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Prólogo

Muchas cosas pueden pasar en poco tiempo. Eso lo descubrí gracias a Rossy. 

Yo siempre fui del tipo fuerte, ambiciosa, decidida y trabajadora. Sobretodo trabajadora, no por nada estudiaba mientras mantenía un trabajo como mesera y, a su vez, en el instituto vendía a escondidas algunos dulces que mi madre hacía. Pero todo cambió cuando Rossy apareció en mi vida. Ella, con su estúpido vestido blanco que la hacia lucir hermosa y adorable, esa chica puso mi jodido mundo de cabeza con las locuras que trajo consigo.

Cumplí cada cosa, cada mandato. Aún no sé porque me escogió pero lo hizo.

Perdí mi trabajo, perdí mi vida. La que tenía antes que ella apareciera.

¿Y para qué? Para terminar aquí, en un lugar desconocido. Sin saber lo que me estaría esperando al cruzar esa puerta.

Dos pares de ojos me observaban con atención. Sé que ellos dudan de mi, de que no sea capaz de esto. Pero ellos no saben algo.

Yo soy Ana María Hernández, tal vez no la misma de antes. Pero conservé algo. Mi amor por mis seres queridos.

Y por ellos soy capaz de cualquier cosa.

Cruzar esta puerta será mi sentencia, pero es la única forma de remediar todo lo que causé. Maldigo el día en que Rossy apareció en mi vida.

-¿Lista, Ana? -pregunta ella arqueando ambas cejas. -Sé que has de odiarme, pero esto lo vale. Créeme.

-Lo sé- espeto con frialdez. Mis ojos no se despegan de los suyos verdes, sus alas son muy lindas. Y aunque no quiera aceptarlo sé que no estoy verdaderamente enfadada con ella. Simplemente no puedo estarlo.

Alguien carraspea captando nuestra atención y ambas volteamos a verlo. Él nos mira con atención pero luego sus ojos se fijan en mi.

No tengo palabras, no sé qué pensar de él con exactitud. Pero tampoco estoy enfadada con él.

-Es hora. -digo mirando la puerta. Una que parecería normal sino fuera por la luz brillante de color blanco que emana.

-Si. -dice él. Posándose a mi lado y mirándome con cuidado. -¿lista, Ana María? 

Sus ojos azules trataban de decirme algo, pero no supe qué. No obstante, le respondí.

-Si. -mantengo mi mirada en él. -Vámonos. -miro a Rossy. Ella asiente y abre la puerta.

Una gran luz que sale de ella es  lo suficientemente fuerte para cegarme. Pero sentí como cada uno tomaban mis manos y me guiaban.

Que pase lo que tenga que pasar.

Mi vida ya no volverá a ser igual.

¿Estas lista, Ana María?

Le respondí que sí. Obviamente mentí. Pero ya no puedo echarme atrás.

Ya no.

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