2. Marioneta
— Dios te ama —dijo mi madre dándome un beso en la mejilla, despidiéndome para dejarme en la escuela. Yo dudé, viendo su expresión llena de ilusión por mi vuelta a la escuela, y decidí seguir su juego. Como llevaba haciendo hacía 13 años.
Sonreí inocentemente, bajándome del coche para encarar con la academia.
Alta y tan antigua como la ciudad, con grandes ventanales con entramados extraños. Lucía sombría y demacrada, como si los años la hubiesen hecho amarga y solitaria. Era una de las pocas academias escolares religiosas que perduraban en la ciudad, tan altruista, recta y cerrada como antes.
Entrar en ese edificio, era casi como vivir años atrás.
Notando que mi madre continuaba esperando que entrara a la escuela y el movimiento de mis compañeros, me hicieron más consciente de que debía adentrarme en las puertas de ese recinto que significaba el camino de la rectitud.
Mis hermanos fueron a la academia, también mi madre y mi padre así como sus padres. Se podría decir que provenía de una larga herencia dentro de estas extravagantes y siniestras habitaciones.
— Cameron —oí una voz que se acercaba a mi. Me giré en busca de aquella voz, y me encontré a una chica flacucha, con el pelo largo y flequillo que cubría gran parte de su rostro. Unos penetrantes ojos negros resaltaban en su rostro aniñado lleno de pecas.
— Nik, creí que me costaría más encontrarte —dije, recibiendola con una sonrisa. Ella se veía tan aliviada como yo de estar juntos en ese mismo techo.
La única forma de sobrevivir a aquel laberinto religioso, era tener a personas de tu lado. Nicole era una de ellas, además de ser miembro de mi familia.
Más allá de la continua presencia religiosa en las paredes, comentarios y costumbres, la vida en la academia era similar a la de los demás. Solo que a matemáticas e historia se agregaba religión, participar en la misa y la continua doctrina de nombrar a Dios en cada momento.
Ni siquiera en el baño se podía huir de su presencia. Pero eso no significaba nada... las peculiaridades de la vida escolar no escapaban.
En un momento estás meando y evitando observar el cuadro de Jesús colgado en la pared de mosaicos blancos, y en el otro estaba siendo acorralado contra la pared con tres chicos riéndose de tus genitales en vías de desarrollo y golpeándote en lugares que nadie note.
Quería gritar, correr o al menos subirme los pantalones pero al parecer la gracia era ver a un chico debilucho como yo arrastrarse en el piso implorando ayuda. Pero Dios todopoderoso no iba ayudarme a mantener la dignidad y tampoco mis compañeros que preferían huir de los problemas antes que enfrentar a los bravucones de la escuela.
— ¿Porque no te defiendes marica? —dijo uno acercándose a mí, tan cerca que podía ver el asco en su mirada.
Yo no dije nada. No valía la pena hablar porque mis palabras no tenían sentido para ellos. Y mis acciones solo los haría más violentos, además que pelear uno contra tres era una lucha perdida.
Solo me dediqué a mirar el suelo porque sabía que incluso mirarlos a ellos era motivo para continuar con la paliza. Noté que los ánimos volvían a elevarse cuando unos pasos se acercaron a nosotros. Un chico más alto que yo y de expresión estoica nos evaluó con aburrimiento.
— El profesor está en camino hacia aquí —fueron las palabras suficientes para que el pánico afectara a mis atacantes que al parecer algo de cordura seguían teniendo.
Aproveché ese momento para prender mi pantalón y conservar cierta dignidad. Siempre evitando mirar a mi nuevo observador. Quedamos en silencio gracias a la soledad. Jesús en su cuadro seguía mi camino hacia el lavabo y por más que su expresión era de cariño y orgullo no era suficiente para que el dolor en mi cuerpo sea menor.
— ¿Estás bien? —me preguntó Ashton acercándose a paso firme. Cuando terminé de lavar mis manos, agarró mi cara con sus fríos dedos, evaluando si había rastros de lo que había sucedido. Pero los tres idiotas eran lo suficientemente inteligentes para saber donde golpear.
Alejando mi cara de su mano, comencé a arreglar mi ropa.
— Todo lo que se puede estar después de que tres personas te golpean —respondí de mal humor, sin poder contener la amargura en mi voz, mirando la puerta del baño con inquietud.
— Lo del profesor fue una mentira —dijo él en medio de un suspiro. Lo miré por una fracción de segundos, sintiendo mi rostro súbitamente enrojecido.
— No necesito tu ayuda —me quejé, impotente con la situación y con la lástima que él parecía tenerme.
Y conteniendo el ardor en mis ojos con ira, decidí irme de allí.
***
En la academia aprendí un par de cosas, entre ellas, que no se puede escapar de todo por la eternidad. Tarde o temprano nos volvemos a cruzar con aquello que nos molesta; a veces más temprano que tarde.
Y es que el ambiente de la academia y la familia estaban muy enlazados.
Tomaba analgesicos para el dolor mientras buscaba las marcas que ya comenzaban a manchar mi piel por los golpes. El golpeteo en la puerta de mi habitación hizo que corriera en apuros, y cubrí mi cuerpo antes de que mi madre se diera permiso sola para vigilarme.
Ella me sonrió, del mismo modo maternal y cariñoso que siempre lo hacía. Incluso cuando me reprendía o castigaba intentaba suavizar las cosas con aquellas sonrisas. Así que me resultaba reconfortante y repulsiva al mismo tiempo.
— Cam, ya llegaron todos —me dijo con voz sedosa, y yo asentí porque por más poco preparado que estuviese para enfrentar a la familia y amigos, tenía que seguir con aquel teatro en el que yo era el hijo ideal.
Terminé de arreglarme, mirando el reflejo del flacucho chico con ojos, nariz y orejas que eran demasiado grandes para el rostro pequeño. Vestido pulcramente, sin un cabello color arena salido de lugar. Ver mi reflejo era ver el personaje que otros creaban para mí, pero con el que no me sentía identificado y ni siquiera reconocía.
Y vistiendo mi mejor máscara, decidí unirme a la fiesta de cumpleaños de mi padre.
Si bien no había muchas personas, éramos siempre los mismos. Mis abuelos maternos y paternos, mis tíos con sus hijos o por lo menos los que no habían crecido lo suficiente como para ser obligados a estar allí, y los amigos de la familia.
Los Thirlwall, D ́ alessandro e Iribarne, éramos todos parte de una extraña familia que no siempre resultaba ser consanguínea.
Ni bien me uní al resto fue fácil pasar desapercibido rápidamente. Me había costado, pero con los años aprendí a usar el hecho de que era el hermano medio de cuatro, donde los mayores sobresalían con sus grandes hazañas y el menor con sus travesuras. Las personas me daban la justa atención para que no me sintiera desplazado, pero no demasiado para hacerme sentir el foco de atención.
— Cam —escuché la voz cantarina de Nicole antes de que pudiese encontrarla, me estaba arrastrando hacia la mesa donde nos sentamos los más chicos. Ella ya tenía un lugar preparado para mi, entre ella y la persona que menos tenía ganas de ver ese día.
— ¿Cómo estás? —me preguntó Ashton, mirando mi cara y mi cuerpo como si por medio de mi ropa pudieran notarse los hematomas.
— Voy a sobrevivir —suspiré, sentándome pesadamente en la mesa, mirando a mis primos gritarse entre ellos, y a mis hermanos intentar escapar de las garras de nuestra madre que quería arreglar su ropa.
— Hoy me dijeron que tuviste otro de esos episodios —me susurró Nik acercándose a mi oído, cuidando que nadie escuchara. Me tensé inmediatamente, volviendo mi vista hacia Ash, quien abrió sus ojos mientras negaba.
— Yo no fui —se defendió rápidamente, y entrecerré mis ojos sobre él con amenaza.
— Todo está bien Nik, no es nada que no haya pasado antes, ni que no vaya a suceder —le respondí, con una suave sonrisa.
— ¿No crees que sea necesario decirle a alguien? —preguntó, sus ojos lucían brillantes sobre mí, y noté sus manos cerradas en puños. Le sonreí con cariño, pero de un modo menos terrorífico que la sonrisa que mi madre me dedicaba a veces.
¿Realmente creía que a alguien en esa academia le importaba lo que me pasaba? Siempre era más fácil intentar rectificar a la víctima antes que meterse con los victimarios, sobre todo cuando estaban apoyados por provenir de familias grandes, patrocinadoras de la institución.
Pero Nik era más inocente que yo, y creía que la justicia existía aún en un sitio tan oscuro como la academia.
— Todo va a estar bien —le aseguré, sabiendo que mi boca sabía amarga por la mentira que estaba diciendo.
No mentiras; me recordó mi conciencia, las palabras que tantas veces leí y que siempre llegaban a hostigarme en momentos como ese, pero que decidí ignorar.
— Deberías hacerle más caso, no está tan errada —un susurró inadvertido llegó a mi oído mientras comía y fingimos que todos éramos una familia unida.
— Metete en tus asuntos —prácticamente le ladré entre dientes, sin siquiera dedicarle una mirada a Ash, porque sabía que mirarlo me generaría más enojo y recelo del que ya tenía.
****
De la comida solo quedaban restos, incluso las botellas apenas tenían líquido en su interior, las risas aumentaban así como las disputas. Y como cada vez que estos momentos merodeaban entre la risa y el enojo, yo decidí escapar.
El patio era espacioso, solo aquellos que también preferían la soledad estaban allí. Vi a mis hermanos y primos mayores escapar de la cena con excusas de reuniones entre amigos, a los que quedaban jugar entre gritos por el patio, mientras que dos de mis tíos estaban escondidos al fondo de la casa para evitar ser vistos fumando.
Si la rectitud, buena voluntad y liberación de adicciones era el camino correcto, ellos dos eran la imagen de todo lo que el resto de mi familia no quería de mí.
Al verlos, me escondí silenciosamente tras los arbustos oscuros.
— ¿crees que podremos escapar de esto pronto? —preguntó la hermana menor de mi papá, mi tía Lisa, con expresión cansada y fumando una gran pitada de su cigarrillo—. Odio estas cosas, la gente solo finge lo que no tiene y magnifica lo que sí, además, ¿a quién le interesa qué hago de mi vida? Esto no es una competencia —se quejó.
— Quéjate más despacio que vendrán esos pequeños demonios aquí corriendo y van a descubrir lo que estamos haciendo —le advirtió mi tío Jack, hermano de mi mamá.
— Por favor, ni que estuviesemos teniendo sexo en medio de una secta satanica, bañados en sangre de virgenes —se rió mi tia, que siempre había sido reservada, y casi nunca se la oia hablar mucho, menos reir.
— Puedes estar segura que reaccionarian igual —siseó mi tío entre risas—. Esta familia es demasiado conservadora, a veces sigo teniendo sueños en los que despierto y tengo esas imágenes religiosas en cada rincón —comentó, haciéndome sentir identificado—. Siento pena por estos niños, no recomendaría crecer en este ambiente —suspiró pensativo.
— Yo a veces, siento pena por Cam. Él es un niño bueno y dócil, y parece demasiado influido por lo que sus padres le dicen. Siento miedo de que nunca llegue a ser lo que quiera ser por miedo a que sus padres rechacen su voluntad —la voz de Lisa, transmite más emociones de las que creí que poseía—. La forma en que mi hermano y ella han educado a sus hijos para que sean lo que ellos quieren, me genera rechazo. ¿Sabías que ya tienen acumulado la suficiente plata como para pagar los dos primeros años de la universidad de Cam? —su pregunta hizo que una punzada atravesara mi pecho. Como si un cuchillo afilado estuviese jugando con los hilos de mi corazón.
— Eso es... un montón, pero ni siquiera... —la voz de Jack se esfumó entre sus pensamientos, así como el olor del cigarrillo se entremezclaban con el viento. Me acomode entre la oscuridad y la incomodidad de los arbustos, sin poder evitar seguir escuchando. — ¿Siguen con la idea de que haga humanidades o teología? —preguntó, y vi a mi tía encogerse de hombros.
— Al menos desistieron de la idea de que se meta en el seminario. Que él decida el camino de la religión es uno, pero que ellos lo eduquen para eso y lo incentiven sobre qué pasos debe seguir, me parece atroz —la rabia con la que hablaba, la amargura de no saber cómo expresarse correctamente y la impotencia de no poder hacer nada, me dieron la pauta de que mis tíos se preocupaban por mí más de lo que creía.
Incluso, quizás eran los únicos que se preocupaban por mi con sinceridad.
No era como si nunca hubiese oído sobre los planes divinos que, según mis padres, Dios tenía para mí. Quizás nunca comprendí completamente que eran planes que ellos hicieron, y la potencialidad que tenía en mi vida.
Decidido a no oír más nada, me escabullí de regreso. Sentía demasiadas emociones en estado de ebullición que no sabía identificar, pero la noción de saber que eran incorrectas, me daban una pauta que eran emociones que me alejaban del camino que me enseñaron.
Un camino prediseñado, a imagen y voluntad de ellos, como si fuese una especie de obra.
Me detuve con los ojos ardiendo de furia, solo para encontrarme a Ash besándose con una de mis primas. No era algo de extrañar. Ella gustaba de él desde siempre, y él estaba entre la familia desde el mismo tiempo y no tenía ningún lazo sanguíneo con ninguno de nosotros. Dentro de lo que eran los chicos de nuestra edad, él siempre había llamado la atención por su aspecto, además de no pertenecer a una familia completamente absorta como la mía, y de tener una personalidad más fuerte que la mía. Me preguntaba si acaso él también tenía todo prediseñado, si era infeliz, si también sufría como lo hacía yo, o deseaba ser otras personas.
O era solo yo a quien lo corroía la amargura de desear lo que los demás tenían, o específicamente lo que él poseía. Era difícil no sentirse tentado ante estas emociones oscuras y ponzoñosas, querer gritar, maldecir y decirle a todo el mundo que no quería lo que ellos querían de mí.
Pero era chico, y sabía que todos dirían que aún no estaba listo. Porque por más maduros y lúcidos que nos quieren hacer, nunca somos lo suficientemente grandes para hacer lo que queremos.
Ese día, con 13 años, aprendí que era la marioneta de mi familia por más que me hicieran creer lo contrario.
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