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Una Marioneta Rota

Las antorchas titilaban, proyectando sombras danzantes en las paredes, el dobladillo de su túnica se arremolinaba alrededor de sus tobillos mientras la Akardos recorría las curvas y vueltas de largos corredores. Sus pies descalzos no emitían ningún sonido, pero los latidos de su corazón eran suficientes para llenar la noche silenciosa en Hogwarts.

Se detuvo y tomó aire un segundo, la voz fuerte de Severus aún retumbando en su mente:

"¡Ve!"

No se trataba de alguna rutinaria reunión con los mortífagos. La aprensión en el rostro del mago, la urgencia de sus órdenes, le habían dejado claro a Laurel que algo terrible sucedería en el colegio. ¿Habría llegado la hora?

De repente, Laurel lanzó una fugaz mirada por encima del hombro al escuchar el tenue ruido de unos pasos acercándose, pero no pudo distinguir a nadie acechando en las sombras. Tragó saliva y siguió adelante, sintiendo como si estuviera atrapada en una pesadilla de pasillos interminables.

Llegó a la última curva, la última antes de llegar a la escalera que daba a la cocina, cuando una figura encorvada le cerró el paso. Laurel sintió que el corazón casi se le salía por la garganta, pero luego se dio cuenta de quién era:

—¡Por las barbas de Merlín! ¿Se puede saber que está haciendo aquí? ¿Sabe el profesor Snape que está deambulando en medio de la noche?

Laurel dejó escapar un suspiro de alivio cuando vio los ojos saltones de Argus Filch, mirándola con desconfianza.

—Sí — habló con voz agitada. —Sí. Debe ayudarme, Filch. Algo está sucediendo, debe advertir a Dumbledore.

—¿Advertirle de qué?

—Snape... —Laurel no supo explicarse. ¿Qué estaba pasando exactamente? — Snape me envió a las cocinas, dijo que allí estaría a salvo... ¡Algo está pasando, algo peligroso!

—¿Ha estado bebiendo, muchacha? Oh, sé que algunos pocionistas tienden a tomar algunos tragos de cosas prohibidas...

—¡No! Estoy sobria. Le estoy diciendo la verdad. —Laurel sacudió la cabeza con impaciencia. —Escuche, el profesor Snape me despertó y me dijo que me escondiera en las cocinas. Parecía bastante nervioso. Salió corriendo por el pasillo. Estoy seguro de que una mente tan inquisitiva como la suya, señor Filch, se daría cuenta de los claros indicios de una situación urgente.

La maquinaria cerebral de Filch comenzó a funcionar lentamente engrasada por el indisimulado elogio de Laurel. Volvió la cabeza hacia el suelo, donde su amada gata, la señora Norris, lo miraba con inteligentes ojos escarlata.

—Querida mía —le habló dulcemente a la gata. —Ve a los terrenos, busca a la bruja cabeza-morada, hazle saber que necesitamos a los demás aquí.

Cuando la gata se desapareció entre las sombras, levantó la vista hacia Laurel nuevamente.

—El director ha salido hoy. No dijo cuándo volverá. Los miembros de la Orden vendrán pronto y yo iré a avisarle a los profesores. Ahora, ¿por qué no te haces útil y... —Filch se detuvo a mitad de la frase, sus ojos se fijaron en el pasillo detrás de Laurel, su boca se abrió en un gesto de horror—...corre.

—¿Qué?

—¡CORRE!

El hombre se giró y corrió tan rápido como su viejo cuerpo le permitía. Laurel sintió que se le erizaban los vellos cuando escuchó una voz familiar:

—Mi corderito.

Se giró lentamente, un miedo indescriptible recorrió su espalda. Frente a ella estaba la bestia que atormentaba sus pesadillas.

Fenrir Greyback caminó lentamente hacia ella, y Laurel pudo notar que sus rasgos habían cambiado ligeramente, su cabello parecía más ordenado, su rostro menos velloso, su dentadura más humana. No obstante, su expresión salvaje se mantuvo sin cambios. Los antinaturales ojos azules de Greyback le devolvieron la mirada y Laurel sintió el peso del terror asentarse en la boca de su estómago, paralizándola. Abrió la boca para gritar, pero no salió nada.

—¿Me has extrañado? —se rió el hombre lobo mientras rozaba la mejilla de la mujer con las puntas de sus sucios dedos.

Ese roce la trajo de regreso a esa terrible noche en la Mansión Malfoy. Laurel podía sentir esos mismos dedos arrancándole la ropa, manoseándola, hiriendo su cuerpo. Sus rodillas comenzaron a temblar y con una oleada de adrenalina logró escaparse de él, echando a correr a toda velocidad por el pasillo del que acababa de venir.

—Ayu... ¡Ayuda! — La voz se le quebraba, el pecho le dolía por el esfuerzo, pero Laurel fue capaz de llegar al primer piso al tiempo que podía escuchar la siniestra risa de Greyback.

—Grita más fuerte, desalmada. Quiero oírte gritar. — se burlaba de ella desde atrás, persiguiéndola implacablemente, acercándose más y más.

La mujer alcanzó a divisar la entrada al Gran Vestíbulo y por un segundo pensó que sería capaz de escapar hasta los jardines y encontrar refugio en la cabaña de Hagrid...

—¡Te tengo!

Laurel lanzó un profundo grito cuando Greyback la haló del cabello, haciéndola caer de espaldas. Su cabeza golpeó con fuerza el piso de piedra, sintió náuseas y sus ojos parpadearon rápidamente, viendo doble.

—No... no me toques...

Laurel sollozaba débilmente, pero ni siquiera podía entender las palabras que salían de su boca. Su visión se volvió borrosa y perdió la conciencia.

—¡DESMAIUS!

Alguien gritaba. Laurel escuchó claramente el rugido furioso de Greyback y los gemidos de una voz desconocida. La mujer abrió los ojos y se incorporó tan rápido como pudo, sintiendo un dolor agudo en la parte de atrás de su cabeza.

Buscó rápidamente el origen de aquellos aterradores gemidos y no tardó en darse cuenta de que el hombre lobo se hallaba a tan solo unos cuantos metros de ella, abalanzado sobre el cuerpo de un hombre. Laurel no pudo distinguir quien era, pero el vivo color rojo de su largo cabello le recordó al de Ron Weasley.

—¡Fenrir! —gritó con todas sus fuerzas al notar como Greyback se ensañaba en destrozar el rostro del hombre a dentelladas.

Laurel se lanzó sobre la espalda del hombre lobo y éste se sacudió violentamente, apartándola con facilidad. Volvió sus ojos hacia ella y le sonrió abiertamente. Tenía su rostro sucio de sangre y en su mano alzaba triunfante la varita que le había arrebatado a Bill Weasley.

—Vuelvo a ser un mago completo —dijo, mientras agitaba la varita y lanzaba el cuerpo inerte a un lado. — Y tú vendrás conmigo.

La Akardos corrió hacia el Gran Comedor con Greyback pisándole los talones, pero antes de que pudiera encontrar un lugar para esconderse, ambos se sorprendieron al escuchar una poderosa explosión que destruyó las vidrieras del Salón. El repentino silencio fue roto pronto por las espeluznantes carcajadas de una figura alta y oscura que bailaba sobre una de las largas mesas, rompiendo platos y copas mientras cantaba:

—¡Ding-dong el vejete ha muerto!

A Laurel le tomó un segundo en reconocer a la dueña de aquellos horribles chillidos y apenas un instante en entender que era lo que estaba graznando. Agitó su cabeza incrédula, su rostro se le crispó de indignación y apretó los puños con rabia.

—¡MALDITA! —gritó la Akardos sin poder contenerse. — ¡Malditos todos los mortífagos! ¡Se consideran tan poderosos y astutos, pero lo único que hacen es seguir a su amo como perros!

Bellatrix detuvo su baile y miró a Laurel con ojos salvajes. La bruja dejó escapar un resoplido de incredulidad seguido de una risa histérica.

—¿A quién tenemos aquí? — Se giró para mirar a Greyback. —Pensé que ya habías terminado con ella.

—Terminaré ahora.

La agarró del brazo, pero antes de que pudiera acercarla a él, una voz fría y profunda resonó en el salón destrozado.

—Déjala.

Laurel sintió como en su pecho se encendió una chispa de esperanza. Se volvió y avanzó hacia él con ojos brillosos.

Severus.

Severus estaba allí y el sería capaz de resolver todo. Él derrotaría a los Mortífagos, la protegería, le diría que Dumbledore y Hogwarts estaban a salvo. Sin embargo, esa bendita chispa pronto se apagó cuando vio a otros Mortífagos riendo detrás de él, cuando notó la oscura sombra de aflicción en el rostro de Draco Malfoy. Ya estaba hecho, Dumbledore estaba muerto; pero algo le dijo que no había sido asesinado por la mano de Draco.

—Severus...—murmuró con las manos contra su pecho, suplicando.

Pero los oscuros y vacíos ojos del Mortífago no se posaron en ella. Volvió la cabeza y ordenó a los demás:

—No tardarán en llamar refuerzos. Salgan inmediatamente del castillo.

Pero Bellatrix no lo estaba escuchando. Ella saltó de la mesa, acercándose a los Akardos, mientras los demás Mortífagos se burlaban y escupían en el suelo. Laurel empujó a Bellatrix pero está sacó un brillante cuchillo que llevaba escondido entre la manga y agarrándola del cabello, la hizo inclinarse ante ellos. Moviendo la afilada hoja, la presionó con fuerza contra el cuello de la mujer.

—Basta, Bellatrix —dijo Snape arrastrando las palabras perezosamente. — Si le sacas sangre, no podremos contener a Greyback. Estaremos rodeados en cuestión de minutos.

—No— dijo ella decididamente. —¿No escuchaste lo que dijo? Ella merece ser castigada.

Snape le sonrió fríamente, y pronto su risa de suficiencia silenciaron las burlas de los Mortífagos.

—Oh, mi querida Bella —dijo, conteniendo su terrorífica risa. — ¿Te sientes un poco aludida? ¿Las palabras de la Desalmada tocaron alguna fibra sensible? ¿Quizás te das cuenta de que te has estado comportando como una perra?

El rostro de Bellatrix palideció y su boca se abrió en shock.

—¡¿Cómo te atreves?!

—Shh... —Snape se llevó un dedo a los labios. — Ahora escúchame. Hemos hecho lo que nuestro Señor Tenebroso ha ordenado. Una operación limpia. Y ahora estás retrasando nuestra fuga. ¡Lo estás arruinando! Estás arriesgando la misión de tu sobrino y eso, nuestro Señor nunca lo perdonaría... Pero tal vez, estás deseando volver a Azkaban, tal vez quieras llevarte a tu querido Draco contigo...

¡Cállate! — Bellatrix estaba negando con la cabeza, su cara demencial. — Solo estás tratando de protegerla... Sé que la has convertido en tu marioneta...

—Sí, una marioneta muy desgastada, por cierto. — Severus sonrió con orgullo. — Ese cuerpo sin alma me ha dado muy buen placer, no lo puedo negar. Pero ella ya no sirve. He intentado hacerla utilizable, pero parece que sólo es adecuada en la cama.

Bellatrix sonrió, relajando sus rasgos. Soltó a Laurel que sollozaba y la arrojó al suelo.

—¿Entonces? Dásela a Greyback...

—Greyback no merece nada, Bella —. Snape miró fijamente a la bruja con severidad. —¿Cómo se sentiría Narcissa si supiera que su hermana le ha dado un premio a quien usó una maldición imperdonable en su contra?

La bruja soltó un bufido y le asestó una fuerte patada en el estómago a Laurel.

—Sev... Severus... —Farfulló la Akardos entre lágrimas, buscando a Snape con la mirada pero sólo halló aquel profundo y frío vacío de aquellos túneles negros.

El mago dio algunos pasos hasta ella. Se inclinó y acariciándole el cabello murmuró:

—Has sido una buena y obediente mascota.

Laurel intentó alcanzarle con sus manos, pero él ya se había alejado, ordenando que los demás Mortífagos lo siguieran y amenazando a Greyback con su varita para que avanzara. Tan sólo Bellatrix se había quedado unos pasos atrás, sonriéndole a la mujer con desprecio.

—Parece que la única perra aquí eres tú —le dijo, al tiempo que escupía sobre su rostro.

A Laurel no le importó, lo único que veía era la larga capa de Severus desapareciendo del Gran Comedor.

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