzar...
—Pero, Pasado... tu historia no está bien narrada. No tiene mucho sentido, hay lagunas y... ¿Quién es el protagonista? —abrió sorprendentemente los ojos al decirlo, él no pudo evitar mirarse los zapatos incómodo—. No tiene ni pies ni cabeza. Va sin orden, ni contexto, no tiene protagonista, ni hilo conductor. Yo podría ayudarte, claro. Quizá con tus ideas, y mi pluma como escritor, podamos crear la historia que tú necesitas contar para vivir para siempre.
—Pero, ¿surtirá efecto entonces en ti? Porque si tengo que buscar a alguien... únicamente, me quedan cuatro días para hacerlo —ambos miraron pensativos por la ventana.
—Tendremos que descubrirlo —se pusieron a trabajar un rato en la historia, pero Pasado vio que Mark, se estaba quedando dormido. Supuso que los seres cómo él, escritores de Mundo, debían descansar. Mark se fue a la cama y él observó la noche estrellada por la ventana. Él no necesitaba dormir. Nunca recordaba haberlo hecho. Reflexivo miró Mundo. Ese lugar que creía conocer y era totalmente distinto. Supuso que era normal sentirse así, tan desconectado de quién era antes, pero sin saber quién era ahora en realidad. Era un cuento, pero sin nada que contar.
Pensó en Mark. Así que... un escritor daba forma a los cuentos. Quizás eso es lo que debían encontrar al venir aquí. No alguien dispuesto a escucharles, sino alguien dispuesto a contar su historia a los demás. Al fin y al cabo, Mark había dicho que los libros, se leían por todo el mundo. Pasado se levantó, cogió uno de los montones que Mark había titulado como cuentos. Se llamaba «La Cenicienta» y se puso a hojearlo. Había letras por todos lados. Aunque él sabía leer, nunca había tenido un tomo tan grande y pesado en sus manos. Además de letras, tenía también dibujos. Había algo de esa chica llamada Cenicienta que le resultaba familiar, no sabía por qué. Suspiró y esperó a que Mark volviera a la vida, para hacerle más preguntas.
La directora chasqueó la lengua enfadada. Maldito Pasado, tenía que dar con un escritor. Ahora, por desgracia, una de esas infelices historias, quizá sobreviviera. A los alumnos del Aula de la Infelicidad no se les daban las mismas instrucciones; ni siquiera, una hoja de contactos, como al resto de alumnos. Se les lanzaba al mundo y se probaba suerte. En cambio, a los alumnos del resto de la escuela se les orientaba al llegar, gracias al que en su día fue su mentor. Se les daba una hoja de contactos: escritores, directores de cine, guionistas teatrales, productores musicales, etcétera. Todo con el objetivo de llevar nuevas historias a Mundo. Historias de romance, felicidad, complacencia. Desde que ella era directora, ningún graduado del Aula de la Infelicidad, había prosperado. De esa forma, Mundo era feliz, complaciente y soñador. Todo eran historias sobre la felicidad, el amor, la familia, la amistad y se creaba un mundo fácil de gobernar. Todos estaban contentos, todo funcionaba. Pero...de golpe, Mundo había querido probar suerte, arriesgarse, romper la monotonía. Y ahora, tenían un cuento infeliz, a punto de hacerse conocido por un escritor desconocido. Algo que encantaba a su Mundo complaciente. Maldita sea, eso podía desequilibrar el perfecto equilibrio creado. Tenía que poner cartas en el asunto, y aunque ahora no lo vieran, se lo agradecerían en un futuro.
No es que ella odiará los cuentos infelices, es más, creía que eran muy necesarios para Mundo. Sin embargo, tenía órdenes directas de alguien superior a Mundo. Alguien que podía romper con todo. Levantó el teléfono y marcó el número de memoria. La llamada fue breve, y en pocos minutos, tuvo a la persona que quería sentada al frente de su escritorio. No le gustaban los devoradores, ni tampoco aliarse con ellos. Pero, no tenía más remedio. Tenía que poner fin a los alumnos del Aula de la Infelicidad que estaban sueltos por Mundo. Y que mejor, que un devorador de cuentos, para ello. Suspiró y arrastró el maletín con el pago. El devorador asintió.
Pasado observaba a Mark desayunar en la estrecha cocina llena a rebosar de libros de recetas. Eso, al menos, le había dicho que eran. Pasado empezaba a sospechar que había libros para todo, y que a la gente le gustaba acumularlos, ya que no tenían memoria para recordarlos. Quizá por eso les necesitaban. Aunque quizá no. Ya no sabía qué pensar. No pudo evitar preguntar:
—¿Qué vamos a hacer primero hoy? ¿Inicio o nudo? —intentando recordar alguna de sus clases de estructura.
—Yo tengo que ir a comprar. Esta semana no trabajo porque es festivo, pero tengo que hacer cosas de casa.
—¿Vives solo? —le preguntó Pasado— ¿No hay romance para ti?
—No, claro que no. En fin, yo...no he tenido tiempo de buscar novia. Tengo un libro que escribir. Y... ¿romance? ¿Se dice así en tu mundo?
—Yo no vengo de un mundo, vengo de una Escuela. Y tu libro ...no parece ir muy bien.
—¿Has cotilleado mi libro? —dijo Mark levantando la vista de su bol de cereales y clavando la mirada en él. Daba la sensación de que le asustaba y dejaba perplejo. Aunque también le daba ganas de molestarlo.
—Claro, bueno las cuatro frases que has escrito. Nada bueno... necesitas trabajar en mi cuento para mejorar.
—Y tú necesitas mi manera de narrar. Porque tu historia no tenía orden, ni estilo, ni sentido —replicó Mark molesto.
—Me salté la clase de orden del cuento, y también la de gramática de la historia —dijo Pasado con una sonrisa divertida y distraída. Era un alumno rebelde y carismático. Un líder nato—. No me gustaba mucho estudiar. Creía que tardaría varios siglos más en graduarme. Si alguna vez lo hacía, cosa que tampoco me preocupaba.
—Bueno ... Está claro que no eres un fantasma, pero solo yo puedo verte. Y... estoy casi seguro de que no eres real —dijo Mark especulativo—. Por lo que eres algo que mi mente está creando para atormentarme por estar sin inspiración.
—Soy real —replicó Pasado.
—Para mi loca mente, sí, y como mi psicóloga está de vacaciones, tardaremos en averiguarlo. Me vale para distraerme, aunque me estés volviendo loco—Mark se levantó de un salto y se cambió la sucia camiseta por una sudadera, cogió unas bolsas—. Voy a comprar.
—Te acompaño.
—Lo que me faltaba. Que la gente me vea hablando solo... —Pasado, y un molesto Mark, salieron del pequeño apartamento. Bajaron unas cuantas calles en silencio hasta un pequeño supermercado dónde vendían de todo. Pasado observaba con diversión y condescendencia a su alrededor. Sin duda, él nunca crearía un mundo tan vulgar como ese. Le faltaban castillos, hermosas plantas y amables personas. Mundo era un lugar terriblemente feo, pero con algo magnéticamente hermoso. No sabía explicarlo.
Mientras Mark entraba a ese lugar que olía a desinfectante, y compraba comida, para pasar esos días en soledad. Pasado observaba el trajín de la gente. La mayoría paseaban alegres por la fría calle, llevaban bolsas y parecían vomitivamente felices. Sin embargo, su perezosa mirada dio con una pequeña figura, le resultó conocida. Tristeza andaba de un lado al otro, buscando alguien con quien conectar, pero todos parecían esquivos a encontrarla. Pasado suspiró, no podía imaginar lo difícil y duro que sería para ella. Pero, también resopló... les había dicho que se alejarán, y ella se había quedado en el mismo lugar que él. Se acercó a grandes zancadas. Tristeza agrandó la mirada al reconocerle con una chispa de, si bien no alegría, algo semejante a menos tristeza.
—¿Qué haces aquí? —dijo Pasado de malos modos. Se reprimió por dentro por ser tan desagradable.
—No me alejé mucho...no es como si la gente quisiera escucharme. Soy Tristeza en la época dónde todo el mundo desea ser feliz —musitó desanimada—. ¿Has tenido suerte?
—Bueno... más o menos. Parece que mi cuento tiene aún que perfeccionarse.
—¿De qué hablas? —dijo Tristeza nerviosa—. No puedes aún dudar. Nos quedan menos de cuatro días, no puedes cambiar tu cuento. Ya nos lo avisaron.
—Se ve que... bueno, hay muchas cosas que no nos han contado —dijo él.
—¿Esperabas otra cosa? —Tristeza y Pasado intercambiaron una extraña mirada. Llevaban lo que parecía ser siglos juntos, como amigos y hermanos. Pero, ahora, tan solo unos días de separación; parecían llevar vidas distintas.
Un fuerte ruido les sobresaltó a ambos, aunque no al resto de seres que les rodeaban. Ambos se giraron para observar de dónde venía tal estruendo, y se estremecieron. Un devorador de cuentos se acercaba hacia su dirección. Les habían hablado de esas bestias infernales en su paso por la escuela. Pasado quiso echar a correr, pero Tristeza estaba paralizada de terror. El ser, una mezcla de persona e insecto, se acercaba peligrosamente. Su cuerpo tenía ocho extremidades como una araña, pero una gruesa y brillante piel de hormiga, su cabeza era un cuadrado con una abertura recta en la que se veía fuego. El ser avanzaba esquivando con agilidad a los demás seres, acercándose peligrosamente hacia ellos. Pasado cogió la fuerte mano de Tristeza y corrió en dirección opuesta. Únicamente debían de llegar hasta Mark, el temible ser les dejaría en paz. Los devoradores no se comían a cuentos que tuvieran posibilidad de traspasar. Al menos, eso les habían dicho. Rezó para que fuera cierto y corrió. Sin embargo... primero, tenían que llegar.
Los devoradores de cuentos vivían en los terrenos fuera de la Escuela del Cuento. Eran criaturas temibles; sin embargo, también eran los perros guardianes de la escuela. Si alguien se atrevía a marcharse, ellos le daban caza. Por lo que eran muy necesarios en el organigrama. Rara vez se les veía en Mundo, aunque habían oído historias de devoradores que habitaban allí. Ya era mala suerte que se hubieran cruzado con uno. Solamente había una forma de evitarlos, ser capaz de tener a alguien a quien contar tu cuento. Ellos eran escudos. Pero no valía cualquier ser, tenía que ser alguien que quisiera escuchar tu cuento. Por tanto, debía llegar hasta Mark para ponerse a salvo. Pero, Tristeza... ¿Quién iba a protegerla? Tenía que...
El devorador ya les alcanzaba. Un edificio más y ahí estaba, la cutre tienda donde había entrado Mark. Tristeza entró arrastrada por Pasado, ambos arrugaron la nariz al olfatear ese lugar. Olía a ácido y producto químico. Pasado corrió por el interior arrastrando a Tristeza y buscando frenético a Mark. Le vio en las neveras con dos yogures en la mano y comprobando la fecha de caducidad. Sin embargo, ya era tarde. El devorador se les adelantó y se plantó entre ambos. Estaba en medio y no podían llegar hasta Mark. Tristeza gritó asustada y, entonces, casi como si fuera un milagro, Mark les miró.
Por su mirada, Pasado se dió cuenta de que le veía, y también a una preciosa y asustada joven. Tristeza tenía un rostro redondo, bonito y dulce que te invitaba a suspirar. Su mirada de ojos oscuros, agrandada por el miedo, hizo estremecer a Mark que quiso hacerse el héroe. Algo que él nunca hubiera imaginado. El escritor giró levemente para observar que les estaba asustando y el yogur resbaló de su mano salpicando todo de su contenido. El devorador, esa especie de insecto gigante siseaba en dirección de ambos. Mark se estremeció, olvidando su necesidad heroica, y pareció debatirse en si echar a correr. Lo hizo. Corrió por el pasillo contrario, dejando a su suerte a su Pasado y a la joven preciosa. No la conocía, así que mala suerte.
—Maldita sea, vaya cobarde —susurró Pasado. Agarró de la cintura a Tristeza, se la colgó de su espalda y corrió para darle alcance a Mark. Este estaba siendo retenido por el dueño de la tienda, que creía que iba a robar. Miraba frenético al monstruo, pero estaba claro que nadie más lo veía. Los vio acercarse, y gritó algo así como que, al menos si lo destripaba ese insecto, sus tripas alcanzarán en la cara al infecto vendedor. Pasado le lanzó a Tristeza que estaba cada vez más asustada.
—Di que quieres escuchar su historia —Mark le miró extrañado, vio que ella le miraba implorante—. Dilo ya.
—Quiero escuchar tu historia —dijo Mark. Y, por arte de magia, el insecto monstruoso pasó por su lado, como si nada, como si fueran bruma. En su paso reventó el cristal del supermercado. Mark lamentó que sus tripas no hubieran manchado al estúpido dependiente que salió a ver que había roto su escaparate. El escritor soltó a Tristeza que estaba quedándose blanca. Dejó cincuenta euros y salieron a escape. Mark no habló hasta llegar a su hogar—. ¿Se puede saber qué ha pasado, Pasado? Vaya imbecilidad de frase...
—Era un devorador de cuentos... nunca había visto uno tan cerca —dijo Pasado, que estaba fatigado por los nervios. Mark miraba con extrañeza hacia Tristeza, que no había abierto la boca—. ¿Estás bien?
—Sí, claro. Si no hubieras aparecido...no sé qué habría sido de mí. Me quedé paralizada de terror —dijo. Su voz hizo estremecer a Mark. Supuso que como todos, anhelaba escuchar esa bella voz, todos los días de su vida—. Muchas gracias, humano de Pasado, ha sido un acto muy valiente. Si me disculpáis...
—No puedes marcharte —dijo Pasado, asustado aún por la situación—. Mark ha dicho que escuchará tu historia, y sé que lo hará. Es escritor, él puede ayudarnos.
—¿Tú crees? Mi historia es...—dijo ella dudando.
—No importa —dijo Mark saliendo de su ensimismamiento por lo sucedido. Parecía seguir pensando que estaba loco—. La escucharé, es mi profesión —en verdad, ambos sabían que era un escritor fracasado y frustrado. Y ahora, creía estar perseguido por sus demonios hechas personas y monstruos.
Mark había publicado una novela hacía tres años, que había tenido un escaso éxito. Le había contado que llevaba más de año y medio, trabajando sin descanso en escribir algo decente, y que pudiera ser publicado. Pero no valía la pena, claro que no. Había explotado todo su talento en su primera obra, y ahora nada nacía de él. Estaba seco, exhausto, y había acabado perdiendo la cabeza. Hasta qué... según él, había llegado ese extraño personaje creado por su mente y empezaba a sentirse... inspirado. Estaba renaciendo. Y, quizás, eso era bueno. Para ambos.
—¿Qué es un escritor? —y vuelta a empezar la explicación. Aunque con la ayuda de Pasado la joven entendió más rápido lo que le contaban.
—Y ahora... dime, ¿cuál es tu historia?
—Yo soy Tristeza y mi cuento...—Mark ya empezaba a arrepentirse.
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