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6. En sus zapatos

Caminaba por los pasillos de la academia con tranquilidad, omitiendo todo el bullicio de fondo y sin prestar atención a lo que sucedía a mi alrededor. Con el tiempo, mis pasos se habían hecho más firmes, mi actitud más altiva, y mi personalidad más abierta.

Las imágenes religiosas que colgaban de las paredes que me miraron crecer podían notar cuánto había madurado, para bien o para mal. Habían sido testigos de mi crecimiento mental, emocional y físico. Ya no era un chico flacucho y desgarbado, con facciones que no lucían equilibradas o que tenía un estilo de vestir un tanto peculiar. Me había vuelto tan alto como mi hermano mayor, la suavidad de mi cuerpo se transformaron en una firmeza compacta, y mis rasgos faciales ya resultaban más masculinos y precisos.

Atrás quedaron los días de golpizas en el baño o en los pasillos, ahora podía caminar libremente, sabiendo que me encontraba en lo más alto de la escala académica. Nadie se iba a meter conmigo, y si lo hacían, no iba a tener las mismas respuestas que antes.

— Cam, ¿dónde estabas? —preguntó Nik, cuando me vio llegando al rincón de la academia en la que nos refugiamos, donde nadie podía vernos. Ella lucía ansiosa y paranoica, y quizás se debía al cigarrillo en su mano.

— El profesor me detuvo antes de salir de clases para decirme que mi trabajo era bueno, y que debía presentarlo en mi solicitud de la universidad —respondió, poniendo los ojos en blanco, mientras me apoyaba contra la pared y encendía un cigarrillo.

— Eso es bueno, ¿o no? —preguntó emocionada.

— Es bueno si quieres estudiar periodismo o letras, pero no cuando ya tienes todo listo para ser ingeniero —respondí, teniendo recuerdos de mi padre gritando que como vivía en su casa tenía que seguir sus órdenes, y en esta familia se hacía lo que él quería.

— ¿realmente quieres ser ingeniero? —preguntó ella medio horrorizada, medio con lástima. Entendía el sentimiento, yo también tendría pena de mí mismo.

— Después de pelear por más de un año por mis derechos intelectuales ya no gasto más de un segundo en eso, ¿quieren que estudie ingeniería? Lo haré —admití con mal humor—. Haré lo que digan pero a mi modo, que viva con ellos y dependa económicamente de su plata no les da derecho a decirme qué hacer. seguiré siendo su marioneta pero no por mucho tiempo —confesé sombrío.

— Wow, suenas decidido —me miró Nik con ojos grandes, moviendo los mechones de su pelo con tintes rojizos hacia un lado.

— Lo estoy, realmente lo estoy —dije, necesitando un poco de nicotina para calmar mi interior. Ella me sonrió, estirando su brazo para despeinar mi pelo.

— A veces extraño al viejo Cam, pero este me gusta más —canturreo, y yo meneé la cabeza, alejándose de sus manos.

— ¿Y tú ya sabes qué harás? —pregunté.

— Me quedaré acá, siento que debo hacerlo, que es lo correcto —dijo meditabunda. Y comprendía sus razones; sus padres estaban en pleno divorcio, con peleas por plata y propiedades, luchando por mantener los vestigios de algo que ya no existía solo para satisfacer la mirada exterior—. Mi mamá no quiere salir a ningún lado, mucho menos a la iglesia porque dicen que la miran raro, sus amigos están viendo de que lado quedarse y sus hijos lo único que hacen es echarle en cara todo lo que hicieron mal como padres —murmuró, mirando a la lejanía. En medio de un suspiro, sonrió con tristeza y ojos llenos de lágrimas—. Conmigo siempre fue buena y amorosa, ninguno de los dos me dio razones para odiarlos, y me apañaron en todo lo que quise, me sentiría mal si los dejo en un momento como este, sobre todo a ella —confesó tímidamente.

Yo me acerqué, abrazándola cuidadosamente y dejando un beso sobre su pelo.

— Haz lo que creas que te haga feliz, no te sientas culpable de tus elecciones. Lo que no hagas ahora no significa que no lo puedas hacer después —le recomendé.

Sentí sus manos aferrarse en mi camisa por unos segundos en lo que duró su silencioso llanto, su rostro hundido en mi pecho. Respiró hondo cuando su desahogo terminó, y yo acaricié suavemente su espalda para darle ánimos.

— Tengo que agradecer tenerte a ti y a Ash, son los únicos con los que no me siento extraña —rió, alejándose para secar sus lágrimas antes de volver a apoyarse en la pared, intentando evitar mirarme para que no viese las marcas del llanto.

— Para eso estamos, para sentirnos menos raros los tres —comenté, volviendo a dirigir mi atención a mi cigarrillo.

— ¿Has sabido algo de él? —preguntó ella con curiosidad, más que nada para desviar la conversación.

— No, la ultima vez que me llamó fue hace una semana y estaba borracho; entendí una cuarta parte de todo lo que me dijo —confesé con una media sonrisa, aún recordando que estaba en medio de una sesion de pornografía cuando sonó mi teléfono y tuve que atender.

Lo único que pude entender era que había ido a una fiesta y tomó mucho, y que quería que Nik y yo estuviésemos allí, después solo decodifique la palabra extrañar y debería haber aprovechado a hacer las cosas antes. Para cuando le pregunté a qué se refería, lo escuché roncando, y ahí corté.

— A mi me habló hace unos días para contarme que estaba conociendo a alguien, pero no me contó mucho —las palabras de Nik me hicieron voltear hacia ella con expresión consternada. Sin entender porque no me había contado eso, y solo me llamaba cuando su cerebro estaba desconectado de la realidad—. Hay días en que creo que lo entiendo y otros en que no —admitió y estuve de acuerdo.

El recreo se consumió tan rápido como mi cigarrillo, y para cuando presté atención me encontraba nuevamente en la hostilidad de mi casa. Una hostilidad de la que me había acostumbrado, y aprendí que había que caminar cuidadosamente. Todo, absolutamente todo, era motivo de discordia. Mi pelo, mi ropa, mi actitud, mi falta de actitud, mi forma de hablar, lo que pensaba, lo que quería, lo que soñaba.

— Hijo, ven aquí —dijo mi mamá, llamándome desde la sala, ni bien puse un pie en la casa.

— Hola ma —dije, recibiendo uno de sus besos en mi mejilla.

— Mira lo que tengo aquí, son las opciones de departamento para que vivas —canturreó con felicidad, y yo imité su sonrisa, mirando las fotos en la computadora—. ¿te gustan? —me preguntó con fascinación.

— Me gustan todos, el que quieras elegir, seré feliz en él —respondí, y noté como su expresión cambió; la felicidad se transformó en preocupación y decepción.

— ¿no vas a elegirlo? —inquirió, y yo dudé, porque hasta donde recordaba, yo nunca tenía elección en nada.

— ¿Me estás diciendo que mi opinión vale en esto? —pregunté con sinceridad, aunque mi voz sonó sarcástica y maliciosa. Flashes turbulentos atravesaron los ojos de mi madre, hasta que respiró hondo y cerró los ojos, tapando su rostro por unos segundos.

Cómo si analizara la situación, qué hacer o decir. Y en mi mente, ya veía posibles escenarios. Pero ninguno de esos escenarios que prediseñé y en el que ya tenía respuestas, pasó lo que ocurrió en realidad.

— Cameron, yo sé que quizás nos dedicamos más al resto de tus hermanos que a ti, pero te veíamos demasiado perfecto, y sé que a veces somos severos con lo que hacemos, pero ya pasamos por lo que estás viviendo y queremos lo mejor para ti —confesó.

— ¿Y cómo estudiar ingeniería es lo mejor para mi? —pregunté. Odiaba cuando las respuestas eran otras preguntas, pero en esta situación lo ameritaba.

Mi mamá puso los ojos en blanco con la misma expresión que uso yo; una especie de epifanía me golpeó.

— Esas son ideas de tu padre, por más que luche contra eso, la mayoría del tiempo no puedo hacer nada. A veces hijo, debes aprender a lidiar con las cosas de la manera menos tormentosa y usarlas a tu favor —respondió.

— ¿qué quieres decir? —pregunté, ya habiendo disminuido mi prepotencia.

— Mis padres querían que fuese maestra, mientras que yo quería estudiar cine así que negocié con ellos. Estudiaría lo que ellos querían pero en donde yo quería, y una vez estuve allí hice varios cursos en paralelo. Si bien nunca llegué a ser cineasta, logré ser lo que quería más allá de todo, y soy feliz. Pero ahora es tu turno de ser feliz usando lo que tienes a tu favor —me explicó, y parpadeé como si saliera de una ensoñación.

Nunca me había percatado de cuanto mi madre se parecía a mí; tanto en lo físico como en lo intelectual. Respire hondo, asintiendo con lentitud, aún procesando lo que me dijo. Volví la vista hacia la computadora, y elegí el departamento que más bonito me parecía. Ella me sonrió, dándome otro beso en la mejilla.

— Hazme caso, sé por lo que has pasado —me susurró antes de irme.

Y así, a los 18 años, pude comprender que a veces teníamos que estar en los zapatos del otro para entender su camino

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