XLVI: No es aconsejable jugar con cortesanas enfadadas
—Eso duele —gruñó Leonid, apartando la mano de la criada de su nariz.
No había sido agradable estar inconsciente en los jardines durante una noche fría, en especial cuando el resultado de ello solo fue un chichón, una nariz ensangrentada e irritación contra la cortesana que le había ocasionado todo eso. Lo único que se temía era que dicha señorita ni siquiera se había dignado dirigirle la palabra en todo el día siguiente al incidente.
—Perdonadme, señor Leonid, pero el médico...
—Sí, sí, lo sé —asintió, pasándose una mano por el rostro con cansancio—. Llama a la señorita Ananenko, por favor.
Ella asintió con gesto tembloroso. En ese instante, él se dio cuenta de que era la misma chiquilla que le había visto matar a Nelli, la antigua sirvienta de la señorita de Langlois.
Había cometido demasiados errores, eso era obvio, pero no haría las mismas estupideces que alguna vez había hecho. Nunca más. Estaba firme en su propósito, y ya le daba igual que alguien amenazara la Corona si es que no le afectaba a él. De todos modos, nunca había sido un héroe, y debía dejar de pretender que lo era.
Considerando que el señor Deznev, después de mil años vagando por este mundo, había pasado al otro en tan desafortunadas circunstancias, al fin podía gozar de libertad. No se escabulliría en las noches para quitarle la vida a aquellos que estorbaban el progreso del país. No sería más un ladrón de secretos. No se convertiría en un asesino despiadado cada vez que alguien le daba la orden.
¿Por qué, entonces, se sentía como un inútil? Debía sentirse aliviado. Ya no era su obligación preocuparse de conspiradoras que ansiaban los cortejos de su mejor amigo y, en definitiva, nunca más lo haría. De todos modos, no era un héroe. Era solo un muchacho al que le habían quitado demasiado.
A pesar de sus numerosos intentos para poder explicarle lo que había ocurrido la noche anterior, Zoya Ananenko parecía haberse tomado en serio la promesa de no volver a hablarle hasta escuchar la verdad. ¿Cómo se la revelaría si no le daba la oportunidad? Bueno... no es que estuviera demasiado emocionado por hacerlo. Ella se entrometía tanto en las vidas de otros que haber escondido su pequeño secreto de sus oídos era todo un logro.
No había salido de su habitación y, a juzgar por el silencio al otro lado de la puerta, tampoco lo habían hecho los otros cortesanos. El alivio recorrió su expresión. Al menos no había nadie en los pasillos murmurando sobre el terror que causaba haber visto a una visitante francesa baleada, a un joven noble inconsciente y a un viejo cortesano muerto; todo en la misma noche.
Al menos la zarina no había sido asesinada. El único que podía saber algo sobre ello era Sergéi, pero si había encontrado a la señorita de Langlois herida de bala después de escapar del salón, no tenía caso preguntarle. Después de todo, él era digno de su confianza. Era la única persona a la que había dicho su asunto; podía estar seguro de su honestidad.
Lo que ahora aquejaba su conciencia era la señorita Ananenko. Y el hecho de que no estuviera ahí para escuchar la verdad lo ponía aún más nervioso que de costumbre.
Sabía que, si deseaba, ella podía ser la persona más discreta en el Palacio. Su duda era si de verdad quería serlo. Aquel era un chisme demasiado jugoso como para ignorarlo por completo y, ya que estaba enojada con él, podía soltarlo como venganza. Ya no era verdad. Ya no tenía nada que esconder. Pero lo había sido, y con eso bastaba para montar un escándalo.
Un golpe se escuchó en la puerta. Su criada seguía fuera buscando a Zoya, así que solo pudo pensar en una persona.
—Adelante —exclamó.
Sergéi Bezpálov entró en la antecámara con expresión ausente.
—Te ves... —comenzó, examinando el rostro de su amigo— hecho un desastre.
—Sigo siendo increíblemente apuesto después de haber sido golpeado por una dama con una bandeja y caído con el rostro en la piedra. Ya sé que mi nariz se ve horrible; no es necesario mirarla todo el tiempo.
—Lo siento. Si te sirve de consuelo, no te ves peor que todos los días.
—Eso no ayuda.
Apretó el puente de su nariz con el índice y el pulgar. Su dolor de cabeza había vuelto. Algún día le devolvería el golpe en la cabeza a Zoya, pero en ese momento habían cosas más importantes que su pequeña venganza contra su antigua prometida.
—¿Y tú? —preguntó, dándose cuenta del silencio ligeramente incómodo que había surgido entre ellos.
—Es... extraño, ¿sabes? Nunca había visto tanta sangre sobre un hombre.
Al parecer no me has visto a mí, quiso agregar Leonid con tristeza, pero se contuvo. No. Ese ya no sería él. Ahora que estaba muerto Deznev, quizá la condena para los traidores y los conspiradores no sería la muerte, o tal vez cambiarían su opinión sobre cazar a Leonid como él mismo había hecho al matar al señor Vasiliev.
—Ya no lo haré.
—¿De verdad? ¿Nada más de hacer como que has ido al baño durante las veladas de fiesta?
Antes de siquiera poder contestar, Zoya Ananenko entró en la habitación. Intercambió una mirada inquisitiva con Sergéi, la cual se sostuvo por casi un minuto hasta que Leonid tosió con incomodidad. Era extraño. La mayor parte de sus encuentros comenzaban con la chica riéndose en el rostro de su mejor amigo.
—Zoya...
—Señor Bezpálov, decidle a vuestro amigo que ha perdido el derecho de dirigirme la palabra.
Los ojos de los dos jóvenes se cruzaron, anonadados. El rubio sabía que no estaría irritada contra él para siempre, pero ya empezaba a exagerar.
—Yo...
—Sergéi, dile a la señorita Ananenko que estoy dispuesto a recuperarlo —contraatacó él. Si quería jugar ese juego, él sería su contrincante.
—Es...
—Señor Bezpálov, decidle al señor Vyrúbov que no deseo devolverlo —replicó ella, firme. Sus ojos azules eran casi asesinos.
—¿Puedo...?
—Sergéi, dile a la señorita Ananenko que no tiene por qué privarme de él.
—Leonid, la señorita Ananenko dice que le hables de una vez.
—Señor Vyrúbov —contestó ella—, decidle a vuestro amigo que no mienta en mi lugar.
—Señorita Ananenko, podéis...
—Ahora que habéis usado vuestras palabras —les cortó Sergéi—, puedo irme con tranquilidad.
No pudieron detenerle, pues en un parpadeo ya había desaparecido tras las puertas de la antecámara. La dama clavó sus irritados ojos azules en los de Leonid.
—La verdad. Ahora.
La verdad... eso era algo difícil de explicar. Debía remontarse a cuatro años en el pasado, cuando se había decidido que la traición de su hermano, muerto como un honorable soldado, no se pagaría con la sangre de Leonid. Los meses en los que se había entrenado como un ladrón de secretos fuera del Palacio y cómo, tras tanto tiempo escondiendo las horribles cosas que había presenciado, había sido forzado a ejecutar los terribles actos que tanto había temido. No era una historia bonita para escuchar en una noche de invierno.
—Es una deuda, y la he pagado. Esa es la verdad.
—Oh, ¿crees que me doy por satisfecha con eso? La omisión es una forma de mentira, Leonid Vyrúbov. Llegaré al fondo de esto, lo quieras o no. Más te vale prepararte.
Puso su pálido dedo índice sobre el pecho del joven. Un escalofrío recorrió su piel, pero no pudo menos que sostener la mirada. Quizá olía el miedo como las fieras.
Ella fijó su vista en su desmejorada nariz y soltó una carcajada, alejando por fin su mano de él.
—La última vez que te enfrentaste a mí tu rostro no salió ganando —comentó entre risas.
—Esa última vez no fue un enfrentamiento. Me tomaste por sorpresa y me golpeaste con una bandeja.
—Duelos son duelos, diría yo.
Se dirigió rumbo a la puerta con una sonrisa satisfecha. Su vestido negro le favorecía, cosa que no era fácil de decir cuando casi todas las damas que los usaban eran ancianas viudas. Aún le era extraño verla guardar luto por el hombre que la engañó en sus narices.
—Si no tienes nada que decir salvo proferir maldiciones contra mi maravillosa ejecución de golpes con un plato de oro, me retiro.
Las puertas se cerraron tras ella. No era una gran enemiga, pero de todos modos podía arruinar la reputación de carismático niño perfecto en la Corte. Eso no serviría para armar sus planes para el futuro.
Tampoco tenía idea de cómo prevendría que Zoya conociese todo su pasado. Había hecho cosas más difíciles que aquella tan solo en un par de días. Ella lo sabría todo en un santiamén.
De algún modo, la detendría. Lograría hacer que no lo revelara al resto de los cortesanos y, si eso conllevaba contarle la verdad, eso haría. Sin embargo, no estaba listo para eso. Ya había alguien que lo veía vulnerable, y no deseaba que la persona que en algún momento había hecho un caos con sus sentimientos lo viera así.
No, lograría disuadirla de encontrar la verdad. Esperaba que eso fuera antes de que todos sus antiguos compañeros lo cazaran para darle muerte.
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