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Extra. The Reunion (Parte Final)

Amaba esa sensación. 

Los brazos del moreno a mi alrededor, sus dedos ligeramente enredados entre mi desordenado cabello y mi mejilla cerca de su pecho desnudo. 

Pero odiaba cuando lo que me despertaba era el puto timbre que nunca estuve de acuerdo a instalar. 

Gruñí entre dientes, dispuesto a ignorarlo y solo seguir acurrucado junto a mi esposo. 

El timbre volvió a sonar. 

—Ugh... Mierda... 

Otra vez volvió a sonar. 

—Cállate, carajo...

El timbre sonó y el gato maulló. 

—¡Que te calles, joder!

Y en cuanto moví un poco mi cuerpo en la cama, este resbaló de entre las colchas y terminé estrellándome en el suelo alfombrado. 

Aguanté una maldición, en tanto comenzaba a desperezarme como podía y salir de mi ensueño al levantarme apoyando mis manos en el piso. El timbre seguía sonando cada ciertos segundos, comenzando a fastidiarme en serio. 

Gruñendo entre dientes me coloqué erguido, rascando mi nuca en tanto despertaba por completo. 

El reloj me indicaba que seguía siendo temprano, al mismo tiempo en que le daba una breve mirada a mi esposo todavía dormido entre las colchas durmiendo plácidamente. 

Sonreí, hasta que escuché el timbre por milésima vez aquella mañana. 

—¡Ugh!—gruñí con fuerza, a la par en que rodaba los ojos y echaba mi cabeza atrás.— Quién quiera que sea, juro que voy a golpearle la cara. 

Molesto, me encaminé descalzo fuera del cuarto en tanto me acomodaba la sudadera en el camino. Subí la cremallera cubriendo mi pecho desnudo, ya casi llegando a la puerta cuando la pequeña bola de grasa a la que Roman llama gato se me cruzó en el camino y bufó con enojo. 

—Quítate tú.—no dudé en darle una pequeña patada para que se moviera de mi camino, resultando en un bufido más fuerte y que casi me arañara el pie.— Maldito infeliz, creí que éramos amigos. 

Y luego de que me diera un último maullido lleno de ira, decidí concentrarme en quién sea que se dedicaba a arruinarme el día al otro lado de la puerta. 

En cuanto la abrí, no tardé en encontrarme con esos ojos castaños y el cabello oscuro en una coleta. 

Enarqué una ceja:—¿Rollins? 

—Hola, Ambrose.—habló, casi en un suspiro desganado.— Supondré que por el tiempo en que te tomó abrir la puta puerta debiste estar ocupado. 

Apreté ligeramente mi ceño. 

No me había olvidado de lo ocurrido en el bar, claro que no. 

Con la misma expresión, me apoyé del umbral de la puerta y crucé mi pie sobre el otro, manteniendo mi mirada seria en la suya sarcástica. 

—¿Qué haces aquí?—dije.— No tengo intensiones de pelear porque es muy temprano y tengo el estómago vacío, pero podría hacer una excepción por ti si quieres. 

—Eres un jodido encanto.—sonrió con sarcasmo.— ¿Crees que pueda hablar con Roman?

—Sigue dormido.—me encogí de hombros.— Además, no creo que quiera verte. 

Auch. 

Aunque quise burlarme de lo obvio en su cara, la expresión en esta me hizo dar marcha atrás. El sarcasmo se había esfumado de su rostro, en su lugar miró hacia sus pies y suspiró ligeramente. 

—Ya lo sé.—murmuró, tomando una pequeña pausa de por medio.— Escucha, Ambrose, no he venido a pelear ¿sí?

Enarqué una ceja, sin mover mis brazos cruzados sobre mi pecho. 

—Fui un completo idiota, lo reconozco. 

—Lo fuiste. 

—Lo sé, y yo...

—Un idiota, un infeliz, un hijo de puta, un...

—¿¡No te lees mis libros pero sí sabes insultarme!?—exclamó molesto, pero eso solo me hizo sonreír.— El punto es que, en serio lo lamento. Y eso va para ti también. 

Mi única respuesta fue otro encoger de hombros y un mohín en mis labios. 

—No hay problema, viejo. Mientras no vuelvas a lastimar a mi esposo, yo no te rompo la cara. 

—Lo intentaré.—relamió sus labios.— Es por eso, que como disculpa, venía a invitarlos a una fiesta. 

No pude evitar fruncir el ceño mientras una sonrisa algo entretenida se dibujaba en mis labios. Despegué mi cuerpo del umbral de la puerta de entrada, colocándome erguido nuevamente.

—¿Una fiesta?—Seth asintió.— Wow... Nunca creí que escucharía esas palabras viniendo de... ya sabes, de alguien como tú. 

El escritor enarcó una ceja:—¿Alguien como yo?

—Un nerd.—su ceño se frunció más.— Bueno, un nerd certificado. Lo que te hace más nerd.

—Haha, eres un gran cómico.—se burló con sarcasmo, volviendo rápidamente a su semblante irritado.— Cambié, Ambrose. Creo que está más que claro. 

Ladeé la cabeza, para a continuación acercarme un par de pasos hacia él. Su mirada me siguió con cierta confusión mezclándose con su anterior molestia mientras me colocaba lo más erguido posible frente a él, para luego mover mi mano por sobre su cabeza. 

—Pues sigues igual de enano que en ese entonces, ¿sabes?

No tardé en recibir una patada en la pantorrilla, obligándome a alejarme de él mientras reía entre dientes. 

—Y tú sigues igual de hijo de puta que en ese entonces.—gruñó arrugando el ceño con veneno hacia mí.— En serio ¿cómo es que Roman aceptó casarse contigo? 

Solo le sonreí de lado con picardía, a lo que el escritor rodó sus ojos con notoria exasperación. 

—Mejor ya no pregunto.—bufó para sí.— Lo que decía, hablé con Rusev y Naomi, y ambos les gustó la idea de hacer una fiesta previa a la reunión. 

—Suena bien. 

—Será en mi penthouse, una fiesta de Halloween.

Mis ojos se abrieron y de pronto la idea se volvió mucho más interesante. 

—Oh... ¿Como esa fiesta cuando estábamos en la secundaria?—pregunté, apuntándolo suavemente con mi dedo.— Esa en la que te vestiste de vampiro y después te escapaste con Orton a tu habitación y...

—Sí. Sí me acuerdo.—me interrumpió con brusquedad, dándome una mirada muy poco amistosa.— ¿Te puedes callar ya?

Alcé mis manos al mismo tiempo en que fruncía mis labios, en tanto el ex bicolor solo rodaba sus ojos brevemente y dejaba salir otra respiración llena de exasperación. }

Okay, tal vez debería dejar de joderlo. Al menos esta vez. 

—Al punto, ¿vienen o no?

Apreté mis labios y entrecerré mis ojos, en serio pensando en ello. No había hablado con Roman respecto a toda esa tensión sobre nosotros, y sabía que teníamos que hacerlo en algún momento antes de que todo explote. 

Pero, siguiendo a ese yo de la secundaria que todavía seguía dentro de mí... ¿Qué mejor manera de arreglarlo que con una fiesta?

Una sonrisa se dibujó en mis labios mientras respondía al escritor:—Cuenta con ello. 

—No sé si estoy de humor para esto, Dean. 

—Me dijiste lo mismo en casa, cariño. Y te diré la misma cosa. ¡Deja de ser tan estirado!

Rodé los ojos, entendiendo que esta conversación ya no tendría más sentido aunque lo intentara mil veces más. 

El hecho de que Dean me informara de la nada de la repentina fiesta de Seth no hacía más que ponerme tenso, ya que la idea de tener que hablar con él luego de lo ocurrido no me tenía para nada cómodo ni mucho menos me daba razones para calmarme. 

Pero ahí estaba yo, sentado en el asiento del copiloto con un sonriente castaño usando una máscara de Jason sobre la cabeza y una camiseta verde a medio abotonar. El mismo disfraz que llevó en esa fiesta de Halloween en que lo colé entre los miembros de la Lista A. 

La misma fiesta en la que fue nuestro primer beso...

¡Diablos, Roman! ¡No es el momento, joder!

Apreté mis labios, manteniendo mis ojos cerrados y mi mejilla contra mi puño cerrado mientras suspiraba. Tenía que calmarme de alguna manera, al menos un poco antes de llegar al lugar en el que Seth se hospedaba. 

—Oye, Rome.

Giré a verle de mala gana, encontrándome con la misma y familiar sonrisa en sus labios. Dean movió su mano y se cubrió el rostro con la máscara de Jason, comenzando a respirar con fuerza y haciendo un divertido sonido. 

No pude contener la risa por mucho, tratando de no explotar en carcajadas y aguantándolas lo mejor que pude, aunque fuera inútil el esconder la sonrisa en mi boca. 

—Eres un idiota, no te la pongas.—dije, pero no soné nada serio. Acerqué mi mano, volviendo a poner la máscara sobre su cabeza.— Estás conduciendo, no quiero que nos mates por hacerte el tonto. 

—Pero te he hecho reír.—sonrió de lado, para luego volver a concentrarse en el volante entre sus manos.— Cosa que no has hecho hace bastante rato. 

Suspiré pesadamente. 

—Ya lo sé, Dean. Es solo...—me interrumpí, casi debatiéndome conmigo mismo.— Estoy nervioso y sigo molesto con Seth. 

—Es completamente válido que lo estés, cariño.—dijo sin quitar sus ojos del frente.— Pero tal vez esta fiesta ayude a relajarte, trata de divertirte esta vez. 

Una pequeña risa resonó desde el fondo de mi garganta, probablemente llamando su atención justo cuando el vehículo se detuvo frente a una luz roja. 

—Suenas exactamente igual que esa vez.—negué con la cabeza, todavía sonriendo para mí.— Aunque recuerdo que esa vez fui yo el que te arrastró a la fiesta. 

—Sí... Tu plan era un asco. 

—Tal vez.—me encogí brevemente de hombros.— Pero entraste gracias a mí. 

Pude ver la sonrisa en sus labios, justo antes de que se inclinara y dejase un pequeño beso en mi sien. 

—Y sí me divertí. 

Solo aguanté la sonrisa, moviendo mi mirada de vuelta a la ventana mientras la luz cambiaba de color y el castaño retomaba nuestro camino al lugar en que Seth se hospedaba. 

No me arrepentía de absolutamente nada. De estar con Dean, de que nos volviésemos a encontrar y que finalmente tuviese una vida estable con él sin engaños ni mentiras. 

Pero ¿por qué me sentía tan mal? Tal vez no era la gran cosa eso de expandir la familia, era algo que podíamos hablar. Sin embargo... había algo más, y estaba seguro que tenía que ver con Dean. 

Cuando éramos adolescentes, siempre temí algo de él, algo que amenazaba con lastimarme y tirar todo abajo si no sabía como afrontarlo y resolver las cosas. Pero lo ignoré, dejando que todo se viniera abajo de todas formas por parte de los dos.

Y hasta el momento, sigo sin saber qué es. Y me aterra. 

No me di cuenta que fruncía el ceño o que apretaba mis puños sobre mis muslos hasta que el auto se detuvo suavemente en la acera a las afueras de un elegante edificio. 

El motor dejó de vibrar, dejándonos en un profundo silencio que no me atreví a romper. Sin embargo, volví de mi breve ensueño cuando mi mano fue agarrada con suavidad. 

Giré a ver a mi esposo, a pesar de mi ceño todavía ligeramente fruncido y mi tensa postura en general. 

Mierda, tenía que relajarme. 

—Hey... ¿estás bien?—habló con preocupación, mirándome en busca de algún gesto en especial.—Te ves molesto. 

Apreté mis labios, dejando mi mirada caer a mi regazo un momento y cerrando mis ojos. Respiré profundamente, suspirando antes de abrir mis ojos nuevamente. 

—Mentiría si te dijera que no lo estoy.

Dean abrió la boca, pero rápidamente volvió a fruncir sus labios en una línea y a mirarme como un niño arrepentido sin saber qué carajos decir. 

—Escucha... Uhm... Sobre ese tema...—levanté levemente la vista, tan solo observándole por el rabillo de mis ojos.— Estás molesto y lo entiendo...

—¿Lo entiendes?—hablé con brusquedad, de pronto sintiendo que se me revolvía el estómago con ira.— Yo no vi que lo entendieras cuando respondiste por los dos y fuiste tan cruel. 

Mi esposo abrió sus ojos con sorpresa, parpadeando un par de veces en lo que solo hacía un sonido de desagrado con mi lengua. 

—P-Pues lo siento. Creí que estábamos en la misma página. 

—Por supuesto que no.—dije con molestia, mirándole con el ceño fruncido.— Nunca lo estamos, Dean. Y creo que ya sabes eso. Yo no soy alguien que le gusta huir de las cosas cuando amenazan con cambiar. 

Un nudo se apoderó de mi garganta y pude ver la expresión de Dean deformarse ligeramente cuando dije eso. 

Relamí mis labios, para a continuación dejar salir un profundo suspiro en busca de calmarme. 

—Perdona. Hablé demás.—dije con cierto desdén, evitando lo más posible mirarle a los ojos.—Creo que no tiene sentido que hablemos de esto... Al menos no...ahora.

—Roman...

—No quiero hablar de esto, Dean.—repetí, a la par en que me quitaba el cinturón de seguridad y me disponía a salir del auto.— Vamos antes de que los demás se preocupen. 

Hubo una pausa por su parte, pero mientras bajaba del vehículo escuché al castaño suspirar resignado. 

Acto seguido abrió su puerta y le escuché murmurar:—Como digas. 

¿Por qué quería tanto echarme a llorar? ¿Por qué sentía que había algo más?

Ese algo de Dean, esa sensación que siempre he tenido sobre él...

El viento frío de esa noche me golpeó suavemente, moviendo un poco mi cabello cayendo por mi rostro de forma desordenada y enviando un ligero escalofrío gracias a mi camisa rasgada de hombre lobo. 

Me quedé de pie en la acera, tan solo mirando el edificio frente a mí. Iluminado y decorado con varias calabazas en la recepción por la fecha de Halloween, además de la música ya audible desde el penthouse. 

No pude evitar reír minúsculamente en tanto miraba a ese piso iluminado de colores. Jamás en mi vida habría imaginado a Seth haciendo una fiesta tan escandalosa, ni mucho menos asistir a una otra vez. 

Otra vez me sentí ansioso. 

Me abracé con cuidado, apretando ligeramente mis brazos con mis manos y mirando al suelo a mis pies. Pude escuchar a Dean guardar las llaves en su bolsillo y caminar hacia el hotel, deteniéndose al probablemente notar que no me movía de mi lugar. 

No tardé en sentir sus pasos aproximarse hacia mí. 

Vi sus gastados converse frente a mis botas, pero no me moví ni hice el esfuerzo por decir algo. Sin embargo, no tardé en sentir su mentón apoyándose ligeramente en mi cabeza, al mismo tiempo en que sus manos cubrían las mías. 

Quise burlarme del hecho de que tuviera que colocarse de puntillas para hacer eso, pero su calidez me distrajo de cualquier otro pensamiento en mi cabeza. 

—Sé que no te sientes bien.—murmuró con suavidad, causando que ese nudo en mi garganta volviese a aparecer. 

—Tal vez no debí venir.

Con suavidad Dean movió su mentón de mi cabeza, dejando que nos mirásemos a los ojos. Los suyos reflejaban mis iris ahora doradas por las lentillas y mi rostro nervioso. 

Tragué con fuerza. 

—No fue buena idea. 

—También creí que era mala idea esa noche y míranos.

—Dean, no es lo mismo.

—Puede ser lo mismo, Rome.—sonrió de lado, para a continuación mover suavemente mis manos lejos de mis brazos y animarme a caminar.—Vamos, no pasará nada malo. 

—Deaaaaan...

—No seas aguafiestas, Lista A. Te divertirás, lo sé. 

Dean tomó mi mano, arrastrándome hacia el edificio sin que pudiera poner gran resistencia. 

Ojalá hubiese sabido que las cosas en verdad se pondrían divertidas... Y se volverían un huracán. 

—¿Qué debería decir?—se preguntó el castaño con la máscara de Jason sobre la cabeza mientras caminaba por el pasillo alfombrado.— ¿"¿Truco o trato? Dame todos los dulces o te parto la cara"?

—Esa es la línea más barata que se te ha ocurrido, Dean. 

El castaño se detuvo, frunció sus labios y se encogió de hombros con una divertida expresión resignada. 

—Meh, no estoy trabajando así que mi cerebro está frito. 

—Yo diría que siempre está así. 

Incluso si murmuré lo último, mi esposo no dudó en mover su mano hasta mi camisa rasgada y con sus dedos hacer uno de los agujeros más grande, mostrando más de mi pecho desnudo debajo. 

No dudé en darle una patada en la pantorrilla y que él se carcajeara como niño pequeño. 

—¡No es gracioso!—exclamé molesto. 

—Claro que lo es, Lista A. Ahora ve y muestra ese sexy pecho tuyo.

Rodé los ojos mientras negaba con la cabeza. 

Por un momento volvía a sentirme como el rey de la Lista A, y no era más que un sentimiento contradictorio imposible de explicar. 

Con la tela ahora totalmente rasgada, me aproximé hasta la puerta del penthouse en el que nos indicaron se hospedaba el escritor. Golpeé esta, no sin antes darle un codazo al castaño riéndose de mi camisa y colocándole de mala gana la máscara de Jason sobre su rostro. 

Pasaron un par de segundos antes de que la puerta se abriera, siendo recibidos por el dueño del lugar usando un disfraz de vampiro mientras tenía una botella de cerveza en su mano. 

Y como se esperaba, mi esposo fue el primero en saltar frente a él con la máscara puesta y exclamando:—¡Boo! Dame todos los dulces, barbie mal teñida. 

Seth enarcó una ceja, mirándole incrédulo antes de mover su vista lentamente hacia el lado y encontrar la mía. Solo me encogí de hombros con un fruncir de labios.

—Sigues siendo el Jason más barato y estúpido que he visto en mi vida, Ambrose.—murmuró casi con lástima el ex bicolor.

—¡Oye!—Dean casi chilló, levantando la máscara y dejándola colgar en la cima de su cabeza.— Estúpido tal vez, pero barato jamás. Te recuerdo quién soy. 

—Para mí seguirás siendo un idiota, no importa qué.—sonrió con sarcasmo el pelinegro.— Y por cierto, planifica bien tus bromas, que ya no tengo ese infantil y horrible mechón rubio, "Jake".

Aguanté una risa por lo bajo, a lo que probablemente recibí una breve mirada envenenada del castaño.

El vocalista bufó, negando con la cabeza:—Ustedes dos son tan aburridos. 

A continuación, mi esposo empujó ligeramente al vampiro fuera de la puerta, dejándole espacio para ingresar al lugar del que salía la música y ya se podía sentir el olor a alcohol. 

—Necesito una cerveza para quitarme el aburrimiento. Te veo en la mesa de bocadillos, cariño.

—D-Dean, espera.

Pero luego de dirigirme un gesto de despedida por sobre su hombro, mi loco esposo desapareció por el lugar tras mezclarse entre la gente. 

Tragué con suavidad al ver que había bastante gente bailando o bebiendo, más de la que esperaba. Pero mi estómago volvió a revolverse cuando mis ojos se encontraron con los de Rollins, dejándonos en un silencio que pasó a ser incómodo. 

Maldito seas, Ambrose. 

Joder ¿qué se supone que diga? 

—Uhm...

Seth fue el primero en romper ese tenso silencio que ya comenzaba a parecerme eterno, haciéndome alzar la vista y mirarle con mis labios juntos en una fina línea. Se veía nervioso, relamiendo sus labios antes de retomar la palabra.

—Gracias por venir, Rome.—una nerviosa sonrisa danzó por sus labios.—Me alegra que estés aquí. 

Respiré con suavidad, haciendo lo posible por calmar esa incomodidad en mi pecho. 

—Bueno... Probablemente Dean habría hecho una pataleta si no venía.—me encogí ligeramente de hombros, tratando de sonreír.— Así que no tuve mucha opción. 

—Sí, es algo que él haría.—rió el ex bicolor, tomando una pequeña pausa antes de volver a hablar.— Escucha, Rome... Lo siento mucho.

Sus ojos se encontraban en los míos, en tanto decidí solo guardar silencio y escuchar lo que quería decir.

—Lo que dije, como me comporté... Fui un completo idiota y lo arruiné.—apreté mis labios, sintiendo ese nudo en mi garganta pero de una forma distinta.— Todo lo que dije no era en serio, sobre tu boda... sobre tu padre...

—Seth.—lo interrumpí con suavidad, relamiendo mis labios y encontrando la fuerza para hablar.— Sé que no quisiste decir eso. Incluso si estabas molesto... Sé que no. 

—Por supuesto que no.—insistió, pude ver el arrepentimiento y la sinceridad en sus ojos castaños.— Te juro que estoy muy arrepentido y... solo quiero que me perdones. Que empecemos de nuevo si es posible. ¿Puede ser?

Incluso si estaba molesto, incluso si él había cambiado y habíamos empezado con el pie izquierdo, había algo mucho más grande. 

Y eso era el lazo de amistad que teníamos. 

—Seguro.—sonreí de lado.— No hay problema, hermano. 

Rollins sonrió, para a continuación acercarse a mí y abrazarme con fuerza. 

—Gracias, Rome.—murmuró mientras lo rodeaba con la misma fuerza.— Y... lo siento mucho. 

—Está bien...

—Siento lo de tu padre.—con suavidad se alejó de nuestro contacto, mirándome con sinceridad.— Y lamento no haber estado ahí. 

Relamí mis labios, asintiendo levemente hacia mí antes de volver a alzar la mirada y sonreír ligeramente hacia Seth. 

—Gracias, Seth. 

Él sonrió de lado, para luego golpear amistosamente mi hombro. 

—¿Y qué esperas? Pasa.—se hizo a un lado, dejándome entrar a la habitación de hotel.— Invité a mucha gente de la escuela, o al menos los que pude contactar y algunos de mis conocidos. 

No pude evitar sentirme pequeño por un instante ante la cantidad de personas a lo largo del lugar. Aunque fuese un espacio grande y costoso, podías encontrar personas en todo rincón. Desde algunos bebiendo en la cocina, hasta otros jugando con una maquina de cerveza en la terraza del lugar. 

—Wow.—casi silbé, abriendo mis ojos con asombro y dándole una pequeña mirada al ex bicolor tras cerrar la puerta detrás de mí.— Sí que son muchos. 

—Quería aprovechar mi tiempo aquí.—respondió. No obstante, no tardó en fruncir el ceño y volver a mirarme.— Oh, tengo que ir a hablar con el encargado de la música, esto es una puta mierda.—dio un trago a su cerveza antes de continuar.— Naomi y Rusev te estaban esperando, están por allá cerca de la barra. Y...—hizo una pausa, relamiendo sus labios y mirándome con seriedad mezclada con optimismo.— Hablaremos de esto luego ¿sí?

—De acuerdo. 

El ojicastaño me brindó una última sonrisa antes de comenzar a alejarse. No sin antes volver a gritar por sobre su hombro mientras alzaba la botella de cerveza en su mano. 

—¡Diviértete! ¡Bebe hasta que no puedas más si es necesario!

Solo reí antes de verle perderse entre la gente en el lugar, dejándome en medio del lugar ligeramente iluminado. 

Decidí seguir su indicación e ir a buscar a mis amigos antes de que me perdiera en el gigantesco lugar. 

Con cuidado me moví por el penthouse, el olor a alcohol era nauseabundo y solo me recordaba a esa época en la que nuestras fiestas como Lista A eran totalmente distintas a lo que la Lista F podía llamar diversión. 

Me sentía así en esos momentos. 

Salí por uno de los ventanales, llegando a una terraza en la varios se encontraban en la piscina completamente absortos en su mundo. En serio no me imaginaba a Seth planeando un evento como este y no dejaba de sorprenderme. 

—¡Roman!—alcé la vista, buscando rápidamente hasta encontrar al autor de esa voz.— ¡Por aquí!

No tardé en encontrar la mirada de aquel Búlgaro disfrazado de Joker con una gran sonrisa roja pintada en la boca, agitó su mano en el aire junto a la morena disfrazada de princesa Jasmine que me sonrió ampliamente. 

—¡Ya era hora de que llegaras, guapo!—chilló emocionada, dándome un rápido abrazo que respondí con gusto.— Te ves bien, me recuerda a...

—A la fiesta de Halloween cuando estábamos en último año.—completé por ella con un pequeño rodar de ojos aunque la sonrisa siguiera en mi boca.— Lo sé, no soy muy original como ustedes. 

—Tonterías, te ves genial.—se unió Rusev. A continuación, miró por sobre nosotros, como si buscara a alguien.— Por cierto ¿qué tal todo con el enano? 

Seguí la dirección en la Rusev miraba, viendo a Seth charlar con un chico a cargo de la música mientras bebía una cerveza nueva. 

Me encogí levemente de hombros y volví mi semblante hacia mis amigos. 

—Estamos bien. 

—¿Estás seguro?—preguntó el Búlgaro, a la par en que alzaba lentamente su puño cerrado.— No tengo problema en partirle la cara por ti. 

—Rusev...—murmuró la morena junto a él con tono de regaño, viéndole con el mismo mientras bajaba su puño con sus delgados dedos y manicura perfecto.— No. 

—¡Ay por favor!—exclamó su esposo molesto.— ¡Déjame tener un poco de diversión, mujer!

Naomi suspiró con frustración, manteniendo su calma a pesar del hombre empezando una escena. 

—Lo mismo me dijiste anoche cuando Kate se había quedado dormida y tú querías seguir jugando con sus marionetas.

—¡El señor bigotes y yo somos buenos amigos! ¡Pero dudo que entiendas eso. 

No pude evitar reír en tanto la mujer de cabello en una trenza solo rodaba los ojos con exasperación. 

—Nadie golpeará a Seth esta noche, Rusev. Ni esta ni ninguna otra.—continuó, mirando a este con seriedad.— El tipo ya parece algo ebrio y no quiero que Kate luego me pregunte por qué su papi grita incoherencias en búlgaro tras las rejas. 

Rusev bufó, dándole un rodar de ojos a su esposa antes de cruzarse de brazos resignado. 

—Aguafiestas.—murmuró entre dientes, pero era obvio que Naomi pudo oírle por el pellisco que le dio en el pecho.— Ugh, de todas formas, nada asegura que otra persona no le de una merecida tunda a esa pulga de mar del averno. 

Enarqué una ceja. 

—¿Qué quieres decir?

Rusev guardó silencio por una milésima de segundo, para luego soltar una gran respiración con un divertido sonido con sus labios y girar hacia mí. 

—Vimos a Orton hace algunas horas.—habló por fin.— Y sabes cómo están las cosas entre ese par de idiotas. 

—Creo que Roman lo tiene más que claro, amor.—intentó unirse la morena. 

—Joder...—murmuré, sintiendo un pequeño nudo en la garganta.— T-Tal vez deba...

—Tranquilo, Roman.

Naomi me detuvo, agarrando mi brazo con delicadeza antes de que corriera despavorido por el tatuado o el escritor. Cualquiera con tal de que no se armara la tercera guerra mundial. 

La fémina me brindó una tranquilizante sonrisa, manteniendo su suave toque sobre mi piel. 

—Vimos que traía a alguien más, así que estoy segura que no pensará en romperle nada a Seth... Al menos por unas horas y si él no lo provoca. Todo estará bien.

No me tranquilizaba por completo, pero ayudaba. 

Logré apretar mis labios y asentir suavemente, recibiendo una sonrisa de parte de la mujer de labios rosa coral. 

Rusev gruñó para sí mismo, girando hacia la barra y agarrando algo antes de volver con nosotros. No tardó en ofrecerme un vaso alargado con líquido color cobre. 

Lo tomé sin decir nada, mientras que Rusev le ofreció el otro a su esposa junto a mí. 

—Oh, no.—sonrió con algo de nerviosismo bastante inusual tras mirar el líquido al interior del vaso.— Esta vez paso, cariño.

—¿Te sientes mal, Naomi?—preguntó de inmediato con preocupación en su voz en tanto alejaba el vaso de la vista de Naomi. 

Le di una pequeña mirada igual de perpleja, pero ella solo sonrió levemente antes de enseñarnos un vaso de jugo que mantenía en la barra de junto. 

—Estoy bien con esto, tranquilos. 

Rusev y yo la miramos por un instante, a lo que el Búlgaro no tardó en encogerse de hombros con simplicidad y quedarse con la bebida color oscuro. 

—Bueno...—mi amigo alzó su vaso ligeramente entre nosotros, que no tardamos en imitarle y acercar los nuestros.— Un brindis... Por los viejos tiempos. 

Sonreí:—Por los viejos tiempos. 

—Y porque mi esposo sigue siendo un Hulk sin cerebro.

—Y porque... ¿¡Qué mierda dijiste mujer del averno!?

Estallé en carcajadas junto a la fémina, ignorando completamente el ceño fruncido de Rusev y golpeando nuestros vasos con suavidad en ese brindis. 

Me llevé el vaso a los labios al igual que mis amigos, sin embargo, mi garganta ardió y se sintió cálida por la bebida alcohólica que pasó por ella hasta que vacié el vaso de cristal de un solo trago. 

Con un suspiro alejé el vaso de mi boca, encontrándome con la mirada algo atónita de la pareja frente a mí. 

—¿Qué?—pregunté, para luego aclararme la garganta. 

El trago era bastante fuerte después de todo. 

—Casarte con el cabeza de remolacha te ha cambiado, Rome.—comentó Rusev, bebiendo un trago de su vaso casi lleno. 

—Claro que lo cambió.—Naomi sonrió de lado hacia mí.— Es feliz ¿no es así?

Por un instante, me dolió el corazón. Esa parte de mí que se destruía lentamente sin que entendiera la razón causó que mi pecho se apretara, no obstante, la otra solo sonrió hacia la morena y decidió que ese estúpido y desastroso yo se quedara callado de una puta vez. 

—¡Aléjate de mí, maldita sea! 

Fuimos interrumpidos por cierto chillido que fue audible incluso sobre la música en el lugar, justo antes de que alguien chocase con el Búlgaro y captara nuestra atención. 

Aquella pelirrubia de cabello lacio largo cayendo por su espalda cubierta por un disfraz de superhéroe se detuvo abruptamente, mirando al grandote en frente de ella con sorpresa plasmada en su rostro perfecto. 

—R-Rusev...—murmuró, parpadeando un centenar de veces, como si no pudiese creerlo. 

Rusev relamió sus labios y suspiró, logrando fruncir una pequeña sonrisa en sus labios:—Hola, Lana. 

La fémina parecía nerviosa, más que obvio por su postura y el que se encogiera ligeramente en su lugar. 

—L-Lo siento, no quería empujarte, yo...—miró por sobre su hombro.— Un idiota estaba ebrio y... Ugh, ya no importa. 

Entonces su mirada cayó en la morena junto a Rusev, además de darse cuenta de mi presencia también. 

—Hey, chicos...—habló una vez más, con todavía un rastro de timidez y el nerviosismo reflejado en sus labios pintados de carmín. 

—Es un gusto verte, Lana.—me atreví a sonreír amistosamente.— Te ves bien. 

—Gracias.—sonrió agradecida, un poco menos tensa. Sin embargo, sus labios volvieron a fruncirse con nerviosismo en cuanto miró a Naomi.— Nao... yo...

—Ugh.—la morena rodó los ojos.— Si vuelves a mirarme así, juro que te arrancaré las extensiones. Ahora ven aquí y dame un abrazo. 

Lana sonrió al punto que creí lloraría, casi lanzándose a los brazos de la chica que solía ser su amiga hace trece años. Por un segundo, me sentí en ese sitio otra vez. 

Las acciones de Lana las habían separado, al igual que toda la locura que era parte de nosotros en aquella época. 

Y luego de todos estos años, tal vez era una buena idea perdonar. 

Las féminas compartieron una sonrisa, hasta que la mirada de la pelirrubia volvió a caer en el Búlgaro que se había mantenido en silencio todo este tiempo. 

Con suavidad se dirigió hacia él, mirándole con lo que pude ver era arrepentimiento en su mirada castaña perfectamente delineada. Con la misma cautela tomó las manos de Rusev, sin apartar su mirada de la suya. 

—Rusev, sé que cometí un error.—la rubia rodó los ojos para sí.— Me comporté como una completa tonta y lo que te hice fue horrible. 

Él siguió guardando silencio, dejando que Lana hablara luego de tomar una bocanada de aire. 

—Y... sé que puede ser muy tarde pero...—apretó brevemente sus labios.— Quiero que sepas que lo siento. Lo siento tanto, Rusev. 

Recuerdos de lo ocurrido vinieron a mi cabeza. El cómo Rusev pasó enamorado de Lana por tanto tiempo, siempre pensó que sería muy poco para ella hasta que se atrevió a que las cosas cambiaran. Pero ella quiso cambiarlo, al punto en que Rusev ya no se reconocía a sí mismo. 

Su corazón se rompía en silencio, y él nunca se quejó. 

El búlgaro seguía sin decir palabra, tampoco había movido sus manos de las de la fémina. Hasta que suspiró con suavidad. 

—Puede ser un poco tarde, Lana.—dijo, sin apartar sus ojos de los de la pelirrubia incluso cuando una lenta sonrisa se formó en su boca.— Pero todos merecemos segundas oportunidades. 

Los labios de Lana mostraron una amplia sonrisa, justo antes de que se lanzara a los brazos de Rusev y lo abrazara mientras murmuraba muchos "gracias" en susurro. Rusev le devolvió el abrazo con delicadeza, en tanto pude ver una sonrisa aliviada en su rostro. 

Tal vez redimirse de los errores era algo bueno, incluso si ha pasado tanto tiempo. 

Naomi mantenía su cabeza apoyada en mi hombro mientras observaba la escena enternecida, a lo que solo sonreí ligeramente de lado. 

—M-Me alegro tanto de que estén bien.—dijo la rubia luego de alejarse de los brazos de Rusev y quitarse rápidamente una lágrima de su pómulo.— ¿Quieren beber algo? 

—Todavía tengo de mi trago pero meh. ¿Por qué no?—se encogió de hombros el búlgaro, dispuesto a aceptar la invitación de nuestra ex compañera de clase. 

—Honestamente, se me antoja otro trago.

—¡Yo a ti ya no te reconozco, jefesito!

No pude evitar reír, golpeándole ligeramente en la pierna y disponiéndome a seguirles. 

Hasta que la mano de Naomi me detuve y giré a verla perplejo. Seguía de pie en su lugar, tan solo que presionaba su mano libre sobre su boca y se mantenía cabizbaja.

—¿Estás bien?—fruncí el ceño preocupado. 

—Nao ¿qué pasa?—se acercó también su esposo. 

La morena respiraba con pesadez, al mismo tiempo en que veía su frente sudar ligeramente cuando alzó su mirada hacia nosotros con lentitud. 

—S-Solo me mareé un poco.—intentó sonreír, pero resultó en una mueca.— E-Estoy bien, chicos. Es solo...—se detuvo, parpadeando incontables veces sin decir nada.— Okay, mentí. ¡Discúlpenme!

Y antes de que pudiésemos decir algo, la chica echó a correr entre la gente cubriéndose la boca con su mano. 

—¿Qué carajos...? ¡Naomi!—empezó a gritar el búlgaro, caminando en la misma dirección que su esposa sin pensarlo demasiado.— ¡Naomi, ven aquí, demonios! ¡Naomi!

—Diablos, eso no se veía nada bien.—murmuré, para a continuación dirigirme a la pelirrubia.— Lo siento, Lana. Parece una emergencia. 

—No te preocupes, Rome. Entiendo.—sonrió.— ¿Crees que Naomi esté bien?

—Eso tendré que averiguar.—me despedí con un breve tocar en su hombro.— Nos vemos luego.

—Claro. 

Y luego de que se despidiera rápidamente, seguí el mismo camino que la pareja había tomado e intenté no asfixiarme entre la gente que me encontraba al intentar pasar. Mis pasos me llevaron hasta el baño del primer piso, en el cual ya se encontraba Rusev golpeando la puerta de madera sin piedad alguna ni por el bienestar de su mujer ni por el de la madera en sí misma. 

—¡Joder, mujer! ¡Abre ya la puta puerta!

—Rusev. 

Pero hizo oídos sordos a mi voz de regaño, volviendo a golpear la puerta con su puño fuertemente cerrado y gritando el nombre de la morena. 

Rodé los ojos. A continuación, agarré su puño y lo alejé de la puerta, evitando que tirara esta abajo. 

—Rusev, basta ya.—dije firme.— Dale un minuto ¿quieres? 

—¡La mujer se está tal vez muriendo allá dentro! ¡No voy a quedarme aquí parado!—otra vez golpeó la puerta.— ¡Naomi, abre ya!

—¡Rusev!—me coloqué en frente de la puerta, evitando que pudiera seguir atentando contra ella.— Todo estará bien... ¿Podrías calmarte de una puta vez, por favor?

El búlgaro me observó apretando sus labios por segundos casi eternos, pero terminó por bufar profundamente y gruñir resignado:—Bien. 

Le di una última mirada y giré hacia la puerta cerrada, luego de soltar un suspiro toqué esta con suavidad. 

—¿Naomi?—la llamé con un tono completamente distinto al de su esposo.— ¿Te encuentras bien?

Pero en lugar de una respuesta, pude escuchar el brutal sonido de arcadas desde el interior del cuarto de baño, haciéndome retroceder un par de pasos.

—¿¡Lo ves!? ¡Te lo dije! ¡Algo malo está sucediendo!—Rusev no dudó en hacerme a un lado con facilidad y tocar insistentemente la puerta.— ¡Naomi, abre ya o juro que tiraré la puerta abajo! ¿¡Me escuchas!? ¡Abre la puerta!

Quise suspirar con exaspero. 

La situación no sonaba nada bien con el hecho de que Naomi vomitara y que posiblemente necesitaría ayuda, pero también temía por el hecho de que mi mejor amigo se volviera loco. O peor, que la puerta se viniera abajo y causara un gran revuelo. 

Lo primordial ahora era calmar a Rusev. 

—Rusev, por favor.—intenté una vez más, a la par en que jalaba ligeramente de su brazo con tal de que girara a verme. Aunque frunciera su ceño amenazadoramente, continué con lo que quería decir.— Cálmate ¿sí? Tal vez sea algo que comió. 

Milagrosamente, el grandote dejó de golpear la puerta y giró ligeramente para mirarme. 

—¿Recuerdas que comiera algo fuera de lo normal? ¿Algo que le hiciera daño?

—Para nada.—respondió casi automáticamente.— Estuvimos juntos todo el día porque trabajó desde casa y yo tengo un par de días libres. Pero no pareció que comiera algo fuera de lo normal. De hecho, sí que comió bastante debo decir. 

—¿En serio?

—Sí, tuve que detenerla antes de que se tragara el refrigerador entero. 

No pude evitar entrecerrar mis ojos, tan solo manteniendo mis pensamientos para mí antes de volver mi semblante al Búlgaro. 

—¿Alguna otra cosa extraña?

—Hm... Ha dormido un montón últimamente.—bufó.— He tenido que encargarme de la pequeña Katerina casi por mí solo porque siempre la encuentro dormida en el sofá o en el dormitorio, pero solo dice que es cansancio así que...

—...Ya veo. 

Rusev pareció notar el semblante en mi rostro, mirándome con cierta intriga y preocupación. 

—Conozco esa cara.—dijo.— ¿Qué sucede, Rome? No me digas que mi mujer es un alien porque...

—Eres un tonto, Rusev.—murmuraron al otro lado de la puerta, llamando nuestra atención. 

Rusev frunció sus labios y se acercó ligeramente a esta solo para gritar:—¡La tonta eres tú, maldición! ¡Ahora cállate, que trato de averiguar qué mierda pasa contigo!

Quise rodar los ojos una vez más, pero lo reemplacé con un aclarar de garganta y volviendo a encarar a Rusev. 

—Rusev, escucha, no soy médico y creo que lo sabes.

—No podrías serlo.—rió.—Si fueses médico sabrías que estar casado con un cabeza de burro como Ambrose no es sano. 

Le dediqué un fruncir de ceño, a lo que apretó sus labios. 

—Estoy tratando de ayu...

—No será necesario, Rome...

Naomi salió del cuarto de baño casi suspirando esas palabras. Captó nuestra atención de inmediato, acercándonos en caso de que amenazara con venirse abajo otra vez. 

—Naomi, por Dios.—habló nuevamente su esposo, dejando que la fémina se apoyara de su brazo con la mano que no mantenía fuertemente apoyada en el umbral de la puerta.— Dime por favor qué demonios está pasando. 

—¿Te sientes bien?

—Chicos, yo...

—¡Mejor ni expliques!—saltó de pronto Rusev, dispuesto a jalarla lejos de la puerta.— Nos vamos al hospital ahora mismo. 

—Rusev, espera...

—Ya esperé mucho, Roman.—dijo con seriedad.— Nos vamos ahora. 

—Rusev, estoy tratando de explicarte que...

—¡Algo malo te pasa, mueve el culo o juro que...!

—¡Con un carajo, Rusev!

El grito de la morena lo paralizó, a la par en que la observaba sin palabras ante ese ceño fruncido. 

—¡Te la has pasado todo este tiempo golpeando la maldita puerta y gritando, me tienes de los nervios!—continuó.— ¡No me pasa nada malo, joder!

—¡P-Pero...!

—¡Roman tiene razón! ¡Deja de comportarte como un tonto y escúchame de una maldita vez!—le interrumpió con fuerza.— ¡Que ni el bebé ni yo estamos para tus estupideces de imitación barata de Hulk!

—¿¡Y tú que mier...!?

Los labios del búlgaro se paralizaron, sus ojos se abrieron con sorpresa igual que los míos incluso cuando compartimos una mirada anonadada. La morena seguía con su respiración agitada y ceño fruncido con molestia, pero dejó de apretar su mandíbula y la seriedad coloreó su rostro. 

Rusev, viéndose completamente perplejo, apuntó a Naomi mientras abría y cerraba la boca como un idiota. Nada salía, solo palabras incoherentes que hicieron a la morena rodar los ojos. 

—M-Momento... ¿Q-Qué fue lo que dijiste, Naomi? 

Naomi suspiró. 

—No me pasa nada malo, Rusev.—colocó un mechón de cabello detrás de su oreja, mirando al grandote con cierta timidez a pesar de su anterior enfado.— Solo... estoy embarazada. 

Rusev se quedó incluso más atónito, cosa que creí imposible, dándome una mirada de par en par antes de que sonriera levemente. 

—Eso iba a decirte antes de que me interrumpieras.—le dije mientras colocaba mi mano amistosamente en su hombro.— Esos son síntomas de embarazo. 

Mi amigo me dio una última mirada incrédula, hasta por fin concentrarse en la mujer frente a él. 

—P-Pero...—comenzó a balbucear.— ¿C-Cómo lo sabes? ¿Estás segura?

Naomi asintió con un fruncir de labios. Estaba nerviosa. 

—¿D-Desde cuándo...?

—Desde esta mañana.—lo interrumpió, sin dejar de mirar a sus pies con un suspiro en medio de su respuesta.— Me hice una prueba y... salió positiva. 

Rusev pareció calmarse por completo, ahora su sorpresa se volvía preocupación mientras buscaba la mirada de la morena. 

—Pero, Naomi... ¿Por qué no me dijiste nada?

Otra respiración por parte de la morena, solo que en esta alzó su cabeza y cubrió su rostro con sus manos por unos segundos. Cuando quitó estas, miró a su esposo con frustración en sus ojos castaños. 

—Yo... ¡No lo sé! No sé.—soltó casi con un chillido, negando para sí.— Tal vez porque te veo tan ocupado a veces y pareces tan tenso que... no sé, tal vez un bebé arruinaría todo y no me sentí lista.—parecía que su voz empezaba a romperse, pero ella se las arreglaba para ocultarlo cubriendo su boca con el dorso de su mano.— Además que te ofrecieron harte cargo de la temporada y te veías tan feliz y... No quería arruinarlo, y yo...

Su voz se interrumpió cuando el búlgaro le quitó la mano de los labios, agarrando esta con suavidad en tanto la observaba con dulzura. 

—Eres sin duda la mujer más molesta y testaruda que he conocido.

Naomi frunció el ceño perpleja, mirándole a pesar de sus ojos ligeramente aguados. 

—Tú no tienes el derecho de decidir lo que me hará o no feliz, ya que me conoces más que a nadie.—una sonrisa lentamente adornó su boca.— Y esto me hace más feliz que nada. 

Los labios de la morena se separaron y pude ver la sorpresa en sus ojos. 

—¿L-Lo dices en serio?

Rusev asintió: —Tan en serio como que sigues siendo la mujer del averno. 

Solté una risa cuando la fémina le golpeó ligeramente en la rodilla con su pie. El búlgaro rió bajito, para a continuación colocar suavemente su mano en la mejilla de ella, acunándola con cariño.

—Pero eres mi mujer del averno, y te amo.—continuó, sin alejar su mirada de la de Naomi.— Y aunque no quieras, estamos juntos en esto. Siempre estaremos juntos en esto. Y a ese bebé le espera un largo camino que no dudaré en compartir contigo. 

Naomi sonrió, dándole un ligero apretón a la mano de Rusev. 

—Admito que hacemos lindos bebés juntos, imitación fea de Hulk. 

Ambos comenzaron a reír y supe que era el momento de dejarles solos. Tras dedicarles una última sonrisa, di media vuelta y me alejé con cautela. 

Me dispuse a encontrar a mi esposo, después de todo, no lo había visto en todo este tiempo y tal vez ya estaba sobre una mesa cantando estupideces o ya se había tragado más de cuatro cajas de pizza. 

Caminé entre la gente hasta llegar a la mesa de bocadillos, pero solo encontré algunas personas charlando y comida en bandejas de cristal y metal, además de vasos emanando ese fuerte aroma a alcohol. 

Tal vez no me vendría mal otro trago. 

—¡Hey! ¡Rome!

Giré ante esa voz conocida, encontrándome con aquel pelirrubio de gafas brillantes al igual que su chaqueta. Solo suspiré, preparándome para sus jugarretas. 

—Hey, Chris. 

—¡Qué bueno verte, amigo! ¡Hace mucho no te veía!

El como reía y el que tuviera una cerveza en la mano me dijo lo obvio, estaba ebrio. Y el que el castaño junto a él riera y lo apegara a él solo me lo confirmó. 

—Chris, bebé.—comenzó a decir, luego de darme una mirada.— Eres su jefe ¿recuerdas? Lo viste hace un par de días. 

—¿¡Lo soy!?—chilló, abriendo sus ojos con sorpresa.— ¡Joder! ¡No tenía idea! 

No sabía si reír o simplemente rodar los ojos, pero AJ interrumpió mis pensamientos al dirigirse hacia mí:—Disculpa a este tarado, se entusiasmó con la cerveza importada. 

—No es nada.—sonreí de soslayo. 

—¿¡Y tú quién cojones eres!?—le gritó el rubio al castaño que hacía lo posible con tal de que no cediera a sus torpes rodillas. 

Su prometido solo suspiró, cubriéndole la boca con delicadeza. 

—Creo que deberías dejar de beber, cariño. O en lugar de casarme contigo voy a tener que llevarte a emergencias o algo. 

—¿¡Te vas a casar conmigo!?—logró gritar de nuevo tras quitarse la mano de AJ de la boca.—¡Mierda, sí que soy suertudo!

Styles sonrió y yo me limité a reír bajito ante la imagen de mi jefe sumamente perdido por los efectos de la bebida. 

—Vi a tu esposo en la terraza.—me indicó el castaño.— No lo he visto pasar, así que debe seguir por ahí. 

Como si me leyera el pensamiento, ayudó a que volviera a mi objetivo principal. 

Tras agradecerle rápidamente y recibir un comentario que no entendí por parte del pelirrubio, me dirigí hacia aquel lugar en busca de mi esposo. 

Las cosas aún seguían dispersas entre nosotros, y luego de ver cómo la familia de Rusev crecía pues... 

Sí, me sentía muy feliz por ellos como su amigo. No obstante, no podía negarlo, mi estómago dolió como si hubiese recibido una patada y en mi pecho sentía esa molesta presión de siempre que me impedía respirar. 

Quería ser directo con Dean, hablar sobre esto. Incluso si una parte de mí temblara con horror. 

Al diablo, quería hacerlo. 

Bastó que caminara un par de pasos para que me viera interrumpido por una voz desconocida llamándome. 

—¿Eres Roman Reigns?

No me lo pensé dos veces antes de girar a ver de quién se trataba. 

Un hombre bastante alto de cabello largo y ojos cristalinos, utilizaba una camiseta de rock que marcaba su abdomen y tensos músculos mientras estaba de pie a tan solo un par de pasos de mí. 

No lo recordé en el momento en que enarqué una ceja y respondí:—Soy yo. 

Sus cejas se fruncieron ligeramente, al mismo tiempo en que daba un par de pasos de entre la multitud cerrando nuestra distancia. 

—Me gustaría hablar contigo sobre Moxley. 

—¿No crees que ya fue suficiente, Moxie?

Levanté la vista, encontrándome con aquella pelirrubia saliendo de la piscina a unos pasos de mí. Se deslizó fácilmente fuera de ella, caminando en mi dirección.

Gruñendo entre dientes le alcancé una toalla cerca de mí, la cual recibió encantada. 

—Necesito apagar mi cerebro por un rato.—murmuré, bebiéndome lo que quedaba de vodka en mi vaso y frunciendo una pequeña mueca. A continuación, giré a verla con perplejidad.— ¿Y tú qué coño haces aquí, Toni?

La fémina se encogió de hombros.

—Sami invitó a Finn, Finn me invitó a mí, yo invité a Pete y la lista sigue.—explicó en tanto secaba las puntas de su cabello mojado y luego envolvía la toalla alrededor de sus hombros desnudos.—¿Y tú? 

Bufé:—Pues... Fui el rey de los idiotas, eso me hace parte de esto supongo. 

—Sabes que no me refiero a eso. 

Lo sabía, solo que no quería pensar más en eso. 

Me serví más vodka hasta llenar más de la mitad de mi vaso, siendo ya el cuarto o el quinto. 

¿Quién cuenta de todas maneras?

La rubia tomó asiento en la silla junto a la mía, y aunque ignorara su mirada podía sentirla tratando de carcomerme. 

—Toni, eso no va a funcionar.—casi canturreé, dejando de lado la botella con líquido transparente con fuerte hedor.— Me aseguré de beber lo suficiente como para no sentir tu mirada acusadora y obligándome a hablar sobre mí, así que...—alcé mi vaso con una sonrisa irónica.— Alabado sea el alcohol. 

Y alabado el hecho de que sigo sin ser un buen mentiroso ¿no?

Quería darme una patada en el culo, aunque Toni probablemente tenía la misma idea e incluso lo haría mejor. 

—Llevas aquí casi una hora y solo te he visto observando a la nada, bebiendo vaso tras otro.—continuó hablando, incluso si hacía lo posible por ignorarla.— ¿Quieres decirme qué ocurre?

Tragué con fuerza, dejando el vaso casi vacío antes de soltar un respiro. El alcohol ardió al deslizarse por mi garganta, dejándome saber que sus efectos pronto me ayudarían a apagar mi cerebro por un rato. 

—¿Drew también vino?

Mi baterista arrugó brevemente la nariz. 

—No lo sé, eso creo. Ugh, ¿a quién le importa?—rodó los ojos.— Ya conoces a Drew, las fiestas no son lo suyo. 

—...Claro. 

Mi voz se desvaneció en ese tenso silencio, llevándome a tomar otro trago hasta acabar con la bebida en mi vaso sin si quiera preocuparme del ardor en mi garganta. 

—Un minuto...—insistió la rubia luego de una pausa que me pareció casi eterna.— Te conozco, Moxi. Esa cara... 

No dudé en interrumpirla:—Es la cara de un hombre que solo quiere dejar de usar la puta cabeza por una noche y embriagarse. Esa es mi cara, risitos. Lidea con ello. 

Sin embargo, no tardé en que me arrebataran la botella de vodka cuando me dispuse a servirme más. Toni apretaba su ceño con molestia hacia mí, apretando sus ojos como si quisiera matarme en el proceso. 

—Vuelve a llamarme así y te meteré una de mis baquetas por el culo, Ambrose.

Era extraño que me llamara por mi nombre real, por lo que no tuve más opción que apretar mis labios y resignarme por primera vez en la noche. 

La baterista al notar ese gesto dejó la botella con líquido cristalino a un lado de su silla, para luego volver a centrarse en mí. 

—Vamos, escúpelo de una vez.—exigió, reacia a quitar su mirada castaña acusadora de la mía.— Tiene algo que ver con Drew ¿no es así?

Entre las muchas cosas en mi mente, las imágenes de esa tarde volvieron a mi cabeza. Tragué con suavidad y me removí algo tenso en mi sitio. 

El beso de Drew no había sido una de mis grandes preocupaciones hasta esa noche, junto a las discusiones con Roman y mis miedos apoderándose de mí sin que tuviera el control sobre ello. 

Me sentía tan... Tan...

Me sentía como ese chico con chaqueta de jugador de fútbol y nudillos vendados que se hacía llamar el rey de los idiotas y de la diversión. Nuevamente era el rey de la Lista F. 

Y me daba nauseas. 

No podía responder, solo me movía para respirar profundamente y relamer mis labios con nerviosismo bajo la mirada expectante de la fémina de cabello bicolor. Esta no tardó en resignarse con un pequeño rodar de ojos. 

—Okay.—suspiró Toni. 

Miré por el rabillo de mis ojos para seguirla en su mover fuera de la silla junto a mí, pareció caminar hasta una de las muchas mesas con bocadillos y bebida, tomándose un rato antes de regresar conmigo. Toni me alzó un vaso de plástico rojo, a lo que enarqué una ceja hacia ella. 

—Aunque amo el alcohol tanto como tú, no te hará bien beber tanta mierda. Toma un poco de agua.

Quise rodar mis ojos, sin embargo me limité a arrugar mi labio brevemente y agarrar de mala gana el baso de sus delgados dedos. 

La fémina me dio una última mirada y tomó asiento nuevamente, manteniendo un vaso con quién sabe qué para ella. 

Bebí un sorbo, sintiendo que el agua refrescaba un poco mi garganta ardiendo por todo el alcohol que había estado bebiendo. 

—Escucha, Dean.—habló calmadamente la rubia en tanto seguía bebiendo pequeños sorbos de mi vaso.— Llevo bastante tiempo conociéndote, y sé que algo está volviéndote loco. 

No pude evitar reír con ironía. 

—¿De verdad?

—De verdad. Y siendo sarcástico conmigo no vas a conseguir que se resuelvan las cosas.—dijo con firmeza en su voz, para a continuación encontrar su mirada en la mía en tanto tragaba lo último de agua en mi boca.— Dime ya qué ocurre. 

Sentía que mi cabeza explotaría, estaba aterrado de lo que pudiese ocurrir, quería gritar tan fuerte hasta que mi garganta no diera más. 

Y sabía la razón, y era lo más desagradable de todo. 

Suspiré, rascando ligeramente mi nuca y mirando a Toni por el rabillo de mis ojos. Pero ella seguía en espera de lo que sea que tuviera que decir. 

—Soy un desastre, Toni.—comencé, diciéndome a mí mismo que no tenía más opción que ser honesto de una puta vez.— Hace años que no sentía que lo era. Pensaba que tenía todo bajo control, que nada podía asustarme más o hacerme sentir amenazado. Pero ahora... siento que volveré a joderlo todo. Mi matrimonio, mi vida, todo. 

—Uhm... Tal vez podrías ser un poquito más específico.—dijo con una sonrisa algo nerviosa.— ¿Qué tal si me dices qué ocurrió con Drew?

Solté una respiración casi con frustración. 

—Drew me besó.

Justo cuando la rubia había decidido beber un sorbo de su trago, terminó escupiéndolo dramáticamente tras mi declaración. Parpadeé por la sorpresa mientras el ligero aroma a alcohol se colaba en mi nariz. 

Storm tosió un poco, a la par en que se quitaba el alcohol de la barbilla con su mano. 

—¿¡Me estás jodiendo!?—exclamó, a lo que solo negué.

—Lo sé, sé que está sumamente jodido. No quiero que la banda se vaya al carajo por mi culpa y tampoco he podido decirle a Roman...

—Dean... Demonios, Dean. Tienes que irte. 

La miré frunciendo el ceño. 

—E-Escucha, sé que puede que esté jodiendo a la banda pero yo...

—¡No, pedazo de imbécil! ¡No me refiero a eso!

Fruncí el ceño, mirándola perplejo. Storm apretó sus labios, pareciendo pensar dos veces lo que iba a decir.

—T-Tu esposo se llama Roman ¿verdad?

—¿Sí?—murmuré, arrastrando mi respuesta con confusión.— ¿Por qué preguntas eso? Te lo he dicho como mil veces. 

La cara de Toni casi palideció, al punto que comenzó a asustarme y no pude evitar acercarme a ella algo preocupado. 

—Toni ¿qué ocurre? 

—Dean... L-Lo siento tanto.—murmuró con su voz casi quebrándose nerviosa, cubriéndose ligeramente los labios con sus temblorosos dedos.— Él preguntó y... Te juro que nunca creí que él...

—Toni, dime qué demonios pasa. 

En cuanto interrumpí sus nerviosas palabras, la bomba explotó entre nosotros. 

—Drew vino, preguntó si tu esposo estaría aquí y bueno... nosotros le dijimos su nombre, y...

Mierda. 

No dudé en levantarme y disponerme a correr por el lugar lo más rápido posible. 

—¡Moxie, en serio lo lamento!—chilló una nerviosa Toni.— ¡Yo no quería que algo malo pasara!

—Hablaremos de esto luego ¿sí?—me apresuré a decir, tratando de tranquilizarla.— Tengo que encontrar a mi esposo.

Tras recibir un asentimiento de parte de la angustiada rubia, hice lo mejor que pude por ignorar lo mareado que estaba por la bebida y rebuscar al pelinegro entre la gente todavía bailando y bebiendo por el lugar. 

Tenía que encontrar a Roman. 

Mi visión era totalmente distorsionada y me maldije internamente el haber bebido tanto, sin embargo me las arreglé para pasar entre la gente y mirar a mi alrededor por el hombre disfrazado de hombro lobo. Pero solo me encontré con su jefe tratando de montarse en una mesa y a su prometido manteniéndolo al margen con gran paciencia. 

—Mierda.—gruñí para mí al no encontrar a Roman en ningún sitio. 

También vi a Finn en uno de los rincones del lugar, pero estaba muy ocupado cogiéndose con los ojos al pelirrojo disfrazado de lo que parecía ser un demonio al igual que él. Par de imbéciles. 

Apreté mis labios y pensé lo más rápido que mi embriagado cerebro logró, y mi vista no tardó en caer en la escalera a algunos pasos de mí. 

En media fracción de segundo me dispuse a subir, pero me vi interrumpido por unas voces conocidas. 

—Escucha, esto no tiene nada que ver contigo. 

—Oh, claro que sí.—le respondió con altanería y ese acento Escocés que conocía.— Yo sé lo que Moxley quiere. 

—¿En serio?

—Sí.—pude imaginarle sonreí.— Y en definitiva, él no quiere un aburrido lame suelas como tú, Reigns. 

Cerré mis ojos, sintiendo que el alcohol no era lo único que me oprimía el pecho y ponía mis hombros más tensos en ese instante. 

Pero mis pies se movieron casi por cuenta propia, escondiéndome ligeramente a los pies de la escalera en la que el pelinegro de disfraz de lobo y el bajista de mi banda discutían a pasos del otro con ceños fruncidos en sus rostros. 

Drew parecía querer lanzar a Roman escaleras abajo, mientras que mi esposo quería darle un puñetazo y tirarlo primero. 

—En primera, no vuelvas a llamarme así. Mi esposo es el único que tiene el derecho de usar mi apellido de esa forma, así que cierra la puta boca o lo juro que te rompo la mandíbula.—gruñó el pelinegro.— En segunda, no sabes un carajo de él. 

—Lo conozco.—respondió sin titubeo el bajista.— Conozco a Moxley, y no tengo miedo de probártelo, cariño. 

Roman frunció su ceño y mantuvo su boca cerrada, haciendo crecer la sonrisa en los labios de Drew.

—Él quiere pasión, peligro, adrenalina. Una relación que desate sus límites, alguien tan alocado y apasionado como él.—soltó una risa irónica tras darle una breve mirada a Roman.— No un tipo estirado y una vida monótona y aburrida, mucho menos estar atado alguien como tú.—se encogió de hombros, pero eso solo tensó visiblemente la mandíbula del ex rey de la Lista A.— Yo le puedo dar lo que quiere ¿tú que le das?

—¡Tú no sabes ni mierda de eso!—gritó furioso mi esposo.— ¡Conozco a Dean mucho más que tú y no tengo por qué probártelo! ¡Yo le doy lo que necesita y lo que sé es lo mejor para él! ¡Siempre ha sido y será así!

Otra risa de parte del escocés. 

—Claro que no. 

—¿Qué mierda sabes tú?

—Porque si fueras lo que el necesita o lo que quiere...—casi saboreó cada una de sus palabras, manteniendo su mirada venenosa en la del hombre frente a él frunciendo su ceño con ira.— ¿Por qué me besó?

Mi corazón di un vuelco y sentí que se rompía en cuanto vi el rostro de Roman deformarse con la sorpresa e incredulidad. 

—Eso no es verdad.—dijo, pero pude sentir su voz quebrándose. 

—¿Por qué te mentiría?—continuó sonriendo.— Pensé que su relación era tan perfecta que te lo había dicho. Después de todo, eres lo mejor para él ¿no?

—Di otra cosa y te partiré la cara, Mcintyre. 

No dudé en irrumpir, ganándome la atención de ambos mientras los observaba al pie de las escaleras. 

Mantuve mi mirada envenenada hacia el bajista, pero pude sentir los dolidos y perplejos ojos de mi esposo sobre mí. Luché lo mejor posible por no sucumbir a ellos mientras me acercaba por las escaleras. 

Los labios de Drew seguían alzados en una sonrisa, la cual comenzaba a detestar y lograba que mi necesidad por borrarla creciera a pisotones. 

Sentía mi pecho arder con ira y la sangre bombeando mis venas con tal intensidad que creí me quemaría. 

—¿Quién demonios te crees para molestar a mi esposo?—casi escupí, sin apartar mis ojos de los de él. 

—El tipo al que besaste y tal parece no le dijiste a tu amado "esposo".—soltó, burlándose del término con el que me refería al moreno entre nosotros.— Dime, Mox... ¿Acaso él te ha besado de la forma en que nosotros hicimos esa tarde?

—¡Cierra la jodida boca!—grité, preso de la ira apoderándose de mí cada vez más rápido.—¡Eres un completo hijo de puta!

—¿Por qué?—enarcó una ceja, sin borrar la maldita sonrisa de su cara.—¿Por decir la verdad?

Mi respiración se volvía más y más agitada, en tanto seguía al escocés que bajó un par de escalones hasta estar más cerca de mí. Roman permaneció inmóvil, pero podía ver cómo tragaba con nerviosismo y apretaba sus puños hasta volverse blancos. 

El rostro de Drew se acercó al mío, a lo que solo lo seguí con la mirada y mi ceño frunciéndose incluso más en tanto mi mandíbula se apretaba con más fuerza.

—Yo soy lo que te conviene, Moxley. Y muy dentro de ti lo sabes.—murmuró, aunque estaba seguro que Roman podía escucharlo de todas formas.— Yo no voy a cambiarte, no te obligaré a estar un aburrido hogar o formar una familia cliché... Conmigo eres libre, cariño. 

Sentí como si ácido me recorriera la garganta, tragando con fuerza mientras el latido de mi acelerado corazón chocaba contra mis oídos. 

—Deja de mentirte a ti mismo y dilo.—sonrió de lado, sus ojos cristalinos reflejando los míos con veneno.—Me quieres a mí, no al aburrido estirado nerd detrás de mí, Moxley.

Tuve suficiente. 

No tuve conciencia para detenerme cuando ya había reaccionado casi por inercia y empujado a Drew contra el barandal de la escalera. Mi brazo se apegó a su cuello con fuerza, en tanto él hacía lo posible por librarse inutilmente de mis agarres.

—¡Dean!

Ignoré a Roman, mi mandíbula seguía apretada y el corazón me latía con tal fuerza que parecía una vibración. Pero la ira era mayor, al igual que la fuerza con la que aprisionaba al bajista bajo mi cuerpo. 

Su rostro ya no mostraba esa sonrisa de superioridad, en su lugar se había decolorado con el miedo y el enojo, como si quisiera ahuyentar el pánico de serme tan fácil quitarle la respiración. 

—Mi nombre es Dean, no Moxley, maldito hijo de puta.—gruñí casi entre dientes, sin despegar mis ojos de los suyos aunque Roman intentase detenerme.—Me he mentido mucho a lo largo de mi vida, así que quita la puta cabeza de tu culo y escucha esto... Amo a Roman, y eso nadie va a cambiarlo. 

—S-Suéltame...

—¡Dean, joder! ¡Basta ya!—gritó Roman, pero no le hice caso.—¡Vas a matarlo!

Era como si mi fuerza se controlara sola, como si quisiera verle dejar de respirar para que la ira se apagara. Era como esos días, esos días en los que usaba mis puños vendados para defenderme. 

Cuando era alguien más. 

—¡Ambrose, te dije basta!

Volví en mis sentidos cuando fui jalado fuertemente de mi otro brazo, casi resbalando por las escaleras pero encontrándome con la mirada seria y angustiada de mi esposo. 

Roman me observó con el ceño fruncido, apretando mi brazo entre sus dedos luego de que por fin lograra que soltara mi agarre sobre Drew. Este no tardó en alejarse, sin quitarnos los ojos de encima. 

Con una mueca asqueada y llena de ira, casi escupió:—Te arrepentirás de esto, Moxley. 

—Jódete, Mcintyre. 

Soltó una risa sarcástica. 

—Ha, ¿en serio? Bien, aquí te tengo otra mejor.—frunció el ceño.— Renuncio. Por tu culpa la banda se irá al carajo. 

—¡Lárgate ya de mi puta cara o te juro...!

Pero cuando me dispuse a bajar más escalones y saltarle encima otra vez, Roman me detuvo del mismo brazo y evitó que hiciera cualquier movimiento. A continuación, nuestro ahora ex bajista negó con la cabeza, y tras enseñarme sus dedos medios, movió su mano con desprecio y se alejó de nosotros, perdiéndose en la multitud y desapareciendo de mi furiosa mirada. 

El silencio se entabló entre nosotros, y no tardé en caer en el pánico. 

—Roman, yo...

—¿Lo besaste?—su voz era débil, casi como si fuera a quebrarse. Pero sus ojos no brillaban ni se le veía rozar el llanto.— Dime la verdad ¿lo besaste o no?

Mis hombros cayeron, no pude evitar sentirme ligeramente abatido. 

—¿En serio estás dudando de mí?

—Solo respóndeme, joder. 

—¡Él me besó, por Dios!—alcé la voz sin poder controlarlo.—¡Joder, Roman, sabes que no te haría algo así!

—¿¡Entonces por qué no dijiste nada!?

—¿¡Cómo querías que lo hiciera!? ¡Me has estado volviendo loco toda la semana, maldición!—me llevé las manos a la cabeza, enredando mis dedos en mi corto cabello en clara frustración.—Estoy asustado, confundido, a veces no quiero joderla más... ¡Y tú no me facilitas las cosas!

—¿¡Y acaso te haz preguntado cómo me siento!?—gritó, esta vez con su voz rompiéndose y siendo la señal para que sus ojos se aguaran a pesar de la ira deformando su cara.— ¿¡Crees que eres el único asustado aquí, Dean!? ¡Abre los ojos de una puta vez, ¿quieres?! 

Sentí cómo el aliento abandonaba mis pulmones, quedándome casi estático al verlo gritar de esa forma. Era como si las cosas se hubiesen desmoronado en un abrir y cerrar de segundos. 

No. Mierda, así era. 

Roman apretó sus labios, casi exasperado consigo mismo antes de cerrar sus ojos con fuerza en busca de mantener atrás el llanto. 

—Tal vez él tiene razón. 

—¿Qué...?

No podía creer lo que decía. 

El pánico envió un electrochoque a lo largo de mi cuerpo y no tardé en reaccionar. 

—Cariño, no, no, no.—me apresuré por subir los escalones que nos separaban. Le agarré suavemente de los brazos, pero él permaneció inmóvil.— Nada de lo que Drew dijo es cierto, no puedes pensar eso. 

—¿Cómo quieres que no lo haga?—habló con dureza, mirándome a los ojos de forma herida. Mi pecho dolió de inmediato.— Dean, no tienes idea de lo cansado que estoy, estoy realmente harto. 

—Rome... Por favor...

—El cambio te asusta.—dijo, causando que aquello resonara en mi cabeza casi como si me hubiesen golpeado.— Lo sé, por eso no quieres cambiar nada con tal de que todo siga igual. 

—No, no, no.—negué rápidamente.—Roman, eso no es verdad. 

Mis manos acunaron sus mejillas, el calor de estas era lo que necesitaba para mantenerme cuerdo y no dejarme llevar por el pánico. No obstante, este aumentaba con tan solo mirar a los ojos a Roman. 

Podía ver la traición, el dolor y la tristeza, quemándome por dentro como un incendio en todo su esplendor. 

—No quiero que las cosas terminen así, Rome.—hablé, mi voz casi en un ruego.— Quiero... Quiero volver a casa, quiero abrazarte y que tonteemos con ese gato que me odia. 

Roman parpadeó, sin dejar de mirarme incluso cuando sus manos se movieron lenta y suavemente hasta tocar las mías sobre su cara.

—Quiero que estemos juntos, tú y yo.—suspiré suavemente, tragando rápidamente antes de retomar la palabra.—Podemos... Podemos tener una familia si eso es lo que quieres. 

El moreno movió su mirada de la mía por primera vez, para a continuación cerrar suavemente sus ojos y dejar salir un respiro casi derrotado. 

Sus manos movieron delicadamente las mías fuera de su rostro, y ese simple acto se sintió como si mi corazón fuese apretado sin piedad. 

—No puedo obligarte a cambiar, Dean. Lo sabes ¿verdad?—murmuró, sintiendo que cada una de sus palabras me dejaba más y más vacío.—Cuando te conocí, algo dentro de mi corazón sabía que cambiaría, y lo hizo.—una pequeña sonrisa rota adornó sus labios.— Yo cambié, Dean. Y no me arrepiento ni un poco de eso. 

—Rome...

—Pero tal vez debas pensártelo dos veces si quieres continuar con ese chico nerd de gafas del que te enamoraste... Porque él cambió.—apretó brevemente sus labios, pude ver sus ojos brillando al aguantar las lágrimas a punto de caer.— Y cambió por ti. Espero que lo sepas. 

—Roman, por favor...

—Me quedaré con Rusev hoy. Suerte... rey de la Lista F. 

—Roman... ¡Roman! ¡UGH!

Pero él se alejó por las escaleras, dejándome de pie en medio de ellas con la cabeza y el corazón hechos un lío. Sin embargo, estaba seguro de tres cosas;

Una; Dean Ambrose la había vuelto a joder, y lo odiaba. 

Dos; Mi matrimonio parecía estarse yendo directo por la borda. 

Y tres...

En cuanto Roman dejó esas escaleras y estuve completamente solo con el corazón latiéndome con fuerza en mi adolorido pecho, sentí algo que hace mucho creí no volvería a sentir. 

Me sentí vacío. 

—Ya regresé.—dijo el chico de chaqueta de cuerina, a la par en que cerraba la puerta detrás de él. Pude escuchar el rechinar de sus zapatillas cuando se acercó a Toni, entregándole una de las sodas en su mano.—¿Alguna novedad?

Escuché a la rubia suspirar pesadamente. 

—Pete sigue al teléfono.—casi murmuró, recibiendo la bebida de Finn.— ¿De verdad creen que lo haya hecho?

—Tenemos que ser positivos.—sentí sus pasos acercarse a mí.—Ten, amigo. 

Pero no me moví de mi posición, tirado en medio del alfombrado de la sala de ensayo con mis ojos cerrados y mis brazos completamente estirados a cada lado de mi cuerpo. Estaba derrotado. 

Y aunque no respondiera a los comentarios de mi banda, ellos no parecían molestos. 

Finn me golpeó amistosamente el hombro, para luego dejar una lata de soda fría en mi mano inmóvil sobre la alfombra. 

Llevábamos casi dos horas de supuesto ensayo, pero solo consistió en mí mismo perdiendo el control y la casi nula concentración que tenía al intentar cantar algo. Finn me detuvo de lanzar el micrófono o hacer algo de lo que me fuera a arrepentir, justo antes de que me tirara al suelo y desde entonces no hiciera el esfuerzo por moverme. Para agregar la cereza del pastel, Pete llegó y nos cuestionó acerca de la ausencia de nuestro bajista, por lo que eso nos llevaba a las horas que llevaba al teléfono tratando de lidiar con el asunto. 

Odiaba ser yo. 

Roman cumplió con lo que dijo. No llegó a casa luego de esa noche, rechazaba mis llamadas e incluso Rusev lo hacía por él cuando intentaba hasta lo imposible por hablarle. 

Lo había arruinado todo. Y no debería sorprenderme. 

—¿Moxie?—la suave voz de la baterista me llamó, pero no me moví de mi lugar más que para seguir respirando.

¿Por qué incluso eso se sentía vacío?

Volví a sentir los pasos de Finn acercarse, solo que esta vez pareció que se colocara de cuclillas cerca de mí. 

—Vamos, hombre... ¿Puedes contarnos qué pasó?

Mi silencio no hacía más que doler, me costaba respirar y sentía que la ira se volvía más y más pesada de llevar. Ira conmigo mismo, con mis miedos, ira por no confiar. 

Por fallarle a la persona que amo. 

Solté un profundo suspiro, abriendo mis ojos y dejando que las luces del lugar me quemaran brevemente antes de aclarar mi campo visual. Finn me sonrió ligeramente de lado, a lo que solo giré mi cabeza hacia él. 

Era como si mis fuerzas se hubiesen drenado. 

—Es mi culpa, Finn. 

—Eso no es cierto. 

—Todo es mi culpa. 

—No lo es, Moxley.

—Lo arruiné. 

El irlandés estuvo a punto de decir algo, pero se vio interrumpido por el abrir de la puerta del estudio. Nuestras miradas cayeron en el hombre de coleta de caballo y barba de algunos días, parecía cansado con el teléfono todavía en su mano cuando ingresó a la sala de ensayos. 

Toni se levantó de su banquillo detrás de la batería, Finn se colocó erguido y yo tuve las fuerzas de sentarme en mi lugar, cruzando levemente una de las piernas mientras miraba a nuestro representante. 

—¿Y?—la rubia fue la primera en romper el silencio, acercándose ligeramente hacia el castaño con esperanza en su mirada.— ¿Qué te dijeron?

Pete la miró, para luego suspirar y hacer que mi corazón diera un vuelco. Conocía esa mirada, y no eran buenas noticias.

—Drew renunció.—comenzó a decir, a lo que Finn se llevó las manos a la cabeza con exasperación y Toni dejó caer sus hombros con decepción.—Presentó su renuncia a la disquera esta mañana. 

—¿No hay nada que podamos hacer?—insistió Finn, alzando sus manos en clara perplejidad y frustración.— Tal vez podamos convencerlo. 

Pete negó:—No contesta su teléfono, y también me avisó que renunciaba. 

—¿Te dijo por qué?

—No...

Tragué con fuerza, sintiendo que la culpa me tragaba vivo sin importar lo que hiciera. 

—Es mi culpa.—mi voz sonó casi en un eco, con un tono desganado que incluso yo desconocía. 

Sentí sus miradas caer sobre mí, pero no hice nada ante ello. Porque era la verdad, todo era mi culpa. 

—Moxie...

—Lo arruiné.—insistí, suspirando brevemente.— Es mi culpa que la banda se vaya al diablo. 

—Dean, cálmate.—Pete dijo con suavidad.— Lo resolveremos. 

Lo dudaba. 

—¿Qué pasará ahora?—Finn preguntó.— Digo, podríamos conseguir otro bajista pero... ¿qué hay del concierto de mañana en la reunión?

Genial, lo que me faltaba. 

—Podremos cumplir con eso mientras se sientan cómodos. Luego... tendremos un tiempo para encontrar a otro bajista.

—¿Y si no...?—murmuró Toni, sonando asustada de la respuesta. 

El silencio cayó sobre nosotros por segundos que creí eternos. Pete apretó sus labios brevemente, pareciendo tan incierto acerca de ello como mis dos compañeros de banda. 

—Lo resolveremos ¿sí?—el castaño miró a la baterista, sonriéndole tranquilizadoramente de lado.— Tranquilos. 

En estos años había aprendido a conocer a Pete Dunne como representante de Down with the F, y gracias a ello supe que, aunque tuviera lo que muchos conocen como la capacidad de tener cara de póquer, un mentiroso como yo podía reconocer que ocultaba algo con solo mirarle a los ojos. 

Estábamos jodidos. 

—Creo que necesitamos relajarnos un poco.—habló nuevamente el castaño.— ¿Qué les parece si vamos por unos tragos? Yo invito. 

—Me convenciste con eso.—sonrió Finn, un poco más calmado. 

Todos empezaron a tomar sus cosas, sin embargo, yo seguía sin mover músculo. Mis ojos en mi regazo, mis puños apretados con la poca fuerza que tenía y ese maldito dolor en el pecho con cada respirar que me veía forzado a hacer. 

—¿No vienes, Jon?—preguntó desde la puerta nuestro representante, probablemente al verme quieto como una estatua. 

—Creo me quedaré un rato.—me relamí los labios.— Necesito pensar. 

Escuché como Pete abandonaba la sala luego de tan solo darme una mirada, pero mis compañeros de banda se me acercaron aunque no se los pidiera. 

Toni se sentó sobre sus rodillas, mientras Finn me rodeaba ligeramente con su brazo e intentaba sonreír con apoyo. Pero aunque ambos trataban de ocultarlo, estaban tan preocupados como yo respecto al futuro de nuestra banda. 

—Drew renunció por mi culpa.—comencé a decir.— Arruiné todo ayer, y yo... Yo... Ugh. Perdónenme. 

Ambos solo se dieron una mirada, para luego volver a mí. Yo continué enredando mis dedos entre mi cabello, sintiendo frustración y pena por mi maldita existencia. 

—Deberías ir a casa a descansar, cielo.—dijo Toni, con tal calidez que sentí me rompería en mil trozos. 

Recordé lo vacía que se sintió esa casa la noche en que Seth me dijo que gritos que me largara de su fiesta, lo fría que se sintió la cama sin Roman ahí y cómo no había podido pegar pestaña de tanto pensar. 

—Prefiero no ir.—murmuré por fin, con mi voz rasposa por el cansancio. 

—¿No quieres venir con nosotros?—ofreció Finn.—Puedes quedarte en mi apartamento si quieres, no me molesta. 

Negué suavemente con la cabeza. 

—Quiero... pensar. Necesito estar solo. Voy a estar bien, se los prometo. 

Bálor suspiró, dándome un par de palmaditas amistosas en la espalda antes de alejar su brazo de mis hombros. 

—Todo va a estar bien, amigo. 

Asentí casi invisiblemente hacia él, dándole luz verde a que se levantara y caminara hacia la puerta del estudio. La pelirrubia se acercó a mí y con delicadeza enredó sus brazos a mi alrededor, apegándome en un cariñoso abrazo. Pude sentir sus labios tocar brevemente la cima de mi cabeza en un tierno beso, a la par en que la calidez de sus brazos ayudaba a que me sintiera un poco mejor. 

—Lo que sea que haya pasado, no es todo tu culpa, Dean.—me susurró al oído, justo antes de alejarse.—Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo? Tendré mi teléfono cerca. 

Logré forzar una pequeña sonrisa en la comisura de mis labios, agradeciéndole en silencio en tanto seguía a Finn fuera de la sala de ensayos. Mis labios se volvieron una fina línea, y mi mirada volvió a perderse en el techo una vez que me volví a tumbar boca arriba sobre la alfombra. 

Nos habíamos quedado sin bajista, Roman me odiaba, la culpa me estaba comiendo vivo. Mi vida era un desastre. 

Mi respiración era el único sonido en la habitación, tragaba con suavidad para poder alejar el nudo en mi garganta sin resultado alguno. 

Entonces, tomé una gran bocanada de aire para llenar mis pulmones, y no dudé en soltar un grito cargado de ira, frustración. 

Pero más que nada, el deseo por retroceder el tiempo y darme ese grito desde el momento en que todo comenzó a irse a la mierda. 

El grito que hizo eco por la habitación me dejó sin aire, respirando agitado con tal de recuperar un poco. No me importaba si alguien lo escuchó, aunque el aislante en las paredes estaba para eso. 

—Wow...—silbaron desde la puerta, acompañado por una suave risa.—Jamás pensé que te escucharía gritar de esa forma. 

Conocía esa voz, y mi cuerpo también la reconocía. No me lo pensé un segundo antes de levantarme y sentarme en el suelo, siendo suficiente para girar a verla. 

Mis ojos no creían lo que veían, y mis labios se abrieron cuando mi mandíbula casi cayó. 

—¿Paige?

Una sonrisa se extendió por sus labios pintados de gloss, tal y como cuando estábamos en la escuela. La verdad no había cambiado mucho. Todavía poseía su figura delgada pero definida, su piel tal pálida como la nieve resaltando el cabello negro cayéndole más allá de los hombros. Se lo había cortado, pero eso solo acentuaba su bello rostro y sus ojos castaños perfectamente delineados. 

Me observó apoyada en el umbral de la puerta, moviendo ligeramente su delgada pierna cubierta por esos jeans ajustados en tanto me ponía de pie. 

—Es un gusto volver a verte, Ambrose. 

Sentí que una parte de mí que trataba de ocultar no se rompiera, pero bastó que nuestros ojos se encontraran para que se rompiera en mil pedazos y sintiera ese nudo en la garganta imposible de ignorar. Sentí mis ojos aguados por las lágrimas, pero me apresuré a ir hacia ella casi a la par en que sus brazos se extendían y me recibían en un abrazo tan cálido como los que compartíamos en la secundaria. 

—Joder, te extrañé.—dije, a pesar de tener que sorbetear para no sonar más como un imbécil.— Te extrañé mucho, Pai.

—El sentimiento es mutuo, lunático.—la sentí sonreír, al mismo tiempo en que se ponía ligeramente de puntitas para abrazarme.— Te extrañé... demasiado. En serio. 

En cuanto nos deparamos, una sonrisa adornaba nuestros rostros. No obstante, no tardé en verla perplejo. 

—N-No entiendo. ¿Cómo es que...?

—Seth me llamó.—me cortó, con un ligero rodar de ojos.— No entró en detalles, pero... me dijo que las cosas no están de lo mejor. 

Mierda. 

Cerré los ojos, sintiéndome como un completo idiota otra vez. Pero su mano acunó una de mis mejillas, levantándome el rostro e incitándome a mirarla a los ojos. Su mirada era gentil, tal y como recordaba. 

—¿Qué está ocurriendo, Dean?

Solo pude suspirar, alejando levemente mi mirada de la suya. Sin embargo, pude imaginarla sonreír con ese ladear de cabeza típico de ella. 

—Hace años te dije que me hablaras cuando dejaras de mentirte a ti mismo...

—Lo siento.—dije de inmediato, sintiendo mi voz quebrándose y haciendo lo posible por echar atrás las lágrimas otra vez.—No quería decir eso, lo siento. 

—Creo que también tuve la culpa de eso.—se encogió de hombros con un fruncir de labios.— Yo no era muy honesta que digamos. 

Recordaba ese momento, la forma en que nos peleamos y la bofetada que me dio, pero en especial recordaba ese último instante en que me miró a los ojos con ira y dolor. Recordaba el momento en que perdí a mi mejor amiga. 

Y dolía. 

—Vamos a tomar algo.—sugirió, agarrando mi chaqueta del suelo y luego mi mano para jalar de ella.—Y en el camino piensas lo que dirás para que no te patee en las bolas ¿de acuerdo?

No podía estar más de acuerdo con eso. 


Retorcí mis dedos, jugueteando con la alianza de titanio en mi dedo mientras mis ojos caían de vez en cuando en mi tatuaje. No pude evitar suspirar, sintiendo ese peso, incoherentemente, vacío en mi pecho. 

Estuve perdido en mis pensamientos hasta que un vaso de cristal fue dejado frente a mí. Alcé la mirada, siguiendo a la pelinegra que tomaba asiento en la silla frente a mí con un vaso parecido al mío. 

Miré al contenido de este y luego a ella, a lo que no tardó en soltar una pequeña carcajada. 

—Tranquilo, no tiene alcohol. Sé que no eres el mejor cuando bebes. 

Alcé las cejas con ironía, agarrando el vaso y dándole un sorbo en completo silencio. 

La música y las conversaciones resonaban suavemente a nuestras espaldas, mientras Paige le daba un trago a su bebida naranja y la dejaba sobre la mesa antes de suspirar. 

—Bien.—golpeó ligeramente la mesa con sus manos.—Suéltalo. 

Tragué con fuerza el contenido de mi boca, el líquido me refrescó la garganta y ayudó a que pudiera hablar. 

—Espera,—me interrumpió enarcando una ceja.— ¿Has dormido algo? Porque honestamente te ves como la mierda. 

—Tal dulce como siempre.—rodé los ojos.—No. De hecho, no he dormido desde ayer. 

—¿Por qué?

—Solo... No puedo. 

Paige me observó sin decir nada, con esos ojos acusadores que buscaban sacarme las palabras aunque me negara a soltarlas con toda mi alma. Siempre odié eso de ella, siempre odié que me conociera tan bien como a un libro. 

Pero también sabía que en este momento era lo que necesitaba. 

—Cariño, tendrás que ser honesto conmigo.—dijo con suavidad, a continuación, movió su mano por sobre la mesa hasta coger la mía.— Puedes hacerlo, lo sabes. 

Volví a tragar, haciendo todo lo posible por tener la fuerza de hablarle sobre todo esto. Asentí, relamiendo rápidamente mis labios antes de volver mi semblante hacia ella. 

—Lo jodí todo, Paige. Las cosas se me salieron de control y... sabía que lo arruinaría pero...

—¿Peleaste con Roman?

—Es más que eso esta vez.—dejé salir una bocanada de aire.— Él... Él quería que... tuviésemos un bebé.

Los labios de Paige se alzaron en una sonrisa. 

—Pero, Dean, eso es maravilloso.—dijo con notoria felicidad.— Sé que ambos serían unos padres maravillosos. 

Fruncí ligeramente el ceño. 

—¿Cómo sabes eso?

—Porque te conozco.—respondió con un encoger de hombros y simplicidad increíble.

Me encantaría conocerme tan bien como ella lo hacía. 

—Me asusté.—continué.— Estoy asustado...

—¿No confías en Roman?

—Claro que sí. Confío en él más que en nadie en este mundo... Y es por esa razón que me asusta.—ignoré esa punzada de dolor en mi pecho.—Cada vez que las cosas han cambiado en mi vida, siempre lo arruino. Siempre termino herido o pierdo lo que más quiero en el mundo... Pasó con mis padres cuando era niño, con mi madre la segunda vez, e incluso jodí las cosas con Roman una vez.

Los ojos de Paige cayeron al probablemente recordar eso. Ese fue el momento en que sentí que todo se vino abajo, que rompí mi propio corazón e hice trizas el de Roman de paso, también fue el momento en que me convertí en el idiota que dejó ir al amor de su vida y perdió a su mejor amiga. 

—Me asusta que las cosas cambien y... vuelva a salir herido. 

La pelinegra no había dejado de sostener mi mano, dibujando suaves y relajantes círculos sobre el dorso de ella en tanto nos quedábamos en ese silencio cómodo. 

Desde siempre estuve asustado, sobre todo de mí mismo y cómo las cosas se podían venir abajo en cosa de segundos. 

—Dean.—la fémina dijo mi nombre con suavidad, a lo que alcé la cabeza y me encontré con su mirada.— Felicidades, eres un total idiota. 

Mierda. 

Arrugué el ceño con molestia. 

—¿No se supone que me ayudes? Solo me estás haciendo sentir peor. 

—Oh, ¿en serio?

—¡Decirme que soy un idiota no ayuda ni un poco, Paige!

—¿Quieres ayuda? Bien, me vas a escuchar, Dean Ambrose.—habló con dureza, haciéndome cerrar la boca lentamente.— Si quieres que te mientas, ve a hablar con otra persona que no te conozca tanto como yo lo hago. Porque yo no voy a hacerlo para hacerte sentir mejor. 

Dejé salir una respiración, permaneciendo en silencio frente a su mirada firme. 

—Eres un idiota, y eso nunca va a cambiar. Jodiste las cosas con Roman, y sueles hacerlo.—continuó.— Pero solo lo has hecho porque a ti se te ha dado en gana. 

—¿Qué quieres decir?

Sonrió lentamente. 

—¿Acaso crees que Roman te daría la espalda así como así? ¿Crees que te dejaría sufrir?

Mi corazón dio un vuelco, pero hice lo posible por no mover mis ojos de los suyos. 

—Que tu vida cambie no es algo de lo que debas asustarte...—Paige le dio un apretón a mi mano.— Porque él siempre va a estar contigo en esos cambios. Conozco a ese hombre, y deberías entender que él siempre querrá lo que te hace feliz. 

No podía dejar de recordar todos esos momentos en que me sentí el chico más afortunado del mundo, incluso después de toda la mierda que había pasado en mi vida, podía voltear y él siempre estaría ahí. 

Roman siempre estaba ahí, sin importar qué. 

—El Dean Ambrose que conocí lo había jodido todo... Pero el Dean Ambrose que veo ahora me dice que incluso si es el rey de los idiotas, siempre podrá luchar por lo que él quiere para ser feliz.—sonrió de lado.— Confía un poco más en Roman, tanto como él confía en ti. 

—Tu música apesta.

Solté una risa, apoyando mi brazo en la ventanilla junto a mí mientras le daba una mirada a la pelinegra detrás del volante. 

—Entonces ¿por qué tienes todos mis discos?

—Cállate o choco el auto, lunático. 

—Como digas, muerta viviente. 

Esa noche se llevaba a cabo la reunión, Paige me había ofrecido ir a cambiarme al hotel en el que se estaba quedando por ahora con la excusa de que necesitaba a alguien que llevara el esmoquin que había rentado "por error". Así que ambos nos dirigíamos a la escuela un par de horas antes de que todo empezara. 

Sin embargo, sentía los nervios a flor de piel y la ansiedad me obligaba a mirar la pantalla de mi celular a cada segundo. 

No tenía ninguna llamada de Roman y probablemente ya había llenado su correo de voz, solo tenía un par de mensajes de Toni y Finn diciéndome que llegarían en un rato para acomodar las cosas en el escenario y hablar sobre el futuro de la banda. 

Todavía ni llegaba y ya sentía que mi plato estaba lleno. 

Mis ojos vagaron por la imagen de fondo de pantalla, la sonrisa de Roman en uno de mis conciertos usando una camiseta de la banda mientras lo abrazaba con mi brazo que no sostenía la guitarra y plantaba mis labios en su mejilla. 

Una sonrisa se formó lentamente en mis labios. Y la pelinegra pareció no tardar en notarlo. 

—Hey.

Giré a verla. Llevaba un vestido dorado con varios brillos, dejando al descubierto una de sus pálidas piernas que se interrumpían con unas botas negras tan propias de ella. Una de sus manos alcanzó la mía, dándole un ligero apretón. 

—Van a estar bien. 

Asentí, sonriéndole de lado. 

Tenía razón, haría lo posible porque fuera así. Porque esta vez confiaría en Roman sin dudarlo. 

Paige se detuvo en el estacionamiento, aparcando perfectamente en tanto me quitaba el cinturón de seguridad. La pelinegra se inclinó ligeramente por sobre mi asiento, acomodando rápidamente mi corbata antes de que ambos saliéramos del vehículo. Me apresuré a rodear el auto y llegar a su lugar, abriendo la puerta para ella. 

—Eres todo un caballero, lunático. 

—Siempre lo he sido, querida. 

Paige negó con un rodar de ojos, bajando del auto y guindándose de mi brazo ya extendido para ella. Me coloqué las gafas de sol y ambos nos encaminamos por el lugar. 

Los alrededores estaban decorados con los colores de la escuela, varios de los asistentes ya se encontraban por el lugar charlando y más de alguno giró a vernos. Paige saludaba de lejos a más de alguna de las que solían ser sus compañeras del escuadrón de porristas, al igual que agité mi mano hacia Sami charlando felizmente con Johnny sosteniendo de la cintura a Candice con un protuberante vientre de embarazo. También creí ver a más de algún miembro de la Lista F, pero me concentré en seguir a Paige que parecía más y más emocionada por entrar al gimnasio donde todo se llevaría a cabo. 

Las luces nos bañaron en cuanto pisamos el suelo del gimnasio, y me vi obligado a quitarme las gafas mientras mirábamos todo con una sonrisa. Se parecía bastante a nuestro baile de graduación, lleno de decoraciones, globos y las luces de tonos azules, morados y rosa paseándose por el lugar sin molestar a la vista. Las mesas estaban adornadas elegantemente, varias mesas con aperitivos que ya se encontraban con más de algunas parejas cotilleando o poniéndose de acuerdo a ir a la pista de baile. 

Mis ojos cayeron en la mayor atracción de todas, el escenario ya instalado casi al final del gimnasio. 

—Wow.—sonrió Paige detrás de mí.— A eso sí le llamo producción. 

Pero mi ceño estaba fruncido con cierta confusión. Recordaba que Finn me dijo que llegaría a acomodar todo, los instrumentos y el sonido. 

Sin embargo, todo ya estaba instalado, incluso la base de un bajo que reconocí al instante. 

—Ya regreso.—le anuncié a la pelinegra. 

Pero en cuanto me dispuse a alejarme, ella me tiró del brazo, deteniéndome con una mirada completamente seria. 

—Compórtate ¿sí?

Pestañeé un par de veces, aunque sabía perfectamente lo que quería decir. Tendría que mantener la cabeza fría y mis puños en su lugar, de lo contrario estaría más jodido de lo que actualmente me encontraba. 

Apreté mis labios y asentí de mala gana, pero fue suficiente para la fémina.

Me dejó ir tras asentir de vuelta, no tardando en acercarse a una chica de cabello oscuro y vestido con diseño de piel de leopardo que la saludó contenta. Me apresuré por ir hacia el escenario, pasando a la parte trasera en busca de alguien que me pudiera explicar qué estaba ocurriendo. 

No tardé en encontrarme frente a frente con nuestro ex bajista. 

Drew cargaba su bajo en una de sus manos, disponiéndose a ir a alguna parte hasta que me vio aparecer a unos pasos de él. Abrió su boca, pero pareció tener palabras en un inicio así que la cerró y relamió sus labios con cierto nerviosismo. 

—Mo... Dean.—se corrigió, a lo que continué mirándole con el ceño ligeramente fruncido.— Escucha, sé lo que dirás...

—¿En serio?—enarqué una ceja, a la par en que cruzaba los brazos sobre mi pecho cubierto por la camisa a medio abotonar.— Porque no pensaba en nada realmente. Más bien iba directo a la parte en que te rompía la cara. 

Rodé ligeramente los ojos y dejé salir un profundo suspiro, controlándome lo mejor que podía. 

—Pero le dije a una amiga que me portaría bien. Así que no hagas nada que me obligue a poner mi pie en tu trasero, ¿de acuerdo?

El bajista tragó suavemente, apretando sus labios y mirándome con cierta frustración reflejada en sus ojos claros. 

—Por favor, no estoy aquí para pelear, te lo prometo.

Fruncí ligeramente mis labios al igual que mis ojos, dándole una mirada silenciosa que bastó como señal para él para continuar con lo que quería decir. 

—Sé que estás enojado... Y lo entiendo en serio. Actué como un idiota. 

—Me encantaría escuchar todo el discurso barato, pero ve al punto.—dije con sequedad.— ¿Qué haces aquí, Mcintyre?

Suspiró, antes de continuar:—Sé que me equivoqué... Y tu esposo me convenció de hacer las cosas bien. 

Fruncí lentamente el ceño. 

—¿Roman lo hizo?

—Sí.—se encogió de hombros brevemente.— No sé cómo, pero dio conmigo y me convenció de que renunciar era una tontería. También me hizo sentirme como el infeliz más grande del mundo al tratar de destruir lo que tienen. 

Mi corazón dolió, pero no podía evitar sentirme feliz y aliviado de escuchar de las acciones que Roman había tomado por mí. Porque eso significaba que no estaba todo perdido, que aún le importaba. 

—Él es un gran tipo, Dean.—continuó el bajista, con una agradable sonrisa de lado en sus labios.—Y... en serio lamento lo que hice. 

Dejé caer mis brazos, sintiendo como la presión en mi pecho se relajaba un poco y podía respirar mejor. 

—Ustedes de verdad son el uno para el otro. 

Con una sonrisa de lado, solo dije:—Así es. Lo somos...

Drew asintió, jugando con su labio en tanto caíamos en un breve silencio. Sin embargo, él no tardó en interrumpirlo. 

—Así que... ¿Me aceptarías de vuelta?—preguntó, sonriendo algo avergonzado.— Ya me prometí no volver a joderla más, y después de que Reigns hablara conmigo te prometo que no volveré a molestarte. 

¿Qué demonios le había dicho?

Estuve a punto de abrir la boca, pero fui interrumpido por ciertas voces a nuestra espalda.

—¿Y a nosotros qué?—se quejó una voz femenina, haciéndonos voltear. Toni se acercaba sonriente con sus baquetas en una mano y jugueteando con su vestido de tul con la otra.— ¿No piensas pedir nuestra opinión?

—Sí, ¿o acaso tendremos que renunciar también para conseguir un poco de la atención de Moxley?—se burló Finn, recargándose en una de sus zapatillas converse mientras cargaba el estuche con su guitarra a sus espaldas. 

Revoleé mis ojos mientras escuchaba a Drew reír suavemente detrás de mí. 

—¿Puedo volver a la banda?—le preguntó a los dos integrantes frente a nosotros.— ¿Por favor?

Toni y Finn compartieron una mirada, siendo suficiente para que la rubia sonriera ampliamente y diera un trotecito hasta el bajista, enredando sus brazos detrás de su cuello y casi colgándose de este al abrazarlo. 

—Down with the F no es lo mismo sin ti, tarado.—murmuró, en tanto Drew la rodeaba con sus brazos. 

Sonreí de lado, en tanto Bálor se acercaba y le abrazaba brevemente por los hombros.

—No vuelvas a arruinarlo.

Drew rió:—No lo haré. 

Nuestras miradas se encontraron una vez más. El escocés no tardó en fruncir una sonrisa de lado casi temblorosa y extender su puño cerrado hacia mí, casi pidiendo permiso. 

—¿Estamos bien?

Mi mejilla se apretó cuando la comisura de mis labios se elevó en una pequeña sonrisa, al mismo tiempo en que movía mi puño cerrado y chocaba suavemente sus nudillos con él. 

—Estamos bien.

Compartimos una sonrisa, pero entonces caí en la cuenta. 

Tenía que encontrarlo. 

—L-Lo siento.—me apresuré a disculparme.— Tengo que irme... pero volveré a tiempo para empezar. 

—Ve por tu hombre, tigre. 

Ignoré el grito de Toni, corriendo tan rápido como llegué hacia donde mi instinto me llevara. Pero olvidé que mi instinto era lo que me ponía en estas situaciones desde siempre y que era una total mierda. 

Recorrí el gimnasio lo mejor que pude, encontrando más de alguno de mis compañeros de clases y tratando de no ser mal educado al saludarlos rápido y seguir en busca de mi esposo, pero no había rastro de él. 

Luego de lo que creí era una eternidad y estuve a punto de tirar la toalla, mis ojos cayeron en el par de puertas a medio cerrar a uno de los costados del gimnasio. No lo pensé dos veces y me dirigí a través de ellas hacia los pasillos de la escuela que hace tantos años no recorría. 

Casi podía escuchar el rechinar de mis usados y viejos converse por esos corredores, lo entumido de mis mejillas al sonreír tan socarronamente y la constante mirada de aquellos que me veían pasar. 

Esos días era el rey de la Lista F, y solo buscaba mentiras. Ahora era solo Dean, buscando la única cosa que nunca ha sido una mentira para mí y lucharía porque no lo fuera. 

Recorrí los casilleros a zancadas, pasando por varias puertas y los estantes de trofeos que nunca me di el trabajo de mirar. Sentía el corazón latiéndome en la garganta y mis piernas entumecidas, pero me negaba a detenerme. 

Mis ojos se detuvieron en cierto salón cuando doblé una de las esquinas del corredor, dejando de caminar y quedándome quieto mientras miraba la puerta por un par de segundos. No dudé en acercarme hacia ella porque era lo que buscaba. 

Era más que obvio ya que estaba a medio cerrar y recordaba ese salón. Seré estúpido, pero no tanto. Aunque Paige y Roman digan lo contrario. 

Caminé cautelosamente hacia el salón, pasando el umbral de la puerta y sintiendo que el aire escapaba lentamente de mis pulmones sin que pudiese hacer algo para evitarlo. 

Roman estaba ahí, sentado en uno de los pupitres delanteros. Apoyaba su mejilla sobre una de sus manos, pareciendo perdido en sus pensamientos mientras miraba la mesa hecha de madera. 

Tragué suavemente, dándome una patada mental antes de caminar hacia él. Mis manos temblaban un poco, lo cual oculté acomodándome la corbata que llevaba y aclarando mi garganta distraídamente. A pesar de ello, el moreno no se movió de su sitio y siguió respirando con suavidad mientras miraba el pupitre.

—¿A qué diablos han traído al cerebrito?—fingí quejarme, dirigiéndome al pupitre junto al suyo y dejándome caer, casi desparramándome como un Lista F lo haría.— ¿Te han traído porque soy un fracaso y no tengo arreglo? 

Pude ver las esquinas de su boca alzarse tímidamente ante mi interpretación de ese día en el que le asignaron ser mi tutor. 

Roman giró levemente su mirada hacia mí, mirándome a los ojos sin temor o nerviosismo alguno. 

—Tal vez.—dijo.— ¿Cómo estás, Ambrose?

Sonreí ampliamente cuando me siguió el juego. Suspiré, dejando mis brazos descansar detrás de mi nuca en tanto apoyaba de lleno la espalda contra el respaldo de mi silla. 

—No me puedo quejar.—me encogí de hombros.— Tengo una banda, un hogar con un gato que me odia pero aun así quiero... Me casé con el hombre más perfecto y genial del mundo...

Pude escucharle reír bajito, siendo música para mis oídos. 

—Suena a la vida perfecta, ¿no? 

Apreté mis labios, pero conseguí contestar:—Sí... Lo es. Pero sigo temiendo cagarla por completo y que las cosas dejen de ser perfectas. 

Hubo una pausa, en la que miré a mi regazo y tragué ese nudo en mi garganta. Poniéndome erguido, giré a ver a mi esposo que me observaba en completo silencio. 

—Pero también aprendí que no es malo que dejen de serlo de vez cuando, mientras tengas a esa persona que sabes va a estar contigo en las buenas y en las malas. 

La sonrisa creció en los labios de Roman, casi como si fuera una sonrisa que intentaba sanar su corazón lastimado por mis tonterías. 

—Ese día que te eligieron como mi tutor, me ofrecieron negarme.—continué, acercándome un poco más a él incluso en el espacio que separaba nuestros pupitres.— No eran opciones que pudiera tomar, pero da igual. Mi punto es, en esta oportunidad yo no te daré la alternativa de negarte. 

Sus ojos permanecieron en los míos, mi corazón latió con impaciencia.

—Perdóname, Roman.—dije, con mi voz casi en un eco en el vacío salón de clases.— No te prometo no volver a ser un idiota, porque no confío en mi capacidad de estropear las cosas... Pero te prometo confiar en ti ciegamente, y no dudar de eso nunca más. Porque te amo, y nunca amaré a nadie como te amo a ti.

Pude ver sus ojos brillar, incluso si había poca luz en la habitación. Sus labios se fruncieron en una tenue pero relajada sonrisa.

Extendí mi mano entre los pupitres, causando que nuestras miradas chocaran. Como ese día, sonreí lentamente de lado, desafiante y sin rastro de ironía. 

—¿Aceptas, Reigns?

Sus ojos siguieron en los míos, una sonrisa de lado no tardó en dibujarse en su boca al estirar su mano para estrechar la mía. Sus dedos apretaron los míos con fuerza, a lo que no dudé en hacer lo mismo. 

Con su voz algo rota y sus ojos brillando más, casi suspiró:—Completamente, Ambrose. 

Me tomó medio segundo ponerme de pie sin soltar su mano, casi al mismo tiempo que él y cubrir sus labios con los míos. Sus manos cálidas acunaron mi pecho, disolviendo ese gran vacío que me había torturado por tanto tiempo. No dudé en disfrutar nuestro beso al máximo, moviendo mis labios sobre los suyos y en más de algún momento presionándome más cerca de él o sintiendo la punta de su lengua trazar mi labio inferior, robándome más de algún jadeo en medio de la habitación oscura. 

No obstante, nos separamos por la falta de oxígeno y que cualquiera podría entrar en cualquier momento. No que me importara, pero no quería poner a Roman incómodo. 

El moreno me miró con su respiración algo agitada, sus manos todavía en mis mejillas. No tardé en mover las mías y posicionarlas sobre su piel. Cerré mis ojos, moviendo ligeramente la cabeza hasta poder besar suavemente la palma de sus manos. 

—Lo siento tanto, Rome.—murmuré.— Realmente lo siento. 

Roman negó ligeramente, acariciando mis mejillas con sus pulgares una vez me quedé quieto. 

—Yo también lo siento.—dijo casi en un susurro.—Debí hablar este tema contigo, lo que pasaba, el tener una familia... Lamento si huí todo este tiempo. 

—No...No, está bien.—suspiré, volviendo a encontrarme con su mirada.— Lo discutiremos en casa cuando te sientas cómodo, ¿de acuerdo?

Sus ojos se abrieron con cierta sorpresa, a la par en que nuestras manos se dejaban caer sin dejar de estar nuestros dedos entrelazados. 

—¿E-Estás seguro?

Con una sonrisa casi automática, asentí.

—El cambio me asusta, lo admito. Pero la vida no siempre tiene que ser perfecta, siempre habrá altos y bajos.—hice una pausa, solo para acercarme y besar su mejilla.— No me importa si las cosas cambian, o si no todo está bien todo el tiempo... Lo resolveremos, ya que mi vida será perfecta siempre que te tenga a ti a mi lado. 

No pensaba dudar de eso nunca. 

Ni de mí, ni de Roman, ni de lo que nos unía de esta manera. Confiaría en ese sentimiento, por muy aterrador y maravilloso que fuera. 

El timbre sonó, desatando la alegría de mis estudiantes al saber que era Viernes y sus clases por fin se terminaban para dar paso a las fiestas navideñas y de año nuevo. 

El salón había sido decorado y más de alguno de ellos había compartido regalos de santa secreto, pero salir por fin del salón era mucho más importante que regalos o buenos deseos. 

Solo pude suspirar, dejando de lado el libro que leía y agarrando la pequeña torre de papeles junto a mí. Los chicos ya comenzaban a abandonar el salón, no sin antes pasar por mi escritorio para darles las calificaciones de su anterior examen. 

—Recuerden, nada de mensajes ni correos ni nada ¿de acuerdo? Pasen tiempo en familia, diviértanse.

—¡A la orden, señor Reigns!—exclamó Taynara, luego de recibir su calificación casi perfecta y dando un saltito antes de salir del salón junto a sus amigas. 

—Felices fiestas para usted, profesor.—sonrió Bianca, tomando su examen de mi mano. 

—Igualmente, Bianca. 

—¡No olvide saludar a su esposo de mi parte!—se le unió Alexa con un chillido, cargando su mochila rosa felpuda y sonriendo de lado. 

No pude evitar soltar una pequeña risita. 

—Lo haré.

—Dígale que es muy guapo.—agregó Mandy, en tanto terminaba de arreglar su mochila. 

Todavía con una sonrisa, rodé un poco los ojos. 

—No quiero inflar más su ego, Mandy. 

La rubia sonrió, disponiéndose a echarse la mochila al hombro hasta que su espalda chocó con el pecho del castaño de gran tamaño que esperaba por ella justo detrás. Este le sonrió ligeramente y agarró la mochila por ella, a lo que no tardó en dibujar una sonrisa en sus labios rosa pintados de gloss. 

Mandy acarició suavemente su mentón con sus dedos, para luego acercarse suavemente y dejar un rápido beso en la comisura de sus labios. 

—Sabes que no hay nadie más guapo que tú, mi Otis. 

Otis sonrió emocionado, siguiéndole el paso a través del pequeño pasillo entre sus pupitres y yendo por sus exámenes a mi escritorio. Mandy me sonrió, mientras que Otis miró su calificación y luego a mí. 

—Feliz navidad, señor Reigns. 

Sonreí:—Feliz navidad para ti también, Otis. Te veré pronto en el estudio. 

Él asintió, apresurándose por ir con la pelirrubia esperándole en el umbral de la puerta. Una vez que sus dedos se entrelazaron, ambos abandonaron el salón completamente acaramelados. 

La sonrisa en mi boca poco a poco decayó en tanto giraba sobre mi escritorio, encontrándome con aquel castaño de gorra y sandalias de colores llamativos. Caminaba como si le aterrara llegar finalmente a mi escritorio, sosteniendo su mochila cerca de sí y la mirada lejos de la mía. Una vez se detuvo frente a mí, sus labios se fruncieron en una nerviosa mueca. 

Lo observé en silencio, soltando un respiro en tanto sostenía la última hoja de papel entre mis manos. Le di la vuelta, enseñándole la calificación que consiguió que su rostro se iluminara y casi me arrebatara el examen de la mano. 

—Mejoraste mucho, Matt.—le dije con amabilidad.— Pero que haya pasado un año no cambia el hecho de que siete por siete nunca será setenta y nueve. 

Matt suspiró. 

—Ya sé, ya sé...—refunfuñó casi para sí, mirando su examen.— ¿El esfuerzo no me da un par de puntos más?

Reí suavemente. 

—Vete a casa, Matt. 

El castaño rió, al mismo tiempo en que golpeaba mi mano con la suya y luego su puño cerrado.

—Feliz navidad, señor Reigns. 

—Igualmente, Matt. 

En sonriente muchacho abandonó el salón, dejándome en un completo silencio en el salón vacío. Comencé a ordenar mis cosas de inmediato, tratando de no perder demasiado tiempo. Guardé un par de papeles y libros en mi bolso, incluyendo una bufanda y corbata nueva que los chicos me habían regalado por navidad con cuidado de no maltratarlas. 

Miré la hora en la pantalla de mi teléfono en lo que salía del salón, asegurándome de que no iba demasiado tarde. 

Me encaminé por el pasillo casi trotando, teniendo cuidado de no empujar a nadie y saludar a los chicos que llamaban mi atención desde sus casilleros. 

Sin embargo, mi atención no tardó en caer en la llamada entrante que recibía al celular todavía en mi mano. Sin dejar de caminar a paso apresurado, contesté:—Hola, mamá. 

—Hola, cariño.—habló con su dulce y cálida voz.— ¿Ya saliste del trabajo?

—Mi clase acaba de terminar.—respondí, acercándome a la salida de la escuela.— Espero no llegar muy tarde a recoger a los niños, ya sabes cómo se ponen en días como estos. 

Escuché una risita al otro lado de la línea. 

—Tú sabes lo emocionados que se ponen de ver a su padre. No es lo mismo que lo vean por una pantalla, especialmente en navidad. 

—Lo sé.—casi bufé, con un ligero rodar de ojos en tanto buscaba mis llaves en el bolsillo de mi abrigo.— La gira por Europa en serio fue una locura. Empiezo a creer que me casé con un monstruo que no sabe lo que "diferencia horaria" significa. Tampoco sé cómo los chicos aguantaban despiertos hasta las tres de la madrugada para ver sus shows o llamarle. 

—Es porque aman a su papi.—la imaginé sonreír.

No pude evitar imitar el gesto, sintiendo que en mi pecho la calidez se expandía a pesar del clima algo helado en esta época del año. 

—Lo sé.—suspiré, al mismo tiempo en que conseguía sacar las llaves del auto y presionar la alarma. Dejé mis cosas en el asiento del copiloto y me apresuré a subir para no congelarme.— Solo espero que su vuelo no se retrase más. 

—Tranquilo, Romie. Todo estará bien.—me tranquilizó, tal y como siempre hacía.— ¿A los niños les gusta la tarta de frambuesa? 

—Mamá, sabes que ellos AMAN tu tarta de frambuesa.—casi rodé los ojos con una sonrisa, apresurándome por encender el auto sin dejar caer el teléfono apoyado en mi hombro.— Aman la comida en realidad, por una razón son hijos de Dean.—bufé una vez más.— Dios, los está mimando demasiado...

—No seas gruñón, Romie.—rió suavemente.— Estaré allá mañana por la tarde.

—De acuerdo. No olvides que Sandy quiere armar esa casa de gengibre contigo. 

—Lo tengo en mente. 

—Y controlaré a Dean para que no se la coma antes de empezar. 

Otra risa, para finalmente despedirse:—Los veré pronto, cariño. Te quiero. 

—Te quiero. Nos vemos. 

Finalicé la llamada, dejando salir una breve respiración y saliendo del estacionamiento para unirme al tráfico lo más rápido posible. Esperaba que no hubiese demasiado revuelo por víspera de navidad, en especial tomando en cuenta que esta era solo mi primera parada esta tarde. 

Mamá no pasaba las fiestas con nosotros hace mucho, por lo que Dean insistió en que dejase de pensar tanto en las cosas y solo la llamara. Recuerdo que casi lloró, pero aceptó feliz a venir a la ciudad y quedarse con nosotros. Esta era una de las épocas favoritas de papá, y admito que me sentí culpable de que siguiera pasándola sola en otra parte. 

La culpa seguía ahí, no obstante, tenía mi familia que siempre me apoyaría y me haría entrar en razón. Y siempre recordaría el hombre genial y alocado que solía llamarme emperador romano desde que tenía cuatro años. 

Le fallé una vez, pero haría lo posible por redimirme de mis años y hacerlo orgulloso. Que me viera desde el lugar que esté. 

No tardé mucho en llegar a la pequeña construcción, parecía un hogar humilde, solo que era un poco más grande de lo usual y se encontraba rodeado de diversos toboganes, columpios y centros de entretención para los niños que pasaban gran parte de la mañana y la tarde ahí. 

Algunos pequeños jugaban en el jardín delantero cuando llegué, varios con sus chaquetas tres tallas más grandes y sus botitas para nieve, incluso si todavía no caía una. 

Acerqué mi abrigo más cerca de mí para evitar la helada, haciéndome paso entre los juegos y juguetes hacia el interior del lugar. Me dirigí hacia el salón de siempre, abriendo suavemente la puerta y asomando la cabeza por el lugar. 

—¡Y entonces papi hizo un pastel de fresa, pero papi lunático se lo comió!—chilló con su voz llena de emoción.— ¡Y quiso echarle la culpa a Mitch pero yo siempre lo supe!

—Oh, tu papi lunático no sabe mentir para nada. 

—Para nada de nada. Y... ¡Papi!

Sonreí ampliamente, traspasando por completo el umbral de la puerta para colocarme en cuclillas lo antes posible y recibir al pequeño entre mis brazos. 

Sus bracitos se enredaron detrás de mi cuello en tanto lo apegaba a mí y cargaba en mis brazos, mirándole con una sonrisa en mis labios. 

—Lamento llegar tarde, campeón. 

—No te preocupes, papi. La maestra y yo estábamos charlando. 

Le di una pequeña mirada a la mujer de delantal morado con varias estrellas bordadas, su cabello estaba en un moño desordenado y tenía esa mirada cómplice que recordaba desde la secundaria. Me guiñó un ojo todavía en cuclillas al estar hablando con el chico, a lo que le devolví una sonrisa amable. 

—Eso veo.—volví a mirarle a sus grandes y brillantes ojos castaños muy parecidos a los míos. Sin embargo, mi ceño se frunció ligeramente cuando vi su frente raspada. Pasé mi pulgar delicadamente bajo el flequillo que dejaba su alborotado cabello castaño claro.— ¿Qué pasó?

—Un niño se peleó con él durante el almuerzo.—respondió por él la fémina, poniéndose de pie con un pequeño suspiro.— Molestó mucho a Wade y terminó empujándolo, pero el chico fue más extremo y le lanzó su mochila. 

—Dios...

—Pero creo que el chiquillo tuvo suficiente.—rió ligeramente ella, haciéndome enarcar una ceja sin dejar de cargar al niño entre mis brazos.— Sandy vio lo que le hizo a su hermano y no lo dejó escapar hasta que pagara el precio por meterse con él. Humilló un poco a Wade sin querer. 

No pude evitar suspirar. La imagen que su maestra de jardín de niños describía era muy posible de imaginar en mi mente. Después de todo, con su cabello largo negro como el mío y los ojos azules del vocalista de Down with the F era la viva imagen del ex rey de la Lista F, solo que con el aspecto de un ángel. Hasta que molestaban a su familia al menos, especialmente a su hermano con diez minutos de diferencia. 

—Creo que se ha juntado demasiado con Dean.—murmuré en otra respiración exasperada. A continuación, giré a ver a Wade.— ¿Te duele mucho?

Él negó, riéndose cuando tracé su nariz con mi dedo y le regalé una sonrisa. 

—¿Dónde está tu hermana?

—Por allá.—apuntó con su dedo. Lo seguí, viendo a la pelinegra dándonos la espalda y haciendo algo que no pude ver en realidad casi al rincón del salón lleno de juguetes, libros y otras actividades.— ¿Quieres que vaya por ella?

—Por favor.

Dejé al castaño delicadamente en el suelo, dándole una última palmadita en la espalda. 

—Y vayan por sus cosas, no queremos llegar tarde. 

Wade asintió obedientemente una vez más, acercándose con un trotecito hacia su hermana y pareciendo decirle algo que no fui capaz de captar a la distancia. 

—¿Irán por Dean al aeropuerto?—preguntó la castaña detrás de mí, llamando mi atención de inmediato.

—Sí, su gira terminó ayer y ha tomado cada vuelo necesario para llegar antes de navidad.

La chica sonrió:—Ya veo por qué no se han estado quietos en todo el día.

Las curvaturas de mi boca se alzaron, mirando nuevamente al par de niños al final de la sala. 

Nuestros hijos eran tan diferentes el uno del otro, tal y como nosotros. Y los amaba más que a nada en el mundo. Incluso si Sandy hacía pataletas parecidas a las de su padre cuando éramos jóvenes y Wade podía ser tan tímido como yo, ambos hacían que nuestra vida se acercara a la perfección. 

—¿Tienes planes para navidad, Nia?—pregunté a la fémina. 

—Iré a ver a mi novio a Nueva York.—sonrió con un ligero rubor emocionado en sus mejillas.— Es nuestra primera navidad juntos. 

—Eso es genial.—sonreí hacia ella.— Tienes que mandarme fotos de allá. Dean siempre olvida hacerlo cuando ha pasado por allá. 

—Típico de Ambrose.—se carcajeó, mientras rodaba los ojos con mis labios ligeramente alzados por la risa.— Dale una buena patada en el culo por mí ¿sí?

—Con mucho gusto. 

Ambos reímos. Nunca me imaginé que me encontraría a Nia siendo maestra de jardín de niños el día en que por fin convencí a Dean de dejar ir a nuestros hijos. Cuando estaba en casa no quería despegarse de ellos, le gustaba jugar videojuegos con Sandy y enseñarle a dibujar a Wade. A su edad ya era bastante bueno, no me sorprendía. 

A pesar de una fuerte discusión, o más bien insultarnos el uno al otro como siempre ha sido, Dean accedió que los niños se quedaran en el jardín de niños cuando él estuviese de gira y yo trabajara. 

Pero eso no quitaba el hecho de que seguía siendo un completo burro terco. 

—¿Ya tienen sus cosas, calabacitas?—le preguntó Nia a los niños.

Wade ya llevaba su mochila al hombro, mientras que su hermana se apresuraba a alcanzarlo con su bolso a un lado. Una sonrisa se extendió por su rostro al verme, casi corriendo hacia mí para que la abrazara con la misma fuerza que a su hermano. 

—Hola, papi.—dijo con su dulce voz llena de emoción. 

—Hola, cariño.—murmuré, para luego separarme delicadamente de ella y mirarla con gentileza.—Linda... ¿has tenido algún problema hoy con tu hermano?

Su ceño se frunció al instante, sus labios se fruncieron en un mohín y me recordó un montón a mí. 

—No fue culpa mía, papi.

—Nunca lo es. 

—Ese tonto molestó a Wadey, no iba a dejarlo así como así. 

Quise rodar los ojos, pero lo contuve y tomé nota mental de que Dean dejase de instruir tantas cosas a nuestra hija. 

—¿Qué es lo que siempre te he dicho, señorita?

Sandy apretó el ceño, pero finalmente suspiró. 

—Que usar mis puños no siempre es la respuesta.—repitió en un vano intento por recapitular mis palabras con un pequeño rodar de ojos.— ¡Pero papi, hizo llorar a Wadey!

—¡No lloré, Sandy! ¡Y no me llames así! ¡Lo odio!

—Y me da igual. Seguiré llamándote así si yo quiero.—dijo, a la par en que le enseñaba la lengua burlona. 

Wade se limitó a meter las manos en su sudadera de estrellas azul, apartando la mirada aunque quisiera seguir discutiendo el tema. 

Tomé otro respiro, volviendo a enfrentar a la molesta pelinegra.

—No te culpo por querer defender a tu hermano, Sandy, pero tienes que dejarle arreglar las cosas por sí mismo algunas veces. Y no atacar a otros como lo haría tu papá lunático. 

—De acuerdo.—asintió resignada.— Pero si veo que no lo dejan hacerlo, voy a meterme de todos modos. 

Diablos, era igual que tratar con Dean. 

Rindiéndome a que mi hija había escuchado mucho a su padre, solo sonreí en tanto negaba con la cabeza. 

—Bien, hablaremos de esto más tarde, ¿sí?. Tenemos que apresurarnos al aeropuerto a recoger a papá. 

—¡Yupi!—chilló la mini fémina, casi corriendo hacia la puerta. 

—¡Sandy, espérame!—corrió Wade detrás de ella. 

—¡Ustedes dos espérenme!—grité hacia la puerta por la que salieron tan rápido como mis alumnos después de un examen. Me giré rápidamente hacia Nia.— Feliz navidad, Nia. 

—Diviértete, cariño.—sonrió, despidiéndose con la mano.— ¡Pero no demasiado! ¡Me basta con sus dos copias humanas aquí!

Una risa se me escapó, para luego apresurarme por el pasillo y seguir a mis hijos hacia la salida del lugar. Wade y Sandy caminaban de la mano hacia el auto, esperándome con sonrisas emocionadas hasta que apagué el seguro y ambos subieron a la parte de atrás. 

Ayudé a Wade a subir con un pequeño empujoncito, rodeando el auto casi a zancadas y subiendo al auto. El viaje fue tranquilo, los niños permanecieron hablando sobre caricaturas y cosas que no entendía mientras comían galletas que Sandy había traído en su mochila desde casa esa mañana, le encantaban las galletas que Paige siempre le enviaba una vez al mes por lo menos. 

Sonreí levemente al darles unas cuantas miradas por el retrovisor, tratando de mantener la calma. No podía mentir, mi corazón también latía con fuerza al saber que en unos minutos volvería a ver a mi esposo. 

Las giras siempre habían sido difíciles para los dos, Dean hacía todo lo posible porque no nos sintiéramos solos con los niños, pero seguía siendo duro no tenerlo en mis brazos al dormir y al despertar, escucharlo rabear por la casa sobre el gato o lo mucho que le costaba escribir una nueva canción, o el simple hecho de sentir sus brazos por la espalda enredarse a mi alrededor cuando preparaba el desayuno. 

Después de todos estos años, seguía plenamente enamorado de esas cosas. Y lo amaba con todas mis fuerzas, con altos y bajos. 

Le di una mirada a mi muñeca, donde los tatuajes de mi brazo terminaban cerca de las pulseras de cuero y aquella vieja y desteñida banda azul que compartía con Dean. Después de todo lo que habíamos pasado seguía allí y saberlo me seguía haciendo sentir bien. 

Por fin, llegamos al aeropuerto y casi tuve que agarrar a los niños cuando intentaron bajar cuando ni terminaba de aparcar. Sandy ayudó a bajar a su hermano y por fin me escucharon cuando les sugerí caminar los tres juntos a buscar a su padre a la terminal de pasajeros, ambos agarraron mis manos y casi jalaron de mí entre la gente. 

No había mucha gente a los alrededores, por lo que no nos costó trabajo llegar a donde Dean solía reunirse con nosotros luego de cada viaje. 

Wade se había sentado en una de las bancas jugando con un cuaderno en sus manos, Sandy miraba fijamente hacia otro sitio y yo miraba mi reloj. Dean me había dicho lo desesperado que estaba por todo el ajetreo de hacer escala en casi tres lugares antes de poder llegar, pero le calmaba la idea de que podría llegar y pasar la navidad con su familia. 

Mis ojos seguían en las manecillas moviéndose y poniéndome ansioso hasta que fui jalado de la manga de mi abrigo. Bajé la mirada y me encontré con los ojos azul bebé de Sandy. 

—¿Qué pasa, cariño?

—¿Podría  ir a comprar algo de beber a la tienda de ahí?—apuntó al frente de donde estábamos, y al seguir su dedo con su uña pintada de azul me encontré con una de las pequeñas tiendas abiertas en el aeropuerto.— Olvidé mi botella con jugo en el salón. 

Le di una mirada a la tienda y luego volví a mirar a la pequeña fémina. No tardé mucho en sacar un poco de dinero de mi billetera y entregárselo a la pelinegra que sonrió de lado con sus pequeños labios. 

—Apresúrate, y no te vayas a otra parte, ¿sí? 

Sandy asintió frenéticamente, besé su frente y ella corrió hacia la tienda mientras la seguía con la mirada. Sandy siempre había sido realmente extrovertida, a su corta edad era bastante madura y sabía que cuando me prometía algo ella siempre cumplía. 

Moví brevemente mi mirada lejos de la tienda por la que mi hija había desaparecido, mirando al castaño sentado en la banca balanceando ligeramente sus pies mientras observaba concentrado la plana de su cuaderno abierto. Recordaba que era uno de los muchos cuadernos que Dean le había dado para dibujar, lleno de dibujos de animales, intentos de personas y de Mitch. 

Sin embargo, los ojos de Wade mostraban cierta indecisión, como si se estuviera debatiendo internamente por algo en su compleja concentración en esa hoja de papel. Ladeé ligeramente la cabeza y me acerqué cautelosamente a él, tomando asiento junto a él y rodeándole suavemente con mi brazo. 

—¿Estás bien, amigo?

Wade asintió, parpadeando ligeramente mientras su rostro se pintaba de preocupación. 

—¿Seguro?

Él suspiró, luego miró en mi dirección mientras su mano cubría ligeramente el dibujo en el cuaderno. 

—¿Te has sentido no seguro de algo alguna vez?

—¿Quieres decir inseguro sobre algo?

Asintió otra vez. Apreté brevemente mis labios. 

—Miles de veces.—suspiré suavemente.— Es muy normal, hijo. 

—Eso dijo la señorita Jax.—murmuró por lo bajo. 

Mi mirada cayó en el dibujo que escondía bajo su mano, entrecerrando brevemente mis ojos antes de volver a mirarle. 

—¿Tiene que ver con ese dibujo?

Asintió, sus labios se fruncieron de medio lado antes de que volviera a hablar:—No te vayas a reír, ¿okay?

—Jamas lo haría.—le aseguré con una sonrisa. 

Wade siguió inseguro por un par de segundos, apretando sus labios por un rato antes de que moviera sus manos lejos de la hoja de papel. Mis ojos siguieron esos trazos desordenados y con varios borrones, pero podía ver el retrato que había hecho de Dean y yo abrazándole a su hermana y a él con una sonrisa en el rostro. 

—Wade.—le sonreí ampliamente.— Es muy bonito. 

—¿De verdad lo crees, papá?

—Por supuesto.—coloqué mi mano en mi pecho, en el lado donde latía mi corazón.—Te doy mi palabra. 

Wade rió bajito, volviendo a mirar el dibujo. 

—Solo espero... que a él guste. 

—Oh, ¿hiciste ese dibujo para tu papá lunático?

Y para mi sorpresa, el pequeño negó con la cabeza. 

—No.—dijo, tan inocente que no esperé lo que le seguía.— Es para mi abuelo. 

Sentí que mi corazón daba un vuelco y que el aire de pronto me faltó por unos segundos. No esperaba que Wade supiera algo más de lo que algunas veces Sandy preguntaba y Dean le aclaraba a mis espaldas. Porque aún era difícil, y siempre sería difícil. 

Los ojos de mi hijo encontraron los míos, algo asustados por lo que había dicho pero tratando de mantenerse firme al volver a hablar:—La abuela me dijo un poco sobre él por teléfono. 

—¿La llamaste?

—Encontré unas fotos un día cuando buscaba el oso de felpa que Mitch me robó.—comenzó a explicar, sin quitarme los ojos de encima por muy asustado que estuviera de mi posible reacción.—No entendí demasiado lo que salía en la parte de atrás, pero pude leer mi nombre y vi a un hombre parecido a ti... Así que le pedí a papá lunático que llamara por mí. 

Dean no me había dicho nada de esto, y aunque debería estar molesto, también entendía sus intenciones. 

—Ella me dijo que está en un lugar mejor, que nos está mirando a Sandy y a mí y que es muy feliz.—continuó.—También me dijo que me llevaría a visitar su tumba un día, así que pensé en llevarle este dibujo, para que vea que eres feliz, papá. 

Sentí un nudo en la garganta y mis ojos quemaron levemente, pero hice lo posible por no mostrarme extraño frente a él mientras me explicaba. 

Wade me miró con timidez:—Por favor no te enfades...

Solté una respiración casi inconsciente, al mismo tiempo en que movía mis temblorosos brazos y con ellos rodeaba al pequeño castaño, pegándolo a mí en un suave abrazo que él no dudó en responder. 

—Le va a encantar.—murmuré, tratando de ignorar mi voz rompiéndose ligeramente.—Te lo aseguro, pequeño. Tu abuelo lo amará. 

Le sentí asentir. Acaricié la parte trasera de su cabeza y tragué las lágrimas que amenazaban por salir para no preocuparlo de ninguna manera. 

—Hablaremos eso con la abuela mañana, ¿está bien?

—Sí, señor. 

—Te quiero, pequeño. 

—Y yo a ti, papá. 

Sonreí ligeramente y le besé la mejilla, para a continuación dejarlo ir con suavidad y mirarlo con una tranquilizadora sonrisa que espantó todas sus preocupaciones. 

Casi a la par, la cantarina voz de Sandy nos interrumpió:—¡Traje sodas! ¡Y a un papá lunático!

Ambos volteamos al mismo tiempo, pero mis ojos fueron los primeros que Dean encontró mientras una sonrisa de lado se dibujaba en su rostro. Ayudé a Wade a bajar de la banca mientras cerraba su cuaderno, bastando que sus zapatillas tocaran el suelo para que corriera hacia el castaño y se abrazara a sus piernas como un pequeño koala. 

El vocalista rió, dejando de lado su bolso deportivo y agachándose para abrazar adecuadamente a Wade. El pequeño ocultó su cara en la hendidura de su cuello, mientras podía ver que sus pequeños brazos lo apretaban con fuerza. 

—También te extrañé, amigo.

Lo abrazó por un rato, y cuando se separaron hicieron ese extraño saludo con sus puños que habían inventado hace varios meses y terminaba con Dean agarrándolo entre sus brazos y besándole las mejillas múltiples veces. 

Wade reía por las cosquillas hasta que su papá lo dejó ir. 

Los ojos de Dean volvieron a mí y nos encaminamos hacia el otro hasta encontrarnos frente a frente. No dudé en romper ese paso que nos separaba, agarrándole del rostro y plantando un largo beso en sus labios que él no tardó en responder. Podía imaginar a Sandy y a Wde cubrirse los ojos el uno al otro, pero ya estaban acostumbrados al actuar afectuoso de sus padres. 

Sin embargo, sí había veces que tenía que golpear o empujar a Dean por tratar de tocar mi trasero o molestar cuando ellos estaban alrededor. 

Nuestros labios se separaron y nos sonreímos el uno al otro, pero Ambrose no tardó en abrazarme sin quitarme el aire. 

—Demonios.—murmuró en un suspiro, mientras rodeaba su espalda con mis brazos y sentía su nariz acariciar la piel de mi cuello.— No tienes idea de cuánto te extrañé. 

Me aparté con cuidado, dejando un último beso en la comisura de sus labios. 

—Somos dos.

Dean me guiñó, para luego volver su mirada a nuestros hijos que se quitaban las manos del otro de los ojos lentamente. 

—¿Qué hay de ustedes dos?—sonrió.— ¿Creen que se han portado bien este año?

—Yo saqué un diez en matemáticas.—sonrió Wade mientras abrazaba su cuaderno. 

—Oh, tan nerd como tu padre.

Le golpeé el pecho, a lo que solo me sonrió de lado. Rodé los ojos. Este tipo nunca cambiaba. 

—¡Yo le pateé el culo a un chico hoy!

—¡Sandy!—casi chillé, a lo que ella se cubría la boca en un intento por hacerse la inocente, cuando en realidad ocultaba una sonrisa.

—Hm...—Dean se trazó la mandíbula, como si pensara en el asunto. No tardó en sonreír amplio y estirar su mano hacia la pequeña pelinegra.— Esa es mi nena. 

Solo pude negar con la cabeza mientras ambos ojiazules chocaban los cinco. Dean desordenó el cabello de Wade y luego agarró su equipaje. 

—¿Qué estamos esperando?—exclamó, rodeando mi hombro con uno de sus brazos y pegándome a él con una cómplice sonrisa.—Muero por ir a casa. 

Le sonreí de vuelta, agarrando la mano que caía cerca de mi pecho. 

—¡De hecho...!—chilló Sandy, llamando nuestra atención. Mantenía sus manos atrás, al igual que su hermano a su lado.— ¡Les tenemos su regalo de navidad!

Dean y yo nos miramos y luego a nuestros hijos que mantenían sonrisas en sus rostros. 

—Pero navidad es en un par de días...—intenté decir, pero Sandy alzó su mano haciéndome callar. 

—Nah, nah, nah. Es nuestro regalo y se los queremos dar ahora, papi.—le dio una pequeña mirada al castaño, el cual asintió dándole luz verde a continuar.— Ahora, sus muñecas. 

Nos miramos otra vez, Dean enarcaba una ceja y yo solo me pude encoger de hombros con un fruncir de labios. A continuación, mi esposo retiró suavemente su brazo de mis hombros y lo estiró casi al mismo tiempo que yo en dirección de los niños. 

—La derecha no.—negó Sandy, Wade la imitó en silencio.— La izquierda. 

—¿La izquierda? Pero, San...

—¡La izquierda! ¡Ahora!

Ambos casi saltamos en nuestros pies, y decidimos hacer caso a las órdenes de nuestra hija. No había duda en que sería imposible decirle que no en el futuro. 

La pelinegra sonrió y se acercó a mi muñeca mientras Wade hacía lo mismo con Dean, sentí como sus pequeños dedos se movían hábilmente hasta que algo me rodeaba la muñeca en la que llevaba esa pulsera azul. Una vez que Wade terminó, Sandy dio un paso atrás y me dejó ver una pulsera amarrada debajo de la desgastada que ya llevaba. 

Era una pulsera tejida muy parecida a la azul, solo que esta era púrpura, su color preferido. 

—Siempre llevan esas pulseras azules viejas en las muñecas...

—Es porque son importantes para nosotros, enana.—se burló Dean, a lo que ella solo sonrió igual de juguetona. 

—Ya lo sé, papi. 

—Por eso hicimos estas nuevas.—completó Wade, mirándonos con timidez, esperando nuestra reacción.— ¿Les gustan?

Dean movía su muñeca, mirando la pulsera verde alrededor de esta con un pequeño puchero que aún tenía cuando giró a verme. Nuestros labios se fruncieron al unísono en una sonrisa, justo antes de que casi nos lanzáramos a abrazar a los niños y llenarlos de besos aunque protestaran. 

Sus risas eran cómo música para mis oídos y calmaban cualquier ansia en mi corazón. Me hacían feliz. 

Cuando nos separamos, Dean le acomodó un mechón de cabello desordenado a Sandy antes de volver a hablar:—Ya deberíamos irnos. Tenemos que armar el árbol, ¿recuerdan?

—¡Pido la estrella!—chilló la fémina. 

—¡Pues tendrá que ser al piedra, papel o tijera, enana! 

—¡Ya verás, papi lunático!

No pude evitar reír, agarrando la maleta que Dean había dejado abandonada todo este tiempo y disponiéndome a seguirlos fuera del aeropuerto. No sin antes agacharme frente a Wade y ofrecerle llevarlo a caballito, lo cual entendió de inmediato y subió a mis hombros con suma facilidad rodeándome suavemente con sus pequeños brazos. Sandy hizo lo mismo con Dean, solo que lo sostuvo de la oreja perforada para que este fingiera llorar y ambos niños estallaran en risas. 

Agarrando la mano de Dean y entrelazando nuestros dedos, nos encaminamos fuera del aeropuerto. 

Como dijimos, esa noche armamos el pino navideño juntos, aunque Wade fue quien ganó en el juego de piedra, papel o tijera luego de que le susurrara que ambos siempre apostaban por la piedra y los venciera fácilmente para terminar colocando la estrella en la punta del árbol. 

No es mi culpa que luego de todos estos años Dean siguiera apostando por la piedra y además le enseñara ese truco a Sandy. 

Ambos se fueron a la cama completamente exhaustos, y aunque ya estaban en sus cuartos listos para dormir, tuve que ir a buscar a Dean a nuestra habitación. Le encontré con el cabello algo largo cayéndole húmedo sobre la frente mientras terminaba de colocarse su camiseta de pijama. 

Me quedé en silencio en el umbral de la puerta, solo observándole hasta que me sorprendió haciéndolo. No tardó en sonreírme burlón. 

—¿Vas a quedarte observándome toda la noche?—dijo con su tonto intento por sonar seductor.—Digo, no me importa.—se encogió ligeramente hombros mientras me enarcaba una ceja.— Pero, ¿no sería justo que tú llevaras poca ropa también?

Aguanté una risa y rodé los ojos, a la par en que negaba suavemente con la cabeza. 

—Aunque me encantaría,—comencé a decir, despegándome del umbral y dejando caer mis brazos antes cruzados. —Los chicos están en la cama, pero se niegan a dormirse hasta que su papá lunático los arrope. 

Dean me mostró la lengua infantil y asintió, encaminándose hacia el pasillo para ir a la habitación de los niños. No sin antes darme una nalgada que me hizo rodar los ojos antes de seguirle el paso. 

Avanzamos por el pasillo tomados de la mano. El cuarto de Sandy era el que estaba más cerca, así que Dean abrió cauteloso la puerta a medio cerrar y entró a la habitación de la misma manera. A pesar de que ella fue la primera en decir que no se dormiría sin antes ver a Dean, ya se encontraba pacíficamente dormida sobre su almohada púrpura de mariposas mientras Mitch ronroneaba a sus pies. 

Dean ignoró la presencia del gato y se acercó a besar la mejilla de Sandy con cuidado de no despertarla, lo imité besando su frente y el castaño movió las colchas más cerca de ella. A continuación, cruzamos el pasillo hacia el cuarto de Wade. Seguía despierto, jugueteando con su oso de peluche hasta que entramos. 

—Hey, amigo.—le susurró Dean con una sonrisa. 

—Hola, papi.

—Venimos a darte las buenas noches.—dijo otra vez el ojiazul, pero sus ojos cayeron en la hoja de papel estirada en su mesita de noche y apoyada en la lámpara todavía encendida.— Oye... ¿Tú hiciste eso?

Wade miró brevemente el dibujo que me había mostrado en el aeropuerto y asintió hacia Dean:—Es para mi abuelo. 

Dean no tardó en girar hacia mí, a lo que solo me encogí ligeramente de hombros con un fruncir de labios. Él se relamió los suyos y guardó silencio brevemente, hasta levantar nuevamente la mirada. 

Sus ojos brillaron levemente y el cómo los entrecerró me hizo entender de inmediato que planeaba algo. 

—Tengo algo para ti. 

Wade ladeó la cabeza y Dean se encaminó hacia su armario al final de la habitación, caminé hasta la cama de Wade y me senté suavemente a la orilla siguiendo a mi esposo con la mirada. Dean sacó algo de uno de los cajones, dándole una mirada antes de volverse y caminar en nuestra dirección. 

Le entregó a Wade un cuaderno que reconocí de inmediato con esos dibujos desordenados y las "DA" hechas con pintura blanca a lo largo de la tapa. 

El pequeño tomó el cuaderno como si de un tesoro se tratara, mirando las primeras páginas y abriendo sus ojos con asombro. 

—Ese era mi cuaderno de dibujo cuando estaba en la secundaria.—explicó el ojiazul, sentándose de cuclillas a un lado de su hijo en la cama.—Solía perder mucho el tiempo, y la mayoría de las veces dibujaba. Cuando algo me molestaba o me ponía feliz. 

Wade asentía, maravillado con los viejos dibujos de su papá que yo recordaba de ese entonces. No obstante, pasó por una página que me hizo sonreír lentamente y a Wade detenerse a mirar los trazos. 

—¿Este es...?

—Uhm...—Dean rascó levemente su nuca, aclarándose la garganta.—Hubo un tiempo en que dibujaba mucho a tu padre. La mayoría del tiempo trataba de que no se diera cuenta...

—Yo sí me daba cuenta.—le dije con tono burlón.—Sabía que me observabas como acosador, pero preferí no decir nada. 

—No me hagas insultarte en frente de nuestro hijo, Roman Reigns-Ambrose. 

Le sonreí igual de burlón hacia sus mejillas levemente ruborizadas bajo la oscuridad. Dean volvió hacia Wade y pasó algunas páginas hasta llegar a aquellas en blanco. 

—Ahora este cuaderno es tuyo.—le dijo con cariño.— Puedes dibujar lo que quieras. 

—¿Puedo hacerlo? ¿No te enojarás si no dibujo tan bien como tú?

—Hey, sigues aprendiendo.—le sonrió tranquilizador.—Y, por lo visto, eres un gran artista, amigo. 

Wade sonrió emocionado y lanzó sus brazos alrededor del cuello de su padre, haciéndome sonreír enternecido y sentir esa calidez en mi pecho de solo verlos juntos. 

—Gracias, papi. 

—De nada, campeón. Te quiero. 

—Y yo.

Dean le besó en la frente y yo le ayudé a cubrirse con las colchas, sonriendo y acariciando su cabello al ver cómo se acurrucaba cerca del cuaderno de Dean disponiéndose a dormir. 

Tras cerrar la puerta del cuarto de Wade, volvimos a nuestra habitación. Las paredes estaban cubiertas por retratos, más que antes, y algunos discos de platino y cosas de Down with the F. 

Bastó que Dean cerrara la puerta para que atacara sus labios con los míos y lo apegara a la pared más cercana. Un jadeo se escapó de sus labios cuando los cubrí, pero no tardé en sentir sus brazos enredarse detrás de mi nuca en tanto mis manos se dedicaban a empujarlo más cerca de mí. El cabello húmedo cayendo sobre su frente causó un cosquilleo sobre la mía, pero no me importó y seguí atacando sus labios hasta dejarlo sin aire. 

Recorrí su boca una última vez antes de apartarme con suavidad, sintiendo su aliento chocar con mis labios latiendo con calidez. 

—Wade me dijo lo de mi padre.—susurré con mi voz algo rasposa. 

Los ojos de Dean dejaron de observar mis labios y volvieron a mí, pude ver cierta preocupación y arrepentimiento oscureciendo su rostro al instante. 

—Sé que no debí... Pero él tenía curiosidad. Sabía que tenía que discutirlo contigo, y...

—Shhh...—lo interrumpí, moviendo mis manos por su espalda hasta finalmente llegar a su rostro y acunarlo.—No estoy enojado. 

—¿No lo estás?

Negué suavemente. 

—Él los habría amado.

Dean sonrió suavemente de lado, moviendo una de sus manos hasta la mía y besando la palma. 

—Estoy seguro que sí. 

Una sonrisa amplia se dibujó en mis labios antes de volver a cubrir sus labios con los míos y dejarme llevar por esa sensación tan dulce como los skittles  que recordaba de nuestra adolescencia. 

Porque no importaba lo que pasara, siempre sería Dean. 

Esto es oficialmente lo más largo que he escrito en Wattpad hasta ahora. Solo espero que les gustara porque pasé por mucho antes de poder terminarlo. 

No es el fin del todo, ya que aún nos queda el especial Ortollins y el otro que les comenté ;) Gracias por todo su apoyo <3

Se despide, Rock. 

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